sábado, 23 de mayo de 2026

MARÍA AUXILIADORA – 24 de Mayo.

 



 

MARIA SANTÍSIMA,

NUESTRA AUXILIADORA

 

   Cuando San Juan se llegó a Éfeso, y desde allí regía la Iglesia de Asia, fundada por él, María Santísima, en memoria del testamento de Cristo siguió al discípulo predilecto, al hijo predilecto.

 

   De todas partes la gente venía a María. Los paganos, atraídos por la fama de su sabiduría y virtudes y no hay duda de que muchos de éstos, o por la eficacia persuasiva de sus palabras, o sólo por aquélla luz divina que iluminaba toda su persona, se convirtiesen a la fe de Cristo. Los creyentes, para venerar a la Madre del Salvador, al ver, a María se hacían la ilusión de ver a Jesús; en las facciones de la Madre resplandecía la belleza del Hijo. Muchas jóvenes partieron de la casa de María con el propósito de consagrar a Dios su virginidad; los vacilantes se confirmaron en la fe; los débiles cobraron ánimo, prontos a medirse con los perseguidores y sufrir el martirio; los perezosos se animaron a una santa actividad; los tibios se sintieron enfervorizados; todos se separaron de Ella mejorados. Porque aseguran los santos padres, bastaba fijar los ojos en el rostro de María para sentir en el corazón deseos del bien, propósitos de virtud, llama de caridad.

 

   María Santísima recibe entre sus brazos a esta Iglesia recién nacida, la alimenta, la calienta con su afecto, la defiende de sus enemigos y la lleva a aquélla plenitud de vida, a aquel desarrollo de fuerzas que la harán la Reina de los pueblos. Así actúa la Auxiliadora en el plan de Dios.

 

HISTORIA DE LA DEVOCIÓN A MARÍA AUXILIADORA EN LA IGLESIA ANTIGUA.

 

   Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Éfeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra “Boetéia”, que significa “La que trae auxilios venidos del cielo”. Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama “Auxilio potentísimo” de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: “La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto”. San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen “Auxiliadora de los que sufren” y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquélla imagen de la “Auxiliadora de los enfermos” se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María “Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles” e insiste en que recemos para que Ella sea también “Auxiliadora de los que gobiernan” y así cumplamos lo que dijo Cristo: “Dad al gobernante lo que es del gobernante” y lo que dijo Jeremías: “Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien”. En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: “María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo”. San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: “María Auxiliadora rogad por nosotros”. Y repite: “La Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte”. San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: “Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda”.

 

MARÍA AUXILIADORA EN LA BATALLA DE LEPANTO.

 

   En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa, donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego –de manera admirable– el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: “MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.”

 

EL PAPA Y NAPOLEÓN

 

   El siglo XIX sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: “Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica”. Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: “Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados”, vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

 

DON BOSCO Y MARÍA AUXILIADORA.

 

   El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. Su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera “ciencia y paciencia”, porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.

 

   Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: “Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen”. Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.

 

   San Juan Bosco decía: “Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros” y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. Él decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo.

 

   ORACIÓN: Oh Dios omnipotente y misericordioso que en la Santísima Virgen María Auxiliadora estableciste maravillosamente una continua ayuda para defensa del pueblo cristiano; concédenos propicio que luchando en esta vida al amparo de tal protección, en la hora de la muerte podamos alcanzar la victoria sobre el maligno enemigo. Por J. C. N. S. Amén.

 

La Venida del Espíritu Santo, sobre María Santísima y los Apóstoles. (A los 50 días después de la Resurrección.)

