lunes, 3 de agosto de 2026

LOS ENAMORADOS DE LA MUERTE.

 




(Cuento – Reflexión)

 

I

   A fuerza de verse juntos la Muerte y el diablo, concluyeron por entrar en tratos convenientes a sus respectivos fines.

   —¡Comadre!—díjole el diablo, que iba cargado con un ricachón avaro para llevárselo a los infiernos.

   —¿Qué diablos quieres? No me detengas, que tengo mucho que deshacer.

   —A eso voy—replicó el diablo; y añadió: —Es cosa de dos palabras —

   Y diciendo esto dio con sus pezuñas un pataleo en tierra, abrióse en ella un boquete y por él arrojó a los infiernos al ricachón.

   —Es el caso que desde hace muchos años se puede con razón decir que no haces más que menear tu guadaña en provecho mío; eres una segadora a mi servicio, ¡Y vaya una cosecha! Raro es el muerto que no cae en mis garras.

   —Pues yo no lo hago para servirte; ¿Te está claro? Da lo mismo que se salven o se pierdan los necios de los hombres, de ello no soy responsable; aún digo más: hasta les concedo a veces un buen espacio de tiempo para que se dispongan a bien morir.

   —¡Eso! Pero ya me cuido yo de que no lo aprovechen. ¡Pero me da tanta pena verte a ti, con los años que tienes, que ya va fecha desde que después del pecado primero te nombraron para cortar las vidas hasta hoy; y lo que aún te queda de aquí hasta el día del juicio final!

   —¡Es verdad! Yo que doy a todo bicho viviente el descanso que por clasificación le corresponde, no puedo concederme a mí misma un momento de reposo... Y eso que son muchos los hombres que por sí mismos se me entregan sin que yo vaya a buscarlos.

   —Pues bien, yo vengo a ahorrarte trabajo; tengo nuevas invenciones: el automóvil, y con él he aumentado el número de insensatos; tranvías, puentes diabólicos, falsificadores de productos alimenticios y una infinita variedad de crímenes, envenenamientos y aparatos para que mueran a carretadas y sin auxilio, ningún auxilio espiritual.

   La Muerte quedóse por un momento pensativa, y después exclamó:

   —Ciertamente; todo eso te favorece mucho, y s, mi me hace gran servicio, pues por lo visto pronto serán muy pocos, muy pocos los que mueran de lo que se dice «muerte natural», pues como la locura va siendo dueña casi absoluta del mundo, los hombres harán cuantos disparates aquélla les impone, y tu industria marchará de maravillas.

   Y aquí, porque sin duda la Muerte se ocultó... ya nadie hablaba de ella en la tierra, y el caso era que cada día morían más personas, pero como si no... Ya no se hablaba de la muerte, ni nadie pensaba en ella, ni mucho menos había hombre que de la muerte hiciese motivo de meditación.

   Verdad que bien podía decirse que la gente se mataba, no que se moría. Y así era que vivían los hombres como si desconociesen el peligro de perder la vida y se considerasen eternos. Hasta llegaron algunos sabios a decir que ellos estaban a punto de encontrar la substancia con la cual... la humanidad viviría siempre, rejuveneciéndose a cada momento.

   No había ya quien, pensando en la muerte, procurara ser justo, ni quien queriendo conquistar la noble fama, aspirase a una muerte honrosa por su patria o religión... Por eso, hastiada la Muerte de este nuevo estado de cosas, pensando en su antigua historia, se puso un día a repasar sus grandes libros... donde tenía apuntado el destino de los hombres; halló que en un convento de frailes cartujos... que vivían en rudas penitencias, continuos ayunos y mortificaciones, hacía más de treinta años que no había muerto persona alguna.

   —¡No, si no se puede una descuidar!— 30 años dijo la Muerte.—He aquí una partidita que viene pasando para mí inadvertida quién sabe desde qué tiempo. ¡Claro, fiada en la afición a los automóviles y al sinnúmero de trampas inventadas por el diablo!...

   Aquí se van eternizando estos frailes, y esto me pone en ridículo. La comadre se dió en su amplio sudario, tomó su guadañaza y se encaminó al convento, apresurando el paso, como lo hubiera hecho un médico de los más afamados.

