jueves, 3 de septiembre de 2026

SAN PÍO X Papa. (1835-1914) — 3 de septiembre

 




SAN PÍO X Papa. (1835-1914) — 3 de septiembre

 

   Ramo espiritual: «El Señor Jesús mismo dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”». Hechos 20:35

 

   El padre de San Pío X, Giovanni Battista Sarto, trabajaba como cartero rural. Se había casado con Margarita Sanson, un nombre digno de honor. El mayor de sus diez hijos, José, quien se convertiría en San Pío X, proclamaba abiertamente su inmensa deuda con su santa madre. Este amado niño creció en el humilde pueblo de Riese. El día de su Primera Comunión, prometió a Dios permanecer casto y prepararse para el sacerdocio. A pesar de las penurias de la pobreza en su hogar, el joven estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para alcanzar este ideal.

 

   Tras completar sus estudios en el seminario mayor de Padua, fue ordenado sacerdote y enviado como vicario a Tómbolo, y posteriormente como párroco a Salzano, en el Véneto. Allí, cuando estalló la epidemia de cólera, el padre Sarto cuidó de sus feligreses día y noche, les administró sus deberes religiosos y los sepultó.

 

   Nombrado obispo de Mantua en 1884, inicialmente se opuso a su elevación al episcopado, pero ante la insistencia de sus superiores, acató la decisión de las autoridades eclesiásticas. El obispo Sarto se propuso ser todo para todos: «Mi pueblo siempre me encontrará firme en mi posición, siempre amable y lleno de caridad». Nacido en la pobreza, el obispo Sarto permaneció pobre y se dedicó a servir a los pobres. Ejemplo vivo para su rebaño, vivió una vida santa y abnegada sin vacilar jamás.

 

   Los rangos jerárquicos que ascendió con constancia se caracterizaron por su completa sumisión a la voluntad de Dios y una rara facilidad de adaptación. No se preocupaba por el pasado, sus aspiraciones personales ni su libertad, sino que lo abandonaba todo a la divina Providencia. En 1903, murió el papa León XIII, y el cardenal Sarto fue elegido para sucederle. Ante esta elección inesperada, el hombre que siempre había deseado seguir siendo un simple sacerdote rural solo pudo balbucear la oración de agonía: «Pase de mí esta copa... Que se haga la voluntad de Dios...». Tuvo que pronunciar en voz alta: «Acepto». Terminó más en voz baja: «In crucem», es decir: «a la cruz».

 

   Reinaba la confusión en la Iglesia y en la sociedad; la masonería lanzó sus ataques insidiosos y encubiertos, y las herejías modernas resurgieron con audacia. San Pío X fue acusado de erigir una barrera obsoleta al progreso. Pero nada doblegó el valor ni las convicciones del líder de la cristiandad, quien condenó firmemente todos los errores que intentaban destruir sutilmente la fe: «Condenamos aquellas doctrinas que solo se llaman filosofía verdadera y conducen al escepticismo y la irreligión universales». Poseedor de un elevado don de discernimiento espiritual, San Pío X se distinguió constantemente como defensor de la integridad de la fe, condenando, entre otras cosas, la herejía modernista, a la que llamó «la encrucijada de todas las herejías».

 

   En 1914, este santo papa escribió al emperador de Austria, implorándole que impidiera la declaración de guerra. Al ver la inutilidad de sus esfuerzos, se ofreció generosamente a Dios como víctima sacrificial por el pueblo cristiano y toda la humanidad. En la noche del 19 de agosto de 1914, la gran campana de San Pedro repicaba... «¡Ha muerto un santo!», proclamaba el pueblo. En 1954, Pío XII canonizó a aquel de quien se había dicho: «La historia lo convertirá en un gran papa, la Iglesia en un gran santo». San Pío X fue apodado el Papa de la Eucaristía, pues durante su bendito pontificado se llamó a los niños a recibir la comunión en cuanto alcanzaban la edad de la razón.

