lunes, 19 de octubre de 2026

Retrato escrito, que de San Pedro de Alcántara realizó Santa Teresa.

 



 

   ¡Qué perfecto imitador de Jesucristo nos acaba de deleitar Dios, llamando a la gloria a este bendito religioso, Pedro de Alcántara! Había conservado en todo su rigor la primitiva regla de santo y practicado esta penitencia de la que sólo podré relatar algunos rasgos.

 

   El mundo, se dice, ya no es capaz de alcanzar una perfección tan elevada; La salud es más débil y ya no estamos en tiempos del pasado. Este Santo era de este siglo, y su fervor masculino igualaba sin embargo al de tiempos antiguos; así sostuvo el mundo bajo sus pies. Pero sin llevar el despojo tan lejos como él, sin hacer penitencia tan amarga, hay varias cosas en las que, como he dicho muchas veces, podemos practicar el desprecio del mundo, y que Nuestro Señor nos da a conocer tan pronto como ve coraje en nosotros. ¡Qué grande debe haber sido que el Santo de quien hablo recibiera de Dios, para sostener durante cuarenta y siete años esta austera penitencia que hoy todos conocemos! He aquí algunos detalles que me gusta relatar, y cuya verdad conozco perfectamente; fue de su propia boca que las escuché con otra persona a la que poco ocultó.

 

   En cuanto a mí, debí esta apertura al cariño que él me tenía; Nuestro Señor se lo había dado para que pudiera defenderme y animarme en un momento en que su apoyo me era tan necesario, como hemos visto y veremos nuevamente en mi historia. Entre otras austeridades, había llevado durante veinte años un cilicio hecho de hojas de hojalata, sin quitárselo nunca. Había pasado cuarenta años sin dormir más de una hora y media al día; de todas sus mortificaciones, la que más le había costado al principio fue vencer el sueño; para ello siempre estaba de rodillas o de pie. El poco descanso que le permitía la naturaleza, lo tomaba sentado, con la cabeza apoyada en un trozo de madera fijado en la pared; si hubiera querido acostarse, no habría podido hacerlo, porque su celda, como sabemos, sólo medía cuatro pies y medio de largo. Durante todos estos años, nunca se cubrió con su capucha, por caliente que fuera el sol y por fuerte que lloviese. Nunca usó zapatos. Llevaba sólo una prenda tosca, sin nada más en su cuerpo; aun así esta prenda estaba lo más ajustada posible; y encima puso una pequeña capa de la misma tela. En el frío extremo lo abandonaba y dejaba abiertas la puerta y la pequeña ventana de su celda por un rato; luego los cerró, tomó nuevamente su manto, y ésta, nos dijo, era su manera de calentarse y darle un poco de alivio a su cuerpo. Era muy habitual que comiera sólo una vez en tres días; y como yo parecía sorprendida, me dijo que era muy fácil para cualquiera que se hubiera acostumbrado a ello. Uno de sus compañeros me aseguró que a veces pasaba ocho días sin comer nada. Esto debe haber sucedido, creo, en la oración y en esos grandes arrebatos en los que lo arrojaban los ardientes transportes de su amor por Dios; Yo misma lo vi una vez entrar en éxtasis. Su pobreza era extrema, y ​​estaba tan mortificado, ya desde su juventud, que me confió que había pasado tres años en una casa de su Orden sin conocer a ninguno de los religiosos, excepto de voz, porque él nunca miró hacia arriba; mortificando los ojos, de modo que no podría haber ido a los lugares donde la regla lo llamaba, si no hubiera seguido a los demás. Mantuvo esta misma modestia en las carreteras. Pasó varios años sin mirar nunca a las mujeres; pero me confesó que a la edad que había llegado le daba lo mismo verlas o no verlas; en verdad, ya era muy viejo cuando lo conocí, y su cuerpo estaba tan agotado que parecía estar hecho sólo de raíces de árboles. Con toda esta santidad, era muy afable; apenas hablaba excepto cuando lo interrogaban; pero la exactitud y la gracia de su mente dieron a sus palabras un encanto irresistible.

 

   Con gusto le contaría muchas otras particularidades, si no temiera, padre, que una digresión más larga suscitaría un reproche por su parte. Ni siquiera estuve exenta de este miedo al escribir lo que acabo de decir. Por tanto, sólo añadiré que este santo varón murió como había vivido, instruyendo y exhortando a sus hermanos. Cuando vio que se acercaba su término, recitó el salmo. Laetatus sum en su quœ dicta sunt mihi, y habiéndose arrodillado, expiró.

