jueves, 2 de abril de 2026

“TOMAD Y COMED” - “Apostolado de la Prensa” Año 1895

 



 

   Pange lingua; canta, lengua... Mas ¡Oh! hay poder humano para cantar el amor de Dios. ¿Qué lengua, ni humana ni angélica, podrá cantar el sublime misterio de la Cena, el misterio en que se muestra más infinito el divino amor?

 

   No bastaba a Dios haberse hecho hombre para rescatarnos del pecado; no le satisfacía padecer y morir para redimirnos: desea más, mucho más: desea entregar al hombre aquella carne que tomó para redimirle; desea, al volver a su Padre, quedarse eternamente con los hijos de los hombres y unirse íntimamente a ellos en unión de inefable amor.

 

   ¿Dejar a los hombres? ¿Abandonarlos? ¡Oh, esto es imposible a Jesús, que halla en ellos sus delicias todas!

 

   No, no quiere dejarlos; quiere unirse a ellos alma a alma y corazón a corazón. ¡Un imposible!, diréis. No hay imposibles para Dios.

 

   En la noche en que fué entregado, después de la cena pascual y de preparar a sus discípulos lavándoles los pies, Jesús se sentó de nuevo a la mesa, tomó el pan en sus sagradas manos, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomó después el cáliz, lo bendijo y lo alargó a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y bebed; este es el cáliz de mi Sangre, que será derramada en remisión de vuestros pecados.

 

   ¡Oh sublime misterio de amor! ¡Amor inefable!

   Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Es su cuerpo. Bebed; es mi Sangre. Es su sangre. Dios es quien habla; aquel pan es su carne; aquel vino es su sangre. Sólo resta arrodillarse y amar.

 

   Jesús va a ser víctima por la redención del mundo; pero antes quiere ser víctima por su amor. ¡Y qué amor! Antes de entregarse a la muerte, se entrega a sus discípulos; les alimenta con aquel Cuerpo que ha de ser escupido, abofeteado, llagado y clavado en la Cruz, y se une estrechamente a ellos para darles vida y salud eternas, haciéndoles participantes de su naturaleza divina. Porque la unión es recíproca. Quien me come, vive en Mí y yo en él.

 

   El Sacramento de la Eucaristía es la consumación de nuestra unión con el Salvador; su cuerpo no es suyo, sino nuestro; nuestro cuerpo no es de nosotros, sino de Jesucristo.

 

   En las grandes pasiones del amor humano, se desea fundirse con el objeto amado y formar un solo ser con él. Esto, que es imposible para el hombre, es una realidad para Dios. En el sacramento de la Eucaristía se entrega a los hombres como alimento, los nutre, los fortifica, penetra en nuestro ser y pone en contacto su divino Corazón con nuestro corazón miserable para comunicarnos vida íntima, celestial y divina.

 

   ¡Oh humildad infinita de Dios, que, despojándose de su majestad, se anonada bajo las apariencias de pan y vino para unirse con la criatura sin que nada la aterre, ni retraiga!

 

   ¿Quién diría que esta profunda humildad de Jesús es la que ha puesto en revolución la soberbia de la carne y la grosería de los sentidos? Porque la moderna impiedad, que reniega de Jesús Sacramentado, repite sin cesar aquella estúpida frase de los judíos: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?

 

   Miserable y vana filosofía, que todo lo ves con los ojos del orgullo y llevas en el pecho un corazón de piedra, ¿de qué dudas? ¿Del poder o del amor de Jesucristo? ¿Por qué pides razones para lo que no tiene más razón que el amor? Tanto amó Dios al mundo... ¿Escuchas? Tanto amó Dios al mundo, que lo venció todo para unirse a nosotros, para alimentarnos con su carne, regenerarnos con su sangre y enardecer nuestras almas con el sagrado fuego de su amor.

 

   Nosotros decimos con el discípulo amado: Creemos en el amor que Dios nos ha tenido. Nos amó y se entregó a nosotros; lo quiso y lo hizo. No pidáis, pues, razones, cuando lo que hace falta es corazón.

 

   No comprendéis, porque no amáis; amad, y lo comprenderéis todo; nada es imposible al que ama. El obstáculo está en vosotros mismos; quitad, la maldad de vuestros corazones, y veréis en la Hostia consagrada el cuerpo virginal de Jesús, nuestro Redentor y Maestro.

 

   ¡Ah, desdichados los que se apartan de la fuente de la vida! ¡Infelices de vosotros que rechazáis alimentaros con el pan celestial y condenáis a vuestras almas a perecer de hambre y desesperación! ¿Qué espesa nube os ciega?

 

   Roguemos a Dios que derrame en esos espíritus extraviados las inagotables dulzuras de su misericordia; purifiquemos nuestras almas para hacerlas dignas del divino Amante, y acudamos vestidos de boda a adorar el Santísimo Sacramento del altar. Jesús Sacramentado, desde el fondo de nuestros sagrarios, nos llama incesantemente al banquete eucarístico y nos invita a alimentarnos de su divinidad, diciendo, como en la noche de la Cena, aquellas palabras que son un delirio sublime de amor: Tomad y comed; este es mi Cuerpo. Tomad, bebed todos; esta es mi Sangre.

 


 

miércoles, 1 de abril de 2026

LAS LOGIAS EN SEMANA SANTA – Por el Apostolado de la Prensa. (Publicación Católica semanal). Año 1906.

 



 

   La masonería se distingue en primer término por el odio que profesa a la Iglesia católica en todos los tiempos, pero muy principalmente en éste de la Semana Mayor, dando con ello fundamento a la versión; por otra parte bastante autorizada, de que dicha secta fué fundada por los judíos después de su dispersión por el mundo, para combatir sin tregua ni descanso a nuestra santa Religión, haciendo causa común con quienes la atacan  y  favoreciendo y propagando todos los errores que se opongan a la verdad revelada.

 

   Esto es un hecho que en vano tratan de ocultar los masones cuando echan el anzuelo a cualquier incauto para que ingrese en las logias, a reserva de dar un mentís a sus protestas de tolerancia con todas las creencias religiosas así que el postulante ha prestado el terrorífico juramento de fidelidad a la masonería.

