viernes, 17 de abril de 2026

LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA (Narración anónima)

 



    Un día, Rubens, de viaje por los alrededores de Madrid, entró en un monasterio muy austero y descubrió, no sin sorpresa, en el humilde coro, un cuadro que revelaba un talento sublime. La pintura representaba la muerte de un monje. Rubens llamó a sus alumnos, les mostró el cuadro y todos compartieron su admiración.

   «¿Y quién podría ser el autor de esta obra?», preguntó Van Dyck, el alumno predilecto de Rubens.

   — Había un nombre escrito en la parte inferior del cuadro; pero lo han borrado cuidadosamente —respondió Van-Thulden.

   Rubens mandó llamar al prior para que viniera a hablar con él y le preguntó al anciano monje el nombre del artista al que debía su admiración.

   — El pintor ya no pertenece a este mundo.

   — ¡Muerto! —Exclamó Rubens—, ¡Muerto!... —Y nadie lo ha conocido hasta ahora, nadie ha repetido con entusiasmo su nombre, que estaba destinado a ser inmortal; ¡Su nombre ante el cual el mío tal vez podría desvanecerse! Y sin embargo —añadió el artista con noble orgullo—, sin embargo, padre mío, yo soy Paul Rubens.

   Al oír ese nombre, el pálido rostro del prior se iluminó con una calidez desconocida; sus ojos brillaron y fijó su mirada en Rubens con una expresión que revelaba algo más que mera curiosidad; pero esta exaltación duró solo un instante. El monje bajó la mirada, cruzó sobre su pecho los brazos que había alzado al cielo en un momento de entusiasmo y repitió: El artista ya no es de este mundo.

   — ¡Su nombre, hermano mío, su nombre, para que yo lo enseñe al universo; para que yo le dé la gloria que le corresponde!

   Y Rubens, Van Dyck, Jacques Jordaens. Van-Thulden, sus discípulos, casi iba a decir sus rivales, rodearon al prior y le rogaron encarecidamente que revelara el nombre del autor de este cuadro.

   El monje temblaba; un sudor frío le corría por la frente y las mejillas demacradas, y sus labios se contraían convulsivamente, como si estuviera a punto de revelar el misterio cuyo secreto guardaba.

   — “¿Su nombre, su nombre?”, repitió Rubens.

   El monje hizo un gesto solemne con la mano.

   — Escúchame —dijo—; me has malinterpretado: te dije que el autor de este cuadro ya no estaba en este mundo, pero no quise decir que estuviera muerto.

   — ¡Él vive! ¡Él vive! ¡Oh! ¡Háganoslo saber! ¡Háganoslo saber!

   — Ha renunciado a las cosas terrenales: está en un claustro, es monje.

   «¡Monje! ¡Padre! ¡Monje! ¡Oh! Dime en qué monasterio está, pues debe salir de allí. Cuando Dios marca a un hombre con el sello del genio, ese hombre no debe aislarse. Dios le ha encomendado una misión sublime; debe cumplirla. Dime el nombre del claustro donde se esconde, e iré a buscarlo y le mostraré la gloria que le espera. Si se niega, haré que Nuestro Santo Padre el Papa le ordene regresar al mundo y retomar sus pinceles. ¡El mismísimo Papa, Padre! El Papa atenderá mi llamado.»

   — No te diré su nombre, ni el claustro donde se ha refugiado —respondió el monje con firmeza.

   — ¡El Papa te dará la orden! —exclamó Rubens exasperado.

   «Escúchenme», dijo el monje, «¡Escúchenme, por el amor de Dios! ¿Acaso creen que este hombre, antes de abandonar el mundo, antes de renunciar a la fortuna y la gloria, no luchó ferozmente contra tal resolución? ¿Creen que las amargas decepciones y las crueles penas no fueron necesarias para que finalmente reconociera», dijo, golpeándose el pecho, «que todo aquí abajo no es más que vanidad? Que muera, pues, en el santuario que ha encontrado lejos del mundo y su desesperación. Además, sus esfuerzos serían en vano: es una tentación que vencería», añadió, haciendo la señal de la cruz; «porque Dios no le retirará su ayuda, Dios que, en su misericordia, se ha dignado llamarlo a sí mismo, no lo expulsará de su presencia».

   — Pero, padre, a lo que renuncia es a la inmortalidad.

   — La inmortalidad no es nada en presencia de la eternidad.

   Y el monje se bajó la capucha hasta cubrirse el rostro y cambió de tema, para evitar que Rubens siguiera insistiendo.

   El famoso Fleming abandonó el claustro con su brillante séquito de estudiantes, y todos regresaron a Madrid, soñadores y silenciosos.

