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martes, 8 de mayo de 2018

“DE LAS DOS BANDERAS DE CRISTO Y LUCIFER” – Por el P. Carlos Gregorio Rosignoli, de la Compañía de Jesús. (Tercera parte y final de la publicación) [EJEMPLO.]





EJEMPLO.


   Doña Catalina de Sandoval, una de las más estimadas señoras de España, en la primera flor de sus años estuvo mucho tiempo dudosa, sobre qué estado de vida babia de seguir, y debajo de qué bandera debía militar. Por una parte el demonio la proponía las raras prendas, de que era dotada, de hermosura y donaire, las comodidades de sus riquezas, lo dulce de los placeres, y la gloria de las honras que podía gozar en el mundo. Por otra parte, Cristo la sugería la belleza, pero ardua, de las virtudes, el amor de la pobreza, la mortificación de los sentidos, el desprecio de la gloria vana. Dudosa entre estas dos escuadras de objetos contrarios, no acertaba a resolverse; pero entretanto, dejándose llevar del torrente del mundo, sin resolución de seguir la bandera de Lucifer, con las obras huía de la de Cristo, hasta que poco a poco se dejó dominar del amor del mundo. La vanidad era el elemento en que vivía, y el aire que respiraba. Vestir galas, inventar nuevas modas, y trazas de mostrarse hermosa, gustar de trajes pomposos y de ostentación, asistir a todas las fiestas públicas, y dejarse ver con gusto de los ojos de todos.

   Las muchas prendas naturales, que tenía, movieron a muchos caballeros de grande esfera a pedirla por esposa: más ella altiva, por sus mismas prerrogativas, ponía altísimo el punto, y respondía soberbiamente, que no había de admitir a sus desposorios, sino una Testa coronada, o de sangre real.

   Uno, entre otros, que tenía, mayor ansia de granjearla, prometió un gran regalo a una doncella, que la servía de camarera, si tenía ánimo y traza para persuadir a Doña Catalina, que le admitiese por marido. La doncella se valió de todos los artificios imaginables para introducir en la gracia de la dama aquel caballero; pero siempre en vano. No obstante, no perdió el ánimo; y una mañana, entrando en la cámara de su señora a darla los buenos días, y haciendo que viese la luz, con abrir la ventana, la dijo: ¡Oh señora, qué bravo sueño he tenido esta noche! Me parecía que estaba viendo unas magníficas fiestas a las bodas de Ud. Señoría con Don (nombrándole al caballero) y proseguía a decirle alabanzas, y ponderar sus prendas. Aquí Doña Catalina gravemente indignada, la arrojó de su presencia con ásperas palabras, amenazándola con más que palabras, replicando: ¿No te tengo dicho, que ninguna persona del mundo podrá lograr mi amor, si no es rey, o de real sangre? Dicho esto, puso una ropa ligera, y levantándose de la cama, se puso a pasear por la sala, revolviendo soberbiamente en su ánimo, que para ella no bastaban muchas riquezas, que eran menester honores reales. Cuando en el mismo punto de ensoberbecerse, levantó por buena suerte los ojos a un crucifijo, que tenía en la sala; y al mirarle la cabeza coronada de espinas, y leer el título: Jesús Nazarenus Rex Judaeorum, se sintió interiormente llamada a tomar aquel soberano Rey por Esposo, y que la decían: Veis aquí al Rey que andas buscando, y te desea y ama más que ningún otro. Paróse á mirar con ojos piadosos al crucifijo, y su corona de espinas, aquel Corazón herido, aquellas Manos llagadas, y todos los miembros llenos de cardenales. Y repitiendo el mirarle, oyó una voz, que resonó en las orejas del cuerpo, más hizo eco grande en el corazón, y la dijo. Tú me conseguirás así. Entonces, o fuese reverencia, o espanto, que atemorizó a Doña Catalina, ella quedó asombrada de aquellas palabras, que no sabía de donde salieron; cuando vió, que el Señor, acercándosele amorosamente, añadió: Yo soy, no quieras temer. Por donde avivándose y cobrando aliento, se puso de rodillas; y volviendo al Salvador, le dijo: Señor mío, bien sabéis cuanto he huido de vos, y seguido las banderas del mundo; ya desde este punto me rindo toda a vuestra cruz: os acepto por mi Esposo, así como lo queréis, coronado de espinas, y lleno de heridas y llagas por mi bien. Despídeme de todo amor del mundo: y os entrego a vos únicamente mi corazon, rogándoos, que no le dejéis jamás salir de vuestra mano, de suerte, que de aquí adelante sea todo totalmente vuestro. Sea testigo de esta mi resolución y perpetua donación, la Reina del cielo, mi Señora, con toda la corte celestial. Entonces extendió Jesucristo el brazo derecho hacia Catalina, como para abrazarla y tomarla por su purísima esposa, diciéndola: Este brazo, en que está mi sumo poder y fortaleza, te le doy, para que tú, confortada y fortificada con él, puedas con valor ejecutar mi voluntad, y vencer a tus enemigos, manteniéndome la palabra que me has dado.