 



   La admirable venida del Espíritu Santo refiérese en el libro de los Hechos de los apóstoles por estas palabras:

 

   «Entrados los apóstoles en la ciudad de Jerusalén, subiéronse a una habitación alta, donde tenían su morada Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo y Simón llamado el Celador y Judas hermano de Santiago. Todos los cuales, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las piadosas mujeres, y con María la madre de Jesús y con los hermanos o parientes de este Señor. Al cumplirse, pues, los días de Pentecostés, estando todos juntos en un mismo lugar, sobrevino de repente del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. Al mismo tiempo vieron aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos: entonces fueron llenos todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca. Había a la sazón en Jerusalén, judíos piadosos y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo. Divulgado pues, este suceso, acudió una gran multitud de ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía a los apóstoles en su propia lengua. Así pasmados todos, y maravillados, se decían unos a otros: ¿Por ventura estos que hablan, no son todos Galileos rudos e ignorantes? pues ¿cómo es que les oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa? Partos, Medos y Elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y del Asia, los de Frigia, de Panfilia, y del Egipto, los de la Libia, confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, tanto judíos, como prosélitos, los Cretenses y los Árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios.» (Hechos de los Apóstoles, cap. II).

 

   Los efectos que obró el Espíritu Santo en los apóstoles fueron tan admirables como las obras con que asombraron al mundo. Infundióles una celestial sabiduría para que entendiesen y comprendiesen los misterios altísimos de Dios que habían de predicar; imprimióles en sus corazones la ley de gracia, alentándoles soberana fuerza para cumplirla perfectísimamente, y sobre todo los abrasó con un amor tan encendido, tan ardiente y fervoroso, que si mil vidas tuvieran, las ofrecieran por Cristo. Este fuego de amor es el que los animaba para que saliesen luego al encuentro a todo el poder del mundo y del infierno: y para decir en pocas palabras lo que obró por ellos este divino Espíritu en esta venida, no es menester sino considerar la conversión del mundo que resultó de ella por la predicación de los sagrados apóstoles; los cuales, no eran más que doce pobres y despreciados pescadores, sin elocuencia ni sabiduría humana, sin favores ni amistades de príncipes.

 

 

   REFLEXIÓN: Además de aquella primera venida tan visible y prodigiosa del Espíritu Santo, hay otra invisible que siempre dura y obra cosas muy admirables en las almas de los justos enriqueciéndolas con sus dones y con su real presencia. Él es el que alumbra con soberana luz su entendimiento, el que enciende en amor de Dios su voluntad; de manera que los que le reciben por una sincera conversión se sienten como trocados en otros hombres muy diferentes de los que antes eran.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que en el día de hoy, derramando la luz del Espíritu Santo sobre los corazones de los fieles, les enseñaste la verdad divina; concédenos que por el mismo Espíritu sintamos de ella rectamente, y gocemos siempre de su consolación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

“FLOS SANCTORVM”

“EL DOLOR EN LOURDES”

 



 

   Cuando el cochecito en que va, postrada, Ana María penetra en el acotado patizuelo de las piscinas, una luz parece extenderse por él, como si, de pronto, una estrella se hubiese encendido en la frente de la enfermita, o como si el sol alumbrase tan sólo a aquel cochecito donde Ana María, pálida, demacrada, con su cabellera de ébano, marco de unos ojos negros y rasgados de dulcísimo y sereno mirar, sonreía a todo y a todos con esa sonrisa, flor de fragancia exquisita, que únicamente se da en los jardines de la inocencia y en los huertos cerrados de las almas puras.

 

   ¿Dónde estaba el foco de aquella luz misteriosa y fascinante que, como aroma de un pebetero, emanaba del cochecito de la niña el incienso del dolor? ¡No parecía, que era ella la vencida, sino el dolor el vencido! ¡Ah! ¡Religión bendita del Crucificado, tú solo tienes el poder de trocar en paraíso la vida de los que sufren y la virtud de encender estrellas en las huellas del dolor!

 

   Como Ana María, la hermosa niña a quien los padecimientos no lograron borrar por completo su belleza. ¡Cuántos otros enfermos, en Lourdes, ardían jubilosos, como cirios escogidos, en obsequio de la Inmaculada Madre de Dios!