   El prior, tras regresar a su celda, se arrodilló sobre la estera de paja que le servía de cama y elevó una ferviente oración a Dios.

   Luego recogió algunos pinceles, pinturas y un caballete que encontró en su celda y los arrojó al río que fluía bajo sus ventanas. Observó durante un rato, con melancolía, cómo el agua se llevaba consigo aquellos objetos.

   Cuando desaparecieron, volvió para reanudar sus oraciones sobre su estera de paja, frente a su crucifijo de madera.

 

    “Publicado en La France littéraire, artístico, científico en 1856.”

 

 

 

 

LA ORACIÓN DEL PINTOR

 



 

    Señor, no soy digno... no soy digno de lo que debo emprender, y que debo emprender en tu honor. No soy digno porque tengo poco que ofrecerte. Mi alma es débil y mis talentos escasos. Solo estoy seguro de mi buena voluntad, y eso no es nada —excepto para ti, que eres misericordioso— nada para la obra, que es exigente y de la que sé que no sería digno sin tu ayuda.

 

   No sería digno de ello; esto no es un acto de humildad, no soy humilde, y Tú sabes cuánto orgullo me domina en presencia de los hombres, pero también cuánto me perturba en Tú presencia. Temo que, en estas paredes que son para Tí, este orgullo pretenda exhibir un conocimiento que solo me pertenece, una comprensión que solo me pertenece, una razón que solo me pertenece; todo ello insignificante a Tus ojos si no se une a esa Caridad que solo puede venir de Tí.

 

   Así pues, es mi orgullo el que clama a Tí que es indigno y que yo no soy digno, Señor, no soy digno de Ti que me deslumbras, de Ti a quien, sin embargo, me encomiendo.

 

 Esta oración, compuesta por un pintor quien deseaba permanecer en el anonimato, apareció en “Las oraciones más bellas” de Amiot-Dumont, 1953.

 

 

Beato Rodolfo de Berna, Mártir Abril 17

 

   



   La Berner Chronik informa que en el año 1294 fue perpetrado en Berna un terrible delito. Algunos miembros de la comunidad judía arrojaron a una cantera a un niño cristiano y, para parodiar la Pasión de Cristo, lo crucificaron dejándolo morir en la cruz.

 

   Considerado como mártir por el Concilio de la ciudad y por el clero local, el infante fue sepultado con grandes honores en la Catedral de Berna, al lado del altar de la Santa Cruz. Desde entonces ese altar fue llamado por el pueblo  “altar de San Rodolfo”.

 

   En el año1485 la iglesia fue demolida, y en su lugar se edificó una más grande y bella.  El cuerpo del mártir fue entonces colocado en una urna y expuesto a la veneración de los fieles sobre el altar de la Santa Cruz. En 1528, los calvinistas saquearon la iglesia,  destruyeron el altar, y las reliquias de Rodolfo, fueron arrojadas y desparramadas. Nunca más se recobraron.

 

   Nunca fue aprobado el culto de este beato y su nombre no aparece en el Martirologio Romano. En el Proprio de  Basilea había un Oficio en su honor, pero en 1908 fue suprimido.

 

Autor: Fray. Rodolfo Bianciotti

Fuente: Santi e Beati

lunes, 13 de abril de 2026

La judeo-masonería ha sido responsable de todas las guerras durante los últimos 250 años.

El asesinato en Sarajevo del príncipe Francisco Fernando, heredero del Imperio austrohúngaro, a manos de terroristas masones y judíos.


   ¿Cuándo comienza realmente una guerra? ¿Con su declaración, o a raíz de sucesos que pasaron más o menos desapercibidos o incluso fueron ocultados? Es precisamente esta búsqueda de la causalidad de los acontecimientos lo que interesa al historiador, para descubrir, tras las noticias, las causas primarias que los explican.

   Todas las revoluciones y guerras que han marcado la historia de la humanidad desde la llamada Revolución Francesa han tenido como objetivo debilitar a las grandes naciones cristianas para impulsar el globalismo cosmopolita hacia la utópica República Universal.

   La llamada Revolución Francesa marca, por tanto, un punto de inflexión en la evolución deseada de las sociedades, al romper con la ley divina y el orden natural que de ella se deriva.

   A partir de ahora, bajo el pretexto de una falaz y abstracta “libertad”, se hará creer a los ciudadanos que son libres de tomar sus propias decisiones, las cuales solo tienen que expresar mediante su voto.

   Esta es la gran estafa de los conspiradores de la Revolución. A los ciudadanos se les concede el derecho a votar sobre temas que ya no conocen directamente a través de sus actividades profesionales o sociales, sino únicamente mediante la representación que les brinda la incipiente prensa, denominada “información”.

