martes, 13 de octubre de 2026

PERSECUCIÓN — Por Cornelio A Lápide.

 


 


Siempre ha habido persecuciones. ¿Por qué?

 

   Tened cuidado, dijo Jesucristo a sus apóstoles, porque os harán parecer ante  sus tribunales, y os pegarán en las sinagogas, y os presentaréis ante sus  magistrados y sus reyes, por causa mía, para dar testimonio. Y seréis odiados por todos con motivo de mi nombre.

 

   Acordaos de la palabra que os dije: No es el criado más grande que su dueño. Si me han perseguido, os perseguirán también; pero lo harán todo por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. En verdad, en verdad os lo digo: Llorareis y gemiréis, y el mundo se alegrará. Viviréis en la tristeza; pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Si el mundo os aborrece, sabed que me aborrece a mí el primero. Si hubieseis sido del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; pero, como no sois del mundo; y os he elegido de en medio del mundo, por esto os aborrece el mundo. (Joan. XV. 18-21. XVI. 20.)

 

   Somos considerados como necios a causa de Cristo, dice el gran apóstol; somos despreciados. Hasta ahora sufrimos hambre y sed; estamos desnudos, somos abofeteados, y andamos errantes; somos maldecidos, perseguidos, injuriados; somos hasta aquí como los desechos del mundo y las basuras de todos. (I. Cor. IV. 10-13.)

 

   Somos hijos de la promesa según Isaac, añade el apóstol; pero, asi como el que había nacido según la carne perseguía al hombre nacido según el espíritu, asi sucede también ahora. (Gal. IV.28-29.)

 

   Todos los que quieren vivir santamente en Jesucristo sufrirán persecución, (II Tim. III. 12). Serán perseguidos por envidia y malicia. Serán perseguidos por el demonio..., por el mundo corrompido... Se les llenará de injurias, de burlas, de afrentas, de desprecios, siempre por envidia, ceguedad, injusticia y crueldad. Serán perseguidos en odio de la verdad, de los buenos ejemplos, del Evangelio, de la religión, del orden, de la sana doctrina, de la moral, del Cielo y del culto divino... Serán perseguidos por sí mismos, por la concupiscencia, por el hombre viejo, que enfrenan, que encadenan, a pesar suyo, y que someten al espíritu...

 

   No es cosa nueva que las almas piadosas sean perseguidas; esta se verifica desde el principio del mundo. Así Caín persiguió al piadoso Abel, su hermano, y le mató. Los hijos de los hombres persiguieron a los hijos de Dios. Abrahán fué perseguido por los cananeos, Loth por los sodomitas, Isaac por Ismael, Job por Esaú, José por sus hermanos, Moisés por el Faraón, los hebreos primero por los egipcios, y más tarde por los filisteos y otras naciones; Saúl persiguió a David; Absalón persiguió a David, su padre: Manases persiguió a Isaías, los judíos persiguieron a Jeremías, a Amós, a Ezequiel y a los demás profetas; Nabucodonosor persigue a Daniel y a los demás niños hebreos; Herodes persigue a los Santos Inocentes y hace decapitar a San Juan Bautista; Jesucristo es perseguido hasta la muerte... Los apóstoles son perseguidos de mil maneras y se les sentencia a muerte, por Jesucristo... ¿Cuántos millares de mártires?... Todos los santos han sido más o menos perseguidos... La Iglesia ha sido siempre perseguida en una región u en otra, y esto en todos los tiempos...

 

   El Señor, dice San Gregorio, no envía a sus elegidos para las alegrías del mundo, sino para los sufrimientos y las persecuciones, como él mismo ha sido enviado. El Hijo es infinitamente amado del Padre, y sin embargo, su Padre le envía para sufrir persecuciones. De la misma manera el Hijo de Dios ama a sus discípulos; y sin embargo los envía al mundo para ser perseguidos. «Como mi Padre me ha enviado, as! también os envió;» es decir, cuando os envió entre los escándalos de los perseguidores, os amo con aquella caridad perfecta con que me ama mi Padre cuando me envía a sufrir la pasión y la muerte en la cruz.

 

   Siempre ha habido persecuciones; porque:

   1°) Siempre ha habido malvados en el mundo, hombres depravados y perversos anticristos para perseguir a los buenos...

   2°) Los perseguidores detestan a Jesucristo y su nombre; y esta es la razón porque persiguen...

   3°) El servidor debe seguir la muerte de su dueño...

   4°) Hay malos que persiguen por ignorancia...

   5°) Otros por odio a Dios y a la virtud...

   6°) Los buenos son, por otra parte, hijos de la promesa...

   7°) Las persecuciones experimentan, purifican y santifican...

   8°) Las persecuciones dan a conocer a los buenos y a los malos, separan los unos de los otros, como se separa la paja del trigo, y como el fuego separa el oro de la tierra...

   9°) Las persecuciones reaniman la fe...

   10°) Hacen héroes. Las tempestades purifican el mar, y arrojan de su seno las inmundicias extrañas que mancharían sus aguas. Lo mismo sucede en la religión; las persecuciones arrojan de su seno a los miembros hipócritas, gangrenados y podridos, que la manchan en tiempo de calma; y las mismas persecuciones hacen entrar a los hijos fieles en el reino de los Cielos...

