martes, 1 de septiembre de 2026

CONTRASTES

 




CONTRASTES

 

   ¡Qué hermosa es la vida a, los veinte años!

 

   El día de nuestra existencia se encuentra en su magnífica plenitud.

 

   El sol brilla radiante y espléndido en el cénit de nuestro horizonte, inundando de luz y colores las llanuras ilimitadas y azules por donde se dilata nuestra vista maravillosamente asombrada.

 

   Todo sonríe a nuestro alrededor, bajo nuestros pies, sobre nuestras cabezas... Se piensa en la gloria, se busca la dicha, se sueña, sobre todo, en el amor; el amor, aspiración suprema y bendita del alma, rayo de luz celestial que ilumina y embellece la vida. Se trazan proyectos seductores para el porvenir, que no es, a esa edad, más que un risueño paisaje que aparece allá a lo lejos, a través de fantásticos tules que le prestan nuevos encantos, nueva belleza, nueva poesía. Se estrechan las amistades, se hacen promesas de amor eterno, y la barquilla de nuestra vida va deslizándose suave y mansamente, entre rosas y cantares, por la superficie tranquila y azul de ese rio de floridas y risueñas márgenes que se llama el tiempo, sin sospechar siquiera, ¡Oh, quién piensa entonces en eso!, que ese rio va a desembocar irremisiblemente en el océano sin fondo ni riberas que se llama la eternidad...

 

   Pero los años van pasando y el sol descendiendo lentamente sobre nuestro horizonte... Cada vez son sus rayos menos brillantes, menos bellos... El paisaje va siendo cada vez menos risueño, sus tintas cada vez más pálidas, hasta que por último el sol comienza a hundirse, a hundirse en el horizonte, sin que nosotros podamos evitarlo. Ha llegado el crepúsculo vespertino de nuestra existencia, la vejez; y la vida entonces... ¡Oh! La vida entonces es buena, o es mala, según.

 

   La vejez, ordinariamente, suele ser un eco de la vida anterior, y el eco, ya se sabe, no repite más que lo que ha oído. De aquí el notable contraste que la vejez suele ofrecer en algunos individuos, y que yo, lector mío, voy a ofrecer a tu consideración, porque no perderás nada con ello, y tal vez, con la gracia de Dios nuestro Señor, ganaras mucho.

 

   Mira ese anciano encorvado por el peso de los años. Observa su ceño adusto, su mirada inquieta y recelosa... Más que la fatiga física propia de esa edad, parece que alguna otra fatiga más íntima, más grave y honda, le aqueja continuamente... Es un viejo incrédulo. Nunca creyó nada, ni cree actualmente; y, como no cree, tampoco espera... Su estado es verdaderamente horrible. Antes las pasiones, los múltiples placeres que el mundo le ofrecía, la ambición, los sueños de mundana gloria, la plenitud de la vida material, explicaban, aunque no disculparan, su escepticismo religioso; llenaban, a su manera, aquel corazón pequeño, y no le dejaban sentir la inmensa pesadumbre que nos ocasiona, aun a despecho nuestro muchas veces, la falta de fe religiosa. Pero ahora todo le abandona. Su falta de energías le impide ya gozar; el mundo, que antes lo adulaba, le cierra ahora sus puertas porque no ve en él más que una ruina, y el porvenir le cierra también todos sus horizontes, ¡Todos! porque la vida se le escapa rápidamente, y la fe, de que carece, no le muestra abiertos, tras del sepulcro, los del orden sobrenatural...

 

   No es un viejo venerable... Su familia, si la tiene y acaso le respeta, lo hace, más que por amor, por la fuerza, o por uno de esos afectos puramente naturales que difícilmente subsisten en tales circunstancias. Como no sembró, no recoge, o recoge, a lo sumo, lo poco que sembró. Algo de ese afecto que pudiéramos llamar material, y esto poco se lo dispensan asi en frío, en seco, sin ternura, sin amor; y esto no basta, no basta en esa edad.