   Así esta grande alma, volviendo las espaldas a Lucifer, se dió al punto a seguir a su Esposo coronado de espinas. Y porque no es decente, que coronada de espinas la cabeza, los miembros sean delicados, como dice san Bernardo. Las riquezas, los honores, los placeres que antes le sugería y ofrecía el demonio, fueron después aborrecidos de su espíritu más que la muerte. Al contrario, la pobreza, las mortificaciones, los desprecios, a que la llamaba Cristo, eran todas sus delicias endulzadas con extraordinarios consuelos del Espíritu Santo: hasta que viviendo vida religiosa algún tiempo en el siglo, pasó a vivir como santa en la religión, súbdita muy estimada de santa Teresa; y para continua memoria de haber escogido por Esposo a Jesucristo, se llamó Catalina de Jesús: “Debemos negarnos a nosotros mismos, e imitar a Cristo por la cruz.” Tomás de Kempis


“VERDADES ETERNAS”

“DE LAS DOS BANDERAS DE CRISTO Y LUCIFER” – Por el P. Carlos Gregorio Rosignoli, de la Compañía de Jesús. (Segunda parte)








BANDERA DE CRISTO.


   Miremos ahora de la otra parte a Cristo, Salvador del mundo, que en un sitio humilde junto al templo de Jerusalén, con un modo suavísimo llama y convida a que le sigan. Mirad cuán amable es su semblante sobre todas las bellezas del mundo. En su frente tiene asiento la Majestad, pero humilde; en sus ojos reina la alegría, pero modesta; de sus labios destila dulzura, pero que no empalaga; de sus manos salen las gracias, pero sin interés.

   Corónanle al rededor sus queridos discípulos, pendientes de su boca a oír y recibir palabras de vida eterna. Tiene enarbolado DONDE SE ENCUETRA, NUETRA SALUD, VIDA Y RESURRECION. Convida con dulcísimas palabras a seguirle y ponerse de su lado. Venid a mí (dice) todos los que estáis fatigados y agravados, que yo os daré aliento, descanso y refección. Tomad mi yugo sobre vuestros hombros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazon; porque mi yugo es suave, y mi peso es ligero. Es verdad, que nos muestra la cruz, debajo de la cual debemos militar; pero juntamente nos avisa por medio de su siervo Tomás de Kempis. En la cruz está la salud y la vida; en la cruz está la defensa de nuestros enemigos, y la gracia de las consolaciones celestiales; en la cruz se halla la fortaleza del corazon, el gozo del espíritu, la perfección de las virtudes, y la esperanza de la bienaventuranza eterna.

   Es verdad, que Cristo impone a sus secuaces leyes a prima vista muy duras; el negarse a sí mismo es una renunciación de todos los placeres del sentido, un abandono de las riquezas superfluas, un desprecio de los vanos honores. Más; el tomar la cruz es una preparación del ánimo a tolerar las cosas contrarias al genio de la naturaleza, la penitencia y mortificación del cuerpo, la pobreza de espíritu, la humildad de corazon; las cuales se oponen directamente a los tres genios de apetitos, que sugiere el demonio.

   Pero también es verdad cierta, que si Cristo pide cosas dificultosas, nos concede juntamente gracias extraordinarias para fácil y suavemente ejecutarlas; como divinamente advirtió san León. “A los que le siguen les da tal  abundancia de ayudas y socorros divinos, que no solo hacen fáciles, sino alegres y deleitables los ejercicios de las virtudes.” Convida el Salvador al desprecio de las riquezas, y amor a la pobreza; más al mismo tiempo reparte tal gracias para tolerar la falta de los bienes humanos, que san Luis, de Primogénito del rey Carlos de Nápoles, hecho pobre religioso Franciscano, decía: que le era mucho más sabroso un pedazo de pan bazo, recogido de limosna, que las delicias de la mesa real. Exhorta a la continencia y castidad; pero con tan eficaces socorros conforta la flaqueza de la carne, que san Agustín, después de haber experimentado tantos deleites sensuales, sentía mayor gusto en vivir careciendo de ellos, que cuando soltaba la rienda al apetito. Persuade el Salvador huir de las honras, y tener afecto a la humildad; pero con tanta eficacia alienta los corazones débiles, que santa Isabel, reina de Hungría, tenía por mayor gloria el ser ultrajada, que cuando antes era honrada y reverenciada en el trono.

   Quiere, que con fatigas y sudores apostólicos nos industriemos en ganar almas a su servicio. Para estas industrias apostólicas, busca por todas partes compañeros. A ellas convida con empeño a sus secuaces. Más después les endulza el trabajo con tantos consuelos, que san Francisco Javier en las arduas empresas de su trabajosísima apostolado, se veía obligado a exclamar; Basta, Señor, basta. No más gustos, mi Dios, no más, que mi corazon no es capaz de tantas delicias del cielo. ¡Oh, que las mortificaciones, las penurias, las deshonras, que tal vez se padecen por seguir la bandera de Cristo, son recompensadas con tantos regalos de espíritu, que siempre corren a las parejas los trabajos y los consuelos de sus soldados.  Más: no se contenta el Apóstol con decir, que corresponde puntual una consolación igual a aquel poco de tristeza, que se padece por Dios, sino protesta ser cien veces mayor la avenida de gozo, que la gota de aflicción.