 

   ¿Cómo son los malos, pregunta San Agustín; útiles a los buenos? Lo son, no con miramientos, sino con persecuciones. Las persecuciones son para los mártires y para la Iglesia lo que la lima y martillo para el hierro, lo que la vara para el trigo, lo que el horno para el pan, lo que el fuego para el oro. (Lib. Civit.)

 

   Los sufrimientos de los mártires ilustran a la Iglesia; son su más hermosa victoria...

 

   Preparemos emboscadas al justo, dicen los malvados, porque nos es inútil, y es contrario a nuestras obras; porque nos echa en cara nuestras faltas contra la ley, y vuelve contra nosotros las obras de nuestras doctrinas. Así es como la Sagrada Escritura expresa el lenguaje de los perseguidores impíos.

 

   El justo se vanagloria de tener la ciencia de Dios, y hasta odiosa nos es su vista; porque sus actos son diferentes de los actos de los otros, y su proceder no es el nuestro. Nos mira como mentirosos, y se abstiene de seguir por nuestro camino; como si asi se manchare. Interroguémosle por medio del ultraje y del suplicio, y condenémosle a la muerte más infame. (Sap. II. 12-20).

 

“TESOROS de CORNELIO A LÁPIDE”

Tomo IV. Año 1882.

MEDITACIÓN SOBRE LA FELICIDAD DEL HOMBRE EN ESTA VIDA.

 




   “Entonces el Rey dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo, 25, 34).

 

   I. Tres cosas pueden hacernos felices, tanto al menos cuanto lo podemos ser en este lugar de destierro. La primera es la buena conciencia: sin ella, ni los placeres, ni los honores, ni el cumplimiento de todos nuestros deseos podrían contentarnos. Si tienes el alma pura, todo lo desagradable que pueda sucederte no debe turbarte. ¡Qué consuelo poder decirse: Hago lo que depende de mí para estar bien con Dios!

   ¿Puedes, tú, con verdad, decirlo? ¿No te reprocha nada tu conciencia?

 

   II. La segunda condición para ser feliz es abandonarse generosamente a la providencia de Dios, consagrarse a Él sin reserva, no querer sino lo que Él quiere y recibir de su mano con agradecimiento el bien y el mal, pues lo uno y lo otro son efectos de su bondad.

   Las aflicciones, el ayuno, las enfermedades, no son penosos para los que los soportan, sino solamente para los que los reciben a disgusto (Salviano).

 

   III. La tercera condición es considerar cuál es voluntad de Dios en todo lo que nos acaece. Dios tiene sus designios y el demonio los suyos. ¿Cuál es designio de Dios en esta enfermedad que te envía? Que la soportes con resignación, mediante el pensamiento de la muerte y del paraíso. El demonio, por su lado, quiere arrojarte en la impaciencia y en la murmuración.

   Dios es tan bueno que no permitiría más que sucediese ningún mal en el mundo, si no fuese lo suficientemente poderoso como para sacar bien del mal (San Agustín).

 

Conformidad con la voluntad de Dios.

Orad por los que os gobiernan.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que habéis coronado con la gloria eterna al bienaventurado rey Eduardo, vuestro confesor, haced, os Lo suplicamos, que honrándolo en la tierra, podamos reinar un día con él en el cielo. Por J. C. N. S.  Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

lunes, 12 de octubre de 2026

AFLICCIONES — Cornelio A Lápide.

 



 

   «En medio de mi oración, el Dios de justicia me oyó; en mis angustias, me abrió el inmenso espacio, dice el Salmista.»

 

   «Dios nos oye algunas veces librándonos de las aflicciones; otras veces dándonos la virtud de la paciencia, lo que todavía es un beneficio mayor; y en alguna ocasión nos concede también, no sólo la paciencia, sino la alegría; dice el cardenal Bellarmino.»

 

   «A medida qne los padecimientos de Jesucristo aumentan en nosotros, dice San Pablo, nuestros consuelos aumentan también por Jesucristo.»

 

   «Cuanto más aumentan las aflicciones sufridas por Dios, más grandes y abundantes son los consuelos. Las aflicciones de los mundanos son, al contrario, hiel sin miel; y cuanto más se multiplican, más también aumentan su desolación, sus enojos y sus pesares. De ahí se deduce que lejos de huir de las cruces es preciso desearlas, puesto que tan fecundas son en delicias.»

 

“TESOROS DE CORNELIO A LÁPIDE”

domingo, 11 de octubre de 2026

EL MILAGRO DE CALANDA

 



EL MILAGRO DE CALANDA

 

   Es el milagro por antonomasia cuando se habla de los milagros de la Virgen del Pilar, y es el primero que se presenta en la memoria.

 