II

   Hallábase en el indicado convento, donde más de cuarenta religiosos estaban familiarizados con la idea de morir, el lego Gilito, como afectuosamente le habían denominado los labriegos ¡vecinos del convento, y que estaba con su cargo de demandadero tan satisfecho, que no se hubiera cambiado por el más opulento de los reyes.

 

   Así era que no había manera de hacerle entender que estaría muy en razón el que, sin aborrecer la vida, se apartase algo del amor extremado a ella, por mirar a la eterna bienaventuranza.

   Ya podían los buenos Padres decirle elevadísimos conceptos. Él no quería morir.

   —A ser posible—decía, —quisiera vivir siempre.

   —Mire, Hermano, qué manera más graciosa tiene de decirnos que ama la muerte, porque este es el modo de no morir jamás—le contestaba ingeniosamente el Hermano Ignacio, uno de los más penitentes y fervorosos frailes.

   —Vaya, que no, eso. Quiero vivir... la vida de allá será buena, pero no la conozco; ésta, mala y todo, no quiero perderla—replicaba.

   Así las cosas, llegó la Muerte al convento. Eran las altas horas de la noche, brillaba una hermosa luna, y la comadre, por no ser vista, saltando de sombra en sombra por todas las que los grandes árboles y espesos arbustos de la huerta proyectaban en el suelo... llegó al convento y se metió en un largo y sombrío claustro.

   Las llamas de las lámparas, que débilmente iluminaban aquel silencioso lugar, oscilaron al movimiento del aire agitado por el amplio sudario de la muerte, que iba caminando con paso acelerado.

   Detúvose ante la puerta de una celda y al fin penetró en ésta, infiltrándose por la madera. Allí había un anciano escribiendo.

   —Viejo eres; paréceme que ha llegado tu hora—pensó la Muerte; pero tuvo curiosidad por ver lo que el anciano escribía, y leyó:

 

   «La muerte ha de ser esperada como un beneficio del cielo; el hombre que desprecia la vida ofende al Señor, que se la ha dado; pero el hombre ha de agradecer el vivir, considerando la vida como medio para merecer la muerte, es decir, el camino de la verdadera vida.»

 

   —No, no ha llegado la última hora de este hombre—se dijo la Muerte; y salió rápidamente de la celda. Así, del modo mismo que había entrado en la primera se introdujo en la siguiente, y allí halló a un religioso, pálido, demacradísimo... tal, que la Muerte pudo creer que estaba ella ante un espejo.

   Arrodillado y orando, ceñido el cuerpo con áspero cilicio, oraba ante un crucifijo y decía:

 

   —Señor, no, no me des la muerte tan deseada... si crees que es necesario que antes permanezca en este destierro para llorar y llorar aún más mis muchos pecados y los de los hombres, mis hermanos, tan olvidados de tu misericordia y de sus eternos destinos.

 

   —Medio muerto parece éste... pero su fervor le sostiene con tal vida, que aun tampoco para él ha llegado la hora... —se dijo la Muerte.

   Y así fué en la otra, en la siguiente, y en todas las celdas, hallando hombres viejos, otros envejecidos por las penitencias, todos pensando y deseando la muerte... pero todos manteniéndose en la vida para el cumplimiento de una misión santa... de piedad, de caridad, de enseñanza, de defensa de la fe...

   Vivían pobremente, sin abrigo para sus cuerpos, sin gustos, sin comodidades, sin más que atentos al trabajo, a la mortificación y al estudio.

   La Muerte comprendió que todos allí eran necesarios en el mundo para regenerarle, para ennoblecerle, restableciendo el reconocimiento de la muerte.

   Cuando la Muerte salió del convento hallóse al diablo, que le dijo:

   —¿No sacas nada de tu visita a estos reaccionarios?

   —Como todos viven santa y sobriamente, según aconsejó San Pedro, no tengo por dónde hincarles el diente. Además, todos me esperan de continuo. El único que me aborrece es el hermano Gilito.