 

   En parte alguna como en este milagroso santuario, pueden los ojos abarcar y medir el panorama misterioso del dolor humano y darse cuenta de la máquina providencial que lo mueve... ¡Y de la lluvia del cielo que lo fecundiza y engrandece!

 

   Ana María aguarda el momento de la inmersión en la piscina, cuyas aguas agita el soplo taumatúrgico... En tanto, su voz cristalina, ahilada por la fiebre, únese al coro fervoroso de la multitud, cuyos ecos atruenan la montaña, y huyen cabalgando en las ondas impetuosas del espumoso Gave...

 

   “Au Gave rapide elle a dit son nom.”

   “En el caudaloso río Gave dijo su nombre.”

 

   Nosotros también oramos con la muchedumbre cosmopolita, que repite, en francés, las preces del abate:

 

   “¡Mére du Sauveur, priez pour nous!”

   “¡Madre del Salvador, ruega por nosotros!”

 

   Mas tenemos encandilada el alma y amartelados (encariñados) los sentidos con la sonrisa dulce, esperanzada y luminosa de Ana María. Hace años conocimos a esta niña aquí mismo, en Lourdes, formando parte de una peregrinación bretona. Iba acompañada por su padre, ese caballero que ahora, transido de pena, empuja, suavemente, como preciosa carga, el cochecito de la tullida...

 

   Ana María, entonces por igual bella y saludable, llevaba clavada en el corazoncito filial una punzante espina... ¡Su padre no creía!... La fe estaba muerta en su pecho... Lloraba a hurtadillas la niña, pidiendo para su progenitor, como el ciego de Jericó pedía para sus pupilas, luz... ¡Luz del alma!... Pasaron los años... El azote de la gran guerra fustigó el suelo corrompido de Europa... Ana María, huérfana de madre e hija única, vivía en las soledades de su castillo de Bretaña, aguardando, entre fieles servidores, la vuelta del padre, soldado de su patria... ¡Qué días interminables aquellos, esperando la noticia tranquilizadora, el regreso dichoso del que amaba!  ¡Qué crueles noches de insomnio, de oración y de fervores redoblados, pidiendo a la Inmaculada de Lourdes que protegiera la vida de su padre, que alumbrara su alma con la antorcha de la fe! Ana María, en lo escondido de su alma, maceraba su cuerpo, ayunaba..., ¡violentaba sin cesar a los cielos!

 

   La paz devolvió un día sano y salvo a su padre. Volvía del país de la muerte y en su alma entreabríase ya la rosa de la fe... Pasados los primeros transportes de alegría filial, Ana María se rindió a la fatiga de cuatro años de zozobras y angustias mortales, y su salud empezó a descaecer, cebo de las fiebres que la agotaron y entumecieron... El padre creyó enloquecer. Su hija se le moría. Y una tarde, a la claridad indecisa del crepúsculo que teñía de rojo y oro la alcoba de la niña, el padre balbució:

 

   — ¿Quieres que te lleve a Lourdes, hija mía, para que tu Virgen te devuelva la salud?

   — Sí, sí —repite llorando la niña—. ¡Llévame a Lourdes!...

 

  Y ved aquí como Ana María, postrada en su cochecito, que el padre empuja suavemente, como carga preciosa, acaba de penetrar sonriente y esperanzada en el acotado patizuelo de las piscinas, cuyas aguas mueve el soplo taumatúrgico...

 

   Ya llega su turno a Ana María... Su padre, ese hombrachón, en cuyo ojal puso la gran guerra la condecoración de los valientes, llora como un niño... Ya Ana María ha desaparecido tras las cortinas del departamento de mujeres... La multitud reza, devota, las preces del Santo Rosario, esa dulce y amorosísima plegaria, ya que la repetición es el lenguaje del amor.

