EL
POZAL FLORIDO
(Cuento
Catalán)
Contaban
los abuelos de mi tierra, que corría en aquellos tiempos entre Todos Santos y
Manresa un famoso capitán de ladrones tan generoso, que lo más de lo que robaba
lo repartía entre los pobres. Disponía sus robos con gran estrategia, como
quien iba a tomar una fortaleza enemiga: y asi, burlaba siempre con tal arte la
persecución de la justicia, que sus ministros nunca le pudieron prender y
salían a veces completamente batidos.
Gloriábase
de ser buen cristiano, y como tal cumplía con los preceptos de la Iglesia, no
queriendo pasar año sin confesarse. Y ¡Ay del confesor que se atreviese a
negarle la absolución en caso de no querer dejar su oficio!, porque sin
contemplaciones le quitaba la vida.
Un año, cerca del cumplimiento Pascual se presentó
a la portería de un convento pidiendo confesión.
Salió el Prior; y cuando entendió que quien
deseaba confesarse era el famoso capitán matador de los confesores que
rehusaban absolverle, lleno de un miedo cerval se retiró, prometiéndolo que ya
lo mandaría quien le confesara. En esto reunió al instante sus frailes y les
contó el caso.
—Padre
Prior—dijo uno—si Vuestra Reverencia quiere, yo le confesaré.
—Pero,
hijo—repuso el Prior— ¿No ve Ud., que le matará?
—No tenga Ud., miedo; yo me las compondré.
Obtenida,
pues, la licencia, se llevó al ladrón al confesonario, sentóse, y el penitente
se arrodilló a sus pies. Cuando acabó éste de referir sus atroces culpas, le
preguntó el fraile: ¿tiene Ud., algo, más de que acusarse?
—No—contestó el ladrón, y sacó el puñal para
clavárselo en caso de que se negara a darle la absolución.
—¿Está, Ud., en ayunas?—añadió el fraile.
—Bebí esta mañana un sorbón de anisete
—dijo el penitente.
—Bien está—le dijo el religioso. —Le impongo
la penitencia de que medite Ud., por tres días esta máxima cristiana: ¡LO QUE
NO QUIERAS PARA TI, NO QUIERAS PARA OTRO!, y después de bien rumiada, vuelva Ud.,
en ayunas, y recibida la absolución, podrá Ud., comulgar. Dìjole estas palabras
con tal dulzura, y le chocó en tanto grado la penitencia impuesta, que, metido
el puñal en su vaina, partió con ánimo de volver al día señalado.
En todo el camino no hizo más que rumiar la
máxima: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” Llegó pensativo a su
cuadrilla, viéronle preocupado sus compañeros, pero no hicieron caso por
creerse que proyectaba alguna buena partida.
Aquel día no comió nada ni dijo palabra.
Llegó la noche, y le preguntaron qué
expedición tenia pensada.
Contestó que no estaba para nadie y que le
dejaran en paz.
Era
que en aquellas tinieblas veía por do quiera escritas con caracteres
fulgurantes aquellas palabras: “Lo que no quieras para ti, no quieras para
otro.” ¿Cómo he de ir a tomar lo ajeno, se decía, si no quiero que me quiten lo
mío?
Cuando
sus compañeros le dejaron solo, eran tan violentos los remordimientos de su alma
por los crímenes cometidos en tantos años como había sido capitán de ladrones,
que no pudiendo sufrir su inquietud y malestar, al segundo día huyó y volvió al
convento donde se había confesado. Llegó allí al rayar del alba, llamó a la
puerta y preguntó por su confesor.
—Ud.,—le dijo—me dio por penitencia que
meditase el adagio: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro. Me es
imposible cumplirla si persevero en mí empleo de ladrón.
He aquí que quiero renunciar a ser un
ladrón, y vengo a pedir pues, que me
acojan en el convento. Haré cuanto me manden, por un mendrugo de pan con que
pasar la vida.
Acogiólo el convento, y con los edificantes
ejemplos de aquellos religiosos concibió tal aborrecimiento de sus espantosos
delitos, que pidió hacer una confesión general de toda su vida.
El
confesor, aterrorizado de tan horrendos crímenes y maldades, dióle la
absolución, y le despidió diciendo: Tan posible es que Dios te perdone, como
que florezca el pozal de la cisterna.
Se le metió tan en el alma esta expresión, que
no pudo comer aquel día ni dormir en toda la noche. Al otro día por la mañana,
al ver los fraile que el penitente no comparecía, llamaron a su celdita y no
respondió; abriéronla con fuerza, y encontraron al ladrón muerto en tierra con
las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Quién sabe si habia muerto de pena por sus
gravísimos delitos?
¿Se
habría salvado su alma? Un hermano fue aquella mañana a la cisterna en busca de
agua, y encontró el pozal florido, embalsamando el ambiente con su aroma.
Entonces el confesor recordó lo que habla dicho, sacando de aquí que por
grandes que sean los pecados, todos se perdonan con una buena confesión hecha
con verdadero arrepentimiento.
FRANCISCO J. BUTIÑÁ. S. J.
Año
1894.
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