   Ahora, gracias a esta ilusión de democracia, será “moldeable” a voluntad, porque quien controla la prensa, tanto escrita como audiovisual, controla ahora la opinión pública.

   Por eso la democracia es imposible, porque inevitablemente desemboca en la plutocracia, es decir, en un gobierno basado en el dinero en manos de las altas finanzas cosmopolitas y masónicas.

   En nuestras sociedades democráticas, para lograr que la población acepte las guerras, es necesario conducirla gradualmente al odio hacia el adversario designado, mediante una hábil gradación de la “presentación” de noticias y hechos, diseñada para preocuparla y luego indignarla.

   Cabe destacar que las primeras guerras de descolonización de los imperios católicos español y portugués fueron libradas por extranjeros que habían participado en la llamada Revolución Francesa. Este fue el caso, en particular, de Simón Bolívar, Antonio José Sucre, su lugarteniente Juan José San Martín, etc.

   Tras el debilitamiento de estos imperios católicos después de la destrucción de la monarquía por derecho divino en Francia, surgiría el nuevo poder estadounidense, una creación masónica desde sus inicios.

   Entre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, veremos cómo el poder económico y militar se desplaza del Imperio Británico, principal beneficiario del declive de las naciones católicas continentales, a los Estados Unidos.

   Las altas finanzas apátridas migrarán de la City a Wall Street, y Estados Unidos se convertirá en el “brazo armado” del globalismo cosmopolita en su camino hacia su visión mesiánica de dominación mundial.

   Las revoluciones que siguieron para derrocar a los imperios austrohúngaro y zarista sirvieron para reducir los poderes que podían oponerse a los sueños de hegemonía anglosajona y cosmopolita, cuyos intereses ahora estaban vinculados y subordinados.

 El asesinato en Sarajevo del príncipe Francisco Fernando, heredero del Imperio austrohúngaro, a manos de terroristas masones y judíos, así como la revolución bolchevique de 1917, de la misma inspiración, que masacró a la familia imperial, tuvieron el mismo objetivo.

   Al igual que con la familia real francesa, esta masacre tenía como objetivo erradicar cualquier posibilidad de un resurgimiento de estos poderes. La carnicería de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, que diezmó a las élites de las potencias europeas, culminó, con la pseudoliberación, en el establecimiento del poder financiero, comercial y militar de Estados Unidos y de las finanzas cosmopolitas sobre Europa, que ahora controlan las principales estructuras financieras globales.

   Las guerras de descolonización vendrán después. Por un lado, para seguir debilitando a las naciones europeas, y por otro, para apoderarse de la riqueza petrolera y mineral que habían desarrollado.

   Para lograr sus objetivos, los instigadores de estos conflictos necesitan calmar la conciencia de aquellos a quienes arrastrarán a la guerra. Por lo tanto, denunciarán el colonialismo de las naciones europeas para crear uno mucho peor: el neocolonialismo mercantilista y cosmopolita yanqui.

   Sin embargo, hoy vemos los efectos de la descolonización: los países descolonizados se hunden en la anarquía de guerras tribales alimentadas por la globalización para debilitarlos, en hambrunas y en el resurgimiento de pandemias erradicadas por los primeros colonizadores.

   Ahora, el neocolonialismo globalista puede saquear la riqueza de estos países sin arriesgarse a un enfrentamiento con las antiguas potencias colonizadoras y civilizadoras. En cuanto a los países considerados insuficientemente flexibles, se invocarán la “moralidad internacional”, la “conciencia universal”, el “eje del mal”, el “derecho a intervenir”, etc., para justificar la agresión contra ellos.

   Bajo este pretexto, Estados Unidos pudo invadir Granada, Panamá, Irak (primero una vez), luego Serbia para imponer el islam en el corazón de Europa, después Afganistán y nuevamente Irak, masacrando a miles de civiles. Mientras tanto, Israel arrasaba aldeas palestinas enteras y masacraba a sus habitantes con la indiferencia cómplice del llamado Occidente «cristiano»…

   El cinismo de los círculos financieros estadounidenses ante estos conflictos desestabilizadores se puede apreciar en este comentario, publicado poco antes de la Guerra del Golfo por la agencia de noticias Belga. El 27 de noviembre de 1990, citaba una valoración de la firma de corretaje neoyorquina Davis Research, filial de Davis, Mendel & Regenstein: «En un periodo donde la emoción juega un papel importante, el mercado cae inicialmente». «Pero una vez que la euforia inicial disminuye, se puede encontrar una ventana de oportunidades de compra».

   Antony Tabell, director de Delafield, Harvey & Tabell, reconoció la veracidad de la evaluación realizada por la firma Davis, Mendel & Regenstein: “La teoría ha sido ampliamente verificada para todas las guerras desde la Primera Guerra Mundial”.