   Con todo eso, supongamos que el Salvador no quiera favorecer con gracias extraordinarias ahora a los que les siguen, ni endulzar la amargura de su Ley con el aroma de sus celestiales dulzuras. Finjamos, que el divino Capitán diga a sus soldados: No he venido a traer la paz sin no la espada, es necesario que os hagáis guerra a vosotros mismo. En esta vida, por amor de mí, os habéis de privar de estos bienes tan buscados, tan agradables, tan apetecidos, por entrar en una milicia trabajosa, difícil, molesta, sin alivio, sin cohorte alguna. Yo, soldados míos, os convido a lágrimas, a dolores, a padecer; cuando al contrario, el mundo os llama a sus festines y divertimientos.

 Vosotros habéis, de gemir debajo del peso de la cruz: el mundo os dará a gozar todo el campo de sus placeres pero notad bien el trueque que debe al fin suceder, porque vuestro breve padecer presto se cambiará en un eterno gozar: a la breve batalla seguirá un eterno triunfo, Pelead valerosamente, que os espera un reino eterno: Cuando al contrario todas aquellas transitorias alegrías del mundo, se reducirán a eternos llantos. Muy presto serán castigados los gustos de una vida caduca con penas atrocísimas de una muerte sempiterna é inmortal. Si el Redentor así les dijese a sus secuaces, y los quisiese afligir de presente, para después premiarles en lo venidero; con todo eso, ¿no deberían entrar gustosos en el partido, y alistarse debajo de sus banderas? ¿La felicidad de un término bienaventurado sin fin, no debía ser poderosa para facilitar cualquier camino áspero? ¿Cómo podremos, sin pelear y sin padecer, pretender aquel cielo, que costó a las vírgenes tantas mortificaciones, a los confesores tantas penitencias, a los mártires tanta sangre? ¿No es verdad lo que dijo Pablo, que no equivalen, ni igualan todas las penas y aflicciones de esta vida a la grandeza de la gloria, que esperamos?

   Mas no obra así con sus soldados el Capitán del cielo. Es así, que les tiene preparado un gran premio en la otra vida después de la victoria; pero no por eso en la presente, que es tiempo de batalla; no por eso, (digo) deja de repartirles un gran donativo de sus gracias, un sueldo copioso, y de anticiparles dulcísimos confortativos en medio de sus trabajos, y convertir las pocas mortificaciones del cuerpo, en unos sumos gozos del espíritu. Usa el Salvador con sus secuaces lo que usó Dios con el pueblo de Israel. Habíales prometido una tierra tan feliz, que manase leche y miel, y abundase de todas las delicias. ¿Y con cuánta abundancia les asistió y proveyó, aun en el desierto, cuando caminaban a la tierra prometida? Bien pudiera justamente decirles: Por ahora, mientras dura el viaje, tened un poco de paciencia; no tengaís por muy pesado pasar lo mejor que pudiereis con yerbas silvestres y raíces amargas, que encontrareis: Vendrá después, y presto, el tiempo en que gozaréis los deliciosos y regalados frutos, los sabrosos manjares de aquella afortunada tierra: pero ni lo dijo, ni lo hizo Dios así. Hízole previsión, aún en el desierto, por aquellas sendas ásperas y molestas, de un pan del cielo, tan abundante como gustoso.

   Labró para ellos un maná, que encerraba en sí todas las suavidades y sabores, sirviendo, no solo a la necesidad del sustento, sino también a las delicias del paladar. No de otra suerte nuestro Redentor; si bien tiene preparado a sus siervos en el paraíso aquel torrente de néctar celestial; con todo eso, aun en este desierto, les reparte con grande abundancia sus dulzuras para sustentarlos briosos en sus trabajos.

   Y con todo eso, no consigue el Salvador atraer muchos a sus banderas. Aman mejor los cristianos militar al infeliz sueldo de Lucifer, por la miseria de algunos bienes suyos, amargos y caducos, que al sueldo de Cristo, por la abundancia de bienes purísimos, alegrísimos y eternos. Antes quieren ser esclavos de un fiero tirano, que por una vida llena de mil trabajos, los lleva a una muerte eterna, que siervos de su legítimo Señor, e hijos de su amorosísimo Padre, que con tantas gracias, y por medio de tantas consolaciones, los conduce a una vida bienaventurada.

martes, 1 de mayo de 2018

“DE LAS DOS BANDERAS DE CRISTO Y LUCIFER” – Por el P. Carlos Gregorio Rosignoli, de la Compañía de Jesús. (Primera parte)



   No contento san Ignacio con habernos propuesto una consideración del reino de Cristo, formó otra más eficaz, que llamó de las dos banderas, para alentarnos más el corazón, y dar bríos para seguir al Salvador; porque viendo realmente, que él nos llama y convida a empresas dificultosas, quizá tendríamos menos ánimo para seguirle, si no se hallase reforzado con nueva eficacia de un llamamiento incontrastable: y esto obra fuerte y suavemente la consideración de las dos banderas, benemérita de tantas religiones, a quien ha dado sujetos de grandísima estimación; porque en esta consideración se suele hacer la elección, o la reforma del estado de la vida: punto sobre todos los otros importantísimo, de que aquí no hablaré palabra, habiendo dicho todo lo que conviene en el libro de la Sabia elección, a que remito al lector.

