martes, 25 de agosto de 2026

TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SAN LUIS REY A SU HIJO HEREDERO DEL TRONO.

 



 

   En vísperas de su muerte, Luis entregó a su hijo Felipe, heredero del trono el testamento espiritual, fruto de sus experiencias y de sus meditaciones. Lo ofrecemos a la admiración y a la reflexión de nuestros lectores. Helo aquí en su esplendor paterno, real y religioso:

 

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte, es que ames a Dios con todo tu corazón: sin ello nadie puede salvarse.

Guárdate de hacer algo que desagrade a Dios, es decir, el pecado mortal. Al contrario, has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.

Si Dios te envía adversidades, sopórtalas pacientemente y da gracias a Dios. Piensa que lo mereciste y que todo será para tu bien.

Si te concede prosperidad, agradécelo con humildad y vigila que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo; porque los dones de Dios no han de ser causa de que lo ofendas.

Confiésate frecuentemente y elige un confesor prudente que sepa enseñarte lo que has de hacer y lo que has de evitar. Y con el confesor y con tus asesores te has de portar de tal modo que se animen a corregirte de tus defectos.

Asiste de buena gana y con devoción al culto divino, especialmente a la Misa.

Ten un corazón dulce y compasivo hacia los pobres y los desgraciados y los afligidos; y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades.

Guarda las buenas costumbres del reino y lucha contra las malas. No codicies contra tu pueblo y no graves tu conciencia con impuestos excesiv

Si tu corazón está en angustias, confíate con tu confesor o con algún hombre prudente, y te sentirás aliviado.

Procura tener por compañeros a personas prudentes y leales, tanto religiosas como laicas; y evita las malas compañías.

Escucha con gusto la palabra de Dios y guárdala en tu corazón. Solicita oraciones e indulgencias. Ama lo útil y lo bueno; odia lo malo, dondequiera se halle. No permitas que en tu presencia se digan palabras disolutas, calumnias o blasfemias.

Da gracias a Dios por todos sus beneficios y así te harás digno de recibir otros mayores.

Para con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda.

Ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón.

Procura con la mayor diligencia que todos vivan en paz y con justicia.

Honra, y ama, a todas las personas de la Santa Iglesia, y disimula sus defectos. Otorga los beneficios eclesiásticos a personas honestas y capaces.

Honra y reverencia, a tu padre, y a tu madre, y guarda sus consejos.

Esfuérzate por evitar toda guerra; y si estás obligado a hacerla, reduce al máximo los perjuicios. Si hay querellas o guerras entre tus vasallos, apacígualos lo más pronto,

Procura tener siempre buenos magistrados, y contrólalos con frecuencia y controla también al personal de tu palacio. Averigua si se dejan tentar por el soborno, la mentira o el fraude. Ajusta los gastos de tu palacio para que no superen lo razonable.

Destierra de tu reino toda ruindad, el perjurio y la herejía.

Haz celebrar Misas por mi Alma y que en todo el reino se rece por mí.

Hazme partícipe de los méritos de tus buenas obras.

Querido y hermoso hijo, te doy todas las bendiciones que un buen padre puede dar a su hijo. Y que la Santísima Trinidad y todos los Santos te protejan y te guarden de todo mal Que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad y de honrarlo y servirlo. Así, después de esta vida, los dos nos podremos reunir junto a Él y alabarlo sin fin ¡Amén!

 

SAN LUIS, REY DE FRANCIA.

 

 

MEDITACIÓN SOBRE SAN LUIS, EL REY CRISTIANÍSIMO.

 



   Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo 22, 21).

 

   I. San Luis fue verdaderamente rey, pues supo mandar a sus pasiones, sujetar su cuerpo a la razón, y su razón a Dios. Ayunar, llevar cilicio, vivir en medio de la corte una vida tan santa como la de un cenobita, ¿no es acaso ser dueño de sí mismo? Mira a este santo, mira si lo imitas, si tus pasiones están tan sometidas como las de él a la razón.

   ¿Qué hay más real que un alma sometida a Dios y dueña de su cuerpo? (San León).

 

   II. San Luis fue el padre de su pueblo. A todo el mundo amaba, hasta a sus enemigos; no podía tolerar a los detractores; él mismo juzgaba en los procesos de los pobres, nada tomaba más a pecho que el trabajar en la salvación de sus súbditos. Agradece a Dios, si te ha dado superiores semejantes a este santo rey. Si tú mismo eres superior, acuérdate que debes ser el padre de tus inferiores.

