jueves, 4 de junio de 2026

La solemnidad del Corpus Christi: Primer Jueves después de la Santísima Trinidad (Este año: jueves 4 de junio)


 

Grande inestimable dignidad dan al pueblo cristiano los inmensos beneficios que de la divina largueza ha recibido. Porque no hay ni hubo jamás tan esclarecida nación, que tuviese dioses tan allegados y vecinos como lo es para nosotros nuestro Dios. Queriendo el Unigénito del Padre celestial hacernos participantes de su divinidad, revistióse de nuestra naturaleza, para que hecho hombre, hiciese dioses a los hombres. Y aun esto que tomó de nuestro linaje, todo lo empleó para nuestra salud y remedio: su cuerpo ofreció como hostia de reconciliación a Dios Padre en el ara de la cruz: su sangre derramó como precio de nuestro rescate, y como agua en que nos limpiásemos de todas nuestras culpas; y para que tuviésemos un continuo recuerdo de tan gran beneficio, nos dejó su cuerpo y sangre, para que debajo de las especies de pan y de vino, le recibiesen los fieles. ¡Oh precioso y admirable convite, saludable y lleno de toda suavidad! En él, el pan y el vino se convierten substancialmente en el cuerpo y la sangre de Cristo; y Cristo verdadero Dios y hombre, está debajo de las especies de un poco de pan y de vino. De esta suerte es comido de los fieles, y no es despedazado; antes, dividido el Sacramento, permanece entero en cada partícula. Los accidentes subsisten en él sin mientras lo que es visible se toma oculto debajo de otra apariencia, y los sentidos que juzgan de los accidentes que conocen, no caen en error. Tampoco hay sacramento más saludable que éste, con el cual se limpian los pecados, se acrecienta las virtudes, y el alma se alimenta con la abundancia de todos los espirituales carismas. Ofrécese en la Iglesia por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche lo que para la salud de todos fué instituido. Finalmente, la suavidad de este Sacramento nadie puede explicarla; pues en él se gusta la dulzura espiritual en su misma fuente, y se renueva la memoria de aquella infinita caridad que mostró Cristo en su Pasión. Y así para que más hondamente se imprimiese en los corazones de los fieles la inmensidad de aquel amor, instituyó este Sacramento en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con los discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre: y lo dejó para que fuese memorial perenne de su Pasión, cumplimiento de las figuras de la ley antigua, el mayor de los milagros que obró, y particular consuelo de los que habían de entristecerse con su ausencia. Conviene, pues, a la devoción de los fieles, hacer solemne memoria de la institución de tan saludable y tan maravilloso Sacramento, para que veneremos el inefable modo de la divina presencia en este Sacramento visible y sea ensalzado el poder de Dios, que obra en él tantas maravillas, y se le hagan las debidas gracias por merced tan saludable y regalo tan dulce. (Serm. De Sto. Tomás de A., opúsc. 57).

 

   REFLEXIÓN: ¡Con cuánta solemnidad no celebra la Iglesia este santo día! Para él guarda la procesión más solemne del año en la cual es llevado en triunfo Jesucristo Sacramentado, como a Rey de todos los hombres. Desea que nadie se dispense de asistir a ella sino con grave causa. Pero una vez que asistamos, sea no por humanas miras o respetos que tanto desagradan a Dios, sino por agradecer de corazón el inmenso beneficio de quedarse entre nosotros hasta el fin del mundo.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que en un admirable Sacramento nos dejaste memoria de tu Pasión, rogámoste nos concedas, que veneremos los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre, de manera que experimentemos continuamente en nosotros el fruto de tu redención. Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

“FLOS SACTORVM”

 


LA EUCARISTÍA Y EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS — Tomado de la obra “La Imitación del Sagrado Corazón” Escrita en latín Por el R. P. J. ARNOLDO. S. J. Y publicado por el Apostolado de la Prensa.