   «Un mozo de mulas llamado Miguel Pellicer, guiando un chirrión (carro) cargado con cuatro cahíces de trigo (cahíce medida de capacidad), cayó de la caballería que montaba, pasándole una de las ruedas por encima de la canilla de la pierna derecha y fracturándosela por completo. Esto sucedió en Castellón de la Plana el año 1637. Conducido al Hospital de la ciudad de Valencia, estuvo allí cinco días, y a petición del enfermo lo remitieron con pasaporte de socorro al de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, donde el licenciado Juan de Estanga le cortó la pierna cuatro dedos más abajo de la rodilla, en uno de los últimos días de Octubre de 1637, La pierna fué enterrada en el cementerio de dicho Hospital. El cojo Pellicer salió de este Hospital con una pierna de palo y una muleta, y permaneció en Zaragoza dos años y medio, viviendo de las limosnas que recogía en el templo de la Virgen del Pilar, a la que se encomendaba todos los días, untándose el muñón de la pierna cortada con el aceite de una lámpara que ardía en su santa capilla. Cansado el pobre mozo de su vida miserable, se trasladó con mil penalidades a la casa de sus padres en la villa de Calanda, en la cual y lugares convecinos siguió pidiendo limosna para sustentarse y ayudar en algo a sus padres. El día 29 de Marzo de 1640, entre diez y once de la noche, entraron éstos en el aposento donde dormía su hijo, y notando una fragancia y olor suave, reconociéronle con la luz de un candil que llevaban, y vieron que tenía dos piernas, que salían fuera del camastro por ser éste muy corto. Despertáronle pasmados, y él contó que había soñado estaba en la santa capilla ungiéndose con el aceite de una lámpara, como tenía por costumbre, y que se veía con pierna, sin saber cómo ello había sido, aunque sí tenía por cierto que la Virgen del Pilar se la había traído y puesto, y que era la misma que le habían cortado en el Hospital, como lo demostraban las señales de la rotura, la de un mal grano que había tenido y de varios rasguños que recibió yendo por el monte. En los tres primeros días la pierna restituida ofrecía color mortecino y algo amoratado, teniendo encorvados los dedos y encogidos los nervios; pero del tercero en adelante, Miguel Juan Pellicer sintió en la dicha pierna calor natural, pudiendo menear el pie y los dedos, sentar el talón en el suelo y andar con libertad como si nunca hubiera tenido en ella daño alguno.»

 

   Tan extraordinario milagro, con evidencia irrefragable comprobado, sigue en la tradición y en la historia desafiando la incredulidad, que contra este suceso no tiene otro argumento que la mala fe del silencio.

 

“EL APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1907.

La aparición de la Virgen del Pilar en Zaragoza. — 12 de octubre.

 



 

   La admirable aparición de la sacratísima Virgen nuestra Señora en el Pilar de Zaragoza, se refiere en un documento antiquísimo del archivo de la santa basílica del Pilar, por estas palabras: «Después de la pasión y resurrección del Salvador y de su ascensión a los cielos, la piadosísima Virgen quedó encomendada al apóstol y virgen san Juan Evangelista: y de ella recibieron los apóstoles la licencia y bendición para ir a predicar el Evangelio a las regiones del mundo que a cada uno habían tocado. El bienaventurado apóstol Santiago el Mayor, hermano de Juan e hijo del Zebedeo, por revelación del Espíritu Santo recibió mandamiento de Cristo de venir a las provincias de España, y habiendo besado las manos de la Virgen y pedídole su bendición, ella le dijo: Ve, hijo, cumple el mandamiento de tu Maestro, y por él te ruego que en aquella ciudad de España en que mayor número de hombres conviertas a la fe edifiques una iglesia a mi memoria, como yo te lo mostraré. Saliendo pues de Jerusalén el bienaventurado Santiago vino a España, y pasando por Asturias llegó a la ciudad de Oviedo donde convirtió uno a la fe. Entrando por Galicia predicó en la ciudad de Padrón; de allí volviendo a Castilla llamada España la Mayor, vino últimamente a España la Menor que se llama Aragón, en aquella región que se dice Celtiberia, en donde está situada Zaragoza, a orillas del Ebro. En esta ciudad habiendo predicado muchos días, convirtió a Jesucristo ocho varones, con los cuales trataba de día del reino de Dios y por la noche salía a la ribera del río para tomar algún descanso y orar, sin ser molestados por los gentiles.

 

   Estando una vez en aquel sitio, a la hora de media noche oyó unas voces de ángeles que cantaban: Ave María, llena de gracia, y postrándose de rodillas, vio a la Virgen, Madre de Cristo, entre dos coros de millares de ángeles sentada sobre un pilar de mármol, la cual mirándole amorosamente, le dijo: He aquí, Santiago, hijo, el lugar donde has de edificar un templo en mi memoria: mira bien este pilar en que estoy asentada, el cual mi Hijo y maestro tuyo le trajo de lo alto por manos de ángeles: alrededor de él harás el altar de la capilla. En este lugar obrará la virtud los Altísimos portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio, y este pilar permanecerá en este sitio hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad verdaderos cristianos. Alegre el santo con tan maravillosa visión, edificó un templo en aquel lugar, con la ayuda de los ocho varones convertidos, y para el servicio de aquella iglesia ordenó de presbítero a uno de ellos, y habiéndola consagrado le dio el título de Santa María del Pilar. Es la primera iglesia del mundo dedicada a honra de la Virgen por manos de los apóstoles.»

 

   REFLEXIÓN: Las citadas palabras del referido códice, cuya verdad ha venido a confirmar la experiencia, pues nunca han faltado en Zaragoza verdaderos adoradores, aun en tiempos los más borrascosos, son el monumento más sólido y fidedigno de tan piadosa tradición. Añádanse los repetidos portentos obrados por la santísima Virgen, y la autoridad de la Santa Sede, que ha decretado en su favor una festividad particular, y hemos de confesar que aquel pilar bendito santificado por las plantas virginales, es la joya más rica de la nación española.

