miércoles, 4 de marzo de 2026

EL MENDIGO PENITENTE – Por el Apostolado de la Prensa. Año 1896.

 

   





   A la puerta de una de las más concurridas parroquias de Paris, se veía al fin del primer tercio de este siglo un mendigo que se distinguía de los demás por su aspecto y corteses maneras. Nadie sabía quién era ni de dónde había venido.

   Hacía más de veinte años que no faltaba ningún día en su puesto.

   Un día faltó, y faltó otro y otro;  no se le volvió a ver más.

   Todos supusieron que había muerto.

   Una noche, ya cerca del amanecer, fué llamado con premura a confesar a un moribundo un sacerdote joven que tenía fama de piadoso y caritativo. Acudió al momento adonde se le llamaba.




   Entró en una casa de buen aspecto, penetró en un lujoso salón, magníficamente amueblado, y en un rincón, en el suelo, en una miserable estera, vio un hombre casi con las ansias de la muerte, que le dijo con voz desfallecida:

   —Padre; me muero. He oído hablar de su gran piedad, y le suplico que escuche mi última confesión.

   —¿Ud. Es—interrumpió el sacerdote, arrodillándose al lado del enfermo—el mendigo que ha tantos años pedía limosna en la puerta de la parroquia?

   —Sí, señor—dijo el mendigo; —yo soy: y le asombrará a Ud. verme en esta habitación tan lujosa, que es mía. Óigame en confesión, pues me muero dentro de poco. Todo lo comprenderá Ud.

   Tomó aliento el mendigo, bebió un sorbo de agua y prosiguió, cogiendo la mano del confesor:

   —Soy un gran pecador, padre mío. Es poco decir un gran pecador: soy un malvado, soy un facineroso, para quien no sé si tendrá piedad la misericordia divina.

   —Dios —dijo el sacerdote— es todo misericordia, hijo mío; con tal que haya verdadero arrepentimiento, el perdón no se hace esperar.

   Pues bien—prosiguió el moribundo; —voy a confesarle mis crímenes. Hace más de treinta años estaba de criado al servicio de un gran señor que tenía cuatro hijos. Me quería como si fuese de la familia. Me había educado desde niño; alternaba con los suyos; me llenaron de beneficios... Déjeme un momento de respiro, pues creo que se me escapa el alma antes de terminar mi confesión.

   Pasaron unos breves momentos.

   —Padre—continuó el moribundo; —vino la Revolución del 93. Huyó mi señor al extranjero con su familia, llevándome consigo; se fiaban de mí como uno de los suyos. Se le confiscaron todos sus bienes y publicóse un edicto, ofreciendo al que denunciase al fugitivo una parte de sus bienes. Me tentó Satanás. Luché por algún tiempo, pero al fin me decidí. No tuve en cuenta el cariño que por tanto tiempo me habían mostrado; la educación que había recibido, lo mucho que me habían distinguido, la confianza que en mí habían depositado; nada: todo lo olvidé. La codicia pudo más que la gratitud. Cometiendo la más negra infamia, me presenté al comisario de la república, denuncié a mi amo, el cual fué preso con toda su familia. Los dos hijos mayores pudieron huir al poco tiempo; llevaron una vida errante y murieron miserablemente. Una gran cantidad y parte de su hacienda fué el premio de mi infamia, parecida a la de Judas. Mi señora murió de pena en la cárcel. El tercer hijo murió poco después, y del último, que era un niño, nada he sabido.... Dadme un poco de agua, que me ahoga el recuerdo de mis crímenes.

   —Animo, hijo mío,—dijo el confesor—vaya poco a poco, que Dios tiene siempre abiertos sus brazos para recibir al pecador arrepentido.

   —Después,—continuó con voz apagada el mendigo—después de muchos meses de cárcel, en donde mi señor padeció toda clase de martirios, fué conducido al mismo pueblo en donde había vivido tantos años y en donde había hecho tanto bien y socorrido con mano liberal tantas necesidades; y allí, frente a su castillo señorial, fué sentenciado a sufrir el último suplicio. Como tanto se le quería en la comarca, no se encontró un hombre, aun pagado a peso de oro, que quisiese servir de verdugo. Entonces, seducido por la cuantía de las ofertas, me presenté yo diciendo: «Aquí está el hombre que hace falta.» Y corté la cabeza a mi amo, a mi señor, a mi bienhechor, a mi segundo padre...