 

Resumen de ODM. —  Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950

 

 

ORACIÓN A SAN PÍO X

 

   Glorioso Papa de la Eucaristía, San Pío X, que te has empeñado en “restaurar todas las cosas en Cristo”. Obtenme un verdadero amor a Jesucristo, de tal manera que sólo pueda vivir por y para Él. Ayúdame a alcanzar un ardiente fervor y un sincero deseo de luchar por la santidad, y a poder aprovechar todas las riquezas que brinda la Sagrada Eucaristía. Por tu gran amor a María, madre y reina de todo lo creado, inflama mi corazón con una tierna y gran devoción a ella. Bienaventurado modelo del sacerdocio, intercede para que cada vez haya más santos y dedicados sacerdotes, y se acrecienten las vocaciones religiosas. Disipa la confusión, el odio y la ansiedad, e inclina nuestros corazones a la paz y la concordia, a fin de que todas las naciones se coloquen bajo el dulce reinado de Jesucristo.

 

Amén.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA HERMANA DE LA CARIDAD

 




LA HERMANA DE LA CARIDAD

 

   ¿No la habéis visto en el cumplimiento del sagrado deber que voluntariamente se impuso?... Pues miradla, vedla, si es que verla podéis y a través de estas líneas que incorrectamente ensayan su retrato. Cual arquean suavemente los purísimos lirios del valle sus delicados tallos al débil peso de su blanquísima corola para recibir el beso de la brisa, asi también inclina ella su purísima frente para recibir el beso de la Providencia, las bendiciones de Dios, por boca de los moribundos, cada una de cuyas almas es el peldaño de una escala celestial que ha de conducir su espíritu a la mansión de los que fueron buenos en la tierra.

 

   Su semblante, que amarillea como los cirios del templo, contrasta con la blanca toca que orla su frente; mirad sus ojos de melancólica expresión siempre inclinados hacia el suelo: una dulce sonrisa contrae siempre sus labios, y un acento de infinita bondad retrata fielmente la satisfacción y la tranquilidad del justo. Así, este sello característico, unido a la invariable solicitud cariñosa que la fuerza de su histórica virtud e inquebrantable fe le ofrece, distingue a este ángel de la tierra de los demás humanos.

 

   Vosotras, mis amables lectoras, que no habéis presenciado los horrores de una batalla, imaginaos un campo sembrado de cadáveres... La lucha entre los dos ejércitos rivales sigue aún; aquí, una granada disparada por aquellas baterías que apenas deja entrever el humo de la pólvora, lleva la muerte a las nutridas filas; más cerca, un bote de metralla ha diezmado un batallón; la fusilería causa una mortandad espantosa; el peligro es igual para todos los que en aquellos momentos se ponen al alcance de los cruzados fuegos; mil y mil proyectiles tejen una red terriblemente destructora sobre el campo de batalla; mas nada detiene a esa mujer... Vedla, es casi una niña, y cruza con paso rápido y seguro por entre los arrojados combatientes; no se acuerda que expone su vida, que una bala pérfida y traidora puede poner fin a su preciosa existencia. Este es el lugar del deber, y todo temor ha de ser pospuesto a su misión: cual impalpable nube, cruza entre el mortífero plomo que todo lo destruye y aniquila; acelera su paso al descubrir un herido, y arrostrando serena el peligro que desprecia, llega delante de la trinchera, desafía el hierro candente que arrojan con rapidez las negras bocas de los monstruos enemigos y cubre y defiende con su casto cuerpo al mártir de la patria...

 

   Después de la batalla, cuando los que aún viven respiran confundidos entre los muertos, cuando ya las negras sombras de la noche han sucedido a los últimos rayos del sol, apenas la reñida lucha cesó, o bien una tregua permita dar sepultura a los mártires del deber, aquella santa mujer corre el campo, cura a los heridos é infunde la animosidad en el espíritu al llevar junto con la fe cristiana el consuelo de la caridad al heroico corazón del soldado...

 

  Al lado del valiente que expuso su vida en aras de la patria, lo mismo que junto al que víctima de larga y penosa enfermedad yace postrado en el lecho, vela el ángel de la tierra: acompaña al enfermo, y en medio de la pena que le embarga y acongoja, templa su acerbo dolor y mitiga su amargura esta enviada del cielo que le habla de Dios, de ese Dios que más allá nos espera, si hacia Él miran nuestros ojos impetrando el perdón de nuestras culpas, perdón que jamás puede negar en su infinita misericordia...!

 

   ¡En el Hospital y en el combate!

 

   ¿Y nada más?

 

   ¿No habéis visitado nunca una casa de maternidad? ¿No habéis admirado el cariño, el solícito interés, el amor maternal que se refleja en aquellos ángeles que cuidan de los otros ángeles que no son sus hijos?

