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viernes, 8 de mayo de 2020
jueves, 16 de abril de 2020
LA GRACIA DE LA CONTRICIÓN PERFECTA. - Santa Teresita.
“Oí
hablar de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por unos
crímenes horribles. Todo hacía pensar que moriría impenitente. Yo quise evitar
a toda costa que cayese en el infierno, y para conseguirlo empleé todos los
medios imaginables. Sabiendo que por mí misma no podía nada, ofrecí a Dios
todos los méritos infinitos de Nuestro Señor y los tesoros de la santa Iglesia;
y por último, le pedí a Celina que encargase una Misa por mis intenciones, no
atreviéndome a encargarla yo misma por miedo a verme obligada a confesar que
era por Pranzini, el gran criminal. Tampoco quería decírselo a Celina, pero
me hizo tan tiernas y tan apremiantes preguntas, que acabé por confiarle mi
secreto. Lejos de burlarse de mí, me pidió que la dejara ayudarme a convertir a
mi pecador. Yo acepté, agradecida, pues hubiese querido que todas las criaturas
se unieran a mí para implorar gracia para el culpable. En el fondo de mi
corazón, yo tenía la plena seguridad de que nuestros deseos serían escuchados.
Pero para animarme a seguir rezando por los pecadores, le dije a Dios que
estaba completamente segura de que perdonaría al pobre infeliz de Pranzini, y
que lo creería aunque no se confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento,
tanta confianza tenía en la misericordia infinita de Jesús; pero que,
simplemente para mi consuelo, le pedía tan sólo “una
señal” de arrepentimiento…
Mi oración fue escuchada al pie de la letra.
A pesar de que papá nos había prohibido leer periódicos, no creí desobedecerle
leyendo los pasajes que hablaban de Pranzini. Al día siguiente de su ejecución,
cayó en mis manos el periódico “La Croix”.
Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi…?
Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve
que esconderme… Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se
disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por
una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el
sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas
sagradas…!
Después su alma voló a recibir la sentencia
misericordiosa de Aquel que dijo: “que habrá más
alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y
nueve justos que no necesitan convertirse…”
Santa
Teresita del Niño Jesús; “Historia de un Alma”
viernes, 10 de abril de 2020
La lanzada del Señor, y la sepultura – Por Fray Luis de Granada.
Y como si no bastaran
todos estos tormentos para el cuerpo vivo, quisieron también los malvados
ejecutar su furor en el muerto; y así, después de expirado el Señor, uno de los soldados
dio una lanzada por los pechos, de donde salió agua y sangre para bautismo y
lavatorio del mundo.
Levántate, pues, ¡oh esposa de Cristo!, y haz aquí tu nido como paloma en los
agujeros de la piedra, y como pájaro edifica aquí tu casa, y como tórtola casta
esconde aquí tus hijuelos.
Mandaba
Dios en la Ley que se señalasen ciertas ciudades en la tierra de promisión,
para que fuesen lugares de refugio adonde se acogiesen los malhechores; más en
la ley de gracia los lugares de refugió donde se acogen los pecadores son estas
preciosísimas llagas de Cristo, donde se guarecen de todos los peligros y
persecuciones del mundo.
Mas
para esto señaladamente sirve la de su precioso costado, figurada en aquella
ventana que mandó hacer Dios a Noé a un lado del arca, para que por ella
entrasen todos los animales a escaparse de las aguas del diluvio.
Pues todos los afligidos y atribulados con
las aguas turbias y amargas de este siglo tempestuoso, todos los deseosos de
verdadera paz y tranquilidad, acogeos a este puerto, entrad en esta arca de
seguridad y reposo, y entrad por la puerta que está abierta de este precioso
costado.
Ésta
sea vuestra guarida, vuestra morada, vuestro paraíso y vuestro templo, donde
para siempre reposéis.
Tras
de esto resta considerar con cuánta devoción y compasión desclavarían aquellos
santos varones el sacratísimo cuerpo de la Cruz, y con qué lágrimas y
sentimiento lo recibiría en sus brazos la afligidísima Madre, y cuáles serían
allí las lágrimas del amado discípulo, de la santa Magdalena y de las otras
piadosas mujeres; cómo lo envolverían en aquella sábana limpia y cubrirían su
rostro con un sudario, y, finalmente, lo llevarían en sus andas y lo
depositarían en aquel huerto donde estaba el santo sepulcro.
En el
huerto se comenzó la Pasión de Cristo, y en el huerto se acabó; y por este
medio nos libró el Señor de la culpa cometida en el huerto del Paraíso, y por
ella, finalmente, nos lleva al huerto del Cielo.
Pues, ¡oh buen Jesús!, concédeme, Señor, aunque
indigno, ya que entonces no merecí hallarme con el cuerpo presente a estas tan
dolorosas exequias, me halle en ellas meditándolas y tratándolas con fe y amor
en mi corazón, y experimentando algo de aquel afecto y compasión que tu
inocentísima Madre y la bienaventurada Magdalena sintieron en este día.
Ésta es, hermano mío, la suma de la sagrada
Pasión; éstas son las heridas y llagas que por nosotros recibió el Hijo de
Dios.
