San Miguel Arcángel
jueves, 20 de agosto de 2026
miércoles, 19 de agosto de 2026
UNA FIRMA DE SANGRE (Anécdota)
Durante
la Revolución francesa, las religiosas Hospitalarias de Cartois habían
protestado contra las profanaciones sacrílegas de los invasores del convento:
lo habían hecho de viva voz y por escrito.
Una de ellas, a quien el comisario quería
salvar –de una muerte segura–no había aún puesto su nombre en la página de protesta,
página por cierto tan gloriosa como fatal para las firmantes. Quiso pues la
religiosa, estampar allí, a toda costa, su firma.
— Pero ciudadana— dijo el comisario que ocultamente,
había vaciado el tintero — no hay tinta en el tintero, —Ciudadano— replicó la
hermana — Pero hay sangre en las venas.
(Extracto de los archivos de Quimper.)
MORALEJA: Recuerden el ejemplo de esta heroína
aquellos católicos cobardes, que por sólo respeto humano dejan de confesar la
fe cuando lo exige la causa de Cristo. ¡Que gloria ver a aquella hermana firmar
la protesta con la sangre de sus venas! ¡Y qué vergüenza ver a católicos
cobardes, permitir que se arrastre por los
suelos, la honra de Dios y de Cristo, por excusar la molestia de oír una
palabra desagradable contra ellos! Por respeto humano, venden a Cristo, los
cristianos pusilánimes.
“APOTOLADO
DE LA PRENSA”
Año.
1894
LA ORACIÓN (Carta 130) — SAN AGUSTÍN.
En
estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor,
mientras caminamos por la fe y no por la visión, debe el alma cristiana
considerarse desolada, para que no cese de orar.
Aprenda
en las divinas y santas Escrituras a dirigir a ellas la vista de la fe como a
una lámpara colocada en un tenebroso lugar hasta que nazca el día y el lucero brille
en nuestros corazones.
Como
una fuente inefable de ese resplandor es aquella luz, que reluce en las
tinieblas de tal modo que las tinieblas no la envuelven. Para verla hemos de limpiar nuestros corazones
por medio de la fe, pues, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios, y sabemos que cuando apareciere seremos semejantes a Él, porque
le veremos como Él es. Entonces habrá verdadera vida tras la muerte, y
verdadero consuelo tras la desolación.
Aquella
vida eximirá a nuestra alma de la muerte, y aquel consuelo librará nuestros
ojos de las lágrimas. Y pues allí no habrá tentación alguna, sigue diciendo el
Salmo: Y librará mis pies de la caída. Pues si no hay ya tentación, tampoco
habrá oración; porque no cabrá allí esperanza del bien prometido, sino goce
pleno del bien otorgado. Por eso sigue diciendo: Agradaré al Señor en la región
de los vivos, en que entonces estaremos, no en el desierto de los muertos, en
que ahora estamos. Porque estáis muertos, dice el Apóstol, y vuestra vida está
escondida con Cristo en Dios; más cuando apareciere Cristo, vuestra vida,
entonces apareceréis vosotros con él en la gloria. Esa es la verdadera vida,
que los ricos deben conquistar con sus buenas obras, según tienen mandado.
Una
viuda desolada, aunque tenga muchos hijos y nietos y lleve piadosamente su
casa, procurando que todos los suyos pongan su esperanza en Dios, tiene que
decir con este consuelo en la oración: Mi alma tuvo sed de Ti; ¡Cuánto te desea
mi carne en esta tierra desierta, y sin camino, y sin agua! Esto es esta vida
moribunda, por muchos consuelos humanos que la rodeen, por muchos compañeros de
camino que tenga, por mucha abundancia de cosas que la llenen.
Bien
sabes cuan inciertas son todas las delicias. Y en comparación de aquella
felicidad prometida, ¿qué podrían ser, aunque no fuesen inciertas?
Agustín,
obispo, siervo de Cristo y de los siervos de Cristo, a Proba, religiosa sierva
de Dios, salud en el Señor.
martes, 18 de agosto de 2026
CARACTERES DEL ESPÍRITU DIABÓLICO – Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S.J. — La desesperación, la desconfianza, y la vana seguridad, o temeridad.
Otros caracteres
del espíritu diabólico son: La desesperación o la desconfianza o la vana
seguridad; lo contrario es la verdadera confianza en Dios. Sabe el demonio,
dice San Juan Crisóstomo, que la confianza es aquella preciosa cadena que nos
lleva al paraíso; porque con este santo afecto tomamos mucho ánimo y nos
elevamos a Dios; por eso despues de haber
cometido algún pecado grave, nos siembra afectos y pensamientos más pesados que
el plomo, con los cuales se esfuerza llevarnos a la desesperación, que es el
extremo de todos los males.