   ¿Cómo ejerces la caridad con tu prójimo?

 

   III. Es preciso ser servidor de Dios para ser buen rey. La piedad de San Luis, la honra que tributaba a las santas reliquias, el celo que lo inflamaba por la conversión de los bárbaros, la generosidad cristiana y heroica que puso de manifiesto combatiendo contra los enemigos de Jesucristo, muestran que olvidaba su título de rey, para no acordarse sino del de servidor de Dios. Príncipes de la tierra, si no servís a Dios, ¿qué provecho obtendréis en la otra vida de haber aquí empuñado el cetro?

   La muerte os arrebatará todas vuestras dignidades: la sola gloria que sobrevive a la tumba es la de haber servido bien al Señor. Servir a Dios es reinar.

 

Obrad la piedad.

Orad por los jefes de estado.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que hicisteis pasar al rey San Luis de un reino temporal a la gloria del reino eterno, haced, os lo suplicamos, que, por sus méritos y su intercesión, participemos un día con él de la gloría del Rey de reyes, vuestro Hijo Jesucristo, que vive y reina con Vos en unidad con el Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

 

domingo, 23 de agosto de 2026

TAN SOLO, UN CUATO DE HORA EN SOLEDAD.

 



   ¡Quién podría creer lo que pasa sobre la tierra si uno no lo viese con sus propios ojos! Reina un aturdimiento universal, se marcha a ciegas y como a la ventura. Cada cual se entrega al camino adonde le conducen sus placeres, su ambición y su fortuna, sin pensar en qué vendrá a parar todo esto.

 

   Se piensa en todo sobre la tierra, se habla de todo, se escribe sobre todo, se inventa de todo; más en Dios, que es nuestro primer principio y nuestro último fin, y en la salvación, que es la única cosa necesaria, y en la eternidad, que es nuestro destino, y en la muerte, que espía el momento para herirnos, en todo esto son contados los que se ocupan.

 

   De ahí el origen de nuestros males. «La tierra está desolada, dice Jeremías, porque no hay nadie que reflexione  en su corazón.» Se vive en el torbellino del mundo, sordo a la voz de Dios, mudo para confesar sus pecados y sus culpas. ¿Y qué hacer para sustraerse del mundo y pensar en la salvación?

 

   Jesús nos da la respuesta cuando curo al sordomudo. Lo primero que hizo, como preparación para curarlo fué apartarle de la gente, sacarle de entre la multitud, indicando así que el retiro es el que únicamente puede poner al pecador en estado de oír la voz del Señor.

 

   El retiro es indispensable para la vida del alma. Diariamente deberíamos dedicar un cuarto de hora siquiera a reflexionar sobre nuestra vida y a escudriñar nuestro corazón.

 

   Cerrando la puerta de nuestro cuarto, diremos con San Bernardo: «Pensamientos extraños, deteneos ahí. Ya volveré a daros entrada al salir de mi soledad.»

 

   En seguida, puestos en un completo olvido de todas las cosas, pensaremos en nosotros mismos; no en nuestros bienes, ni en nuestro cuerpo, ni en nuestros amigos, ni en nuestras vanidades y placeres, porque nada de eso somos nosotros; pensaremos en nosotros, en nosotros solos, en nuestras almas. El hombre está todo entero en su alma, dice la Sagrada Escritura. De este modo nos conoceríamos, conociéndonos nos reformaríamos, y un cuarto de hora diario de soledad y retiro en Dios salvaría al mundo.

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1894.

miércoles, 19 de agosto de 2026

UNA FIRMA DE SANGRE (Anécdota)

 



   Durante la Revolución francesa, las religiosas Hospitalarias de Cartois habían protestado contra las profanaciones sacrílegas de los invasores del convento: lo habían hecho de viva voz y por escrito.

 

   Una de ellas, a quien el comisario quería salvar –de una muerte segura–no había aún puesto su nombre en la página de protesta, página por cierto tan gloriosa como fatal para las firmantes. Quiso pues la religiosa, estampar allí, a toda costa, su firma.

 

   — Pero ciudadana— dijo el comisario que ocultamente, había vaciado el tintero — no hay tinta en el tintero, —Ciudadano— replicó la hermana — Pero hay sangre en las venas.