 

   De pronto se oyen dentro de la piscina gritos femeniles... Los fieles prestan atención y su plegaria truécase en leve murmullo de hojas agitadas por el céfiro. Miráis en torno vuestro, y veis pintados en todos los rostros la ansiedad y el temor de ser testigos de algo sobrenatural... Continúan en la piscina los gritos femeninos... Son de Ana María... ¡Suenan a júbilo!... Alguien aparece en la puerta, y grita:

 

   — ¡Milagro! ¡Milagro!...

 

   No hay palabras con que poder describiros el momento en que el escalofrío de lo sublime se apodera de aquella muchedumbre, que se arroja en tierra, y ora, y grita, y llora, y tomada por el vértigo, si no la contuvieran, entraría a viva fuerza en la piscina y levantaría en alto como un trofeo de su fe, que es ahora rugiente pleamar, a la enferma y la pasearía por el mundo para dar testimonio del poder y de la gloria de María.

 

   En los cochecitos que esperan su hora los enfermos lloran, dulcísimamente, queriendo incorporarse, como si el milagro operado en Ana María les alcanzara a ellos... Les ha comunicado alientos y en sus ojos brilla la esperanza.

 

   ¡He aquí al dolor acobardado, desarmado, empequeñecido, trocado en esclavo de los que sufren en nombre de Dios y por Dios, dueño supremo de la vida y de la muerte!

 

   Cuando ha transcurrido el tiempo necesario, Ana María puede abandonar su lecho en la clínica de reconocimiento facultativo. Todos los médicos, que la han observado concienzudamente, profirieron la misma palabra: ¡Milagro! Así lo han certificado.

 

   Una mañana en que el sol cabrillea sobre las verdosas aguas del Gave, la hermosa niña póstrase de rodillas al lado de su padre para recibir en la Gruta el Pan de los fuertes “La Eucaristía”.

 

   A la niña antójasele que en el rosal que crece a los pies de la imagen de María en la roca viva hay dos rosas de delicadísimo matiz, cuyo aroma la embriaga, y no se equivoca Ana María... El rosal muestra una rosa más: la del alma de su padre vuelto a la fe, porque, como Tomás, metió sus dedos en las llagas del costado... Vio y creyó...

 

   Pero ¡Ah! Benditos los que no vieron y creyeron...

 

   ¡Benditos y bienaventurados esos enfermos que en la gran esplanada de Lourdes, rodeada de jardines versallescos, atenazados por el dolor, pálidos, extenuados..., en los que no se operará el milagro material de recobrar la salud, pero en todos los cuales se da ese otro milagro, no menos portentoso, de vencer, y rendir, y convertir en inefable el dolor, y lo que más espanta y maravilla a la paganía del mundo ciego y sensual, “en algo apetecible”, como divino manjar que sólo reserva y reparte el Padre entre los primogénitos y los escogidos!...

 

GERARDO REQUEJO VELARDE.

Lourdes, mayo de 1925.

La aparición de Santiago, apóstol. — 23 de mayo. (844)

 



   Entre los innumerables y señalados beneficios que ha recibido España de su bienaventurado apóstol y defensor Santiago, es digno de eterna recordación y agradecimiento el que alcanzó en Clavijo. Porque dominando aún en España los sarracenos y oprimiendo a los pueblos cristianos con graves y deshonrosos tributos, el rey Ramiro, que había subido al trono de León, rechazó sus injuriosas demandas y procuró con toda sus fuerzas enflaquecer el poder de los moros, y librar a nuestra patria de aquella tan dura servidumbre. Hizo pues un llamamiento general a las armas, y juntando un poderoso ejército se entró en las tierras de los enemigos. Abderramán lleno de coraje, llamó en su auxilio hasta las tropas africanas, para salir a su vez al encuentro de los cristianos. Encontráronse los ejércitos cerca de Avelda y en aquella comarca se dio la batalla de poder a poder, y pelearon con dudoso suceso, hasta que cerrando la noche, mandó don Ramiro retirar sus tropas cansadas y destrozadas al vecino collado llamado Clavijo, donde se fortificó lo mejor que pudo e hizo curar a los heridos.