Más
porque ve el demonio que raras veces consigue el precipitar las almas de los
fieles al abismo casi irreparable de la desesperación; ¿qué hace el maligno?
Procura hacerlas caer a lo menos en una cierta desconfianza, con la cual si no
desesperan ciertamente, tampoco esperan, y trabaja el demonio con gran esfuerzo
en tenerlos firmemente abatidos, para que haciéndose poco a poco flacos y
perezosos, no tengan ya más vigor para hacer algún bien. Y lo peor es, que obra
todo esto el demonio con un arte tan malicioso y escondido, que llega a persuadir
a las almas que es cosa justa y razonable el estarse así echados en aquel
abatimiento de espíritu; porque despues de haberles inducido a esa falsa
humildad, los lleva a las faltas cotidianas, y para más seguridad suya, les
sugiere otros pensamientos que tienen apariencia de verdad, esto es, «que es
grande la bondad de Dios; pero que ellos se oponen con su malicia a las obras
de la divina gracia: que Dios está pronto a darles toda ayuda; pero que ellos no
la merecen: y finalmente que todo el mal no viene de Dios sino de ellos: con lo
cual convencidos de estas y otras semejantes razones aparentes se mantienen consternados
en los brazos de su desconfianza. »
Esta
es una de las más maliciosas astucias con que el enemigo infernal retarda a gran
parte de personas devotas su provecho espiritual, y especialmente a mujeres
que, siendo de su naturaleza tímidas, y delicadas son fáciles a caer en estos
desmayos. Caídas una vez en este hoyo se quedan despues allí envilecidas sin poder
dar un paso en el camino de la perfección. Ruego por tanto a los directores que
velen con mucho cuidado sobre sus penitentes, para que no caigan jamás en esta
red; y si alguna vez entraren dentro de ella, les hagan advertir rápidamente que
esto es engaño del demonio.
Díganles
con toda franqueza, que el espíritu de desconfianza no es ni puede ser espíritu
de Dios; sino que siempre es espíritu diabólico. Enséñenles a confundirse y
humillarse por sus pecados, pero con paz; para levantarse despues, y retomar el
camino hacia Dios con una fuerte y viva esperanza, haciendo reflexión que la
divina misericordia excede con infinito exceso a la malicia y número de sus
pecados. Sugiéranles algunos actos que deben hacer cuando el demonio los asalta
con desconfianza y pusilanimidad, diciendo a Dios: Dios está pronto a
perdonarme. ¿Pues quién podrá condenarme? Dios que quiere darme su gracia está
cerca de mí; ¿Quién podrá pues serme contrario con tal defensor al lado? Mi
Dios está en mi ayuda, ¿quién podrá pues fulminar contra mi sentencia de condenación?
Animado de estas reconfortantes palabras, entre despues en una grande esperanza,
y vaya repitiendo con Job: «Aunque me quisiéseis, Señor, muerto, yo sin embargo
esperaría de Vos la salud. Os he hecho muchos agravios, es verdad; pero este de
desconfiar de vuestra suma bondad, no lo haré jamás. Aunque me viese sobre la
orilla del infierno a punto ya de caer en él, no por eso dejaría de esperar en Vos.»
Finalmente ordénenles que continúen en
repetir estos u otros semejantes actos de esperanza, hasta que sientan ensanchado
el corazon. Fuera de eso, para cerrar toda entrada a las sugestiones del
enemigo, ayudara mucho imponerles, que despues de haber cometido alguna falta o
pecado, se arrepientan luego y se humillen delante de Dios; y despues se
arrojen al seno de la divina bordad, y aquí dilaten el corazon con una santa
confianza antes que venga el demonio a apretárselo con sus viles desmayos.
Hecho
esto, prosigan en servir a Dios con alegría, con paz y con santa libertad.
Pero
se ha de advertir, que todo esto que he dicho acerca del espíritu de la desesperación
y de la desconfianza. Pero ¡Cuidado! antes de pecar mete el enemigo otro
espíritu del todo diverso, aunque no menos pernicioso, y es el espíritu de una vana
y temeraria seguridad con que hace al hombre animoso para la culpa. Le representa
en Dios una misericordia casi estúpida e insensata que se deja ofender
impunemente, para que engañado el pecador con esta necia persuasión, deponga
todo temor y coja ánimo para arrojarse al pecado. A estos tales debe representar
el director el gran peligro a que se exponen de ser abandonados de la divina
misericordia, si de su dulzura toman ocasión para ofenderla. Debe decirles, que
la misericordia de Dios es como el mar que conduce al puerto seguro a los
marineros, si estos se ayudan con las velas y los remos; pero si quisiesen
estarse ociosos, y con su flojedad dar ocasión al naufragio, esperando que el
mar lo hiciese todo por sí, ¿quién no ve que quedarían todos sumergidos?
