NUESTRA
SEÑORA DE LA MERCED.
(24
DE SEPTIEMBRE)
¡Qué merced
tan singular la concedida por inspiración de la Bienaventurada Virgen María a
los cristianos cautivos en poder de los moros!
Ya la
que invocamos con el nombre consolador de Auxilio de los Cristianos, había
inspirado a hijos suyos muy amados el ejercicio de la caridad en una nueva
forma, acomodada a las circunstancias y necesidades de aquellos tiempos, en que
las continuas luchas con los hijos del falso Profeta llevaban a muchos soldados
de Jesucristo a gemir en las mazmorras africanas.
San
Pedro Nolasco, asociado a hombres de conocida piedad, trabajó mucho en aliviar
y redimir a los cautivos cristianos.
En la
noche del primer día de Agosto del año 1218, estando aquel Santo en oración, se
le apareció la Reina de los cielos, y le dijo que no podía hacer cosa más
agradable que fundar una congregación con el título de Nuestra Señora de la
Merced para la redención de los cristianos cautivos en el dominio de los moros.
De esta revelación participaron San Raimundo de Peñafort y el rey D. Jaime de
Aragón, y el día de San Lorenzo del mismo año se fundó la nueva Orden, con el
voto especia! de pedir limosna para los cristianos cautivos, y quedarse en
rehenes y por rescate siempre que hubiera necesidad.
La
Iglesia instituyó el 24 de septiembre cómo un día de fiesta particular para
perpetuar la memoria de tan grande beneficio.
¡Ah! ¡Qué
sublime ápice de perfección evangélica llegó por parte de muchos religiosos la
imitación del Señor que dio su vida por nosotros!
Todos
sabemos a qué sanguinarias luchas se ha llegado por conquistar el estado
político que llaman de libertad, y cuántas víctimas ha causado el empeño de
lograrla; en cambio no han sido ni serán suficientemente alabados aquellos,
muchas veces desconocidos, pero siempre heroicos varones, que, por ser religiosos
de la Orden de la Merced, perdían el derecho a vivir en su patria y a disponer
de su vida dentro de los límites prescriptos por la Religión que habían
profesado, se desprendían de su libertad en beneficio de hijos de viuda, de
ancianos desvalidos, de padres a quienes con perpetuo duelo echaban de menos la
esposa y los hijos.
¡Esto
sí que era amar la libertad! ¡Perderla propia por ganar la ajena!
—APOSTOLADO
DE LA PRENSA—
Año
1901.
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