 

   (Extracto de los archivos de Quimper.)

 

   MORALEJA: Recuerden el ejemplo de esta heroína aquellos católicos cobardes, que por sólo respeto humano dejan de confesar la fe cuando lo exige la causa de Cristo. ¡Que gloria ver a aquella hermana firmar la protesta con la sangre de sus venas! ¡Y qué vergüenza ver a católicos cobardes,  permitir que se arrastre por los suelos, la honra de Dios y de Cristo, por excusar la molestia de oír una palabra desagradable contra ellos! Por respeto humano, venden a Cristo, los cristianos pusilánimes.

 

“APOTOLADO DE LA PRENSA”

Año. 1894

LA ORACIÓN (Carta 130) — SAN AGUSTÍN.

 



 

   En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar.

 

   Aprenda en las divinas y santas Escrituras a dirigir a ellas la vista de la fe como a una lámpara colocada en un tenebroso lugar hasta que nazca el día y el lucero brille en nuestros corazones.

 

   Como una fuente inefable de ese resplandor es aquella luz, que reluce en las tinieblas de tal modo que las tinieblas no la envuelven.  Para verla hemos de limpiar nuestros corazones por medio de la fe, pues, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, y sabemos que cuando apareciere seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es. Entonces habrá verdadera vida tras la muerte, y verdadero consuelo tras la desolación.

 

   Aquella vida eximirá a nuestra alma de la muerte, y aquel consuelo librará nuestros ojos de las lágrimas. Y pues allí no habrá tentación alguna, sigue diciendo el Salmo: Y librará mis pies de la caída. Pues si no hay ya tentación, tampoco habrá oración; porque no cabrá allí esperanza del bien prometido, sino goce pleno del bien otorgado. Por eso sigue diciendo: Agradaré al Señor en la región de los vivos, en que entonces estaremos, no en el desierto de los muertos, en que ahora estamos. Porque estáis muertos, dice el Apóstol, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; más cuando apareciere Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis vosotros con él en la gloria. Esa es la verdadera vida, que los ricos deben conquistar con sus buenas obras, según tienen mandado.

 

   Una viuda desolada, aunque tenga muchos hijos y nietos y lleve piadosamente su casa, procurando que todos los suyos pongan su esperanza en Dios, tiene que decir con este consuelo en la oración: Mi alma tuvo sed de Ti; ¡Cuánto te desea mi carne en esta tierra desierta, y sin camino, y sin agua! Esto es esta vida moribunda, por muchos consuelos humanos que la rodeen, por muchos compañeros de camino que tenga, por mucha abundancia de cosas que la llenen.

 

   Bien sabes cuan inciertas son todas las delicias. Y en comparación de aquella felicidad prometida, ¿qué podrían ser, aunque no fuesen inciertas?

 

Agustín, obispo, siervo de Cristo y de los siervos de Cristo, a Proba, religiosa sierva de Dios, salud en el Señor.

martes, 18 de agosto de 2026

CARACTERES DEL ESPÍRITU DIABÓLICO – Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S.J. — La desesperación, la desconfianza, y la vana seguridad, o temeridad.

 


 



   Otros caracteres del espíritu diabólico son: La desesperación o la desconfianza o la vana seguridad; lo contrario es la verdadera confianza en Dios. Sabe el demonio, dice San Juan Crisóstomo, que la confianza es aquella preciosa cadena que nos lleva al paraíso; porque con este santo afecto tomamos mucho ánimo y nos elevamos a Dios; por eso despues de  haber cometido algún pecado grave, nos siembra afectos y pensamientos más pesados que el plomo, con los cuales se esfuerza llevarnos a la desesperación, que es el extremo de todos los males.