 

   El odio a que nos referimos adquiere en este santo tiempo caracteres de saña infernal, pues aparte de los abominables banquetes de promiscuación que impone la secta, no sólo a sus afiliados, sino a las familias de los mismos, en la presente semana celebran los masones del grado 18, llamados Príncipes «Rosa Cruz», capítulo general con arreglo a un ceremonial sacrilego, y que revela su filiación hebraica, pues en él comen los reunidos el día de Jueves Santo el cordero de la Pascua de la antigua Ley, y en los brindis que siguen al banquete se hace horrible mofa de los misterios de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

 

   El capítulo de los masones del grado 30, llamado Areópago de caballeros kadosch, celebra también sesión el mencionado día; pero en él no se come el cordero, sino se mata, y para dicho acto suele elegirse a un aspirante a dicho grado, a quien conducen con los ojos vendados junto al inofensivo animal, atado sobre una mesa y con el pecho afeitado, diciendo al recipiendario que se trata de un traidor a la masoneria a quien ésta ha sentenciado a muerte, y que ser el ejecutor de esta, justicia de la secta es una prueba ineludible para obtener el alto grado a que aspira.

 

   El aspirante, poseído de terror, hiere en el sitio que le indican con el puñal que ponen en su manos, convirtiéndole en asesino de intención, ya que no de hecho, pues al quitarle la venda de los ojos ve al cordero ensangrentado y comprende que todo ello se ha reducido a una de tantas ridiculas y a la vez horribles farsas masónicas.

 

   Horribles, sí, porque cada una de esas farsas es un símbolo del odio que la masoneria profesa a Cristo, y la muerte del cordero en la Cámara de caballeros kadosch representa la que los judíos dieron al Divino Salvador del mundo, y de ella se jacta la secta masónica al decir al recipiendario que aquel cordero es imagen del obscurantismo teocrático, con el que deben acabar los caballeros kadosch aunque sea esgrimiendo el puñal de las justicias masónicas.

 

   Este horrible simbolismo, cuyo alcance no se ocultará al lector, sólo se practica en las Cámaras de caballeros kadosch cuando a ellas asisten únicamente los verdaderos iniciados, pues hay muchos que poseen dicho grado por haberlo recibido por comunicación, le dicen lo que les parece y omiten aquello que puede alarmar los restos de sentimiento religioso que hayan podido quedar en su corazón después de las abominables enseñanzas recibidas en los grados inferiores.

 

   A esta clase de caballeros kadosch instruidos a medias pertenecen los masones ricos y vanidosos que se desviven por lucir bandas y cintajos y por ser recibidos en las logias de aprendiz con candeleros y bajo la bóveda de acero, o sean las espadas cruzadas que los masones puestos en dos filas, según el ceremonial prescrito para honrar a los visitadores de los altos grados.

 

   A esos masones no hay necesidad de revelarles ciertas cosas; basta con sacarles el dinero, una friolera de suma cuestan los derechos del susodicho grado.

 

   Hay cámaras de caballeros kadosch en las que, dejándose de símbolos, perpetran el horrendo sacrilegio de pisotear la santa imagen de Jesucristo crucificado; esta  muestra del furor sectario llevado al paroxismo, sólo se ofrece en aquellos capítulos cuyos miembros han llegado al último grado de satánica impiedad. El hecho indudable de que tan abominable sacrilegio se perpetre sin protesta de los masones, demuestra hasta la saciedad el odio que profesa la secta condenada al Divino Redentor del linaje humano.

martes, 31 de marzo de 2026

JUDAS ISCARIOTE Y PILATO (Comparación de estos siniestros personajes) – Por el Apostolado de la Prensa – Año 1894.

 



 

   Este indigno traidor, caído como Luzbel al abismo desde lo más alto, era Judío; quizá el único Judio del Apostolado, pues los once Apóstoles restantes eran galileos. Suponen algunos que el orgullo provincial, y en consecuencia el desprecio con que todos los de Judea miraban a los galileos fueron las primeras causas del odio que arraigó en el corazón del apóstol contra su divino Maestro. Lo que parece indudable es que Judas fué siempre de los Judíos, carnales, esto es, de los que esperaban un Mesías conquistador y gran monarca.

 

   Judas estaba muy encariñado con los bienes de la tierra; no era hombre espiritual. Gustaba extraordinariamente del dinero. Pilato quería su desino de gobernador a toda costa; Ju das, persona de más baja condición, se contentaba con menos; sólo quería plata y oro. Pilato era un ambicioso vulgar; Judas un miserable codicioso. Pilato no creía en nada; Judas probablemente lo creía todo, pero no podía resistir a la tentación del soborno.

 

   En otra época y circunstancias, quizá Pilato hubiese sido ministro francmasón, y Judas uno de esos personajes misteriosos que ruedan las antesalas ministeriales, en busca del negocio. En Pilato se ven horrendos vicios: pero vicios de raza conquistadora y soberana. En Judas apuntan todos los repugnantes caracteres del judio moderno, avaro y chupador de sangre, del judío, plaga que hunde en la miseria a todo un pueblo con sus intereses compuestos y sus juicios ejecutivos.

 

   Si hoy resucitaran los dos odiosos personajes, Pilato encontraría muchos camaradas en el llamado mundo político. Judas también los encontraría por millares en el llamado mundo de los negocios.

 

   Figurémonos a Pilato de ministro en una época revolucionaria; por temor a las masas, por conservar el puesto, por deseo de popularidad, hubiera firmado un decreto mandando vender los bienes de la Iglesia. Judas se hubiera aprovechado de este decreto, comprando aquellos bienes a bajo precio.

 

   ¿Quién es más odioso, Judas o Pilato? Cuestión muy difícil de resolver es esta. Lo cierto es que los dos se completan, formando un conjunto tan deforme, tan monstruoso, tan horrible, que ya no parece figura humana, sino gigantesca silueta de demonio sobre el fondo negro del infierno.

 

LA PASIÓN DE CRISTO en nuestros días. (Reflexión) – Por el Apostolado de la Prensa – Año 1894.