 

   Quiso el Señor en su bondad, que desde aquel día me asistiera aún más de lo que merecía durante su vida: recibí de él consejos en diversas circunstancias. Lo vi varias veces todo deslumbrando de gloria. Me dijo en la primera de estas apariciones: “¡Oh bendita penitencia que tan grande recompensa tiene para mí!” A estas palabras siguieron varias otras. Un año antes de su muerte, se me apareció, a pesar de la distancia que nos separaba, y supe que pronto nos lo quitarían. De esto se lo advertí escribiéndole en el lugar donde estaba, a algunas leguas de aquí. Cuando exhaló su último suspiro, se mostró ante mí y me dijo que iba a descansar. Ocho días después de esta visión, nos llegó la noticia de que había muerto, o mejor dicho, que había comenzado a vivir para siempre. ¡He aquí, pues, el fin de esta vida austera, una eternidad de gloria! Desde que está en el cielo me parece que me consuela mucho más que cuando estaba en la tierra.

 

   Nuestro Señor me dijo un día que nada le negaría a las almas, que pidieran en nombre de su siervo, a menos que Él mismo se lo concediera. Muchas veces le he pedido que presente mis peticiones al Señor y siempre las he visto concedidas. ¡Alabado sea, y alabanzas infinitas, a este Dios de bondad! Que así sea.

 

“Vida” de Santa Teresa, escrita por ella misma.

EL LENGUAJE DE LAS CAMPANAS – Foro Cervantes (Año 2010)

 



 

   Hola me llamo Luis:

 

   Nací y pasé mi infancia en un pequeño pueblo del norte de España tenía la categoría administrativa de “lugar”, según la placa en que figuraba su denominación, y recuerdo perfectamente “los sones informativos de las campanas.”

 

   El habitual era el toque de oración, se decía en realidad “tocar a oración”: sonaba desde la torre de la iglesia al atardecer, y era el indicador de que todos los chavales debíamos dejar los juegos y travesuras para recogernos en casa.

 

   Sobre los muertos, recuerdo que había al menos tres toques: “a agonía, ha muerto y a gloria. Significaban exactamente lo que parece. El último señalaba la muerte de un niño.”

 

   No puedo precisar ahora el formato concreto de los toques “la gramática campanil”, aunque eran ciertamente distintos, producidos por diferentes campanas y combinaciones de campanas.

 

   A mí, lo que me gustaba de verdad era “bandear”. A los pequeños no se les permitía subir a la torre, pues tenía cierto peligro el volteo de las campanas. Al llegar la adolescencia, el poder ir a bandear las campanas era uno de los ritos de iniciación.

 

   Pido disculpas por los recuerdos y nostalgias... Pero es que, si a los del pueblo de al lado se les llamaba “traperos”, y a los del de más allá “cebolleros”, a nosotros se nos apodaba “campaneros...”.

 

   Saludos muy cordiales para todos.

 

 

TOQUE DE AGONÍAS.

 

   Regulados estaban, como Dios manda, los repiques en festividades de primera clase y funciones con extraordinaria solemnidad. Y los repiques en funciones de media solemnidad y sin ella. También, naturalmente, los toques extraordinarios. Como los de jueves y sábado en la Semana Santa, el toque de misas cantadas de Adviento, el toque de misa de Ánimas cantada, el toque de clamores dobles para el Sagrado Viático, el toque de rogativa... Y el Toque de agonías.

 

   Con una de las campanas menores, cuya voz sea sonora sin ser ladina, se dan cinco campanadas muy pausadas si quien agoniza es mujer, seis si es hombre, siete si es sacerdote.

 

   Hola, soy Marcos:

 

   Anoche terminé la novela “El hereje de Miguel Delibes” y, al final, encontré la expresión “el toque de agonía”. Se trata del repique de las campanas ante el quemadero de la tarde del 21 de mayo de 1559. Así lo describe Miguel Delibes: “A la una empezaron a doblar las campanas. Toques lentos, de agonía. Fray Domingo ya le había hablado de ello. Todos los templos y conventos de la villa, que esa noche no dormía, convocaban a las misas de alma por los condenados. Las campanas habían venido a sustituir a los martillos, voces cambiantes pero igualmente ominosas y terribles.” ¡Terribles momentos!  ¡Terrible escarmiento! Y el lugar en el que estaban encerrados los protestantes se llamaba “la cárcel santa”. Una profunda tristeza se ha apoderado de mí aunque sé que los hechos pasaron en el año 1559.

Un abrazo.

 

Hola, Soy Marcela:

 

Tocan entredicho.

 

   Leo en la novela “Monja, casada, virgen y mártir” del escritor mexicano Vicente Rivapalcio, cuyo entramado se ubica en el siglo XVII: “...Eran las ocho de la noche y de repente se escuchó a lo lejos el clamor triste de las campanas de la catedral y luego el de todas las iglesias de la ciudad.

   — ¡Jesús nos ampare! – Exclamó el anciano religioso – cayendo de rodillas.