   Aquí se miran en campaña dos capitanes, de la una parte Cristo, Señor nuestro, y la del otro Lucifer; el uno, a contraposición del otro, llama soldados y echa pregón, con qué sueldo, y a qué fin se ha de militar y pelear bajo de su bandera: cada uno ofrece sus bienes; el uno presentes, (es verdad) pero mezquinos y breves; el otro algo lejos, como venideros, pero ciertos, cuanto lo es el mismo Dios, pues son eternos. Ahora vos, antes de extender la mano a coger los unos o los otros, antes de entrar el pie en la cadena de Luzbel, o el cuello en el yugo de Cristo, miradlos bien, y afrontad unos con otros. Cierto es, que al ver que la paga de Luzbel, (aun cuando él la diese) no es otra cosa, que un corto bien, y un gran mal eterno; al contrario, la de Cristo es un corto padecer, y un gozar sin fin, sin duda cobrareis grande ánimo para no dejaros llevar de las engañosas ofertas y vanas promesas del demonio, y seguir de veras al Salvador.

BANDERA DE LUCIFER.

   Pónganse, pues, delante de los ojos Lucifer, príncipe de las tinieblas y tirano del mundo, que en medio de Babilonia está sentado sobre un trono lleno de fuego y humo, al rededor un cortejo terrible de demonios, conjurados a hacer daño al género humano, y a destruir el reino de Cristo. Mírese lo horrible de su semblante, la frente altiva y llena de soberbia, los ojos fieros y encendidos, a guisa de cometas, la boca sangrienta y arrabiada, que está respirando amenazas y estragos. Pues si bien él por sí mismo, (a ley de espíritu) no tiene forma alguna corporal; no obstante, cuando toma alguna para aparecerse, es espantosa, proporcionada a la monstruosa condición de su espíritu: y si tal vez toma alguna forma juguetona o lisonjera, para atraernos con engaños, sus juegos acaban en terrores y espantos, y la vana apariencia en estragos y ruinas. Viene como serpiente de hermoso color y forma halagüeña, que juega y abraza para escupir su veneno.

   Aquí levanta y tremola su bandera, cuya insignia son pintadas en ella figuras feas, placeres abominables, odios, homicidios, tesoros, que se desvanecen y paran en humo. Convida con un tono de voz formidable, y juntamente lisonjera, a los míseros mortales, para que le sigan: (Sap. 2.) venid conmigo a gozar de los bienes que os ofrezco, daos a los pasatiempos, mientras os lo permite la juventud: coronaos de rosas, antes que se marchiten; Nullum pratum sit, quod non pertranseat luxuria nostra: No hay una pradera sea libre, que no escapan a nuestra revuelta: no hay flor de deleite, que no se coja: alargad las riendas al apetito, ya que sois de naturaleza deleznable.

   Poneos en grande estimación en el mundo, porque los honores y dignidades son los verdaderos bienes del hombre: poned todo vuestro estudio e industria en adquirir y amontonar riquezas, que son el único medio para haceros grandes en la tierra, y para comprar los placeres, que regalan los sentidos: yo no pongo otras leyes a mis saldados que los dictámenes de su concupiscencia, y vivir al gusto.

   Estas, y peores máximas propone Lucifer, derechamente opuestas a los preceptos de Cristo, para arruinar el mundo. A tanto le estimula el odio implacable contra Dios, cuya justicia vengadora experimenta: y quisiera, a pesar suyo, privarle del servicio y obsequio de sus criaturas: después la ambición de su soberbísimo espíritu, a fin que los hombres antes le sirvan a él cruelísimo tirano, que al Criador, su legítimo Rey. Finalmente, le punza la rabiosa envidia, porque el hombre no llegue a gozar la felicidad del cielo, de que él cayó con eterna ruina.

   Pero no se contenta Lucifer con llamar y convidar quien le siga bajo de su bandera; envía por todas partes innumerables legiones de demonios a que atraigan gente a su partido. Id (les dice) fieles ministros míos, a alistar soldados bajo de mis estandartes: no veis, que el crucificado dilata cada día más su reino, y por medio de unos vilísimos pescadores nos roba el dominio, que teníamos sobre la tierra. ¿Hemos de sufrir que se enarbole la cruz, donde se veneraban nuestras insignias y armas? ¿Y qué hombres hechos de barro suban a ocupar en el cielo aquellas sillas, de donde nosotros, espíritus nobilísimos, fuimos arrojados? Id, pues, oponeos a sus designios, apartadlos de las empresas de la virtud: donde no valiere la fuerza, valga el engaño: encended el ansia de las riquezas, que son lazos muy poderosos para atraer a los menos advertidos a nuestro bando: acalorad el ardor del apetito, que es el estímulo más eficaz para los deleites sensuales: ponedles honores, aplausos, dignidades, que son cebos muy agradables para pescar los corazones humanos: en una parte colgad baratijas, y bujerías licenciosas, en otra esparcid odios mortales: pregonad convites regalados a la gula: poned ocasiones de amores torpes: no haya honestidad segura de vuestros asaltos, ni virtud libre de vuestros engaños. En suma, aquel será más valiente soldado mío, que volviere con más copioso botín de almas rendidas.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

La Victoria es negocio de la voluntad (parte II y final) Lectura para las almas que buscan la perfección. (¡¡¡Imperdible!!!)