 

   Mil y mil veces la gracia divina llamó con instancias a las puertas de aquel corazón, pero en balde. Siempre obtuvo la misma negativa.

 

   ¡Oh, Dios de mi alma, qué horrible desierto, qué yermo tan desconsolador es la vejez del incrédulo! ¡Qué abismo Insondable, qué espantosa negrura la del alma de un viejo sin Dios! Nada del pasado, nada del presente, nada, o, mejor dicho, algo, a pesar suyo, muy siniestro, muy pavoroso, muy terrible para el porvenir. Al lado de un hombre asi se siente frio y repulsión, porque las ruinas de la vejez no son bellas si no aparecen iluminadas por la luz de la fe y cubiertas por las hermosas flores de la esperanza.

 

   Por último, la muerte, la fría y descarnada muerte, se aproxima... Nada de Dios, nada de Sacramentos, nada de vida futura. La familia, atea también regularmente, como educada por él, le rodea tal vez de atenciones materiales, de excesivos cuidados, para aquel cuerpo que se desmorona, pero nada, nada para aquel alma inmortal... y si alguno, movido a compasión, quisiera hablarle de lo único que ya le importa, no se atreve, porque, o teme disgustarle, o cree fundadamente que sus esfuerzos han de resultar inútiles. El alma del viejo incrédulo lucha y forcejea por asirse a aquel cuerpo que no quiere abandonar. La eternidad, la terrible eternidad, de la que se burlaba en vida, le espanta ahora, y no quiere caer en ella; pero sus esfuerzos son inútiles. La muerte fría, impasible, le da su helado beso en el instante preciso decretado por Dios desde el participio, y el alma del viejo impío va a caer en las manos de Dios vivo, que la sentencia, como a todas, según sus obras.

 

   Pues vuelve ahora los ojos, y mira, lector, qué cuadro tan diverso se presenta ante ellos. Contempla a ese anciano de nevada cabellera, de frente noble y serena, de mirada dulce y apacible, que parece en su casa una bendición de Dios. Mira, agrupándose en torno suyo, ese movible racimo de cabecitas rubias y sonrientes que parecen al lado de la suya grave, reflexiva y serena, bellas auroras en torno de una tarde no menos bella... Es un viejo cristiano, que fué toda su vida cristiano viejo, y mira deslizarse plácidamente entre los suyos, formados según su corazón, los últimos años de su tranquila vejez. Es el abuelito, como todos, hasta los criados, le llaman amorosamente en la casa.

 

   Todos le respetan, todos le aman. Sus menores deseos son preceptos que a porfía se disputan en cumplir, y sus palabras, sus consejos que pronto ¡Ay! faltará, se recogen y guardan religiosamente en el corazón como un precioso tesoro.

 

   Su aspecto no, es antipático ni medroso, porque aunque aquella frente se inclina ya hacia la tierra, aparece dulcemente iluminada por los suaves resplandores del faro de las playas eternas que divisa en lontananza...

 

   Si alguna vez, allá en la edad de las pasiones, ofendió a Dios nuestro Señor, o si después en edad más avanzada se deslizó, más por flaqueza que por malicia, alguna imperfección en la práctica de la virtud, fué su contrición tan verdadera, tan sinceras sus lágrimas por aquellas faltas que lavó en el tribunal de la penitencia, que no es extraño que aquel alma naturalmente cristiana adquiriera, por la frecuente recepción de los Santos Sacramentos, el trato con los buenos y la práctica constante de todas las virtudes, la extraordinaria fortaleza que todos admiran en él y la asombrosa serenidad con que ve acercarse su última hora.

 

   Y cuando ese momento llega, él mismo se apresura a hacer venir al sacerdote; y como Dios no fué nunca un extraño en aquella casa, todos se apresuran a complacerle, y muere, al fin, después de recibir todos los auxilios de la Religión, fortalecido en aquel tremendo trance por la recepción del Santo Viático, rodeado del amor y las bendiciones de los suyos, a quienes exhorta por última vez a la práctica constante del bien, y es su muerte, en fin, tan dulce, tan envidiable, tan santa, qué confirma aquella encantadora expresión del Padre Faber: «¡Cuan bellas sois, puertas de la muerte! Vosotras sois el arco triunfal para las almas que Jesús ha redimido.»