 

   Gran cosa será para sacar copiosos frutos de la meditación de las verdades que la Iglesia pone estos días a nuestra consideración el reconstruir en nuestra memoria la imagen de aquellos tiempos y lugares: haciendo, como dicen los maestros de la vida espiritual, la composición de lugar; pero si por falta de costumbre no puedes tú, lector querido, atravesar las edades e imaginarte en las plazas y calles de la Jerualén maldita, no te apures, que no es necesario tal viaje retrospectivo para formar idea exacta de aquel cuadro terriblemente sublime. En nuestros tiempos y costumbres se ve repetida a diario la escena cruenta de la Pasión, de Nuestro Señor Jesucristo.

 

   Nuestro pueblo, amamantado a los pechos de la revolución, olvidado de la fe que recibió en el bautismo, corrompido y juguete de las pasiones de políticos sin conciencia; nada tiene que envidiar al populacho que a la puerta del Palacio de Pilatos pedía la crucifixión del Salvador y la libertad De Barrabás.

 

   Y si aquel pueblo fué testigo de los milagros de Jesús, el nuestro lo ha sido igualmente de sus misericordias, y debe a Cristo todo lo que es en esta vida y toda la dicha que pueda gozar en la otra.

 

   ¿Qué mal ha hecho Jesús a estos desgraciados, que, siendo hijos suyos por el bautismo, tratan a Jesucristo y a su Iglesia como a sus mayores enemigos?

 

   Preguntad a esas muchedumbres ignorantes y desdichadas, sin fe y sin resignación, sin pan y sin justicia, ¿Qué mal os ha hecho Jesús? y oiréis la misma respuesta que dio el pueblo a Pilatos:

 

   — ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

 

   Y, en efecto, crucifican constantemente con sus blasfemias y sus pecados a Jesucristo, a quien lodo lo deben, lo mismo en el orden moral que en el material de la vida.

 

   Poned vuestra consideración en  esas personas importantes, en esos prohombres que, conociendo cuál es el verdadero camino por que ha, de conducirse a la sociedad, la llevan por sendas extraviadas por odio a Cristo y a su doctrina,  ¿Qué hacemos?, se preguntaban aquellos fariseos y pontífices sin conciencia; porque este hombre obra, muchos prodigios. ¡Si le dejamos asi, todos creerán en Él! ¡He  ahí la razón suprema sugerida por Satanás a los nuevos escribas y fariseos que hoy declaran guerra a la verdad católica e impiden el apostolado del bien, y atan a la Iglesia y cierran la boca de sus más esforzados ministros y defensores, porque bien saben ellos que la verdad tiene virtud sobrada para apoderarse de los entendimientos y subyugar las voluntades y obrar prodigios sin fin; pero no quieren su triunfo; temen que sus rayos iluminen las inteligencias, porque ante esta claridad quedaría descubierta su malicia!

 

   No hablemos de los llamados hombres  de bien, verdadera plaga de las modernas sociedades, sólo comparables con aquel juez débil y complaciente, prevaricador y malvado, que, por respeto humano, por no enemistarse con el pueblo, porque no le acusaran de deslealtad ante el César, entregó a Jesús a la furia de las muchedumbres sedientas de sangre.

 

   Hombres de bien que quieren vivir en paz con Dios y con el mundo; hombres de bien que por el afán de figurar se alistan en las congregaciones de los malvados, y dan su voto a los enemigos de la Iglesia, y no luchan, es cierto, contra la causa de la verdad, pero tampoco se forman en la fila de sus defensores, contentándose con lavarse las manos en los días de las grandes catástrofes, ¡Miserables Pilatos!, no han de valerles sus acomodamientos, sus transigencias y su mutismo para ser reconocidos por Cristo Jesús como enemigos suyos, en el día terrible de la cuenta.

 

¡Hermano de mi alma! No será necesario quizá salir de nosotros mismos para encontrar ejemplos y semejanzas con aquel Judas traidor, con aquel Pedro ingrato, con aquellos discípulos cobardes, que al primer asomo de tempestad se escondieron por miedo a los judíos.

 

   ¡Cuántas veces  hemos vendido a Cristo, no digo ya por treinta monedas, sino por un simple respeto humano, por una satisfacción pasajera, por un alarde de amor propio, por cualquier miseria o suciedad¡

 

   ¡Cuántos otros no han hecho sino enmudecer la voz, ante  un majadero, un infeliz, a quien hubiéramos podido hacer callar y quizá corregir y edificar si nuestra voz fuera valiente! ¡Cuántas veces hemos quitado el cuerpo a la carga, y queriendo pasar por los más fíeles discípulos de Cristo, no queremos serlo más que en los días de paz, en las épocas tranquilas, cuando el gozo inunda nuestras almas y el bienestar nos sonríe, y abandonamos a Dios en la tribulación, en la lucha, en el momento del peligro.

 

   He aquí en breves rasgos una nueva composición de lugar, un ligero bosquejo de la Pasión de Cristo en nuestros días, de los cuales tanto podríamos aprender.


jueves, 26 de marzo de 2026

DE SEMANA SANTA — Por el Apostolado de la Prensa. Año 1901.


 

   Las graves y solemnes festividades de Semana Santa nos invitan otra vez a los cristianos a meditar especialmente sobre los sublimes misterios de la pasión y muerte de Aquel que vino a traernos no la paz, sino la guerra, y que nos dejó su cruz como herencia terrestre. ¿Por qué hemos de asombrarnos, siendo discípulos de tal Maestro, por ser tratados en esta vida como Él lo fué? ¿Por qué han de maravillarnos las persecuciones, los ataques, la guerra sin cuartel que se nos hace? La barca no se hunde, porque es insumergible, pero constantemente ha de azotarla y zarandearla la tempestad; la piedra es inconmovible, pero siempre, en todos los momentos y en todos los siglos, han de estallar frente a ella las embravecidas y encrespadas olas.