 

   Más porque ve el demonio que raras veces consigue el precipitar las almas de los fieles al abismo casi irreparable de la desesperación; ¿qué hace el maligno? Procura hacerlas caer a lo menos en una cierta desconfianza, con la cual si no desesperan ciertamente, tampoco esperan, y trabaja el demonio con gran esfuerzo en tenerlos firmemente abatidos, para que haciéndose poco a poco flacos y perezosos, no tengan ya más vigor para hacer algún bien. Y lo peor es, que obra todo esto el demonio con un arte tan malicioso y escondido, que llega a persuadir a las almas que es cosa justa y razonable el estarse así echados en aquel abatimiento de espíritu; porque despues de haberles inducido a esa falsa humildad, los lleva a las faltas cotidianas, y para más seguridad suya, les sugiere otros pensamientos que tienen apariencia de verdad, esto es, «que es grande la bondad de Dios; pero que ellos se oponen con su malicia a las obras de la divina gracia: que Dios está pronto a darles toda ayuda; pero que ellos no la merecen: y finalmente que todo el mal no viene de Dios sino de ellos: con lo cual convencidos de estas y otras semejantes razones aparentes se mantienen consternados en los brazos de su desconfianza. »

 

   Esta es una de las más maliciosas astucias con que el enemigo infernal retarda a gran parte de personas devotas su provecho espiritual, y especialmente a mujeres que, siendo de su naturaleza tímidas, y delicadas son fáciles a caer en estos desmayos. Caídas una vez en este hoyo se quedan despues allí envilecidas sin poder dar un paso en el camino de la perfección. Ruego por tanto a los directores que velen con mucho cuidado sobre sus penitentes, para que no caigan jamás en esta red; y si alguna vez entraren dentro de ella, les hagan advertir rápidamente que esto es  engaño del demonio.

 

   Díganles con toda franqueza, que el espíritu de desconfianza no es ni puede ser espíritu de Dios; sino que siempre es espíritu diabólico. Enséñenles a confundirse y humillarse por sus pecados, pero con paz; para levantarse despues, y retomar el camino hacia Dios con una fuerte y viva esperanza, haciendo reflexión que la divina misericordia excede con infinito exceso a la malicia y número de sus pecados. Sugiéranles algunos actos que deben hacer cuando el demonio los asalta con desconfianza y pusilanimidad, diciendo a Dios: Dios está pronto a perdonarme. ¿Pues quién podrá condenarme? Dios que quiere darme su gracia está cerca de mí; ¿Quién podrá pues serme contrario con tal defensor al lado? Mi Dios está en mi ayuda, ¿quién podrá pues fulminar contra mi sentencia de condenación? Animado de estas reconfortantes palabras, entre despues en una grande esperanza, y vaya repitiendo con Job: «Aunque me quisiéseis, Señor, muerto, yo sin embargo esperaría de Vos la salud. Os he hecho muchos agravios, es verdad; pero este de desconfiar de vuestra suma bondad, no lo haré jamás. Aunque me viese sobre la orilla del infierno a punto ya de caer en él, no por eso dejaría de esperar en Vos.»

   Finalmente ordénenles que continúen en repetir estos u otros semejantes actos de esperanza, hasta que sientan ensanchado el corazon. Fuera de eso, para cerrar toda entrada a las sugestiones del enemigo, ayudara mucho imponerles, que despues de haber cometido alguna falta o pecado, se arrepientan luego y se humillen delante de Dios; y despues se arrojen al seno de la divina bordad, y aquí dilaten el corazon con una santa confianza antes que venga el demonio a apretárselo con sus viles desmayos.

 

   Hecho esto, prosigan en servir a Dios con alegría, con paz y con santa libertad.

 

   Pero se ha de advertir, que todo esto que he dicho acerca del espíritu de la desesperación y de la desconfianza. Pero ¡Cuidado! antes de pecar mete el enemigo otro espíritu del todo diverso, aunque no menos pernicioso, y es el espíritu de una vana y temeraria seguridad con que hace al hombre animoso para la culpa. Le representa en Dios una misericordia casi estúpida e insensata que se deja ofender impunemente, para que engañado el pecador con esta necia persuasión, deponga todo temor y coja ánimo para arrojarse al pecado. A estos tales debe representar el director el gran peligro a que se exponen de ser abandonados de la divina misericordia, si de su dulzura toman ocasión para ofenderla. Debe decirles, que la misericordia de Dios es como el mar que conduce al puerto seguro a los marineros, si estos se ayudan con las velas y los remos; pero si quisiesen estarse ociosos, y con su flojedad dar ocasión al naufragio, esperando que el mar lo hiciese todo por sí, ¿quién no ve que quedarían todos sumergidos?