Como se afianza la voluntad

   Para fortificar la voluntad y asegurarle este pleno dominio sobre sí misma y las demás potencias, para hacerla poco a poco capaz de grandes obras, Dios la va formando por largo tiempo con admirable sabiduría y paternal bondad. Primero le pone a la vista la hermosura de la virtud y la fealdad del pecado: así la inteligencia es iluminada, y los deseos o impulsos dados por la gracia divina a nuestra voluntad nos mueven a la práctica de las virtudes; estos no son aún más que veleidades, es decir, deseos espontáneos y todavía ineficaces; si los consentimos, si la voluntad pasa deliberadamente del deseo a la resolución llegan a ser libres y meritorios.

   Al principio de la vida piadosa cuando el alma ha dado ya pruebas de buenas disposiciones, el consentimiento es fácil porque la gracia se presenta suave y consolatoria, las demás potencias ayudan a la voluntad a buscar el bien; los sentidos, la imaginación son impresionados saludablemente, el corazón se conmueve, las ceremonias, las prácticas de piedad, la oración, la comunión, el ejercicio de algunas virtudes producen en el alma pufos deleites. Pero al mismo tiempo que Dios vuelve dulce estas obras piadosas, reclama algunos actos de virtud que cuestan y obligan a la voluntad a desplegar cierto vigor.

   Es el momento en que las almas valerosas se distinguen de las cobardes y egoístas, aquéllas se muestran más generosas, éstas se complacen en esa dulzura y esquivan los sacrificios. Las almas que son como muelles no progresan hasta tanto que no salen de sus blanduras y que su voluntad hace grandes esfuerzos. En cuanto a las almas fieles Dios continúa ofreciéndoles ocasiones de victoria; un esfuerzo pasajero sería cosa fácil, pero así la lucha se prolonga: los demonios vuelven a sus ataques; la naturaleza mil veces dominada, mil veces contrariada, no cesa ni de reclamar lo que le halaga ni de resistir lo que le repugna; los hombres con sus críticas, sus consejos, sus ejemplos tratan de apartar del deber. Importa, pues, vencer todos estos enemigos y poner en tales combates un propósito y entereza creciente.

   Toda virtud para ser perfecta exige grandes pruebas, y hay que procurar adquirir en su perfección las virtudes fundamentales que consigo traerán las otras. La reforma del carácter es una obra difícil: lanzad el natural, vuelve volando: para llegar a ser un hombre de recogimiento y oración es necesaria una gran fortaleza de alma; para practicar el desasimiento de todo lo que seduce a la voluntad humana son indispensables esfuerzos prolijos y penosos, pues hay que mortificar su corazón, su cuerpo, sus gustos, su juicio propio, hay que vencer sus repugnancias; la práctica de la humildad, de la caridad exige también una gran vigilancia y fuerte trabajo. Dios impone pues a su criatura numerosos combates, pero no cesa de sostenerla. Las gracias que le concede no son siempre confortantes; llega un día en que para obligar a la voluntad a mayores esfuerzos y adquirir más firmeza, Dios le retira sus apoyos; hace pasar al alma por sequedades y por estados de aparente incapacidad; las otras facultades en lugar de ayudarla como antes, son ahora obstáculos, la imaginación entregada a las divagaciones distrae a la inteligencia y la aparta de las verdades de la fe para ocuparla en cosas transitorias, el corazón no sólo está frío, indiferente a lo bueno, sino a veces también siente verdadero disgusto por aquello mismo que antes le embelesaba: lecturas, oraciones, prácticas piadosas deberes de estado. La voluntad debe entonces encaminar sus fuerzas a cumplir los compromisos más comunes. El enemigo, en esos momentos críticos, procura desorientar a las almas persuadiéndoles que todo esfuerzo es inútil o imposible. “No puedo”, palabra fatal, persuasión funesta en extremo que impide al alma hacerse violencia en el momento en que los actos de mayor energía son más necesarios que nunca. “No puedo hacer oración”; pero la oración es un deber, si a veces es muy difícil, la gracia para hacerla no falta jamás, y la Iglesia condenó a los quietistas por pretender que el alma debe quedarse en completo silencio sin formular jamás petición alguna. San Ignacio (Ejerc. XIII anot) recomienda prolongar la oración cuando se nos hace más difícil, “a fin de que así nos acostumbremos no sólo a resistir al enemigo sino también a derrocarlo”. La voluntad debe además aumentar sus esfuerzos cuando la naturaleza se rebela, cuando la repugnancia sobreexcita los nervios, cuando las pasiones se enardecen. Siempre puede permanecer señora, pero con la condición de aplicar toda Su energía. “Es más fuerte que yo y no la puedo vencer”, tal es también la excusa de las almas dé poco amor, pretexto falaz. Una persona que pasaba por grandes tentaciones contra la fe declaró a la Beata Ana de San Bartolomé que le era imposible hacer ningún acto de esta virtud; la santa carmelita llena de compasión intercedió por ella y el Señor le respondió: puedes decirle que no es verdad; el socorro de mi gracia es más fuerte que su tentación» (Divines, Paroles, XIX, 8).