 

   ORACIÓN: ¡Oh Dios y Señor! Concédenos, te rogamos, que nosotros tus siervos nos alegremos con la perpetua sanidad de cuerpo y alma, y que por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre virgen María, seamos libres de la tristeza presente, y lleguemos a gozar del eterno júbilo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

 

“FLOS SANCTORVM.”

 

sábado, 10 de octubre de 2026

LA DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA (11 de octubre)

 



 

   Ramo espiritual: «Dios ama al dador alegre». (2 Corintios 9:7)

 

   En el año 431, un concilio general convocado en Éfeso proclamó y definió el dogma de la Divina Maternidad de la Santísima Virgen María. Hasta entonces, nunca se había puesto en duda que en Nuestro Señor existían dos naturalezas: la divina y la humana, pero que era una sola persona. Nuestra Señora, siendo Madre de la única persona de Jesucristo, tiene derecho a ser llamada Madre de Dios, al igual que nuestras madres, quienes, aunque no formaron nuestras almas sino solo nuestros cuerpos, son llamadas madres de la persona en su totalidad, cuerpo y alma. Porque, si una persona es verdaderamente humana solo en la medida en que su alma está unida a su cuerpo, Jesucristo es verdaderamente Jesucristo solo en la medida en que su Divinidad está unida a su Humanidad.

 

   En 1931, con motivo del decimoquinto centenario del gran Concilio de Éfeso, Pío XI instituyó la fiesta que celebramos hoy.

 

   La Divina Maternidad de María la eleva por encima de todas las criaturas. La Iglesia honra en este día este privilegio incomparable concedido a María, dogma fundamental de nuestra santa religión. ¡Grande es la dignidad de la madre! Pero ¡cuánto más digna de veneración es la de la Madre del Hijo de Dios, que en su tiempo dio a luz a Aquel que fue engendrado por el Padre desde toda la eternidad!

 

   «En esta maternidad», dice Santo Tomás, «hay una dignidad que es, en cierto modo, infinita, puesto que Ella tiene por Hijo a Aquel a quien los ángeles adoran como su Dios y su Señor. Esta dignidad preeminente es la razón de su Inmaculada Concepción, de su elevación por encima de los ángeles, de la omnipotencia de su influencia ante Dios».

 

   Esta elevación le otorga a María una autoridad que debe inspirar nuestra confianza en aquella a quien la Iglesia llama Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la gracia divina, Madre purísima, Madre castísima, Madre amorosa, Madre admirable, Madre del Creador, Madre del Salvador.

 

   Al hacernos venerar a la Santísima Virgen de esta manera, la Iglesia desea despertar en nuestras almas un amor filial hacia Ella, que se ha convertido en nuestra Madre por la gracia. María nos dio a luz a todos al pie de la cruz. Nuestra prerrogativa como hermanos adoptivos de Jesucristo debe despertar en nuestros corazones una confianza ilimitada en María, que nos adoptó en el Calvario, cuando, antes de morir, el Salvador nos presentó a la Corredentora, en la persona de San Juan, como los hijos que deseaba que Ella adoptara, diciendo: «Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre». Estas palabras son como el legado testamentario de Cristo.

 

   «¿Qué puede concebirse por encima de María?», pregunta San Ambrosio. «¿Qué grandeza supera la que Aquel que es la grandeza misma eligió como Madre?» «A Dios le plació habitar en Ti, oh María», le dice San Bernardo, «cuando de la sustancia de tu carne inmaculada, como de la madera incorruptible del Líbano, el Verbo se construyó una morada con una construcción inefable. En Ti, oh Madre única y amada, reposó y derramó sin medida todos sus tesoros…»

 

Resumen de ODM. Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

 

SAN FRANCISCO BORJA. S. J. (1510-1572) – 10 de octubre.

 


 


   Ramo espiritual: «El que siembra poco, cosechará poco; y el que siembra generosamente, cosechará generosamente». (2 Corintios IX: 6)

 

   San Francisco de Borja era español e hijo de un príncipe. Apenas podía pronunciar unas pocas palabras cuando su piadosa madre le enseñó los nombres sagrados de Jesús y María. A los cinco años, recordaba con asombrosa memoria los sermones, el tono y los gestos de los predicadores, y los repetía en casa con conmovedora devoción. Aunque pasó su juventud en el mundo, en la corte de Carlos V y en la carrera militar, su vida fue muy pura y completamente cristiana; le importaban poco los honores que su ilustre nombre y sus méritos le habían granjeado.

 

   A los veintiocho años, la visión del cadáver desfigurado de la emperatriz Isabel lo impactó profundamente, y se dijo a sí mismo: «Francisco, esto es en lo que pronto te convertirás... ¿De qué te servirá la grandeza terrenal?...»

 

   Sin embargo, cediendo a las súplicas del emperador, quien lo nombró su principal consejero, no abandonó este mundo hasta la muerte de su esposa, Leonor de Castro. Tenía treinta y seis años; aun así, tuvo que pasar cuatro años en este mundo para mantener a sus ocho hijos.

 

   Francisco Borja fue digno de su maestro, San Ignacio; toda su alabanza se resume en esa palabra. La humildad fue la virtud dominante de este príncipe revestido con el manto de los pobres de Cristo. En varias ocasiones, el Papa quiso nombrarlo cardenal; una vez, eludió el cargo huyendo; en otra ocasión, San Ignacio evitó el peligro.