 

   Así puntualmente Dios es un mar de misericordia y un océano de bondad. Si nosotros nos industriáremos haciéndonos fuerza a nosotros mismos para no caer, y doliéndonos de las pasadas culpas; este mar dulcísimo nos llevará a salvamento en el puerto de la bienaventurada eternidad. Más si nosotros no quisiéremos ayudarnos, antes quisiéremos exponernos a manifiestos peligros de perdición, lisongeándonos de que lo haya de hacer todo la divina misericordia: este mar suavísimo de bondad nos dejará incurrir en un eterno naufragio.

 

   Y para ceñir en pocas palabras toda la presente doctrina, digo que los directores han de procurar que los penitentes esperen siempre en la bondad de Dios despues de cometido el pecado, y teman siempre antes de cometerlo. De esta manera echarán de sí el espíritu diabólico de desesperación y de desconfianza que sigue a la culpa, y el espíritu de una necia seguridad que la precede.

 

“DISCERNIMIENTO DE LOS ESPÍRITUS”

Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S. J.

Año. 1853.

 

sábado, 8 de agosto de 2026

EL ROSAL DE JESÚS

 



 

   “LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 4. Abril de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

   — ¿Qué lleva Jesús en el Corazón? — preguntaba Luisito a  su madre, con la mirada fija en una hermosa imagen del Salvador.

   — Sí, hijo mío; ese fuego en el que se abrasa su Corazón ¿Eso es lo que dices?

   — No; esas zarzas entretejidas con largas puntas, que inspiran miedo.

   — La corona de espinas que lleva en el corazón.

   — Sí, madre ¿No se la pusieron en la cabeza? ¿Por qué  la lleva entonces en el corazón?

   — Porque lo llevaba en el corazón incluso antes de que se la pusieran en la cabeza.

   — ¡Pobre Jesús! ¡Espinas en la cabeza y espinas en el corazón!

   — Sí, hijo mío; espinas en la cabeza y espinas en el corazón; las de la cabeza lo atormentaron unas horas, pero las del corazón, les punzaron toda la vida.

   — ¿Incluso de niño?

   — Todavía un niño; más pequeño que tú.

   — ¡Pobre Jesús, cuánto habrá llorado!

   —No, porque Jesús era muy paciente; siempre estaba triste y nunca jugaba.

   — ¿Nunca, nunca? —preguntó Luisito, a quien le parecía imposible que un niño no jugara.

    Viendo la madre la reacción de su hija a tal respuesta dijo:  

   — Nunca, nunca, no, solo a veces, iba sí con otros niños acompañado. Cerca de su casa había un hermoso rosal, que Jesús regaba a menudo con una pequeña jarra que le había regalado su madre. Al pie del rosal, Jesús se sentaba con sus pequeños compañeros, y mientras ellos recogían rosas y las ponían en su regazo, él les quitaba cuidadosamente las espinas y hacía coronas de rosas para los otros niños, guardándose las espinas para sí.

   — ¿Y se las clavo en su corazón?

   — No; con ellas también hizo una corona, que se puso en la cabeza, y lo hizo sonriendo, porque esta corona, como salvaría a muchos hombres, estaba ablandada por el amor.

   Pero frente a este rosal —continuó la madre— había otro con muchas rosas, aparentemente sin espinas; al principio tenían un color muy intenso y engañaban a muchos niños, quienes, al ir a recogerlas, se pinchaban las manos, y las rosas palidecían y se marchitaban, llevadas por el viento como si fueran polvo. Y lo peor era que estos niños enfermaban y morían. Cada vez que un niño se acercaba a este rosal maldito, Jesús se entristecía; y si venían a recoger las rosas, Jesús se llevaba la mano al pecho como si algo le doliera. Era una espina que le atravesaba el corazón.

   — ¿Y quiénes eran esos niños tan locos?  Sorprendido Luisito de que quisieran morir.

   — Estos muchachos locos, hijo mío, son los que van a recoger las flores del mundo. Atraídos por la perspectiva de los placeres mundanos, no se dan cuenta de que en ellas se esconden espinas traicioneras; recogen las flores, que pronto se marchitan, y su pobre alma muere; y las espinas permanecen clavadas en el corazón de Jesús. ¿Quieres, hijo mío, recoger rosas como esas?

   — No, mamá, no; yo quiero rosas del rosal de Jesús.

