lunes, 31 de agosto de 2026

SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir. 31 de agosto. († 1250).

 


 

SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir. 

31 de agosto. († 1250).

 

   Niño monaguillo de San Miguel de la Seo de Zaragoza,  fue crucificado por los judíos en odio de la fe, para sacarle la sangre y sorberla en el rito nefando de su Pascua. (Misal  Propio de España 31 de Agosto)

   Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.

   Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. «Fue nuestro antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia. — El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres».

   Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.

   Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. Él fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.

   Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.

   La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.

 

EL MARTIRIO: EL RAPTO.

 

   Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.

   Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val. “Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio—, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber.”

   Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado “que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos”. Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: “Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia”.

   Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.

   Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

   Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.

   Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

   —Querido niño—le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo. —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no. —Acabemos pronto— dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.

   Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.

 

EL MARTIRIO: LOS HECHOS

 

   Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

 

   “Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche.”

   Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

   Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.

   Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.

   Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

   Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.

   Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.

   La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la historia no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: “Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos”. El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.

   “Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado.”

   Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.

   Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: “Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo”.

 

Por:

MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO

 

Visto en:

CATÓLICOS ALERTA.

sábado, 29 de agosto de 2026

LA SEÑAL DE LA CRUZ.

 




I

   Todas las tardes se reunían en aquel cafetín del puerto y en torno a la misma mesa grasienta, a beberse sus jarros de cerveza entre el humo de sus pipas de barro y viendo a través de los azulados vidrios de la puerta la boca de la dársena con sus dos faroles siempre salpicados de espuma y a veces tronchados como si fueran dos cañas por el embate de las olas; mataban el tiempo hasta el anochecer, en que se los veía atravesar el muelle rengueando en busca de la cena respectiva.

 

   Todos eran retirados de la Marina mercante; todos habían cruzado el Océano una porción de veces, y a todos se les habían cubierto de blanco las negras patillas, sobre la cubierta y en el puente de veleros y trasatlánticos, hasta el día en que las diversas Compañías, dándoles el canuto de la inutilidad por sus años y sus asmas, los habían convertido en unas boyas, como ellos decían en su pintoresco lenguaje del oficio.

 

   Dicho se está que no tenían otra conversación que los accidentes de su vida de a bordo, pasando revista sobre aquella mesa mugrienta, entre sorbo y sorbo de cerveza y bocanada de humo, a cuantos cada cual tenía apuntados en el cuaderno de bitácora de su memoria desde que se afiliaron como grumetes en un modesto bergantín hasta que llegaron a mandar un magnifico trasatlántico de la carrera de América o de Filipinas.

 

   Todos se sabían de corrida la historia de los demás, en la que a veces habían sido compañeros y colaboradores; pero no obstante, repetíanse a un día y otro con esa felicidad que significa el evocar las cosas del pasado para los que se sienten empujados ya hacia la muerte sin esperanza humana de retroceso.

 

II

   Aquella tarde la conversación giró sobre el «miedo», con motivo de cierto tribunal de honor formado a un capitán de cabotaje por sus camaradas.

 

   Y el Temerario, como todavía llamaban al anciano marino, achaparrado y cetrino, que por ser el más viejo presidía aquellas tardes de cerveza, pipas y recuerdos, el Temerario tomó en seguida la palabra.

 

   —El miedo es una cosa horrible, queridos— les dijo con el aire grave del que se confiesa; —horrible y casi imposible de vencer... Yo no lo he sentido más que una vez en mi vida, y aún me estremezco de recordarlo...

   —Pues eso no lo ha contado usted nunca.

   —Era yo—siguió, limpiándose los labios bañados de cerveza—segundo en un trasatlántico, cuando nos armaron en guerra en aquella tremenda campaña de las Colonias... Ya recordarán ustedes nuestro disgusto de que nos mandaran jefes de la Armada, no por nada, sino por ese puntillo de independencia que hemos tenido siempre los lobos de mar.

   Pues un día, hallándonos de estación en un puerto, nos cierran de repente la boca dos cruceros formidables, que apenas rayando el día empezaron a vomitar fuego contra nosotros que era lo que había que ver.

 

  A algunas millas teníamos algunos de nuestros barcos; era preciso avisarlos, y a tal fin recibo la orden de zarpar en un bote con cuatro números...