 



 

   VOZ DE JESÚS  —Sucumbí a la muerte, hijo mío; pero ya me tienes viviendo por los siglos de los siglos. Como salí del Padre para venir al mundo, así tuve que abandonar el mundo para volver al Padre. Pero el amor de mi Corazón no permitía ni sufría dejar huérfanos a aquellos a quienes amaba más que a mi vida. El amor del Padre me invitaba y me llamaba para que, subiendo a ÉL, fuera también glorificado con Él con el mismo resplandor que Yo tenía en su presencia antes de existir el mundo.

 

   Pero el amor de los hombres me invitaba también, y estimulaba a permanecer con ellos para consolarlos en las tribulaciones de la vida. Entonces mi Corazón encontró un medio de dejar satisfecho el amor para con mi Padre y el amor para con los hombres.

 

   Misterio, hijo mío, en cuya virtud, subiendo al cielo y permaneciendo sentado a la diestra de Dios Padre, permanezca, no obstante, con vosotros hasta la consumación de los siglos.

 

   Misterio que, a no haberlo Yo sacado de mí mismo Corazón, ningún mortal lo hubiera imaginado; misterio que trasciende toda la naturaleza creada; misterio, en fin, que excede todo finito poder.

 

   Eran, pues, necesarios milagros estupendos, sólo asequibles a la omnipotencia divina. Pero triunfó el amor; el amor, que halló tal invención en mi Corazón divino, encontró allí mismo también poder para ponerla por obra.

 

   Todo es posible, todo es fácil a la voluntad de mi Corazón, cuyo querer es poder y ejecutar.

 

   Mas como los mortales no podrían resistir el espectáculo de mi Majestad glorificada, ni el mundo podría subsistir ante los resplandores de tanta claridad, tuve que atemperarme A la flaqueza de los hombres para que no se apartaran estremecidos del resplandor de mi Majestad. Convino, pues, ocultar lo resplandeciente de mi gloria y cuanto pudiera aterrarlos.

 

   Además, hijo, no teniendo tú aquí patria permanente, sino ya que buscas otra venidera, te convenía que Yo viviera contigo bajo forma extraña, no fuera que olvidando tu peregrinación en la tierra, pretendieras edificar aquí tu tabernáculo y apegarte a lo terreno, en lugar de acordarte de tu destierro y suspirar por la patria donde cara a cara podrás contemplar mi gloria.

 

   Por último, hijo mío, como esta vida es breve, y después de ella no te queda tiempo para merecer, te era conveniente y provechosísimo que cubriendo mi presencia con un velo, te diese más ocasión de ejercitar la fe y mayor oportunidad para practicar otras virtudes.

 

PADRE. ARNOLDO. S. J.

 

APOSTOLADO DE LA PRENSA 1897.

 

viernes, 29 de mayo de 2026

“LA TARDE DE LA VIDA”

 



(Traducción del Presbítero D. Francisco José Vergara)

Año 1910.

 

El alma del enfermo, y el Sacerdote.

 

   La vida, que en cada uno de nosotros ha tenido su aurora, su desarrollo progresivo y su curso más o menos largo y más o menos mezclado de goces y tristezas, tendrá también su fin. Así como la luz del día, que se extingue entre las sombras de la noche, la vida acabará también, volviendo a la sombra y al silencio.

 

   Esta última faz de una existencia que termina tiene también algo de solemne y conmovedor. Se siente que la vida no concluye aquí sino para volver a  empezar en otra parte, y parece que sus últimos latidos pertenecen ya a ese desconocido y  terrible misterio del más alla, en que, según la fe, continúa la historia de las almas.

 

   La enfermedad, ese mensajero de Dios, cuya misión providencial no siempre se comprende bien. La enfermedad no es solamente el crisol en que se purifica la vida, sino también el molde de donde sale rejuvenecida y perfecta. La sumisión a la voluntad de Dios, que envía la enfermedad, no es incompatible, con el deber de proteger nuestra existencia ante el mal de que se ve atacada, salvo el cuidado excesivo del cuerpo en detrimento del alma. Hemos por lo tanto de procurar la salud, poniendo nuestra confianza en el médico de nuestra elección.

 

   En las líneas que siguen trataremos sobre todo de los intereses de esta alma, que va a comparecer delante de Dios.

