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miércoles, 24 de agosto de 2022

Alocución Consistorial de Pío IX contra la Masonería – Pronunciada en Roma, el 25 de septiembre de 1865.


 

   Entre las numerosas maquinaciones y medios por los cuales los enemigos del nombre cristiano se atrevieron a atacar a la iglesia de Dios, e intentaron aunque en vano, derribarla y destruirla, hay que contar, sin lugar a duda, a aquella sociedad perversa de varones, llamada vulgarmente “masónica”, la cual, encerrada primero en las tinieblas y la oscuridad, acabó luego por salir a la luz, para la ruina común de la Religión y de la Sociedad humana.

   Apenas Nuestros antecesores, los Pontífices Romanos, fieles a su oficio pastoral, descubrieron sus trampas y sus fraudes, juzgaron que no había momento que perder para reprimir, por su autoridad, condenar y exterminar como con una espada, esta Secta criminal que ataca tanto las cosas santas como las públicas.

   Por eso Nuestro antecesor Clemente XII, por sus Cartas Apostólicas, proscribió y reprobó esta Secta y prohibió a todos los fieles, no sólo de asociarse a ella, sino también de propagarla y fomentarla de cualquier modo que fuera, bajo pena de excomunión reservada al Pontífice. Benedicto XIV confirmó por su Constitución esta justa y legítima sentencia de condenación y no dejó de exhortar a los Soberanos católicos a dedicar todas sus fuerzas y toda su solicitud para reprimir esta Secta profundamente perversa y en defender a la Sociedad contra el peligro común.

Dejadez de los gobernantes civiles en la defensa de la Sociedad contra las Sectas secretas.

   ¡Pluguiera a Dios que los monarcas hubieran escuchado las palabras de Nuestro antecesor! ¡Pluguiera a Dios que, en asunto tan grave, hubieran actuado con menos dejadez! Por cierto, no hubiéramos tenido entonces  (ni tampoco nuestros padres) que deplorar tantos movimientos sediciosos, tantas guerras incendiarias que pusieron fuego a Europa entera, ni tantas plagas amargas que afligieron y todavía siguen afligiendo a la Iglesia.

   Pero como estaba lejos de aplacarse el furor de los malvados, Pío VII, Nuestro antecesor, anatemizó una Secta de origen reciente, el  Carbonarismo, que se había propagado sobre todo en Italia, donde había logrado gran número de adeptos; y León XII, inflamando del mismo amor a las almas, condenó por sus Cartas Apostólicas, no sólo las Sociedades secretas que acabamos de mencionar, sino también todas las demás, cualquiera sea su nombre, que conspiraban contra la Iglesia y el Poder civil, y las prohibió severamente a todos los fieles bajo pena de excomunión.

   Sin embargo, estos esfuerzos de la Sede Apostólica no lograron el éxito esperado. La Secta masónica de la que hablamos no fue ni vencida ni derribada: por el contrario, se ha desarrollado hasta que, en estos días difíciles, se muestra por todas partes con impunidad y levanta la frente más audazmente que nunca. Por tanto hemos juzgado necesario volver sobre este tema, puesto que en razón de la ignorancia en que tal vez se  está de los culpables designios que se agitan en  estas reuniones clandestinas, se podría pensar equivocadamente que la naturaleza de esta sociedad es inofensiva, que esta institución no tiene otra meta que la de socorrer a los hombres y ayudarlos en la adversidad; por fin, que no hay nada que temer de ella en relación a la Iglesia de Dios.

   Sin embargo, ¿quién no advierte cuánto se aleja semejante idea de la verdad? ¿Qué pretende pues esta asociación de hombres de toda religión y de toda creencia? ¿Por qué estas reuniones clandestinas y este juramento tan riguroso exigido a los iniciados, los cuáles se comprometen, a no revelar nada de lo que a ella se refiera? ¿Y por qué esta espantosa severidad de los castigos a los cuales se someten los iniciados, en el caso de que falten a la fe del juramento? Por cierto tiene que ser impía y criminal una sociedad que huye así del día y de la luz; pues el que actúa mal, dice el Apóstol, odia la luz.

Entre los católicos, “nada hay escondido, nada secreto”