CONTRASTES
¡Qué hermosa
es la vida a, los veinte años!
El día de nuestra existencia se encuentra en
su magnífica plenitud.
El sol brilla radiante y espléndido en el cénit
de nuestro horizonte, inundando de luz y colores las llanuras ilimitadas y
azules por donde se dilata nuestra vista maravillosamente asombrada.
Todo
sonríe a nuestro alrededor, bajo nuestros pies, sobre nuestras cabezas... Se
piensa en la gloria, se busca la dicha, se sueña, sobre todo, en el amor; el
amor, aspiración suprema y bendita del alma, rayo de luz celestial que ilumina
y embellece la vida. Se trazan proyectos seductores para el porvenir, que no
es, a esa edad, más que un risueño paisaje que aparece allá a lo lejos, a
través de fantásticos tules que le prestan nuevos encantos, nueva belleza,
nueva poesía. Se estrechan las amistades, se hacen promesas de amor eterno, y
la barquilla de nuestra vida va deslizándose suave y mansamente, entre rosas y cantares,
por la superficie tranquila y azul de ese rio de floridas y risueñas márgenes
que se llama el tiempo, sin sospechar siquiera, ¡Oh, quién piensa entonces en
eso!, que ese rio va a desembocar irremisiblemente en el océano sin fondo ni
riberas que se llama la eternidad...
Pero
los años van pasando y el sol descendiendo lentamente sobre nuestro
horizonte... Cada vez son sus rayos menos brillantes, menos bellos... El paisaje
va siendo cada vez menos risueño, sus tintas cada vez más pálidas, hasta que
por último el sol comienza a hundirse, a hundirse en el horizonte, sin que
nosotros podamos evitarlo. Ha llegado el crepúsculo vespertino de nuestra
existencia, la vejez; y la vida entonces... ¡Oh! La vida entonces es buena, o
es mala, según.
La vejez,
ordinariamente, suele ser un eco de la vida anterior, y el eco, ya se sabe, no repite
más que lo que ha oído. De aquí el notable contraste que la vejez suele ofrecer
en algunos individuos, y que yo, lector mío, voy a ofrecer a tu consideración,
porque no perderás nada con ello, y tal vez, con la gracia de Dios nuestro
Señor, ganaras mucho.
Mira
ese anciano encorvado por el peso de los años. Observa su ceño adusto, su
mirada inquieta y recelosa... Más que la fatiga física propia de esa edad,
parece que alguna otra fatiga más íntima, más grave y honda, le aqueja continuamente...
Es un viejo incrédulo. Nunca creyó nada, ni cree actualmente; y, como no cree,
tampoco espera... Su estado es verdaderamente horrible. Antes las pasiones, los
múltiples placeres que el mundo le ofrecía, la ambición, los sueños de mundana
gloria, la plenitud de la vida material, explicaban, aunque no disculparan, su
escepticismo religioso; llenaban, a su manera, aquel corazón pequeño, y no le
dejaban sentir la inmensa pesadumbre que nos ocasiona, aun a despecho nuestro
muchas veces, la falta de fe religiosa. Pero ahora todo le abandona. Su falta
de energías le impide ya gozar; el mundo, que antes lo adulaba, le cierra ahora
sus puertas porque no ve en él más que una ruina, y el porvenir le cierra
también todos sus horizontes, ¡Todos! porque la vida se le escapa rápidamente, y
la fe, de que carece, no le muestra abiertos, tras del sepulcro, los del orden
sobrenatural...
No es
un viejo venerable... Su familia, si la tiene y acaso le respeta, lo hace, más
que por amor, por la fuerza, o por uno de esos afectos puramente naturales que
difícilmente subsisten en tales circunstancias. Como no sembró, no recoge, o
recoge, a lo sumo, lo poco que sembró. Algo de ese afecto que pudiéramos llamar
material, y esto poco se lo dispensan asi en frío, en seco, sin ternura, sin
amor; y esto no basta, no basta en esa edad.
Mil y mil veces la gracia divina llamó con instancias
a las puertas de aquel corazón, pero en balde. Siempre obtuvo la misma
negativa.