   — Bueno, escúchame. Entre los muchachos que iban al rosal de Jesús, algunos lo amaban mucho. Un día, uno de ellos, al ver que Jesús les daba a los demás coronas de rosas y se quedaba con la de espinas, le dijo:  

   — Jesús, ¿quieres darme una corona como la tuya? Jesús, sin responder, sonrió y comenzó a hacer una corona de espinas para el niño, que tomó de no sé dónde. El niño, al ver tantas espinas, y tan grandes, se asustó y casi se arrepintió de haberla deseado; pero Jesús lo miró con tanta dulzura, que el niño le permitió ponérsela

   — ¿Y no le pincharon las espinas?

   — Al principio le pareció así, pero pronto sintió tanta dulzura y ternura que se sentía más feliz con su corona de espinas que los demás niños con las suyas de rosas. Y con razón, porque esas espinas se habían convertido en las rosas más hermosas del rosal. Desde entonces, aquel niño siempre pedía una corona de espinas, y Jesús le susurraba al oído: «Tomo estas espinas de mi corazón».

   — Por eso no le pinchaban —dijo Luisito—. ¡Ya habían atravesado el corazón de Jesús!

   — Bien dices, hijo mío. Cuando las espinas hayan atravesado el corazón de Jesús, ¿quién no las encontrará dulces y suaves? ¿Ves, hijo mío? Los pecadores pusieron esta corona sobre el corazón de Jesús; ¿quieres ponerles más espinas?

   — No, madre mía, eso no.

   — ¿Quieres, entonces, rosas del rosal de Jesús?

   — Rosas y espinas.

   — Si aliviares el corazón de Jesús aunque sea de una sola espina, bendito seas mil veces,  mi Luisito, hijo de mi corazón.

 

R. B.

viernes, 7 de agosto de 2026

LA BALANZA

 



 

“LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 1. Enero de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

(Traducido y adaptado del portugués al español; por Nicky Pío)

 

I

 

   El espíritu de las tinieblas erraba por la atmósfera de nuestro planeta, contemplando las vanidades humanas.

 

   ¿Cuántos son —dijo— los que desprecian estas vanidades? Reunidos todos no llenarían una sala, que no fuese precisamente espaciosa. ¿Dónde se encuentran hoy esos actos de virtud cristiana?

 

   —Son apenas conocidos, aislados y perdidos entre la enorme multitud de actos inspirados por la vanidad. ¡Reúne y pesa todas las acciones de los justos del universo entero; su peso no igualará el de las vanidades de un solo día en la ciudad más pequeña!

 

   El Espíritu de la Luz aparece inesperadamente ante él.

 

   —Vengo —le dice— a proponerte un desafío: reunirás en uno de los platillos de una balanza tantas vanidades como desees; yo buscaré el contrapeso, y si logro inclinar la balanza, seré victorioso.

 

   —Acepto, contesto el príncipe de las tinieblas—; reuniré a toda mi corte para dar testimonio de  tu derrota. Conozco —añadió— un lugar adecuado para la lucha. Al sur de Siberia se extiende un vasto país desconocido para los viandantes. Montañas inaccesibles lo rodean. Algunos de mis súbditos, expulsados ​​de Europa y América, han encontrado allí un refugio seguro, donde no los molestan las letanías de los misioneros.  ¿Le agrada este lugar?

 

      —Sí, dice el Espíritu de la Luz; vamos para allá.

 

II

 

   Satanás se engañaba al suponer que aquel país no era  conocido por viajante alguno. Yo acababa de llegar ahí despues de haber atravesado diferentes regiones. Los animales que lo habitaban, que en verdad ignoraban la malicia del género humano, me recibieron con gran cortesía. En una espaciosa caverna encontré alojamiento y un lugar para guardar todos mis instrumentos. Lo más valioso de todo era un par de prismáticos que me había regalado un jefe indio al que había tenido ocasión de prestar un gran servicio. Con estos maravillosos prismáticos podía distinguir y discernir incluso a los mismos espíritus. Hace tiempo que no los poseo; un escrúpulo de conciencia me llevó a romperlos. No me arrepentí de haberlo hecho; unos meses sólo use de ellos, y mudó completamente mi carácter, convirtiéndome casi en un anacoreta. Podría contarles cosas curiosas que descubrí gracias a esos prismáticos; se las contaré más adelante. Actualmente una publicación tal, sería la causa de grandes escándalos, destruiría la reputación de muchas personas que actualmente gozan del favor público, y juzgo que  no es conveniente derribar esos ídolos por el momento.

lunes, 3 de agosto de 2026

LOS ENAMORADOS DE LA MUERTE.