   — ¿Pues qué es eso, señor? –preguntó Blanca más pálida que un cadáver.

   — La maldición de Dios sobre esta ciudad desgraciada –contestó el religioso–. “Tocan entredicho.”

 

   Entiendo que “entredicho” es una especie de sentencia canónica pero no sé más. ¿Alguien podría ayudarme a esclarecer mi duda?

 

   Según el DRAE, entredicho es: Censura eclesiástica por la cual se prohíbe a ciertas personas o en determinados lugares el uso de los divinos oficios, la administración y recepción de algunos sacramentos y la sepultura eclesiástica. Por alguna razón, se le condenó a la ciudad a no recibir auxilios eclesiásticos de ningún tipo, algo similar a excomulgar a toda la ciudad.

DE LA LECTURA Y LA MEDITACIÓN — Por San Pedro de Alcántara.

 


 


   Se lee el tema sobre el que se meditará. Esto no debe hacerse con prisa ni superficialidad, sino con atención y serenidad; la mente debe esforzarse por comprender lo que lee, y la voluntad, aún más, por saborearlo.

 

   Cuando uno se encuentra con un misterio, una circunstancia o cualquier pasaje de la lectura que inspire devoción, debe detenerse un poco más para profundizar en él.

 

   La lectura no debe ser demasiado larga, para así disponer de más tiempo para la meditación; pues el beneficio que el alma obtiene de ella es mayor cuanto más examina y sopesa los asuntos, y cuanto más fervientemente se adhiere su voluntad a ellos.

 

   Sin embargo, cuando el corazón está distraído y no se puede entrar en meditación, entonces se debe dedicar un poco más de tiempo a la lectura, o mejor aún, combinar ambos ejercicios en uno solo: leer un punto y meditar sobre él, luego otro, meditando sobre él de la misma manera, y así sucesivamente.

 

   Las palabras de la lectura atan el entendimiento, y es más difícil que se disipe que si estuviera libre y sin restricciones.

 

   Sin embargo, lo mejor sería esforzarse por alejar estos pensamientos perturbadores, perseverar y luchar, como otro Jacob, toda la noche en la oración; pues, al final, la victoria corona esta noble lucha, y Nuestro Señor concede como recompensa la devoción, o alguna otra gracia aún mayor, sin negársela jamás a quienes luchan con fidelidad.

 

“TRATADO DE LA DEVOCIÓN”

sábado, 17 de octubre de 2026

DOMINGO TERCERO DE OCTUBRE. LA FIESTA DE LA PURIDAD O PUREZA DE LA SACRATÍSIMA VÍRGEN MARÍA.

 


 


“AÑO CRISTIANO”

1863 – Por el P. JUAN CROISSET. S. J.

 

   Comentario de Nicky Pío: Siguiendo esta antigua tradición, y otras posteriores, relacionada con la “Maternidad de María”. Por ello, en Argentina se celebra el tercer domingo de octubre “El día de las madres”.

 

   Desde sus más tiernos años dirigió Nuestra Señora todos sus pensamientos y deseos a consagrar enteramente al Señor su cuerpo y alma por medio de la perpétua virginidad. Sabía bien que cuanto poseyese esta virtud con más perfección, tanto más se asemejaría a su Dios que es la misma pureza por esencia. Este sacrificio fue tanto más generoso en ella, cuanto las mujeres estériles estaban marcadas con el sello de la ignominia. A Maria santísima no le importa nada esta nota del oprobio inherente al estado que escoge voluntariamente: contenta con hacerse agradable a los ojos de Dios, se hace superior a todas las ideas y preocupaciones de los hombres. Por eso, cuando el Ángel fué á anunciarla que ella habia de ser la Madre del Hijo del Altísimo, no aceptó esta dignidad suprema sin haberse bien asegurado que la maternidad divina no menoscabaría en lo más mínimo el voto de virginidad que habia hecho. ¡Qué virtud tan heróica! ¡Preferir la gloria de una virginidad sin mancha a la  dignidad de Madre de Dios, de Reina del cielo, de Señora del universo! ¡Oh corazon magnánimo! exclama san Bernardo, ¡Oh corazón más firme y estable que la tierra, más elevado que el cielo! Más a fin de que sepan todos los siglos cuán fiel es Dios en recompensar a los que le sirven, María será VÍRGEN Y MADRE a un mismo tiempo: será bendita entre todas las mujeres ; y será bendito el fruto de sus castas entrañas .