   En términos más sencillos, esto significa que cuando estalla un conflicto, los mercados bursátiles caen, y que hay que dejar que la reacción emocional inicial se calme, dando tiempo a que los mercados se estabilicen antes de volver a subir, porque es en ese momento “cuando se puede aprovechar una oportunidad para comprar”...

   ¿Acaso no fue precisamente mediante este método que los Rothschild se enriquecieron en Waterloo? Así, las altas finanzas cosmopolitas juegan con revoluciones y guerras, una fuente de beneficios económicos para sí mismas y, a la vez, para el desarrollo de su poder global mesiánico.

   Podríamos multiplicar los ejemplos de estas manipulaciones y provocaciones destinadas a justificar la intervención militar con fines e intereses muy alejados de los de las personas involucradas en estos conflictos.

 

“Philippe Ploncard d'Assac – La conspiración globalista” 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

LA JUDEO–MASONERÍA ES EL CONTRAESTADO — Por Monseñor Ernest Jouin “El peligro judeo–masónico” (1932) – Traducido del Francés.


 


¡Católicos uníos! en defensa civilización cristiana.

 

   Si crees en el principio de orden y autoridad sin el cual ningún gobierno puede subsistir, si observas que los defensores de la igualdad no tienen otro objetivo que dominarte y reducirte a la servidumbre, que los defensores de la fraternidad son personas apátridas que subvierten nuestras fronteras para introducir mejor al extranjero, que los defensores de la libertad son mentirosos charlatanes que sustituyen el liberalismo y la licencia por la verdadera libertad para destruir la sociedad.

 

   Y si, a la luz de los acontecimientos, ves que estos defensores son los amos de los puestos públicos claves e influyentes, si ves que están universalmente en manos judías y masónicas, ya sean municipios, consejos generales, consejos de prefectura, administraciones, ministerios, parlamentos, enseñanza en todos los niveles, estudios superiores, grandes escuelas, academias. Y si, mejor aún, siempre a la luz de los acontecimientos, veis que este control del Estado está preparando, según el plan judeo-masónico, la revolución social, antes llamada la Gran Revolución, hoy llamada bolchevismo, pero que ambas conducen al “Régimen del Terror”, que inevitablemente añadirá guerra extranjera a la guerra civil en nuestros días; si veis los temblores bolcheviques  para levantar convulsivamente a todos los pueblos, si veis estas cosas y si finalmente entendéis la advertencia de los “Protocolos”, confirmada por los hechos, católicos uníos, en defensa y contra los judíos y los masones.

 

LUZ FIJA (Cuento)


 


I

 

   Gabriel era un «luchador» original. Sus amigos y compañeros decían de él: —Es un bohemio que no pide dinero a nadie. Y le llamaban por burla «el buen bohemio».

   Sabían de él que algunas veces había dormido en un banco de la Castellana; que pasó un verano entero alimentándose con sólo pan y uvas, pero siempre se le vió vestido con cierta pulcritud y jamás habló a nadie de sus apuros. Algunos le tenían por orgulloso; otros, por visionario.

   ¿A qué había venido a Madrid?

   Él vivía escondido allá en un obscuro rincón de la provincia de Granada; allí realizaba su labor literaria sin más estímulo que su vocación y su entusiasmo.

   Un día envió un trabajo a un certamen, y se lo premiaron; los periódicos se ocuparon de él, las revistas ilustradas publicaron su retrato, y sus amigos le dijeron: —Tú debías ir a Madrid; aquí en el pueblo nunca serás nada. Y Gabriel hizo un pequeño equipaje, y  vino a Madrid.

   Un poeta consagrado, paisano suyo, se empeñó en protegerlo, y lo utilizó como secretario honorario. Gabriel trabajaba y no cobraba, pero... tenía la protección del grande hombre e iba conociendo a los literatos que formaban la tertulia del poeta.

II

   — Gabriel, ¿por qué no mandas algo al concurso de Mundial?—lo dijo el protector a nuestro «luchador». —Dan quinientas pesetas de premio. Si te atreves a hacer algo... pero algo que sea intenso ¿eh? yo te lo corregiré y lo recomendaré con eficacia... A ver si te animas.

   Gabriel se animó. Se dedicó a buscar un asunto... intenso, como le aconsejó el maestro. Pasó unos cuantos días preocupado, vacilante; elegía y desechaba descontentó de sí mismo y de su musa.

   Hasta que la realidad le ofreció lo que buscaba. Era un cuadro sencillo, tierno y delicado que hirió vivamente su fantasía y le proporcionó asunto para un hermoso poema.