   El sacerdote levantó los ojos al cielo...

   — ¿Ve Ud. Padre mío, cómo siente Ud. repulsión hacia éste malvado?—exclamó con amargura el mendigo.

   —Perdonadme, hijo mío; ha sido un movimiento involuntario.

   Tomó aliento el moribundo, a quien por momentos se le escapaba la vida.

   — Y en pago de mi nefanda acción, se me dio la administración de los bienes de mi antiguo amo. En dos años reuní con el producto de mi administración lo bastante para conseguir toda su hacienda, y me encontré hecho un rico propietario, fruto de mis felonías. No me remordía la conciencia, la tenía cerrada a todo sentimiento generoso... ¡Me doy asco, padre mío! ¿No siente Ud. también asco de mí?

   — ¡Proseguid, hijo mío! Dios es misericordioso—contestó únicamente el sacerdote.

   —No sé si me quedarán alientos para lo que resta, dijo el penitente, dejando caer la cabeza sobre el pecho. Como digo, el  hijo menor de mi señor desapareció, lo he buscado y no lo he encontrado. ¡Ojalá lo encontrase! Yo entonces me vine a París.

   Cuando el imperio, compré esta casa, la amueblé con lo de mis señores, y a los dos años, la sombra de mis amos, el recuerdo de mis crímenes, se levantaron amenazadores ante mí, y me arrepentí de cuanto habla hecho. Ya no tenía remedio. Entonces tomé la resolución de dormir en esta estera, en medio del lujo que me rodea, y de no mantenerme sino de la caridad pública; y he vivido treinta años hecho un mendigo, pidiendo limosna, sin tocar nada de mis rentas ni de lo que poseo de mis señores, y esperando que la misericordia divina, en vista de mi arrepentimiento, me perdonará mis grandes crímenes.

  Hizo una gran pausa el moribundo.

   —En estos treinta años, he tenido siempre presente, siempre ante mí vista el retrato de mi antiguo amo, a quien denuncie, a quien vendí, y a quien asesine. Corred, padre, esa cortina que cubre su retrato, para que pueda pedirle perdón por última vez.

   Se levantó el sacerdote, descorrió la cortina que se le indicaba, y... un grito de angustia, de indignación, de horror, se escapó de su garganta...




   — ¡Mi padre!—exclamó, y se dirigió en actitud terrible hacia el moribundo...

   — ¡Su padre! ¡El hijo de mi señor! ¡Eduardo!...—rugió, más bien que gritó el mendigo. Y con ojos desencajados, crispadas las manos, demudado el semblante, presa de temblor convulsivo, se quedaron mirando frente a frente, confesor y penitente, víctima y verdugo.

   — ¡El hijo de mi amo!—volvió a decir con voz ronca el asesino tapándose el rostro con las manos.

   — Si, el hijo de tu amo, ladrón, Judas, asesino, verdugo; el hijo de tu señor, que te pide cuenta de su sangre derramada, de sus bienes robados...

  — ¡Perdón!—gritó el mendigo, extendiendo los brazos, y casi ya en la agonía. —Si me decís que Dios perdona al que se arrepiente, ¿cómo vos no me perdonáis...?

   Una gran reacción se operó súbitamente en el sacerdote. Corrió lentamente la cortina del retrato, y se arrodilló otra vez al lado del penitente.






   —Perdonadme, hijo mío—díjole con voz entrecortada por los sollozos; —perdonadme las involuntarias palabras que el recuerdo de mis dolores me ha hecho proferir. Lo pasado pasó para no volver. Aquí no hay más que un penitente y un sacerdote, un arrepentido y un confesor. Lo que fué, ha sido ya; —añadió pasándose la mano por la frente para enjugarse el sudor.

   —Padre, — gimió con apagada voz el moribundo,—¿creéis que el Señor me perdonará?

   — Si, hijo mío; si tenéis verdadero arrepentimiento, el Señor tendrá misericordia de vos.

   — Y vos, padre mío, —añadió derramando dos lágrimas, que como dos gotas de plomo derretido cayeron en la mano del confesor; — ¿me perdonáis?

   —Que Dios os perdone como yo os perdono—dijo el sacerdote elevando al cielo los ojos y absolviendo a su verdugo.