   Un día, mientras viajaba con un monje anciano, él y su compañero se vieron obligados a dormir sobre paja en una posada miserable. Toda la noche, el anciano no hizo más que toser y escupir; no fue hasta la mañana siguiente que se dio cuenta de lo sucedido. Había cubierto el rostro y la ropa del santo con su saliva. Al expresar su profundo pesar, Francisco le dijo: «No te preocupes por esto, pues no había otro lugar en la habitación donde debieras haber escupido más que en mí». Este incidente pinta un retrato bastante vívido de un hombre de virtud heroica.

 

   Cuanto más humilde se mostraba el religioso, más honores le aguardaban. Aquel que firmaba todas sus cartas con las palabras: «Francisco, pecador»; aquel que solo leía las cartas de sus superiores de rodillas, llegó a ser el tercer General de la Compañía de Jesús.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

MEDITACIÓN SOBRE TRES VIRTUDES DE SAN FRANCISCO DE BORJA.

 


 


   Los que usan del mundo vivan como si no usasen, porque la apariencia de este mundo pasa. (1 Corintios, 7, 31).

 

   I. Este ilustre servidor de Dios permaneció humilde en medio de los honores. Tú no tienes las eminentes cualidades que distinguían a este gran santo, y, sin embargo, estás lleno de orgullo. Ello es porque no piensas, como él, que la figura de este mundo pasa. Despréndete de los bienes del mundo para no tener pena de abandonarlos en el momento de la muerte.

   Estemos preparados para todo acontecimiento, de modo de no sentir pena por lo que dejemos detrás. (Tertuliano).

 

   II. Su austeridad y mortificación lucieron aun en de las delicias de la corte. Se armaba de un cilicio cada vez que debía encontrarse entre mujeres; ayunó durante dos años rigurosísimamente. Pero estas austeridades nada fueron comparadas a las que practicó después de su entrada en religión. ¿Esta conducta no es acaso la condenación de tu delicadeza?

   No te excuses alegando tus malos hábitos, tú puedes, tanto como él, corregirlos y adquirir otros buenos.

 

   III. Tenía una devoción tan tierna que ni aun importantes asuntos que debía atender desviaban su pensamiento de Dios: su jornada era una oración continua. Cada mes elegía un santo como proyector especial; él fue quien introdujo en la Compañía de  Jesús esta santa costumbre. ¿En qué punto te encuentras tú acerca de la devoción? ¿De todas las épocas de tu vida diste siquiera una a Dios?

   ¡Has sido niño, adolescente, has llegado a la edad de la madurez y nunca has sido virtuoso! (San Clemente de Alejandría)

 

Practicad la  humildad.

Orad por la Compañía de Jesús.

 

   ORACIÓN: Señor Jesucristo, modelo y recompensa de la verdadera humildad, dignaos después de haber hecho al bienaventurado Francisco vuestro glorioso imitador en el desprecio de los honores terrenos, hacernos a nosotros partícipes de sus virtudes y de su gloria. Vos que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

miércoles, 7 de octubre de 2026

SERMÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO — Pbro. Cebada, Predicador de Santa María la Reina. Madrid 1877.

 




SERMÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO — Pbro. Cebada, Predicador de Santa María la Reina. Madrid 1877.

 

   Qué os parece, cristianos, ¿Hizo más maravillas la prodigiosa vara de Moisés para hundir al Faraón, que el Santísimo Rosario para defensa de la Iglesia y confusión de sus enemigos? Yo bien sé que me diréis que aquella prodigiosa vara abrió paso franco a los hijos de Israel entre las olas del mar, sepultando en ellas todo el poderío de Egipto. Mas que, ¿Acaso no son más plausibles las victorias que ha conseguido la fe cristiana por el Rosario de María?

 

   Díganlo sino aquellas famosas cruzadas en que coaligados tantas veces los Príncipes católicos, han derrotado y enteramente destruido a sus fuertes enemigos, más por la virtud del Rosario que por la fuerza de sus armas. Díganlo los Monarcas de España, Francia, Italia, Bretaña, y demás Príncipes de Europa, en cuyos ejércitos al mismo tiempo de la pelea se vieron escuadrones de ángeles y a veces la Soberana Reina por ser el Santísimo Rosario la insignia de los que se habían salvado.

 

   Un Simón de Montfort, aquel insigne conde, capitán de las milicias de la Iglesia, ¿Qué victorias no consiguió en la guerra contra los herejes Albigenses por la práctica de esta santa devoción? y ¿Qué diré de un Alfonso de Aragón, príncipe tan desgraciado en los principios de su reinado, pero feliz desde que se alistó en la cofradía del Rosario? ¿Qué de aquel Príncipe Británico, que se asoció a la cruzada contra la Provenza, contra Albi y demás pueblos de su distrito? ¿Qué finalmente de aquel invicto capitán D. Juan de Austria en la victoria que consiguió en el Golfo de Lepanto en el año 1571, la cual dio motivo para que todos los años se solemnizase la fiesta del Santísimo Rosario por todo el orbe cristiano con plausibles demostraciones de júbilo y regocijo?

