lunes, 6 de julio de 2026

Requiescant in pace. Amen. — (Descansen en paz. Amén.)

 



 

   La imagen corresponde a una profecía de Ezequiel: Esto dice el Señor a esos huesos: «He aquí que yo infundiré en vosotros espíritu, y viviréis». — Cap. XXXVII.

 

   La muerte, esa gran catástrofe de la vida, que el débil teme y el valiente provoca, que el desgraciado llama como un remedio y el justo espera como un tránsito; esa deidad terrible que cubre su repugnante esqueleto con despojos de púrpura y sayales, laureles de héroes y cadenas de presidiarios, tiene también su día de fiesta. Día que, por lo general, amanece nublado, como si la tristeza de la tierra marchase acorde con la del cielo: el color ceniciento de las nubes, y sus caprichosas formas, recuerdan en sus flotantes pliegues un sudario, y en sus matices aplomados el contenido de una tumba.

 

   Los cementerios, lugares en que la muerte archiva sus trofeos, se alumbran en este día con luces de cera, se adornan con flores y coronas y se riegan con lágrimas.

 

   Este es el día de los recuerdos, y de ahí viene su tristeza; porque con razón se ha dicho que el recuerdo es un corrosivo, y el olvido un bálsamo. Pero, ¡cosa rara! El recuerdo que pone de continuo ante los ojos las sombras de los que en vida se amaron, es un corrosivo que el amor se complace en derramar sobre el corazón; y el olvido, que las disipa, las disuelve y pone empeño en alejarlas, es un bálsamo que tiene a la ingratitud por madre.

 

   La voz de las campanas, que en este día no repican alegres, sino que tristes lloran, no es el mero sonido de un bronce: es la voz del padre, de la madre, del hermano muerto, que viene a decirle al vivo: ¡Acuérdate! Que viene a decirle que la tumba está colocada en los confines de dos mundos; que las lágrimas que se derraman en el uno, resuenan en el otro como un consuelo; que las oraciones que en éste se pronuncian, sirven en aquél como un remedio. Voz angustiosa del que sufre y espera; voz triste del que pide a los vivos lo que tanto vale para los muertos: ¡un sufragio!

 

   Esta es la gran prerrogativa de la Iglesia católica, que, salvando el terrible escollo de la muerte, proporciona al amor la dicha de hacer bien por los que quiere, hasta más allá del sepulcro. ¡Creencia sublime, que si no fuera una verdad profunda, sería un magnífico consuelo, y que, sin embargo, encuentra quien la rechaza como absurda y estéril. Aquellos espíritus fuertes que sacuden el yugo de la religión porque les prohíbe sus vicios; aquellos materialistas que niegan la eternidad porque la temen, pasen las puertas de un cementerio.

 

   Pero no en ese día en que la multitud profana la soledad que la muerte escoge por compañía, sino cuando sólo reina allí el silencio de las tumbas; cuando sólo se oye el asqueroso roer de los gusanos, el triste susurro de los sauces que inunda el alma de melancolía, y el misterioso y peculiar de los cipreses, que parecen murmurar una plegaria.

 

   Una tapia baja le rodea: por encima de ella asoma unas veces un sauce inclinando al suelo sus ramas, como para llorar en la tierra; otras alza un ciprés las suyas, como para esperar en el cielo, y de trecho en trecho se levanta una cruz con los brazos abiertos, como ofreciendo su amparo. ¡Vosotros, los que no creéis, dejad las ilusiones en esa puerta en que el tiempo y la muerte cruzan sus guadañas, y que, siempre abierta, parece una boca que jamás se sacia y espera sin cesar nuevas víctimas!

 

   Pisad aquel polvo, en que cada grano formó parte de la vida; entre aquella multitud que, como dijo un poeta, está solitaria, porque allí nada supone el número; allí, donde la vista sólo descubre montones de huesos y desengaños de tumbas, que árboles y flores tratan de ocultar, consiguiendo sólo poner de relieve su horror; allí, donde todo se destruye y parece concluir, sentado sobre una tumba, y sólo con la muerte por testigo, es donde se siente en toda su pujanza la necesidad de la inmortalidad. Tienda el materialista la vista en derredor, mírese luego, medite después. — ¿Quién soy yo? dirá. —Máquina delicada que el más leve accidente descompone; montón de polvo que el más suave viento esparce; hinchado orgullo hoy, ¡vencida flaqueza mañana!... ¿De qué me sirve la ciencia, si no descubre el secreto de la vida, ni me hace esperar nada de la muerte? ¿De qué el talento, si mi cabeza ha de quedar reducida a una calavera pelada? ¿De qué el dinero, si todo el oro del mundo no logrará darme un día más de vida? ¿De qué la virtud, si el mismo polvo cubre aquí al veraz y al embustero, al ladrón y al robado, al asesino y a la víctima? ¿A qué sujeto mis pasiones, si la tierra no me consuela ni me premia?...

 

   ¡Qué vacío primero! ¡Qué desaliento después! ¡Qué desesperación más tarde! ¡Qué horrible furor, por último, que le lleva al suicidio!

 

   Pero levantad la venda a ese hombre que, al darse la muerte, sólo piensa volver a los elementos, a los átomos que lo formaron, y entonces sentirá ese hálito divino, ese soplo de vida que anima su materia organizada de carne, huesos, músculos y nervios: entonces exclamará con Pascal: «Soy una frágil caña; pero una caña pensadora.» Dirá con Newton: «El sol es mayor que yo; pero yo lo mido.» Y añadirá con Augusto Nicolás: «Conozco mi flaqueza, y el universo ignora su fuerza. Y he aquí que por esto solo soy superior a esta misma fuerza. Soy, en fin, la flor de los campos abierta a la mañana y seca a la tarde; pero tengo, como la flor, un perfume que, una vez marchita ésta, se va al cielo.

 

   Y si el demonio del orgullo le arrastra, como a Luzbel, demasiado lejos, entonces arrojará la vista en derredor y verá huesos, tumbas, desengaños, soberbia humillada, poderes que tiranizaron el mundo y caben ahora bajo una losa de mármol. Entonces sentirá ese terror saludable que hizo decir al P. Kempis: «Piensa en la muerte y te salvarás.» Y como las cosas humanas le parecerán perecederas, sabrá gozar sin disipación y sufrir sin abatimiento, desear sin inquietud y adquirir sin injusticia, poseer sin orgullo, y — lo que es más difícil a la débil condición humana — ¡perder sin dolor!

 

   No verá en la muerte un fin que aterra, sino un tránsito que consuela; no verá la vida que se acaba, sino la eternidad que empieza; y contemplando sin pavor las tumbas que le rodean, dirá, no con la fría calma del estoico, sino con la dulce esperanza del cristiano: Requiescant in pace.—Amén.

 

PADRE LUIS COLOMA S. J.

España – 1871