DE CÓMO EL SALVADOR LLEVO LA CRUZ A CUESTAS – Por Fray Luis de Granada.
Mas como todo esto nada aprovechase, diose,
finalmente, sentencia que el inocente muriese. Y para que por todas partes creciese su tormento, ordenaron sus
enemigos que Él mismo llevase sobre Sí el madero de la Cruz en que había de
padecer.
Toman,
pues, aquellos crueles carniceros el santo madero, que, según se escribe, era
de quince pies, y cargáronlo sobre los hombros del Salvador, el cual (según los
trabajos de aquel día y de la noche pasada y la mucha sangre que había perdido)
apenas podía tenerse en pie y sustentar la carga de su propio cuerpo, y sobre
esto le añaden tan grande sobrecarga como era la de la Cruz.
Esta fue otra invención y manera de crueldad
nunca vista ni practicada en el mundo. Porque general costumbre es, cuando uno
ha de padecer, esconderle los instrumentos de su pasión. Y por esto cubren los
ojos al que ha de ser degollado, porque no vea la espada que le ha de herir. Mas aquí usóse de tan extraña crueldad con
este inocentísimo Cordero, que no le esconden la Cruz de los ojos, sino
hácensela llevar sobre sus hombros, para que con la vista de la Cruz padeciese
su alma, y con el peso de ella penase su cuerpo, y así padeciese dos cruces,
primero que en una fuese crucificado.
No
leemos que se hiciese esto con los dos ladrones que con Él habían de padecer,
porque aunque habían de morir en cruz, no los obligaron a llevar sobre sí la
cruz, como al Salvador, queriendo en esto dar a entender que su culpa era
mayor, pues el castigo era más atroz.
Pues ¿qué
cosa más injuriosa y más para sentir?
¿Quién
me diera, ¡oh buen Jesús!, que os pudiera yo servir en este tan trabajoso
camino?
De la comparación de Cristo con Barrabás.
A
esta injuria se añadió otra, y por ventura la mayor de cuantas el Señor recibió
en su Pasión. Porque siendo costumbre de aquella tierra dar la vida a algún
condenado por honra de la Pascua; deseando el presidente librar al Señor de la
muerte, propúsoles, juntamente con Él, uno de los peores hombres que en aquel
tiempo había, que era Barrabás, el cual había revuelto la ciudad y muerto a un
hombre en esta revuelta, cuya muerte todos con mucha razón debían desear,
pareciéndole que por no dar la vida a este famoso malhechor le darían al
Salvador. Porque siendo el competidor tan indigno de la vida, creía el juez que
no serían tan desatinados ni tan ciegos, que juzgasen por más digno de la vida
aquel revolvedor de la tierra que a un hombre tan manso. De esta manera, pues,
pensó el juez que pudiera librar al inocente.
Donde
ya primeramente ves hasta dónde llegó la humildad de este Señor, pues vino a
competir con Barrabás, y a que se pusiese en disputa cuál de los dos era mejor
y más digno de la vida.
Pero
pasa el negocio aún más adelante; porque, puestos ambos en juicio, salió el
Señor condenado y libre y suelto Barrabás.
Pues ¿a
quién no pondrá en espanto esta tan grande abyección y humildad del Hijo de
Dios?
Más
parece que se abajó aquí que en la Cruz. Porque en la Cruz fue condenado por
malhechor, y crucificado con malhechores, como uno de ellos; más aquí hecha
comparación con este malhechor, por común sentencia y aclamación del pueblo es
sentenciado por peor que él.
¡Oh, Rey de la gloria!, ¿hasta dónde, Señor, bajó tu
humildad? ¿Hasta dónde llegó tu paciencia? ¿Hasta dónde tu caridad?
Pues dime, hombre, ¿qué tan grande te parece la soberbia que
con tan extraña humildad hubo de ser curada, y que aun con todo esto tú no la
curas?
Y dime también: ¿qué caso debes hacer de los juicios y pareceres del mundo, pues tal
parecer tuvo en esta causa y tanto desatinó en ella, y no sólo en ella, sino
también en la condenación de los Profetas, de los Apóstoles y de todos los
Mártires, los cuales tan injustamente condenó?
Porque si a un criado tuyo tomas en una sola
mentira, apenas le crees cosa que te diga, por parecerte que también mentirá en
lo uno como en lo otro. Pues, según esto, ¿qué
crédito será razón que demos al mundo, a quien en tantas mentiras habemos
tomado cuantos Santos tiene condenados? Y más en esta tan horrible mentira,
¿cómo fue tener al Hijo de Dios por peor
que Barrabás? Sin duda esto sólo bastaba para que cerrásemos los ojos y
tapásemos los oídos a todos los hechos y dichos de esta bestia de muchas
cabezas, tan furiosa, tan ciega y tan desatinada en todos sus juicios y
pareceres.
“VIDA
DE JESUCRISTO”
La coronación de espinas y el Ecce Homo.
Acabado este tormento
de los azotes comiénzase otro no menos injurioso que el pasado, que fue la
coronación de espinas. Porque acabado este martirio, dice el Evangelista que vinieron
los soldados del presidente a hacer fiesta de los dolores e injurias del
Salvador, y tejiendo una corona de juncos marinos, hincáronsela por la cabeza
para que así padeciese por una parte sumo dolor, y por otra suma deshonra.