   Un artista ciego y anciano tocaba Un destemplado violín en la puerta de un templo. Sentada a sus pies, una niña de pocos años, pálida y rubia, jugaba tranquilamente con unos improvisados juguetes de papel. La niña se apoyaba en las piernas del ciego con seguridad plena, como si fueran dos columnas poderosas o indestructibles; para ella no había inquietudes ni temores; su encantadora inconsciencia le daba una confianza ciega en la vida; jugaba y se divertía, risueña y feliz. Ella sentía sobre su cabeza como la sombra de un trono que guardaba su vida; tenía allí a su padre...

   Era singular el contraste que ofrecía la expresión de confianza y abandono de la niña, con la de temor, infelicidad, inquietud y suplicante anhelo que presentaba la del padre; era interesante aquella inconsciencia de una inocente amparándose en la eterna noche de unos ojos ciegos, apoyada en los brazos de un destino sin luz.

   Gabriel observó que sobre aquel abandono doloroso brillaba una luz fija Y segura: sobre el viejo y la niña extendía sus brazos una cruz.

   Se retiró durante unos días del bullicio de la gente; buscó la soledad; pasó horas enteras con las cuartillas delante, gesticulando como un loco, recitando en voz alta las estrofas compuestas y cazando consonantes con el entusiasmo con que los niños cazan mariposas. Al fin vio terminado su poema.

   Desde entonces todo fué soñar. Pensaba en sus futuros éxitos; se veía con la imaginación celebrado y atendido por todos aquellos literatos que concurrían al Parnasillo del «maestro».

   Sentía de antemano que todos aquellos hombres célebres le pondrían una mano sobre el hombro con cariño y... «A trabajar, joven; tiene usted un porvenir brillante asegurado».

III

   Y triunfó; premiaron su poema. Sintió en su bolsillo por primera vez el peso de quinientas pesetas. ¡Quinientas pesetas!

   ¿Qué hacer con tanto dinero? Bueno, bueno, vamos por partes. Había, ante todo, que ordenar la vida y arreglar un poco el estómago y la indumentaria... Había que comprar libros... y una mesa donde escribir con comodidad. Porque bien mirado, eso de escribir por los cafés o en los bancos de los jardines y de las plazas era muy incómodo y desordenado.

   Pensando en todas estas reformas y haciendo cálculos y planes acerca de lo por venir, acertó a pasar por la calle en que «su» ciego pedía limosna.

   No vio al mendigo en el rincón de costumbre. Sólo estaba la niña, pero no entretenida, como otras veces, con sus juguetes de papel. Ahora estaba seria, entristecida.

   Gabriel se acercó y preguntó por el ciego mendigo.

   —Mi padre está enfermo. El primer impulso de Gabriel fue dar a la niña una limosna, una pequeña limosna, y seguir su camino; pero sintió que su corazón le exigía algo más. Miró la cruz, «la luz fija» que extendía su protección sobre la cabeza de la niña, y oyó que su corazón le decía: «Por algo has encontrado «esa luz, » por algo la interpretación de este misterio te ha valido un triunfo y un premio. ¿Quieres compartir tu premio con la que te lo ha inspirado? ¿Quieres?»

   Se defendió un poco, pero al fin accedió.

   Se acercó a la niña y le dijo:

   —Llévame a tu casa, sí, adonde está tu padre enfermo. Y de paso que se dirigía a la morada del ciego iba dando un adiós a todas las reformas que había acariciado, a la elegante indumentaria, a la mesa, a los libros, a todo, a todo...

 

LUIS LEÓN

(Año 1913)

LA VEJEZ SIN RELIGIÓN

 



   No hay cosa más triste que el alma de un viejo sin religión. No quiere morir, y siente  el frío de los que se acercan a la región de la muerte. No quiere creer en Dios, y su razón madura le descubre a Dios retratado en los cielos y en la tierra; y aun la voz de la propia conciencia le predica con testimonio incorruptible, dentro de sí mismo, la existencia de Dios, y le dice que éste Señor de todo lo criado, es Juez de vivos y muertos y remunerador rectísimo que, teniendo gloria eterna para los buenos, tiene también castigo eterno para los malos.

 

   Si el miserable ha logrado sepultarse en el olvido de Dios y eclipsar en el fondo de su alma, a fuerza de impiedades, la realidad de que Dios existe, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; si se acerca al sepulcro sin sentir remordimientos, no por esto es menos triste la suerte del viejo impío, ni menos lastimosa su aparente serenidad. Asi como un ciego y necio que, habiendo caminado hacia un precipicio y llegado ya a los bordes de él, da sin temor el paso que lo precipita en el abismo, asi el viejo descreído, muriendo sin los auxilios de la religión, y, esto no obstante, cerrando los ojos sin dar muestras de temor por lo futuro, es un insensato que con maliciosa tranquilidad se precipita en el abismo de la desgracia eterna, sin ver los tormentos en que para siempre ha de penar.