   —¿Y no te parece bastante motivo para llevártele? ¡Tienes la sangre de horchata! Míralo qué satisfecho y descuidado contempla el río desde el puente. ¡Al agua con él!

   Y, en efecto, desaparecieron en el agua el lego y la Muerte, y el diablo corrió tras ellos a ver lo que podía prometerse del juicio particular subsiguiente.

 

JOSÉ ZAHONERO.

“LA LECTURA DOMINICAL”

lunes, 27 de julio de 2026

EL SOLDADO EN TIEMPO DE GUERRA – Por Monseñor Segur.

 


 


I

 

   ¿Por qué es preciso que el soldado sea en tiempo de guerra un excelente cristiano?

 

   Porque arriesga su vida: ni más ni menos.

 

   El soldado tiene dos banderas, la del cielo y la de la tierra; y debe amar a las dos, sin olvidar jamás a la una por la otra. Sería hacerle una ofensa, sobre todo en tiempo de guerra, el recomendarle que fuera bien leal a la bandera de la patria; pero es hacerle un servicio y un servicio muy grande el exhortarle a que piense en su alma en medió de los azares de la guerra.

 

   Durante la guerra es preciso ser cristiano, más buen cristiano, si es posible, que durante la paz. Más que nunca es preciso respetar a sus jefes, desvivirse por ellos, obedecerles con fidelidad absoluta; más que nunca es preciso ser esclavo del deber. «Los mejores cristianos son los mejores soldados» decía un célebre capitán. Y despues cuando el alma, está en paz con Dios y por este lado nada hay que temer el soldado marcha hacia el enemigo sin recelo y ni la misma muerte le asusta. Para él todo es ganancia, si se salva, tiene la gloria, el ascenso, la cruz honorífica, la alegría del regreso; si sucumbe, tiene todavía otra cosa mejor, el cielo, la gloria verdadera, la felicidad que no tiene fin. ¿De qué queréis que tenga miedo un hombre semejante?

 

   Veamos pues en que consiste para el soldado en campaña, el ser cristiano.

 

   Ser cristiano no consiste solamente ir los domingos a la misa militar y cumplir ciertos actos exteriores de religión compatibles con el servicio; consiste en algo más, consiste en acordarse a menudo de Dios, en rezar con todo corazon muy a menudo y especialmente en las horas de facción, en las marchas y contramarchas, y en todos los otros momentos en que se está un poco más libre: consiste en tener arreglada su conciencia, por medio de una buena visitilla hecha al capellán o a algún otro sacerdote de las poblaciones por donde se pasa, y, una vez hecha la visita, guardar bien la pureza de conciencia que se ha obtenido; consiste en evitar cuidadosamente las faltas en que con más facilidad cae el soldado, tales como el blasfemar del santo nombre de Dios, el emborracharse, la rapiña, el robo, las palabras deshonestas, los pecados contra la pureza, la indisciplina, la desobediencia a los jefes los arrebatos de cólera y otras por el estilo.

 

   Ser cristiano, en tiempo de guerra, consiste además en portarse dignamente en país enemigo. Nada de pillaje, nada de brutalidades, nada de ultrajes a mujeres, niños y viejos; respeto a la religión, respeto a la propiedad y generosidad para con todos. Va en ello el honor cristiano y el honor patrio. El verdadero soldado no solamente sabe hacerse temer, sino que además sabe hacerse respetar y hacerse amar por todas partes por donde pasa.

 

   Ved ahí en lo que consiste el ser cristiano en tiempo de guerra. El valiente soldado que de esta manera se porta recibe la bendición de Dios; y si de improviso le viene la muerte, sabe que está convenientemente dispuesto a recibirla, y que puede estar seguro de la misericordia de su divino Juez.

 

“EL SOLDADO EN TIEMPO DE GUERRA”

MONSEÑOR SEGUR

Año 1872.

sábado, 25 de julio de 2026

¡SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA!

 



 

   Tal fué el grito de guerra de nuestros heroicos padres; el santo y seña de sus ejércitos invencibles; el lema que llevaban, no sólo en los labios, y escrito con letras de oro en sus banderas y estandartes, sino lo que vale más, grabado con indelebles caracteres en sus corazones.