 

   En torno de Jesús, y como manada de hambrientas fieras, se juntaron todos los enemigos que hasta el fin de los tiempos han de combatirle y enclavarle en la cruz. Allí estaban Anas y Caifas, representantes perpetuos del odio sectario, afectando hipócritamente una fe que no sentían en el fondo de sus almas escépticas y de sus corazones corrompidos; allí estaban los fariseos, permanentes modelos de los embaucadores de la plebe, a la que sabían sugestionar, como ahora tribunos y periodistas, con palabras que no son palabras, sino silbidos de serpiente; allí estaba la muchedumbre, como siempre, bestial, repitiendo el estúpido Crucifícale, crucifícale, sin conciencia perfecta de lo que hacía, únicamente guiada por su instinto de fiera que husmea la sangre, sirviendo neciamente de instrumento a sus peores enemigos, y allí estaba, dominándolos a todos, sentado en el pretorio, dueño de la fuerza pública, (…), el gobernador romano que no creía ni en los dioses del imperio a quien servía, ni en el Dios verdadero que adoraban sus gobernados, y al que lo mismo importaba Jesús que sus adversarios; (…) esto es, Poncio Pilato, el modelo, el ideal, el tipo acabado del político que entonces y siempre, por no disgustar al César y por transigir con la plebe, está dispuesto a condenar al Justo, porque como no sabe lo que es la verdad, ignora también lo que es la justicia.

 

   Y siendo esos los personajes siniestros que allí se congregaban para cometer la más horrenda de las iniquidades que ha cometido la especie humana, sus procedimientos fueron igualmente los que hasta el día de hoy se siguen empleando para obtener el mismo resultado inicuo que allí se logró.

 

   Primero, una o varias reuniones secretas, muy secretas, en que los príncipes de los sectarios trataron de lo que habían de hacer con el Justo, y en secreto, muy en secreto, resolvieron darle muerte. Allí fué el Sanedrín el instrumento de la conjuración abominable; ahora lo es el gran capítulo de la francmasonería, lo que no es, por cierto, cosa muy distinta del Sanedrín, porque aquella célebre asamblea y esta no menos tenebrosa junta, medios son de la secta judaica, y con los que ésta, hoy, como hace 1900 años, satisface sus injustificados y crueles rencores. (…) Lo mismo, exactamente lo mismo, el Sanedrín judaico resolvió la muerte de Jesús, y empezó, mucho tiempo antes de la Pasión, la horrenda conjura de que había de ser aquélla el resultado.

 

   Pero ¿cómo llegar a Él? El Sanedrín carecía de autoridad oficial para imponer la pena de muerte, como ahora carece de autoridad oficial el capítulo francmasónico para perseguir las comunidades religiosas, esto es, a la Iglesia.

 

   Pues muy sencillo, el procedimiento tiene dos partes o dos períodos. El primero es alborotar al pueblo. El segundo intimidar al gobierno con el alboroto del pueblo. Hace 1900 años no había periódicos que encendiesen las pasiones populares; pero había fariseos y saduceos que predicaban; había un príncipe de los sacerdotes que arteramente se rasgó las vestiduras como si hubiera oído blasfemia horrenda; había testigos falsos que deponían contra el que es la verdad y la santidad por excelencia, y utilizando todos estos recursos, se logró el mismo electo que hoy, y Jesús, el Mesías prometido, el Hijo de David, el Libertador de Israel, es presentado a la plebe israelítica como.... ¡el enemigo! ¿Enemigo el dulce amigo de las almas? Pero ¿Qué enormidad no es capaz de tragarse la bestia-plebe? Sacude su astrosa melena, despereza el enorme corpachón, lanza su rugido de fiera, y ya tenemos al motín, rodando, informe y asqueroso, por las calles y plazas de Jerusalén.

 

   Se ha dado el primer paso; se ha consumado la primera parte de la ensayada iniquidad. Pero aún falta la segunda, la decisiva. El motín no puede resolverlo todo; no es más que un medio para llegar al fin. Este fin hay que buscarlo cerca de los poderes públicos. Y los tenebrosos conjurados empujan a la bestia hacia el pretorio. Allí está la autoridad, el poder constituido, el gobierno. Entonces surge en lo alto la siniestra figura de Pilato. Se aproxima el terrible desenlace.

 

   Pilato no participa ni del odio de los conjurados ni de la brutalidad salvaje de la turba que a éstos sirve de instrumento. Romano, se juzga de raza y de ideas superiores, no sólo a la plebe que vocea, sino a sus directores y caudillos. Pero es débil, porque es ambicioso y codicioso. Quiere mandar y tener dinero, y así es esclavo de sus propias pasiones. Los conjurados lo saben y por ahí le atacan, y por ahí triunfan de él. ¡Infeliz!

 

   La mayor de las crueldades que registra la historia, no va a ser realizada por un hombre fuerte y enérgico, sino por un débil, obsesionado por la idea de perder su posición social.

 

   Pilato no llegó hasta el fin de golpe. Antes quiso salvar al Justo. Cuando vio que no podía conseguirlo sin peligro para él, transigió y ensayó varias fórmulas de transacción, que fueron otros tantos tormentos para nuestro Señor. Y ¿cuál fué el resultado final de todo? Pues que la iniquidad se consumó; pero al tercero día. Cristo Señor nuestro resucitó, y sentado está a la diestra de Dios Padre, donde vive y reina por los siglos de los siglos.

 

   Ni el Sanedrín, ni la turba, ni Pilato tienen poder para impedir esto, ni el triunfo de la Iglesia en la evolución de los siglos.

 

VÍCTOR.

 


miércoles, 25 de marzo de 2026

Contracara Nº11 - Del Mundo Feliz y 1984 a Palantir

 

SAN RICARO DE PARIS NIÑO Y MARTIR (✠1180) – 25 DE MARZO

 


   



   Al fin del reinado de Luis VII en Francia, y al principio del de Felipe Augusto, su hijo, que reinó algún tiempo con él, ocurrió en París un hecho casi análogo al ocurrido en la ciudad de Norwich – 24 de marzo. El mártir también estaba en edad de razón, y por eso su victoria fue más notable y más gloriosa.

