martes, 22 de septiembre de 2026

LA TARDE DE LA VIDA “LA VEJEZ”

 




LA TARDE DE LA VIDA

“LA VEJEZ”

 

Por el R. P. Ch. Laurent. De la Sociedad de María.

Traducción de D. Francisco José Vergara, Pbro.

 

   La primera ley de nuestra existencia decaída es ser efímera, no durar sino un espacio de tiempo; y lo que debe acabar es siempre corto. Nuestra vida será más o menos agitada, más o menos brillante; podrá ser rica de prosperidades, o más bien tejido de decepciones y larga serie de amarguras; no importa : al fin acabará: será siempre breve.

 

   Sin embargo, amamos esta vida tan efímera como si debiera durar siempre. La embellecemos de ilusiones renovadas sin cesar, olvidando que todo aquello tendrá término, y que a las rápidas alegrías de la víspera sucederán sin remedio las tristezas del mañana. Dentro de poco tiempo será nuestra alma como un árbol que ha dado ya sus flores y sus frutos, y deja ver amarillas sus hojas; o si aún conserva algunas flores, serán éstas como las de otoño, raras y tímidas, como inciertas del mañana. Un soplo de invierno pasará entonces sobre nuestra alma entristecida, a la que nadie podrá ya devolverle su frescura. Será el luto por el pasado, que comienza, y este luto ya no se puede abandonar.

 

Escuchemos al poeta:

 

El libro de la vida, libro supremo,

No se puede, al arbitrio, abrir o cerrar,

No se lee dos veces el dulce instante:

Tórnase por sí misma la hoja fatal.

A la página grata volver querríase,

Y la página triste de nuestra muerte

Ya bajo nuestros dedos acaso está.

 

(LAMARTINE)

 

   Tras los años de juventud y de alegrías, tras la edad madura y sus austeros deberes, se acerca el fin. Ayer aún nos sentíamos jóvenes y vigorosos. Brisas de primavera soplaban en nuestras frentes; mil sueños felices acariciaban nuestras almas, y poblaban de esperanza el porvenir. Eso era ayer; pero hoy hay ya menos luz en nuestro cielo; menos poesía y perfume en nuestros pensamientos; formamos pocos proyectos; no hablamos de esperanzas. Son tristes nuestras sonrisas y furtivas nuestras alegrías. El corazón mismo se fatiga; siente disgustos que hasta entonces no habría conocido y a ciertas horas de desencanto se ve invadido de irresistibles melancolías. Sentimos deseos de llorar, acaso por vez primera, sin saber la causa de estas lágrimas que a pesar nuestro brotan. Es la vejez que llega ¡Qué pronto! Jamás lo habíamos pensado, ni querido que de ella se nos hablase, ni atreviéndonos a imaginarla siquiera.

 

   El largo hábito de una vida desbordante de energías y de empresas realizadas nos había acarreado un mundo de halagüeñas ilusiones; parecía que este sueño no había de desvanecerse nunca, ni aun mancharse de sombras ¡Qué importaba el camino recorrido! Ni siquiera habíamos pensado en calcularlo o medirlo. Bastaba una mirada al plácido horizonte, sobre el camino sin término que a los ojos se presentaba.

 

  No obstante echamos de ver un día que el tiempo está cumpliendo su tarea: sorpréndenos a veces vernos enfrente de tristes realidades: nuestra mirada ya no tiene la fuerza y claridad de antes; surcan arrugas nuestra frente empañada, despojada de la frescura de los primeros años; la lentitud se apodera de nuestros miembros; el cuerpo todo se hace pesado y pare ce encorvarse bajo un fardo invisible; se diría que una mano misteriosa oprime nuestra espalda, y hace inclinar la frente hacia la tierra.  Tal, en las últimas horas de un baile, las armonías se apagan poco a poco; las luces van extinguiéndose; las flores inclinan su corola marchita y sin perfume, las sombras reinan ya doquiera, y por fin el silencio.

 

   No sin pena contemplamos entonces el pasado que se escapa. Murmuramos acaso contra esta ley de las declinaciones inevitables, y acusamos por lo bajo el fastidioso destino que hace tan breve los años de juventud y felicidad.

 

   Dios, sin embargo, como en todo, se muestra bueno y piadoso en la aplicación de esta ley, y esta misma tristeza y desencanto nuestros son una de las formas benditas de su Providencia. Sabiendo que nos será preciso, tarde o temprano dejar esta vida transitoria, y salir de este mundo e n que hemos sido puestos sólo por cierto tiempo, va así preparándonos con admirables precauciones a los adioses últimos. De este modo va quitando los risueños colores de ese horizonte de que nuestra mirada debe desprenderse, y hace indiferente un porvenir con el cual no podemos ya contar. Va enfriando lentamente este mismo corazón que ya no es capaz de amar como en otros tiempos. Le arranca una por una sus ilusiones, y despierta en nosotros esos disgustos que reemplazan los engañosos goces de vida, y hacen soñar con una dicha real, y ya cercana.

 

   Una dama del gran mundo, al día siguiente de un duelo que había roto la felicidad de su vida, tomaba por divisa, siguiendo la costumbre de su tiempo, estas palabras: Plus ne m' est rien, rien ne m' est plus. “Mas, para mí, nada; nada para mí más” ¡Qué mejor expresión del amargo tedio de un alma a quien todo viene a ser indiferente! Dando a estas palabras inspiración cristiana, y sentimientos de religiosa resignación, conviene a todos los que Dios invita a este desprendimiento de la vida; y así estarán en el orden cuando puedan decir sin amarguras ni reclamos: Más para mí, nada; nada, par a mí, más.

 

La vida como sombra se evapora;

La corriente del tiempo nos arrastra;

No vuelve a verse la tocada orilla,

Y la on da corre, corre apresurada.

✠✠

Los tristes ojos revolviendo en torno

Igual a lo que vieron no ven nada;

Se vive, más se duda por momentos

Ser el mismo que un día comenzara.

✠✠

¿Qué es pues lo que se agita, y lo que pasa

Fugitivo y cambiante en el espacio?

¿Vana apariencia, o firme realidad?

Lo que creo tener, y se me escapa,

Y al querer estrecharlo se desliza,

¿Qué cosa es, sino la Eternidad?

 

(Mons. Lagrange)

 

REVISTA EL HOGAR CATÓLICO

(Año 1908)

 

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