 

TEÓFILO.

Año 1895.

 

 

 

 

EL POZAL FLORIDO (Cuento Catalán)

 




EL POZAL FLORIDO

(Cuento Catalán)

 

   Contaban los abuelos de mi tierra, que corría en aquellos tiempos entre Todos Santos y Manresa un famoso capitán de ladrones tan generoso, que lo más de lo que robaba lo repartía entre los pobres. Disponía sus robos con gran estrategia, como quien iba a tomar una fortaleza enemiga: y asi, burlaba siempre con tal arte la persecución de la justicia, que sus ministros nunca le pudieron prender y salían a veces completamente batidos.

   Gloriábase de ser buen cristiano, y como tal cumplía con los preceptos de la Iglesia, no queriendo pasar año sin confesarse. Y ¡Ay del confesor que se atreviese a negarle la absolución en caso de no querer dejar su oficio!, porque sin contemplaciones le quitaba la vida.

   Un año, cerca del cumplimiento Pascual se presentó a la portería de un convento pidiendo confesión.

   Salió el Prior; y cuando entendió que quien deseaba confesarse era el famoso capitán matador de los confesores que rehusaban absolverle, lleno de un miedo cerval se retiró, prometiéndolo que ya lo mandaría quien le confesara. En esto reunió al instante sus frailes y les contó el caso.

 

   —Padre Prior—dijo uno—si Vuestra Reverencia quiere, yo le confesaré.

   —Pero, hijo—repuso el Prior— ¿No ve Ud., que le matará?

   —No tenga Ud., miedo; yo me las compondré.

   Obtenida, pues, la licencia, se llevó al ladrón al confesonario, sentóse, y el penitente se arrodilló a sus pies. Cuando acabó éste de referir sus atroces culpas, le preguntó el fraile: ¿tiene Ud., algo, más de que acusarse?

   —No—contestó el ladrón, y sacó el puñal para clavárselo en caso de que se negara a darle la absolución.

   —¿Está, Ud., en ayunas?—añadió el fraile.

   —Bebí esta mañana un sorbón de anisete

   —dijo el penitente.

   —Bien está—le dijo el religioso. —Le impongo la penitencia de que medite Ud., por tres días esta máxima cristiana: ¡LO QUE NO QUIERAS PARA TI, NO QUIERAS PARA OTRO!, y después de bien rumiada, vuelva Ud., en ayunas, y recibida la absolución, podrá Ud., comulgar. Dìjole estas palabras con tal dulzura, y le chocó en tanto grado la penitencia impuesta, que, metido el puñal en su vaina, partió con ánimo de volver al día señalado.

   En todo el camino no hizo más que rumiar la máxima: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” Llegó pensativo a su cuadrilla, viéronle preocupado sus compañeros, pero no hicieron caso por creerse que proyectaba alguna buena partida.

   Aquel día no comió nada ni dijo palabra.

   Llegó la noche, y le preguntaron qué expedición tenia pensada.

   Contestó que no estaba para nadie y que le dejaran en paz.

   Era que en aquellas tinieblas veía por do quiera escritas con caracteres fulgurantes aquellas palabras: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” ¿Cómo he de ir a tomar lo ajeno, se decía, si no quiero que me quiten lo mío?

   Cuando sus compañeros le dejaron solo, eran tan violentos los remordimientos de su alma por los crímenes cometidos en tantos años como había sido capitán de ladrones, que no pudiendo sufrir su inquietud y malestar, al segundo día huyó y volvió al convento donde se había confesado. Llegó allí al rayar del alba, llamó a la puerta y preguntó por su confesor.

   —Ud.,—le dijo—me dio por penitencia que meditase el adagio: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro. Me es imposible cumplirla si persevero en mí empleo de ladrón.