Así
puntualmente Dios es un mar de misericordia y un océano de bondad. Si nosotros
nos industriáremos haciéndonos fuerza a nosotros mismos para no caer, y
doliéndonos de las pasadas culpas; este mar dulcísimo nos llevará a salvamento en
el puerto de la bienaventurada eternidad. Más si nosotros no quisiéremos
ayudarnos, antes quisiéremos exponernos a manifiestos peligros de perdición,
lisongeándonos de que lo haya de hacer todo la divina misericordia: este mar suavísimo
de bondad nos dejará incurrir en un eterno naufragio.
Y para ceñir en pocas palabras toda la
presente doctrina, digo que los directores han de procurar que los penitentes
esperen siempre en la bondad de Dios despues de cometido el pecado, y teman
siempre antes de cometerlo. De esta manera echarán de sí el espíritu diabólico
de desesperación y de desconfianza que sigue a la culpa, y el espíritu de una
necia seguridad que la precede.
“DISCERNIMIENTO
DE LOS ESPÍRITUS”
Por
el Padre Juan Bautista Scaramelli. S. J.
Año.
1853.
miércoles, 12 de agosto de 2026
sábado, 8 de agosto de 2026
EL ROSAL DE JESÚS
“LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 4. Abril de
1899. Revista mensual ilustrada.
Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios
prelados.
— ¿Qué
lleva Jesús en el Corazón? — preguntaba Luisito a su madre, con la mirada fija en una hermosa
imagen del Salvador.
— Sí, hijo mío; ese fuego en el que se
abrasa su Corazón ¿Eso es lo que dices?
— No; esas zarzas entretejidas con largas
puntas, que inspiran miedo.
— La corona de espinas que lleva en el
corazón.
— Sí, madre ¿No se la pusieron en la cabeza?
¿Por qué la lleva entonces en el corazón?
— Porque lo llevaba en el corazón incluso
antes de que se la pusieran en la cabeza.
— ¡Pobre Jesús! ¡Espinas en la cabeza y
espinas en el corazón!
— Sí, hijo mío; espinas en la cabeza y
espinas en el corazón; las de la cabeza lo atormentaron unas horas, pero las
del corazón, les punzaron toda la vida.
— ¿Incluso de niño?
— Todavía un niño; más pequeño que tú.
— ¡Pobre Jesús, cuánto habrá llorado!
—No, porque Jesús era muy paciente; siempre
estaba triste y nunca jugaba.
— ¿Nunca, nunca? —preguntó Luisito, a quien
le parecía imposible que un niño no jugara.
Viendo la madre la reacción de su hija a
tal respuesta dijo:
— Nunca, nunca, no, solo a veces, iba sí con
otros niños acompañado. Cerca de su casa había un hermoso rosal, que Jesús
regaba a menudo con una pequeña jarra que le había regalado su madre. Al pie
del rosal, Jesús se sentaba con sus pequeños compañeros, y mientras ellos
recogían rosas y las ponían en su regazo, él les quitaba cuidadosamente las
espinas y hacía coronas de rosas para los otros niños, guardándose las espinas
para sí.
— ¿Y se las clavo en su corazón?
— No; con ellas también hizo una corona, que
se puso en la cabeza, y lo hizo sonriendo, porque esta corona, como salvaría a
muchos hombres, estaba ablandada por el amor.
Pero frente a este rosal —continuó la madre—
había otro con muchas rosas, aparentemente sin espinas; al principio tenían un
color muy intenso y engañaban a muchos niños, quienes, al ir a recogerlas, se
pinchaban las manos, y las rosas palidecían y se marchitaban, llevadas por el
viento como si fueran polvo. Y lo peor era que estos niños enfermaban y morían.
Cada vez que un niño se acercaba a este rosal maldito, Jesús se entristecía; y
si venían a recoger las rosas, Jesús se llevaba la mano al pecho como si algo
le doliera. Era una espina que le atravesaba el corazón.
— ¿Y quiénes eran esos niños tan locos? Sorprendido Luisito de que quisieran morir.
— Estos muchachos locos, hijo mío, son los
que van a recoger las flores del mundo. Atraídos por la perspectiva de los
placeres mundanos, no se dan cuenta de que en ellas se esconden espinas
traicioneras; recogen las flores, que pronto se marchitan, y su pobre alma
muere; y las espinas permanecen clavadas en el corazón de Jesús. ¿Quieres, hijo
mío, recoger rosas como esas?