 

   Era un muchacho llamado Richard, de muy buena familia, de tan sólo doce años. Los judíos lo apresaron cerca de la fiesta de Pascua, lo condujeron a su casa y lo llevaron a una bóveda subterránea. El jefe de la sinagoga, al interrogarlo sobre sus creencias y lo que le habían enseñado sus padres, respondió con una firmeza digna de un verdadero mártir cristiano: «Creo sólo en Dios Padre todopoderoso, y en Jesucristo, su único Hijo, nacido de Santa María Virgen, crucificado y muerto bajo Poncio Pilato.»

 

   «El rabino, ofendido por esta profesión de fe tan llena de candor, se dirigió a los judíos cómplices de su crimen y les ordenó que lo desnudaran y lo azotaran cruelmente. La ejecución siguió inmediatamente a la orden; el santo joven fue desnudado y golpeado con una furia que sólo podía corresponder a los hijos de la raza de Canaán. Mientras unos le trataban de esta manera, otros, que eran espectadores de la tragedia, le escupían en la cara y, en un horrible desprecio por la fe cristiana que profesaban, proferían mil blasfemias contra la divinidad de Jesucristo, mientras que el mártir le bendecía sin cesar, sin pronunciar otras palabras, en medio de todos estos tormentos, que el sagrado nombre de JESÚS. »

 

   «Cuando estos tigres hubieron gozado bastante de este primer tormento, le levantaron en una cruz, y le hicieron sufrir todas las indignidades que sus sacrílegos antepasados habían hecho sufrir antiguamente a nuestro divino Salvador en el Calvario; Sin embargo, su barbarie no pudo quebrantar el coraje del Mártir; pero, conservando siempre el amor de Jesús en su corazón, no dejó de tenerlo en sus labios, hasta que al fin su pequeño cuerpo, debilitado por el dolor, dejó salir su alma con un suspiro, y con el mismo adorable nombre de Jesús. »

 

   Una impiedad tan detestable, cometida en medio de un reino totalmente cristiano, no quedó impune. El rey incluso quiso exterminar a todos los judíos que estaban en Francia, porque casi en todas partes eran acusados de crímenes similares; además de su usura. El rey por último  se contentó con desterrarlos del reino.

 

   Dios quiso hacer ilustre la memoria del santo mártir, que murió por la causa de su hijo. La tumba que le erigieron en un cementerio llamado Petits-Champs, se hizo famosa por los milagros que allí ocurrían todos los días; lo que impulsó a los cristianos a levantar su santo cuerpo del suelo y llevarlo solemnemente a la Iglesia de los Inocentes, donde permaneció hasta que los ingleses, habiéndose hecho de algún modo dueños de Francia, y particularmente de París, bajo el débil rey Carlos VI, sustrajeron este precioso tesoro para honrarlo en su país, entonces católico, y nos dejaron sólo su cabeza. Todavía se podía ver en el siglo XVIII, en esta misma Iglesia de los Inocentes, custodiada en un rico relicario.

 

   La historia del martirio de San Ricardo fue compuesta por Robert Gaguin, general de la Orden de la Santísima Trinidad; se encuentra también en los Anales y Antigüedades de París; en el martirologio de los santos de Francia, y en varios historiadores que han escrito las acciones de nuestros reyes.

   Particularmente en Escipión Dúplex, cuando trata del reinado de Felipe Augusto, en el año 1180, este autor observa, con el cardenal Baronio, en el segundo volumen de sus Anales, que, ocho años antes, otros judíos habían cometido un crimen similar en la ciudad de Nordwich, en Inglaterra, en la persona de un niño, llamado Guillermo, como vimos.

 

   De este niño habla Polidoro Virgilio en su Historia de Inglaterra, como también lo hace el religioso Roberto du Mont en su suplemento a Sigeberto.

 

   Tenemos ya cinco santos inocentes martirizados por los judíos: Simeón, en Trento, Janot, en la diócesis de Colonia, Guillermo, en Nordwich, Hugo en Lincoln y nuestro Ricardo, en París. Pero existen miles de casos en toda la historia del cristianismo, algunos muy bien documentados.

 

   Podemos añadir un quinto, del que habla Raderus en su Santa Baviera, es decir, un niño llamado Miguel, de tres años y medio, hijo de un campesino llamado Jorge, del pueblo de Sappendelf, cerca de la ciudad de Naumburgo. Los judíos, habiéndolo raptado el Domingo de Pasión, para satisfacer su rabia contra los cristianos, lo ataron a una columna, donde lo atormentaron durante tres días con extrañas crueldades: así le abrieron las muñecas y las puntas de los pies, y le hicieron varias incisiones en forma de cruz por todo el cuerpo, para sacarle toda la sangre. Murió en este tormento en el año de Nuestro Señor 1340.

 

   Añadamos que habiéndose convertido los judíos en objeto de un odio tan general, sólo los Papas y los concilios los salvaron, al menos a menudo, de la furia del pueblo y de los edictos de proscripción de los príncipes. En ciertas regiones y ciudades se cometieron terribles masacres o se les obligó, mediante amenazas y torturas, a abrazar el cristianismo.

   Alejandro II, por citar sólo dos ejemplos, elogió a los obispos españoles que se habían opuesto a esta violencia; El V Concilio de Tours (1273) prohibió a los cruzados perseguir a los judíos.

 

   Comentario de Nicky Pío: La indulgencia en favor de los Judíos, solo debe ser proporcional a su inocencia, de lo contrario, ya por ley divina, ya por ley humana, deben ser castigados cómo cualquier asesino, con el agravante de ser sus presas predilectas, los NIÑOS cristianos, y su ancestral odio a CRISTO. Esa es la doctrina de varios concilios de la Iglesia católica, para obtener mayor información sobre la doctrina de la Iglesia católica lean el libro “COMPLOT CONTRA LA IGLESIA” Maurice Penay. Se lo puede encontrar fácilmente en versión electrónica.

martes, 24 de marzo de 2026

SAN GUILLERMO DE NORWICH Mártir – 24 de marzo

 


   





   En 1144,  en Norwich, se crucificó a un muchacho doce años y su costado fue perforado en la Pascua Judía. Se halló su cuerpo en un saco escondido en un árbol.