 

   El Apóstol nos había traído la fe de Jesucristo pocos años después de la muerte del Redentor de los hombres. El fué el que oyó, de labios de Nuestra Señora, venida en carne mortal, y milagrosamente, a Zaragoza, la consoladora promesa, base de todas nuestras esperanzas patrióticas, de que la fe y el amor a Jesucristo no faltarían nunca de la tierra española. Nuestra nación no ha olvidado, ni olvidará jamás, aquella promesa; ni ha olvidado, ni olvidará jamás, al Apóstol por quien supo que el Hijo de Dios se había hecho carne, y sufrido pasión y muerte por los hombres; el Apóstol, que había recibido de labios de la Virgen sin mancilla la más sublime promesa que se ha hecho a ningún pueblo moderno.

 

   Santiago ha sido el intermediario de la alianza entre la Virgen María y la nación española, y expresión de esa alianza es la ley de Jesucristo, que por mandato del mismo Redentor predicó en nuestra patria. España se llamaría la tierra de Santiago, si no se llamase, y con justo título, la tierra de María Santísima.

 

   Guardamos hace muchos siglos el sepulcro del que fué nuestro Padre en la fe, el verdadero fundador de nuestra nacionalidad, porque fué el que escribió la constitución interna de nuestra patria, que es el mismo  Evangelio; guardamos en ese sepulcro sus sagradas reliquias, pero guardamos algo que vale más que sus restos, con ser éstos tan venerables... Guardamos la ley que nos dio, el Evangelio que nos predicó, el eterno espíritu que infiltró en el cuerpo de nuestra nación...

 

   Por eso, cuando la barbarie mahometana intentó descuajar el cristianismo en España; cuando quiso destruir la obra que había empezado Santiago, todas las almas españolas recordaron al Apóstol, todas las miradas se volvieron a su sepulcro, todos los corazones se elevaron a Él, pidiéndole que intercediese con Dios para que la obra suya no fuese arrasada... Como los israelitas, perseguidos por Antíoco, invocaban a Moisés, los españoles perseguidos por los descendientes de Ismael, invocaban a Santiago. ¡Santiago, Santiago!: tal fué el grito unánime detesta noble nación, que se levantó como un solo hombre para defender su fe y su libertad.

 

   Santiago infunde en nuestros guerreros el valor heroico que se necesita para pelear en la proporción de uno contra ciento. Si la suerte de las armas es adversa; si nuestros escuadrones cejan ante la feroz morisma; si las murallas de las ciudades caen, como castillos de naipes, ante el ariete del enemigo; si el implacable infiel siega con su corvo alfange las cabezas de nuestra juventud... ¡No importa! ¡Si hoy hemos perdido, mañana ganaremos! ¡Santiago, y cierra España!... ¡Adelante, adelante!

 

   Y gritando asi, recorre España el camino desde Covadonga hasta Granada, y no satisfecha, conquista luego gran parte de África, gran parte de Asia y Oceanía, lo mejor de Europa, y toda la América. Y siempre peleando por su Dios y por su patria, siempre luchando contra infieles y herejes, invocando siempre a Santiago, es constantemente vencedora, y no hay en el mundo poder que le resista, ni enemigos que no tiemblen ante ella, ni rivales que no se le humillen y dejen de prosternarse ante sus plantas.

 

   Nuestros reveses empezaron precisamente cuando nuestras empresas empezaron a ser más políticas que religiosas. Pero no miremos al infausto pasado ni al vergonzoso presente; consolémonos con la expectativa fortificante de un porvenir compensador... España volverá a ser grande: porque volverá a ser el pueblo escogido de la Nueva Alianza, el pueblo de Santiago.

 

APOSTOLADO DE LA PRENSA.

Año 1894.

miércoles, 22 de julio de 2026

VANIDAD DEL MUNDO.

 



   «Vanidad de vanidades, y todo es vanidad»; dice el Sabio. «Vi todo lo que se hace debajo del sol, y todo era vanidad».

