lunes, 3 de agosto de 2026

LOS ENAMORADOS DE LA MUERTE.

 




(Cuento – Reflexión)

 

I

   A fuerza de verse juntos la Muerte y el diablo, concluyeron por entrar en tratos convenientes a sus respectivos fines.

   —¡Comadre!—díjole el diablo, que iba cargado con un ricachón avaro para llevárselo a los infiernos.

   —¿Qué diablos quieres? No me detengas, que tengo mucho que deshacer.

   —A eso voy—replicó el diablo; y añadió: —Es cosa de dos palabras —

   Y diciendo esto dio con sus pezuñas un pataleo en tierra, abrióse en ella un boquete y por él arrojó a los infiernos al ricachón.

   —Es el caso que desde hace muchos años se puede con razón decir que no haces más que menear tu guadaña en provecho mío; eres una segadora a mi servicio, ¡Y vaya una cosecha! Raro es el muerto que no cae en mis garras.

   —Pues yo no lo hago para servirte; ¿Te está claro? Da lo mismo que se salven o se pierdan los necios de los hombres, de ello no soy responsable; aún digo más: hasta les concedo a veces un buen espacio de tiempo para que se dispongan a bien morir.

   —¡Eso! Pero ya me cuido yo de que no lo aprovechen. ¡Pero me da tanta pena verte a ti, con los años que tienes, que ya va fecha desde que después del pecado primero te nombraron para cortar las vidas hasta hoy; y lo que aún te queda de aquí hasta el día del juicio final!

   —¡Es verdad! Yo que doy a todo bicho viviente el descanso que por clasificación le corresponde, no puedo concederme a mí misma un momento de reposo... Y eso que son muchos los hombres que por sí mismos se me entregan sin que yo vaya a buscarlos.

   —Pues bien, yo vengo a ahorrarte trabajo; tengo nuevas invenciones: el automóvil, y con él he aumentado el número de insensatos; tranvías, puentes diabólicos, falsificadores de productos alimenticios y una infinita variedad de crímenes, envenenamientos y aparatos para que mueran a carretadas y sin auxilio, ningún auxilio espiritual.

   La Muerte quedóse por un momento pensativa, y después exclamó:

   —Ciertamente; todo eso te favorece mucho, y s, mi me hace gran servicio, pues por lo visto pronto serán muy pocos, muy pocos los que mueran de lo que se dice «muerte natural», pues como la locura va siendo dueña casi absoluta del mundo, los hombres harán cuantos disparates aquélla les impone, y tu industria marchará de maravillas.

   Y aquí, porque sin duda la Muerte se ocultó... ya nadie hablaba de ella en la tierra, y el caso era que cada día morían más personas, pero como si no... Ya no se hablaba de la muerte, ni nadie pensaba en ella, ni mucho menos había hombre que de la muerte hiciese motivo de meditación.

   Verdad que bien podía decirse que la gente se mataba, no que se moría. Y así era que vivían los hombres como si desconociesen el peligro de perder la vida y se considerasen eternos. Hasta llegaron algunos sabios a decir que ellos estaban a punto de encontrar la substancia con la cual... la humanidad viviría siempre, rejuveneciéndose a cada momento.

   No había ya quien, pensando en la muerte, procurara ser justo, ni quien queriendo conquistar la noble fama, aspirase a una muerte honrosa por su patria o religión... Por eso, hastiada la Muerte de este nuevo estado de cosas, pensando en su antigua historia, se puso un día a repasar sus grandes libros... donde tenía apuntado el destino de los hombres; halló que en un convento de frailes cartujos... que vivían en rudas penitencias, continuos ayunos y mortificaciones, hacía más de treinta años que no había muerto persona alguna.

   —¡No, si no se puede una descuidar!— 30 años dijo la Muerte.—He aquí una partidita que viene pasando para mí inadvertida quién sabe desde qué tiempo. ¡Claro, fiada en la afición a los automóviles y al sinnúmero de trampas inventadas por el diablo!...

   Aquí se van eternizando estos frailes, y esto me pone en ridículo. La comadre se dió en su amplio sudario, tomó su guadañaza y se encaminó al convento, apresurando el paso, como lo hubiera hecho un médico de los más afamados.