Muchas de las espinas se quebraban al entrar por la cabeza; otras llegaban,
como dice San Bernardo, hasta los huesos, rompiendo y agujereando por todas
partes el sagrado cerebro.
Y no contentos con este
tan doloroso vituperio, vístenle con una ropa colorada, que era entonces
vestidura de Reyes, y pénenle por cetro real una caña en la mano, e hincándose
de rodillas dábanle bofetadas y escupían en su divino rostro, y tomándole la caña
de las manos, heríanle con ella en la cabeza, diciendo: “Dios te salve, Rey de los Judíos”.
No parece que era posible caber tantas invenciones de crueldades
en corazones humanos; porque cosas eran éstas que si en un mortal enemigo se
hicieran, bastaran para enternecer cualquiera corazón; mas como el demonio era
el que las inventaba, y Dios el que las padecía, ni aquella tan grande malicia
se hartaba con ningún tormento según era grande su odio, ni esta tan grande
piedad se contentaba con menores trabajos, según era su amor.
No sé determinar cuál fue mayor: o la
injuria que el Salvador aquí recibió o el tormento que padeció. Porque cada día
vemos poner coronas en las cabezas de algunos malhechores para deshonrarlos con
esta ignominia; más éstas, aunque traen deshonra, no sacan sangre, no causan
dolor; mas corona de espinas hincada por el cerebro, que por una parte causase
tan grande ignominia y por otro tan gran dolor, ¿quién jamás la vio ni la oyó?
De manera que la crueldad y fiereza de estos
corazones no se contentó con los tormentos usados y conocidos en todas las
edades del mundo, sino que vino a descubrir nuevas artes y maneras de tormentos
nunca vistos, los cuales de tal manera deshonrasen la persona que también la
afligiesen y atormentasen.
Pues ¿qué
diré de las otras salsas con que acedaron esta purga tan amarga como fue
vestirle de una ropa colorada, como a Rey, y ponerle una caña por cetro real en
la mano e hincarse de rodillas por escarnio y herirle con la caña en la cabeza
y dar bofetadas en su divino rostro? ¿Cuándo jamás, desde que el mundo es
mundo, se vio tal farsa, tal invención y tal manera de fiesta tan cruel y tan
sangrienta?
Nada de esto leemos, ni en las batallas de
los Mártires, ni en los castigos de los malhechores; donde, aunque había muchas
maneras de crueldades, no había estas invenciones de salsas y potajes tan
amargos. Mas todo esto se guardaba para este Señor, el cual, como satisfacía
por los pecados de los hombres, con la grandeza de sus dolores pagaba nuestros
deleites y con la deshonra de sus ignominias satisfacía por nuestras soberbias.
En lo cual también se nos declara la
grandeza de su bondad y caridad, la cual no se contentó con morir cualquier
manera de muerte, sino escogió la muerte más acerba, más ignominiosa y más
injuriosa que podía haber, y quiso que en ella interviniesen todas estas
maneras de ignominias, para que con esto fuese su caridad más conocida y
nuestra redención más copiosa.
Y que
ésta haya sido obra de su inmensa bondad y caridad, parece claro por esta
razón. Porque cierto es que sin comparación era mayor la bondad y caridad de
Cristo que la malicia y odio del demonio. Pues si esta malicia y odio
bastaron para inventar estos modos de injurias, mucho más había de bastar la
bondad y caridad de Cristo no sólo para sufrirlas, sino también para desearlas.
Pues como el presidente tuviese claramente
conocimiento de la inocencia del Salvador y viese que no su culpa, sino la envida
de sus enemigos le condenaba, procuraba por todas vías librarle de sus manos.
Para lo cual le pareció bastante medio sacarlo así como estaba a vista del
pueblo furioso, porque Él estaba tal que bastaba la figura que tenía, según él
creyó, para amansar la furia de sus corazones.
Pues tú, ¡oh alma mía!, procura hallarte en este espectáculo tan doloroso, y
como si ahí estuvieras presente, mira con atención la figura con que salía a
vista del pueblo este Señor que es resplandor de la gloria del Padre y espejo
de su hermosura.
Mira cuán avergonzado estaría allí en medio
de tanta gente con su vestidura de escarnio, con sus manos atadas, con su
corona de espinas, con su caña en la mano, con el cuerpo todo quebrantado y
molido de los azotes, y todo encogido, afeado y ensangrentado.
Mira
cuál estaría aquel divino rostro; hinchado con los golpes, afeado con las
salivas, rascuñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes
reciente y fresca, y por otras fea y denegrida. Y como el santo Cordero tenía
las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los
ojos corrían, y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi
ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su figura que ya no
parecía quien era, y aun parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por
manos de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente a fin de que
abogase por Él ante sus enemigos esta tan dolorosa figura.
“VIDA
DE JESUCRISTO”
La presentación ante Pilatos y Herodes, Y LOS AZOTES A LA COLUMNA – Por Fray Luis de Granada
Y pasada esta noche
dolorosa con tantas ignominias en casa de los Pontífices, otro día por la
mañana llevaron al Señor atado a casa de Pilatos que en aquella provincia por parte de los
romanos presidía, pidiéndole con gran instancia que le condenase a muerte.