   He aquí que quiero renunciar a ser un ladrón, y vengo a  pedir pues, que me acojan en el convento. Haré cuanto me manden, por un mendrugo de pan con que pasar la vida.

   Acogiólo el convento, y con los edificantes ejemplos de aquellos religiosos concibió tal aborrecimiento de sus espantosos delitos, que pidió hacer una confesión general de toda su vida.

   El confesor, aterrorizado de tan horrendos crímenes y maldades, dióle la absolución, y le despidió diciendo: Tan posible es que Dios te perdone, como que florezca el pozal de la cisterna.

   Se le metió tan en el alma esta expresión, que no pudo comer aquel día ni dormir en toda la noche. Al otro día por la mañana, al ver los fraile que el penitente no comparecía, llamaron a su celdita y no respondió; abriéronla con fuerza, y encontraron al ladrón muerto en tierra con las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Quién sabe si habia muerto de pena por sus gravísimos delitos?

   ¿Se habría salvado su alma? Un hermano fue aquella mañana a la cisterna en busca de agua, y encontró el pozal florido, embalsamando el ambiente con su aroma. Entonces el confesor recordó lo que habla dicho, sacando de aquí que por grandes que sean los pecados, todos se perdonan con una buena confesión hecha con verdadero arrepentimiento.

 

FRANCISCO  J. BUTIÑÁ. S. J.

Año 1894.

lunes, 31 de agosto de 2026

SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir. 31 de agosto. († 1250).

 


 

SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir. 

31 de agosto. († 1250).

 

   Niño monaguillo de San Miguel de la Seo de Zaragoza,  fue crucificado por los judíos en odio de la fe, para sacarle la sangre y sorberla en el rito nefando de su Pascua. (Misal  Propio de España 31 de Agosto)

   Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.

   Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. «Fue nuestro antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia. — El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres».

   Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.

   Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. Él fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.

   Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.

   La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.

 

EL MARTIRIO: EL RAPTO.

 

   Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.

   Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val. “Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio—, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber.”

   Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado “que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos”. Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: “Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia”.

   Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.

   Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

   Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.

   Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

   —Querido niño—le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo. —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no. —Acabemos pronto— dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.

   Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.

 

EL MARTIRIO: LOS HECHOS

 

   Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

 

   “Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche.”

   Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

   Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.

   Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.

   Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

   Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.

   Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.

   La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la historia no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: “Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos”. El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.

   “Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado.”

   Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.

   Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: “Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo”.

 

Por:

MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO

 

Visto en:

CATÓLICOS ALERTA.

sábado, 29 de agosto de 2026

LA SEÑAL DE LA CRUZ.

 




I

   Todas las tardes se reunían en aquel cafetín del puerto y en torno a la misma mesa grasienta, a beberse sus jarros de cerveza entre el humo de sus pipas de barro y viendo a través de los azulados vidrios de la puerta la boca de la dársena con sus dos faroles siempre salpicados de espuma y a veces tronchados como si fueran dos cañas por el embate de las olas; mataban el tiempo hasta el anochecer, en que se los veía atravesar el muelle rengueando en busca de la cena respectiva.

 

   Todos eran retirados de la Marina mercante; todos habían cruzado el Océano una porción de veces, y a todos se les habían cubierto de blanco las negras patillas, sobre la cubierta y en el puente de veleros y trasatlánticos, hasta el día en que las diversas Compañías, dándoles el canuto de la inutilidad por sus años y sus asmas, los habían convertido en unas boyas, como ellos decían en su pintoresco lenguaje del oficio.

 

   Dicho se está que no tenían otra conversación que los accidentes de su vida de a bordo, pasando revista sobre aquella mesa mugrienta, entre sorbo y sorbo de cerveza y bocanada de humo, a cuantos cada cual tenía apuntados en el cuaderno de bitácora de su memoria desde que se afiliaron como grumetes en un modesto bergantín hasta que llegaron a mandar un magnifico trasatlántico de la carrera de América o de Filipinas.