 

   «Un judío converso, llamado Theobald de Cambridge, reconoció entonces que los judíos tomaban sangre cada año de un niño cristiano, porque pensaban que sólo así se podría obtener la libertad y “retornar a Palestina”. Que tenían por  costumbre echar a suertes para resolver de dónde se obtendría la sangre; Theobald dijo que el año anterior la suerte había caído sobre Narbonne y en el presente año en Norwich.»

 

   Se beatificó al muchacho localmente y, desde entonces, se le conoce como San Guillermo. El alguacil, probablemente sobornado, negó lo atribuido a los judíos en el juicio.

 

   En JC. Cox Norfolk Churches, Vol. II, pág. 47, como también en el Victoria Country History of Norfolk, 1906, Vol. II, hay una ilustración de un viejo pintor mostrando el Asesinato Ritual de San Guillermo, la misma escena se podía ver en la Iglesia de Loddon, Norfolk, salvo que la hayan quitado ya. Nadie niega este caso como un evento histórico, pero los judíos, por supuesto, dicen que no es un Asesinato Ritual. El judío, C. Roth, en su The Ritual Murder Libel and the Jew (1935) dice: “investigadores modernos, después del examen cuidadoso de los hechos, han concluido que el niño probablemente perdió la conciencia consecuencia de un ataque cataléptico, y sus parientes le enterraron prematuramente”. Sobre cómo estos investigadores modernos llegaron a una conclusión precisa después de todos estos años, el Sr. Roth no dice: “no iba la Iglesia a sugerir que su ministros dejaran que la muerte del muchacho se celebrara como el martirio de un santo, sin haber investigado antes las heridas en el cuerpo que confirmaron la crucifixión y la perforación del costado”. Además, ¿por qué motivo los parientes iban a colocar el cuerpo del muchacho en un saco y a colgarlo después de un árbol? Esto confundiría a cualquier judío que tratara de explicarlo. En los registros de Artes y Monumentos de la Iglesia, de John Foxe, se registra este ritual, lo mismo que Bolandistas y otros historiadores. El Prior, William Turbe, quien después llegó a ser Obispo de Norwich, era el más empreñado en insistir que el crimen era un Asesinato Ritual Judío; en el Diccionario de Biografía Nacional (¡revisado por un Judío!) aclarara que su carrera, aparte de este caso de Ritual Asesino, era la de un hombre de gran fuerza de carácter y valor moral.

 

   Negar que el caso de San Guillermo de Norwich fuera un Asesinato Ritual es sin duda acusar a los Reyes ingleses, al Clero inglés, y a los oficiales ingleses, conocidos por ser hombres de buena moral, de asesinar y torturar a judíos para hacer dinero, después de haberlos inculpado de crímenes horribles. En el caso de San Guillermo, el pueblo tomó el asunto en sus propias manos porque el alguacil no iba a hacer nada. ¿A quién se le debe creer, a los Judíos o a los ingleses? “Es difícil negar todo crédito a historias tan circunstanciales y tan frecuentes”. Así le dice el Social England acerca de los Asesinatos Rituales en Inglaterra, Vol. I, p. 407, I893, editado por H. D. Traill.

 

   Un hecho significante es que el Haydn's Dictionary of Dates, por lo menos hasta 1847, citaba los Asesinatos Rituales de Inglaterra como hechos indiscutibles.

 

   San Guillermo de Norwich es el Patrono de los secuestrados y torturados.

SAN SIMÓN, VIRGEN, INOCENTE Y MÁRTIR – 24 de marzo.

 

   




   —Surio, en el segundo tomo, en el día 24 de marzo, trae la vida de este gloriosísimo niño, sin quitar ni añadir una palabra de como la escribió su autor Juan Matías Tiberino, y de la misma forma irá aquí fielmente copiada, con el preámbulo que hace su autor, que es en esta forma:

 

   Una maravilla estupenda (y tal que desde la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo hasta estos tiempos no han oído las edades otra semejante) quiero referiros y escribir, la cual ha sucedido en esta ciudad de Trento pocos días ha, habiendo permitido su divina Majestad que se descubra y se sepa para que nuestra fe católica, si en alguna parte flaquea, se fortifique y haga firme como una roca, y la antigua raza de los perversos judíos se borre y acabe del todo sin que más se permita vivir en pueblo alguno cristiano, y su memoria totalmente se aniquile en el orbe.

 

   Oíd, los que gobernáis los pueblos, una maldad nunca oída, y velad con cuidado como fieles pastores del rebaño de Cristo. Despierten los vuestros que habitan la tierra, abran los ojos y vean qué fieras crían en sus senos. Los crueles judíos, no sólo con sus rabiosas e insaciables usuras consumen y hacen morir de hambre los pueblos cristianos, sino es que también, conjurados en daño nuestro contra nuestras vidas, se alimentan de la sangre viva de nuestros hijos y tiernos infantes, condenándoles a tormentos atrocísimos en sus sinagogas, quitándoles las inocentes vidas como a Cristo.

 

   Pocos días ha que en Trento, ciudad que por la parte aquilonar, mediando el río Labicio, divide la Italia de la Germania, habitaban en un barrio que está a la izquierda mano del castillo de dicha ciudad, tres familias de judíos, cuyas cabezas eran Tobías, Angelo y Samuel, en cuya compañía vivía un infernal y bárbaro viejo, llamado Moisés, el cual decían ellos que sabía el tiempo y la hora en que había de venir el Mesías, que desesperados y rabiosos, cuanto ciegos, esperan. Éstos, pues, la semana santa del año de 1475, el día martes 21 de marzo, se juntaron en casa de Samuel, donde tenían su sinagoga, para matar un ternero vivo que le habían traído aquella mañana, y habiendo hablado de varias cosas, Angelo de su rabioso y dañado pecho sacó tales palabras: «En esta Parasceve o Pascua tenemos carnes y peces en grande abundancia; sólo una cosa nos falta.» Respondió Samuel: «Pues ¿qué te falta?» Entonces, mirándose todos unos a otros sin hablar palabra, entendieron que hablaba de sacrificar un tierno infante cristiano, que en menosprecio de nuestro Señor Jesucristo bárbara, atroz y cruelmente matan en su Pascua, derramando la inocente sangre al comer sus panes ázimos, para preservarse, como ellos dicen, de la hediondez  y mal olor que en sí tiene; y a éste llaman su yoel o jubileo. No se atrevían a hablar por temor de los criados, que a prevenir lo preciso para su Parasceve entraban y salían.