Y estando ellos con grandes clamores
acusándole y alegando contra Él mil falsedades y mentiras, Él entre toda esta
confusión de voces y clamores estaba como un cordero mansísimo ante el que lo
trasquila, sin excusarse ni defenderse y sin responder palabra, tanto que el
mismo juez estaba grandemente maravillado de ver tanta gravedad y silencio en
medio de tanta confusión y gritería.
Mas aunque el presidente sabía que toda
aquella gente se había movido con celo de envidia, pero vencido con pusilanimidad
y temor humano, mandó azotar al inocentísimo Cordero, pareciéndole que con esto
se amansaría el furor de sus enemigos.
Dado, pues, este cruel mandamiento, llegan
los ministros de la maldad y, desnudando al Señor de sus vestiduras, átanlo fuertemente
a una columna y comienzan a azotar aquella purísima carne y añadir azotes a
azotes, y llagas a llagas, y heridas a heridas. Corren los arroyos de sangre
por aquellas sacratísimas espaldas, hasta regarse la tierra con ella y teñirse
de sangre por todas partes.
Pues ¿qué
cosa más dolorosa ni más injuriosa que ésta? Porque castigo de azotes no es
de hombres honrados y nobles, sino de esclavos o ladrones o públicos
malhechores.
Por donde los romanos tenían hecha ley que
ningún ciudadano de Roma, por delito que hiciese, pudiese ser azotado, por ser
este castigo vilísimo y de personas muy bajas. Por lo cual encarece mucho en
una oración Tulio la tiranía
de un juez que había mandado azotar a un ciudadano de Roma, el cual, viéndose
así injuriado, en medio de los azotes decía: “Ciudadano soy de Roma”.
Pues si tan indigna cosa es azotar un
ciudadano de Roma, di tú, alma mía, ¿qué
sería ver al Señor de todo lo criado amarrado a una columna y azotado con tan
crueles azotes, como un público malhechor? ¿Qué harían los Ángeles, que tan
claramente conocían la majestad de este Señor, cuando así le viesen azotado y
maltratado?
¿Qué
es esto, Rey soberano? ¿Qué castigo es éste? ¿Qué penitencia es ésta? ¿Qué
hurto habéis, Señor, cometido por donde así sois azotado?
Claro está, Señor, que la causa de estos
azotes son mis hurtos y maleficios y no los vuestros. Porque así como por
vuestra inmensa caridad tomasteis mi humildad, así también tomasteis con ella
todas las deudas y obligaciones a que estaba sujeta, y por ella padecéis estos
tormentos.
Los
cuales claramente dicen quién sois vos y quién soy yo; quién yo, pues cometí
tales pecados que merecieron tal castigo; y quién vos, pues fue tanta vuestra
caridad, que tomasteis sobre vos tales delitos.
Cuánto haya sido el número de estos azotes
no lo dicen los Evangelios; mas díselo la muchedumbre de nuestras culpas y la
crueldad de estas infernales furias, que tanto gusto tomaban en la sangre y
dolores del Salvador.
¡Oh!, pues, hombre perdido,
que eres causa de todas estas heridas, mira cuán grandes motivos tienes aquí para
amar, temer y esperar en este Señor y compadecerte de Él: para amar, viendo lo
mucho que padeció por ti; para temer, viendo el rigor con que en Sí mismo
castigó tus pecados; para esperar, considerando cuán copiosa redención y
satisfacción se ofrece aquí por ellos, y para compadecerte de Él, considerando
la grandeza de este tormento y la mucha sangre que el Señor aquí derramó.
“VIDA
DE JESUCRISTO”
lunes, 6 de abril de 2020
UN PECADOR BUSCA CON VERDADERO ARREPENTIMIENTO A CRISTO CRUCIFICADO
(Texto
traducido del portugués)
A
vos corriendo voy, brazos sagrados
en
la Cruz sacrosanta descubiertos,
que
para recibirme estáis abiertos
y
por no castigarme estáis clavados.
A
vos, divinos ojos eclipsados
de
tanta sangre y lágrimas cubiertos,
pues
para perdonarme estàis despiertos
y
por no condenarme estàis cerrados.
A
vos, clavados pies, por no dejarme,
a
vos sangre vertida, para ungirme,
a
vos cabeza baja, por llamarme.
A
vos, costado herido, quiero unirme,
a
vos, clavos preciosos, quiero atarme,
para
quedar unido, atado y firme.
GREGORIO
DE MATOS
(1633
– 1696)
domingo, 5 de abril de 2020
SAN ARCADIO (mártir) – Por San Alfonso María de Ligorio.
San Arcadio fué africano, y se cree que
consumó el martirio en Cesarea de la Mauritania.
Ardía en su tiempo la persecución en la que se forzaba cruelmente a los cristianos
para que sacrificasen a los ídolos. Arcadio para evitar el peligro huyó de su
patria, y se escondió en cierto lugar donde no hacía más que ayunar y orar. Mas
como entretanto no asistía a las públicas funciones (sacrificar a los ídolos), se
enviaron soldados para sorprenderle en su propia casa, y no encontrándole
estos, prendieron a un pariente suyo para obligarle a descubrir en donde estaba
Arcadio.