   El que quiere permanecer muy fiel a Dios y amarle con amor perfecto debe tomar por divisa: cueste lo que Costare; ha de estar resuelto a hacerse grande y continua violencia; siempre será verdadera la fórmula célebre de la Imitación (I, 25): tanto más progresarás cuanto más te vencerás (1)

(1) Esta sentencia del Kemkpis recuerda la de San Ignacio: “Cada tino debe saber que aprovechará en la vida espiritual en proporción de lo que se despoje de su amor propio, de su voluntad propia, de su interés propio.” II Semana. Elección.

    Trabajad: varonilmente y alentaos, decía San Pablo (I. Cor., XVI, 13), después del salmista (XXX, 25). Dios ha depositado en el fondo de las almas una mina de fuerzas saludables que acaso no las sospechamos, y quiere que probemos lo que valen. No permanezcan pues enterradas; aprendamos a sacar de nuestra voluntad toda la energía que tiene en germen, la cual puede aumentar de un modo maravilloso. Pero son muchas las personas apocadas que se esfuerzan muy poco; hacen lo bastante para ser virtuosas, poquísimo para ser perfectas. Después de diez, treinta años de vida piadosa la oración les cuesta todavía, sus oraciones muy distraídas, su mortificación poco generosa no han reformado aun su carácter, ni aprendido a suavizarlo si lo tenían áspero, ni a robustecerlo si era muy para poco; acaban pronto con su paciencia, penalidades que las almas esforzadas miran como livianas les parecen muy pesadas, y creen hacer mucho si las sobrellevan sin enojarse. Estas personas no salen jamás de la niñez espiritual. Como los niños incapaces de entregarse a labores fuertes, de llevar la misma carga que los hombres formados, no pueden hacer más que muy leves servicios, sólo practican pequeñas virtudes, ni dan a Dios sino poquísima gloria.

   Los que hicieron muy serios esfuerzos han adquirido más virtudes y sus méritos son mucho mayores; pero cuan fuertes llegan a ser los que se hacen violencia en todo, incansables en la pelea contra sí mismos. Las victorias a medias dejan al alma todavía muy débil, pero cada victoria completa, efecto de esfuerzos enérgicos, debilita al enemigo, fortalece al vencedor y da más facilidad para nuevos triunfos. Llega un día en que la voluntad apartada de sus aficiones, libre de sus defectos, puede ser un instrumento dócil en las manos divinas. El Espíritu Santo se apodera de ella, la afianza y la dirige. El don de fortaleza no lo ejercía hasta entonces sino por intervalos, en circunstancias difíciles, cuando eran necesarios sacrificios excepcionales, como en el trance de corresponder a una vocación vivamente combatida, o en las horas de gran dolor, como en la muerte de un padre, de una madre, de una persona querida; en adelante este mismo don producirá efectos habituales y bien preciosos. Se disfruta de una igualdad constante de alma, porque el Espíritu Santo que la fortifica es siempre inmutable; siempre se conserva la plena posesión de sí mismo, no desmentida ni en los casos de triste sorpresa, de contrariedades irritantes, ni en los sucesos que más puedan aturdir. Es la fortaleza unida con la suavidad, pues la acción divina es siempre fuerte y suave (Sap., VIII, 1): Las almas que ejercitan el don de fortaleza no tienen la aspereza y pertinacia de los que sólo poseen una firmeza de voluntad natural, los cuales quieren que todo se doblegue delante de ellos; son fuertes contra los demonios y contra su naturaleza; pero dulces con sus hermanos como rígidas consigo mismas. Realizan sin vacilación ni aun necesidad de razonarlo los actos de virtud que cuestan mucho a los cristianos ordinarios, y la prueba de que esta facilidad no es únicamente el efecto de sus hábitos adquiridos y del fortalecimiento de la voluntad, sino también y sobre todo de la acción del Espíritu Santo que las penetra y las mueve, es la paz interior honda, sobrenatural que en ellas acompaña a la práctica de la virtud; y experimentan esta paz en el momento mismo en que se renuncian a sí mismas; no es pues la satisfacción del triunfo reportado, la cual no puede sentirse sino después de la lucha, es el gozo sobrehumana del sacrificio.