 

   Había que cruzar bajo el fuego enemigo, era ir a la muerte... Confieso que sentí un súbito terror, y me quedé clavado al recibir la orden.

 

   —¿En qué está usted pensando?—me preguntó sardónicamente el comandante, adivinando mi espanto... Él era uno de la Armada... yo un mercante.

  Echóse el bote al agua, y  por mis hombres…Señores, que lo juro: yo he sido siempre un buen cristiano, pero hasta entonces no supe, lo serio que de veras era el tener miedo... Para concluir, me santigüé nerviosamente, y...

   ¡Como he de morir! que aquella señal de la cruz me devolvió en el acto todo mi valor... Y luego dijeron que me había portado heroicamente.

   Y como si el recuerdo le conmoviera siempre, el viejo marino acabó de apurar su jarro un poco trémulo.

 

ALFONSO PÉREZ NIEVA; año 1911.

RESPIRA EN MÍ.

 


 


Oración de San Agustín; al  « Espíritu Santo»

 

Respira en mí

Oh Espíritu Santo,

Para que mis pensamientos

Puedan ser todos santos.

✠✠

Actúa en mí,

Oh Espíritu Santo,

Para que mi trabajo,

También pueda ser santo.

✠✠

Atrae mi corazón,

Oh Espíritu Santo,

Para que solo ame,

Lo que es santo.

✠✠

Fortaléceme,

Oh Espíritu Santo,

Para que defienda

Todo lo que es Santo.

✠✠

Guárdame, pues,

Oh Espíritu Santo,

Para que yo siempre,

Pueda ser santo.

 

 

DECAPITACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA — 29 de agosto.

 



 

   Ramo espiritual: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.” Mateo 28:18

 

   San Juan Bautista, inspirado por el Espíritu de Dios, se retiró al desierto para preservar mejor su inocencia y cultivar los dones extraordinarios con los que había sido dotado. Allí vivió, desde su infancia hasta los treinta años, en penitencia, oración y contemplación. A los treinta años, apareció en el mundo para predicar la penitencia y administrar el bautismo, que era su signo, y del cual recibió el nombre de Bautista.

 

   El Salvador mismo ya había recibido el bautismo de manos de Juan el Bautista, quien había dado el más glorioso testimonio del Cordero de Dios: «Ecce Agnus Dei, tollis peccata mundi»

 

   La vida del Santo Precursor se acercaba a su fin; solo le quedaba sellar con su sangre la divinidad de su misión. Herodes, gobernador de Galilea, llevaba una vida disoluta con Herodías, su cuñada; San Juan, en varias ocasiones, condenó enérgicamente tal escándalo; por lo tanto, Herodías buscó una oportunidad para vengarse.

 

   Desde hacía tres meses, el valiente defensor de la virtud estaba en prisión; pero esta venganza no bastaba para una mujer voluptuosa y cruel. Un día, cuando Herodes, para celebrar su cumpleaños, ofrecía un banquete a todos los nobles de su corte, Salomé, hija de Herodías, bailó ante el príncipe con tal gracia que Herodes juró concederle lo que pidiera, incluso la mitad de su reino. La joven salió corriendo a contarle a su madre la promesa que acababa de recibir: “¿Qué debo pedir?”, le dijo a Herodías. “Pide la cabeza de Juan el Bautista”, respondió la odiosa mujer. Salomé fue inmediatamente a anunciarle a Herodes la decisión que había tomado. Herodes era más corrupto que cruel; lamentó su promesa, le entristeció la petición; pero consideró una cuestión fatal de honor no romper su palabra ante todos los presentes, y envió a un guardia a cortar la cabeza de Juan el Bautista; Este guardia le presentó entonces la cabeza del mártir en una palangana a la princesa, quien inmediatamente fue a enseñársela a su madre. Cuando Jesús, que ya lo sabía por su divina sabiduría, llegó a conocer la noticia, manifestó una profunda tristeza.

 

   El crimen no quedó impune, pues Herodes, derrotado por sus enemigos, perdió su corona y pereció miserablemente. El final de Herodías y su hija no fue más feliz. Cabe destacar que la mayoría de quienes desempeñaron un papel atroz en los Evangelios sufrieron castigo por su impiedad y sus crímenes en vida.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

MEDITACIÓN SOBRE SAN JUAN, MÁRTIR DE LA CASTIDAD, DE LA CARIDAD Y DE LA VERDAD.

