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miércoles, 28 de agosto de 2024

ELOGIO DE LA CARIDAD – POR SAN AGUSTÍN.


 



El amor por el que amamos a Dios y al prójimo, resume en sí toda la grandeza y profundidad de los demás preceptos divinos. He aquí lo que nos enseña el único Maestro celestial: amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento; y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los profetas (Mateo. XXII, 37 - 40). Por consiguiente, si te falta tiempo para estudiar página por página todas las de la Escritura, o para quitar todos los velos que cubren sus palabras y penetrar en todos los secretos de las Escrituras, practica la caridad, que lo comprende todo. Así poseerás lo que has aprendido y lo que no has alcanzado a descifrar. En efecto, si tienes la caridad, sabes ya un principio que en sí contiene aquello que quizá no entiendes. En los pasajes de la Escritura abiertos a tu inteligencia la caridad se manifiesta, y en los ocultos la caridad se esconde. Si pones en práctica esta virtud en tus costumbres, posees todos los divinos oráculos, los entiendas o no.

 

Por tanto, hermanos, perseguid la caridad, dulce y saludable vínculo de los corazones; sin ella, el más rico es pobre, y con ella el pobre es rico. La caridad es la que nos da paciencia en las aflicciones, moderación en la prosperidad, valor en las adversidades, alegría en las obras buenas; ella nos ofrece un asilo seguro en las tentaciones, da generosamente hospitalidad a los desvalidos, alegra el corazón cuando encuentra verdaderos hermanos y presta paciencia para sufrir a los traidores.

 

Ofreció la caridad agradables sacrificios en la persona de Abel; dio a Noé un refugio seguro durante el diluvio; fue la fiel compañera de Abraham en todos sus viajes; inspiró a Moisés suave dulzura en medio de las injurias y gran mansedumbre a David en sus tribulaciones. Amortiguó las llamas devoradoras de los tres jóvenes hebreos en el horno y dio valor a los Macabeos en las torturas del fuego.

La caridad fue casta en el matrimonio de Susana, casta con Ana en su viudez y casta con María en su virginidad. Fue causa de santa libertad en Pablo para corregir y de humildad en Pedro para obedecer; humana en los cristianos para arrepentirse de sus culpas, divina en Cristo para perdonárselas. Pero ¿qué elogio puedo hacer yo de la caridad, después de haberlo hecho el mismo Señor, enseñándonos por boca de su Apóstol que es la más excelente de todas las virtudes? Mostrándonos un camino de sublime perfección, dice: aunque yo hablara las lenguas de los hombres y los de ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de profecía y supiera todos los misterios y toda la ciencia; y aunque tuviera tal fe que trasladara los montes, si no tengo caridad, nada soy. Y aunque distribuyera todos mis bienes entre los pobres, y aunque entregara mi cuerpo para ser quemado, si no tengo caridad, de nada me aprovecha. La caridad es paciente; es benigna; la caridad no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca su interés, no se irrita, no piensa mal, no se goza con el mal, se alegra con la verdad. Todo lo tolera, todo lo cree, todo lo espera, lo soporta todo. La caridad nunca fenece (1Corintio. XIII, 1 – 8).

 

¡Cuántos tesoros encierra la caridad! Es el alma de la Escritura, la virtud de las profecías, la salvación de los misterios, el fundamento de la ciencia, el fruto de la fe, la riqueza de los pobres, la vida de los moribundos. ¿Se puede imaginar mayor magnanimidad que la de morir por los impíos, o mayor generosidad que la de amar a los enemigos?

 

La caridad es la única que no se entristece por la felicidad ajena, porque no es envidiosa. Es la única que no se ensoberbece en la prosperidad, porque no es vanidosa. Es la única que no sufre el remordimiento de la mala conciencia, porque no obra irreflexivamente. La caridad permanece tranquila en los insultos; en medio del odio hace el bien; en la cólera tiene calma; en los artificios de los enemigos es inocente y sencilla, gime en las injusticias y se expansiona con la verdad.