No pudiendo sufrir Arcadio que otro
padeciese por él, presentóse al gobernador pidiéndole que libertase a aquel
pariente suyo, ya que él mismo se había presentado para responder a los cargos
que se le hiciesen. Respondióle el gobernador que él se libraría de toda pena
si sacrificaba a los dioses. Y el santo llenó de un santo valor, le contestó: — Os engañáis
si creéis que las amenazas de la muerte espantan a los siervos de Dios. Estos
dicen lo que decía San Pablo: Yo vivo solo por Jesucristo, y la muerte para mí
es una victoria. Y así, inventad suplicios cuantos queráis, que no por esto lograreis
separarnos de Jesucristo.
Lleno
entonces de furor el tirano, pareciéndole ligeros para él los demás tormentos,
ordenó que al mártir le fuesen cortados todos los miembros de su cuerpo, uno
por uno, comenzando por las primeras junturas de los pies.
Y al momento fué
ejecutado el bárbaro destrozo, en el cual el santo mártir no hizo otra cosa que
bendecir a Dios; y cuando se le redujo a un solo tronco sin brazos ni piernas, mirando
sus miembros esparcidos por el suelo, dijo : — ¡Ho miembros felices, que habéis merecido
servir a la gloria de vuestro Dios ! Nunca os amé tanto como ahora que os miro
separados de mi cuerpo, pues ahora me reconozco todo de Jesucristo, como siempre
había deseado. —Y vuelto despues á los circunstantes que eran idólatras, les
dijo: Sabed que es cosa fácil el sufrir todos estos tormentos al que tiene delante
de los ojos la vida inmortal con que premia Dios a sus servidores. Reconoced a
mi Dios que me alienta en medio de estos acerbos dolores; y abandonad a
vuestras falsas deidades, que no pueden daros ayuda en vuestros apuros. El que
muere por el verdadero Dios, conquista la verdadera vida; yo por este breve
suplicio voy a vivir con mi Dios eternamente, sin temor de perderle jamás. Y
así diciendo, rindió tranquilamente el alma a su Redentor el día 14 de enero. Este martirio llenó de confusión a los idólatras,
e inspiró un grande deseo a los cristianos de dar la vida por Jesucristo, los
cuales recogieron aquellos miembros esparcidos del santo mártir, y les dieron
los honores del sepulcro con la mayor veneración.
“TRIUNFOS
DE LOS MÁRTIRES”
A EJEMPLO DE CRISTO, DEBEMOS SUFRIR SERENAMENTE LAS MISERIAS DE LA VIDA – Por Tomás de Kempis.
Cristo. Hijo mío, bajé del cielo para
salvarte, abrazando tus miserias movido de amor, no obligado de necesidad, para
enseñarte a sufrir con paciencia y sin repugnancia los males de la vida.
Desde el punto en que nací hasta expirar en
la cruz no me faltaron dolores. Fui muy pobre en bienes de fortuna; oía con
frecuencia quejas de mí; con paciencia soportaba confusiones y oprobios;
recibía ingratitud por mis beneficios; blasfemias, por los milagros, y
censuras, por mi doctrina.
El discípulo.
Señor, puesto que tú fuiste tan sufrido en tu vida cumpliendo así perfectamente
el mandato de tu Padre, justo es que también yo, pobrecillo pecador, sufra con
paciencia conforme a tu voluntad y que por mi salvación lleve el peso de esta
vida mortal hasta que tú quieras.
Pues, aunque se sienta el molesto peso de la
vida presente, ya tu gracia la hizo muy meritoria, y tu ejemplo y el de los
santos la hacen más tolerable a nuestra fragilidad y más llena de luz. Pero,
además, se tienen ahora muchos más consuelos que bajo la antigua ley, cuando
las puertas del cielo estaban siempre cerradas, el camino que conduce a él no
se veía tan claro, y eran tan pocos los que querían ganar el reino de Dios.
Pues ni siquiera los justos y predestinados
de entonces podían entrar en él antes de que con tu sagrada pasión y muerte nos
redimieras.
¡Cuánto
debo agradecerte, Señor, que a mí y a todos los fieles te hayas dignado
enseñarnos el camino llano y derecho que a tu reino eterno conduce!
Porque tu vida es nuestro camino, y por la
santa paciencia llegamos a ti, que eres nuestra corona.
“LA
IMITACIÓN DE CRISTO”
LA ENTRADA DE JESUCRISTO A EN JERUSALEN.
JOAQUÍN
LORENZO VILLANUEVA
(1757-1837)
Magnífica es tu entrada,
Señor de tierra y
cielo,
en la que reina fué de
las naciones ;
a lo sumo ensalzada
por niños y garzones,
al ver hoy un modelo
de la humildad con que
bajaste al suelo.
Rey eres de los reyes,
sin principio es tu
trono,
no es breve o mundanal
tu señorío ;
reino que va a tus
greyes,
de hoy más es remo mío
;
de tu cetro blasono,
pues contigo en tu
gloria me corono.