 



   Herodes, enviando un alabardero, ordenó traer la cabeza de Juan en una bandeja. (Marcos, 6, 27).

 

   I. San Juan vivió y murió de la castidad. Para conservar esta virtud angelical, dejó, a edad tierna, la casa de su padre, y se retiró al desierto, donde sujetó su cuerpo mediante continuas austeridades. Si comprendieses tú la belleza de esta virtud, la amarías e imitarías a San Juan. Pero, para conservar la castidad hay que huir del mundo, amar la soledad, practicar la mortificación. Si no puedes morir mártir de la castidad como San Juan, vive como él en inviolable castidad.

   Algo más grande es vivir en la castidad que morir por ella (Tertuliano).

 

   II. San Juan fue también mártir de la caridad. El celo que tenía por la salvación de las almas le hizo dejar la soledad, puesta la mira en convertir a Herodes. ¡Cuán feliz serías tú si pudieses, como el santo precursor, derramar tu sangre por la salvación del prójimo!

   Si no puedes imitarle, reza al menos por los pecadores, exhórtalos a penitencia, haz abundantes limosnas para obtener su conversión.

 

   III. San Juan fue también mártir de la verdad: reprochó intrépidamente a Herodes sus escandalosos desórdenes, y prefirió morir antes que traicionar la verdad. Aunque tuvieses que perder la vida nunca debes disfrazar tus sentimientos, ni tolerar el vicio por cobarde complacencia cuando tu deber sea corregirlo.

   Los hombres aman la verdad cuando ella los halaga, pero sienten aversión por ella cuando les reprende sus defectos (San Agustín).

 

Practicad la castidad.

Orad por las vírgenes.

 

   ORACIÓN: Haced, os lo suplicamos, Señor, que la piadosa solemnidad del bienaventurado Juan Bautista, vuestro precursor y mártir, nos obtenga gracias eficaces de salvación. Vos que, siendo Dios, vivís y reináis en unidad con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

 

viernes, 28 de agosto de 2026

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN AGUSTÍN

 




   Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí. (1 Corintios, 15, 10).

 

   I. Este gran santo resistió hasta la edad de 32 años las inspiraciones de la divina gracia. ¿Acaso yo mismo no he resistido a la gracia? ¿Cómo pasé yo mi juventud? ¿He comenzado por fin a amar a Dios con amor profundo y sincero? ¡Cuántas veces he endurecido mi alma y he menospreciado el llamado del Señor! Comencemos a darnos a Dios.

   Ah Señor, tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. (San Agustín).

 

   II. San Agustín, primero pecador y hereje, llegó a ser después un gran santo; renunció a sus errores y fue durante todo el resto de su vida, el hijo dócil de aquélla gracia que había perseguido. ¿A qué se debe que no imite yo a San Agustín en su penitencia, ya que lo imité en sus desórdenes? ¿Qué he de esperar de los afanes que me tomo por lucir en el mundo? Habré de morir y abandonar esos honores y esas riquezas; y ¿en qué pararé si no estoy en estado de gracia cuando Dios me llame para dar cuenta de mi vida?

   ¿A qué fin tienden todos nuestros trabajos? ¿Qué buscamos? (San Agustín).

 

   III. San Agustín fue el doctor de la gracia; la defendió contra los herejes, explicó su naturaleza y descubrió sus maravillosos efectos. Enseña tú a los demás por qué medios podrán recuperar la gracia de Dios: trabaja en la conversión de los pecadores. Sé tú, a tu vez, discípulo de la gracia, si no puedes ser su doctor; estudia los movimientos que imprime a tu corazón, escucha lo que ella te inspira, obedécela fielmente.

   Si no haces a la gracia inútil en ti, producirá frutos abundantes. (Orígenes).

 

El deseo de la conversión

Orad por las órdenes religiosas.