 

   Dos cosas se propuso Dios inspirando a María el voto de una virginidad inviolable: quiso que la Vírgen santísima le sirviese con toda la perfección de que era capaz, y que diese a la Iglesia el modelo más completo de una pureza sin mancha: quiso asimismo que María fuese la primera en presentar a los hombres este hermoso ejemplo de virginidad que debía dar al mundo tantos fieles imitadores. La Iglesia de Jesucristo, extendida por todo el universo, se vió bien pronto adornada con las brillantes virtudes de la continencia y de la virginidad, profesadas por un sinnúmero de personas que vivían en la tierra con la pureza que los Ángeles en el cielo. San Ambrosio, San Agustín, San Juan Crisóstomo y otros Padres, nos ofrecen hermosas y admirables pinturas de todos los pueblos de la cristiandad en los cuales brillaba la castidad y la pureza: en Asia, en Europa y en África, las ciudades y los desiertos estaban llenos de fieles que representaban en la tierra la pureza de los bienaventurados en el cielo. Y por cierto que a María somos deudores de este admirable prodigio; porque ella fue la primera que dió al mundo el ejemplo de perpétua virginidad, es decir, de una virtud desconocida en cierto modo de los hombres, de una virtud que tanto contribuye al ornamento y a la gloria de la Iglesia.

 

   A este fin la misma Iglesia, reconociendo esta sublime virtud que tanto realza la gloria de María, ha establecido y fijado para este día la festividad de su PURIDAD O PUREZA, con rezo y Misa propia; para que los fieles a más de obsequiarla con una especial veneración, recuerden, procuren y se esfuercen de todas veras en imitarla.

REFLEXIÓN DE UN NIÑO — El Faro de la Costa (Año 1936).

 



 

   Un niño pobre pero muy bueno frecuentaba una escuela católica, y un sujeto que se jactaba de ser descreído solía burlarse de Él. Un día viéndole descalzo y tiritando de frío, le dijo:

 

   — Tú comulgaste ayer y fuiste hoy a misa; si Dios te quiere tanto ¿por qué no le dices  que te ayude?

 

   El niño se quedó un momento en silencio y luego echándole una mirada mezcla de tristeza y ternura le respondió llorando:

 

   — Dios le dice a muchos que me ayuden, pero ninguno le hace caso.

 

   El caballero se sintió conmovido y respondió:

 

   — Tienes razón; perdóname niño, que no soy tan malo como parezco. Nuestro Señor nos ínsita interiormente a hacer el bien y los hombres no correspondemos a su gracia. Hace algún tiempo me lo está diciendo a mí, que te ayude. 

 

   A la salida de la escuela lo llevó a su casa, y viendo su miseria, lo socorrió generosamente.

SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE. Vidente del Sagrado Corazón. (1648-1690). 17 de octubre.

 



 

   Mensaje espiritual: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2).

 

   Fue para instituir y propagar el culto a su Sagrado Corazón que Jesucristo eligió, en el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial, a una devota sierva en Margarita María Alacoque: una de las glorias de Francia es haberla dado a luz.

 

   Advertida por la gracia divina desde su más tierna vida, concibió una idea tan vívida de la fealdad del pecado que la más mínima falta le resultaba insoportable; para detenerla en la vivacidad propia de su edad, bastaba con decirle: “¡Estás ofendiendo a Dios!”. Hizo voto de virginidad a una edad en la que aún no comprendía su significado.

 

   Se cuenta que, de niña, le encantaba rezar el Rosario, besando el suelo con cada Ave María. Tras su Primera Comunión, sintió un profundo disgusto por el mundo; Dios, para purificarla, la afligió con una enfermedad que le impidió caminar durante cuatro años, y atribuyó su recuperación a la Santísima Virgen, a cambio del voto que hizo de ingresar en una Orden dedicada a Ella. Una vez sana, olvidó su voto y, alegre, extrovertida y cariñosa, se entregó, no al pecado, sino a la disipación desmedida con sus compañeras.

 

   Nuevas pruebas la alejaron de las vanidades mundanas; las buenas obras, el cuidado de los pobres y la comunión fueron su consuelo. Finalmente, ingresó en el convento de la Visitación en Paray-le-Monial. Allí la esperaba Jesús para prepararla para su gran misión.

 

   El divino Esposo la formó a su imagen mediante el sacrificio, el rechazo y la humillación; la sostuvo en su angustia, haciéndole sentir que no podía hacer nada sin Él, pero sí todo con Él. «Vencer o morir» era el grito de guerra de esta gran alma.

 

   Cuando la víctima estuvo completamente purificada, Jesús se le apareció varias veces, mostrándole su Sagrado Corazón en su pecho abierto: «Mira», le dijo, «este Corazón que tanto ha amado a la humanidad y tan poco amado es a cambio». La inmensa expansión de la devoción al Sagrado Corazón surgió a raíz de estas revelaciones.

 

   La santa fue canonizada el 13 de mayo de 1920.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

REZANDO EL ROSARIO EN LA TRINCHERA.

 




REZANDO EL ROSARIO EN LA TRINCHERA.

