SAN
MIGUEL ARCÁNGEL
Dios
es criador del mundo visible y del invisible, y al conjuro de su palabra
nacieron todas las criaturas, y entre ellas innumerables espíritus buenos a
quien llamamos ángeles.
Los ángeles
eran buenos y felices, y estaban dotados de singularísimos dones, y especialmente
de la gracia santificante, pero dotados igualmente de libertad como puros
espíritus que eran; y no estando aún confirmados en gracia, en su mano estaba
el hacer buen uso o mal uso de los dones recibidos.
Y aquí
apunta la primera división que registra la historia, pues al paso que muchos
perseveraron en el buen camino, otros se rebelaron contra Dios, y a causa de su
pecado quedaron infelices.
Y en
el mismo momento los ángeles buenos fueron confirmados en gracia y los malos
arrojados a los profundos infiernos, donde les envió la justicia perfecta de
Dios Nuestro Señor.
Un día,
escribe el Águila de Pathmos (San Juan Evangelista), hubo un gran combate en el
cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón y los suyos, y estos
últimos fueron vencidos y sus sitios en el cielo quedaron vacíos... Fué
derribado aquel gran dragón, aquella antigua serpiente que se llama el diablo o
Satanás, y fué arrojado sobre la tierra y sus ángeles con él. Y oí del cielo una
gran voz que decía: «Ahora es cuando se ha otorgado al mundo la salvación,
cuando la virtud y el reinado de nuestro Dios y el poder de su Cristo quedan
establecidos para siempre; porque ha sido derribado ese acusador de nuestros
hermanos Cielos, regocijaos; saltad de alegría todos los que habitáis las moradas
celestiales; y tú, ¡Oh tierra!, y tú, ¡Oh mar!, llorad vuestra desgracia,
porque el diablo viene a vosotros lleno de gran cólera y sabe que tiene poco
tiempo para tentaros.»
Estas
palabras del Apocalipsis parece que son fundamento de la opinión de muchos
Padres de la Iglesia, que relacionan el pecado de los ángeles malos y la caída
de Luzbel con el misterio inefable de la Encarnación del Hijo de Dios, segunda
Persona de la Santísima Trinidad. Porque todos los escritores católicos
convienen en que el pecado de Lucifer fué de soberbia, la cual es principio de
todo pecado; pero no convienen en qué consistiese propiamente esta soberbia.
Y en
medio de estas dudas y presunciones es opinión bastante probable «que los
ángeles rebeldes, habiendo conocido por revelación la Encarnación futura del
Hijo de Dios y el deber que entonces les incumbía de adorar a Dios–Hombre, negaron
desde entonces al Altísimo la debida obediencia, por orgullo y por envidia de
que para aquella empresa se prefiriese la naturaleza humana (Gran Catecismo
Católico del P. José Deharbe, de la Compañia de Jesús).»
De ahí
arranca el odio feroz de los demonios contra Jesucristo y contra su Iglesia,
particularmente contra la purgante y la triunfante, porque ya nada puede su
rabia contra los justos que en el Purgatorio desean ardientemente ser
purificados de su culpa para gozar de la visión beatífica, ni contra sus
antiguos compañeros los ángeles buenos, y los bienaventurados mortales que por
gracia de Dios escalaron con sus méritos las sillas que dejaron abandonadas
Luzbel y sus cofrades.
Lo que
resulta fuera de toda duda es que el héroe de la jornada fué el Arcángel San
Miguel, el cual, representante de la causa del orden, tuvo la fortuna de
oponerse a la sedición que arrastró a una tercera parte de los habitantes del
cielo, al grito que es desde entonces santo y seña de los hijos de Dios, y lema
de todas las empresas grandes: ¿Quis ut Deus? ¿Quién como Dios? Desde aquel
momento Dios recompensó la fidelidad de Miguel y los suyos, haciéndoles
impecables y permitiéndoles contemplar de entonces para siempre la plenitud de
su gloria y la infinita belleza de su Esencia. Así nos lo asegura el mismo
Jesucristo por San Mateo, cuando condenando el escándalo conmina especialmente
con terribles penas a los que escandalizasen a los pequeños, «porque os hago
saber que sus ángeles en los cielos están siempre viendo la cara de mi Padre celestial
(San Mateo, cap. XVIII, vers. 10.)».
La devoción a San Miguel es popular en todo
el mundo, y por toda la haz de él se encuentran multitud de iglesias dedicadas al
caudillo de las milicias angélicas. El célebre intérprete Cornelio A Lápide,
exponiendo el Cap. XII del Apocalipsis, dice que «al fin del mundo San Miguel
con sus ángeles peleará contra Lucifer y sus huestes infernales, y ayudará con
mano fuerte a los cristianos para que se opongan y resistan pública y
heroicamente al Anticristo con el cual combatirá Lucifer a los hombres de aquel
tiempo».
Si
bien no es cuestión vana el pararse a considerar si se acercan los tiempos de
esta última batalla, ya que el Señor pidió que contempláramos los signos de los
tiempos: basta a nuestro propósito saber que el resistir a las pasiones y a los
errores, la confesión íntegra de las doctrinas de Jesucristo, y el ajustar íntegramente
la vida a esta preciosa confesión, exige ya entre nosotros actos heroicos de
virtud... ¡A tal extremo ha llegado este desquiciamiento universal que parece
la pérdida del buen sentido, de la dignidad y de la vergüenza, y tan costoso y
difícil es resistir bravamente esta tempestad de humillaciones, malos ejemplos,
cobardías, traiciones, debilidades y apostasías disfrazadas con los más
halagüeños nombres, que son el pan nuestro cotidiano entre los católicos de
nuestros días!
Por
eso cada momento se hace más precisa la protección de San Miguel; y a medida
que el peligro del mundo arrecia, parece que se agiganta la figura del vencedor
de Luzbel, que da hoy alientos a los escogidos para que perseveren en el camino
del deber.
Esta
parece también, como aquella de que habló nuestro Señor en su Pasión, la hora
de Satanás y el poder de las tinieblas; pero sobre todas las confusiones y
males parece flotar el ¿Quis ut Deus? del primer soldado de la gloria del
Criador.
Recordémoslo
en las tribulaciones, y ya no nos parecerá exiguo el número de los soldados de
Cristo, ni buscaremos acomodamientos vergonzosos, ni sentiremos
desfallecimientos en la pelea, ni atribuiremos á habilidad nuestra lo que es
pura gracia de la Providencia, ni el diablo nos impondrá, ni las concupiscencias
de la carne y de los ojos nos llevarán tras sí, ni la soberbia de la vida nos
quitará el sueño. ¿Quién como Dios? Ahí está todo.
Apostolado
de la Prensa.
Año
1896.