jueves, 24 de septiembre de 2026

EL SANTO NIÑO (Cristóbal) DE LA GUARDIA, Mártir – 25 de Septiembre.

 



 

LA IMAGEN CORRESPONDE AL NIÑO ASESINADO EN LA GUARDIA, TOLEDO.

 

   El Santo Niño de la Guardia, era un inocente chiquillo de tres a cuatro años, de nombre Cristóbal, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, quien, según algunos era ciega.

 

   Entre febrero y marzo de 1489, atrayéndolo con engaños, varios judíos lo raptaron y escondieron en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor. Los raptores, como se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, pensaron que era buena ocasión para repetir en aquélla indefensa criatura la pasión de Cristo. Se trasladaron, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias.

 

   La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron y abofetearon, poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, que también le colocaron las espaldas y plantas de los pies. Finalmente, le vaciaron toda la sangre del cuerpo, y, abriéndole el pecho, le sacaron el corazón guardándolo en salmuera.

 

   Durante el crimen ritual, usaron una hostia consagrada, que, rescatada del equipaje de Yucé en el momento de su detención, se conserva  aún en el Convento de Santo Tomás, en España, dentro de un envase a modo de relicario.

 

   Todos los participantes confesaron por separado la misma historia, con los mismos detalles y la misma narración de los hechos. Si la historia de Yucé fuese falsa, esta sincronía “telepática” no hubiera podido conseguirse ni con la más larga y dolorosa jornada de tortura y dolor.

 

   Los relatos coincidían también con los registros que se tenían del estado del cuerpo del niño y la disposición de sus espantosas heridas.

 

   Este crimen dio pie al inicio de un espectacular juicio del Santo Oficio, cuyo jurado sería integrado por altísimos representantes de la cultura y la intelectualidad española, hombres nobles y de carácter intachable, todos ellos miembros de la Universidad de Salamanca. Ávila se convirtió en el epicentro de las crónicas de entonces. Las muchedumbres siguieron atentamente el desarrollo del caso y al saberse sus escalofriantes detalles, hubo varios intentos de revueltas antijudías  que, afortunadamente para ellos, lograron ser detenidas por dictados reales.

 

   El crimen, como bien lo señaló el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media se atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos. El caso del Santo Niño es muy distinto.

 

   Su culto comenzó muy temprano, pues ya en las visitas eclesiásticas a partir de 1501 hallamos referencias a los santuarios constituidos en los lugares donde el tierno niño padeció o fue enterrado y La Guardia le tomó por Patrón, celebrando fiesta solemne así en el día de los Santos Inocentes como el 25 de marzo o en la semana de quasimodo (primera de Pascua); sólo desde 1580 se votó para que su fiesta se celebrase en adelante el 25 de septiembre de cada año. También las autoridades religiosas dieron reiteradas pruebas de devoción hacia el mártir; así el cardenal Siliceo, que en 1547 alegaba en abono de su Estatuto de limpieza la crucifixión de aquél, y el cabildo de la Iglesia primada, que en 1613 pedía a varios cardenales y a la Congregación de Ritos licencia para rezar al inocente mártir a lo menos en todo el arzobispado toledano. Al arzobispo Alonso de Fonseca se debe el encargo del antiguo retablo que se puso en la cueva de la crucifixión, así como a Lorenzana el haber mandado pintar, de la diestra mano de Bayéu, el martirio del niño en los claustros de la iglesia capitular. Consta asimismo de la admiración que le profesaron monarcas como Fernando V, Carlos I y Felipe II.

 

   El Papa Pío VII canonizó al niño asesinado como San Cristofer, autorizando su culto en la Iglesia de Toledo. Existe un altar en su honor y el pueblo de La Guardia guarda su memoria hasta nuestros días. Su tragedia y su alma se recuerdan como la del “Santo Niño de La Guardia”.

 

   Se le atribuyen muchísimos milagros, como la devolución de la vista a su madre ciega, las cuatro curaciones obradas con ciertas personas de Alcázar de Consuegra al comenzar el 1492; un tullido, una mujer con la boca torcida hacía más de dieciocho años, un sordo total y una pobre ciega, aparte de otros mil prodigios referentes a niños quebrados y enfermos de todas clases cuya curación detallan los rótulos que sobre cada caso penden del santuario de La Guardia.