 

   Relata un Sargento de religión católica, que había tomado parte en la primera guerra mundial:

   — Empiezo mi Rosario a media voz.

   Un soldado, que está a mi derecha, me pregunta:

   — ¿Qué está haciendo, sargento?

   — Estoy rezando amigo.

   Y mi compañero, a la izquierda, un profesor ateo dice:

   — Rece más fuerte aprovecharemos todos.

   Y todos los hombres de la trinchera aceptan diciendo:

   — Sí, sí, aprovecharemos.

   — Empiezo: «Por la señal de la Santa Cruz... y todos se signan, y rezo el Padre nuestro al cual todos contestan, y así sigo con el Avemaria… La voz de “los cañones acompañaban con singular fuerza nuestra oración. Las voces de aquellas almas revelaban sobrenatural emoción.

   Uno de los soldados me pregunto:

   — Habrá que seguir rezando después de la guerra también.

   Recordé las palabras de Job: “la vida del hombre sobre la tierra es una milicia”

   Por lo que respondí:

   — Soldado y amigo, la oración y la confianza en Dios nos mantienen valientes en las terribles fatigas y pruebas de esta vida. Piense en el Rosario cómo en su fusil, y en la Virgen maría cómo en la trinchera donde ahora se refugia. Y verá que aún entre el estruendo de los cañones, si en Dios confía, podrá dormir en paz, sin preocupación.

jueves, 15 de octubre de 2026

VISIÓN DEL INFIERNO DE SANTA TERESA.

 



 

   El lugar que el diablo me tenía preparado: Después de que el Señor me había concedido muchas de las gracias que he mencionado, y otras más, muy grandes, un día mientras estaba en oración, me encontré de repente, sin saber cómo, en el infierno. Entendí que el Señor quería que viera el lugar que los demonios me tenían preparado, y que yo había merecido por mis pecados. Todo ocurrió en un instante, pero aunque viviera muchos años, me parece imposible olvidarlo.

 

   Un lugar angosto y pestilente: La entrada me pareció un callejón muy largo y estrecho, como un horno bajo, oscuro y angosto. El suelo me parecía de un agua lodosa, muy sucia y de olor putrefacto, con muchas alimañas repugnantes. Al final había una cueva en la pared, como un armario empotrado, donde me sentí con gran opresión.

 

   El tormento físico y espiritual: Todo lo que había visto hasta entonces era agradable a la vista en comparación con lo que sentí allí. Y lo que voy a decir ahora, no importa cuánto lo intente, no puedo describirlo con exactitud. Sentí un fuego en el alma cuya naturaleza no puedo explicar. Los dolores corporales eran tan insoportables que, a pesar de haber pasado por otros muy graves en esta vida —los médicos decían que eran los más grandes que se podían soportar, ya que todos mis nervios se encogieron cuando me paralicé, además de muchos otros que he tenido, algunos causados por el demonio—, todo eso no es nada en comparación con lo que sentí allí, y con la idea de que ese dolor sería eterno y jamás cesaría.

 

   Desesperación del alma: Esto no es nada comparado con la agonía del alma: una opresión, un ahogo y una aflicción tan intensos, y con una desdicha tan desesperada y atormentada, que no sé cómo describirlo. Decir que es como si el alma se estuviera arrancando es poco, porque aquí parece que es uno mismo el que se despedaza. Lo cierto es que no sé cómo expresar aquel fuego interior y la desesperación que acompañan a tan graves tormentos y dolores. No veía quién me los daba, pero sentía que me quemaban y me hacían pedazos. Y repito, aquel fuego y desesperación interior es lo peor.

 

   Tinieblas y sufrimiento sin fin: Estando en un lugar tan pestilente, sin poder esperar consuelo, no había posibilidad de sentarse ni de acostarse; no había lugar, aunque me pusieron en ese agujero hecho en la pared. Porque esas paredes, de aspecto espantoso, aprietan por sí mismas y todo ahoga. No hay luz, solo tinieblas muy oscuras. No entiendo cómo es posible que, a pesar de no haber luz, se pueda ver todo lo que causa pena.

 

   El temor a volver: El Señor no quiso que viera más del infierno en ese momento. Después he tenido otra visión de cosas espantosas, de los castigos de algunos vicios. A la vista, me parecieron mucho más aterradores, pero como no sentía el dolor, no me causaron tanto temor. En esta visión, el Señor quiso que yo sintiera de verdad esos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo los estuviera sufriendo. No sé cómo fue, pero entendí que era una gran gracia, y que el Señor quería que viera con mis propios ojos de qué me había librado su misericordia. Porque no es lo mismo oírlo o haber pensado en los diferentes tormentos —aunque yo rara vez lo hacía por el miedo que me daban— que sentirlos. El infierno que he leído en los libros o el que se imagina, no es nada comparado con esta pena. En fin, es como un dibujo comparado con la realidad, y el fuego que sentimos aquí es muy poco comparado con el de allá.