 

   «Al Rosario han recurrido en todo tiempo los cristianos como al remedio más seguro de todas sus necesidades. Al Rosario han recurrido los enfermos y han recobrado la salud. Al Rosario los paralíticos y han logrado movimiento. Al Rosario los cautivos y han conseguido libertad. Al Rosario los pecadores y han alcanzado el perdón de sus pecados. Al Rosario acudió aquel cautivo que gemía entre grillos y cadenas y habiéndose dormido en una oscura mazmorra despertó libre a las puertas de su casa. Al Rosario aquel pecador a quien la imagen de Jesús negaba el perdón de sus enormes culpas volviéndole el rostro cuando se arrodillaba en su presencia, y por rezar el Rosario mereció que bajando María Santísima de su altar se arrodillase a su lado y le ayudase a implorar la divina misericordia, la que por último consiguió por intercesión de tan poderosa medianera. »

 

   «Réstame sólo exhortaros a que no dejéis pasar un solo día sin dirigiros a la Virgen Santísima, rezando su Rosario. Las ventajas que conseguiréis quedan demostradas. Cuando había más piedad, cuando no era moda hacer alarde de un estúpido despreocupamiento, raro era encontrar una familia que se entregase al descanso sin rezar antes el Santo Rosario. Hoy el espíritu del siglo lo ha arreglado de otro modo, y las costumbres piadosas de nuestros mayores van desapareciendo. No nos dejemos arrastrar por la incredulidad moderna; hijos de María, demos oído a sus enseñanzas y conseguiremos labrar nuestra felicidad eterna. Si somos verdaderos devotos y amantes de María; si a las plegarias de nuestros labios unimos los afectos de nuestro corazón, por ella conseguiremos no solamente la felicidad del tiempo sino lo que es más importante, la felicidad de la eternidad. »

 

   «Sí, Virgen Purísima, sea tu Rosario el escudo que nos defienda de todos nuestros enemigos, y el fuerte baluarte donde nos libremos de los tiros de la incredulidad. Cuando el mundo con sus encantos, el demonio con sus tentaciones y nuestra carne rebelde traten de hacernos caer de la altura de la virtud al abismo del pecado, sed Vos la que nos alcancéis fortaleza para alcanzar el triunfo en los combates. De este modo atravesaremos el proceloso mar de las pasiones mundanales, y cuando abordemos al puerto de la eternidad, tendremos la inestimable dicha de morir en el ósculo del Señor, y por vuestra mediación conseguiremos la posesión de la Gloria. »

 

Revista “Regina Angelorum”.

Año. 1978

 

 

 

 

martes, 6 de octubre de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO (7 de octubre)

 



 

   Una larga serie de triunfos sobre los cristianos había ensoberbecido a los turcos en el siglo XVI, y los constituía no ya una amenaza, sino un peligro inminente para la civilización. Las plazas de Belgrado, Rodas, Buda, Tauris y Chipre ganadas habían sido por sus tropas, y Selim II soñó un momento con el dominio de Europa y el abatimiento de la Cristiandad al situar en Lepanto la más formidable armada que hasta entonces surcó el Mediterráneo.

 

   El Santo Pontífice Pío V, el rey de España Felipe II y los venecianos habíanse coligado contra el enemigo común; pero las galeras en que los cristianos habían de combatir contra los sectarios de Mahoma no fueron al encuentro de éstas sino después de haberse puesto en continua oración toda Europa para impetrar por mediación de la Santísima Virgen el deseado triunfo. Para conseguirlo, había el Santo Pontífice recomendado el rezo del Santo Rosario, con cuya devoción se habían obtenido grandes victorias, a contar desde la conseguida sobre los albigenses, herejes del siglo XIII que producían grandes estragos en la parte meridional de Francia, y contra los cuales no fué tan eficaz la elocuente predicación de Santo Domingo de Guzmán como la devoción del Santo Rosario que la Santísima Virgen le mandó propagar; devoción que, instituida en Tolosa en 1208, produjo tan rápidos frutos que superaron a todas las esperanzas y fueron pasmo de Roma.

 

   Viéndose, pues, llegar el momento en que había de decidirse sobre el mar el predominio y la victoria definitiva de turcos o de cristianos, éstos acudían a los principales santuarios de nuestra Señora, y sobre todo al de Loreto, adonde Don Juan de Austria, hermano natural de Felipe II, uno de los jefes de la escuadra que iba a luchar con la turca, hizo también voto de ir.

 

   En Lepanto estaban los turcos engreídos con su excesiva preponderancia, y como a burla tomaron la noticia de que los cristianos se disponían a presentarles combate. En 7 de Octubre de 1571, hallábanse las dos armadas a distancia una de otra de doce millas, cuando, dada la señal de combatir, se enarboló el estandarte pontificio en el cual estaba bordada la imagen de Cristo crucificado, que fué aclamada con júbilo y adorada de rodillas por todos los cristianos con profunda devoción, pidiéndole la victoria por intercesión de la Santísima Virgen, cuya imagen era venerada a bordo de todas las embarcaciones.

 

   Terrible fué el choque de las armadas enemigas, y al fondo del mar ensangrentado por la furiosa lucha hubieran ido a parar los barcos de los cristianos, si el poder tan implorado de la Virgen no se hubiera hecho sentir por indudable manera, cambiándose repentinamente el viento, con tanta fortuna, que el humo de la artillería de las galeras cristianas cargaba contra la escuadra otomana; calificando todos de milagrosa aquella mudanza, que recibieron como visible protección del cielo.

 

   Perdieron los turcos 30000 hombres, 5000 prisioneros, 130 galeras que pasaron a poder de los cristianos, 90 más echadas a pique y 20.000 cristianos que recobraron su libertad.