 

   ¡Ah! ¡Pero aún queda por significar otro de los casos en que la santa caridad envía sus celestiales emisarios para que velen por la humanidad que sufre y no la abandonen!

 

   ¡La epidemia, causando estragos horribles, llevando la muerte al seno de la familia, donde se ven desaparecer uno tras otro los que estuvieron unidos por tan estrechos lazos! ¡La epidemia asoladora que lleva el espanto al seno de los pueblos, que deja tras sí más ruinas que el huracán que arranca los árboles del suelo; que hace abandonar los hogares y siembra el luto y el espanto por donde pasa! ¡Ese terrible monstruo que tantas víctimas ha inmolado a su insaciable ambición, que tantos seres ha hecho desaparecer en sus negras y horrorosas fauces.

 

   En tales momentos de espanto, desolación y ruinas, como en el hospital, como al lado de los niños, como en los momentos y después del combate, impasible, ajena al peligro, con su eterna y dulce sonrisa, la Hermana de la Caridad, inclinada sobre el lecho del dolor, desprecia el contagio de la espantosa enfermedad que invadió aquel cuerpo del que todos huyen.

 

   Ella no teme la muerte, no... En los justos no se abriga temor al dejar este mundo de miserias y pasiones; en el ambicioso, en el poderoso, en el soberbio, sí, porque la muerte les recuerda que allí cesa su poder...

 

   ¡Bendita seas, heroína ignorada!

   ¡Bendito seas, ángel de la tierra!

 

F. De F. Y DÍAZ.

Año 1896.

 

PARA CONSIDERARLO (Año 1896)

 



 

   La muerte en lo más florido de la vida, en la juventud, nos recuerda que nuestro primer paso al venir al mundo, es también el primero que damos hacia el sepulcro; que la muerte es tan cierta en sí, cuanto incierto el momento y lugar en que ha de acaecer y las circunstancias que la han de acompañar...

 

   Lo mismo muere el niño que el adolescente, el joven que el viejo, el dichoso que el desgraciado... Pero la muerte natural no es eterna, porque más tarde o más temprano, nuestro cuerpo, como sabemos, ha de resucitar, volviéndose a juntar con nuestra alma: asi es, que esta muerte, si lo miramos bien, es la que menos debe preocuparnos, ya que ha de tener lugar forzosamente y no ha de durar siempre: pero si a la muerte natural acompaña la espiritual, si al morir el cuerpo está muerta el alma por el pecado... ¿cuándo resucitaremos de esta otra muerte?... ¡Nunca!

 

   Mientras estamos en este mundo, podamos resucitar de la muerte espiritual mediante la gracia de Dios; mas esto sólo puede suceder en este mundo, en el tiempo, pero no en la eternidad, porque en el tiempo hay mudanzas, mas no en la eternidad; y por eso, el alma que está muerta espiritualmente, cuando acaece su separación del cuerpo, muerta, espiritualmente, sigue por toda la eternidad.

 

   De aquí la necesidad de que procuremos salir inmediatamente del estado de pecado mortal, si desdichadamente viviéramos en él; porque si la muerte nos sorprendiera en tan triste situación, ¿cuándo saldríamos de ella? ¡Nunca! Esta verdad terrible, pero no por terrible menos cierta, debe hacernos evitar con todo cuidado las ocasiones de pecar, y si desgraciadamente cayéramos en alguna culpa mortal, salgamos cuanto antes de ese estado por medio de una sincera y dolorosa confesión, para que la muerte no nos coja desprevenidos.

martes, 1 de septiembre de 2026

CONTRASTES

 




CONTRASTES

 

   ¡Qué hermosa es la vida a, los veinte años!

 

   El día de nuestra existencia se encuentra en su magnífica plenitud.

 

   El sol brilla radiante y espléndido en el cénit de nuestro horizonte, inundando de luz y colores las llanuras ilimitadas y azules por donde se dilata nuestra vista maravillosamente asombrada.

 

   Todo sonríe a nuestro alrededor, bajo nuestros pies, sobre nuestras cabezas... Se piensa en la gloria, se busca la dicha, se sueña, sobre todo, en el amor; el amor, aspiración suprema y bendita del alma, rayo de luz celestial que ilumina y embellece la vida. Se trazan proyectos seductores para el porvenir, que no es, a esa edad, más que un risueño paisaje que aparece allá a lo lejos, a través de fantásticos tules que le prestan nuevos encantos, nueva belleza, nueva poesía. Se estrechan las amistades, se hacen promesas de amor eterno, y la barquilla de nuestra vida va deslizándose suave y mansamente, entre rosas y cantares, por la superficie tranquila y azul de ese rio de floridas y risueñas márgenes que se llama el tiempo, sin sospechar siquiera, ¡Oh, quién piensa entonces en eso!, que ese rio va a desembocar irremisiblemente en el océano sin fondo ni riberas que se llama la eternidad...