 

   Con razón este mundo en la Escritura es llamado hipócrita, pues teniendo buena apariencia, es de dentro lleno de corrupción y vanidad. En estos bienes sensibles parece bueno, siendo, según verdad, lleno de falsedad y mentira.

 

   No pongas en su amor fija el áncora de tu corazón. Las verdes cañas alegran la vista, y los ojos se deleitan en su frescura y muestra de fuera; pero si las quiebras, hallarás dentro ser huecas y vanas.  No te engañe el mundo, ni se ceben tus ojos de esa verdura y hermosura que parece, porque, cierto, si quieres considerar lo que debajo está escondido, hallarás que es todo vanidad.

 

   Si el mundo con el cuchillo de la verdad fuere abierto, sería visto ser falso y vano. Porque cuanto hay en él es pasado, presente y futuro. Lo pasado ya no es; lo que está por venir es incierto, y lo presente es instable y momentáneo. Vanidad es esperar en él, y vanidad muy grande hacer caso de sus favores. Vanidad desear sus honras, y mayor vanidad amar sus riquezas y deleites.  Vanidad es querer sus bienes transitorios; y vanidad es, por cierto, tener cuenta con los corruptibles haberes de este siglo.

 

   Vanidad andar tras el viento de las alabanzas humanas... Pasan los días de la vida sin los echar de ver, andando la muerte en el alcance. ¿Qué tienes de cuanto has hecho? En los amigos no hallaste amistad: en aquellos a quien hiciste bien, hallaste ingratitud; y en los hombres, muchos engaños y cumplimientos.

 

   Pues mira cómo has perdido cuanto has hecho. Ese poco conocimiento de los hombres, y todas las cosas de que te quejas, te están diciendo que a sólo Dios debes amar y servir. Permite el Señor, para tu provecho, que halles desagradecimiento en el mundo, porque te vuelvas a sólo Él... Si bien consideras la ingratitud de los hombres, y que gastaste lo mejor de tu vida en los contentar, llorarás por el tiempo pasado y procurarás de servir a tu Criador en el tiempo por venir.

 

“EL TRATADO DE LA VANIDAD DEL MUNDO”

V. P. Fray Diego de San Cristóbal.

Año 1785.

martes, 21 de julio de 2026

EL CRISTIANISMO ES MILICIA.

 



 

   El cristiano está en el mundo, pero no es del mundo; el mundo es milicia. Y la Iglesia en este mundo, es militante. «No he venido a traer paz sino espada». Es la lucha de la Gracia contra la naturaleza caída por el pecado y contra las Puertas del infierno que, en lo individual y en lo social, intentan arrebatar a Cristo su cetro. Por esto, el cristiano, además del Bautismo que lo hace hijo de Dios, cuenta con la Confirmación que lo hace soldado de Cristo. Para luchar, si fuera necesario, hasta la total inmolación del martirio, máxima gloria a que podemos —y debemos—aspirar, y para la cual siempre hemos de estar dispuestos: «Os envío como ovejas en medio de lobos... os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán...»; «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán... esto os he dicho para que no os escandalicéis...».

 

   Paradoja esta la del martirio. Signo de contradicción como Aquel a quien por él se confiesa. Lejos de acabar con la Iglesia, la fortalece y vitaliza. Sangre de mártires, semilla de cristianos. Y de la persecución, constante histórica en la vida de la Iglesia —porque la predicción hecha a los Apóstoles es válida para todas las épocas— resurge Aquélla con nuevo temple y vigorizado espíritu. Paradoja también que los períodos de práctica fácil y cómoda produzcan con frecuencia, en lo humano, cristianos externamente apreciables, y pusilánimes, puesto que de la interioridad de tantas almas escogidas sería temeridad afirmarlo, en las almas vigorizadas por la Sangre de Cristo, no existe clima de tibieza poco conforme con la total entrega que ser cristiano supone.