   Las disposiciones que acabamos de retratar son las de las afinas llegadas a la vía unitiva; con mayor razón las de las almas más perfectas, las de las almas heroicas. Todos los santos pronunciaron el “cueste lo que costare”. Todos quisieron con voluntad inflexible amar a Dios, trabajar por él, inmolarse por él: para agradarle nada les pareció arduo en demasía, no perdonaron esfuerzos, no retrocedieron ante ningún sacrificio, fueron de victoria en victoria. Nosotros también “cueste lo que cueste”, luchemos siempre con toda la energía de que somos capaces; los soldados que combaten salvan a su príncipe y su país, y la patria entera tiene parte en tan faustos sucesos: soldados de Dios, luchamos por su amor y por su gloria y nuestras victorias son sus victorias.



“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”

por

AUGUSTO SAUDREAU

Canónigo honorario de Angers


martes, 20 de septiembre de 2016

La Victoria es negocio de la voluntad (parte I)



   El que quiere triunfar triunfa, y el que quiere capitular capitula, tal es la ley; la voluntad ha sido dada al hombre como la facultad señora que debe dirigir su vida; sin la gracia no puede hacer un acto sobrenatural pero siempre puede contar con ella, y así auxiliada la voluntad siempre podrá cumplir las leyes divinas y realizar actos meritorios. Por una parte las pasiones nos solicitan y por otra la virtud nos atrae; los hombres con sus ejemplos, con sus palabras nos inducen los unos al bien y los otros al mal; los ángeles con sus inspiraciones nos impulsan hacia Dios, los demonios con sus tentaciones intentan alejarnos, de Dios, pero por nuestra voluntad permanecemos dueños de nuestros actos; la imaginación puede ser sacudida, impresionada, entusiasmada por el bien; o la puede turbar, obsesionar el incentivo del mal; la inteligencia es capaz de representarse razones asi buenas, como malas; pero la voluntad queda siempre inviolable, ninguna criatura la puede doblegar, sólo ella a su talante escoge el inclinarse, volverse hacia los bienes verdaderos o los falsos; siempre es libre y de ella dependen nuestros destinos eternos.

   Esta noble facultad cuya función es tan grande ha recibido de Dios todo el poder necesario para desempeñar  bien su papel, pero esto se nos da primero en germen según es ley de esta vida; adquiere con el tiempo, su desenvolvimiento perfecto; debe ser pues cultivada para fortalecerse cada vez más; hay también que dirigirla, o apartarla del mal y aplicarla a lo bueno. Es el negocio de la educación; los educadores toman la voluntad del niño, caprichosa, inconstante, muy dada a fruslerías y fácilmente seducida por objetos nocivos; tratan de rectificarla, consolidarla; pero manifiesta que la voluntad es verdadera reina el que sólo lo consiguen mientras ella procura enderezarse a sí misma, o sea, que tanto logran cuanto la voluntad trabaja por afianzarse en lo recto.

   Una vez bien dirigida y asegurada puede realizar cosas grandes. En los negocios temporales los hombres de una voluntad fuerte y tenaz superan los obstáculos, triunfan de los contratiempos y acaban por llevar a cabo sus empresas; los irresolutos, inconstantes, tímidos, pusilánimes no hacen cosa de provecho. Los comerciantes, los industriales no alcanzan lo que desean en sus negocios sino gracias a trabajos ímprobos que proceden de una voluntad firme y constante. Los grandes escritores, grandes generales, grandes políticos, fueron hombres, que quisieron, cueste lo que costare, perfeccionarse en su arte y lo alcanzaron a fuerza de perseverancia y energía.

   Se ha dicho que el genio es una larga paciencia; cierto que exige algo más que paciencia, supone dotes eminentes, que sólo las recibe un número reducido, pero estas cualidades no producen todos sus efectos sino merced a un cultivo paciente y pertinaz.

   La obra tan sobrenatural de nuestra perfección reclama todavía más trabajo, más esfuerzos, una voluntad más recta y más enérgica. Esta voluntad debe en primer lugar tomar el gobierno de las facultades inferiores, dominar la sensibilidad, enfrenar la imaginación, someter ambos apetitos el concupiscible y el irascible, imponer a la inteligencia el amor de las verdades de la fe, la renuncia de los vanos pensamientos y especulaciones inútiles, la investigación y el estudio de los mejores medios de obrar bien.


“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”

por

AUGUSTO SAUDREAU


Canónigo honorario de Angers

lunes, 19 de septiembre de 2016

“La lucha con el demonio, enemigo del alma” (Medite profundamente esta lectura)



   Porque Dios quiere que seamos conquistadores y que nuestras glorias y gozos del cielo sean fruto de nuestros triunfos, permite que sus enemigos sean también los nuestros y que nos declaren una guerra incesante, viva, cruel “Nuestra pelea no es contra la carne y la sangre, “— dice el apóstol, no contra los hombres, menos temibles — sino contra las potestades, dominaciones y principados de este mundo de tinieblas, contra los malos espíritus que vagan por el aire” (Eph., VI, 12). Cuando los hombres se hacen tentadores, y en tal caso son lazos de Satanás y auxiliares suyos, es más fácil conocerlos. Cierto, algunas personas, complacientes o halagadoras, con palabras de falsa compasión, o con afecto de mala ley, nos inducen a veces al mal humor, a murmurar, al odio, y no descubrimos bien pronto que estos falsos amigos son enemigos de nuestra alma; pero en general las tentaciones que nos vienen de las criaturas humanas son más manifiestas y por tanto mucho menos pérfidas o alevosas. El demonio es más hábil; disimula, sugiere falsas ideas, de tal modo que el alma casi siempre se persuade que los pensamientos en que anda proceden de su propio fondo interior; mientras no distingue las perfidias del enemigo, se deja fácilmente seducir.

