lunes, 14 de septiembre de 2026

SAN AICARDO, ABAD DE JUMITEGUES.

 




SAN AICARDO, ABAD DE JUMITEGUES.

 

(15 de septiembre)

 

IMAGEN: San Aicardo visitando el dormitorio de su comunidad, y la visión.

 

   De las más nobles familias de Poiton, hijo de Anscario, distinguido entre los caudillos del rey Clotario, de Francia, y de Ermena, esclarecida por su piedad, este Santo se resolvió desde sus primeros años a consagrarse en la vida religiosa al servicio del Señor.

 

   Acostumbraba el Santo, después que los monjes se entregaban al descanso, visitar los dormitorios armado con la santa cruz y provisto de agua bendita para expeler de aquellos lugares las asechanzas satánicas. Santamente preocupado con el deseo de que ni aun después de su muerte, que sospechaba cercana, decayesen los religiosos de su elevación espiritual, rogó una noche con todo fervor que, antes de que tal infortunio acaeciera, llamase Dios a su seno a aquellos monjes que corrían peligro de relajarse y perderse.

 

   Fué escachada la oración de San Aicardo, y en una visión que tuvo, un ángel que le manifestó que a su custodia había sido desde su fundación confiado aquel Convento de que el Santo era Abad, le reveló que los monjes que a la sazón en sus lechos de cansaban, y a quienes el ángel iría sucesivamente señalando, morirían pocos días despues.

 

   Cuando al día siguiente refirió a la Comunidad congregada el Santo Abad esta visión espantable aterrorizáronse los monjes, pues no menos de la mitad de los religiosos habían sido designados como víctimas propiciatorias de la muerte.

 

   ¡Con cuanto fervor no se prepararían éstos para la hora tremenda! ¡Huyó el sueño de sus ojos, castigaron incesantemente las disciplinas aquellos cuerpos avezados a la penitencia, su único alimento era la oración, resonaban las confesiones con acento de contrición conmovedora!

 

   Cuatro días después, recibido por todos el Santísimo Cuerpo de Cristo, mientras sus almas se elevaban con los sagrados cánticos, dulcemente y como en éxtasis admirable, entre los ósculos de paz de sus hermanos, y bajo la bendición de San Aicardo iban acudiendo aquellas almas purificadas a la cita de los cielos.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1905.

 

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