 

   Téngase cuidado sin embargo en el superficial señuelo de sobrevalorar una situación de segura libertad para la Iglesia, estimando, en cambio, deseable un estado de persecución en el que, si hoy mártires hay, también verdugos, en el que si el Cristianismo se templa y acrisola es a trueque de males inconmensurables: «Es necesario que haya escándalo, pero, ay de aquel por quien los provoque». Ni se crea que la persecución y el hecho del martirio sean exigencia intrínseca o consustancial del Cristianismo, sino sólo necesidad extrínseca dimanante de la malicia humana, fácil tornavoz del «Non serviam» primitivo: «Si fuereis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, el mundo os aborrece». Tampoco que la persecución y el martirio sean directamente queridos por Dios para ser así glorificado en el testimonio de los mártires: Si de la persecución brotan, sazonadas y esplendentes, la suprema gloria del martirio y la reafirmación de la Fe, es sólo como efecto reflejo por obra de la Sabiduría infinita de Dios que, conjugando en su Providencia los actos libres humanos, buenos y malos, conduce inexorablemente la Historia a su último fin: la glorificación del Criador por la criatura en la medida que ésta, en su limitación, es capaz.

 

   Por esto, quizá, más que hacer mártires, hoy se pretende hacer apóstatas; o al menos, donde por existir una sólida tradición de Fe ello sería prematuro, se intenta paliar la radical oposición entre ser cristiano y ser del mundo, confundiendo las mentes y extraviando los ánimos con connivencias y transacciones que paulatina e insensiblemente agosten en el cristiano su espíritu de servicio y sujeción absolutos a Cristo, indefectiblemente unido a su Institución, la Iglesia «jerárquica».

 

   Mas, tampoco debe el cristiano vacilar en su fe ni desconfiar ante el martirio incruento que supone esta, por otra parte no del todo nueva, táctica: «Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos». Y las puertas del infierno no prevalecerán... Porque Cristo no edificó sobre arena, sino sobre la roca inconmovible de Pedro.

 

R. CRISTIANDAD – AÑO 1959.

lunes, 6 de julio de 2026

Requiescant in pace. Amen. — (Descansen en paz. Amén.)

 



 

   La imagen corresponde a una profecía de Ezequiel: Esto dice el Señor a esos huesos: «He aquí que yo infundiré en vosotros espíritu, y viviréis». — Cap. XXXVII.

 

   La muerte, esa gran catástrofe de la vida, que el débil teme y el valiente provoca, que el desgraciado llama como un remedio y el justo espera como un tránsito; esa deidad terrible que cubre su repugnante esqueleto con despojos de púrpura y sayales, laureles de héroes y cadenas de presidiarios, tiene también su día de fiesta. Día que, por lo general, amanece nublado, como si la tristeza de la tierra marchase acorde con la del cielo: el color ceniciento de las nubes, y sus caprichosas formas, recuerdan en sus flotantes pliegues un sudario, y en sus matices aplomados el contenido de una tumba.

 

   Los cementerios, lugares en que la muerte archiva sus trofeos, se alumbran en este día con luces de cera, se adornan con flores y coronas y se riegan con lágrimas.

 

   Este es el día de los recuerdos, y de ahí viene su tristeza; porque con razón se ha dicho que el recuerdo es un corrosivo, y el olvido un bálsamo. Pero, ¡cosa rara! El recuerdo que pone de continuo ante los ojos las sombras de los que en vida se amaron, es un corrosivo que el amor se complace en derramar sobre el corazón; y el olvido, que las disipa, las disuelve y pone empeño en alejarlas, es un bálsamo que tiene a la ingratitud por madre.

 

   La voz de las campanas, que en este día no repican alegres, sino que tristes lloran, no es el mero sonido de un bronce: es la voz del padre, de la madre, del hermano muerto, que viene a decirle al vivo: ¡Acuérdate! Que viene a decirle que la tumba está colocada en los confines de dos mundos; que las lágrimas que se derraman en el uno, resuenan en el otro como un consuelo; que las oraciones que en éste se pronuncian, sirven en aquél como un remedio. Voz angustiosa del que sufre y espera; voz triste del que pide a los vivos lo que tanto vale para los muertos: ¡un sufragio!