 

   Todos se sabían de corrida la historia de los demás, en la que a veces habían sido compañeros y colaboradores; pero no obstante, repetíanse a un día y otro con esa felicidad que significa el evocar las cosas del pasado para los que se sienten empujados ya hacia la muerte sin esperanza humana de retroceso.

 

II

   Aquella tarde la conversación giró sobre el «miedo», con motivo de cierto tribunal de honor formado a un capitán de cabotaje por sus camaradas.

 

   Y el Temerario, como todavía llamaban al anciano marino, achaparrado y cetrino, que por ser el más viejo presidía aquellas tardes de cerveza, pipas y recuerdos, el Temerario tomó en seguida la palabra.

 

   —El miedo es una cosa horrible, queridos— les dijo con el aire grave del que se confiesa; —horrible y casi imposible de vencer... Yo no lo he sentido más que una vez en mi vida, y aún me estremezco de recordarlo...

   —Pues eso no lo ha contado usted nunca.

   —Era yo—siguió, limpiándose los labios bañados de cerveza—segundo en un trasatlántico, cuando nos armaron en guerra en aquella tremenda campaña de las Colonias... Ya recordarán ustedes nuestro disgusto de que nos mandaran jefes de la Armada, no por nada, sino por ese puntillo de independencia que hemos tenido siempre los lobos de mar.

   Pues un día, hallándonos de estación en un puerto, nos cierran de repente la boca dos cruceros formidables, que apenas rayando el día empezaron a vomitar fuego contra nosotros que era lo que había que ver.

 

  A algunas millas teníamos algunos de nuestros barcos; era preciso avisarlos, y a tal fin recibo la orden de zarpar en un bote con cuatro números...

 

   Había que cruzar bajo el fuego enemigo, era ir a la muerte... Confieso que sentí un súbito terror, y me quedé clavado al recibir la orden.

 

   —¿En qué está usted pensando?—me preguntó sardónicamente el comandante, adivinando mi espanto... Él era uno de la Armada... yo un mercante.

  Echóse el bote al agua, y  por mis hombres…Señores, que lo juro: yo he sido siempre un buen cristiano, pero hasta entonces no supe, lo serio que de veras era el tener miedo... Para concluir, me santigüé nerviosamente, y...

   ¡Como he de morir! que aquella señal de la cruz me devolvió en el acto todo mi valor... Y luego dijeron que me había portado heroicamente.

   Y como si el recuerdo le conmoviera siempre, el viejo marino acabó de apurar su jarro un poco trémulo.

 

ALFONSO PÉREZ NIEVA; año 1911.

RESPIRA EN MÍ.

 


 


Oración de San Agustín; al  « Espíritu Santo»

 

Respira en mí

Oh Espíritu Santo,

Para que mis pensamientos

Puedan ser todos santos.

✠✠

Actúa en mí,

Oh Espíritu Santo,

Para que mi trabajo,

También pueda ser santo.

✠✠

Atrae mi corazón,

Oh Espíritu Santo,

Para que solo ame,

Lo que es santo.

✠✠

Fortaléceme,

Oh Espíritu Santo,

Para que defienda

Todo lo que es Santo.

✠✠

Guárdame, pues,

Oh Espíritu Santo,

Para que yo siempre,

Pueda ser santo.

 

 

DECAPITACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA — 29 de agosto.

 



 

   Ramo espiritual: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.” Mateo 28:18

 

   San Juan Bautista, inspirado por el Espíritu de Dios, se retiró al desierto para preservar mejor su inocencia y cultivar los dones extraordinarios con los que había sido dotado. Allí vivió, desde su infancia hasta los treinta años, en penitencia, oración y contemplación. A los treinta años, apareció en el mundo para predicar la penitencia y administrar el bautismo, que era su signo, y del cual recibió el nombre de Bautista.