 

   Al día siguiente, juntados todos en la sinagoga, consultaban en qué parte podían hacer el sacrificio que fuese más oculto. Tobías y Angelo decían que sus casas eran estrechas, y así que no era posible se hiciese en ellas, porque no se les podría ocultar el hecho a los criados y muchachos que todo lo sacan a la calle, y así afirmaban todos que no había casa más cómoda y capaz para todo que la de Samuel. Resuelto que en ella sería, comenzaron a discurrir en la traza de hurtarles un niño a los cristianos, y después de varios pareceres llamó Samuel a un criado suyo, llamado Lázaro, y le dijo: «Amigo Lázaro, si te basta el ánimo para hurtar un niño cristiano a sus padres y traérnoslo aquí, te daremos de contado cien filipos, que son cien reales de á ocho.» A que respondió Lázaro: «Padres venerandos, ése es un grave delito y yo no le cometeré por el mundo todo.» Y diciendo y haciendo, temeroso no hicieran con él lo que querían con el niño cristiano, se fué huyendo, no sólo de la casa, más aun de la ciudad y provincia.

 

   El jueves siguiente, juntos otra vez en la sinagoga, dijeron a Tobías: «Tú solo, ¡oh Tobías!, puedes satisfacer nuestros deseos, porque tú tienes familiar comunicación y trato con los cristianos, y así puedes con gran facilidad cogerles un niño, pues nadie ha de advertirlo por la grande amistad que te profesan y el poco reparo que nadie hace en ti cuando andas por la ciudad. Si esto haces, fía de nosotros, que todas tus cosas irán en prosperidad grande, haciéndote muchos beneficios.» Tobías respondió que no se atrevía a negocio de tanta importancia por el gran peligro que en él había. Ellos volvieron a él con furor diabólico, blasfemando su corto ánimo y diciéndole mil injurias, y al fin, que si no lo hacía, desde luego le privarían de la entrada en la sinagoga perpetuamente. Tobías, viendo que todos se habían vuelto contra él como unos demonios, y asimismo que le prometían mucho oro si condescendía con sus ruegos, temeroso de una parte y vencido de su interés por otra, dijo resuelto: «Ea, padres, yo cumpliré vuestros deseos, pero ya sabéis soy pobre, y que mi ejercicio no basta a que yo pueda vivir con descanso alguno; tengo muchos hijos, a ellos y a mí pongo en vuestras manos, y únicamente encomiendo.» Entonces todos alegres respondieron: «Cumple tú nuestros deseos trayéndonos este niño, que jamás te seremos ingratos; tú vivirás con descanso y tus hijos con grandes medros.» Alegre también el traidor, dijo a Samuel al punto: «Conviene que las puertas de tu casa todas estén abiertas con cuidado, para que ofreciéndose ocasión no haya tardanza alguna ni dificultad en mi entrada.» A la tarde salió de casa y comenzó a dar vueltas por toda la vecindad, y poco a poco se entró dentro de la ciudad hasta la plaza; volvía a mirar a una y otra parte por ver si alguno observaba su camino, y viendo que nadie en él reparaba aceleró el paso. Entró en la calle que llaman de las Fosas, y luego puso los ojos en un niño hermoso como el sol mismo, que estaba sentado y solo sobre el umbral de la puerta de su casa: su nombre era Simón, su edad dos años y cuatro meses: su belleza tanta que era en hermosura un ángel, sin que en todo él se hallase mácula alguna de imperfección que notar. Miró el traidor Judas a una y otra parte de la calle, y viendo que nadie le miraba se llegó al inocentísimo Isaac, y púsole con gran cariño un dedo en su tierna y delicada mano. El inocente y hermoso ángel le tomó el índice con su blanca manecita, y levantándose fué en seguimiento del traidor Judas, que lo vendía y llevaba con caricias y besos traidores al suplicio. Luego que hubieron pasado dos o tres casas, le tomó la mano y le puso sobre sus rodillas, haciéndole mil traidoras caricias; y dándole el infame beso de paz, lo engañó de suerte, que sin dificultad alguna lo llevó en sus infames brazos fuera del barrio. Entonces la inocente víctima, viéndose fuera de la calle de sus padres, en poder de un hombre que no conocía, comenzó a llorar tiernamente y a invocar el dulce nombre de su madre, que se llamaba María, porque en todo fuese semejante a Jesús, hasta en ser hijo de María. Sin ánimo quedó el traidor cuando oyó los llantos y tiernos gritos del niño, por juzgarse ya en manos de la justicia; mas reparando en que ninguno parecía, sacó un dinero con que engañó de nuevo y acalló al inocente ángel. Viendo el cruel verdugo que ya callaba el cordero, prosiguió su camino, hasta que reparó en un zapatero de viejo, que a su puerta estaba cosiendo: aquí perdió del todo el ánimo, juzgando se le había descubierto el hurto; mas viendo que el oficial sólo trataba en su trabajo, sin mirarle a él, aceleró el paso y entróse con el niño en casa de Samuel, donde alentó y recobró los casi perdidos espíritus vitales.