 

   Hoy se conservan en la Ermita unos versos compuestos por Don Diego Gracian, secretario de Carlos V, en un viaje del emperador a la ermita; estos versos escritos en latín, traducidos dicen así:

 

“Pasado con el cuchillo el tierno pecho,

saliéndole la sangre apresurada,

dijo el Niño: si en tanto amor estrecho

buscas mi corazón, furia malvada,

búscale al otro lado, no al derecho”.

 

   Estos versos datan, de febrero de 1539, en que el “Emperador visitaba la Ermita”.

 

   Son muchos los milagros del Santo Niño de la Guardia, y existen testimonios de los mismos, que han consolidado la fe de sus devotos.

 

   El mundo de la literatura ha dejado constancia de este terrible suceso del siglo XV en los alrededores de Toledo. Lope de Vega escribió El Niño Inocente y Quevedo se ocupó de él, proponiendo en carta escrita al rey se dignase disponer las cosas para que el santo Niño compartiera el patronato de España con Santiago; afirmaba que «puede interceder a Dios, como no puede otro alguno, por la pasión que Cristo pasó por él y por la que él pasó por Cristo».

 

   Ya en el año 1501 hay referencias a los lugares de culto en los que se le venera que son los mismos en los que sufrió y fue enterrado. La Guardia lo tomó por Patrón y señala el día de su fiesta. El cardenal Siliceo apoya en 1547 su estatuto de limpieza en la devoción que se presta al Santo Niño. Consta la veneración que los reyes Fernando V, Carlos I y Felipe II le tuvieron. Y se sabe que el papa Pío VII confirmó su culto en 1805.

 

   El siglo XV está plagado de problemas enconados y agudos suscitados por los conversos del judaísmo; motivaron la predicación de Vicente Ferrer y de otros muchos; salieron a la luz disposiciones eclesiásticas y leyes civiles porque hubo persecuciones con matanzas. Se produce un repetido intento sincero para facilitar conversiones al cristianismo; partía la iniciativa de un verdadero afán apostólico, pero al tener siempre pobres o nulos resultados, ni el poder político ni el militar pudieron mantenerse al margen ni sustraer la atención a los hechos. Hubo falsos conversos que seguían practicando un judaísmo casero con repercusiones en el orden social. Los Reyes Católicos, fracasados los esfuerzos persuasorios del 1478, solicitaron del papa Sixto IV la bula para establecer la Inquisición; en el 1480 ya quedaba nombrado el tribunal, pero no por ello estaba asegurado el orden; estaban implicadas personas judías poderosas en dinero y número, como se hizo patente en el complot de Sevilla, el asesinato en Zaragoza del inquisidor Pedro de Arbués en 1485, la resistencia a la entrada de los inquisidores en Teruel, en Barcelona y Valencia. Los alborotos de Jaén y Córdoba del 1467 se repitieron con mayor virulencia en la ciudad de Toledo entre 1486 y 1488.

 

 

Rapto del Santo Niño de la Guardia. Claustro de la catedral de Toledo. Frescos de Francisco Bayéu. 1782.

 


 

Crucifixión del Santo Niño.

Claustro de la catedral de Toledo.

Fresco de Francisco Bayéu. 1782.




miércoles, 23 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED. (24 DE SEPTIEMBRE)

 




NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED.

(24 DE SEPTIEMBRE)

 

   ¡Qué merced tan singular la concedida por inspiración de la Bienaventurada Virgen María a los cristianos cautivos en poder de los moros!

 

   Ya la que invocamos con el nombre consolador de Auxilio de los Cristianos, había inspirado a hijos suyos muy amados el ejercicio de la caridad en una nueva forma, acomodada a las circunstancias y necesidades de aquellos tiempos, en que las continuas luchas con los hijos del falso Profeta llevaban a muchos soldados de Jesucristo a gemir en las mazmorras africanas.

 

   San Pedro Nolasco, asociado a hombres de conocida piedad, trabajó mucho en aliviar y redimir a los cautivos cristianos.