 

   A los ojos de la ciencia, y desde un punto de vista meramente humano, el enfermo es ya digno de toda atención. Tiene la grandeza moral de un vencido, al que nadie se atreve ya a herir; y por humillantes que sean los desfallecimientos de ese cuerpo quebrantado o lentamente devorado por la enfermedad, el enfermo no es menos digno de respeto y consideraciones.

 

   Pero es la fe la que principalmente nos revela todo lo que hay en el enfermo de nobleza y dignidad. El Salvador, que rehabilitó la pobreza al tomarla para sí en Belén y Nazaret, quiso también ennoblecer el dolor, y por tanto se condenó a los sufrimientos. Había venido para salvar las almas, y dio como prueba de su misión divina la curación de los enfermos. A los que les interrogaba sobre esa misión, les respondía: “Id a anunciar que son curados los enfermos.”

 

   De todas partes les llevaban los enfermos; y como para enseñarnos lo que nosotros debíamos hacer después; para ellos eran sus palabras más dulces y sus más tiernos cuidados. Ni esperaba a veces que los enfermos llegasen hasta ÉL, sino les curaba desde lejos, como lo hizo con el criado del centurión.

 

   Por la tarde, cuando el día había transcurrido en las faenas de la predicación, parecía hallar reposo en el cuidado de los enfermos; les hablaba dulcemente; extendía sobre ellos sus manos, bendiciéndoles, y los despachaba curados.

 

   “Para colmarlos de honor, dice Monseñor Plantier, hace miembros de su propia Humanidad Santísima a todos los que sufren; considera como hechos a ÉL mismo los cuidados que a aquéllos se prodiguen; reputa ofensa a ÉL mismo el abandono en que se les deje; y aun podría decirse, amplificando la hermosa frase de Salviano, que así como Cristo es el que mendiga en la universalidad de los indigentes, ÉL es también el que sufre en la universalidad de los enfermos.”

 

   Esta majestad de que Dios ha revestido el dolor, asigna a éste, igualmente, un rango magnífico en la Iglesia, y un lugar de preferencia en sus respetos y en su abnegación. Bossuet hablaba elocuentemente de la “eminente dignidad de los pobres en la Iglesia.” Apropiándonos esta palabra, podríamos hablar De la eminente dignidad de los enfermos.

 

   Para honrar en los enfermos la imagen de AQUEL que es el objeto de sus adoraciones, la Iglesia les ha construido casas suntuosas como los palacios, y casi tan veneradas como los templos; y para cuidar de ellos allí mismo, ha suscitado legiones de servidores voluntarios, que se muestran altivos de su misión, y miran como un honor el cumplimiento de faenas de que difícilmente se encarga un mercenario. Esta noble misión se nos confía también a todos, pues a cada uno de nosotros encarga Dios, a lo menos dentro de cierta medida, el cuidado de esa alma que va a dejar la tierra.

 

   Cuando se hayan agotado en torno del lecho todos los cuidados que dicta el afecto y todos los recursos que dicta la experiencia; cuando la ciencia misma se declare impotente, entonces, no sin perder la última esperanza, debéis pensar en esa alma, que es todo lo que os queda de esos seres queridos.

 

   Hay un hombre (el sacerdote) a quien el mundo escéptico y burlón afecta tratar con desdén, cuando no se le irroga la injuria de clasificarle entre los que desempeñan una función cualquiera, retribuida por el Estado. Su misión es discutida por unos y desconocida por otros; para muchos viene a ser como un personaje extraño, cuya palabra es importuna y cuya presencia fastidia. Si se le hace lugar a veces en las reuniones ordinarias, se le teme en las horas dolorosas de la enfermedad; parece que en los pliegues de su austero traje llevara una especie de sentencia de muerte. El médico puede multiplicar sus visitas, de cuya inutilidad nadie se hace ilusión; los amigos, y el Notario mismo, podrán tratar largamente de las disposiciones testamentarias; sólo al “sacerdote” se le teme como a hombre de mal presagio.

