¿Resurrección de Moloch
en pleno Siglo XXI?
Moloch era el dios de los antiguos cananitas
o fenicios. Lo consideraban el símbolo del fuego purificante, el que, a su vez,
simbolizaba al espíritu. Creían que, como resultado de una catástrofe ocurrida
en el comienzo del tiempo, ese espíritu se había transformado a sí mismo en
obscuridad al convertirse en materia. Según las creencias fenicias ––de acuerdo
con la herejía gnóstica–– el hombre era la encarnación de tal tragedia
ontogénica y para redimirse de ese pecado era necesario ofrecer sacrificios a
Moloch inmolando bebés, por ser considerados los más impregnados de materia. Lanzar
recién nacidos al fuego constituía el más agradable sacrificio que podía
ofrecerse a esa implacable divinidad, representada por una gigantesca estatua
de bronce que encerraba un horno en su cavernoso cuerpo. Las madres arrojaban a
sus propios hijitos vivos en el incandescente vientre de Moloch, el que
esperándolos de brazos abiertos, devoraba por el fuego a sus pobres y pequeñas
víctimas. Y para atenuar la repulsión causada entre los que asistían a tales
escenas, los inicuos sacerdotes de Moloch tomaban el cuidado de hacer tocar
trompetas y rufar tambores para sofocar la infernal melodía de los gritos de
los inocentes. (1)
Así, sin pena ni piedad, en aquellos tiempos
los fenicios inmolaban millares de criaturas… ¿Sólo en aquellos tiempos? ¿Sólo
los fenicios?
El aborto, en efecto, era una costumbre
generalizada en el mundo pagano. Pero Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, al
redimir al género humano, destruyo esa monstruosidad en las naciones
cristianas, bajo el benéfico influjo de la Iglesia. Fueron necesarios muchos
siglos de decadencia para que los hombres osaran volver a “endiosar” la
práctica criminal del aborto al despenalizarlo o autorizarlo por los más
diversos motivos.
Por primera vez, recién en 1920, el aborto
fue legalizado en la Unión Soviética por el socialismo marxista, bajo la
dictadura de Lenin. En la década del 40 y del 50 le siguieron Japón, Canadá,
Suecia y varios países de Europa oriental dominados por los comunistas. Y en
los años 60 y 70, en plena “revolución sexual”, tanto en los EE.UU. como en la
mayoría de los países de Europa occidental, fueron abiertas las puertas al
aborto legal o al menos a su despenalización.
De este modo, en los umbrales en pleno siglo
XXI, cuando tanto se proclaman los “derechos humanos”, el lugar de los
sacerdotes fenicios lo ocupan médicos sin escrúpulos. Pero tragedia aún mayor ––para
cuya descripción el lenguaje humano tiene dificultad de encontrar las palabras
exactas–– el vientre de Moloch ha sido reemplazado por el propio seno materno… Quién
hubiera de decir que, en nuestros aciagos días, el lugar de mayor riesgo para
la vida de un niño es ¡el vientre de su madre!, el lugar por naturaleza más
resguardado, más acogedor.
¿Puede haber una mayor y más monstruosa
inversión de valores? “The womb has become a tomb”… (El seno materno se
transformó en una tumba).
¿A qué divinidad se inmolan hoy las millones
de víctimas inocentes? Varían de acuerdo a un politeísmo macabro. Cuando se
trata de rendir culto al “placer sexual”, sin respetar las finalidades y
consecuencias establecidas por la propia naturaleza, ese dios se llama Eros y
la religión toma el nombre de Erotismo. Cuando se trata de evitar “estorbos”,
en una frenética búsqueda de conveniencias personales, ese ídolo se llama Ego y
la religión tiene el nombre de Egoísmo. Sobre
todo esto, se yergue el Leviatán, es decir, los Estados hipócritas y las
organizaciones internacionales, cuyos voceros tanto hablan de derechos humanos
pero que son cómplices de una injusticia clamorosa: el exterminio del más
indefenso de los seres, el no nacido. Y ahogan en la sangre de las víctimas
inocentes al más elemental de los derechos fundamentales del hombre, el derecho
a la vida, practicando la más odiosa de las discriminaciones contra el ser
humano en la fase pre-natal de su existencia.
En realidad, el Moloch moderno es mucho más
implacable que el dios cananita: los sacrificios humanos de la antigüedad son
insignificantes si se comparan con los millones de niños que todos los años son
sacrificados en el vientre de sus madres.
La paradoja no podría ser más flagrante: Precisamente
de la madre, el hijo debería esperar amor sin límites, pero ella lo inmola, no
ya en un altar en llamas, sino en una fría mesa de operaciones. El médico, cuya
misión es garantizar la vida, se transforma en el instrumento de su muerte. El
Estado, que debería castigar a los criminales que levantan la mano contra su
vida, niega al nonato el derecho a vivir.
Este trágico símbolo de la decadencia moral
de la sociedad denuncia también su profunda deshumanización e irracionalidad. De
su deshumanización, por considerar a la vida del hombre como algo trivial,
etéreo, una vana brisa sin una finalidad específica ni destino trascendente. De
su irracionalidad, por conducir a la matanza de una vida inocente. El aborto
contradice profundamente la naturaleza humana. Es un desorden fundamental que
nos aleja del principio moral más básico, el que nos manda respetar la vida de
nuestros semejantes.
Bien y mal, justicia e injusticia no son
meras convenciones o caprichos. A ellos debemos adecuar nuestra conducta
personal para el cumplimiento de nuestros deberes.
Ahora bien, el derecho y la justicia sólo
encontrarán una sólida y efectiva justificación si afirmados en sus últimos y
más absolutos fundamentos, es decir, si se comprende que los inalienables
derechos del hombre le vienen de su condición de haber sido creado a imagen y
semejanza de Dios, y, que, como criatura, tiene el deber de dar a los demás lo
que les es debido. (2)
En esa perspectiva, anhelamos que la lectura
de este artículo contribuya a que todos cumplamos con el deber sagrado de
proclamar, sin tapujos y con toda valentía, la verdad, toda la verdad. Acomodarse,
ceder al miedo, a la pereza o entrar en componendas a costa de omisiones y
concesiones inaceptables para la conciencia católica, constituye una defección.
Parafraseando al célebre Hugo Wast, debemos
estar dispuestos, por el contrario, a no paliar las verdades fuertes ni
disimular la buena doctrina, disponiéndonos a afrontar gustosos las
consecuencias de ello. Si así lográsemos evitar que se disipe la vida de un
niño dentro del seno de su madre, asesinado por un “especialista” sin
conciencia antes de nacer, “nos consideraríamos ricamente pagados sin que nos
importase nada el odio sobreviviente al haber expuesto con palabras claras las
leyes de Dios y las enseñanzas de la Iglesia”. (3)
¡Qué la Santísima Virgen María, Madre del
Verbo Encarnado y Madre nuestra, conceda este privilegio a todos los que luchan
en defensa de la vida inocente!
Notas:
(1) Cf. Dr. Johann B.
Weiss, “Historia Universal”, Vol.3, Los Hebreos; los Fenicios; sus viajes y
colonias, Barcelona; La Educación, 1937, pp. 904-905.
(2) Cfr. Josef Pieper, “Justice”, Ed. Pantheon,
New York, 1955, pp. 21-22.
(3) Cfr. Hugo Wast,
“Autobiografía del hijito que no nació”, Ed. Theoría, Buenos. Aires., 1994, p.
13.
FUENTE: “FUNDACIÓN
ARGENTINA DEL MAÑANA”