¡Oh,
Dios de mi alma, qué horrible desierto, qué yermo tan desconsolador es la vejez
del incrédulo! ¡Qué abismo Insondable, qué espantosa negrura la del alma de un
viejo sin Dios! Nada del pasado, nada del presente, nada, o, mejor dicho, algo,
a pesar suyo, muy siniestro, muy pavoroso, muy terrible para el porvenir. Al lado
de un hombre asi se siente frio y repulsión, porque las ruinas de la vejez no son
bellas si no aparecen iluminadas por la luz de la fe y cubiertas por las
hermosas flores de la esperanza.
Por último,
la muerte, la fría y descarnada muerte, se aproxima... Nada de Dios, nada de Sacramentos,
nada de vida futura. La familia, atea también regularmente, como educada por
él, le rodea tal vez de atenciones materiales, de excesivos cuidados, para aquel
cuerpo que se desmorona, pero nada, nada para aquel alma inmortal... y si
alguno, movido a compasión, quisiera hablarle de lo único que ya le importa, no
se atreve, porque, o teme disgustarle, o cree fundadamente que sus esfuerzos
han de resultar inútiles. El alma del viejo incrédulo lucha y forcejea por
asirse a aquel cuerpo que no quiere abandonar. La eternidad, la terrible eternidad,
de la que se burlaba en vida, le espanta ahora, y no quiere caer en ella; pero
sus esfuerzos son inútiles. La muerte fría, impasible, le da su helado beso en
el instante preciso decretado por Dios desde el participio, y el alma del viejo
impío va a caer en las manos de Dios vivo, que la sentencia, como a todas,
según sus obras.
Pues
vuelve ahora los ojos, y mira, lector, qué cuadro tan diverso se presenta ante
ellos. Contempla a ese anciano de nevada cabellera, de frente noble y serena,
de mirada dulce y apacible, que parece en su casa una bendición de Dios. Mira,
agrupándose en torno suyo, ese movible racimo de cabecitas rubias y sonrientes
que parecen al lado de la suya grave, reflexiva y serena, bellas auroras en torno
de una tarde no menos bella... Es un viejo cristiano, que fué toda su vida cristiano
viejo, y mira deslizarse plácidamente entre los suyos, formados según su
corazón, los últimos años de su tranquila vejez. Es el abuelito, como todos,
hasta los criados, le llaman amorosamente en la casa.
Todos
le respetan, todos le aman. Sus menores deseos son preceptos que a porfía se
disputan en cumplir, y sus palabras, sus consejos que pronto ¡Ay! faltará, se
recogen y guardan religiosamente en el corazón como un precioso tesoro.
Su
aspecto no, es antipático ni medroso, porque aunque aquella frente se inclina
ya hacia la tierra, aparece dulcemente iluminada por los suaves resplandores
del faro de las playas eternas que divisa en lontananza...
Si
alguna vez, allá en la edad de las pasiones, ofendió a Dios nuestro Señor, o si
después en edad más avanzada se deslizó, más por flaqueza que por malicia,
alguna imperfección en la práctica de la virtud, fué su contrición tan
verdadera, tan sinceras sus lágrimas por aquellas faltas que lavó en el tribunal
de la penitencia, que no es extraño que aquel alma naturalmente cristiana
adquiriera, por la frecuente recepción de los Santos Sacramentos, el trato con
los buenos y la práctica constante de todas las virtudes, la extraordinaria
fortaleza que todos admiran en él y la asombrosa serenidad con que ve acercarse
su última hora.
Y
cuando ese momento llega, él mismo se apresura a hacer venir al sacerdote; y
como Dios no fué nunca un extraño en aquella casa, todos se apresuran a
complacerle, y muere, al fin, después de recibir todos los auxilios de la
Religión, fortalecido en aquel tremendo trance por la recepción del Santo Viático,
rodeado del amor y las bendiciones de los suyos, a quienes exhorta por última vez
a la práctica constante del bien, y es su muerte, en fin, tan dulce, tan
envidiable, tan santa, qué confirma aquella encantadora expresión del Padre
Faber: «¡Cuan bellas sois, puertas de la muerte! Vosotras sois el arco triunfal
para las almas que Jesús ha redimido.»
TEÓFILO.
Año
1895.