Hosana al que naciera
de David, canta leda
Salén, y llega el eco
al alto polo ;
y responde la esfera,
y Febo en cuanto oyólo
desciende de su rueda
por ver do está sin
ramos la arboleda.
La palma y el olivo
te rinden su hermosura,
deshaciéndose el bosque
en tu alabanza ;
da saltos el cautivo
con la cierta esperanza
de su pronta soltura,
viendo al que a
rescatarle se apresura.
¡Oh Rey benigno y manso!
Tu gala es la pobreza;
tu fausto, el
menosprecio del tesoro ;
el afán, tu descanso ;
tus placeres, el lloro
;
la humildad, tu
grandeza,
pues a la cruz tu pompa
se endereza.
Poetas
líricos del siglo XVIII, t. 3, en Biblioteca de Autores Españoles, de
Rivadeneyra, v. 67, p. 585.
miércoles, 1 de abril de 2020
La angustia de Cristo ante la muerte – Por Santo Tomás Moro (mártir)
Que
mejor que un mártir de Cristo, para hablarnos sobre la muerte, el miedo, y sobre
todo la esperanza (el cielo). Esta obra inacabada pues mientras esperaba en la “Torre
de Londres” antesala de la muerte, se le
despojo de sus libros, papeles y tinta. Poco tiempo después en 1534 muere por
decapitación este santo muy nombrado, pero poco conocido, tuvo que elegir entre
la ley inicua de su Rey Enrique VIII, o simplemente seguir estrictamente los
mandamiento de Dios. Santo Tomás eligió este último camino. Si bien el más
difícil, pero el más recto y seguro para llegar a la patria celestial. Vaya
pues un fragmento de su obra inconclusa como ya lo dijimos, titulada: “LA
AGONÍA DE CRISTO”
“Y
dijo a los discípulos: Sentaos aquí mientras yo voy más allá y hago oración. Y
llevándose consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse
y a angustiarse. Y les dijo entonces: Mi alma está triste hasta la muerte.
Aguardad aquí y velad conmigo” (Mt 26, 36-38) Después de mandar a los otros
ocho Apóstoles que se quedaran sentados en un lugar, El siguió más allá,
llevando consigo a Pedro, a Juan y a su
hermano Santiago, a los que siempre distinguió del resto por una mayor
intimidad. Aunque no hubiera tenido otro motivo para hacerlo que el haberlo
querido así, nadie tendría razón para la envidia por causa de su bondad. Pero
tenía motivos para comportarse de esta manera, y los debió de tener presentes.
Destacaba Pedro por el celo de su fe, y Juan por su virginidad, y el hermano de
éste, Santiago, sería el primero entre ellos en padecer martirio por el nombre
de Cristo. Estos eran, además, los tres Apóstoles a los que se les había
concedido contemplar su cuerpo glorioso. Era, por tanto, razonable que
estuvieran muy próximos a Él, en la agonía previa a su Pasión, los mismos que
habían sido admitidos a tan maravillosa visión, y a quienes Él había recreado
con un destello de la claridad eterna porque convenía que fueran fuertes y
firmes.
Avanzó Cristo unos pasos y, de repente,
sintió en su cuerpo un ataque tan amargo y agudo de tristeza y de dolor, de miedo y pesadumbre, que, aunque
estuvieran otros junto a Él, le llevó a exclamar inmediatamente palabras que
indican bien la angustia que oprimía su corazón: “Triste está mi alma hasta la muerte.” Una mole abrumadora de
pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la
prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre El:
el infiel y alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas,
las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los
golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas.
Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, la perdición
de los judíos, e incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le
traicionaba. Añadía además el inefable dolor de su Madre queridísima. Pesares y
sufrimientos se revolvían como un torbellino tempestuoso en su corazón
amabilísimo y lo inundaban como las aguas del océano rompen sin piedad a través
de los diques destrozados.
Alguno podrá quizás asombrarse, y se
preguntará cómo es posible que nuestro salvador Jesucristo, siendo
verdaderamente Dios, igual a su Padre Todopoderoso, sintiera tristeza, dolor y
pesadumbre. No hubiera podido padecer todo esto si siendo como era Dios, lo
hubiera sido de tal manera que no fuese al mismo tiempo hombre verdadero. Ahora
bien, como no era menos verdadero hombre que era verdaderamente Dios, no veo
razón para sorprendernos de que, al ser hombre de verdad, participara de los
afectos y pasiones naturales de los hombres (afectos y pasiones, por supuesto,
ausentes en todo de mal o de culpa). De igual modo, por ser Dios, hacía
portentosos milagros. Si nos asombra que Cristo sintiera miedo, cansancio y pena, dado que era Dios, ¿por qué no nos sorprende tanto el que sintiera hambre, sed y sueño?
¿No era menos verdadero Dios por todo esto?
Tal vez, se podría objetar: “Está bien. Ya no me causa extrañeza que
experimentara esas emociones y estados de ánimo, pero no puedo explicarme el
que deseara tenerlas de hecho. Porque El mismo enseñó a los discípulos a no
tener miedo a aquéllos que pueden matar el cuerpo y ya no pueden hacer nada
más. ¿Cómo es posible que ahora tenga tanto miedo de esos hombres y,
especialmente, si se tiene en cuenta que nada sufriría su cuerpo si Él no lo
permitiera? Consta, además, que sus mártires corrían hacia la muerte prestos y
alegres, mostrándose superiores a tiranos y torturadores, y casi insultándoles.