— No, mamá, no; yo quiero rosas del rosal de
Jesús.
— Bueno, escúchame. Entre los muchachos que
iban al rosal de Jesús, algunos lo amaban mucho. Un día, uno de ellos, al ver
que Jesús les daba a los demás coronas de rosas y se quedaba con la de espinas,
le dijo:
— Jesús, ¿quieres darme una corona como la
tuya? Jesús, sin responder, sonrió y comenzó a hacer una corona de espinas para
el niño, que tomó de no sé dónde. El niño, al ver tantas espinas, y tan
grandes, se asustó y casi se arrepintió de haberla deseado; pero Jesús lo miró
con tanta dulzura, que el niño le permitió ponérsela
— ¿Y no le pincharon las espinas?
— Al principio le pareció así, pero pronto
sintió tanta dulzura y ternura que se sentía más feliz con su corona de espinas
que los demás niños con las suyas de rosas. Y con razón, porque esas espinas se
habían convertido en las rosas más hermosas del rosal. Desde entonces, aquel
niño siempre pedía una corona de espinas, y Jesús le susurraba al oído: «Tomo
estas espinas de mi corazón».
— Por eso no le pinchaban —dijo Luisito—.
¡Ya habían atravesado el corazón de Jesús!
— Bien dices, hijo mío. Cuando las espinas
hayan atravesado el corazón de Jesús, ¿quién no las encontrará dulces y suaves?
¿Ves, hijo mío? Los pecadores pusieron esta corona sobre el corazón de Jesús;
¿quieres ponerles más espinas?
— No, madre mía, eso no.
— ¿Quieres, entonces, rosas del rosal de
Jesús?
— Rosas y espinas.
— Si aliviares el corazón de Jesús aunque
sea de una sola espina, bendito seas mil veces, mi Luisito, hijo de mi corazón.
R.
B.
viernes, 7 de agosto de 2026
LA BALANZA
“LA
VOZ DE SAN ANTONIO” N° 1. Enero de 1899.
Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el
Excmo. Ordinario; y varios prelados.
(Traducido
y adaptado del portugués al español; por Nicky Pío)
I
El espíritu de las tinieblas erraba por la
atmósfera de nuestro planeta, contemplando las vanidades humanas.
¿Cuántos
son —dijo— los que desprecian estas vanidades? Reunidos todos no llenarían una
sala, que no fuese precisamente espaciosa. ¿Dónde se encuentran hoy esos actos
de virtud cristiana?
—Son
apenas conocidos, aislados y perdidos entre la enorme multitud de actos
inspirados por la vanidad. ¡Reúne y pesa todas las acciones de los justos del
universo entero; su peso no igualará el de las vanidades de un solo día en la
ciudad más pequeña!
El Espíritu de la Luz aparece
inesperadamente ante él.
—Vengo —le dice— a proponerte un desafío:
reunirás en uno de los platillos de una balanza tantas vanidades como desees;
yo buscaré el contrapeso, y si logro inclinar la balanza, seré victorioso.
—Acepto, contesto el príncipe de las
tinieblas—; reuniré a toda mi corte para dar testimonio de tu derrota. Conozco —añadió— un lugar adecuado
para la lucha. Al sur de Siberia se extiende un vasto país desconocido para los
viandantes. Montañas inaccesibles lo rodean. Algunos de mis súbditos,
expulsados de Europa y América, han encontrado allí un refugio seguro, donde
no los molestan las letanías de los misioneros.
¿Le agrada este lugar?
—Sí,
dice el Espíritu de la Luz; vamos para allá.
II
Satanás se engañaba al suponer que aquel país no era conocido por viajante alguno. Yo acababa de llegar ahí despues de haber atravesado diferentes regiones. Los animales que lo habitaban, que en verdad ignoraban la malicia del género humano, me recibieron con gran cortesía. En una espaciosa caverna encontré alojamiento y un lugar para guardar todos mis instrumentos. Lo más valioso de todo era un par de prismáticos que me había regalado un jefe indio al que había tenido ocasión de prestar un gran servicio. Con estos maravillosos prismáticos podía distinguir y discernir incluso a los mismos espíritus. Hace tiempo que no los poseo; un escrúpulo de conciencia me llevó a romperlos. No me arrepentí de haberlo hecho; unos meses sólo use de ellos, y mudó completamente mi carácter, convirtiéndome casi en un anacoreta. Podría contarles cosas curiosas que descubrí gracias a esos prismáticos; se las contaré más adelante. Actualmente una publicación tal, sería la causa de grandes escándalos, destruiría la reputación de muchas personas que actualmente gozan del favor público, y juzgo que no es conveniente derribar esos ídolos por el momento.
lunes, 3 de agosto de 2026
LOS ENAMORADOS DE LA MUERTE.