 

   Pero los años van pasando y el sol descendiendo lentamente sobre nuestro horizonte... Cada vez son sus rayos menos brillantes, menos bellos... El paisaje va siendo cada vez menos risueño, sus tintas cada vez más pálidas, hasta que por último el sol comienza a hundirse, a hundirse en el horizonte, sin que nosotros podamos evitarlo. Ha llegado el crepúsculo vespertino de nuestra existencia, la vejez; y la vida entonces... ¡Oh! La vida entonces es buena, o es mala, según.

 

   La vejez, ordinariamente, suele ser un eco de la vida anterior, y el eco, ya se sabe, no repite más que lo que ha oído. De aquí el notable contraste que la vejez suele ofrecer en algunos individuos, y que yo, lector mío, voy a ofrecer a tu consideración, porque no perderás nada con ello, y tal vez, con la gracia de Dios nuestro Señor, ganaras mucho.

 

   Mira ese anciano encorvado por el peso de los años. Observa su ceño adusto, su mirada inquieta y recelosa... Más que la fatiga física propia de esa edad, parece que alguna otra fatiga más íntima, más grave y honda, le aqueja continuamente... Es un viejo incrédulo. Nunca creyó nada, ni cree actualmente; y, como no cree, tampoco espera... Su estado es verdaderamente horrible. Antes las pasiones, los múltiples placeres que el mundo le ofrecía, la ambición, los sueños de mundana gloria, la plenitud de la vida material, explicaban, aunque no disculparan, su escepticismo religioso; llenaban, a su manera, aquel corazón pequeño, y no le dejaban sentir la inmensa pesadumbre que nos ocasiona, aun a despecho nuestro muchas veces, la falta de fe religiosa. Pero ahora todo le abandona. Su falta de energías le impide ya gozar; el mundo, que antes lo adulaba, le cierra ahora sus puertas porque no ve en él más que una ruina, y el porvenir le cierra también todos sus horizontes, ¡Todos! porque la vida se le escapa rápidamente, y la fe, de que carece, no le muestra abiertos, tras del sepulcro, los del orden sobrenatural...

 

   No es un viejo venerable... Su familia, si la tiene y acaso le respeta, lo hace, más que por amor, por la fuerza, o por uno de esos afectos puramente naturales que difícilmente subsisten en tales circunstancias. Como no sembró, no recoge, o recoge, a lo sumo, lo poco que sembró. Algo de ese afecto que pudiéramos llamar material, y esto poco se lo dispensan asi en frío, en seco, sin ternura, sin amor; y esto no basta, no basta en esa edad.

 

   Mil y mil veces la gracia divina llamó con instancias a las puertas de aquel corazón, pero en balde. Siempre obtuvo la misma negativa.

 

   ¡Oh, Dios de mi alma, qué horrible desierto, qué yermo tan desconsolador es la vejez del incrédulo! ¡Qué abismo Insondable, qué espantosa negrura la del alma de un viejo sin Dios! Nada del pasado, nada del presente, nada, o, mejor dicho, algo, a pesar suyo, muy siniestro, muy pavoroso, muy terrible para el porvenir. Al lado de un hombre asi se siente frio y repulsión, porque las ruinas de la vejez no son bellas si no aparecen iluminadas por la luz de la fe y cubiertas por las hermosas flores de la esperanza.

 

   Por último, la muerte, la fría y descarnada muerte, se aproxima... Nada de Dios, nada de Sacramentos, nada de vida futura. La familia, atea también regularmente, como educada por él, le rodea tal vez de atenciones materiales, de excesivos cuidados, para aquel cuerpo que se desmorona, pero nada, nada para aquel alma inmortal... y si alguno, movido a compasión, quisiera hablarle de lo único que ya le importa, no se atreve, porque, o teme disgustarle, o cree fundadamente que sus esfuerzos han de resultar inútiles. El alma del viejo incrédulo lucha y forcejea por asirse a aquel cuerpo que no quiere abandonar. La eternidad, la terrible eternidad, de la que se burlaba en vida, le espanta ahora, y no quiere caer en ella; pero sus esfuerzos son inútiles. La muerte fría, impasible, le da su helado beso en el instante preciso decretado por Dios desde el participio, y el alma del viejo impío va a caer en las manos de Dios vivo, que la sentencia, como a todas, según sus obras.