 

   ¡Oh, cuan pavorosas consideraciones despierta en el alma de un cristiano la vista de un cadáver que fué largos años vivificado por un alma impía, y yace adornado con las canas y marcado con el sello de la propia impenitencia y de la divina reprobación!

 

P. TOBÍAS, S. J  – Año 1894.

 

lunes, 6 de abril de 2026

LA VEJEZ CON RELIGIÓN

 



 

   ¿Puede darse en la tierra cosa más dulce que un anciano temeroso de Dios y encanecido en la práctica de las virtudes cristianas? Si vuelve la vista atrás, todos los pasos que ha dado en el camino de la vida le descubren la providencia amorosa con que Dios le ha gobernado y conducido, y esta vista dichosa robustece su confianza en el Señor.

 

   Si mira hacia adelante, en el sepulcro que tiene cerca de si y adonde pronto ha de parar, halla para su cuerpo un lugar de descanso y para su alma la puerta que le conduce a la eternidad feliz. Sus obras buenas le alegran: sus pecados no le hacen desesperar, porque los tiene llorados y borrados por la sangre de Cristo con que bañó su alma en las fuentes de los Sacramentos.

 

   Sabe que Jesucristo se complace en perdonar a los pecadores arrepentidos, y siente confianza de hijo caminando a los brazos del buen Jesús. Se despide de la vida sin tristeza, y toca lleno de paz y de esperanza las puertas de la eternidad.

 

   La vejez del cristiano verdadero es como la tarde de un sereno día en que el sol desciende apaciblemente hacia el ocaso, y cuando se oculta en él deja el cielo teñido de agradables resplandores. Así, la memoria del anciano que practicó la virtud es serena y hermosa para sus hijos y sus nietos y para todos los que recibieron la luz de sus buenos ejemplos.

 

   Sé durmió feliz entre los ángeles y para gozar para siempre de la vista de Jesús en la patria de los bienaventurados.

 

P. TOBÍAS, S. J  – Año 1894.

 

jueves, 2 de abril de 2026

“TOMAD Y COMED” - “Apostolado de la Prensa” Año 1895

 



 

   Pange lingua; canta, lengua... Mas ¡Oh! hay poder humano para cantar el amor de Dios. ¿Qué lengua, ni humana ni angélica, podrá cantar el sublime misterio de la Cena, el misterio en que se muestra más infinito el divino amor?

 

   No bastaba a Dios haberse hecho hombre para rescatarnos del pecado; no le satisfacía padecer y morir para redimirnos: desea más, mucho más: desea entregar al hombre aquella carne que tomó para redimirle; desea, al volver a su Padre, quedarse eternamente con los hijos de los hombres y unirse íntimamente a ellos en unión de inefable amor.

 

   ¿Dejar a los hombres? ¿Abandonarlos? ¡Oh, esto es imposible a Jesús, que halla en ellos sus delicias todas!

 

   No, no quiere dejarlos; quiere unirse a ellos alma a alma y corazón a corazón. ¡Un imposible!, diréis. No hay imposibles para Dios.

 

   En la noche en que fué entregado, después de la cena pascual y de preparar a sus discípulos lavándoles los pies, Jesús se sentó de nuevo a la mesa, tomó el pan en sus sagradas manos, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomó después el cáliz, lo bendijo y lo alargó a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y bebed; este es el cáliz de mi Sangre, que será derramada en remisión de vuestros pecados.

 

   ¡Oh sublime misterio de amor! ¡Amor inefable!

   Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Es su cuerpo. Bebed; es mi Sangre. Es su sangre. Dios es quien habla; aquel pan es su carne; aquel vino es su sangre. Sólo resta arrodillarse y amar.

 

   Jesús va a ser víctima por la redención del mundo; pero antes quiere ser víctima por su amor. ¡Y qué amor! Antes de entregarse a la muerte, se entrega a sus discípulos; les alimenta con aquel Cuerpo que ha de ser escupido, abofeteado, llagado y clavado en la Cruz, y se une estrechamente a ellos para darles vida y salud eternas, haciéndoles participantes de su naturaleza divina. Porque la unión es recíproca. Quien me come, vive en Mí y yo en él.

 

   El Sacramento de la Eucaristía es la consumación de nuestra unión con el Salvador; su cuerpo no es suyo, sino nuestro; nuestro cuerpo no es de nosotros, sino de Jesucristo.

 

   En las grandes pasiones del amor humano, se desea fundirse con el objeto amado y formar un solo ser con él. Esto, que es imposible para el hombre, es una realidad para Dios. En el sacramento de la Eucaristía se entrega a los hombres como alimento, los nutre, los fortifica, penetra en nuestro ser y pone en contacto su divino Corazón con nuestro corazón miserable para comunicarnos vida íntima, celestial y divina.