 

   El rey, oprimido de tristeza y de cuidado, se quedó adormecido, y entre sueños le apareció un varón celestial de gran majestad y grandeza, y preguntándole el rey quién era: «soy, respondió, Santiago apóstol, a quien ha confiado Dios la protección de España. ¡Buen ánimo! mañana te ayudaré y alcanzarás ilustre victoria de tus enemigos.»

 

   Despertó el rey con esta visión y dio cuentas de ella a los obispos que seguían su campo y a los capitanes del ejército; y al amanecer, dada la señal del combate, bajaron las huestes españolas del monte, y como bravos leones se arrojaron sobre los bárbaros, invocando el nombre de Santiago. Asombráronse los sarracenos al ver el ímpetu y valor con que los acometían unos enemigos a quienes contaban por vencidos, y creció más su confusión con los favores que nos vinieron del cielo.

 

   «Porque Santiago, cumpliendo la palabra que había dado al rey, se dejó ver en el aire, cercado de una luz resplandeciente, que a los cristianos infundía grande confianza y fortaleza, y a los moros terror y espanto. Venía el santo apóstol montado en un blanco corcel; y en la una mano traía un estandarte blanco en medio del cual campeaba una cruz roja, y con la otra mano blandía una espada fulminante que parecía un rayo.»

 

 Capitaneando así nuestra gente se alcanzó la más ilustre victoria. Unos setenta mil sarracenos cayeron muertos en el campo, quedando humillada desde aquel día la soberbia de los moros, y España libre del ignominioso tributo.

 

   REFLEXIÓN: Desde este tiempo comenzaron los soldados españoles a invocar en las guerras al glorioso apóstol como a su valeroso y singular defensor; lo cual hacen en todas las batallas, y la señal para acometer y cerrar con el enemigo, hecha oración y la señal de la cruz, es invocar al santo y decir: «¡Santiago, cierra España!» Y por este singular patrocinio del santo apóstol han tenido felicísimos sucesos y acabado cosas tan extrañas y heroicas que humanamente no parece que se podían hacer.

 

   «Invoquemos también nosotros al santo porque nos defienda de nuestros enemigos visibles e invisibles y especialmente de los demonios y hombres diabólicos que causan la perdición temporal y eterna de los hombres.»

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que misericordiosamente encomendaste la nación española a la protección del bienaventurado Santiago apóstol, y por su medio la libraste milagrosamente de su inminente ruina, concédenos, te rogamos, que defendida por el mismo gocemos de eterna paz. Por Jesucristo, nuestro Señor Amén.

 

“FLOS SANCTORVM”

viernes, 15 de mayo de 2026

LOS TRES AMIGOS

 



 

   Un hombre, que tenía tres amigos, fué acusado de un crimen.

 

   — «¿Quién de vosotros, preguntó, quiere acompañarme ante el juez para probar mi inocencia?»

 

   El primero, con quien más contaba, se disculpó con sus negocios.

   El segundo le acompañó hasta la puerta del tribunal, y allí se volvió atrás por miedo al juez.

   El tercero, solamente, y  con quien menos contaba, le acompañó hasta el fin, habló por él y le salvó.

 

   El hombre tiene tres amigos en esta vida: Cuando muere y tiene que presentarse a Dios, justo juez, el dinero y poder le abandonan; los parientes y amigos le acompañan hasta el cementerio, y sólo las buenas obras le siguen a todas partes, consiguiendo su perdón y su gracia.

 

   Sólo las buenas obras nos acompañan hasta el tribunal de Nuestro Señor Jesucristo, y sólo las buenas obras pueden hablar en favor nuestro.

 

“EL APOSTOLADO DE LA PRENSA” (Año 1906)

jueves, 14 de mayo de 2026

UNAS PINCELADAS DE LA VIDA DE SAN ISIDRO LABRADOR ¡BIENAVENTURADOS LOS HUMILDES!