 

   ORACIÓN: Dios omnipotente, escuchad benigno nuestras súplicas y puesto que os servís permitirnos esperar en vuestra bondad, dignaos, por la intercesión del bienaventurado Agustín, vuestro confesor pontífice, derramar sobre nosotros la abundancia de vuestra inagotable misericordia. Por J. C. N. S. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

SAN AGUSTÍN (28 DE AGOSTO) Por el Apostolado de la Prensa (Año 1898)

 


 



   En el último tercio del siglo IV de nuestra era, la sociedad más culta y selecta de la gran ciudad de Cartago, reunida en el teatro aplaudía con entusiasmo a un joven de unos veintisiete años, que era en aquel momento coronado por el procónsul Vindiciano, por haber obtenido en público certamen el premio señalado para quien más se distinguiera por su talento poético. Aquel joven era Aurelio Agustín, natural de Tagaste, en Numidia, que había nacido en 15 de Noviembre del año 354. Sin duda los deseos de Patricio, decurión del municipio de Tagaste, hombre violento y sensual, padre del joven Agustín, estaban plenamente satisfechos. Quería que su hijo entrase con pie firme por la senda de los honores, conquistara los aplausos de las muchedumbres, se hiciese un lugar amplio y magnífico en el mundo, ganara gloria y dinero, y todo lo demás le tenía sin cuidado, si es que no simpatizaba vivamente con ello, y todo lo demás eran los desórdenes de la juventud, la vivacidad no domada de las pasiones, la embriaguez de las orgías y los ruinosos halagos de la sensualidad. Aquel joven, vitoreado por la ilustrada muchedumbre, se acreditaba de poeta brillante, como ya se había ganado gloriosa reputación de retórico. Y la amistad de los poderosos que se le ofrecía representada en el procónsul que ceñía la frente de Agustín con el laurel del triunfo poético, era prueba de que quedaban realizados los fines enteramente humanos con que fué enviado aquel joven a los centros del saber de aquella época.

 

   Mas para dicha de aquel joven, gloria después de la Iglesia y decoro de la historia, el elemento verdaderamente intelectual y superior de la familia en cuyo seno nació Agustín, estaba representado por una mujer, pero por una mujer cristiana, ideal de madres y esposas en la religión de Jesucristo; aquella mujer era Mónica, la cual no consideraba las ciencias y las letras como fin, sino como medio, y no tanto como medio para conseguir la tierra, sino como escalón para levantarse al conocimiento del Señor de las ciencias y de las virtudes.

 

   Dentro, pues, de su mismo hogar presenció Agustín la lucha de los dos grandes poderes que hablan de agitar y disputarse todas las fuerzas de su gigantesco espíritu: la naturaleza, representada con brutal viveza en su padre, la gracia, personificada en la dulzura sin límites, piedad intensísima y amor de su madre, cuya principal firmeza estribaba en amar a Agustín más que a todas las cosas, pero a Dios más que a Agustín.

 

   Las luchas del alma apasionada y vehemente, pero siempre noble del gran San Agustín, con elocuencia cada vez más admirada por los siglos, gráficamente aparecen retratadas en el áureo espejo de las Confesiones, que el propio Santo hizo de su vida para levantar ese perenne monumento a la gloria de Dios sobre el abatimiento y humillación de la declaración de sus caídas e imperfecciones.

 

   Las riquezas, los honores y la concupiscencia de la carne fueron, como en casi toda la humanidad, los enemigos de Agustín, que como empujado por las fervorosas oraciones de su madre, caminó entre continuas y dolorosas vacilaciones al solio de santidad a que la gracia del cielo le llamaba.

 

   Entre los medios de que la divina Providencia se valió para hacerle entrar en el menosprecio de las riquezas y aun de los juicios del mundo, es curioso el que, habiéndose trasladado San Agustín a Roma con la esperanza de hallar en la capital del Imperio posición más brillante y lucrativa merced a sus trabajos como profesor de elocuencia, no sólo no lo consiguió, sino que sus discípulos dejaron de pronto de asistir a su clase, hasta sin pagarle sus honorarios, siguiendo la canallesca costumbre de ponerse todos de acuerdo para mudar de profesor en día determinado, invirtiendo en gastos licenciosos lo que al talento y al trabajo era debido en justicia. ¿De qué le servían, pues, tales esfuerzos de estudio, sus conquistas de renombre y la conciencia vivamente sentida por él de su innegable genio, si todo quedaban a merced de la burla de unos necios?