 

   El célebre filósofo Cousin, hallándose un día de paseo con un amigo, alcanzó a ver a un sacerdote que entraba a una pobre vivienda, llevando bajo el brazo una sobrepelliz y una estola. Cousin le siguió con la mirada, y volviéndose le dijo: “¿Véis a ese sacerdote?  Va a hacer una gran cosa: Y va ayudar a un hombre a bien morir. Nosotros, durante, treinta años, hemos tratado de demostrar la existencia del alma sin lograrlo jamás. Mientras tanto, estos sacerdotes que desdeñamos, van a combatir el vicio en las almas de los malos; la tentación, en los que dudan; la desesperación, en los que sufren. A todos, alcanza el socorro de su abnegación, tan heroica como desconocida. Y nosotros querríamos arrojarlos al agua. Más valdría que nos arrojaran a nosotros mismos. ¡Sí! Ellos se sacrifican por esas almas cuya existencia nosotros di cutimos tan inútilmente. ¡Sí! Ellos son necesarios; y nosotros, con toda nuestra ciencia, ¿De qué servimos?

 

   Recordaos: “¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia.” (Santiago. V. 14).

 

 

 

 

sábado, 23 de mayo de 2026

MARÍA AUXILIADORA – 24 de Mayo.

 



 

MARIA SANTÍSIMA,

NUESTRA AUXILIADORA

 

   Cuando San Juan se llegó a Éfeso, y desde allí regía la Iglesia de Asia, fundada por él, María Santísima, en memoria del testamento de Cristo siguió al discípulo predilecto, al hijo predilecto.

 

   De todas partes la gente venía a María. Los paganos, atraídos por la fama de su sabiduría y virtudes y no hay duda de que muchos de éstos, o por la eficacia persuasiva de sus palabras, o sólo por aquélla luz divina que iluminaba toda su persona, se convirtiesen a la fe de Cristo. Los creyentes, para venerar a la Madre del Salvador, al ver, a María se hacían la ilusión de ver a Jesús; en las facciones de la Madre resplandecía la belleza del Hijo. Muchas jóvenes partieron de la casa de María con el propósito de consagrar a Dios su virginidad; los vacilantes se confirmaron en la fe; los débiles cobraron ánimo, prontos a medirse con los perseguidores y sufrir el martirio; los perezosos se animaron a una santa actividad; los tibios se sintieron enfervorizados; todos se separaron de Ella mejorados. Porque aseguran los santos padres, bastaba fijar los ojos en el rostro de María para sentir en el corazón deseos del bien, propósitos de virtud, llama de caridad.

 

   María Santísima recibe entre sus brazos a esta Iglesia recién nacida, la alimenta, la calienta con su afecto, la defiende de sus enemigos y la lleva a aquélla plenitud de vida, a aquel desarrollo de fuerzas que la harán la Reina de los pueblos. Así actúa la Auxiliadora en el plan de Dios.

 

HISTORIA DE LA DEVOCIÓN A MARÍA AUXILIADORA EN LA IGLESIA ANTIGUA.

 

   Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Éfeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra “Boetéia”, que significa “La que trae auxilios venidos del cielo”. Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama “Auxilio potentísimo” de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: “La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto”. San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen “Auxiliadora de los que sufren” y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquélla imagen de la “Auxiliadora de los enfermos” se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María “Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles” e insiste en que recemos para que Ella sea también “Auxiliadora de los que gobiernan” y así cumplamos lo que dijo Cristo: “Dad al gobernante lo que es del gobernante” y lo que dijo Jeremías: “Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien”. En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: “María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo”. San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: “María Auxiliadora rogad por nosotros”. Y repite: “La Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte”. San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: “Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda”.

 

MARÍA AUXILIADORA EN LA BATALLA DE LEPANTO.

 

   En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa, donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego –de manera admirable– el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: “MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.”

 

EL PAPA Y NAPOLEÓN

 

   El siglo XIX sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: “Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica”. Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: “Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados”, vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

 

DON BOSCO Y MARÍA AUXILIADORA.

 

   El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. Su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera “ciencia y paciencia”, porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.

 

   Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: “Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen”. Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.

 

   San Juan Bosco decía: “Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros” y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. Él decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo.