 

   Pues vuelve ahora los ojos, y mira, lector, qué cuadro tan diverso se presenta ante ellos. Contempla a ese anciano de nevada cabellera, de frente noble y serena, de mirada dulce y apacible, que parece en su casa una bendición de Dios. Mira, agrupándose en torno suyo, ese movible racimo de cabecitas rubias y sonrientes que parecen al lado de la suya grave, reflexiva y serena, bellas auroras en torno de una tarde no menos bella... Es un viejo cristiano, que fué toda su vida cristiano viejo, y mira deslizarse plácidamente entre los suyos, formados según su corazón, los últimos años de su tranquila vejez. Es el abuelito, como todos, hasta los criados, le llaman amorosamente en la casa.

 

   Todos le respetan, todos le aman. Sus menores deseos son preceptos que a porfía se disputan en cumplir, y sus palabras, sus consejos que pronto ¡Ay! faltará, se recogen y guardan religiosamente en el corazón como un precioso tesoro.

 

   Su aspecto no, es antipático ni medroso, porque aunque aquella frente se inclina ya hacia la tierra, aparece dulcemente iluminada por los suaves resplandores del faro de las playas eternas que divisa en lontananza...

 

   Si alguna vez, allá en la edad de las pasiones, ofendió a Dios nuestro Señor, o si después en edad más avanzada se deslizó, más por flaqueza que por malicia, alguna imperfección en la práctica de la virtud, fué su contrición tan verdadera, tan sinceras sus lágrimas por aquellas faltas que lavó en el tribunal de la penitencia, que no es extraño que aquel alma naturalmente cristiana adquiriera, por la frecuente recepción de los Santos Sacramentos, el trato con los buenos y la práctica constante de todas las virtudes, la extraordinaria fortaleza que todos admiran en él y la asombrosa serenidad con que ve acercarse su última hora.

 

   Y cuando ese momento llega, él mismo se apresura a hacer venir al sacerdote; y como Dios no fué nunca un extraño en aquella casa, todos se apresuran a complacerle, y muere, al fin, después de recibir todos los auxilios de la Religión, fortalecido en aquel tremendo trance por la recepción del Santo Viático, rodeado del amor y las bendiciones de los suyos, a quienes exhorta por última vez a la práctica constante del bien, y es su muerte, en fin, tan dulce, tan envidiable, tan santa, qué confirma aquella encantadora expresión del Padre Faber: «¡Cuan bellas sois, puertas de la muerte! Vosotras sois el arco triunfal para las almas que Jesús ha redimido.»

 

TEÓFILO.

Año 1895.

 

 

 

 

EL POZAL FLORIDO (Cuento Catalán)

 




EL POZAL FLORIDO

(Cuento Catalán)

 

   Contaban los abuelos de mi tierra, que corría en aquellos tiempos entre Todos Santos y Manresa un famoso capitán de ladrones tan generoso, que lo más de lo que robaba lo repartía entre los pobres. Disponía sus robos con gran estrategia, como quien iba a tomar una fortaleza enemiga: y asi, burlaba siempre con tal arte la persecución de la justicia, que sus ministros nunca le pudieron prender y salían a veces completamente batidos.

   Gloriábase de ser buen cristiano, y como tal cumplía con los preceptos de la Iglesia, no queriendo pasar año sin confesarse. Y ¡Ay del confesor que se atreviese a negarle la absolución en caso de no querer dejar su oficio!, porque sin contemplaciones le quitaba la vida.

   Un año, cerca del cumplimiento Pascual se presentó a la portería de un convento pidiendo confesión.

   Salió el Prior; y cuando entendió que quien deseaba confesarse era el famoso capitán matador de los confesores que rehusaban absolverle, lleno de un miedo cerval se retiró, prometiéndolo que ya lo mandaría quien le confesara. En esto reunió al instante sus frailes y les contó el caso.

 

   —Padre Prior—dijo uno—si Vuestra Reverencia quiere, yo le confesaré.

   —Pero, hijo—repuso el Prior— ¿No ve Ud., que le matará?

