martes, 1 de septiembre de 2026

EL POZAL FLORIDO (Cuento Catalán)

 




EL POZAL FLORIDO

(Cuento Catalán)

 

   Contaban los abuelos de mi tierra, que corría en aquellos tiempos entre Todos Santos y Manresa un famoso capitán de ladrones tan generoso, que lo más de lo que robaba lo repartía entre los pobres. Disponía sus robos con gran estrategia, como quien iba a tomar una fortaleza enemiga: y asi, burlaba siempre con tal arte la persecución de la justicia, que sus ministros nunca le pudieron prender y salían a veces completamente batidos.

   Gloriábase de ser buen cristiano, y como tal cumplía con los preceptos de la Iglesia, no queriendo pasar año sin confesarse. Y ¡Ay del confesor que se atreviese a negarle la absolución en caso de no querer dejar su oficio!, porque sin contemplaciones le quitaba la vida.

   Un año, cerca del cumplimiento Pascual se presentó a la portería de un convento pidiendo confesión.

   Salió el Prior; y cuando entendió que quien deseaba confesarse era el famoso capitán matador de los confesores que rehusaban absolverle, lleno de un miedo cerval se retiró, prometiéndolo que ya lo mandaría quien le confesara. En esto reunió al instante sus frailes y les contó el caso.

 

   —Padre Prior—dijo uno—si Vuestra Reverencia quiere, yo le confesaré.

   —Pero, hijo—repuso el Prior— ¿No ve Ud., que le matará?

   —No tenga Ud., miedo; yo me las compondré.

   Obtenida, pues, la licencia, se llevó al ladrón al confesonario, sentóse, y el penitente se arrodilló a sus pies. Cuando acabó éste de referir sus atroces culpas, le preguntó el fraile: ¿tiene Ud., algo, más de que acusarse?

   —No—contestó el ladrón, y sacó el puñal para clavárselo en caso de que se negara a darle la absolución.

   —¿Está, Ud., en ayunas?—añadió el fraile.

   —Bebí esta mañana un sorbón de anisete

   —dijo el penitente.

   —Bien está—le dijo el religioso. —Le impongo la penitencia de que medite Ud., por tres días esta máxima cristiana: ¡LO QUE NO QUIERAS PARA TI, NO QUIERAS PARA OTRO!, y después de bien rumiada, vuelva Ud., en ayunas, y recibida la absolución, podrá Ud., comulgar. Dìjole estas palabras con tal dulzura, y le chocó en tanto grado la penitencia impuesta, que, metido el puñal en su vaina, partió con ánimo de volver al día señalado.

   En todo el camino no hizo más que rumiar la máxima: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” Llegó pensativo a su cuadrilla, viéronle preocupado sus compañeros, pero no hicieron caso por creerse que proyectaba alguna buena partida.

   Aquel día no comió nada ni dijo palabra.

   Llegó la noche, y le preguntaron qué expedición tenia pensada.

   Contestó que no estaba para nadie y que le dejaran en paz.

   Era que en aquellas tinieblas veía por do quiera escritas con caracteres fulgurantes aquellas palabras: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” ¿Cómo he de ir a tomar lo ajeno, se decía, si no quiero que me quiten lo mío?

   Cuando sus compañeros le dejaron solo, eran tan violentos los remordimientos de su alma por los crímenes cometidos en tantos años como había sido capitán de ladrones, que no pudiendo sufrir su inquietud y malestar, al segundo día huyó y volvió al convento donde se había confesado. Llegó allí al rayar del alba, llamó a la puerta y preguntó por su confesor.

   —Ud.,—le dijo—me dio por penitencia que meditase el adagio: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro. Me es imposible cumplirla si persevero en mí empleo de ladrón.

   He aquí que quiero renunciar a ser un ladrón, y vengo a  pedir pues, que me acojan en el convento. Haré cuanto me manden, por un mendrugo de pan con que pasar la vida.

   Acogiólo el convento, y con los edificantes ejemplos de aquellos religiosos concibió tal aborrecimiento de sus espantosos delitos, que pidió hacer una confesión general de toda su vida.

   El confesor, aterrorizado de tan horrendos crímenes y maldades, dióle la absolución, y le despidió diciendo: Tan posible es que Dios te perdone, como que florezca el pozal de la cisterna.

   Se le metió tan en el alma esta expresión, que no pudo comer aquel día ni dormir en toda la noche. Al otro día por la mañana, al ver los fraile que el penitente no comparecía, llamaron a su celdita y no respondió; abriéronla con fuerza, y encontraron al ladrón muerto en tierra con las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Quién sabe si habia muerto de pena por sus gravísimos delitos?

   ¿Se habría salvado su alma? Un hermano fue aquella mañana a la cisterna en busca de agua, y encontró el pozal florido, embalsamando el ambiente con su aroma. Entonces el confesor recordó lo que habla dicho, sacando de aquí que por grandes que sean los pecados, todos se perdonan con una buena confesión hecha con verdadero arrepentimiento.

 

FRANCISCO  J. BUTIÑÁ. S. J.

Año 1894.

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