 

   ORACIÓN: Oh Dios omnipotente y misericordioso que en la Santísima Virgen María Auxiliadora estableciste maravillosamente una continua ayuda para defensa del pueblo cristiano; concédenos propicio que luchando en esta vida al amparo de tal protección, en la hora de la muerte podamos alcanzar la victoria sobre el maligno enemigo. Por J. C. N. S. Amén.

 

La Venida del Espíritu Santo, sobre María Santísima y los Apóstoles. (A los 50 días después de la Resurrección.)

 



   La admirable venida del Espíritu Santo refiérese en el libro de los Hechos de los apóstoles por estas palabras:

 

   «Entrados los apóstoles en la ciudad de Jerusalén, subiéronse a una habitación alta, donde tenían su morada Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo y Simón llamado el Celador y Judas hermano de Santiago. Todos los cuales, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las piadosas mujeres, y con María la madre de Jesús y con los hermanos o parientes de este Señor. Al cumplirse, pues, los días de Pentecostés, estando todos juntos en un mismo lugar, sobrevino de repente del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. Al mismo tiempo vieron aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos: entonces fueron llenos todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca. Había a la sazón en Jerusalén, judíos piadosos y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo. Divulgado pues, este suceso, acudió una gran multitud de ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía a los apóstoles en su propia lengua. Así pasmados todos, y maravillados, se decían unos a otros: ¿Por ventura estos que hablan, no son todos Galileos rudos e ignorantes? pues ¿cómo es que les oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa? Partos, Medos y Elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia, y del Egipto, los de la Libia, confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos, como prosélitos, los Cretenses y los Árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios.» (Hechos de los Apóstoles, cap. II).

 

   Los efectos que obró el Espíritu Santo en los apóstoles fueron tan admirables como las obras con que asombraron al mundo. Infundióles una celestial sabiduría para que entendiesen y comprendiesen los misterios altísimos de Dios que habían de predicar; imprimióles en sus corazones la ley de gracia, alentándoles soberana fuerza para cumplirla perfectísimamente, y sobre todo los abrasó con un amor tan encendido, tan ardiente y fervoroso, que si mil vidas tuvieran, las ofrecieran por Cristo. Este fuego de amor es el que los animaba para que saliesen luego al encuentro a todo el poder del mundo y del infierno: y para decir en pocas palabras lo que obró por ellos este divino Espíritu en esta venida, no es menester sino considerar la conversión del mundo que resultó de ella por la predicación de los sagrados apóstoles; los cuales, no eran más que doce pobres y despreciados pescadores, sin elocuencia ni sabiduría humana, sin favores ni amistades de príncipes.

 

 

   REFLEXIÓN: Además de aquella primera venida tan visible y prodigiosa del Espíritu Santo, hay otra invisible que siempre dura y obra cosas muy admirables en las almas de los justos enriqueciéndolas con sus dones y con su real presencia. Él es el que alumbra con soberana luz su entendimiento, el que enciende en amor de Dios su voluntad; de manera que los que le reciben por una sincera conversión se sienten como trocados en otros hombres muy diferentes de los que antes eran.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que en el día de hoy, derramando la luz del Espíritu Santo sobre los corazones de los fieles, les enseñaste la verdad divina; concédenos que por el mismo Espíritu sintamos de ella rectamente, y gocemos siempre de su consolación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

“FLOS SANCTORVM”

“EL DOLOR EN LOURDES”

 



 

   Cuando el cochecito en que va, postrada, Ana María penetra en el acotado patizuelo de las piscinas, una luz parece extenderse por él, como si, de pronto, una estrella se hubiese encendido en la frente de la enfermita, o como si el sol alumbrase tan sólo a aquel cochecito donde Ana María, pálida, demacrada, con su cabellera de ébano, marco de unos ojos negros y rasgados de dulcísimo y sereno mirar, sonreía a todo y a todos con esa sonrisa, flor de fragancia exquisita, que únicamente se da en los jardines de la inocencia y en los huertos cerrados de las almas puras.