Imagina, si puedes, una cosa con más fortaleza que la caridad, no para vengar injurias, sino más bien para restañarlas. Imagina una cosa más fiel, no por vanidad, sino por motivos sobrenaturales, que miran a la vida eterna. Porque todo lo que sufre en la vida presente es porque cree con firmeza en lo que está revelado de la vida futura: si tolera los males, es porque espera los bienes que Dios promete en el cielo; por eso la caridad no se acaba nunca.

 

Busca, pues, la caridad, y meditando santamente en ella, procura producir frutos de santidad. Y todo cuanto encuentres de más excelente en ella y que yo no haya notado, que se manifieste en tus costumbres.

 

“Sermones”


lunes, 18 de abril de 2022

LA FUERZA DE LA MALA COSTUMBRE – Por San Agustín.


 

La costumbre se llama ordinariamente segunda naturaleza, porque es como una naturaleza añadida.


I. DAÑOS DEL PECADO COMETIDO POR COSTUMBRE.

Es tanta la fuerza de la costumbre, que, cuando ésta es inveterada, constituye tu mayor enemigo. Una cosa es pecar y otra hacerlo por costumbre. Si uno ha cometido algún pecado y se ha enmendado inmediatamente, pronto revive; porque, aunque muerto, no está sepultado, no está atenazado por la costumbre. Pero si ha caído en la mala costumbre, ya le considero enterrado, y con razón puedo decir que despide mal olor, porque empieza a tener mala fama, que es como un olor pestilencial. Gastas miserablemente el tiempo cuando le dices: «No debes obrar así». Porque, ¿cómo quieres que te haga caso el que está como enterrado y en estado de putrefacción, y hasta oprimido por la lápida sepulcral de la mala costumbre?


II. EL PECADO COMETIDO POR LA MALA COSTUMBRE, SIMBOLIZADO EN LA MUERTE DE LAZARO.

En los tres muertos resucitados corporalmente por el Señor puedes descubrir un símbolo y una figura de las resurrecciones espirituales. Resucitó a la hija del jefe de la sinagoga cuando ésta estaba aún en casa. Volvió a la vida al hijo de la viuda cuando le llevaban ya fuera de la ciudad, camino de la sepultura. Y resucitó a Lázaro después de estar cuatro días en el sepulcro. Aplica esto a tu alma, porque tú, cuando pecas, mueres, pues el pecado es la muerte del alma.

1º A veces pecas de pensamiento, te deleitas advertidamente en lo que es malo: ese consentimiento te mata, pero la muerte es interior, porque el mal pensamiento no se ha traducido en actos. La resurrección de esta alma está simbolizada en la muerte de aquella niña que no había sido aún sacada de casa, aunque ya estaba muerta: estaba oculta, como el pecado de pensamiento.

2º Si además de consentir en el mal pensamiento, has realizado la maldad, se puede decir que has sacado ya el muerto fuera de la puerta; le tienes ya fuera de casa, camino del cementerio. También el Señor resucitó a este muerto y le devolvió con vida a su madre. Si has pecado, arrepiéntete; el Señor te resucitará y te devolverá a tu santa Madre la Iglesia.

3º El tercer resucitado fue Lázaro. He aquí el último grado de muerte, que es lo que se llama la fuerza de la mala costumbre. La piedra que cerraba el sepulcro es la opresora fuerza de la costumbre que oprime el alma, impidiéndole levantarse y aun respirar. Vino el Señor, para quien todo es fácil, y aun encontró alguna dificultad. Afligióse su espíritu, exhaló un suspiro ante el sepulcro y clamó, para indicar que se requieren grandes motivos para despertar a los hombres endurecidos en la mala costumbre. Sin embargo, a la voz del Señor se rompen los vínculos de una tiránica costumbre. Tiemblan a esa voz las potestades del infierno, y sale Lázaro vivo del sepulcro. Fíjate en los detalles de la resurrección: salió vivo del sepulcro y no podía andar. Entonces el Señor ordenó a los Apóstoles: «Desatadle y dejadle andar» (Jn. 11 44). Resucitó Cristo al muerto, y los discípulos desligaron las ataduras. Es necesario, por consiguiente, que el muerto resucitado pueda verse libre de estos lazos y obtenga permiso para andar. Esta es la misión que Cristo encomendó a sus discípulos, cuando les dijo: «Todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo» (Mt. 17 18).