(Cuento
– Reflexión)
I
A fuerza
de verse juntos la Muerte y el diablo, concluyeron por entrar en tratos
convenientes a sus respectivos fines.
—¡Comadre!—díjole el diablo, que iba cargado
con un ricachón avaro para llevárselo a los infiernos.
—¿Qué diablos quieres? No me detengas, que
tengo mucho que deshacer.
—A eso voy—replicó el diablo; y añadió: —Es
cosa de dos palabras —
Y diciendo esto dio con sus pezuñas un pataleo
en tierra, abrióse en ella un boquete y por él arrojó a los infiernos al
ricachón.
—Es el caso que desde hace muchos años se
puede con razón decir que no haces más que menear tu guadaña en provecho mío;
eres una segadora a mi servicio, ¡Y vaya una cosecha! Raro es el muerto que no
cae en mis garras.
—Pues
yo no lo hago para servirte; ¿Te está claro? Da lo mismo que se salven o se
pierdan los necios de los hombres, de ello no soy responsable; aún digo más:
hasta les concedo a veces un buen espacio de tiempo para que se dispongan a
bien morir.
—¡Eso!
Pero ya me cuido yo de que no lo aprovechen. ¡Pero me da tanta pena verte a ti,
con los años que tienes, que ya va fecha desde que después del pecado primero
te nombraron para cortar las vidas hasta hoy; y lo que aún te queda de aquí
hasta el día del juicio final!
—¡Es
verdad! Yo que doy a todo bicho viviente el descanso que por clasificación le
corresponde, no puedo concederme a mí misma un momento de reposo... Y eso que
son muchos los hombres que por sí mismos se me entregan sin que yo vaya a
buscarlos.
—Pues
bien, yo vengo a ahorrarte trabajo; tengo nuevas invenciones: el automóvil, y
con él he aumentado el número de insensatos; tranvías, puentes diabólicos,
falsificadores de productos alimenticios y una infinita variedad de crímenes,
envenenamientos y aparatos para que mueran a carretadas y sin auxilio, ningún auxilio
espiritual.
La
Muerte quedóse por un momento pensativa, y después exclamó:
—Ciertamente; todo eso te favorece mucho, y
s, mi me hace gran servicio, pues por lo visto pronto serán muy pocos, muy
pocos los que mueran de lo que se dice «muerte natural», pues como la locura va
siendo dueña casi absoluta del mundo, los hombres harán cuantos disparates aquélla
les impone, y tu industria marchará de maravillas.
Y aquí,
porque sin duda la Muerte se ocultó... ya nadie hablaba de ella en la tierra, y
el caso era que cada día morían más personas, pero como si no... Ya no se
hablaba de la muerte, ni nadie pensaba en ella, ni mucho menos había hombre que
de la muerte hiciese motivo de meditación.
Verdad que bien podía decirse que la gente
se mataba, no que se moría. Y así era que vivían los hombres como si
desconociesen el peligro de perder la vida y se considerasen eternos. Hasta
llegaron algunos sabios a decir que ellos estaban a punto de encontrar la
substancia con la cual... la humanidad viviría siempre, rejuveneciéndose a cada
momento.
No
había ya quien, pensando en la muerte, procurara ser justo, ni quien queriendo
conquistar la noble fama, aspirase a una muerte honrosa por su patria o
religión... Por eso, hastiada la Muerte de este nuevo estado de cosas, pensando
en su antigua historia, se puso un día a repasar sus grandes libros... donde
tenía apuntado el destino de los hombres; halló que en un convento de frailes
cartujos... que vivían en rudas penitencias, continuos ayunos y
mortificaciones, hacía más de treinta años que no había muerto persona alguna.
—¡No,
si no se puede una descuidar!— 30 años dijo la Muerte.—He aquí una partidita
que viene pasando para mí inadvertida quién sabe desde qué tiempo. ¡Claro,
fiada en la afición a los automóviles y al sinnúmero de trampas inventadas por
el diablo!...
Aquí
se van eternizando estos frailes, y esto me pone en ridículo. La comadre se dió
en su amplio sudario, tomó su guadañaza y se encaminó al convento, apresurando
el paso, como lo hubiera hecho un médico de los más afamados.
II
Hallábase
en el indicado convento, donde más de cuarenta religiosos estaban familiarizados
con la idea de morir, el lego Gilito, como afectuosamente le habían denominado
los labriegos ¡vecinos del convento, y que estaba con su cargo de demandadero
tan satisfecho, que no se hubiera cambiado por el más opulento de los reyes.
