El
protestantismo en el siglo XVI, y el jansenismo en el XVII, habían puesto todos los medios posibles para desfigurar uno
de los dogmas esenciales del cristianismo, cual es el amor de Dios a todos los
hombres.
Era pues menester que el Espíritu de amor,
que rige siempre a la Iglesia, encontrase un medio nuevo para oponerse a la
herejía avasalladora, a fin de que la Esposa de Cristo, lejos de ver disminuir
su amor a Jesús, lo sintiese acrecentado cada día más y más.
En el culto católico, en esa norma tan segura de nuestra creencia, fue donde se verificó tal manifestación, al instituirse la festividad del Corazón sacratísimo de Jesús.