 

   En cambio, en la armada que llevaba por trofeo la cruz de nuestro Señor faltó poquísima gente, de suerte que se consideró cual portentoso milagro. Reconociéndolo asi San Pío V instituyó para el día en que se realizó tal maravilla la conmemoración de nuestra Señora de la Victoria, y como especialmente por la devoción del Rosario se había impetrado el valimiento de la celestial Señora, el Papa Gregorio XIII ordenó que perpetuamente se celebrara la solemnidad del Rosario el primer domingo de Octubre.

 

SÉRVULO. Año 1898

lunes, 5 de octubre de 2026

Escrito en un crucifijo flamenco del año 1632.

 



Escrito en un crucifijo flamenco del año 1632:

 

«Yo soy la luz, y no me miráis.

Yo soy el camino, y no me seguís.

Yo soy la verdad, y no me creéis.

Yo soy la vida, y no me buscáis.

Yo soy el maestro, y no me escucháis.

Yo soy el Señor, y no me obedecéis.

Yo soy vuestro Dios, y no me rezáis.

Yo soy vuestro mejor amigo, y no me amáis.

Si sois infelices, no me culpéis».

En compañía de Jesús.

 


«Os ruego, puesto que vuestro amadísimo Jesús se digna deleitarse estando con vosotros y conversando con vosotros a través de la Santa Oración, que no le privéis de su contentamiento, sino que experimentéis cuán cierto es lo que dice el Espíritu Santo: “Que en su conversación no hay amargura, ni aburrimiento en su compañía, sino gozo y alegría”. Considerad este asunto como el primero, el principal, el más necesario, el más urgente y el más importante de todos vuestros asuntos, y apartaos lo más posible de otros asuntos menos necesarios, para dedicarle a este todo el tiempo que podáis.»

 

San Juan Eudes.

sábado, 3 de octubre de 2026

SAN FRANCISCO DE ASÍS. (4 de octubre)

 



 

   Después de las grandes figuras evangélicas, la historia universal no ofrece otra de tanta magnitud y perfección, ni tan misteriosa y poética, ni que atraiga los corazones y las voluntades con tanta fuerza como la del Patriarca de Asís del siglo XIII.

 

   Exhala esa figura una fragancia que, a través de las generaciones y de las edades, llega hasta nosotros como si acabaran de ser plantadas las florecillas, y la voz dulcísima del Patriarca vibrase aún en la limpia atmósfera de la Umbría, y asistiésemos aún al sublime espectáculo de las muchedumbres que seguían al hermano Francisco, clamando penitencia, y dejando, como en la feliz edad apostólica, trajes, casas, regalos y comodidades de la vida, para vestir el tosco sayal pardo y ceñirse a la cintura la cuerda llena de nudos.

 

   Así como la Imitación de Cristo es el más hermoso de todos los libros, porque es el que más se parece al Evangelio, la vida de San Francisco es la más hermosa de todas las vidas, porque es la que más se parece a la de Nuestro Señor Jesucristo. No fué el Patriarca de Asís un sabio, ni un literato, ni un legislador; pero así como en Jesucristo lo que más brilló, y más nos conmueve al contemplar su divina figura, es la ternura infinita de su Corazón sacratísimo, en San Francisco también fué y es el corazón lo que principalmente resplandece, y en cuanto un corazón humano puede asemejarse al Corazón divino, asemejóse el corazón de Francisco al Corazón de Cristo.

 

   Fué todo amor: abrasóse en amor por Dios, y en Dios y por Dios amó a todas las criaturas; tal es la síntesis de la vida de San Francisco de Asís.

 

   Por ese amor que le consumía dejó riquezas y comodidades, asombró al mundo con sus penitencias, fundó sus Órdenes religiosas, fué Apóstol y poeta, y ha dejado, finalmente, tan profunda impresión en la memoria de las gentes.

 

   Hasta en las más menudas circunstancias de su vida, parecióse San Francisco a su divino Maestro. Como Jesús, nació en un establo, adonde sorprendieron a su madre los dolores del alumbramiento.

 

   Criado en la opulencia y en el regalo, pues su padre, Bernardón, era de los comerciantes más ricos de Asís; Juan, que este fué su nombre propio, o Francisco (que así le llamaron por lo bien, según dicen, que hablaba el francés) fué uno de aquellos jóvenes brillantes que sobresalía, entre todos los su edad y clase, por la elegancia de sus trajes, por sus modales atentos y finos, por su conversación llena de gracia, por sus piropos a las damas y por su afán de divertirse; jamás, sin embargo, parece que llegó a la disolución, y aun en aquella época mundana de su vida fué el mejor de los hombres: vendía en cierta ocasión unas telas en la tienda de su padre, y llegóse a él un mendigo a pedirle limosna; atareado Francisco, no hizo caso del pobre, y éste se marchó del establecimiento, pero en cuanto le vio partir, siente el joven mercader una pena inmensa, deja a los marchantes, y sale corriendo de la tienda. Alcanza al mendigo, le da cuanto lleva encima, y hace a Dios solemne promesa de no negar jamás la limosna a los pobres.

 

   Perusa y Asís estaban en guerra, cosa tan frecuente entre las repúblicas municipales de Italia en aquel siglo; Francisco sale a combatir con sus conciudadanos, pelea en primera línea, y cae prisionero. Entonces le consumía el generoso aunque vano sueño de la gloria terrena. Seducíanle las hazañas caballerescas y las empresas guerreras. Un año estuvo prisionero en Perusa, y al recobrar la libertad ofreció sus servicios al conde de Brienne; pero misteriosos y sucesivos sueños reveláronle que no le llamaba Dios por el camino de la milicia mundana, que su destino era espiritual, que los enemigos que debía combatir eran el demonio, el mundo y la carne.