 

   Ardía el alma de San Agustín en deseos de honores, como él declara en sus Confesiones, cuando le dio el Señor a entender la vanidad de los deseos de gloria y aplausos que intranquilo le tenían, y fué de suerte que un día en que iba el Santo por una calle de Milán, dispuesto con el incesante afán de quien aspira a elogios sin medida, a pronunciar un panegírico en alabanza del emperador Valentiniano el Menor, echó de ver a un mendigo que después de bien harto estaba retozando y alegrándose, y consideró apenado que con todos sus estudios, conatos, codicias y ambiciones, no aspiraba a otro fin que a conseguir la tranquilidad que aquel pobre había logrado con alguna limosna y él quizá no alcanzaría con todos sus anhelos y ambición.

 

   También venció la gracia en la tremenda lucha que Agustín sostenía con sus apetitos concupiscibles. «Levántense los indoctos—le decía en una ocasión a su gran amigo Alipio—y se apoderan del cielo, ¿y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni cordura nos estamos revolcando en el cieno de la carne y sangre?» Sus antiguas amigas las vanidades le decían: ¿Pues qué, nos dejas y nos abandonas? ¿Desde ahora mismo no estaremos contigo jamás? ¿Desde este momento no te será permitido esto ni aquello? ¿Imaginas que has de poder vivir sin estas cosas? Pero al mismo tiempo, la continencia, representándosele con rostro sereno y honesta compostura, mientras con su brazo izquierdo le estrechaba, mostrábale con el derecho innumerables personas de distintas edades; mozos y doncellas, venerables viudas y vírgenes ya ancianas, resplandecientes todas en castidad fecunda en gozos espirituales originados de los eternos desposorios con el Cordero sin mancilla, y con sonrisa amable le decía: ¿Por qué tú no has de poder lo que a todos éstos fué posible? ¿Es que éstos y éstas lo pueden por sus propias fuerzas o por la gracia que su Dios les ha comunicado? No es en tus propias fuerzas en las que tienes que apoyarte, porque no pueden comunicarte resistencia alguna, sino que te has de arrojar confiado en los brazos del Señor; hazlo y no temas. Arrójate seguro, que Él te recibirá en sus brazos y te sanará de todos tus males. Los deleites, que la concupiscencia te ofrece, no pueden compararse con los que hallarás en la ley de tu Dios y Señor.

 

   Las últimas vacilaciones del Santo quedaron aquietadas y resueltas cuando después que oyó aquellas palabras de un niño, a quien no veía: «Toma y lee», tomó y leyó la Sagrada Escritura, la abrió, y lo primero que se le ofreció fueron estas palabras de San Pablo: «No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo.»

 

   Entonces, transformada el alma del Santo, comunicó éste a su madre aquel cambio que había obrado la diestra del Altísimo, y se trocó el prolongado llanto de Santa Mónica en gozo mucho mayor que el que había pedido y deseado.

 

   Tan sublime conversión, que fué sin duda una de las mayores alegrías del cielo, es una de las más hermosas páginas de la Historia universal, y pertenece a tan encumbrada categoría en la serie de los hechos más solemnes de la humanidad, que una antigua tradición supone que para dar a Dios las debidas gracias por aquélla, San Ambrosio y San Agustín compusieron alternadamente, en instantes de arrebatada y célica inspiración, el Te Deum Laudamus, cántico admirable, cuya enérgica sencillez es superior a todas las flores de la poesía y la retórica.

 

   TEOBALDO.

miércoles, 26 de agosto de 2026

MEDITACIÓN SOBRE CÓMO HAY QUE ORDENAR LOS DESEOS.

 



 

   Estáis llenos de deseos...  y no conseguís lo que deseáis. (Santiago, 4, 2).

 

   I. Nuestra felicidad en esta vida depende de la regla que impongamos a nuestros deseos. Aprende a limitarte en el deseo de los bienes naturales. Quisieras gozar de mejor salud, poseer más ingenio, más fuerzas, más hermosas cualidades naturales; este deseo es fuente de inquietudes. Conténtate con lo que Dios te ha dado, agradécele; acaso te condenarías si tuvieses los brillantes talentos que deseas. Aunque ahora tuvieras lo que deseas, no por ello estarías más contento.

   Sólo Dios puede colmar tus anhelos. Dedícate a hacer su voluntad y todos tus deseos serán satisfechos.