Así
era que no había manera de hacerle entender que estaría muy en razón el que,
sin aborrecer la vida, se apartase algo del amor extremado a ella, por mirar a
la eterna bienaventuranza.
Ya podían los buenos Padres decirle elevadísimos
conceptos. Él no quería morir.
—A ser
posible—decía, —quisiera vivir siempre.
—Mire, Hermano, qué manera más graciosa
tiene de decirnos que ama la muerte, porque este es el modo de no morir jamás—le
contestaba ingeniosamente el Hermano Ignacio, uno de los más penitentes y
fervorosos frailes.
—Vaya,
que no, eso. Quiero vivir... la vida de allá será buena, pero no la conozco;
ésta, mala y todo, no quiero perderla—replicaba.
Así las cosas, llegó la Muerte al convento.
Eran las altas horas de la noche, brillaba una hermosa luna, y la comadre, por
no ser vista, saltando de sombra en sombra por todas las que los grandes
árboles y espesos arbustos de la huerta proyectaban en el suelo... llegó al
convento y se metió en un largo y sombrío claustro.
Las llamas de las lámparas, que débilmente iluminaban
aquel silencioso lugar, oscilaron al movimiento del aire agitado por el amplio
sudario de la muerte, que iba caminando con paso acelerado.
Detúvose ante la puerta de una celda y al
fin penetró en ésta, infiltrándose por la madera. Allí había un anciano
escribiendo.
—Viejo eres; paréceme que ha llegado tu
hora—pensó la Muerte; pero tuvo curiosidad por ver lo que el anciano escribía,
y leyó:
«La muerte ha de ser esperada como un
beneficio del cielo; el hombre que desprecia la vida ofende al Señor, que se la
ha dado; pero el hombre ha de agradecer el vivir, considerando la vida como
medio para merecer la muerte, es decir, el camino de la verdadera vida.»
—No, no ha llegado la última hora de este
hombre—se dijo la Muerte; y salió rápidamente de la celda. Así, del modo mismo
que había entrado en la primera se introdujo en la siguiente, y allí halló a un
religioso, pálido, demacradísimo... tal, que la Muerte pudo creer que estaba
ella ante un espejo.
Arrodillado y orando, ceñido el cuerpo con
áspero cilicio, oraba ante un crucifijo y decía:
—Señor,
no, no me des la muerte tan deseada... si crees que es necesario que antes permanezca
en este destierro para llorar y llorar aún más mis muchos pecados y los de los
hombres, mis hermanos, tan olvidados de tu misericordia y de sus eternos
destinos.
—Medio
muerto parece éste... pero su fervor le sostiene con tal vida, que aun tampoco
para él ha llegado la hora... —se dijo la Muerte.
Y así
fué en la otra, en la siguiente, y en todas las celdas, hallando hombres
viejos, otros envejecidos por las penitencias, todos pensando y deseando la
muerte... pero todos manteniéndose en la vida para el cumplimiento de una
misión santa... de piedad, de caridad, de enseñanza, de defensa de la fe...
Vivían pobremente, sin abrigo para sus
cuerpos, sin gustos, sin comodidades, sin más que atentos al trabajo, a la
mortificación y al estudio.
La Muerte comprendió que todos allí eran
necesarios en el mundo para regenerarle, para ennoblecerle, restableciendo el
reconocimiento de la muerte.
Cuando
la Muerte salió del convento hallóse al diablo, que le dijo:
—¿No sacas nada de tu visita a estos reaccionarios?
—Como
todos viven santa y sobriamente, según aconsejó San Pedro, no tengo por dónde
hincarles el diente. Además, todos me esperan de continuo. El único que me
aborrece es el hermano Gilito.
—¿Y no te parece bastante motivo para llevártele?
¡Tienes la sangre de horchata! Míralo qué satisfecho y descuidado contempla el
río desde el puente. ¡Al agua con él!
Y, en
efecto, desaparecieron en el agua el lego y la Muerte, y el diablo corrió tras
ellos a ver lo que podía prometerse del juicio particular subsiguiente.
JOSÉ
ZAHONERO.
“LA
LECTURA DOMINICAL”
lunes, 27 de julio de 2026
EL SOLDADO EN TIEMPO DE GUERRA – Por Monseñor Segur.
I
¿Por qué es preciso que el soldado sea en tiempo de guerra un excelente cristiano?
Porque
arriesga su vida: ni más ni menos.
El soldado tiene dos banderas, la del cielo
y la de la tierra; y debe amar a las dos, sin olvidar jamás a la una por la otra.
Sería hacerle una ofensa, sobre todo en tiempo de guerra, el recomendarle que
fuera bien leal a la bandera de la patria; pero es hacerle un servicio y un servicio
muy grande el exhortarle a que piense en su alma en medió de los azares de la
guerra.