Si esto fue así con los mártires de Cristo, ¿cómo no ha de parecer extraño que
el mismo Cristo se llenara de terror y pavor, y se entristeciera a medida que
se acercaba el sufrimiento? ¿No es acaso Cristo el primero y el modelo ejemplar
de los mártires todos? Ya que tanto le gustaba primero hacer y luego enseñar,
hubiera sido más lógico haber asentado en esos momentos un buen ejemplo para
que otros aprendieran de El a sufrir gustosos la muerte por causa de la verdad.
Y también para que los que más tarde morirían por la fe con duda y miedo no
excusaran su cobardía imaginando que siguen a Cristo, cuando en realidad su
reluctancia puede descorazonar a otros que vean su temor y tristeza, rebajando
así la gloria de su causa.”
Estos y otros que tales
objeciones ponen no aciertan a ver todos los aspectos de la cuestión, ni se dan
cuenta de lo que Cristo quería decir al prohibir a sus discípulos que tuvieran
miedo a la muerte. No
quiso que sus discípulos no rechazaran nunca la muerte, sino, más bien, que
nunca huyeran por miedo de aquella muerte “temporal”, que no durará mucho, para
ir a caer, al renegar de la fe, en la muerte eterna. Quería que los cristianos
fuesen soldados fuertes y prudentes, no tontos e insensatos. El hombre fuerte aguanta y resiste los golpes, el
insensato ni los siente siquiera. Sólo un loco no teme las heridas, mientras
que el prudente no permite que el miedo al sufrimiento le separe jamás de una
conducta noble y santa. Sería escapar de unos
dolores de poca monta para ir a caer en otros mucho más dolorosos y amargos.
Película "La canción de Bernardette" 1943 audio español.
La vida de Bernardette
Soubirous y la aparición de la Virgen en Lourdes (Francia) en 1858. Bernardette,
una niña asmática, se le aparece la Señora vestida de blanco en la gruta de
Massabielle, que no sólo conmociono la tranquila vida del pueblo de Lourdes, donde
surge un manantial cuyas aguas curan a los peregrinos enfermos. Sino que cambió
también la vida de Bernardette. Cuya vida estuvo desde aquel momento llena
pruebas y sufrimientos. Sobre todo cuando manifiesta que la Señora de blanco
dice ser LA INMACULADA CONCEPCIÓN. EL
agua y sus milagros, hasta la misma vidente serán exhaustivamente investigados
por la Iglesia, los médicos y por toda suerte de expertos que no podían
explicar lo que allí sucedía. Esta devoción fue muy combatida por los masones
liberales de su época.
domingo, 15 de marzo de 2020
LOS SACERDOTES CAMILIANOS Y LA PESTE – De la Vida de San Camilo de Lelis. (Todo un ejemplo de valor y caridad) Estos sacerdotes tenían fuego en su corazón, que les abrazaba el alma en caridad por el prójimo enfermo.
San camilo de Lelis, en la noche de Navidad de 1598, salva de la
inundación del Tiber a los casi 300 enfermos del hospital "Santo
Espíritu" de Roma. Cuadro de Pierre Subleyras (1699-1749)
“Una vez en Nápoles se encontraron con que,
por petición del Virrey, el padre Blas había enviado siete de nuestros
sacerdotes a Nola, en 1600, pues en esta ciudad, por causa de las aguas de los
alrededores, había surgido una gran infección y mortandad, hasta tal punto que
casi no había quedado gente con vida. Y como habían muerto también los
sacerdotes y religiosos del lugar o estaban enfermos o habían huido, la gente
moría miserablemente sin la necesaria ayuda de los sacramentos. Al llegar los
nuestros (sacerdotes camilianos) se les heló el corazón por el aspecto que
ofrecía la ciudad, desprovista y abandonada por casi todos sus ciudadanos y
habitantes.
La mayoría de las puertas y ventanas estaban
cerradas, las calles solitarias, las iglesias vacías y los pocos habitantes que
quedaban estaban tan escuálidos y llenos de miseria que parecían más muertos
que vivos. Los nuestros (sacerdotes camilianos) comenzaron a servir a aquellas
pobres gentes, confesando, dando el viático, administrando la unción,
recomendando las almas y transportando, sobre las propias espaldas, a los
muertos para sepultarlos, ya que no quedaba persona sana que lo pudiese hacer.
Ante tanta deficiencia se vieron obligados, más de una vez, a ir solos por los
caseríos vecinos... Y sucedió, en más de una ocasión, que al llegar a casa, uno
solo, sin ayuda de ningún otro ministro, al mismo tiempo atendía, confesaba al
enfermo, le daba la comunión, lo ungía con el óleo, le recomendaba el alma y
después lo transportaba fuera de casa para sepultarlo.
Bautizaron a muchos niños y unieron en
matrimonio a algunos que vivían en concubinato, pues en una misma cama yacían
el hombre y sus amantes, y así morían. Encontraron a muchos, muertos no sólo de
cuatro días, sino hasta de ocho, tendidos en sus propios lechos; en los que,
además, yacían otros enfermos, muy próximos a la muerte por el intolerable
hedor de aquellos cadáveres.