 

   ¿Dónde estaba el foco de aquella luz misteriosa y fascinante que, como aroma de un pebetero, emanaba del cochecito de la niña el incienso del dolor? ¡No parecía, que era ella la vencida, sino el dolor el vencido! ¡Ah! ¡Religión bendita del Crucificado, tú solo tienes el poder de trocar en paraíso la vida de los que sufren y la virtud de encender estrellas en las huellas del dolor!

 

   Como Ana María, la hermosa niña a quien los padecimientos no lograron borrar por completo su belleza. ¡Cuántos otros enfermos, en Lourdes, ardían jubilosos, como cirios escogidos, en obsequio de la Inmaculada Madre de Dios!

 

   En parte alguna como en este milagroso santuario, pueden los ojos abarcar y medir el panorama misterioso del dolor humano y darse cuenta de la máquina providencial que lo mueve... ¡Y de la lluvia del cielo que lo fecundiza y engrandece!

 

   Ana María aguarda el momento de la inmersión en la piscina, cuyas aguas agita el soplo taumatúrgico... En tanto, su voz cristalina, ahilada por la fiebre, únese al coro fervoroso de la multitud, cuyos ecos atruenan la montaña, y huyen cabalgando en las ondas impetuosas del espumoso Gave...

 

   “Au Gave rapide elle a dit son nom.”

   “En el caudaloso río Gave dijo su nombre.”

 

   Nosotros también oramos con la muchedumbre cosmopolita, que repite, en francés, las preces del abate:

 

   “¡Mére du Sauveur, priez pour nous!”

   “¡Madre del Salvador, ruega por nosotros!”

 

   Mas tenemos encandilada el alma y amartelados (encariñados) los sentidos con la sonrisa dulce, esperanzada y luminosa de Ana María. Hace años conocimos a esta niña aquí mismo, en Lourdes, formando parte de una peregrinación bretona. Iba acompañada por su padre, ese caballero que ahora, transido de pena, empuja, suavemente, como preciosa carga, el cochecito de la tullida...

 

   Ana María, entonces por igual bella y saludable, llevaba clavada en el corazoncito filial una punzante espina... ¡Su padre no creía!... La fe estaba muerta en su pecho... Lloraba a hurtadillas la niña, pidiendo para su progenitor, como el ciego de Jericó pedía para sus pupilas, luz... ¡Luz del alma!... Pasaron los años... El azote de la gran guerra fustigó el suelo corrompido de Europa... Ana María, huérfana de madre e hija única, vivía en las soledades de su castillo de Bretaña, aguardando, entre fieles servidores, la vuelta del padre, soldado de su patria... ¡Qué días interminables aquellos, esperando la noticia tranquilizadora, el regreso dichoso del que amaba!  ¡Qué crueles noches de insomnio, de oración y de fervores redoblados, pidiendo a la Inmaculada de Lourdes que protegiera la vida de su padre, que alumbrara su alma con la antorcha de la fe! Ana María, en lo escondido de su alma, maceraba su cuerpo, ayunaba..., ¡violentaba sin cesar a los cielos!

 

   La paz devolvió un día sano y salvo a su padre. Volvía del país de la muerte y en su alma entreabríase ya la rosa de la fe... Pasados los primeros transportes de alegría filial, Ana María se rindió a la fatiga de cuatro años de zozobras y angustias mortales, y su salud empezó a descaecer, cebo de las fiebres que la agotaron y entumecieron... El padre creyó enloquecer. Su hija se le moría. Y una tarde, a la claridad indecisa del crepúsculo que teñía de rojo y oro la alcoba de la niña, el padre balbució:

 

   — ¿Quieres que te lleve a Lourdes, hija mía, para que tu Virgen te devuelva la salud?

   — Sí, sí —repite llorando la niña—. ¡Llévame a Lourdes!...

 

  Y ved aquí como Ana María, postrada en su cochecito, que el padre empuja suavemente, como carga preciosa, acaba de penetrar sonriente y esperanzada en el acotado patizuelo de las piscinas, cuyas aguas mueve el soplo taumatúrgico...