Como consecuencia de este discurso, aprende a conservar la vida si estás vivo, y a resucitar si estás muerto.

sábado, 28 de agosto de 2021

SAN AGUSTÍN Y EL MISTERIO DE LA TRINIDAD.


 


Un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, alza la vista y ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo.

Así el niño lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad se acerca al niño y le pregunta: “Oye, niño, ¿qué haces?” Y el niño le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo”. Y San Agustín dice: “Pero, eso es imposible”.

Y el niño responde: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios, el misterio de la Trinidad”.


sábado, 1 de julio de 2017

Que la vida feliz consiste en gozar de la Verdad – Por San Agustín.




   No es, pues, cierto que todos quieren ser dichosos, pues los que no quieren gozar de Vos, que sois la única vida dichosa, cierto es que no quieren la vida dichosa. ¿O es que todos lo quieren, mas como la carne apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne, de suerte que no hacen lo que quieren (Gal., 5, 17), caen sobre lo que pueden, y con ello se contentan, porque lo que no pueden, no lo quieren con tanta eficacia cuanta es menester para que puedan? Porque pregunto a todos qué prefieren: gozar de la verdad, o de la falsedad; tan no dudan decir que prefieren gozar de la verdad, como no dudan decir que quieren ser felices. Porque la vida feliz es gozo de la verdad; pues éste es gozo de Vos, que sois la Verdad, ¡oh Dios, luz mía, salud de mi rostro, Dios mío! Esta vida bienaventurada todos la quieren; esta vida, que es la única bienaventurada, todos la apetecen; el gozo de la verdad todos lo quieren. Muchos he tratado que querían engañar, más ninguno que quisiera ser engañado.

   ¿Dónde, pues, conocieron esta vida bienaventurada, sino allí donde también conocieron la verdad? Porque también ellos aman la verdad, pues no quieren ser engañados. Y cuando aman la vida bienaventurada, que no es otra cosa sino gozo de la verdad, sin duda aman también la verdad; y no la amarían si no tuviesen alguna noticia de ella. ¿Por qué, pues, no gozan de ella? ¿Por qué no son dichosos? Porque con mayor ahínco se ocupan en otras cosas más poderosas a hacerles desventurados, que felices aquello que débilmente recuerdan. Porque todavía un poco, está la luz en los hombres: ¡anden, anden; no les tome la noche! (Jn., 12, 35).

   Mas ¿por qué la verdad engendra odio (Terencio) y se tiene por enemigo al siervo vuestro que predica la verdad, siendo así que se ama la vida bienaventurada, que no es sino gozo de la verdad, sino porque de tal modo se ama la verdad, que todos los que aman otra cosa, quieren que lo que ellos aman sea la verdad; y como no querrían engañarse, no quieren se les convenza de que están engañados? Odian, pues, la verdad, por razón de la cosa que aman como si fuese la verdad. Amanla cuando resplandece; ódianla cuando reprende. Pues como no quieren engañarse y quieren engañar, ámanla cuando ella misma se descubre, y ódianla cuando los deja al descubierto. Por eso les dará en pago, que pues no quieren que ella los descubra, los pondrá, mal que les pese, en descubierto, y ella no quedará para ellos descubierta.

   Así, así, también así el alma humana, también así, ciega y enferma, torpe y repugnante, quiere ocultarse, y no quiere que nada se le oculte. Mas sucede al contrario, que ella no se oculta a la Verdad y la Verdad queda oculta para ella. Pero aun así, miserable como es, prefiere gozar de cosas verdaderas, que de falsas. Bienaventurada, pues, será, si libre de toda molestia, gozare de sola aquella misma Verdad, por la cual son verdaderas todas las cosas.



“CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN”