martes, 8 de septiembre de 2026

El ESCLAVO DE LOS NEGROS – SAN PEDRO CLAVER. (9 de septiembre)

 



 

   Hay que  confesar —dice san Agustín—que tenemos libre albedrío para hacer el bien y el mal. Por esto decía Donoso Cortés que Dios había compartido su imperio con el hombre, puesto que a la par que había sujetado todas las cosas a leyes indeclinables, había dejado en el hombre la facultad de merecer, obrando el bien, o de abusar de aquella facultad incurriendo en el pecado.

 

   La más soberana manifestación de esa facultad de realizar el bien la hicieron durante todos los siglos que caen del lado acá de la cruz, todos aquellos que amando a Dios, más que a sí mismos se despreciaron, dieron origen a la ciudad divina, así como el amor propio exaltado hasta el desprecio de Dios, ha conducido a los hombres a la edificación de sus pasiones y a la proclamación de la libertad para el mal, que es, en suma, el condenado liberalismo.

 

   ¿Qué efectos ha producido la libertad para el mal? En el orden de la actividad práctica monstruos como Carrier, Marat, Ravachol y todos los criminales; en el orden del pensamiento libre, antes todos los heresiarcas y recientemente, por ejemplo, el filosofastro Nietzsche, a quien su demencia atea arrojó sobre el suelo para que sobre él anduviese como los cuadrúpedos, lo mismo que Nabucodonosor por su soberbia.

 

   En cambio, ¡qué preciosa eflorescencia de heroicas virtudes es la vida de los que levantan la ciudad del amor de Dios sobre el desprecio de sí propios! Así fueron, en general, todos los santos. Así nos toca hoy recordar que fué el hijo insigne de la gloriosa Compañía de Jesús, el gran SAN PEDRO CLAVER, canonizado el 8 de Enero de 1888, por el Sumo Pontífice reinante.

 

   Entre los padres jesuítas de Cartagena de Indias estaba en el año 1610 el P. Sandoval, que habiendo consagrado parte de su vida a la evangelización de los negros africanos vendidos como esclavos en América, había bautizado a más de 30.000 de ellos. Y siendo así ¿No se hubiera juzgado temeridad el predecir que un joven sacerdote, recién llegado de España, que al pisar tierra americana lá besó, como sitio de sus futuros trabajos apostólicos, y el cual se agregó al P. Sandoval como discípulo y coadjutor; no hubiera sido temerario, repetimos, el afirmar que este joven, el P. Pedro Claver, excedería portentosamente las hazañas evangélicas de su maestro el P. Sandoval?

 

   Y sin embargo, asi fué. Este joven apóstol que comenzó firmando su fórmula de profesión de este modo: «Pedro, esclavo para siempre de los negros»; cuando llegó al término de su vida, a los setenta y tres años de edad, había bautizado, durante cuarenta y cuatro que estuvo en América, a más de 300 000 negros.

 

   Millares de éstos eran anualmente capturados por la violencia de infames mercaderes en las costas africanas do Guinea, Angola o del Congo, y hacinados en las sentinas de los buques, con menos miramiento que el que hubieran tenido con los brutos, transportábanlos desnudos y encadenados a los puertos americanos, donde mejor que desembarcarlos, debe decirse que los arrojaban, en espera de los que habían de comprar a aquellos niños, ancianos, jóvenes y mujeres, a quienes había convertido en cosas vendibles el amor propio de los negreros levantado sobre el desprecio de Dios.

 

   Y por eso el amor de Dios, llevado hasta el desprecio de sí mismo, hizo a San Pedro Claver el esclavo de los negros para aguardarlos en el muelle donde los recibía como cariñosa madre, los regalaba con licores, dulces, alimentos y hasta cigarros; bautizaba a los pequeñuelos, consolaba a los afligidos, asistía a los enfermos, restauraba a los débiles, y de tal manera comunicaba a todos la llama de su caridad, que daban por bien empleadas las fatigas de su cautiverio los que desde los infiernos preparados por la codicia de los negreros habían pasado a la gloria de la paz y del amor que hallaban en el apóstol, en cuya presencia y con cuyo contacto comenzaron a sentir la libertad que procede del espíritu de Dios.

 

TEOBALDO.

Año. 1900

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN. —8 de septiembre.

 





DÍA DE ALEGRÍA.



   Con muchísima razón la Iglesia nos hace decir hoy en un arranque de alegría: “Tu nacimiento, oh Virgen Madre de Dios, ha sido para el mundo entero un mensaje de consuelo y de alegría, pues de ti ha nacido Jesucristo, Sol de Justicia, nuestro Dios, que nos libertó de la maldición para darnos la bendición: y El mismo, al quedar triunfador de la muerte, nos ha procurado la vida eterna”.

 

   Si vemos que el nacimiento de un niño llena de regocijo el hogar paterno, aunque ignoran éstos su porvenir; si la Iglesia nos dice el 24 de junio que ese día es un día de alegría porque el nacimiento de San Juan Bautista nos da la esperanza del nacimiento de Aquel cuyos caminos viene a preparar, ¿qué alegría traerá al corazón de todos los que esperan la salvación y la vida, el ver llegar a este mundo a la que será la Madre del Redentor?

 

   Por el Evangelio sabemos que el nacimiento Juan Bautista fué un contento para sus palas aldeas vecinas. Del nacimiento de María nada sabemos, pero, si este nacimiento para muchísimos pasó inadvertido, si Jerusalén exteriormente permaneció indiferente, no ignoramos que este día es y continuará siendo no tan sólo para una ciudad o un pueblo, sino para el mundo entero y a lo largo de todos los siglos que se irán sucediendo, un día de incomparable alegría.

 




ALEGRÍA EN EL CIELO.

 

   En el cielo hay alegría en la Santísima Trinidad: alegría en el Padre eterno, que se felicita del nacimiento de su Hija carísima, a la que va a hacer participante de su paternidad; alegría en el Hijo, que contempla la belleza sobrenatural de la que va a ser su Madre, de la cual tomará El su carne para rescatar al mundo; alegría en el Espíritu Santo, pues, como cooperadora en la obra de la concepción y encarnación del Verbo, María tenía que ser el Santuario inmaculado de aquella tercera persona.

 

   Hay alegría en los ángeles: con admiración ven que esta niña es la maravilla de las maravillas del Omnipotente; en Ella desplegó Dios más sabiduría, más poder y más amor que en todas las demás criaturas: de María hizo el espejo clarísimo en que se reflejan todas sus perfecciones; comprenden que María, por sí sola, da a su Criador más honra y gloria que todas sus jerarquías juntas y la saludan ya como a su peina, como la gloria de los cielos, ornato del mundo celeste y del mundo terrestre.

 




ALEGRÍA EN EL LIMBO DE LOS JUSTOS.

 

   Opina San Juan Damasceno que las almas detenidas en los limbos tuvieron conocimiento de este feliz nacimiento y que Adán y Eva con una alegría que no habían conocido desde su pecado en el paraíso terrenal, exclamaron: “Bendita sea la hija que Dios nos prometió después de nuestra caída: de nosotros has recibido un cuerpo mortal; tú nos devuelves la túnica de inmortalidad. Nos llamas a nuestra primitiva morada; cerramos las puertas del paraíso; y ahora dejas expedito el camino del árbol de la vida”.

 

   Otros escritores antiguos nos señalan a los patriarcas y los profetas que de lejos anunciaron y alabaron la venida de María, saludando en ella el cumplimiento por fin realizado de sus divinos oráculos.





ALEGRÍA EN LA TIERRA.

 

   Finalmente, hubo también alegría en la tierra. Con los Santos podemos pensar sin ser temerarios que Dios concedió a las almas “que esperaban entonces la redención de Israel” un contento extraordinario, una alegría grave y religiosa que se insinuó en sus corazones y, sin podérselo explicar ellos, les dio como una convicción íntima de que la hora de la salvación del mundo estaba ya muy cerca.

 

   Pero esta alegría fue sobre todo para los afortunados padres San Joaquín y Santa Ana. Como arrobados contemplaron a esta hijita esclarecida, que contra toda esperanza les concedía Dios al declinar de sus días. Y tal vez se preguntaron si acaso sería ella uno de los anillos de la línea, agraciada de donde tenía que salir el Rey que restableciese el trono de David y salvase a Israel. Su acción de gracias subió fervorosa hasta Dios, a quien sentían presente en su humilde morada. “Oh pareja felicísima, exclamaba San Juan Damasceno, toda la creación es deudora vuestra; pues, por vosotros, ofreció a Dios el don más preciado entre todos los dones, la Madre admirable, la única digna de Él. ¡Dichoso tu seno, oh Ana, que llevó a la que llevará en el suyo al Verbo eterno, al que no puede ser encerrado en nada y traería la regeneración a todos los hombres! ¡Oh tierra, primero infecunda y estéril, de donde nació la tierra dotada de una maravillosa fecundidad: pues ella va a producir la espiga de vida que alimentará a todos los hombres! Felices tus pechos, porque amamantaron a la que daría el pecho al Verbo de Dios, a la nodriza de Aquel que sustenta al mundo…”.




MARÍA, CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA.

 

   Así, pues, el nacimiento de la Santísima Virgen es causa de alegría, y la alegría es el sentimiento que todo lo absorbe y penetra en esta festividad. La Iglesia quiere que nos penetremos de esta alegría desbordante y triunfal. Y a ella nos invita en todo el oficio: “Celebremos el nacimiento de María, nos hace cantar desde el Invitatorio de Maitines, adoremos a Cristo, Hijo suyo y Señor nuestro”; y un poco después: “Celebremos con tierna devoción el nacimiento de la Santísima Virgen María para que interceda por nosotros cerca de Jesucristo. Con júbilo y tierna devoción celebremos el nacimiento de María”.

 

   Si la Iglesia nos invita a la alegría, es debido a que la Virgen es Madre de la divina gracia y ya, en el pensamiento divino, la Madre del Verbo encarnado. Las palabras gracia y alegría tienen en griego la misma raíz; gracia y alegría van siempre a la par; se mide la una por la otra; María, por estar llena de gracia, lo está también de alegría para sí y para nosotros. En esta agraciada niña, aunque acaba de nacer, nos muestra la Liturgia a la Madre de Jesús; María es inseparable de su Hijo y sólo nace para El, para ser su Madre y para ser también nuestra Madre dándonos la verdadera vida, que es la vida de la gracia. Y, por eso, todas las oraciones de la Misa proclaman la maternidad la Virgen María, como si no pudiese separar la Iglesia su nacimiento del nacimiento del Emmanuel.

 




EL LUGAR DEL NACIMIENTO DE MARÍA.

 

   Pero ¿en qué lugar nació la Santísima Virgen? Una tradición antigua e ininterrumpida señala a Jerusalén, cerca de la piscina Probática, lugar donde hoy se levanta la Iglesia de Santa Ana. Allí precisamente, nos dice San Juan Damasceno, “en el aprisco paterno nació aquella de quien quiso nacer el Cordero de Dios”. Allí también fueron más tarde enterrados San Joaquín y Santa Ana; los Padres Blancos descubrieron el 18 de marzo de 1889 sus sepulcros al lado de la gruta de la Natividad. Por el siglo IX se construyó allí una iglesia; monjas benedictinas se establecieron en ella después de llegar los Cruzados a Palestina y continuaron hasta el siglo XV. Por esa fecha, una escuela musulmana reemplazó al monasterio, pero a continuación de la guerra de Crimea, el sultán Abdul-Madjid entregó la iglesia y la piscina probática a Francia, que había entrado victoriosa en Sebastopol el 8 de septiembre de 1855.

 


 ORIGEN DE LA FIESTA.


   La fiesta de la Natividad tuvo su origen en Oriente. La Vida del Papa Sergio (687-701) la cuenta ya entre las cuatro fiestas de la Santísima Virgen que existían entonces; y, por otra parte, sabemos que el emperador Mauricio (582-602) había prescrito su celebración juntamente con la Anunciación, la purificación y la Asunción. En Alemania introdujo esta fiesta San Bonifacio. Una bonita leyenda atribuía al santo obispo de Angers, Maurilio, la institución de esta fiesta: y, en efecto, tal vez introdujo una fiesta en su diócesis para cumplir el deseo de la Virgen, que hacia el año 430 se le apareció en las praderas de Marillais.

 

   Chartres, por su parte, reclama para su obispo Fulberto (f 1028) una parte importante en la difusión de esta fiesta por toda Francia. El rey Roberto el Piadoso (o sus consejeros), quiso poner en música los tres bellos Responsorios Solem justitiae, Stirps Jesse, Ad Nutum Domini, en que Fulberto celebra la aparición de la estrella misteriosa de la que tiene que nacer el sol; la rama que brota del tronco de Jessé para producir la flor divina en que reposará el Espíritu Santo; la omnipotencia, en fin, que hace que nazca de Judea María, como del espino la rosa.

 

   En la tercera sesión del primer concilio de Lyon, en 1245, Inocencio IV estableció para toda la Iglesia la Octava de la Natividad de la Santísima Virgen; así se daba cumplimiento al voto que él y los demás cardenales hicieron durante la vacante de diecinueve meses, que, resultado de las intrigas del emperador Federico II, acarreó a la Iglesia la muerte de Celestino IV, y a la cual se puso fin con la elección de Sinibaldo Fieschi, después Inocencio.

 

   En 1377, Gregorio XI, el gran Papa que acababa de romper las cadenas de la cautividad de Avignon, quiso completar las honras tributadas a María en el misterio de su nacimiento añadiendo una vigilia a la solemnidad; pero, sea porque sólo expresó un deseo sobre este particular, sea por otra causa cualquiera, lo cierto es que de las intenciones del Papa se hizo caso poco tiempo en aquellos años agitados que siguieron a su muerte.

 




LA PAZ.

 

   Como fruto de esta fiesta tan alegre, imploremos, con la Iglesia la paz, ya que parece huir cada vez más de estos desdichados tiempos. Precisamente Nuestra Señora vino al mundo en el segundo de los tres períodos famosos de paz universal en tiempo de Augusto; en el último de ellos acaeció el advenimiento del mismo Príncipe de la paz.

 

   Al cerrarse el templo de Jano, del suelo en que se tenía que construir el primer santuario de la Madre de Dios en la Ciudad eterna, brotaba el aceite misterioso; los presagios se multiplicaban; el mundo vivía a la expectativa; el poeta cantaba: “¡He aquí que al fin llega la última edad anunciada por la Sibila, he aquí que comienza a abrirse la gran serie de los siglos nuevos, he aquí a la Virgen!”

 

   En Judea se ha quitado el cetro a Judá; pero aquel mismo que se ha hecho dueño del poder, Herodes el Idumeo, continúa de prisa la restauración espléndida que permitirá al segundo Templo recibir de un modo digno dentro de sus muros al Arca Santa del Nuevo Testamento.

 

   Es el mes sabático, el primero del año civil y séptimo del ciclo sagrado: el Tisri, en el que empieza el descanso de cada siete años y se anuncia el Año Santo del Jubileo; el mes más alegre, con su Neomenia solemne que hacen famosa las trompetas y los cantos, su fiesta de los Tabernáculos y la conmemoración de la terminación del primer Templo en tiempo de Salomón.

 

   Finalmente, en el cielo, el astro del día acaba de dejar el signo del León (Leo) para entrar en el de la Virgen (Virgo). En la tierra, dos descendientes oscuros de David, Joaquín y Ana, dan gracias a Dios por haber bendecido su unión tanto tiempo infecundo.

 

AMANECER DE LA MISERICORDIA ¡HOY NACIÓ MARÍA! – Pensamientos del “Breviario de la Confianza” para el mes de septiembre.

 



 

   Santa Catalina Labouré, la inocente hija espiritual de San Vicente de Paúl, vio a Nuestra Señora en las apariciones de la medalla milagrosa. ¡Era tan hermosa! De las manos de la Virgen, anillos de deslumbrantes piedras preciosas irradiaban luces esplendorosas que llegaban a la tierra, simbolizando las gracias y misericordias de María que descendían sobre el mundo.

 

   “El vestido de Nuestra Señora”, dijo la vidente con toda su adorable sencillez campesina, “era del color del cielo, cuando aún era de madrugada, justo antes del amanecer”.

 

   ¡Qué simbolismo tan conmovedor! ¡El amanecer de la Misericordia anunciando el Sol del Amor!

 

   ¡HOY NACIÓ MARÍA! Ha amanecido el amanecer de la Salvación, tan dulce y hermoso. El pueblo suele cantar, en uno de sus versos de devoción a Nuestra Señora del Rosario:

 

Bendito y alabado sea

el Rosario de María.

Si ella no hubiera venido al mundo,

¡Ay! ¿De nosotros que sería?


    ¡Sí! ¡Ay de nosotros! ¡Qué sería, oh Madre de Misericordia, si el amanecer deslumbrante de tu nacimiento no amaneciera hoy sobre el mundo! ¡Qué felices somos!

 

   A veces —escribe Teresa a Celina— me encuentro diciéndole a la Santísima Virgen: “¿Sabes que me considero más feliz que Tú? Te tengo como Madre, ¡y Tú no tienes Madre como yo, una Virgen Santísima a quien amar!… Es cierto que Tú eres la Madre de Jesús, pero Jesús, te entregó a nosotros, los mortales, en la cruz. Somos, por lo tanto, más ricos que Tú; una vez, en tu humildad, quisiste ser la esclava de la Madre de Dios, y sin embargo, yo, una pobre criatura, no soy tu esclava, ¡sino tu hija! Tú eres la Madre de Jesús y mi Madre.”

 

   ¡Qué felicidad ser hijo de María! ¿No es este pensamiento un gran consuelo para nuestro exilio?

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

sábado, 5 de septiembre de 2026

EL PROCESO DE MARÍA ANTONIETA Y SU MUERTE EN EL PATÍBULO — Revista Cristiandad. Año 1944.

 


   



   El 5 de septiembre de 1793 marca otras efemérides trágicas en la trágica historia de Francia. La Revolución, que ha segado la cabeza del Rey, pide nuevas víctimas. Es preciso organizar el terror. Darle forma jurídica, estable, permanente.

   Sierck, uno de los oradores más miserables de aquel régimen satánico, da forma a la calumnia: los austríacos han sorprendido a una sección de republicanos y les han «mutilado cruelmente, arrancándoles la lengua, cortándoles las manos y los pies».

   La burda patraña encuentra fácil eco en la hez corrompida del pueblo desbordado. El propio Robespierre ha dicho: «El tribunal revolucionario trabaja demasiado lentamente».

   Y es entonces cuando, a propuesta de Merlin de Douai, se modifica la Convención Nacional. Se divide en dos partes, y cada una de ellas se duplica. En lugar de dos secciones, tienen ahora cuatro: dos preparan los procesos, y dos juzgan; y entre ellas se permutan y cambian las causas para ir más de prisa. Ahora son dieciséis los jueces, sesenta los individuos de los jurados, cinco los sustitutos y ocho los escribanos. ¡Hay que escribir poco y ejecutar más!

   La imaginación barbárica de la Revolución no tiene límites, lo austríaco tiene un final trágico: recordaron los malvados, que la reina, que la viuda de Luis Capeta es austríaca...

   En efecto, María Antonieta de Austria–Lorena, viuda de Luis XVI, es de origen austríaco. Hija del Emperador de Alemania, Francisco I, y de María Teresa, ha nacido en Viena, el día de la conmemoración de los Fieles Difuntos: el 2 de noviembre de 1755. Los demoledores de la Monarquía le han sacado, a modo de motes, dos nombres: «La austríaca» y «Madame Déficit».

viernes, 4 de septiembre de 2026

SANTA ROSA DE VITERBO. Virgen de la Tercera Orden de San Francisco. (1240-1258) – 4 de septiembre.

 




SANTA ROSA DE VITERBO. Virgen de la Tercera Orden de San Francisco. (1240-1258) – 4 de septiembre.

 

Ramo espiritual: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por medio de Jesucristo.» Romanos VII:24-25

 

   En la época en que Federico II de Alemania perseguía a la Iglesia y se apoderaba de los Estados Pontificios, Dios suscitó a Santa Rosa para la defensa de Viterbo, capital del patrimonio de San Pedro y del territorio que pertenecía al soberano pontífice.

 

   Los nombres de Jesús y María fueron las primeras palabras que salieron de la boca de esta niña inocente. Tenía tres años cuando Dios manifestó su omnipotencia resucitando a una de sus tías, a quien llevaban al cementerio, a través de ella. Cuando pudo caminar, solo salía para ir a la iglesia o para repartir el pan que les daban a los pobres.

 

   Un día, su padre la encontró en el camino y le pidió que abriera su delantal para ver qué llevaba. ¡Oh, maravilla! En lugar del pan, aparecieron rosas carmesí.

 

   En lugar de jugar como las demás niñas de su edad, Rosa de Viterbo pasaba la mayor parte del tiempo rezando ante imágenes sagradas, con las manos juntas, inmóvil y devota. A los siete años, suplicó fervientemente permiso para vivir a solas con Dios en una pequeña habitación de la casa. Allí, la pequeña ermitaña se consagraba a la oración ininterrumpida y a grandes austeridades, que, según decía, se imponía a sí misma para aplacar la ira divina. Entre otras mortificaciones, Santa Rosa siempre andaba descalza y dormía en el suelo.