 

   El beneficio de la visión: Quedé tan espantada, y todavía lo estoy al escribir esto —han pasado casi seis años—, que me parece que el calor natural me falta por el miedo que siento. No recuerdo ninguna vez que tenga problemas o dolores que no me parezca que son nada en comparación con lo que se puede sufrir allí. Así, me parece que nos quejamos sin motivo. Por eso, vuelvo a decir que fue una de las mayores gracias que el Señor me ha hecho, porque me ha ayudado mucho a perder el miedo a las tribulaciones de esta vida, a esforzarme a padecerlas y a dar gracias al Señor por haberme librado de males tan perpetuos y terribles.

 

   El deseo de salvar almas: Desde entonces, como digo, todo me parece fácil en comparación con un solo momento de lo que sufrí allí. Me asombra cómo, habiendo leído muchas veces libros donde se habla de las penas del infierno, no las temía ni las tomaba en serio. ¿Dónde estaba mi juicio? ¿Cómo podía algo darme descanso si me llevaba a tan mal lugar? ¡Seáis bendito, Dios mío, por siempre! ¡Cómo se ha evidenciado que me queríais mucho más a mí que yo misma! ¡Cuántas veces, Señor, me librasteis de una cárcel tan tenebrosa, y cómo yo volvía a meterme en ella contra vuestra voluntad!

 

   De aquí también surgió la grandísima pena que me da la gran cantidad de almas que se condenan, en especial la de los protestantes, ya que, por el bautismo, eran miembros de la Iglesia. Siento un gran impulso de ayudar a las almas, y me parece que, por librar a una sola de tan graves tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana. Si aquí vemos a una persona que queremos, en especial con un gran sufrimiento o dolor, la compasión nos mueve, y si es muy grande, nos oprime. Entonces, ¿quién podrá soportar ver a un alma en el tormento más grande, sin fin? No hay corazón que lo aguante sin una gran pena. Si aquí, sabiendo que el dolor terminará, nos mueve a compasión, ¡no sé cómo podemos estar tranquilos viendo tantas almas que el demonio se lleva consigo cada día!

 

   Precaución y ruego final: Esto también me hace desear que, en algo que tanto importa, no nos conformemos con menos de hacer todo lo que podamos de nuestra parte. No dejemos nada. Y ruego a Dios que se digne darnos gracia para ello.

 

   Cuando considero que, aunque era tan mala, me esforzaba por servir a Dios y no hacía algunas cosas que veo que la gente en el mundo hace sin pensar, y que pasaba grandes enfermedades con mucha paciencia, que me la daba el Señor; no era propensa a murmurar ni a hablar mal de nadie, ni me parece que pudiera desearle el mal a nadie. No era codiciosa, ni recuerdo haber sentido envidia al punto de ser una ofensa grave a Dios, y en otras cosas, aunque era tan indigna, siempre sentí un gran temor a Dios. Y, a pesar de todo, veo dónde me tenían ya los demonios acomodada, y es verdad que, según mis culpas, incluso me parece que merecía más castigo. Pero, aun así, digo que era un tormento terrible, y es peligroso que el alma se sienta satisfecha y tranquila cuando cae a cada paso en pecado mortal. Por el amor de Dios, apartémonos de las tentaciones, que el Señor nos ayudará como lo ha hecho conmigo. Ruego a Su Majestad que no me suelte de su mano para que yo no vuelva a caer, pues ya he visto a dónde he de ir a parar. Que el Señor no lo permita, por quien Su Majestad es, amén.

 

“Autobiografía de Santa Teresa de Ávila”

miércoles, 14 de octubre de 2026

EL SERAFÍN DE ÁVILA (Santa Teresa)

 



EL SERAFÍN DE ÁVILA

(Santa Teresa)

 

   De todas las ciudades de Castilla es quizá Ávila la que mejor conserva la fisonomía de sus días gloriosos; los muros almenados y flanqueados de torreones que la ciñen, hablan elocuentemente al viajero de las guerras medioevales, de cuando Ávila era el fuerte escudo de Castilla la Vieja y uno de los centros políticos más importantes del reino, solar de numerosos caballeros, ciudad temida de los tiranos, defensa de las públicas libertades, y en ocasiones tan levantisca como en aquella memorable en que se vio en su plaza mayor la degradación de la estatua de Enrique IV y el alzamiento al trono del infortunado infante D. Alfonso.