 

   ¡Oh humildad infinita de Dios, que, despojándose de su majestad, se anonada bajo las apariencias de pan y vino para unirse con la criatura sin que nada la aterre, ni retraiga!

 

   ¿Quién diría que esta profunda humildad de Jesús es la que ha puesto en revolución la soberbia de la carne y la grosería de los sentidos? Porque la moderna impiedad, que reniega de Jesús Sacramentado, repite sin cesar aquella estúpida frase de los judíos: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?

 

   Miserable y vana filosofía, que todo lo ves con los ojos del orgullo y llevas en el pecho un corazón de piedra, ¿de qué dudas? ¿Del poder o del amor de Jesucristo? ¿Por qué pides razones para lo que no tiene más razón que el amor? Tanto amó Dios al mundo... ¿Escuchas? Tanto amó Dios al mundo, que lo venció todo para unirse a nosotros, para alimentarnos con su carne, regenerarnos con su sangre y enardecer nuestras almas con el sagrado fuego de su amor.

 

   Nosotros decimos con el discípulo amado: Creemos en el amor que Dios nos ha tenido. Nos amó y se entregó a nosotros; lo quiso y lo hizo. No pidáis, pues, razones, cuando lo que hace falta es corazón.

 

   No comprendéis, porque no amáis; amad, y lo comprenderéis todo; nada es imposible al que ama. El obstáculo está en vosotros mismos; quitad, la maldad de vuestros corazones, y veréis en la Hostia consagrada el cuerpo virginal de Jesús, nuestro Redentor y Maestro.

 

   ¡Ah, desdichados los que se apartan de la fuente de la vida! ¡Infelices de vosotros que rechazáis alimentaros con el pan celestial y condenáis a vuestras almas a perecer de hambre y desesperación! ¿Qué espesa nube os ciega?

 

   Roguemos a Dios que derrame en esos espíritus extraviados las inagotables dulzuras de su misericordia; purifiquemos nuestras almas para hacerlas dignas del divino Amante, y acudamos vestidos de boda a adorar el Santísimo Sacramento del altar. Jesús Sacramentado, desde el fondo de nuestros sagrarios, nos llama incesantemente al banquete eucarístico y nos invita a alimentarnos de su divinidad, diciendo, como en la noche de la Cena, aquellas palabras que son un delirio sublime de amor: Tomad y comed; este es mi Cuerpo. Tomad, bebed todos; esta es mi Sangre.

 


 

miércoles, 1 de abril de 2026

LAS LOGIAS EN SEMANA SANTA – Por el Apostolado de la Prensa. (Publicación Católica semanal). Año 1906.

 



 

   La masonería se distingue en primer término por el odio que profesa a la Iglesia católica en todos los tiempos, pero muy principalmente en éste de la Semana Mayor, dando con ello fundamento a la versión; por otra parte bastante autorizada, de que dicha secta fué fundada por los judíos después de su dispersión por el mundo, para combatir sin tregua ni descanso a nuestra santa Religión, haciendo causa común con quienes la atacan  y  favoreciendo y propagando todos los errores que se opongan a la verdad revelada.

 

   Esto es un hecho que en vano tratan de ocultar los masones cuando echan el anzuelo a cualquier incauto para que ingrese en las logias, a reserva de dar un mentís a sus protestas de tolerancia con todas las creencias religiosas así que el postulante ha prestado el terrorífico juramento de fidelidad a la masonería.

 

   El odio a que nos referimos adquiere en este santo tiempo caracteres de saña infernal, pues aparte de los abominables banquetes de promiscuación que impone la secta, no sólo a sus afiliados, sino a las familias de los mismos, en la presente semana celebran los masones del grado 18, llamados Príncipes «Rosa Cruz», capítulo general con arreglo a un ceremonial sacrilego, y que revela su filiación hebraica, pues en él comen los reunidos el día de Jueves Santo el cordero de la Pascua de la antigua Ley, y en los brindis que siguen al banquete se hace horrible mofa de los misterios de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

 

   El capítulo de los masones del grado 30, llamado Areópago de caballeros kadosch, celebra también sesión el mencionado día; pero en él no se come el cordero, sino se mata, y para dicho acto suele elegirse a un aspirante a dicho grado, a quien conducen con los ojos vendados junto al inofensivo animal, atado sobre una mesa y con el pecho afeitado, diciendo al recipiendario que se trata de un traidor a la masoneria a quien ésta ha sentenciado a muerte, y que ser el ejecutor de esta, justicia de la secta es una prueba ineludible para obtener el alto grado a que aspira.