 

   Samuel, que esperaba como el tigre la caza, tomando al hermoso niño en brazos, se fué con él a la cama, donde le hizo mil traidoras caricias para ganarle la inocente voluntad y que callase. ¡Cuánta alegría ocupó los corazones de aquellos dragones fieros fácilmente se deja entender! Las fauces se les secaban de dar alegres aullidos sobre la cristiana sangre; y porque el tierno infante no extrañase los gritos y la nueva habitación, unos le daban uvas, otros manzanas, otros confites y otras mil cosillas, que de ordinario cuestan poco y agradan mucho a los niños; con que consiguieron que no llorase ni se extrañase, antes sí estuviese gozoso y alegre. Vino la noche; y como María echase menos su amada prenda, salió a buscarle entre las vecinas, donde solía entretenerse con otros de su edad inocente; mas como no le hallase, hiriendo sus pechos y moviendo a compasión las duras peñas con sus tiernas lágrimas, llamó a Andrés, su marido y padre del bendito inocente, y los dos dieron vuelta a toda la ciudad; pero en vano. Los niños inocentes, por cuyos labios de ordinario habla el Espíritu Santo, decían que sin duda se lo habían hurtado los judíos para crucificarlo aquella noche en oprobio y afrenta de Cristo, y así que entre aquellos perros enemigos de Jesús convenía buscarlo, y si no fuera ya noche y estuviesen cerradas las puertas de la ciudad, sin duda irían al barrio de los judíos a buscarlo; mas hubieron de volverse a su casa tristes y desconsolados por aquella noche, hasta esperar el siguiente día en que juzgaban hallar algún consuelo.

 

   Tiempo era ya en que la humana fatiga del primer descanso a sus pechos y cede al sueño todos sus cuidados, cuando aún los canes más vigilantes duermen y todo está en mudo silencio: entonces, pues, el cruel Moisés, con los demás traidores, infames y malvados judíos, tomando aquel inocente ángel que descuidado dormía, se fueron a la sinagoga, y sentándose en un escaño, puso sobre sus muslos la hermosísima cuanto inocente prenda, y rodeándole todos aquellos lobos carniceros, desnudaron la inmaculada víctima dejándola en carnes; y tomando Samuel un lienzo que tenía pendiente del cíngulo, rodeándole el cuello y garganta hermosa con él, embarazaba el aliento del hermosísimo ángel para que no llorase, de suerte que alguno pudiese oír sus dulces y tiernos sollozos: los demás le tenían los pies y manos. ¡Qué diligencias tan bárbaras para tan inocente cordero! De esta suerte, pues, estaba ya la inocente ofrenda hecha espectáculo triste al mundo, cuanto alegre al cielo que le esperaba, envidiándole los mismos ángeles y gozando Jesús de ver otro inmaculado cordero que le imitaba y seguía en la gloriosa pasión y muerte, cuando el desapiadado viejo Moisés sacó un templado cuchillo con que le cortó y abrió el capullo de aquella virginal flor, para que fuese por circuncidada más acepta la víctima: sacó luego unas tijeras y comenzó desde la tierna barba a abrirle la mejilla derecha, y cortando un pequeño pedazo de aquella virgen y santísima carne, le puso en una fuente o copa que tenía preparada para recoger la purpúrea rosa de su rojo carmín, que de las cristalinas fuentes que ya había abierto el verdugo infame corría, y los circunstantes recogían con grande anhelo y cuidado. Ibanse luego siguiendo por su orden y antigüedad cada uno de aquellos perversos judíos, y tomando las tijeras de la infernal y sacrílega mano del maldito viejo, cada uno hacía lo que él, cortando al ángel un pedacito de carne viva de aquella mejilla tierna, hasta que se la acabaron de cortar y quitar toda. Y si el que le había echado el lazo al cuello tal vez aflojaba un poco por temor de no ahogarle, para que el sacrificio fuese vivo y padeciese más aquel santísimo ángel, y por eso reconocían los otros que iba a llorar, le ponían a toda prisa las manos en el clavel de su tierna boca, y tan inocente que aún no sabía quejarse, temiendo no lo hiciese, de suerte que sin piedad lo ahogaban y sofocaban. ¡Oh crueles! ¡Oh infames! ¡Oh canes rabiosos! ¡Oh judíos perversos! ¿Qué hacéis? Ese ángel no abrirá la boca ni desplegará los labios contra vosotros; temed su inocente sangre, que cual la de Abel dará voces al cielo; no le tapéis la boca, dejadle que aliente siquiera y respire, que si habla alguna palabra será sólo la que le enseñó su Maestro y Redentor Jesucristo, y cederá en provecho vuestro, pues le pedirá os perdone porque no sabéis lo que os hacéis. Pero ya veo me canso en balde, que estáis tan obstinados y ciegos, que aún no queréis el perdón de vuestras execrandas maldades o infames culpas: castigo es bien merecido a tanta incredulidad como la vuestra.

 

   Hecha esta cruel y nunca oída función, tomó el infame viejo Moisés la pierna derecha del inocente mártir, y abriendo con el cuchillo de alto abajo la pantorrilla, tomó luego las tijeras y cortó un pedazo, y los demás hicieron lo mismo, como antes. Acabada esta crueldad, el endemoniado viejo levantó en alto al mártir de Jesucristo que ya estaba, como atormentado y desangrado, medio muerto, y si no lo estaba del todo era, sin duda, porque enamorado Jesús de verle así tratar por su nombre, le conservaba la inocente y delicada vida para aumentarle del martirio la corona. Pidió el viejo cruel, cabeza de tanta tiranía y crueldad, a Samuel que se sentase a su izquierda mano; hízolo así, y entre ambos levantaron al santo Simón en alto en forma de cruz, que ya que no habían prevenido cruz en que crucificarle, quisieron muriese en cruz crucificándole en sus infames manos. Después mandó a los circunstantes que con alfileres y agujas pasasen muchas veces aquel delicado cuerpecito. Hicieron todos una rueda, y prevenidos de alesnas, punzones, alfileres y agujas, comenzaron con rabia y furor infernal a pasar y agujerear aquella santísima carne, desde lo sumo de la delicada y tierna cabeza hasta la virginal planta del pie, sin dejar parte en tan delicado cuerpo que no hiciesen una criba. Hacían cuando así lo picaban grande algazara y fiesta, repitiendo todos:

 

   Tolle Jesse mina elle parichief elle passusen peg molen: que quiere decir: «Como a Jesús, Dios de los cristianos, que es nada, quitemos a éste cruelmente la vida: así nuestros enemigos los cristianos sean eternamente confundidos. »