 

   Ya llega su turno a Ana María... Su padre, ese hombrachón, en cuyo ojal puso la gran guerra la condecoración de los valientes, llora como un niño... Ya Ana María ha desaparecido tras las cortinas del departamento de mujeres... La multitud reza, devota, las preces del Santo Rosario, esa dulce y amorosísima plegaria, ya que la repetición es el lenguaje del amor.

 

   De pronto se oyen dentro de la piscina gritos femeniles... Los fieles prestan atención y su plegaria truécase en leve murmullo de hojas agitadas por el céfiro. Miráis en torno vuestro, y veis pintados en todos los rostros la ansiedad y el temor de ser testigos de algo sobrenatural... Continúan en la piscina los gritos femeninos... Son de Ana María... ¡Suenan a júbilo!... Alguien aparece en la puerta, y grita:

 

   — ¡Milagro! ¡Milagro!...

 

   No hay palabras con que poder describiros el momento en que el escalofrío de lo sublime se apodera de aquella muchedumbre, que se arroja en tierra, y ora, y grita, y llora, y tomada por el vértigo, si no la contuvieran, entraría a viva fuerza en la piscina y levantaría en alto como un trofeo de su fe, que es ahora rugiente pleamar, a la enferma y la pasearía por el mundo para dar testimonio del poder y de la gloria de María.

 

   En los cochecitos que esperan su hora los enfermos lloran, dulcísimamente, queriendo incorporarse, como si el milagro operado en Ana María les alcanzara a ellos... Les ha comunicado alientos y en sus ojos brilla la esperanza.

 

   ¡He aquí al dolor acobardado, desarmado, empequeñecido, trocado en esclavo de los que sufren en nombre de Dios y por Dios, dueño supremo de la vida y de la muerte!

 

   Cuando ha transcurrido el tiempo necesario, Ana María puede abandonar su lecho en la clínica de reconocimiento facultativo. Todos los médicos, que la han observado concienzudamente, profirieron la misma palabra: ¡Milagro! Así lo han certificado.

 

   Una mañana en que el sol cabrillea sobre las verdosas aguas del Gave, la hermosa niña póstrase de rodillas al lado de su padre para recibir en la Gruta el Pan de los fuertes “La Eucaristía”.

 

   A la niña antójasele que en el rosal que crece a los pies de la imagen de María en la roca viva hay dos rosas de delicadísimo matiz, cuyo aroma la embriaga, y no se equivoca Ana María... El rosal muestra una rosa más: la del alma de su padre vuelto a la fe, porque, como Tomás, metió sus dedos en las llagas del costado... Vio y creyó...

 

   Pero ¡Ah! Benditos los que no vieron y creyeron...

 

   ¡Benditos y bienaventurados esos enfermos que en la gran esplanada de Lourdes, rodeada de jardines versallescos, atenazados por el dolor, pálidos, extenuados..., en los que no se operará el milagro material de recobrar la salud, pero en todos los cuales se da ese otro milagro, no menos portentoso, de vencer, y rendir, y convertir en inefable el dolor, y lo que más espanta y maravilla a la paganía del mundo ciego y sensual, “en algo apetecible”, como divino manjar que sólo reserva y reparte el Padre entre los primogénitos y los escogidos!...

 

GERARDO REQUEJO VELARDE.

Lourdes, mayo de 1925.

La aparición de Santiago, apóstol. — 23 de mayo. (844)

 



   Entre los innumerables y señalados beneficios que ha recibido España de su bienaventurado apóstol y defensor Santiago, es digno de eterna recordación y agradecimiento el que alcanzó en Clavijo. Porque dominando aún en España los sarracenos y oprimiendo a los pueblos cristianos con graves y deshonrosos tributos, el rey Ramiro, que había subido al trono de León, rechazó sus injuriosas demandas y procuró con toda sus fuerzas enflaquecer el poder de los moros, y librar a nuestra patria de aquella tan dura servidumbre. Hizo pues un llamamiento general a las armas, y juntando un poderoso ejército se entró en las tierras de los enemigos. Abderramán lleno de coraje, llamó en su auxilio hasta las tropas africanas, para salir a su vez al encuentro de los cristianos. Encontráronse los ejércitos cerca de Avelda y en aquella comarca se dio la batalla de poder a poder, y pelearon con dudoso suceso, hasta que cerrando la noche, mandó don Ramiro retirar sus tropas cansadas y destrozadas al vecino collado llamado Clavijo, donde se fortificó lo mejor que pudo e hizo curar a los heridos.