 




(Cuento – Reflexión)

 

I

   A fuerza de verse juntos la Muerte y el diablo, concluyeron por entrar en tratos convenientes a sus respectivos fines.

   —¡Comadre!—díjole el diablo, que iba cargado con un ricachón avaro para llevárselo a los infiernos.

   —¿Qué diablos quieres? No me detengas, que tengo mucho que deshacer.

   —A eso voy—replicó el diablo; y añadió: —Es cosa de dos palabras —

   Y diciendo esto dio con sus pezuñas un pataleo en tierra, abrióse en ella un boquete y por él arrojó a los infiernos al ricachón.

   —Es el caso que desde hace muchos años se puede con razón decir que no haces más que menear tu guadaña en provecho mío; eres una segadora a mi servicio, ¡Y vaya una cosecha! Raro es el muerto que no cae en mis garras.

   —Pues yo no lo hago para servirte; ¿Te está claro? Da lo mismo que se salven o se pierdan los necios de los hombres, de ello no soy responsable; aún digo más: hasta les concedo a veces un buen espacio de tiempo para que se dispongan a bien morir.

   —¡Eso! Pero ya me cuido yo de que no lo aprovechen. ¡Pero me da tanta pena verte a ti, con los años que tienes, que ya va fecha desde que después del pecado primero te nombraron para cortar las vidas hasta hoy; y lo que aún te queda de aquí hasta el día del juicio final!

   —¡Es verdad! Yo que doy a todo bicho viviente el descanso que por clasificación le corresponde, no puedo concederme a mí misma un momento de reposo... Y eso que son muchos los hombres que por sí mismos se me entregan sin que yo vaya a buscarlos.

   —Pues bien, yo vengo a ahorrarte trabajo; tengo nuevas invenciones: el automóvil, y con él he aumentado el número de insensatos; tranvías, puentes diabólicos, falsificadores de productos alimenticios y una infinita variedad de crímenes, envenenamientos y aparatos para que mueran a carretadas y sin auxilio, ningún auxilio espiritual.

   La Muerte quedóse por un momento pensativa, y después exclamó:

   —Ciertamente; todo eso te favorece mucho, y s, mi me hace gran servicio, pues por lo visto pronto serán muy pocos, muy pocos los que mueran de lo que se dice «muerte natural», pues como la locura va siendo dueña casi absoluta del mundo, los hombres harán cuantos disparates aquélla les impone, y tu industria marchará de maravillas.

   Y aquí, porque sin duda la Muerte se ocultó... ya nadie hablaba de ella en la tierra, y el caso era que cada día morían más personas, pero como si no... Ya no se hablaba de la muerte, ni nadie pensaba en ella, ni mucho menos había hombre que de la muerte hiciese motivo de meditación.

   Verdad que bien podía decirse que la gente se mataba, no que se moría. Y así era que vivían los hombres como si desconociesen el peligro de perder la vida y se considerasen eternos. Hasta llegaron algunos sabios a decir que ellos estaban a punto de encontrar la substancia con la cual... la humanidad viviría siempre, rejuveneciéndose a cada momento.

   No había ya quien, pensando en la muerte, procurara ser justo, ni quien queriendo conquistar la noble fama, aspirase a una muerte honrosa por su patria o religión... Por eso, hastiada la Muerte de este nuevo estado de cosas, pensando en su antigua historia, se puso un día a repasar sus grandes libros... donde tenía apuntado el destino de los hombres; halló que en un convento de frailes cartujos... que vivían en rudas penitencias, continuos ayunos y mortificaciones, hacía más de treinta años que no había muerto persona alguna.

   —¡No, si no se puede una descuidar!— 30 años dijo la Muerte.—He aquí una partidita que viene pasando para mí inadvertida quién sabe desde qué tiempo. ¡Claro, fiada en la afición a los automóviles y al sinnúmero de trampas inventadas por el diablo!...

   Aquí se van eternizando estos frailes, y esto me pone en ridículo. La comadre se dió en su amplio sudario, tomó su guadañaza y se encaminó al convento, apresurando el paso, como lo hubiera hecho un médico de los más afamados.