   La cabeza del mendigo cayó pesadamente sobre la estera. Estaba muerto.

 

   MARTÍNEZ LOZANO.

   Ilustraciones de F. AVRIAL.

domingo, 1 de marzo de 2026

LA MANTA DEL ABUELO.

 



   —Padre, si echa usted al abuelo no le dé entera la manta; saque usted el cuchillo y córtela, que con la mitad le basta.

   —Ten compasión, hijo mío; mira que la manta está vieja y mala...

   —No importa, padre, no importa, que con la mitad le basta.

   —Pero...

   — ¿Y la mitad restante?

   — Téngala usted bien guardada, para cuando sea usted abuelo... Por si su hijo lo despacha.

 

   Lloró abrazándolo el padre, y el abuelo quedó en casa.

   Más no espere buenos frutos, quien da malas enseñanzas.

 

   E. SOLANA.

FRUTOS DEL BUEN ÁRBOL.

 



 

   Un pobre negro, llamado Tom, comprado en las costas del África, fué transportado a las Indias Occidentales. Abrazó el Cristianismo, y por su ordenada conducta mereció la confianza de su dueño.

   Un día quiso éste comprar una veintena de esclavos; y dirigiéndose en compañía del fiel Tom al mercado, ordenó eligiese los que, a su juicio, hablan de ser mejores obreros.

   Con sorpresa vio que Tom le presentó, entre los esclavos, a un viejo caduco, que decía era conveniente comprar; el amo rehusaba hacerlo, mas, vencido por las instancias del esclavo, acabó por comprarlo.

   Al regresar a los dominios de su principal, Tom no cesaba de prodigar al viejo los más solícitos cuidados, ya, llevándole a su cabaña, le hacía comer con él, ya cuando tenía frio le conducía al sol, asi como cuando le sofocaba el calor hacíale sentar a la sombra de los cocoteros; en una palabra, hacía todo lo que un hijo agradecido puede hacer por el mejor de los padres.

   Admirado el amo de cariño tan extraordinario, preguntó A. Tom:

   — ¿Es ese anciano tu padre?

   — No, señor; no es mi padre.

   — ¿Es tu hermano?

   — Tampoco es mi hermano.

   — ¿Es, acaso, alguno de tus parientes? Pues que no me parece posible tomes tan extraordinario cariño a un extraño.

   — No, mi amo, ni es pariente, ni aun amigo.

   — Explícame, pues, por qué te muestras tan solícito y cariñoso con él.

   — ¡Es mi enemigo! — respondió el esclavo; me vendió a los blancos en las costas de África; pero yo no puedo aborrecerle por que el Padre Misionero me ha dicho: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer: y si tiene sed, dale de beber.»

 

   Estos ejemplos de sublimidad moral, sólo la Iglesia católica puede presentarlos.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1895

 

   

LA FELICIDAD NO SE ENCUENTRA EN ESTA VIDA.

 



 

      ¡Yo quiero ser feliz! Aspiración natural de todo hombre.

   ¿Quién no desea ser feliz y deja de poner en práctica los medios que cree que conducen a ello? ¿Quién, cuando niño, no se ha empeñado en pisar la cabeza de su sombra, sin que jamás haya podido realizarlo?

   Así es la felicidad en esta vida: correr tras de un sombra sin poder nunca alcanzarla.

   —¡Yo quiero ser feliz!

   Y un ángel se apareció al que así exclamaba.

   —¿En qué crees—le dijo—que consiste la felicidad y pide lo que creas que la constituye.

   —Quiero ser rico.

   —Lo serás —dijo el ángel.

   Y al poco nadaba en riquezas el aspirante a feliz. Era tan rico como Lúculo y Creso. (Dos personajes tremendamente ricos y regalados a los placeres mundanos). Como Midas, que cuanto tocaba lo convertía en oro.

  —Ahora seré feliz —Se dijo. —¿Qué no se consigue con el dinero?

   Y comenzó a derrocharlo con profusión; gozó de cuantos placeres puede proporcionar el vil metal, rey del mundo; dispensó favores, hizo beneficios, socorrió necesitados; buscó agradecidos, y sólo encontró ingratitudes; y un hijo le salió malvado, otro se le murió joven; él estaba enfermo; la felicidad no acudía a su llamamiento; no se le llenaba el corazón; experimentaba siempre un vacío en su alma; no podía pisar la cabeza de la sombra.