 

   Esta es la gran prerrogativa de la Iglesia católica, que, salvando el terrible escollo de la muerte, proporciona al amor la dicha de hacer bien por los que quiere, hasta más allá del sepulcro. ¡Creencia sublime, que si no fuera una verdad profunda, sería un magnífico consuelo, y que, sin embargo, encuentra quien la rechaza como absurda y estéril. Aquellos espíritus fuertes que sacuden el yugo de la religión porque les prohíbe sus vicios; aquellos materialistas que niegan la eternidad porque la temen, pasen las puertas de un cementerio.

 

   Pero no en ese día en que la multitud profana la soledad que la muerte escoge por compañía, sino cuando sólo reina allí el silencio de las tumbas; cuando sólo se oye el asqueroso roer de los gusanos, el triste susurro de los sauces que inunda el alma de melancolía, y el misterioso y peculiar de los cipreses, que parecen murmurar una plegaria.

 

   Una tapia baja le rodea: por encima de ella asoma unas veces un sauce inclinando al suelo sus ramas, como para llorar en la tierra; otras alza un ciprés las suyas, como para esperar en el cielo, y de trecho en trecho se levanta una cruz con los brazos abiertos, como ofreciendo su amparo. ¡Vosotros, los que no creéis, dejad las ilusiones en esa puerta en que el tiempo y la muerte cruzan sus guadañas, y que, siempre abierta, parece una boca que jamás se sacia y espera sin cesar nuevas víctimas!

 

   Pisad aquel polvo, en que cada grano formó parte de la vida; entre aquella multitud que, como dijo un poeta, está solitaria, porque allí nada supone el número; allí, donde la vista sólo descubre montones de huesos y desengaños de tumbas, que árboles y flores tratan de ocultar, consiguiendo sólo poner de relieve su horror; allí, donde todo se destruye y parece concluir, sentado sobre una tumba, y sólo con la muerte por testigo, es donde se siente en toda su pujanza la necesidad de la inmortalidad. Tienda el materialista la vista en derredor, mírese luego, medite después. — ¿Quién soy yo? dirá. —Máquina delicada que el más leve accidente descompone; montón de polvo que el más suave viento esparce; hinchado orgullo hoy, ¡vencida flaqueza mañana!... ¿De qué me sirve la ciencia, si no descubre el secreto de la vida, ni me hace esperar nada de la muerte? ¿De qué el talento, si mi cabeza ha de quedar reducida a una calavera pelada? ¿De qué el dinero, si todo el oro del mundo no logrará darme un día más de vida? ¿De qué la virtud, si el mismo polvo cubre aquí al veraz y al embustero, al ladrón y al robado, al asesino y a la víctima? ¿A qué sujeto mis pasiones, si la tierra no me consuela ni me premia?...

 

   ¡Qué vacío primero! ¡Qué desaliento después! ¡Qué desesperación más tarde! ¡Qué horrible furor, por último, que le lleva al suicidio!

 

   Pero levantad la venda a ese hombre que, al darse la muerte, sólo piensa volver a los elementos, a los átomos que lo formaron, y entonces sentirá ese hálito divino, ese soplo de vida que anima su materia organizada de carne, huesos, músculos y nervios: entonces exclamará con Pascal: «Soy una frágil caña; pero una caña pensadora.» Dirá con Newton: «El sol es mayor que yo; pero yo lo mido.» Y añadirá con Augusto Nicolás: «Conozco mi flaqueza, y el universo ignora su fuerza. Y he aquí que por esto solo soy superior a esta misma fuerza. Soy, en fin, la flor de los campos abierta a la mañana y seca a la tarde; pero tengo, como la flor, un perfume que, una vez marchita ésta, se va al cielo.

 

   Y si el demonio del orgullo le arrastra, como a Luzbel, demasiado lejos, entonces arrojará la vista en derredor y verá huesos, tumbas, desengaños, soberbia humillada, poderes que tiranizaron el mundo y caben ahora bajo una losa de mármol. Entonces sentirá ese terror saludable que hizo decir al P. Kempis: «Piensa en la muerte y te salvarás.» Y como las cosas humanas le parecerán perecederas, sabrá gozar sin disipación y sufrir sin abatimiento, desear sin inquietud y adquirir sin injusticia, poseer sin orgullo, y — lo que es más difícil a la débil condición humana — ¡perder sin dolor!