   —No tenga Ud., miedo; yo me las compondré.

   Obtenida, pues, la licencia, se llevó al ladrón al confesonario, sentóse, y el penitente se arrodilló a sus pies. Cuando acabó éste de referir sus atroces culpas, le preguntó el fraile: ¿tiene Ud., algo, más de que acusarse?

   —No—contestó el ladrón, y sacó el puñal para clavárselo en caso de que se negara a darle la absolución.

   —¿Está, Ud., en ayunas?—añadió el fraile.

   —Bebí esta mañana un sorbón de anisete

   —dijo el penitente.

   —Bien está—le dijo el religioso. —Le impongo la penitencia de que medite Ud., por tres días esta máxima cristiana: ¡LO QUE NO QUIERAS PARA TI, NO QUIERAS PARA OTRO!, y después de bien rumiada, vuelva Ud., en ayunas, y recibida la absolución, podrá Ud., comulgar. Dìjole estas palabras con tal dulzura, y le chocó en tanto grado la penitencia impuesta, que, metido el puñal en su vaina, partió con ánimo de volver al día señalado.

   En todo el camino no hizo más que rumiar la máxima: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” Llegó pensativo a su cuadrilla, viéronle preocupado sus compañeros, pero no hicieron caso por creerse que proyectaba alguna buena partida.

   Aquel día no comió nada ni dijo palabra.

   Llegó la noche, y le preguntaron qué expedición tenia pensada.

   Contestó que no estaba para nadie y que le dejaran en paz.

   Era que en aquellas tinieblas veía por do quiera escritas con caracteres fulgurantes aquellas palabras: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” ¿Cómo he de ir a tomar lo ajeno, se decía, si no quiero que me quiten lo mío?

   Cuando sus compañeros le dejaron solo, eran tan violentos los remordimientos de su alma por los crímenes cometidos en tantos años como había sido capitán de ladrones, que no pudiendo sufrir su inquietud y malestar, al segundo día huyó y volvió al convento donde se había confesado. Llegó allí al rayar del alba, llamó a la puerta y preguntó por su confesor.

   —Ud.,—le dijo—me dio por penitencia que meditase el adagio: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro. Me es imposible cumplirla si persevero en mí empleo de ladrón.

   He aquí que quiero renunciar a ser un ladrón, y vengo a  pedir pues, que me acojan en el convento. Haré cuanto me manden, por un mendrugo de pan con que pasar la vida.

   Acogiólo el convento, y con los edificantes ejemplos de aquellos religiosos concibió tal aborrecimiento de sus espantosos delitos, que pidió hacer una confesión general de toda su vida.

   El confesor, aterrorizado de tan horrendos crímenes y maldades, dióle la absolución, y le despidió diciendo: Tan posible es que Dios te perdone, como que florezca el pozal de la cisterna.

   Se le metió tan en el alma esta expresión, que no pudo comer aquel día ni dormir en toda la noche. Al otro día por la mañana, al ver los fraile que el penitente no comparecía, llamaron a su celdita y no respondió; abriéronla con fuerza, y encontraron al ladrón muerto en tierra con las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Quién sabe si habia muerto de pena por sus gravísimos delitos?

   ¿Se habría salvado su alma? Un hermano fue aquella mañana a la cisterna en busca de agua, y encontró el pozal florido, embalsamando el ambiente con su aroma. Entonces el confesor recordó lo que habla dicho, sacando de aquí que por grandes que sean los pecados, todos se perdonan con una buena confesión hecha con verdadero arrepentimiento.

 

FRANCISCO  J. BUTIÑÁ. S. J.

Año 1894.

lunes, 31 de agosto de 2026

SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir. 31 de agosto. († 1250).

 


 

SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir. 

31 de agosto. († 1250).

 

   Niño monaguillo de San Miguel de la Seo de Zaragoza,  fue crucificado por los judíos en odio de la fe, para sacarle la sangre y sorberla en el rito nefando de su Pascua. (Misal  Propio de España 31 de Agosto)

   Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.

   Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. «Fue nuestro antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia. — El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres».

   Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.

   Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. Él fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.

   Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.

   La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.

 

EL MARTIRIO: EL RAPTO.

 

   Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.

   Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val. “Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio—, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber.”

   Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado “que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos”. Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: “Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia”.

   Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.

   Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

   Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.

   Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

   —Querido niño—le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo. —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no. —Acabemos pronto— dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.

   Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.

 

EL MARTIRIO: LOS HECHOS

 

   Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

 

   “Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche.”

   Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

   Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.

   Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.

   Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

   Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.

   Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.

   La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la historia no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: “Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos”. El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.

   “Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado.”

   Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.

   Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: “Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo”.

 

Por:

MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO

 

Visto en:

CATÓLICOS ALERTA.

sábado, 29 de agosto de 2026

LA SEÑAL DE LA CRUZ.

 




I

   Todas las tardes se reunían en aquel cafetín del puerto y en torno a la misma mesa grasienta, a beberse sus jarros de cerveza entre el humo de sus pipas de barro y viendo a través de los azulados vidrios de la puerta la boca de la dársena con sus dos faroles siempre salpicados de espuma y a veces tronchados como si fueran dos cañas por el embate de las olas; mataban el tiempo hasta el anochecer, en que se los veía atravesar el muelle rengueando en busca de la cena respectiva.

 

   Todos eran retirados de la Marina mercante; todos habían cruzado el Océano una porción de veces, y a todos se les habían cubierto de blanco las negras patillas, sobre la cubierta y en el puente de veleros y trasatlánticos, hasta el día en que las diversas Compañías, dándoles el canuto de la inutilidad por sus años y sus asmas, los habían convertido en unas boyas, como ellos decían en su pintoresco lenguaje del oficio.

 

   Dicho se está que no tenían otra conversación que los accidentes de su vida de a bordo, pasando revista sobre aquella mesa mugrienta, entre sorbo y sorbo de cerveza y bocanada de humo, a cuantos cada cual tenía apuntados en el cuaderno de bitácora de su memoria desde que se afiliaron como grumetes en un modesto bergantín hasta que llegaron a mandar un magnifico trasatlántico de la carrera de América o de Filipinas.

 

   Todos se sabían de corrida la historia de los demás, en la que a veces habían sido compañeros y colaboradores; pero no obstante, repetíanse a un día y otro con esa felicidad que significa el evocar las cosas del pasado para los que se sienten empujados ya hacia la muerte sin esperanza humana de retroceso.

 

II

   Aquella tarde la conversación giró sobre el «miedo», con motivo de cierto tribunal de honor formado a un capitán de cabotaje por sus camaradas.

 

   Y el Temerario, como todavía llamaban al anciano marino, achaparrado y cetrino, que por ser el más viejo presidía aquellas tardes de cerveza, pipas y recuerdos, el Temerario tomó en seguida la palabra.

 

   —El miedo es una cosa horrible, queridos— les dijo con el aire grave del que se confiesa; —horrible y casi imposible de vencer... Yo no lo he sentido más que una vez en mi vida, y aún me estremezco de recordarlo...

   —Pues eso no lo ha contado usted nunca.

   —Era yo—siguió, limpiándose los labios bañados de cerveza—segundo en un trasatlántico, cuando nos armaron en guerra en aquella tremenda campaña de las Colonias... Ya recordarán ustedes nuestro disgusto de que nos mandaran jefes de la Armada, no por nada, sino por ese puntillo de independencia que hemos tenido siempre los lobos de mar.

   Pues un día, hallándonos de estación en un puerto, nos cierran de repente la boca dos cruceros formidables, que apenas rayando el día empezaron a vomitar fuego contra nosotros que era lo que había que ver.

 

  A algunas millas teníamos algunos de nuestros barcos; era preciso avisarlos, y a tal fin recibo la orden de zarpar en un bote con cuatro números...

 

   Había que cruzar bajo el fuego enemigo, era ir a la muerte... Confieso que sentí un súbito terror, y me quedé clavado al recibir la orden.

 

   —¿En qué está usted pensando?—me preguntó sardónicamente el comandante, adivinando mi espanto... Él era uno de la Armada... yo un mercante.

  Echóse el bote al agua, y  por mis hombres…Señores, que lo juro: yo he sido siempre un buen cristiano, pero hasta entonces no supe, lo serio que de veras era el tener miedo... Para concluir, me santigüé nerviosamente, y...

   ¡Como he de morir! que aquella señal de la cruz me devolvió en el acto todo mi valor... Y luego dijeron que me había portado heroicamente.

   Y como si el recuerdo le conmoviera siempre, el viejo marino acabó de apurar su jarro un poco trémulo.

 

ALFONSO PÉREZ NIEVA; año 1911.