   —¡No, no soy feliz! Indudablemente las riquezas no constituyen la felicidad; me equivoqué por completo.

   —Pues busquemos por otro camino —le dijo el ángel.

   —Tal vez en los honores encontraré lo que busco. Quiero tener todos cuantos pueden saciar lamas desmesurada ambición. Quiero ser Amán, Clito, Seyano, sin el fin trágico de todos ellos.

   Y llovieron sobre su persona toda clase de honores, y cruces, y distinciones, y empleos honoríficos, y ocupó puestos palaciegos, y fué el árbitro de su nación, y la paz y la guerra emanaban de su omnímoda voluntad.

   Y como ante Amán, todos doblaban el espinazo ante él. ¿Y fué feliz?... La sombra, siempre la sombra; corría y no la alcanzaba. Y unos decían: «El favor lo encumbró, no sus méritos.» Y aquellos a, quienes favorecía, murmuraban por lo bajo, diciendo: «¡Cómo lo hincha la soberbia!» Y no halló ningún amigo verdadero en quien confiarse, pues los que le adulaban por delante le despellejaban por detrás. Y la envidia y el odio le roían las entrañas. Y en medio de tanto favor, de tanto poder, de tantas honrras, se encontraba con el corazón vacío: no llenaban su alma aquellos favores de la fortuna.

   —No, no soy feliz —exclamó; —todo esto no me satisface; conozco que me falta otra cosa; entreveo un más allá que no encuentro. ¡Ay! ¡Indudablemente los honores no constituyen la felicidad que tanto ansío!

   —Bueno —dijo el ángel; —busquemos por otra parte.

   —¡Ah! ¡La ciencia! ¡La ciencia! Eso es más digno; tal vez ahí encuentre lo que busco.

   Y el ángel lo tocó con el extremo de una de sus alas, y le infundió el saber que poseían Platón y Aristóteles, Kermes y Salomón.

   —Ahora sí que seré feliz —se dijo.

   Pero, ¡ay!, se olvidó del árbol de la ciencia del Paraíso. Supo mucho, muchísimo; y cuanto más sabia, mis advertía que aún le quedaba más que saber. Se convenció de que la ciencia es una antorcha que no hace más que alumbrar la obscuridad de nuestra ignorancia. Como al doctor Fausto, la ciencia no le llenaba el vacío de su corazón. Lo supo todo, lo conoció todo, lo adivinó todo. Y el ansia de saber le aguijoneaba, y creía que, cuando supiera lo que deseaba saber, sería feliz, y veía con dolor que se quedaba tan vacío como antes. La ciencia que adquirió era una especie de hidropesía: cuanto más sabia, más ansiaba saber, porque lo que sabía no llenaba su corazón. Y advirtió que era muy amargo el fruto de la ciencia.

   —Ya serás feliz —díjole el ángel. —Ya lo sabrás todo.

   —Sí —contestó desesperado, con el mayor desaliento; —todo lo sé, menos dónde se halla la felicidad. Tengo sed, pero no encuentro el agua que me sacie. No me llena el corazón la ciencia. Tan vacío lo tengo como antes. Pido, y no recibo; llamo, y no se me abre; busco, y no encuentro: Deseo, y no realizo; aspiro, y no me satisfago. Y cuando el Criador ha puesto en nosotros esta aspiración incesante, es que también ha creado algo que la realice; porque hubiese sido muy injusto inspirándonos una necesidad imperiosa, y negándonos los medios de satisfacerla.

   —Dime, dime —gritó al ángel: —¿Dónde está ese más allá que nunca veo? ¿Dónde ese objeto deseado que llene mi corazón? ¿Es que la felicidad no se halla en esta vida?...