 

   No verá en la muerte un fin que aterra, sino un tránsito que consuela; no verá la vida que se acaba, sino la eternidad que empieza; y contemplando sin pavor las tumbas que le rodean, dirá, no con la fría calma del estoico, sino con la dulce esperanza del cristiano: Requiescant in pace.—Amén.

 

PADRE LUIS COLOMA S. J.

España – 1871

lunes, 29 de junio de 2026

LA ABUELA Y EL NIETO

 




 

   …Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam; et portac inferí non praevalebunt adversus eam.

 

—Cuéntame una historia, abuela.

—Allá en remotas edades

Junto al mar de Tiberíades

Habitaba un pescador.

Y era el pescador muy pobre

Según dice la leyenda,

Y era tosca su vivienda,

Y era rada su labor.

✠✠

Pero aunque pobre y astroso

Y mísero y pordiosero,

Como era un santo el barquero

Era amigo del buen Dios...

—Me gusta mucho esa historia

Pero el nombre del barquero...

—Tienes razón ¡qué memoria!

Era su nombre Simón.

✠✠

Una tarde en que afanoso

Los aparejos cosía,

Oyó una voz que decía

«Deja las redes, Simón.»

Y dejando los avíos

En la dársena el barquero,

Corrió obediente y ligero

Hacia aquel quo le llamó:

✠✠

—Y ¿quién le llamó, abuelita?

—Pues... un Rey muy poderoso;

Pero, ten paciencia, hermoso.

Ya verás lo que pasó.

Llegó Simón, y a sus plantas

Se postraba con fe pura;

Y la regia vestidura

Con sus lágrimas regó.

✠✠

«¿Me conoces?», el Rey dijo,

Y Simón le respondió:

«Tú eres Cristo, de Dios Hijo,

Tú mi Padre y mi Pastor.»

Nuevas lágrimas vertía

Al decir estas palabras;

Pero Cristo le decía:

«¡Cuan feliz eres, Simón!»

✠✠

Ni la carne, ni la sangre.

Ni del mundo la prudencia,

Te enseñaron esta ciencia,

Que hoy tu labio confesó.

Esa ciencia es flor divina,

Y es mi padre el jardinero:

Donde El siembra, ella germina,

Y en tu pecho la sembró.

✠✠

«¡Feliz tú, Simón Barjona!

Desde hoy eres mi Vicario;

Y mi cetro y mi corona

Y mi báculo y mi red,

Son ya escudo y timbre eterno

De tu imperio perdurable,

Y las puertas del infierno

Nada podrán contra él.»

✠✠

«Tú eres piedra y roca dura.

En la cual, como en cimiento,

Mi palabra te asegura

Que una Iglesia fundaré.

Y por ser tal piedra, PEDRO

Llamen ya a Simón Barjona:

Anda, Pedro; marcha a Roma:

Yo A tu lado allí estaré.»

✠✠

—¿Y qué hizo el pobre barquero

De sus redes y su avío?

—Lo dejó todo, hijo mío.

Por seguir su vocación.

Pues de Cristo el mandamiento

Desde entonces acatando.

Caminando, caminando

Hasta Roma caminó.

✠✠

—Y ¿qué hizo en Roma, abuelita?

—Anunciar la buena nueva,

Predicar la fe bendita,

Realizar prodigios mil.

Echar al mar proceloso

Del mundo la red divina,

Y apacentar cuidadoso

Las ovejas del redil.

✠✠

Ese redil, hijo mío,

Ocupa ya el mundo entero,

Y aquel humilde barquero

Es hoy Monarca inmortal.

Contra el cual enfurecido»

Los poderes del infierno,

Con encono sempiterno

Le combaten sin cesar.

✠✠

—¿Qué es lo que dices, abuela?

¿Aún vive Simón en Roma?

—No vive Simón Barjona;

Pero PEDRO vivo está...

Si vas, niño, al Vaticano

Y es la Fe tu compañera,

Al besar el pie a un anciano

«Tú eres Pedro», le dirás.

_______

 

CAMPAZAS.

(Año 1895)