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sábado, 6 de marzo de 2021

POR QUÉ DIOS QUIERE SER AMADO.

 




   Al doctor de la ley que preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mayor de los mandamientos?”, le dió una respuesta que no podía menos de darla, y que era una revelación para aquellos judíos obcecados, y a nosotros nos parece tan natural y fácil: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu, con todas tus fuerzas”.

 

   Hemos sido creados para amar; como nuestro entendimiento no puede estar sin pensar, así nuestro corazón no puede vivir sin amar, y este amor lo hemos de poner en Dios. Saliendo de Dios, volvemos a él, porque nos ha hecho para Sí. Dios mismo quiere ser nuestro Bien supremo, desea comunicarse y unirse a nosotros con unión eterna. Él es, pues, a la vez nuestro principio y nuestro fin. Pero nosotros debemos volver a El de buen grado, unirnos libremente con El, y esta conversión a Dios, esta unión con Dios no es otra cosa que el amor. Ya en esta vida el amor mutuo une el alma con Dios, abajándose Dios hasta morar en ella, y elevándose ella (el alma)  hasta transformarse en Dios; y en la otra vida por el amor y en el amor nos daremos a Dios y Dios se dará a nosotros. El amor realiza, pues, lo que es el fin de la Creación.

 

   ¿Hay algo más legítimo, más acertado, más justo que amar a Dios? El amor es la tendencia libre hacia lo que es bello, lo que es bueno; y Dios es la hermosura infinita, la Bondad suprema; como tal, debe ser amado antes que toda otra cosa, tiene derecho más que nadie, derecho infinito a nuestro amor. Amar, pues, a Dios es el primero de nuestros deberes. Cumplido bien este deber contiene todos los demás, porque amar a Dios es no sólo complacerse en Dios y querer el bien de Dios, o procurar su gloria, es también y por eso mismo, querer lo que quiere; y Dios quiere todo lo que es conforme, justo y bueno; luego amando a Dios, se ama y practica por eso todo lo justo, bueno y acertado.