Estas y parecidas obras de caridad prestaban
los nuestros, tanto de día como de noche, yendo bajo los rayos caniculares del
sol, tal como se lo urgía la necesidad, a buscar de casa en casa a los enfermos
y a llevarles algo para comer y reconfortarlos. Y, oprimidos por las fatigas y
aplanados por la contaminación y olor de aquellos aires pestilentes, enfermaron
todos. Como no podían ya tenerse en pie, fueron a buscarlos y lo condujeron a
Nápoles, donde cinco de ellos (sacerdotes camilianos) pasaron a mejor vida. Murieron con gran paciencia y fortaleza, tanto que unos a
otros se exhortaban a morir con alegría, teniéndose por dichosos al haber expuesto
la vida por amor de Dios y por la salud del prójimo.
San Camilo quiso
cuidarles con sus propias manos y hacer de enfermero suyos, recomendándoles el
alma y cerrándoles los ojos él mismo”.
domingo, 8 de marzo de 2020
PEQUEÑO MES DEL SEÑOR SAN JOSÉ: Pensamientos piadosos para el mes de marzo – Por el Presbítero Gerardo Herrera. Año 1893.
DÍAS V, VI; VII Y VIII.
DIA V.
Súplica: Gracia para desagraviar a Dios por
todos los pecados que se cometen en este instante.
PIEDAD DE SAN JOSÉ EN LA ORACIÓN.
Por la mañana, por la tarde y con frecuencia
entre día, José llamaba a Jesús y a María para elevar unidos su oración a Dios.
. . Jesús presidía, María y José respondían. . . ¡Oh! ¡Qué atención, qué modestia, qué piedad y
qué delicias! . . . Si hubiéramos estado allí presentes habríamos orado también
nosotros con perfección. . .
¿Y no podemos hacerlo ahora?
Propósito: Me imaginaré que estoy en medio de
la Sagrada Familia y estaré atento en la oración como si Jesús la hiciera
conmigo estaré con recogimiento y responderé sin apresurarme, con pausa, sin
levantar demasiado la voz y sin omitir una sola palabra
DÍA VI.
Súplica:
La de unir nuestras oraciones a la de los religiosos que se levantan a orar a
la media noche.
SILENCIO DE SAN JOSÉ.
Todos los santos han sido amantes del
silencio. . . Señor San José amó el silencio por dos motivos principalmente:
1°) Por su asiduidad en el trabajo: se
había señalado su tarea para cada hora del día y nunca se apartaba de ella.
2°) Por su cuidado para con Jesús que
llenaba su corazón y su alma.
Hablar hubiera sido distraerse, hubiera sido
no ejecutar debidamente la tarea fijada, hubiera sido olvidarse de que estaba
en la presencia de Jesús.
Propósito: Difícil
es el silencio en todo tiempo, pero yo quiero señalar algunos minutos de este
día durante los cuales no hablaré sino lo estrictamente necesario.
DÍA VII
Súplica: Hagámosla fervorosa por las infelices
almas que sienten grande repugnancia a obedecer
SUJECIÓN DE SAN JOSÉ A LAS ORDENES QUE SE LE DABAN.
Sometióse Señor San José al Gobernador que
le obligó a marchar a Belem y le obedeció a pesar de la pena que le causaba ver
fatigada a María.
Sometióse al Angel que le mandó huir a
Egipto y le obedeció no obstante la pérdida que iba a sufrir en su trabajo;
“¡Dios lo quiere!” dice, cada vez que recibe una orden, “cumplamos su
voluntad.”
Propósito: De cuantas cosas se nos mandan,
ninguna ha tenido para nosotros los penosos resultados que experimentó en su
vida Señor San José. A su imitación digamos: Este precepto me desazona, me
molesta, me fatiga: pero Dios lo quiere, hágase su voluntad.
DIA VIII.
Súplica: Hagámosla por las personas que se
dejan dominar del deseo de los placeres.
AMOR DE SAN JOSÉ A LA POBREZA.
Amó Señor San José la pobreza por ser esta
el estado en que a la Bondad divina plugo colocarse y San José quiso siempre lo
que quiso Dios; la amó, además, porque por efecto de una gracia particular
conoció claramente los grandes tropiezos y las muchas inquietudes que acarrean
las riquezas. Jesús en sus coloquios íntimos le dijo: “que
el pobre que trabaja y se resigna encuentra con suma facilidad el camino del
cielo.”
Amemos asimismo, nosotros el puesto en que
nos hallamos; pongamos coto a los deseos de riqueza y honores que acaso por
ahora son poco impetuosos, pero que se convertirán más tarde en tormento para
nuestro corazón si no los sofocamos con la energía que debemos oportunamente:
si carecemos de alguna cosa exclamemos con alegría como lo hiciera San José:
Dios mío, de vuestra Providencia espero mi pan de cada día.
Propósito: Sigamos la conducta de un tierno
niño que rogaba a Dios por sus padres diciendo: “¡oh mi Dios! dadnos no más que
lo necesario cada día.”
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