   Este enemigo invisible y astuto es más fuerte que él hombre; sabe mucho mejor que las criaturas humanas calentar la imaginación, soliviantar las pasiones, excitar las concupiscencias, enardecer interiormente los sentimientos de desagrado, irritación, o bien suscitar en la inteligencia nieblas sombrías, angustias crueles, ideas que desalientan, y nos arrebatan todo esfuerzo. Es también muy tenaz; rechazado una vez, veinte, cien veces, vuelve al combate y redobla sus esfuerzos. Hablando San Pablo de los enemigos del alma, los llama príncipes, poderes, dominadores de este mundo de tinieblas; con lo cual parece indicar a los demonios de coros superiores. Pues en efecto hubo rebeldes en todos los grados de la jerarquía angélica, y como conservan su naturaleza, se sigue que entre ellos hay algunos cuya fuerza es diez veces, cien veces, probablemente mil veces mayor que la de otros. Cuando los golpes vienen de estos príncipes del reino infernal la lucha puede alcanzar una violencia inaudita. “Sálvame Dios mío, porque las aguas han subido hasta mi alma; estoy hundido en hondo lodazal, y no hallo donde hacer pie; me hallo en alta mar y las olas de la tempestad me sumergen” (Salm., 68, 1). Y con todo eso, contra estos temerosos enemigos la victoria es siempre posible; por hábiles que sean los demonios, su estrategia les falla con frecuencia. Pues, ¿cómo están ofuscados muchas veces estos miserables, siempre llenos de furor, siempre inspirados por el odio, siempre desatinados por el orgullo? Si, conocen maravillosamente nuestra naturaleza y sus defectos y pasiones, todos los males que son consecuencia del pecado original y de nuestros pecados personales, desconocen los elementos sobrenaturales, las gracias, las inspiraciones divinas, los auxilios que Dios nos da; y cuanto mayor es en nosotros la medida de lo sobrenatural más obscuro lo ven. “A un bautizado lo desconocen más que a un infiel, a un justo más que a un pecador, un santo les es más recóndito que un justificado” (Mr. Gay, Vie et Vertus, t, II, p. 122). A más de esto cuanto más difiere su mentalidad de la nuestra menos la entienden. Muchas veces atacan a destiempo, y así demasiado confiados en sus artes van torcidamente a fracasos ciertos.

   Aunque su perspicacia fuera indeficiente y su habilidad perfecta y aun siendo la criatura muy ignorante y débil no podrían jamás dar por seguro el triunfo, porque “Dios es fiel y nunca permite que seamos tentados sobre nuestras fuerzas” (I Cor. X, 13). Si el alma es apocada, Dios contiene su violencia, los acorrala, pone límites a sus ataques y así la victoria es siempre posible al que está tentado. Dios estableció esta ley—más de una vez, los demonios obligados por los exorcistas la tuvieron que reconocer rabiosos — que la tentación rechazada recae pesadamente sobre el tentador y así le aumenta sus penas (Cass. Confér., VII, 20). Con lo cual le obliga a retirarse por algún tiempo como lo declara Santiago: Resistite diabolo et fugiet a vobis. Los demonios superiores poseen más fuerza y pueden prolongar el combate que además lo llevan con mayor eficacia, pero si el alma no cede también éstos acaban por retirarse y dejan al alma vencedora alguna tregua y descanso. Volverán más tarde pero el alma que los derrotó habrá recobrado nuevos bríos. Estos poderosos malignos pelean con las almas de mayor fortaleza; pero también inspiran, dominan y traen de cabeza a los miserables que hundidos en el pecado en vez de resistirles se entregan a ellos buscando los medios de hacer más mal. Los diablos de menos fuerza atacan a las almas menos esforzadas. Así todos los demonios del infierno, los principales espíritus malos, como los inferiores, no pueden jamás vencer sino al que consiente en ser vencido. Dios que sostiene a sus hijos les da siempre los medios de sacar ventaja de las tentaciones: faciet cum tentatione proventum.

   Queriendo, pues, perder las almas, el demonio les ofrece la ocasión de purificarse, robustecerse, santificarse; hace santos intentando hacer condenados. “Considerad como objeto de sumo gozo el caer en varias tribulaciones”: Omne gaudium existimóte, fratres, cum in tentátiones varias incideritis. (Sant. 1, 2). Los soldados valerosos se regocijan cuando se les anuncia que la batalla está cerca, y, con todo eso, a pesar de su valor, pueden ser vencidos, pero el soldado de Dios si quiere vencer está seguro de la victoria.



“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”

por

AUGUSTO SAUDREAU


Canónigo honorario de Angers.