 

   Pero con ser tantos y tan insignes y brillantes los recuerdos militares y políticos de Ávila, palidecen y se apagan allí alado del gran recuerdo religioso del siglo XVI que ilumina la ciudad toda, y la embalsama como celestial perfume, y atrae de continuo a su recinto piadosos peregrinos de todas las partes del mundo culto. Franceses, italianos, alemanes y americanos del Sur, hombres ilustrados y devotos de la cristiandad entera, acuden a Ávila y van después a Alba de Tormes, siguiendo con entusiasmo las huellas de «Santa Teresa», aspirando con delicia la fragancia exquisita que dejó tras sí aquella virgen incomparable que pasó por la vida hace tres siglos, amando a Dios sobre todas las cosas y en Dios y por Dios a sus prójimos; contemplando los lugares que ennobleció y santificó con su presencia el serafín de Ávila.

 

   Y no es privativo de los católicos de Europa y América este sincero y profundo entusiasmo. Entre los grupos de peregrinos de Santa Teresa no es raro hallar protestantes ingleses que, allá en su tierra y en el seno de su secta, aprendieron la lengua castellana con el exclusivo fin de leer en el original las obras de la Doctora mística, como se cuenta de la reina Victoria; y tampoco faltan racionalistas ilustrados que se prosternan ante esos altares de Santa Teresa como ante un misterio de todo punto inexplicable para la ciencia humana.

 

   Porque tal es la impresión que en ellos produce la Santa, y también en nosotros inspira algo semejante. La contemplación de Santa Teresa Infunde en todo espíritu el sentimiento de estupor propio del prodigio.

 

   La devoción ardentísima, el místico arrobo en que pasó la mayor parte de sus días, la trama de meditaciones, visiones y éxtasis en que se desarrolló su vida interior parece que debieran haberse manifestado en su rostro, acciones y palabras por algo extraordinario y anormal, por esa exaltación cerebral y pasional que la Irreverente y necia ciencia moderna confunde lastimosamente con el desequilibrio de las enfermedades mentales.

 

   Pero no hubo nada de eso; Santa Teresa es la santa serena y llana por excelencia. Sus obras revelan la salud y el equilibrio físico y espiritual más perfecto. No hay en cuanto escribió el menor asomo de afectación en el sentir, ni de romanticismo en el expresarse. Sus páginas admirables están desprovistas en absoluto de retórica. Brilla en ellas adorable sinceridad, y esa llaneza que tan natural y castiza es en los castellanos. «Escribió de Dios dice el mejor crítico moderno (Menéndez y Pelayo), como en plática familiar de vieja castellana, y junto al fuego.»

 

   Por eso, únicamente los más rufianes escritorzuelos librepensadores se atreven a profanar la memoria de Santa Teresa, relacionando su mística elevación de espíritu con cosa que nada se parece, ni de lejos, a desarreglo nervioso, ni a enfermedad mental. Para todos los hombres serios, aunque tengan la desgracia de no ser católicos, es Santa Teresa un prodigio.

 

   Y ¡qué prodigio tan admirable! ¡Qué misterio tan hondo! Como mujer, como contemplativa, como mística, como fundadora de Orden religiosa, como reformadora y como escritora, llega el serafín del Carmelo al ápice de la perfección. Reuniendo todos esos elementos en una se la personalidad, el asombro que producen es inaudito.

 

   Nada tan interesante como su vida. Ella misma nos la ha contado en dos libros que son monumentos imperecederos de la literatura universal.

 

   La menor de las tres hijas de Alfonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada, vino a este mundo el 12 de Marzo de 1815. Educada cristianamente, dió muestras desde la niñez de lo que había de ser, andando el tiempo, en el orden de la santidad. Sublimemente graciosos son los episodios, tan conocidos, de sus coloquios espirituales y místicas aventuras con su hermanito Rodrigo. Su profesión, su vida de monja, su generoso propósito de reformar el Carmelo, la resolución con que acometió la empresa y la constancia e inteligencia con que la llevó a feliz término, presentes están en la memoria de todos los buenos españoles y de los católicos de todo el orbe.

 

   Su vida espiritual íntima aún parece más prodigiosa, y aún se presta más á hondas meditaciones. Por el amor de Dios, inflamada en este santísimo fuego del amor divino, Teresa de Jesús fué teóloga, filósofa, moralista; tuvo sorprendentes visiones, y mereció de Jesús los más regalados favores. Doctora fué, y como Doctora enseñó, enseña y enseñará la más sublime ciencia del espíritu hasta el fin de los tiempos.

 

   Como literata es realmente encantadora. Encontró manera de decir las cosas más altas, abstractas y difíciles con la mayor sencillez. Su estilo es cálido, comunicativo, persuasivo, selecto sin dejar de ser vulgar. Tenía gracia, lo que ponía a sus escritos el sello más simpático de la raza y nacionalidad españolas.