 

   En la noche del primer día de Agosto del año 1218, estando aquel Santo en oración, se le apareció la Reina de los cielos, y le dijo que no podía hacer cosa más agradable que fundar una congregación con el título de Nuestra Señora de la Merced para la redención de los cristianos cautivos en el dominio de los moros. De esta revelación participaron San Raimundo de Peñafort y el rey D. Jaime de Aragón, y el día de San Lorenzo del mismo año se fundó la nueva Orden, con el voto especia! de pedir limosna para los cristianos cautivos, y quedarse en rehenes y por rescate siempre que hubiera necesidad.

 

   La Iglesia instituyó el 24 de septiembre cómo un día de fiesta particular para perpetuar la memoria de tan grande beneficio.

 

   ¡Ah! ¡Qué sublime ápice de perfección evangélica llegó por parte de muchos religiosos la imitación del Señor que dio su vida por nosotros!

 

   Todos sabemos a qué sanguinarias luchas se ha llegado por conquistar el estado político que llaman de libertad, y cuántas víctimas ha causado el empeño de lograrla; en cambio no han sido ni serán suficientemente alabados aquellos, muchas veces desconocidos, pero siempre heroicos varones, que, por ser religiosos de la Orden de la Merced, perdían el derecho a vivir en su patria y a disponer de su vida dentro de los límites prescriptos por la Religión que habían profesado, se desprendían de su libertad en beneficio de hijos de viuda, de ancianos desvalidos, de padres a quienes con perpetuo duelo echaban de menos la esposa y los hijos.

 

   ¡Esto sí que era amar la libertad! ¡Perderla propia por ganar la ajena!

 

—APOSTOLADO DE LA PRENSA—

Año 1901.

 

LA INFANCIA Y LA ORACIÓN.

 



   


   ...De todos los espectáculos que pue de ofrecer el género humano, ¿hay alguno más conmovedor, más suave y atractivo, que un niño que reza?

 

   Su madre le ha puesto de rodillas sobre su camita, le ha hecho juntar las manecitas y le enseña a pronunciar, una a una, las palabras de una breve oración; ésta será, por ejemplo, si es muy pequeño, la exclamación sencilla y humilde: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía, o si es mayorcito, el sublime Padre Nuestro y Ave María.” Por la mañana, el niño levanta su carita al cíelo azul, cuya pureza se refleja en el cristal inmaculado de sus ojos; y por la noche, a la luz de una vela, cual lámpara, en la alba templada y tranquila, parece que un ángel asiste, oculto en las sombras, a la deliciosa escena, para dar testimonio en el Paraíso de este adorable acto de fe.

 

   Sin duda, el niño no comprende todavía las palabras sagradas que pronuncia, pero sabe que su madre se complace en oírselas repetir; la mira sonriente echando de ver que sus caricias son más tiernas: y junto a ese corazón que late, respirando esa atmósfera de amor y de piedad, se despierta en su alma el instinto religioso.

 

   En cuanto esa Madre feliz, no hay en su vida instante más dulce que aquél en que presenta ante Dios a su niño envuelto en la tenue camisilla, con las manos juntas, y de rodillas en su pequeña cama. ¡Qué inmensa dicha rezar con él, por él y para él.

 

   Y el hombre que en la niñez aprenda a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y las luchas de la vida, las rebeldías de la razón y de los sentidos, podrán conducir le a la incredulidad. Pero un respeto de fe infantil queda siempre en el fondo de su alma. Llega la hora de la prueba, la hora de un gran dolor físico o moral... ¡Ah! Cómo se acuerda enseguida el hombre maduro del día lejano en que, arrodillado en la cuna, sentía en sus mejillas el calor del rostro de su madre, que le enseñaba el Padre Nuestro y el Ave María.

 

   Y entonces, probablemente, sentirá que su orgullo se derrumba, cubrirá su rostro con las manos y lanzará ese grito tan propio de toda boca humana: ¡Dios mío tened compasión de mí!

 

   Este grito, para un alma que naufraga, es el faro que brilla en las tinieblas junto al puerto de salvación.

 

“Francisco Coppée”

Año 1934.

martes, 22 de septiembre de 2026

LA TARDE DE LA VIDA “LA VEJEZ”

 




LA TARDE DE LA VIDA

“LA VEJEZ”

 

Por el R. P. Ch. Laurent. De la Sociedad de María.

Traducción de D. Francisco José Vergara, Pbro.