   —Tú lo has dicho —contestóle con dulzura el ángel. —Hace tiempo que se ha dicho: «Nadie es feliz antes de la muerte.» ¿Vives? Pues aún no eres feliz. Para ser feliz necesitas morir. La muerte es el único puente que conduce, o mejor dicho, que puede conducir a la eterna felicidad. He ahí por qué no la has encontrado en las tres grandes satisfacciones humanas: riquezas, honores, ciencia. Humo, sombra, vacío. Y es que como la patria del hombre no es la tierra; como la parte más noble del hombre—el alma—tiene un origen celeste, tiende a volver a su patria, el cielo. Y por eso no la llenan los objetos terrestres. La felicidad, para ser perfecta, ha de excluir el temor de perderse. Y viviendo en la tierra, en donde todo concluye, en donde no hay nada seguro, ¿cómo conseguirse la seguridad de no perder el bien adquirido? El hombre por su alma aspira a lo infinito: necesita, pues, un objeto infinito para llenarla. He aquí por qué sólo Dios puede ser el objeto de las aspiraciones del hombre. He aquí por qué sólo la posesión de Dios puede constituir su felicidad. Y cómo la posesión de Dios no puede tener lugar antes de la muerte, de aquí que en la tierra no puede el hombre llenar su corazón. Confórmate aquí con la voluntad divina; aspira mientras vivas a unirte al que te dio la vida, y después de la muerte, no antes, conseguirás la eterna, completa y perfecta felicidad, si en tu vida y en tu muerte has obrado como cristiano.

   Y, dichas estas palabras, el ángel voló a las mansiones celestiales.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1895.

sábado, 28 de febrero de 2026

¡INÚTIL!


 

   

   «Soy un inútil», gime alguien en su lecho de enfermo, reducido a una dolorosa inacción. Quiere trabajar, quiere luchar como antes, y se encuentra atado de pies y manos a una cama, atrapado en la monotonía de una habitación.

 

   «Soy un inútil» Qué pensamiento tan atormentador  para el corazón de un apóstol, sediento de luchar por la salvación de las almas, contemplando la cosecha madura y… sin obreros. ¡Ah! No digamos « soy un inútil» cuando es la voluntad de Dios que suframos. Quizás todo nuestro trabajo fue inútil, sin vida interior, sin pureza de intención. Dios no nos necesita. Somos meros instrumentos en sus divinas manos. Y el instrumento puede ser robusto o débil, grande o pequeño. La salvación de las almas es una obra divina.

 

   En su lecho de enfermo, el apóstol puede salvar más almas con paciencia que con los sermones más brillantes.

 

   “Lo que glorifica a Dios”, dice san Alfonso, “no son nuestras obras, sino nuestra resignación y la conformidad de nuestra voluntad con la Voluntad de Dios”.

 

   El apostolado del sufrimiento, siendo el más oculto y doloroso, es también el más eficaz. Santa Teresita escribió a un misionero:

 

  “Hermano mío, Dios quiere establecer su Reino en las almas; mucho más a través del sufrimiento y la persecución que a través de una predicación brillante”  No eres inútil en la cruz de la enfermedad, oh no, buen apóstol; ¡estás estableciendo el Reino de Dios en las almas!

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

 

 

 

viernes, 27 de febrero de 2026

EL “MEMORARE” (ACORDAOS) — Por el Pbro. Dr. D. Miguel Pratmans. “El Catecismo en ejemplos” Año 1857.


 


   «Un criminal condenado a ser descuartizado vivo, no quería oír hablar de confesion; se dió esta noticia al padre Bernardo, llamado el pobre sacerdote, el cual al instante corrió a la cárcel. Se hizo acompañar al calabozo, saluda al prisionero, le abraza, le exhorta, le sugiere sentimientos de confianza, le amenaza con la cólera de Dios; mas nada le hace impresión. El criminal no se digna mirarle siquiera y parecía sordo a lo que se le decía. El confesor le ruega que quiera a lo menos rezar con él a una corta oración a la Santísima Vírgen, que él certificaba no haber jamás rezado sin obtener lo que quería. El prisionero, como por un gesto de desprecio, se negó a decirla; el padre Bernardo no deja de rezarla toda; mas viendo que el pecador obstinado no habia solamente querido abrir la boca, su caridad le enardece, su celo le inspira, y llevando a la boca del endurecido criminal un ejemplar de esta oración que tenía siempre consigo, se esfuerza en hacerla entrar, diciendo: ya que no la quieres decir, la comerás. El criminal mortificado no pudiendo defenderse de esta importunidad, prometió, a lo menos para librarse de ella, rezar la oración. Bernardo se pone de rodillas con él, vuelve a empezar la oración (memorare - acordaos), y el prisionero apenas hubo pronunciado las primeras palabras, cuando se sintió del todo mudado. Un torrente de lágrimas saltó de sus ojos, rogó al santo sacerdote que le diera tiempo de prepararse a la confesion; y como él se recordára de los extravíos de su vida en la amargura de su corazon, quedó tan conmovido de la vista de sus crímenes, y de la grandeza de las misericordias divinas, que en el mismo momento espiró de dolor, enseñando con su ejemplo cuan útil puede ser a los que la reclaman con confianza, la protección de aquella Madre, a quien la Iglesia llama, “el refugio de los pecadores”»

 

LEYENDAS DEL SANTO ROSARIO – LA VISIÓN


 


   Entre las leyendas de la época de Santo Domingo hay una que demuestra el poder de rezar el rosario.