II

   Hallábase en el indicado convento, donde más de cuarenta religiosos estaban familiarizados con la idea de morir, el lego Gilito, como afectuosamente le habían denominado los labriegos ¡vecinos del convento, y que estaba con su cargo de demandadero tan satisfecho, que no se hubiera cambiado por el más opulento de los reyes.

 

   Así era que no había manera de hacerle entender que estaría muy en razón el que, sin aborrecer la vida, se apartase algo del amor extremado a ella, por mirar a la eterna bienaventuranza.

   Ya podían los buenos Padres decirle elevadísimos conceptos. Él no quería morir.

   —A ser posible—decía, —quisiera vivir siempre.

   —Mire, Hermano, qué manera más graciosa tiene de decirnos que ama la muerte, porque este es el modo de no morir jamás—le contestaba ingeniosamente el Hermano Ignacio, uno de los más penitentes y fervorosos frailes.

   —Vaya, que no, eso. Quiero vivir... la vida de allá será buena, pero no la conozco; ésta, mala y todo, no quiero perderla—replicaba.

   Así las cosas, llegó la Muerte al convento. Eran las altas horas de la noche, brillaba una hermosa luna, y la comadre, por no ser vista, saltando de sombra en sombra por todas las que los grandes árboles y espesos arbustos de la huerta proyectaban en el suelo... llegó al convento y se metió en un largo y sombrío claustro.

   Las llamas de las lámparas, que débilmente iluminaban aquel silencioso lugar, oscilaron al movimiento del aire agitado por el amplio sudario de la muerte, que iba caminando con paso acelerado.

   Detúvose ante la puerta de una celda y al fin penetró en ésta, infiltrándose por la madera. Allí había un anciano escribiendo.

   —Viejo eres; paréceme que ha llegado tu hora—pensó la Muerte; pero tuvo curiosidad por ver lo que el anciano escribía, y leyó:

 

   «La muerte ha de ser esperada como un beneficio del cielo; el hombre que desprecia la vida ofende al Señor, que se la ha dado; pero el hombre ha de agradecer el vivir, considerando la vida como medio para merecer la muerte, es decir, el camino de la verdadera vida.»

 

   —No, no ha llegado la última hora de este hombre—se dijo la Muerte; y salió rápidamente de la celda. Así, del modo mismo que había entrado en la primera se introdujo en la siguiente, y allí halló a un religioso, pálido, demacradísimo... tal, que la Muerte pudo creer que estaba ella ante un espejo.

   Arrodillado y orando, ceñido el cuerpo con áspero cilicio, oraba ante un crucifijo y decía:

 

   —Señor, no, no me des la muerte tan deseada... si crees que es necesario que antes permanezca en este destierro para llorar y llorar aún más mis muchos pecados y los de los hombres, mis hermanos, tan olvidados de tu misericordia y de sus eternos destinos.

 

   —Medio muerto parece éste... pero su fervor le sostiene con tal vida, que aun tampoco para él ha llegado la hora... —se dijo la Muerte.

   Y así fué en la otra, en la siguiente, y en todas las celdas, hallando hombres viejos, otros envejecidos por las penitencias, todos pensando y deseando la muerte... pero todos manteniéndose en la vida para el cumplimiento de una misión santa... de piedad, de caridad, de enseñanza, de defensa de la fe...

   Vivían pobremente, sin abrigo para sus cuerpos, sin gustos, sin comodidades, sin más que atentos al trabajo, a la mortificación y al estudio.

   La Muerte comprendió que todos allí eran necesarios en el mundo para regenerarle, para ennoblecerle, restableciendo el reconocimiento de la muerte.

   Cuando la Muerte salió del convento hallóse al diablo, que le dijo:

   —¿No sacas nada de tu visita a estos reaccionarios?

   —Como todos viven santa y sobriamente, según aconsejó San Pedro, no tengo por dónde hincarles el diente. Además, todos me esperan de continuo. El único que me aborrece es el hermano Gilito.

   —¿Y no te parece bastante motivo para llevártele? ¡Tienes la sangre de horchata! Míralo qué satisfecho y descuidado contempla el río desde el puente. ¡Al agua con él!

   Y, en efecto, desaparecieron en el agua el lego y la Muerte, y el diablo corrió tras ellos a ver lo que podía prometerse del juicio particular subsiguiente.

 

JOSÉ ZAHONERO.

“LA LECTURA DOMINICAL”