 

   La primera ley de nuestra existencia decaída es ser efímera, no durar sino un espacio de tiempo; y lo que debe acabar es siempre corto. Nuestra vida será más o menos agitada, más o menos brillante; podrá ser rica de prosperidades, o más bien tejido de decepciones y larga serie de amarguras; no importa : al fin acabará: será siempre breve.

 

   Sin embargo, amamos esta vida tan efímera como si debiera durar siempre. La embellecemos de ilusiones renovadas sin cesar, olvidando que todo aquello tendrá término, y que a las rápidas alegrías de la víspera sucederán sin remedio las tristezas del mañana. Dentro de poco tiempo será nuestra alma como un árbol que ha dado ya sus flores y sus frutos, y deja ver amarillas sus hojas; o si aún conserva algunas flores, serán éstas como las de otoño, raras y tímidas, como inciertas del mañana. Un soplo de invierno pasará entonces sobre nuestra alma entristecida, a la que nadie podrá ya devolverle su frescura. Será el luto por el pasado, que comienza, y este luto ya no se puede abandonar.

 

Escuchemos al poeta:

 

El libro de la vida, libro supremo,

No se puede, al arbitrio, abrir o cerrar,

No se lee dos veces el dulce instante:

Tórnase por sí misma la hoja fatal.

A la página grata volver querríase,

Y la página triste de nuestra muerte

Ya bajo nuestros dedos acaso está.

 

(LAMARTINE)

 

   Tras los años de juventud y de alegrías, tras la edad madura y sus austeros deberes, se acerca el fin. Ayer aún nos sentíamos jóvenes y vigorosos. Brisas de primavera soplaban en nuestras frentes; mil sueños felices acariciaban nuestras almas, y poblaban de esperanza el porvenir. Eso era ayer; pero hoy hay ya menos luz en nuestro cielo; menos poesía y perfume en nuestros pensamientos; formamos pocos proyectos; no hablamos de esperanzas. Son tristes nuestras sonrisas y furtivas nuestras alegrías. El corazón mismo se fatiga; siente disgustos que hasta entonces no habría conocido y a ciertas horas de desencanto se ve invadido de irresistibles melancolías. Sentimos deseos de llorar, acaso por vez primera, sin saber la causa de estas lágrimas que a pesar nuestro brotan. Es la vejez que llega ¡Qué pronto! Jamás lo habíamos pensado, ni querido que de ella se nos hablase, ni atreviéndonos a imaginarla siquiera.

 

   El largo hábito de una vida desbordante de energías y de empresas realizadas nos había acarreado un mundo de halagüeñas ilusiones; parecía que este sueño no había de desvanecerse nunca, ni aun mancharse de sombras ¡Qué importaba el camino recorrido! Ni siquiera habíamos pensado en calcularlo o medirlo. Bastaba una mirada al plácido horizonte, sobre el camino sin término que a los ojos se presentaba.

 

  No obstante echamos de ver un día que el tiempo está cumpliendo su tarea: sorpréndenos a veces vernos enfrente de tristes realidades: nuestra mirada ya no tiene la fuerza y claridad de antes; surcan arrugas nuestra frente empañada, despojada de la frescura de los primeros años; la lentitud se apodera de nuestros miembros; el cuerpo todo se hace pesado y pare ce encorvarse bajo un fardo invisible; se diría que una mano misteriosa oprime nuestra espalda, y hace inclinar la frente hacia la tierra.  Tal, en las últimas horas de un baile, las armonías se apagan poco a poco; las luces van extinguiéndose; las flores inclinan su corola marchita y sin perfume, las sombras reinan ya doquiera, y por fin el silencio.

 

   No sin pena contemplamos entonces el pasado que se escapa. Murmuramos acaso contra esta ley de las declinaciones inevitables, y acusamos por lo bajo el fastidioso destino que hace tan breve los años de juventud y felicidad.

 

   Dios, sin embargo, como en todo, se muestra bueno y piadoso en la aplicación de esta ley, y esta misma tristeza y desencanto nuestros son una de las formas benditas de su Providencia. Sabiendo que nos será preciso, tarde o temprano dejar esta vida transitoria, y salir de este mundo e n que hemos sido puestos sólo por cierto tiempo, va así preparándonos con admirables precauciones a los adioses últimos. De este modo va quitando los risueños colores de ese horizonte de que nuestra mirada debe desprenderse, y hace indiferente un porvenir con el cual no podemos ya contar. Va enfriando lentamente este mismo corazón que ya no es capaz de amar como en otros tiempos. Le arranca una por una sus ilusiones, y despierta en nosotros esos disgustos que reemplazan los engañosos goces de vida, y hacen soñar con una dicha real, y ya cercana.

 

   Una dama del gran mundo, al día siguiente de un duelo que había roto la felicidad de su vida, tomaba por divisa, siguiendo la costumbre de su tiempo, estas palabras: Plus ne m' est rien, rien ne m' est plus. “Mas, para mí, nada; nada para mí más” ¡Qué mejor expresión del amargo tedio de un alma a quien todo viene a ser indiferente! Dando a estas palabras inspiración cristiana, y sentimientos de religiosa resignación, conviene a todos los que Dios invita a este desprendimiento de la vida; y así estarán en el orden cuando puedan decir sin amarguras ni reclamos: Más para mí, nada; nada, par a mí, más.

 

La vida como sombra se evapora;

La corriente del tiempo nos arrastra;

No vuelve a verse la tocada orilla,

Y la on da corre, corre apresurada.

✠✠✠

Los tristes ojos revolviendo en torno

Igual a lo que vieron no ven nada;

Se vive, más se duda por momentos

Ser el mismo que un día comenzara.

✠✠✠

¿Qué es pues lo que se agita, y lo que pasa

Fugitivo y cambiante en el espacio?

¿Vana apariencia, o firme realidad?

Lo que creo tener, y se me escapa,

Y al querer estrecharlo se desliza,

¿Qué cosa es, sino la Eternidad?

 

(Mons. Lagrange)

 

REVISTA EL HOGAR CATÓLICO

(Año 1908)

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

SAN MATEO. Apóstol y Evangelista. (21 de septiembre)

 



 

   Desempeñaba este Santo en Galilea el odioso oficio de alcabalero o recaudador de los tributos impuestos por los romanos a las naciones sujetas a su dominio, y hallábase sentado en su tienda, a la puerta de Cafarnaúm, cobrando la alcabala, cuando al pasar por allí Jesús, le miró con ojos compasivos y le dijo que le siguiera. Obedeció Mateo, y, dejando su oficio, se unió a Él inseparablemente.

 

   Mateo queriendo manifestar al Salvador el aprecio que de su sagrada persona hacía, le convidó un día a comer en su casa, no sin que al banquete concurrieran muchos publícanos, que los fariseos tenían por hombres de mala conciencia y pecadores públicos.

 

   Dijéronles entonces a los otros discípulos:

 

   — ¿Por qué se junta vuestro Maestro a comer con los publícanos y pecadores? Y entendiéndolo Jesús, les contestó:

   — Bien sabéis que el médico es necesario para el enfermo; el que está sano no le necesita.

   — Aprended qué significa aquello de misericordia quiero y no sacrificio; sabed que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

 

   Este discurso acabó de cautivar el corazón de Mateo, de suerte que desde entonces fué su compañero inseparable, testigo de sus prodigios y constante discípulo de su doctrina.

 

   Escribió su Evangelio según lo que había visto y oído al Divino Maestro; predicó en la Judea y en Etiopía. Por su influjo, Ingenia, hija del Rey de esta comarca, consagró a Dios, con otras muchas doncellas, su virginidad, y muerto el padre de la joven, Hirtaco, su tío, se apoderó del trono y quiso, para reinar más seguro, casarse con ella, que no consintió; pero como Hirtaco estaba persuadido de que el Apóstol era el que sostenía la resolución de Ifigenia, mandó que le mataran, como lo hicieron estando el Santo celebrando Misa el 21 de Septiembre del año 90.

 

APOSTOLADO DE LA PRENSA

Año 1906

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

LA ÚNICA PAZ DEL CRISTIANO, ES HACER LA GUERRA AL MUNDO SIN MIEDO. – Por el P. Andrés Morello S. J. M.

 






LA ÚNICA PAZ DEL CRISTIANO, ES HACER LA GUERRA AL MUNDO SIN MIEDO. –  Por el P. Andrés Morello S. J. M.

 

   “No he venido a traer la paz sino la guerra” (Mt. 10, 34). Son palabras de Nuestro Señor y como tales deben ser entendidas. Son palabras del Príncipe de la Paz, el Único que la tiene y el Único que puede darla. “Mi paz os dejo, mi paz os doy... No como el mundo la da” (Jn. 14, 27).

 

   Jesucristo es el Príncipe de la Paz, pero de la paz de Dios. Pacificar a un alma es ponerla en orden, en sus afectos, en sus amores, en sus pasiones y deseos. Consiguientemente pacificar a los hombres, a la sociedad y al mundo es también ordenarlos. Poner al mundo en orden significa necesariamente cambiar muchas cosas, una infinidad, hoy desordenada. El mundo de hoy es un mundo de valores falsos e invertidos, de amores equívocos, de deseos caóticos, de conductas errantes.

 

   Para poner a este mundo pervertido en orden será necesariamente hacerle la guerra, enfrentarse, oponerse; será decir y hacer de una manera radicalmente contraria a como dice y hace la orientación actual de las sociedades.

 

   Para Cristo y el cristiano, para la verdadera Iglesia y para el católico valen la familia y los hijos, la Fe y la honradez, la lealtad y la integridad, la consciencia y la vida limpias, los buenos creyentes y los buenos sacerdotes.

 

   Para el mundo no.  El mundo dice: Destruyamos la familia, defendamos su disolución, el divorcio y la unión libre, momentánea, pasajera...

 

   Defendemos la Fe en el Único Dios verdadero y en el Único que puede salvar; pero el mundo quiere que respetemos todos dioses que no es respetar a ninguno y menos al verdadero...

 

   Queremos la honradez siempre y para todos; para el mundo la única honradez es económica o fiscal. Para el mundo un degenerado que paga los impuestos es un hombre respetable; y si se trata de alguien famoso, artista o millonario, su condición, como a los dioses mitológicos, lo dispensa de todo delito. Para nosotros, los católicos no.

 

   Poner al mundo en paz es ordenarlo. Ordenarlo es oponerse a sus falsos principios imponiendo los de Dios y de la recta razón, es erradicar las malas conductas, los vicios y las degeneraciones que hoy pretenden derechos y respeto.

 

   O respetamos a Dios o al mundo, o cumplimos los Mandamientos del Decálogo o manda la Declaración de los derechos humanos, o respetamos lo que Dios hizo y quiso o Sodoma tiene razón. La historia sagrada dice que no.

 

   La Fe en Dios y el amor exclusivo que le debemos supone de manera necesaria y absoluta la oposición irreductible al mundo enemigo de Dios. Esa lucha, ese combate, suponen valor, valentía, entereza, coraje y constancia.

 

   El valor no abunda ni entre cristianos ni entre clérigos. También en el Calvario sólo San Juan mostró entereza.

 

   Cuando fue necesario seguir a Cristo al combate supremo de la Cruz los enfermos, los leprosos, los resucitados, los ciegos de nacimiento, todos, olvidaron las gracias recibidas.

 

   Vergüenza es decir, pero falta valor, falta hombría para seguir a Dios. El miedo acobarda a los cristianos, el respeto humano hace enanos a los grandes y también el temor de ser más valientes que muchos sacerdotes y obispos incapaces de defender a Dios.

 

   La iglesia de la misa protestante, la que pide perdón a todos menos a Jesucristo, la que reza en el areópago de todos los dioses no tiene hombría ni puede tenerla. En el calvario de esta época malsana, más parecen fariseos que cristianos.

 

   Suenan en el cielo de la historia presente las palabras de Cristo Señor Nuestro: “Quien no está conmigo está contra Mi” (Mt. 12, 30).

 

   ¡Seamos hombres para Dios!

 

“CATÓLICOS ALERTA”

 

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

CONGRESO MASÓNICO ARGENTINO (Septiembre de 1905)

 




CONGRESO MASÓNICO ARGENTINO

(Septiembre de  1905)

 

   Cuando el lector lea la presente Crónica se habrá celebrado en Buenos Aires un Congreso masónico americano, en el que, entre otras, se pondrán a votación las siguientes conclusiones:

 

   1. Separación de la Iglesia y el Estado.

   2. Instrucción laica gratuita y obligatoria hasta la edad de catorce años.

   3. Limitación de la propiedad de las asociaciones religiosas a lo estrictamente necesario para el ejercicio del culto.

   4. Supresión de las Órdenes monásticas.

   5. Supresión de las fiestas religiosas.

   6. Supresión del uso de las campanas en las iglesias.

 

   Se ve por lo expuesto que la acción de las logias es universal y simultánea, al contrario de lo que, desgraciadamente, ocurre con la acción católica en el terreno social, en el que obra en cada nación de un modo aislado y por iniciativas laudables, sí, pero independientes unas de otras y sin tener entre sí otro lazo de unión que el de la identidad de sus fines, pero no el de la homogeneidad de procedimientos, que sólo se obtiene por medio de una dirección permanente y común a todos los organismos de que la acción antimasónica carece.

 

   Y no hay que darle vueltas: mientras a la acción masónica organizada no se oponga otra acción católica internacional cuyos organismos funcionen regularmente en la lucha entablada entre el bien y el mal, los católicos llevaremos la peor parte.

 

TEODOSIO.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Revista semanal española.

Órgano del Apostolado de la Prensa

 

LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO (17 de septiembre)

 




LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO

(17 de septiembre)

 

   Muchos santos personajes —dice J. M. A. Vacant, de quien tomamos los conceptos de este artículo — han llevado visiblemente llagas semejantes a las del Salvador crucificado: el más célebre es San Francisco de Asís.

 

   He aquí como recibió sus estigmas:

 

   Dos años antes de su muerte se hallaba en el monte de Alvernia; era hacia la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, cuando una mañana en que oraba fué arrebatado en éxtasis. Vió a un serafín que tenía seis alas, entre las cuales había un hombre con los pies y las manos extendidas en cruz y semejante al Salvador crucificado. Después de esta visión el alma de Francisco quedó llena de ardiente caridad, y las señales de las cinco llagas del Salvador aparecieron en su cuerpo y fueron vistas, a pesar del cuidado que tenía de ocultarlas, durante su vida, y sobre todo después de su muerte. No eran solamente cicatrices, pues llevaba en los pies y en las manos verdaderos clavos formados con su carne y de color de hierro. Estos clavos tenían una cabeza redonda y negra que se apoyaba en lo interior de las manos y en lo alto de los pies; sus largas y aceradas puntas pasaban al otro lado volviendo sobre sus manos y pies, de modo que parecían haber sido encorvadas con un martillo. El costado derecho de Francisco llevaba una herida roja y cicatrizada, como si hubiera sido taladrado con una lanza; durante su vida, con frecuencia salía de ella sangre que manchaba sus hábitos. San Francisco murió en 1226 y sus llagas fueron instrumento de una porción de milagros.

 

   He aquí los principales documentos en que estos hechos son referidos con las expresadas circunstancias: 1° Una biografía del Santo, escrita antes de 1230 por orden de Gregorio IX, por Tomás Celano, discípulo y compañero de San Francisco. 2 ° Obra biografía escrita por Coperan viviendo el mismo Papa, es decir, antes de 1241, 3 ° Una leyenda de los milagros del santo hombre escrita en 1246 por tres discípulos suyos franciscanos, uno de los cuales, llamado Rufino, había tocado sus llagas mientras vivió. 4 ° La vida de San Francisco, escrita por San Buenaventura hacia 1260, después de haber visitado los lugares en que el Santo había vivido y de interrogar a los que la habían visto. Los Bolandistas (4 de Octubre) han probado que estas diversas biografías no habían sido alteradas posteriormente en lo que concierne a los detalles que hemos referido. Para este aserto se apoyan en la lectura do los ejemplares más antiguos, en muchas Letras apostólicas de Gregorio IX y de Alejandro IV, que habían conocido a San Francisco, y on otros varios testimonios.

 

   No hay duda que autores que han venido luego han añadido hechos legendarios a la historia de San Francisco; algunos hasta han pretendido deducir del hecho de esas llagas conclusiones doctrinales arriesgadas y singulares; pero la autoridad eclesiástica nunca se ha hecho cómplice de estos errores, que no pueden invocarse contra la realidad de los hechos que hemos referido, porque estos están justificados.

 

   Los que quieren la demostración de los milagros no pueden, razonablemente, exigir mayores pruebas de los estigmas con que el Señor Crucificado regaló a su seráfico siervo San Francisco.

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1903.