 

   Un monje cartujo, ferviente devoto de la Reina del Santo Rosario, inmerso en oración, vio ante sí un trono alto y magnífico, sobre el cual se sentaba el Salvador del mundo, nuestro Señor Jesucristo. Su rostro estaba airado, y en su mano derecha, alzada, se veían flechas de fuego que pretendía lanzar a la tierra. De repente, la Santísima Virgen María se sitúa junto al trono y detiene la mano derecha, justamente airada, de su Hijo, implorándole:

    —Hijo mío, ten piedad de los pecadores, dales todavía tiempo para hacer digna penitencia.

   Pero el Señor respondió:

   —¿Acaso no soy la justicia misma? ¿Por qué, entonces, debería obstaculizar constantemente su curso natural? La iniquidad y el vicio reinan por doquier, y casi cada instante está lleno de maldad.

   Nuestra abogada respondió:

   —Sí, Tú, mi Dios y mi Hijo, eres la justicia misma, pero también la misericordia misma. ¿Y acaso tu misericordia no sobrepasa los cielos? No me negarás la gracia para con los pobres hijos de la tierra, pues está escrito: Cuando estés enojado, te acordarás de la misericordia.

   —«Es cierto», responde el Hijo de Dios.

   —«deseo la misericordia por encima de todo, pero casi nadie la pide, por eso triunfa la justicia».

   —Aunque la gente pide poco misericordia —nuestra Madre celestial intercediendo por nosotros, pide—, deseo fervientemente que se la concedas. Son débiles, miserables, su naturaleza tiende al mal desde su juventud; no pueden elevarse por sí mismos, ennoblecerse, sin la ayuda de la gracia. Pero me aman, me llaman «Madre de misericordia y gracia»; no puedo negarles nada; por eso, Hijo mío, escucha la humilde petición que te hago por ellos:

   —Sé que el mundo es una sola herida de pies a cabeza. Sé que Tu Esposa, la Iglesia, también tiene sus propios miembros contaminados, muertos a la gracia. Pero yo tengo a mis fieles siervos. A través de ellos, esparciré las gotas de mi gracia por el mundo como una medicina eficaz, y quien las reciba y las use según sea necesario sanará. Mira, uno de mis siervos, señalando al monje que tuvo esta visión, tiene la costumbre de recitar mi salterio completo, 15 Padrenuestros y 150 Avemarías, meditando en los misterios de Tu encarnación, nacimiento, vida y muerte, mis penas y alegrías, Tu resurrección. Por eso te ruego que quien recite devotamente estas oraciones y medite estos misterios, no se aparte del mundo por la muerte de los condenados, sino que quede libre de todos los peligros y escape de tu ira.

   Nuestro Rey y Señor, Jesucristo, aplacó los dardos ardientes de su justa ira, abrazó a su Madre y dijo:

   —«Me es imposible negarte nada, Madre mía, especialmente una petición tan acorde con el deseo de mi Corazón, cuyo anhelo es y siempre ha sido la salvación de las almas humanas. Todo aquel que obedezca dócilmente tus maternales consejos, cual siervo fiel, experimentará misericordia, gracia y vida eterna. Concede abundantemente todas las gracias según tu voluntad a tus hijos, quienes te alaban con el rezo del Rosario».


   Nuestra Madre, Reina del cielo y de la tierra, resplandecía de gratitud hacia su Hijo por esta nueva prueba de su amor por Ella. Se sentó Cristo en su trono, y los coros de ángeles y santos cantaron un canto de gloria, adoración y alegría.