Durante
la guerra es preciso ser cristiano, más buen cristiano, si es posible, que durante
la paz. Más que nunca es preciso respetar a sus jefes, desvivirse por ellos,
obedecerles con fidelidad absoluta; más que nunca es preciso ser esclavo del
deber. «Los mejores cristianos son los mejores soldados» decía un célebre capitán.
Y despues cuando el alma, está en paz con Dios y por este lado nada hay que
temer el soldado marcha hacia el enemigo sin recelo y ni la misma muerte le
asusta. Para él todo es ganancia, si se salva, tiene la gloria, el ascenso, la
cruz honorífica, la alegría del regreso; si sucumbe, tiene todavía otra cosa
mejor, el cielo, la gloria verdadera, la felicidad que no tiene fin. ¿De qué queréis
que tenga miedo un hombre semejante?
Veamos pues en que consiste para el soldado
en campaña, el ser cristiano.
Ser
cristiano no consiste solamente ir los domingos a la misa militar y cumplir ciertos
actos exteriores de religión compatibles con el servicio; consiste en algo más,
consiste en acordarse a menudo de Dios, en rezar con todo corazon muy a menudo
y especialmente en las horas de facción, en las marchas y contramarchas, y en
todos los otros momentos en que se está un poco más libre: consiste en tener
arreglada su conciencia, por medio de una buena visitilla hecha al capellán o a
algún otro sacerdote de las poblaciones por donde se pasa, y, una vez hecha la
visita, guardar bien la pureza de conciencia que se ha obtenido; consiste en
evitar cuidadosamente las faltas en que con más facilidad cae el soldado, tales
como el blasfemar del santo nombre de Dios, el emborracharse, la rapiña, el
robo, las palabras deshonestas, los pecados contra la pureza, la indisciplina,
la desobediencia a los jefes los arrebatos de cólera y otras por el estilo.
Ser
cristiano, en tiempo de guerra, consiste además en portarse dignamente en país
enemigo. Nada de pillaje, nada de brutalidades, nada de ultrajes a mujeres,
niños y viejos; respeto a la religión, respeto a la propiedad y generosidad para
con todos. Va en ello el honor cristiano y el honor patrio. El verdadero soldado
no solamente sabe hacerse temer, sino que además sabe hacerse respetar y
hacerse amar por todas partes por donde pasa.
Ved
ahí en lo que consiste el ser cristiano en tiempo de guerra. El valiente soldado
que de esta manera se porta recibe la bendición de Dios; y si de improviso le
viene la muerte, sabe que está convenientemente dispuesto a recibirla, y que
puede estar seguro de la misericordia de su divino Juez.
“EL
SOLDADO EN TIEMPO DE GUERRA”
MONSEÑOR
SEGUR
Año
1872.
sábado, 25 de julio de 2026
¡SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA!
Tal fué
el grito de guerra de nuestros heroicos padres; el santo y seña de sus ejércitos
invencibles; el lema que llevaban, no sólo en los labios, y escrito con letras
de oro en sus banderas y estandartes, sino lo que vale más, grabado con
indelebles caracteres en sus corazones.
El Apóstol
nos había traído la fe de Jesucristo pocos años después de la muerte del Redentor
de los hombres. El fué el que oyó, de labios de Nuestra Señora, venida en carne
mortal, y milagrosamente, a Zaragoza, la consoladora promesa, base de todas
nuestras esperanzas patrióticas, de que la fe y el amor a Jesucristo no faltarían
nunca de la tierra española. Nuestra nación no ha olvidado, ni olvidará jamás,
aquella promesa; ni ha olvidado, ni olvidará jamás, al Apóstol por quien supo
que el Hijo de Dios se había hecho carne, y sufrido pasión y muerte por los
hombres; el Apóstol, que había recibido de labios de la Virgen sin mancilla la
más sublime promesa que se ha hecho a ningún pueblo moderno.
Santiago ha sido el intermediario de la
alianza entre la Virgen María y la nación española, y expresión de esa alianza
es la ley de Jesucristo, que por mandato del mismo Redentor predicó en nuestra
patria. España se llamaría la tierra de Santiago, si no se llamase, y con justo
título, la tierra de María Santísima.
Guardamos
hace muchos siglos el sepulcro del que fué nuestro Padre en la fe, el verdadero
fundador de nuestra nacionalidad, porque fué el que escribió la constitución
interna de nuestra patria, que es el mismo Evangelio; guardamos en ese sepulcro sus sagradas
reliquias, pero guardamos algo que vale más que sus restos, con ser éstos tan venerables...
Guardamos la ley que nos dio, el Evangelio que nos predicó, el eterno espíritu que
infiltró en el cuerpo de nuestra nación...