 

   El aspirante, poseído de terror, hiere en el sitio que le indican con el puñal que ponen en su manos, convirtiéndole en asesino de intención, ya que no de hecho, pues al quitarle la venda de los ojos ve al cordero ensangrentado y comprende que todo ello se ha reducido a una de tantas ridiculas y a la vez horribles farsas masónicas.

 

   Horribles, sí, porque cada una de esas farsas es un símbolo del odio que la masoneria profesa a Cristo, y la muerte del cordero en la Cámara de caballeros kadosch representa la que los judíos dieron al Divino Salvador del mundo, y de ella se jacta la secta masónica al decir al recipiendario que aquel cordero es imagen del obscurantismo teocrático, con el que deben acabar los caballeros kadosch aunque sea esgrimiendo el puñal de las justicias masónicas.

 

   Este horrible simbolismo, cuyo alcance no se ocultará al lector, sólo se practica en las Cámaras de caballeros kadosch cuando a ellas asisten únicamente los verdaderos iniciados, pues hay muchos que poseen dicho grado por haberlo recibido por comunicación, le dicen lo que les parece y omiten aquello que puede alarmar los restos de sentimiento religioso que hayan podido quedar en su corazón después de las abominables enseñanzas recibidas en los grados inferiores.

 

   A esta clase de caballeros kadosch instruidos a medias pertenecen los masones ricos y vanidosos que se desviven por lucir bandas y cintajos y por ser recibidos en las logias de aprendiz con candeleros y bajo la bóveda de acero, o sean las espadas cruzadas que los masones puestos en dos filas, según el ceremonial prescrito para honrar a los visitadores de los altos grados.

 

   A esos masones no hay necesidad de revelarles ciertas cosas; basta con sacarles el dinero, una friolera de suma cuestan los derechos del susodicho grado.

 

   Hay cámaras de caballeros kadosch en las que, dejándose de símbolos, perpetran el horrendo sacrilegio de pisotear la santa imagen de Jesucristo crucificado; esta  muestra del furor sectario llevado al paroxismo, sólo se ofrece en aquellos capítulos cuyos miembros han llegado al último grado de satánica impiedad. El hecho indudable de que tan abominable sacrilegio se perpetre sin protesta de los masones, demuestra hasta la saciedad el odio que profesa la secta condenada al Divino Redentor del linaje humano.

martes, 31 de marzo de 2026

JUDAS ISCARIOTE Y PILATO (Comparación de estos siniestros personajes) – Por el Apostolado de la Prensa – Año 1894.

 



 

   Este indigno traidor, caído como Luzbel al abismo desde lo más alto, era Judío; quizá el único Judio del Apostolado, pues los once Apóstoles restantes eran galileos. Suponen algunos que el orgullo provincial, y en consecuencia el desprecio con que todos los de Judea miraban a los galileos fueron las primeras causas del odio que arraigó en el corazón del apóstol contra su divino Maestro. Lo que parece indudable es que Judas fué siempre de los Judíos, carnales, esto es, de los que esperaban un Mesías conquistador y gran monarca.

 

   Judas estaba muy encariñado con los bienes de la tierra; no era hombre espiritual. Gustaba extraordinariamente del dinero. Pilato quería su desino de gobernador a toda costa; Ju das, persona de más baja condición, se contentaba con menos; sólo quería plata y oro. Pilato era un ambicioso vulgar; Judas un miserable codicioso. Pilato no creía en nada; Judas probablemente lo creía todo, pero no podía resistir a la tentación del soborno.

 

   En otra época y circunstancias, quizá Pilato hubiese sido ministro francmasón, y Judas uno de esos personajes misteriosos que ruedan las antesalas ministeriales, en busca del negocio. En Pilato se ven horrendos vicios: pero vicios de raza conquistadora y soberana. En Judas apuntan todos los repugnantes caracteres del judio moderno, avaro y chupador de sangre, del judío, plaga que hunde en la miseria a todo un pueblo con sus intereses compuestos y sus juicios ejecutivos.

 

   Si hoy resucitaran los dos odiosos personajes, Pilato encontraría muchos camaradas en el llamado mundo político. Judas también los encontraría por millares en el llamado mundo de los negocios.

 

   Figurémonos a Pilato de ministro en una época revolucionaria; por temor a las masas, por conservar el puesto, por deseo de popularidad, hubiera firmado un decreto mandando vender los bienes de la Iglesia. Judas se hubiera aprovechado de este decreto, comprando aquellos bienes a bajo precio.

 

   ¿Quién es más odioso, Judas o Pilato? Cuestión muy difícil de resolver es esta. Lo cierto es que los dos se completan, formando un conjunto tan deforme, tan monstruoso, tan horrible, que ya no parece figura humana, sino gigantesca silueta de demonio sobre el fondo negro del infierno.