 

Por la intercesión de María. Ejemplos de la protección de la Reina del Santo Rosario, reimpreso de los Anales del Misterioso Rosario (1898–1925)

 

 

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

EL JUDÍO Y EL PROTESTANTE SOBRE EL AYUNO – Por El Presbítero. D. Santiago Ojea y Márquez “Ley de Amor y Decálogo” Vol. II. Año 1898.


 

   Juntos en mesa redonda hallábanse en una casa de huéspedes varios comensales, y entre ellos se distinguían por su arrogancia un judío y un protestante, ambos jóvenes, de fácil palabra y de no pequeño descaro. Era tiempo de Cuaresma y la conversación recayó sobre el ayuno que impone la Iglesia Católica.

 

   —Señores—dijo el rabino,—yo cuando ayuno lo hago por gusto, por mostrar a las gentes que aún existen almas penitentes en el mundo, pues es lo cierto que el Señor nunca nos ha mandado por ninguna ley positiva que ayunemos.

 

   —Ciertamente—añadió el protestante,—Dios no exige a ninguna criatura racional que extenúe su cuerpo y que se atormente con el hambre. El ayuno es una práctica supersticiosa fundada en una idea falsa de la Divinidad, pues muchos se imaginan que Dios se complace en vernos padecer. Además, yo soy médico y afirmo que la privación de alimentos perjudica a la salud, disminuyendo nuestras fuerzas y haciéndonos incapaces para desempeñar las obligaciones que requieren vigor.

 

   —Falso, señor doctor—contestó un católico grave que se hallaba presente,—Dios no exige ni manda al hombre que ayune imprudentemente, con grave perjuicio de su salud, dando luego que hacer a los médicos como usted, sino que busca en todo la moderación de los alimentos del cuerpo, para bien de éste y del alma, y en verdad que los ayunos mitigados de ¡hoy no son para matar a nadie; tal es la indulgencia de la Iglesia, que llega casi al último extremo. Claramente lo expresó el grande San Gregorio en sus Morales (Homilía 30), diciendo: «Por la abstinencia han de ser extinguidos los vicios de la carne, pero no la carne. Es preciso que el hombre ejercite el arte del ayuno de tal suerte que aniquile los vicios del cuerpo, pero no el cuerpo mismo; pues muchas veces, mientras con la abstinencia perseguimos al enemigo, que es el vicio, quitamos la vida al ciudadano, a quien amamos, y en otras ocasiones, condescendiendo con los apetitos del ciudadano le damos fuerza para que pelee contra nosotros».

 

   —Usted, señor doctor, que habrá estudiado la historia de la filosofía, debe saber que los antiguos filósofos, cuáles fueron los sectarios de Pitágoras, de Platón, de Cenón y aun muchos epicúreos, han alabado y practicado la abstinencia y el ayuno, no por otra causa sino porque sabían por experiencia que el ayuno es un medio para domar y debilitar las pasiones rebeldes, y que los sufrimientos del cuerpo sirven para ejercitar la virtud o la fuerza del alma. A Sócrates le preguntaron en qué se diferenciaba él de otros hombres, y respondió: En que ellos viven para comer y yo como para vivir. ¿A quién se adhiere usted, señor doctor, á Sócrates o a Epicuro?

 

   No se funda el ayuno, amigo mío, en una falsa idea de la Divinidad, como usted atrevidamente ha dicho, pues así como a un médico no se le acusa de crueldad porque mande al enfermo dieta y otros remedios mortificativos, así tampoco Dios es cruel cuando manda a los pecadores mortificarse humillarse, padecer y ayunar.

 

   Para saber si el ayuno es perjudicial a la salud o nos deja incapaces para desempeñar nuestras obligaciones, basta ver si hay menos ancianos en la Trapa que entre los voluptuosos del siglo.

 

   Usted, como doctor en Medicina, podrá decirme: ¿quién llama más a los médicos, los que ayunan o los intemperantes? Oiga usted lo que ocurrió en París: «Un acreditado médico preguntó al P. Bourdaloue cuál era su régimen de vida, y como el religioso le contestara que sólo hacía una comida al día, replicó el médico: —Guardad secreto, señor, porque si se imitara vuestro ejemplo, quedaríamos sin clientela todos los médicos» (Blanchard.)

 

   Así se expresó aquel buen católico delante de gran concurrencia, y ni el judío ni el protestante supieron qué responder.