 

   Nadie le ha aventajado en el arte de pintar a maravilla con muy pocas palabras. Su retrato del físico de San Juan de la Cruz es una obra maestra; aquella cara formada de raíces de árboles tiene pocos semejantes en la literatura de ningún pueblo.

 

   Procuremos imitar a santa Teresa; adoctrinémonos en sus escritos, y pidámosle de continuo por la Iglesia Católica, por el género humano y por esta noble nación española que fué su patria, y a la que tanto amó ella en esta vida.

 

VÍCTOR.

(Apostolado de la prensa)

Año 1896.

 

EL ROSARIO EN LA FAMILIA, y ejemplo.

 



 

   La devoción a la Virgen María es el refugio seguro en el que la familia cristiana puede ampararse ante este diluvio de pecados y escándalos que abruma al mundo.

 

   ¡Recuperemos el Rosario en familia, el antiguo y amado Rosario, ante el oratorio familiar! ¡Cuántas bendiciones trae del cielo para padres e hijos! ¡Qué hora tan dulce, llena de consuelos y hermosos recuerdos! ¡El Rosario en la intimidad del hogar, uniendo corazones y atrayendo la bendición de la Madre de Dios sobre la familia!

 

   Santa Teresita escribe en las páginas de “Historia de un alma” que jamás olvidaría a su amado padre rezando fervientemente con sus hijos ante el oratorio familiar. El Rosario, la oración familiar, trajo a ese bendito hogar la gracia de dar a la Iglesia, a la santa más grande de los últimos tiempos, en palabras de Pío X.

 

   Muchos santos se formaron en la escuela del Rosario dentro de sus familias. El Cura de Ars, San Juan Bosco, O'Connell, Bossuet, aprendieron a rezar el Rosario… en sus familias, en las rodillas de madres piadosas. Es una escuela de educación y un gran catecismo vivo.

 

   El Rosario es un compendio de doctrina, es la Suma Teológica de los pequeños y los humildes, y también contiene las lecciones más sublimes para los sabios y los teólogos.

 

   Creo que la educación cristiana a través del Rosario constituiría un estudio hermoso, muy útil y práctico de la pedagogía catequética.

 

   ¡Ved, pues, madres cristianas, el valor del Rosario en la educación de los niños, y cuánta belleza se puede aprender y enseñar en la contemplación de los misterios del Rosario!

 

   El Rosario en familia es, por lo tanto:

   — Un vínculo de unidad.

   — Una fuente de bendición.

   — Un catecismo vivo.

   — Un arca de salvación en este diluvio de pecados y escándalos.

   — El medio más eficaz y poderoso para obtener la protección de la Virgen María para la familia.

 

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EJEMPLO: La Beata Blanca de Castilla y el Rosario.

 

   Uno de los modelos admirables de maternidad fue la Beata Blanca de Castilla, madre de San Luis, rey de Francia. Ella solía decir a sus hijos:

 

   “Sabes cuánto los quiero, pero prefiero ver a uno de mis hijos muerto a mis pies antes que ser culpable de un solo pecado mortal.”

 

   La oración favorita de esta santa madre era el Rosario. Lo aprendió del mismísimo Santo Domingo. Antes del nacimiento de San Luis, le había pedido a Dios un hijo digno del trono de Francia.

 

   El Santo Patriarca le aconsejó que rezara fervientemente el Rosario para obtener esta gracia. Y así lo hizo, pidiendo a toda la corte y a las almas piadosas que formaran un coro de Rosarios, implorando a la Santísima Virgen un heredero virtuoso y digno al trono de la patria. El 25 de abril de 1215, en el Palacio de Poissy, nació el tan anhelado hijo de Blanca. ¡Todos sabemos cuánta gloria trajo a la Iglesia y a Francia! Modelo para los reyes, conservó la inocencia del Bautismo y durante toda su vida firmó como Luis de Poissy, en homenaje a la ciudad donde recibió el Santo Bautismo, lo que lo convirtió en algo más que un heredero al trono de Francia: un heredero al cielo.

 

   Aprendió de su Santísima Madre a rezar el Rosario con fervor. Todos los sábados reunía a un gran número de pobres en su palacio, les lavaba humildemente los pies y les curaba las heridas. Después, rezaba el Rosario de María con ellos.

 

   Llevaba el rosario en las manos y a menudo lo llevaba alrededor de la cintura.

 

   Llegó al mundo gracias a las súplicas del Rosario, fue educado por su Madre en la meditación de los misterios del Rosario; vivió en tiempos en que el fervor de la predicación de Santo Domingo aún se sentía por doquier, ¿cómo no iba a ser un ferviente apóstol y devoto del Salterio de la Virgen? He aquí el fruto de la virtud y las oraciones de una santa Madre devota del Rosario de Nuestra Señora.

 

Monseñor Brandão Ascânio. El mes del Rosario. Año 1943.