 

   Dios le reveló los castigos eternos reservados para los pecadores impenitentes. Rosa quedó completamente afligida. La Santísima Virgen María se le apareció, la consoló, la bendijo y le anunció que el Señor la había elegido para convertir a los pobres pecadores. «Debes armarte de valor», continuó la Madre de Dios, «viajarás por las ciudades para exhortar a los perdidos y guiarlos de regreso al camino de la salvación».

 

   Otra visión la hizo participar en el drama del Calvario; desde entonces, la sed de salvar almas nunca la abandonó. Su penitencia, tan austera como prematura, redujo el frágil cuerpo de Rosa a tal estado de debilidad que había pocas esperanzas de salvarle la vida. La Santísima Virgen la visitó de nuevo, la sanó milagrosamente y le dijo que visitara la iglesia de San Juan Bautista al día siguiente, y luego la de San Francisco, donde recibiría el hábito de la Tercera Orden.

 

   Obediente a la voz del cielo, comenzó a recorrer las plazas públicas de Viterbo vestida de penitencia, descalza, con un crucifijo en la mano, exhortando a la multitud al arrepentimiento y la sumisión a la Santa Sede. Sorprendentes milagros confirmaron la autoridad de sus palabras.

 

   Al enterarse de lo que sucedía, el gobernador imperial de Viterbo temió que esta niña extraordinaria destruyera por completo el prestigio del emperador Federico y que se reafirmara la autoridad del Papa. Convocó a Santa Rosa ante su tribunal y amenazó con encarcelarla si continuaba predicando. La sierva de Dios respondió: «Hablo por mandato de un Maestro más poderoso que usted; prefiero morir antes que desobedecerle». Ante la insistencia de herejes obstinados, Santa Rosa fue finalmente expulsada de Viterbo con toda su familia en pleno invierno.

 

   Poco después, Santa Rosa de Viterbo anunció la muerte del enemigo de Dios, Federico II de Alemania. En efecto, murió pronto, asfixiado en su cama. Al oír la noticia, los habitantes de Viterbo se apresuraron a llamar a su santa, que había estado ausente dieciocho meses.  Aquella a quien todos consideraban la libertadora de la patria, la consoladora de los afligidos y la protectora de los pobres, fue recibida triunfalmente en su ciudad natal, mientras que el papa Inocencio IV, de regreso en Roma, recuperó Viterbo.

 

   Una vez concluida su misión apostólica, Santa Rosa consideró cumplir su mayor anhelo. Se presentó en el convento de Santa María de las Rosas, pero no fue aceptada, probablemente debido al estilo de vida extraordinario que había llevado hasta entonces. Por lo tanto, Rosa vivió recluida en casa de su padre, dedicándose a la contemplación y a las penitencias más rigurosas. Varias jóvenes a las que ya cuidaba le rogaron que las acogiera. La casa de la santa se convirtió en un verdadero convento donde almas generosas se consagraron a la práctica de las virtudes más sublimes.

 

   La elegida de Dios tenía diecisiete años y seis meses cuando el divino jardinero vino a recoger su rosa en plena floración para llevarla al cielo el 6 de marzo de 1252. A la hora de su gloriosa partida, las campanas repicaron por sí solas. Santa Rosa de Viterbo se apareció al Papa, pidiéndole que trasladara su cuerpo al monasterio de Santa María de las Rosas, traslado que tuvo lugar seis meses después de su muerte. En aquella ocasión, su cuerpo fue hallado incorrupto. Allí permanece hoy, con toda su frescura y flexibilidad. Innumerables milagros han adornado su tumba.

 

Resumen de ODM – Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

SAN PÍO X Papa. (1835-1914) — 3 de septiembre

 




SAN PÍO X Papa. (1835-1914) — 3 de septiembre

 

   Ramo espiritual: «El Señor Jesús mismo dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”». Hechos 20:35

 

   El padre de San Pío X, Giovanni Battista Sarto, trabajaba como cartero rural. Se había casado con Margarita Sanson, un nombre digno de honor. El mayor de sus diez hijos, José, quien se convertiría en San Pío X, proclamaba abiertamente su inmensa deuda con su santa madre. Este amado niño creció en el humilde pueblo de Riese. El día de su Primera Comunión, prometió a Dios permanecer casto y prepararse para el sacerdocio. A pesar de las penurias de la pobreza en su hogar, el joven estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para alcanzar este ideal.