 

   Verdaderamente sus razones no tienen réplica, y para nosotros los cristianos, guiados por la fe, bástanos abrir las divinas Escrituras, en las cuales leemos éstas y otras análogas frases: Buena es la oración con ayuno, y mejor es la limosna que esconder los tesoros (Tob., XII, 8.) Convertíos a mí—dice el Señor—con ayuno, y con llanto, y con gemidos —(Joél., II, 12.) Y Cristo nuestro bien, exclamó: Este género de demonios no se lanza sino con la oración y el ayuno... Cuando ayunéis, no mostréis el rostro triste como los hipócritas... (Math., XVII, 20 y VI, 17.)

   Luego el ayuno es esencialmente bueno; siempre es un acto de virtud—dijo San León, —y con altísima sabiduría le prescribe la Iglesia en sus preceptos, diciendo: El cuarto, ayunar en los tiempos debidos. Ahora bien: ¿cuáles son estos tiempos, y a quiénes y cómo obliga el precepto del ayuno? Cuatro son los tiempos en que la Iglesia le preceptúa, a saber: En la Cuaresma, en las cuatro témporas, en las vigilias y en algunos días del Adviento.

“DIOS PREMIA AÚN LA LIMOSNA DADA DE MALA GANA” – Por el M .R. P. Fr. José Coll. “Clamores de Ultratumba – Año 1900”

 



   En la vida de San Juan el Limosnero, que Leoncio, obispo de Chipre, nos dejó escrita, se lee, que en aquella isla vivía un hombre no menos rico que avaro.

 

   «Cierto día que llegaba éste a su casa en ocasión en que le traían el pan, un pobre le pidió limosna con tan reiteradas instancias, que montando en cólera aquel rico lo llenó de injurias, concluyendo por arrojarle con furia a la cara uno de aquellos panes. Dos días después, cayó el rico gravemente enfermo, y en un sueño que tuvo parecióle que era presentado al tribunal divino, y que en una balanza pesaban los demonios sus malas obras: los Ángeles quisieron contrapesarlas cargando en la otra las buenas, pero no hallaron otra cosa más que aquel pan arrojado al pobre, que pesaba muy poco. A pesar de ello dijéronle aquellos bienaventurados espíritus, que por haber dado aquel pan, aunque de tan mala gana, Dios le permitía volver a la vida. Resucitó, o mejor despertó de aquel sueño, e hizo tal cambio de vida, que empleó toda su hacienda en obras de misericordia, llegando hasta la heroicidad de venderse a sí mismo por esclavo, para socorrer con el precio a los pobres, con lo que alcanzó una santidad esclarecida»

 

¡PASAD POR DEBAJO!


 


   Es el  Ángel del Carmelo (Santa Teresita) quien nos dará una lección sobre las dificultades de la vida. Hay almas a quienes todo les resulta difícil. Si se les presenta un obstáculo, se desaniman, quieren superarlo y no pueden, quieren superar las dificultades y les resulta imposible… ¡Y cuánto sufren!

 

   En una grave tentación, y con gran vergüenza, una novicia le dijo a Santa Teresita: “¡No puedo superar este obstáculo!”

 

   – La Santa respondió: Es porque querrías pasar por encima. ¡Es propio de las almas grandes volar por encima de las nubes cuando abajo ruge el trueno y ruge la tormenta! En cuanto a nosotras, contentémonos con “PASAR POR DEBAJO”, con humildad y paciencia.

   Por cierto, recuerdo esto que me ocurrió de niña: un día había un caballo a la entrada del jardín, bloqueando el paso. Mientras los transeúntes, observándome, discutían cómo mover al animal, pasé tranquilamente por debajo. Así de bueno es ser pequeño y que cada uno se mantenga en su pequeño tamaño.

 

   Con paciencia y humildad, permaneced siempre pequeños, como los niños pequeños, y cuando algún obstáculo de las dificultades de la vida os amenace o bloquee la puerta de la paz de vuestra alma, como Teresita, ¡rápidamente!... ¡Pasad por debajo!

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

 

 

¡Ofrecimiento de uno a María en este día!


 

   ¡Oh madre mía! ¡Oh Señora mía! Yo me ofrezco del todo a vos; y en prueba de mi filiar afecto, os consagro en este día mis ojos, mi lengua, mi corazón, en una palabra todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh Madre de bondad, guardadme y defendedme cómo cosa y posesión vuestra. Amén.