 

   El rey, oprimido de tristeza y de cuidado, se quedó adormecido, y entre sueños le apareció un varón celestial de gran majestad y grandeza, y preguntándole el rey quién era: «soy, respondió, Santiago apóstol, a quien ha confiado Dios la protección de España. ¡Buen ánimo! mañana te ayudaré y alcanzarás ilustre victoria de tus enemigos.»

 

   Despertó el rey con esta visión y dio cuentas de ella a los obispos que seguían su campo y a los capitanes del ejército; y al amanecer, dada la señal del combate, bajaron las huestes españolas del monte, y como bravos leones se arrojaron sobre los bárbaros, invocando el nombre de Santiago. Asombráronse los sarracenos al ver el ímpetu y valor con que los acometían unos enemigos a quienes contaban por vencidos, y creció más su confusión con los favores que nos vinieron del cielo.

 

   «Porque Santiago, cumpliendo la palabra que había dado al rey, se dejó ver en el aire, cercado de una luz resplandeciente, que a los cristianos infundía grande confianza y fortaleza, y a los moros terror y espanto. Venía el santo apóstol montado en un blanco corcel; y en la una mano traía un estandarte blanco en medio del cual campeaba una cruz roja, y con la otra mano blandía una espada fulminante que parecía un rayo.»

 

 Capitaneando así nuestra gente se alcanzó la más ilustre victoria. Unos setenta mil sarracenos cayeron muertos en el campo, quedando humillada desde aquel día la soberbia de los moros, y España libre del ignominioso tributo.

 

   REFLEXIÓN: Desde este tiempo comenzaron los soldados españoles a invocar en las guerras al glorioso apóstol como a su valeroso y singular defensor; lo cual hacen en todas las batallas, y la señal para acometer y cerrar con el enemigo, hecha oración y la señal de la cruz, es invocar al santo y decir: «¡Santiago, cierra España!» Y por este singular patrocinio del santo apóstol han tenido felicísimos sucesos y acabado cosas tan extrañas y heroicas que humanamente no parece que se podían hacer.

 

   «Invoquemos también nosotros al santo porque nos defienda de nuestros enemigos visibles e invisibles y especialmente de los demonios y hombres diabólicos que causan la perdición temporal y eterna de los hombres.»

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que misericordiosamente encomendaste la nación española a la protección del bienaventurado Santiago apóstol, y por su medio la libraste milagrosamente de su inminente ruina, concédenos, te rogamos, que defendida por el mismo gocemos de eterna paz. Por Jesucristo, nuestro Señor Amén.

 

“FLOS SANCTORVM”

viernes, 15 de mayo de 2026

LOS TRES AMIGOS

 



 

   Un hombre, que tenía tres amigos, fué acusado de un crimen.

 

   — «¿Quién de vosotros, preguntó, quiere acompañarme ante el juez para probar mi inocencia?»

 

   El primero, con quien más contaba, se disculpó con sus negocios.

   El segundo le acompañó hasta la puerta del tribunal, y allí se volvió atrás por miedo al juez.

   El tercero, solamente, y  con quien menos contaba, le acompañó hasta el fin, habló por él y le salvó.

 

   El hombre tiene tres amigos en esta vida: Cuando muere y tiene que presentarse a Dios, justo juez, el dinero y poder le abandonan; los parientes y amigos le acompañan hasta el cementerio, y sólo las buenas obras le siguen a todas partes, consiguiendo su perdón y su gracia.

 

   Sólo las buenas obras nos acompañan hasta el tribunal de Nuestro Señor Jesucristo, y sólo las buenas obras pueden hablar en favor nuestro.

 

“EL APOSTOLADO DE LA PRENSA” (Año 1906)