Por
eso, cuando la barbarie mahometana intentó descuajar el cristianismo en España;
cuando quiso destruir la obra que había empezado Santiago, todas las almas
españolas recordaron al Apóstol, todas las miradas se volvieron a su sepulcro,
todos los corazones se elevaron a Él, pidiéndole que intercediese con Dios para
que la obra suya no fuese arrasada... Como los israelitas, perseguidos por Antíoco,
invocaban a Moisés, los españoles perseguidos por los descendientes de Ismael,
invocaban a Santiago. ¡Santiago, Santiago!: tal fué el grito unánime detesta noble
nación, que se levantó como un solo hombre para defender su fe y su libertad.
Santiago
infunde en nuestros guerreros el valor heroico que se necesita para pelear en la
proporción de uno contra ciento. Si la suerte de las armas es adversa; si
nuestros escuadrones cejan ante la feroz morisma; si las murallas de las
ciudades caen, como castillos de naipes, ante el ariete del enemigo; si el
implacable infiel siega con su corvo alfange las cabezas de nuestra juventud...
¡No importa! ¡Si hoy hemos perdido, mañana ganaremos! ¡Santiago, y cierra
España!... ¡Adelante, adelante!
Y
gritando asi, recorre España el camino desde Covadonga hasta Granada, y no
satisfecha, conquista luego gran parte de África, gran parte de Asia y Oceanía,
lo mejor de Europa, y toda la América. Y siempre peleando por su Dios y por su
patria, siempre luchando contra infieles y herejes, invocando siempre a Santiago,
es constantemente vencedora, y no hay en el mundo poder que le resista, ni
enemigos que no tiemblen ante ella, ni rivales que no se le humillen y dejen de
prosternarse ante sus plantas.
Nuestros
reveses empezaron precisamente cuando nuestras empresas empezaron a ser más
políticas que religiosas. Pero no miremos al infausto pasado ni al vergonzoso presente;
consolémonos con la expectativa fortificante de un porvenir compensador... España
volverá a ser grande: porque volverá a ser el pueblo escogido de la Nueva Alianza,
el pueblo de Santiago.
APOSTOLADO
DE LA PRENSA.
Año
1894.
miércoles, 22 de julio de 2026
VANIDAD DEL MUNDO.
«Vanidad de vanidades, y todo es vanidad»; dice
el Sabio. «Vi todo lo que se hace debajo del sol, y todo era vanidad».
Con razón este mundo en la Escritura es llamado
hipócrita, pues teniendo buena apariencia, es de dentro lleno de corrupción y
vanidad. En estos bienes sensibles parece bueno, siendo, según verdad, lleno de
falsedad y mentira.
No pongas en su amor fija el áncora de tu
corazón. Las verdes cañas alegran la vista, y los ojos se deleitan en su
frescura y muestra de fuera; pero si las quiebras, hallarás dentro ser huecas y
vanas. No te engañe el mundo, ni se
ceben tus ojos de esa verdura y hermosura que parece, porque, cierto, si
quieres considerar lo que debajo está escondido, hallarás que es todo vanidad.
Si el
mundo con el cuchillo de la verdad fuere abierto, sería visto ser falso y vano.
Porque cuanto hay en él es pasado, presente y futuro. Lo pasado ya no es; lo
que está por venir es incierto, y lo presente es instable y momentáneo. Vanidad
es esperar en él, y vanidad muy grande hacer caso de sus favores. Vanidad
desear sus honras, y mayor vanidad amar sus riquezas y deleites. Vanidad es querer sus bienes transitorios; y
vanidad es, por cierto, tener cuenta con los corruptibles haberes de este
siglo.
Vanidad
andar tras el viento de las alabanzas humanas... Pasan los días de la vida sin
los echar de ver, andando la muerte en el alcance. ¿Qué tienes de cuanto has
hecho? En los amigos no hallaste amistad: en aquellos a quien hiciste bien,
hallaste ingratitud; y en los hombres, muchos engaños y cumplimientos.
Pues
mira cómo has perdido cuanto has hecho. Ese poco conocimiento de los hombres, y
todas las cosas de que te quejas, te están diciendo que a sólo Dios debes amar
y servir. Permite el Señor, para tu provecho, que halles desagradecimiento en el
mundo, porque te vuelvas a sólo Él... Si bien consideras la ingratitud de los hombres,
y que gastaste lo mejor de tu vida en los contentar, llorarás por el tiempo
pasado y procurarás de servir a tu Criador en el tiempo por venir.
“EL
TRATADO DE LA VANIDAD DEL MUNDO”
V.
P. Fray Diego de San Cristóbal.
Año
1785.