 

   Estos primeros años de la vida de San Francisco son más interesantes que el poema más rico en lances y poéticas aventuras. Ha estrenado un magnífico vestido, y entra por las calles de Asís, caballero en brioso corcel, llamando la atención de damas y mancebos con su gentileza y elegancia. En esto, un pobre cubierto de andrajos le pide limosna; el joven se baja del caballo, se quita el traje, lo cambia por los harapos del mendigo, y así vestido continúa su camino en medio de la universal rechifla. Esto lo repitió muchas veces., y en una ocasión con un leproso, al que beso, desapareciendo el enfermo en cuanto Francisco hizo con él aquella tan grande obra de caridad. Sin duda era Jesucristo que, ya en una, ya en otra forma, se le apareció en muchas ocasiones.

 

   Imposible referir la tercera parte siquiera de los episodios que constituyen la vida de aquel caballero andante de Jesús, de aquel paladín de Dios, de aquel ardiente imitador de Cristo. Como el Cid Campeador tiene su biografía fragmentaria en los romances castellanos, tiénela Francisco de Asís en las Florecillas y en las tradiciones más poéticas del pueblo italiano.

 

   Haciendo oración en la iglesia de San Damián, en Asís, un crucifijo le habla, y mándale reparar aquel templo. Para cumplir el mandato vende algunas telas de la tienda de su padre; incomódase éste, y Francisco rompe todos los lazos que le unen al mundo para no servir más que a Dios; desde entonces sí que dice con verdad: Padre nuestro que estás en los cielos. Renuncia la herencia paterna y no tiene más traje que el cilicio.

 

   Primero en la ermita de San Damián, y después curando a los leprosos en Gubio, Francisco llegó, no por grados, sino a saltos por decirlo así, a las cumbres de la perfección cristiana. Volvió a Asís cantando por los caminos las alabanzas del Señor, reparó las iglesias de San Damián, San Pedro, y, finalmente, la de Nuestra Señora de los Ángeles o la Porciúncula, a seiscientos pasos de la ciudad. Esta última iglesia fué el lugar donde nació su Orden, y donde se realizaron los sucesos más grandes de su vida.

 

   Aquel texto de San Mateo, «no queráis tener oro, ni plata, ni en vuestros viajes llevéis alforja, ni dos túnicas, ni zapatos, ni báculo», impresionóle profundamente, y resolvió hacerlo base fundamental de su vida. Predicó, y sus oraciones hicieron inmenso efecto. Bernardo de Quintaval, Pedro de Catania y el celebérrimo Fray Gil, se le unieron, y los cuatro formaron el núcleo de la Orden franciscana; llamábanlos los penitentes de Asís, y como los Apóstoles, predicaban en campos y ciudades, exhortando a todos a la penitencia y práctica de las más sublimes virtudes evangélicas.

 

   Sabido es que el Papa Inocencio III opúsose a la aprobación de la regla; pero un sueño le hizo variar de parecer: vio a la Orden franciscana bajo la simbólica figura de una palma  que primero muy pequeña, fué creciendo, creciendo, hasta ser árbol robustísimo, y vio a San Francisco en proporciones gigantescas, sosteniendo sobre sus espaldas a la iglesia de San Juan de Letrán que amenazaba ruina.

 

   En menos de tres años fundó San Francisco más de sesenta monasterios. Recorrió toda Europa. Antiquísima y respetable tradición le supone personal fundador del convento e iglesia que hoy llamamos de San Francisco el Grande.

 

   En 1218 volvió a Asís, y celebró en la Porciúncula el famoso capítulo general de las Esteras, asi llamado porque de esteras se hicieron las barracas o tiendas en que se alojaron los 5.000 frailes que concurrieron. Después fué al Oriente, predicó delante del sultán de Egipto, volvió a Italia, y renunció la dirección de su Orden, retirándose al monte Alvernia, donde se consumó el prodigio de la impresión de las llagas.

 

   En aquella soledad estuvo hasta que Dios le reveló que había llegado el día de su muerte. Entonces se hizo trasladar a la Porciúncula, al convento de Nuestra Señora de los Ángeles, que había sido la cuna de la Orden, y para el que había conseguido el jubileo que celebramos el día 2 de Agosto. Luego que llegó, mandó que le quitasen la túnica, y que desnudo, lo tirasen al suelo, para morir en la misma pobreza que Jesús. El guardián tomó una túnica vieja y una cuerda, y, dándoselas, díjole: «Te doy de limosna ese hábito, como a un pobre, y te mando que, por obediencia, lo aceptes.» Obedeció el penitente, y, después de haber exhortado a sus frailes a la observancia de la regla, y de haber oído la lectura de la Pasión, extendió los brazos en forma de cruz, dijo, entre otras cosas, «todos los justos esperan que me hagas misericordia dándome lugar entre los escogidos», y expiró. Era sábado, 4 de Octubre de 1226; tenía cuarenta y cinco años de edad.

 

   San Francisco de Asís fué un gigante en el orden de la gracia. Amó verdaderamente a Dios sobre todas las cosas, y por Dios amó a la creación entera.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1897