 

   II. Conténtate asimismo con los bienes de fortuna que Dios te ha dado; no son las riquezas, ni los honores, los que te harán feliz. ¡Cuántas personas hay más pobres que tú y sin embargo son más dichosas, porque no desean sino lo que Dios quiere que posean!

   El pecador es infeliz, tenga o no tenga lo que él desea (San Próspero).

 

   III. Un deseo te es permitido: es el llegar a un grado más alto de santidad; hasta debes imitar las heroicas virtudes que admiras en los santos, en la medida en que tu estado y condición te lo permitan. Examínate acerca de los deseos de tu alma; desea con ardor llegar a la santidad.

   Nada esperes, nada temas, y habrás reducido a la impotencia la cólera de tu enemigo (Boecio).

 

La resignación a la voluntad de Dios.

Orad por vuestra patria.

 

   ORACIÓN: Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y custodiadlo con protección constante por vuestro bienaventurado mártir y Sumo Pontífice Ceferino, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

martes, 25 de agosto de 2026

TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SAN LUIS REY A SU HIJO HEREDERO DEL TRONO.

 



 

   En vísperas de su muerte, Luis entregó a su hijo Felipe, heredero del trono el testamento espiritual, fruto de sus experiencias y de sus meditaciones. Lo ofrecemos a la admiración y a la reflexión de nuestros lectores. Helo aquí en su esplendor paterno, real y religioso:

 

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte, es que ames a Dios con todo tu corazón: sin ello nadie puede salvarse.

Guárdate de hacer algo que desagrade a Dios, es decir, el pecado mortal. Al contrario, has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.

Si Dios te envía adversidades, sopórtalas pacientemente y da gracias a Dios. Piensa que lo mereciste y que todo será para tu bien.

Si te concede prosperidad, agradécelo con humildad y vigila que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo; porque los dones de Dios no han de ser causa de que lo ofendas.

Confiésate frecuentemente y elige un confesor prudente que sepa enseñarte lo que has de hacer y lo que has de evitar. Y con el confesor y con tus asesores te has de portar de tal modo que se animen a corregirte de tus defectos.

Asiste de buena gana y con devoción al culto divino, especialmente a la Misa.

Ten un corazón dulce y compasivo hacia los pobres y los desgraciados y los afligidos; y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades.

Guarda las buenas costumbres del reino y lucha contra las malas. No codicies contra tu pueblo y no graves tu conciencia con impuestos excesiv

Si tu corazón está en angustias, confíate con tu confesor o con algún hombre prudente, y te sentirás aliviado.

Procura tener por compañeros a personas prudentes y leales, tanto religiosas como laicas; y evita las malas compañías.

Escucha con gusto la palabra de Dios y guárdala en tu corazón. Solicita oraciones e indulgencias. Ama lo útil y lo bueno; odia lo malo, dondequiera se halle. No permitas que en tu presencia se digan palabras disolutas, calumnias o blasfemias.

Da gracias a Dios por todos sus beneficios y así te harás digno de recibir otros mayores.

Para con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda.

Ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón.

Procura con la mayor diligencia que todos vivan en paz y con justicia.

Honra, y ama, a todas las personas de la Santa Iglesia, y disimula sus defectos. Otorga los beneficios eclesiásticos a personas honestas y capaces.

Honra y reverencia, a tu padre, y a tu madre, y guarda sus consejos.

Esfuérzate por evitar toda guerra; y si estás obligado a hacerla, reduce al máximo los perjuicios. Si hay querellas o guerras entre tus vasallos, apacígualos lo más pronto,

Procura tener siempre buenos magistrados, y contrólalos con frecuencia y controla también al personal de tu palacio. Averigua si se dejan tentar por el soborno, la mentira o el fraude. Ajusta los gastos de tu palacio para que no superen lo razonable.

Destierra de tu reino toda ruindad, el perjurio y la herejía.

Haz celebrar Misas por mi Alma y que en todo el reino se rece por mí.

Hazme partícipe de los méritos de tus buenas obras.

Querido y hermoso hijo, te doy todas las bendiciones que un buen padre puede dar a su hijo. Y que la Santísima Trinidad y todos los Santos te protejan y te guarden de todo mal Que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad y de honrarlo y servirlo. Así, después de esta vida, los dos nos podremos reunir junto a Él y alabarlo sin fin ¡Amén!

 

SAN LUIS, REY DE FRANCIA.