miércoles, 23 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED. (24 DE SEPTIEMBRE)

 




NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED.

(24 DE SEPTIEMBRE)

 

   ¡Qué merced tan singular la concedida por inspiración de la Bienaventurada Virgen María a los cristianos cautivos en poder de los moros!

 

   Ya la que invocamos con el nombre consolador de Auxilio de los Cristianos, había inspirado a hijos suyos muy amados el ejercicio de la caridad en una nueva forma, acomodada a las circunstancias y necesidades de aquellos tiempos, en que las continuas luchas con los hijos del falso Profeta llevaban a muchos soldados de Jesucristo a gemir en las mazmorras africanas.

 

   San Pedro Nolasco, asociado a hombres de conocida piedad, trabajó mucho en aliviar y redimir a los cautivos cristianos.

 

   En la noche del primer día de Agosto del año 1218, estando aquel Santo en oración, se le apareció la Reina de los cielos, y le dijo que no podía hacer cosa más agradable que fundar una congregación con el título de Nuestra Señora de la Merced para la redención de los cristianos cautivos en el dominio de los moros. De esta revelación participaron San Raimundo de Peñafort y el rey D. Jaime de Aragón, y el día de San Lorenzo del mismo año se fundó la nueva Orden, con el voto especia! de pedir limosna para los cristianos cautivos, y quedarse en rehenes y por rescate siempre que hubiera necesidad.

 

   La Iglesia instituyó el 24 de septiembre cómo un día de fiesta particular para perpetuar la memoria de tan grande beneficio.

 

   ¡Ah! ¡Qué sublime ápice de perfección evangélica llegó por parte de muchos religiosos la imitación del Señor que dio su vida por nosotros!

 

   Todos sabemos a qué sanguinarias luchas se ha llegado por conquistar el estado político que llaman de libertad, y cuántas víctimas ha causado el empeño de lograrla; en cambio no han sido ni serán suficientemente alabados aquellos, muchas veces desconocidos, pero siempre heroicos varones, que, por ser religiosos de la Orden de la Merced, perdían el derecho a vivir en su patria y a disponer de su vida dentro de los límites prescriptos por la Religión que habían profesado, se desprendían de su libertad en beneficio de hijos de viuda, de ancianos desvalidos, de padres a quienes con perpetuo duelo echaban de menos la esposa y los hijos.

 

   ¡Esto sí que era amar la libertad! ¡Perderla propia por ganar la ajena!

 

—APOSTOLADO DE LA PRENSA—

Año 1901.

 

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