II

   Hallábase en el indicado convento, donde más de cuarenta religiosos estaban familiarizados con la idea de morir, el lego Gilito, como afectuosamente le habían denominado los labriegos ¡vecinos del convento, y que estaba con su cargo de demandadero tan satisfecho, que no se hubiera cambiado por el más opulento de los reyes.

 

   Así era que no había manera de hacerle entender que estaría muy en razón el que, sin aborrecer la vida, se apartase algo del amor extremado a ella, por mirar a la eterna bienaventuranza.

   Ya podían los buenos Padres decirle elevadísimos conceptos. Él no quería morir.

   —A ser posible—decía, —quisiera vivir siempre.

   —Mire, Hermano, qué manera más graciosa tiene de decirnos que ama la muerte, porque este es el modo de no morir jamás—le contestaba ingeniosamente el Hermano Ignacio, uno de los más penitentes y fervorosos frailes.

   —Vaya, que no, eso. Quiero vivir... la vida de allá será buena, pero no la conozco; ésta, mala y todo, no quiero perderla—replicaba.

   Así las cosas, llegó la Muerte al convento. Eran las altas horas de la noche, brillaba una hermosa luna, y la comadre, por no ser vista, saltando de sombra en sombra por todas las que los grandes árboles y espesos arbustos de la huerta proyectaban en el suelo... llegó al convento y se metió en un largo y sombrío claustro.

   Las llamas de las lámparas, que débilmente iluminaban aquel silencioso lugar, oscilaron al movimiento del aire agitado por el amplio sudario de la muerte, que iba caminando con paso acelerado.

   Detúvose ante la puerta de una celda y al fin penetró en ésta, infiltrándose por la madera. Allí había un anciano escribiendo.

   —Viejo eres; paréceme que ha llegado tu hora—pensó la Muerte; pero tuvo curiosidad por ver lo que el anciano escribía, y leyó:

 

   «La muerte ha de ser esperada como un beneficio del cielo; el hombre que desprecia la vida ofende al Señor, que se la ha dado; pero el hombre ha de agradecer el vivir, considerando la vida como medio para merecer la muerte, es decir, el camino de la verdadera vida.»

 

   —No, no ha llegado la última hora de este hombre—se dijo la Muerte; y salió rápidamente de la celda. Así, del modo mismo que había entrado en la primera se introdujo en la siguiente, y allí halló a un religioso, pálido, demacradísimo... tal, que la Muerte pudo creer que estaba ella ante un espejo.

   Arrodillado y orando, ceñido el cuerpo con áspero cilicio, oraba ante un crucifijo y decía:

 

   —Señor, no, no me des la muerte tan deseada... si crees que es necesario que antes permanezca en este destierro para llorar y llorar aún más mis muchos pecados y los de los hombres, mis hermanos, tan olvidados de tu misericordia y de sus eternos destinos.

 

   —Medio muerto parece éste... pero su fervor le sostiene con tal vida, que aun tampoco para él ha llegado la hora... —se dijo la Muerte.

   Y así fué en la otra, en la siguiente, y en todas las celdas, hallando hombres viejos, otros envejecidos por las penitencias, todos pensando y deseando la muerte... pero todos manteniéndose en la vida para el cumplimiento de una misión santa... de piedad, de caridad, de enseñanza, de defensa de la fe...

   Vivían pobremente, sin abrigo para sus cuerpos, sin gustos, sin comodidades, sin más que atentos al trabajo, a la mortificación y al estudio.

   La Muerte comprendió que todos allí eran necesarios en el mundo para regenerarle, para ennoblecerle, restableciendo el reconocimiento de la muerte.

   Cuando la Muerte salió del convento hallóse al diablo, que le dijo:

   —¿No sacas nada de tu visita a estos reaccionarios?

   —Como todos viven santa y sobriamente, según aconsejó San Pedro, no tengo por dónde hincarles el diente. Además, todos me esperan de continuo. El único que me aborrece es el hermano Gilito.

   —¿Y no te parece bastante motivo para llevártele? ¡Tienes la sangre de horchata! Míralo qué satisfecho y descuidado contempla el río desde el puente. ¡Al agua con él!

   Y, en efecto, desaparecieron en el agua el lego y la Muerte, y el diablo corrió tras ellos a ver lo que podía prometerse del juicio particular subsiguiente.

 

JOSÉ ZAHONERO.

“LA LECTURA DOMINICAL”