 

   El Salvador mismo ya había recibido el bautismo de manos de Juan el Bautista, quien había dado el más glorioso testimonio del Cordero de Dios: «Ecce Agnus Dei, tollis peccata mundi»

 

   La vida del Santo Precursor se acercaba a su fin; solo le quedaba sellar con su sangre la divinidad de su misión. Herodes, gobernador de Galilea, llevaba una vida disoluta con Herodías, su cuñada; San Juan, en varias ocasiones, condenó enérgicamente tal escándalo; por lo tanto, Herodías buscó una oportunidad para vengarse.

 

   Desde hacía tres meses, el valiente defensor de la virtud estaba en prisión; pero esta venganza no bastaba para una mujer voluptuosa y cruel. Un día, cuando Herodes, para celebrar su cumpleaños, ofrecía un banquete a todos los nobles de su corte, Salomé, hija de Herodías, bailó ante el príncipe con tal gracia que Herodes juró concederle lo que pidiera, incluso la mitad de su reino. La joven salió corriendo a contarle a su madre la promesa que acababa de recibir: “¿Qué debo pedir?”, le dijo a Herodías. “Pide la cabeza de Juan el Bautista”, respondió la odiosa mujer. Salomé fue inmediatamente a anunciarle a Herodes la decisión que había tomado. Herodes era más corrupto que cruel; lamentó su promesa, le entristeció la petición; pero consideró una cuestión fatal de honor no romper su palabra ante todos los presentes, y envió a un guardia a cortar la cabeza de Juan el Bautista; Este guardia le presentó entonces la cabeza del mártir en una palangana a la princesa, quien inmediatamente fue a enseñársela a su madre. Cuando Jesús, que ya lo sabía por su divina sabiduría, llegó a conocer la noticia, manifestó una profunda tristeza.

 

   El crimen no quedó impune, pues Herodes, derrotado por sus enemigos, perdió su corona y pereció miserablemente. El final de Herodías y su hija no fue más feliz. Cabe destacar que la mayoría de quienes desempeñaron un papel atroz en los Evangelios sufrieron castigo por su impiedad y sus crímenes en vida.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

MEDITACIÓN SOBRE SAN JUAN, MÁRTIR DE LA CASTIDAD, DE LA CARIDAD Y DE LA VERDAD.

 



   Herodes, enviando un alabardero, ordenó traer la cabeza de Juan en una bandeja. (Marcos, 6, 27).

 

   I. San Juan vivió y murió de la castidad. Para conservar esta virtud angelical, dejó, a edad tierna, la casa de su padre, y se retiró al desierto, donde sujetó su cuerpo mediante continuas austeridades. Si comprendieses tú la belleza de esta virtud, la amarías e imitarías a San Juan. Pero, para conservar la castidad hay que huir del mundo, amar la soledad, practicar la mortificación. Si no puedes morir mártir de la castidad como San Juan, vive como él en inviolable castidad.

   Algo más grande es vivir en la castidad que morir por ella (Tertuliano).

 

   II. San Juan fue también mártir de la caridad. El celo que tenía por la salvación de las almas le hizo dejar la soledad, puesta la mira en convertir a Herodes. ¡Cuán feliz serías tú si pudieses, como el santo precursor, derramar tu sangre por la salvación del prójimo!

   Si no puedes imitarle, reza al menos por los pecadores, exhórtalos a penitencia, haz abundantes limosnas para obtener su conversión.

 

   III. San Juan fue también mártir de la verdad: reprochó intrépidamente a Herodes sus escandalosos desórdenes, y prefirió morir antes que traicionar la verdad. Aunque tuvieses que perder la vida nunca debes disfrazar tus sentimientos, ni tolerar el vicio por cobarde complacencia cuando tu deber sea corregirlo.

   Los hombres aman la verdad cuando ella los halaga, pero sienten aversión por ella cuando les reprende sus defectos (San Agustín).

 

Practicad la castidad.

Orad por las vírgenes.

 

   ORACIÓN: Haced, os lo suplicamos, Señor, que la piadosa solemnidad del bienaventurado Juan Bautista, vuestro precursor y mártir, nos obtenga gracias eficaces de salvación. Vos que, siendo Dios, vivís y reináis en unidad con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”