 

   Tras completar sus estudios en el seminario mayor de Padua, fue ordenado sacerdote y enviado como vicario a Tómbolo, y posteriormente como párroco a Salzano, en el Véneto. Allí, cuando estalló la epidemia de cólera, el padre Sarto cuidó de sus feligreses día y noche, les administró sus deberes religiosos y los sepultó.

 

   Nombrado obispo de Mantua en 1884, inicialmente se opuso a su elevación al episcopado, pero ante la insistencia de sus superiores, acató la decisión de las autoridades eclesiásticas. El obispo Sarto se propuso ser todo para todos: «Mi pueblo siempre me encontrará firme en mi posición, siempre amable y lleno de caridad». Nacido en la pobreza, el obispo Sarto permaneció pobre y se dedicó a servir a los pobres. Ejemplo vivo para su rebaño, vivió una vida santa y abnegada sin vacilar jamás.

 

   Los rangos jerárquicos que ascendió con constancia se caracterizaron por su completa sumisión a la voluntad de Dios y una rara facilidad de adaptación. No se preocupaba por el pasado, sus aspiraciones personales ni su libertad, sino que lo abandonaba todo a la divina Providencia. En 1903, murió el papa León XIII, y el cardenal Sarto fue elegido para sucederle. Ante esta elección inesperada, el hombre que siempre había deseado seguir siendo un simple sacerdote rural solo pudo balbucear la oración de agonía: «Pase de mí esta copa... Que se haga la voluntad de Dios...». Tuvo que pronunciar en voz alta: «Acepto». Terminó más en voz baja: «In crucem», es decir: «a la cruz».

 

   Reinaba la confusión en la Iglesia y en la sociedad; la masonería lanzó sus ataques insidiosos y encubiertos, y las herejías modernas resurgieron con audacia. San Pío X fue acusado de erigir una barrera obsoleta al progreso. Pero nada doblegó el valor ni las convicciones del líder de la cristiandad, quien condenó firmemente todos los errores que intentaban destruir sutilmente la fe: «Condenamos aquellas doctrinas que solo se llaman filosofía verdadera y conducen al escepticismo y la irreligión universales». Poseedor de un elevado don de discernimiento espiritual, San Pío X se distinguió constantemente como defensor de la integridad de la fe, condenando, entre otras cosas, la herejía modernista, a la que llamó «la encrucijada de todas las herejías».

 

   En 1914, este santo papa escribió al emperador de Austria, implorándole que impidiera la declaración de guerra. Al ver la inutilidad de sus esfuerzos, se ofreció generosamente a Dios como víctima sacrificial por el pueblo cristiano y toda la humanidad. En la noche del 19 de agosto de 1914, la gran campana de San Pedro repicaba... «¡Ha muerto un santo!», proclamaba el pueblo. En 1954, Pío XII canonizó a aquel de quien se había dicho: «La historia lo convertirá en un gran papa, la Iglesia en un gran santo». San Pío X fue apodado el Papa de la Eucaristía, pues durante su bendito pontificado se llamó a los niños a recibir la comunión en cuanto alcanzaban la edad de la razón.

 

Resumen de ODM. —  Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950

 

 

ORACIÓN A SAN PÍO X

 

   Glorioso Papa de la Eucaristía, San Pío X, que te has empeñado en “restaurar todas las cosas en Cristo”. Obtenme un verdadero amor a Jesucristo, de tal manera que sólo pueda vivir por y para Él. Ayúdame a alcanzar un ardiente fervor y un sincero deseo de luchar por la santidad, y a poder aprovechar todas las riquezas que brinda la Sagrada Eucaristía. Por tu gran amor a María, madre y reina de todo lo creado, inflama mi corazón con una tierna y gran devoción a ella. Bienaventurado modelo del sacerdocio, intercede para que cada vez haya más santos y dedicados sacerdotes, y se acrecienten las vocaciones religiosas. Disipa la confusión, el odio y la ansiedad, e inclina nuestros corazones a la paz y la concordia, a fin de que todas las naciones se coloquen bajo el dulce reinado de Jesucristo.

 

Amén.