 



 

   ¡Que bella es la mañana! Una espléndida mañana primaveral. El sol brilla radiante en el puro firmamento; la brisa juguetea en la enramada y las aves se agitan bulliciosas en los espacios. ¡Qué en consonancia con la hermosura de la naturaleza se halla el espíritu de aquel varón justo!  Sí; el humilde labriego, el creyente y piadoso asalariado del linajudo hidalgo Ivan de Vargas, el predestinado Isidro, prototipo exacto del trabajador cristiano, es feliz en cuanto se puede acá en la tierra de los sinsabores, y de las lágrimas conseguir la dicha.

 

   Su vida se desliza en un curso alegre, diáfano, luminoso; la fe brilla con celestes irradiaciones en el sereno y tranquilo horizonte de su conciencia, la esperanza acaricia con suavísimos aleteos su corazón y la caridad, inflamándole en su fuego santo, llena de poesía excelsa su penosa y accidentada existencia terrena.

 

   El no ignora que la calumnia y la maledicencia, envidiosas de sus virtudes esclarecidas, se ceban voraces en su persona; pero también tiene muy presente que estos engendros satánicos han de quedar destruidos totalmente por la invencible fuerza del Señor. En Este confía, todo lo demás lo desprecia como cosa superflua e inútil; no tiene más vida que para su Dios, y viviendo unido a Él está persuadido de que ningún mal le sobrevendrá; marchará enjuto sobre el tempestuoso piélago de la humana existencia, y guiado por la mano de su Salvador arribará al puerto seguro de la perdurable bienandanza.

 

FRANCISCO PINTADO

(Año 1906)

LA CRUZ DE LA VIDA (LEYENDA)

 



   A lo largo de un camino pedregoso, que se hacía más difícil por el calor sofocante del sol, caminaba un peregrino llevando con fatiga la cruz de su vida.

 

   Llegada la tarde se detuvo anhelante, y en su pensamiento murmuró:

 

   — Es bien pesada la cruz que el buen Dios me ha dado. ¡Oh! ya sé que nos hace falta una cruz a todos para asemejarnos a Jesucristo; pero la que yo llevo me aniquila... ¡Dios mío! ¿No podrías aligerar mi carga?

 

   Un sueño profundo se apoderó de él, y de repente vióse rodeado de una intensa luz; Jesucristo se le apareció y le dijo con dulce voz:

 

   — ¿Querrías otra cruz en vez de la que tienes?

   — ¡Oh! sí, Señor. Soy pobre, Viejo y ya no puedo más. Ase ya sesenta años que estoy llevando esta cruz, que amo porque viene de Vos, pero ¡es tan pesada, Señor...!

   — Ven conmigo, hijo mío — le dijo Jesús, y se encontró delante de una vasta gruta. Ahí están reunidas todas las cruces que, dada mi misericordia, deben abrir las puertas del paraíso a los hombres; deja tu cruz en el umbral y elige la que mejor te convenga.

 

   Él peregrino entró. Quedó deslumbrado y como espantado de aquella multitud de cruces llevadas desde el principio del mundo, y que deberán ser llevadas hasta el fin de los tiempos. Las examino largo rato; las pesaba, las volvía, las probaba y las dejaba. Eran la cruz del remordimiento, la cruz de la envidia, la cruz de la ingratitud, la cruz de la familia desunida, la cruz de la enfermedad que paraliza los miembros, que se rechaza por lo que tiene de repugnante, la cruz del desprecio, de la calumnia, la cruz de la traición de los amigos o del sufrimiento de los que amamos...

 

   Y a cada una de ellas:

   — No —decía, — esta no. ¿Es preciso, Dios mío, qué yo elija?

   — Sin cruz en la tierra no hay corona en el cielo —le dijo Jesús.

 

   El peregrino volvió sobre sus pasos, las examina aún, busca todavía, y como bajaba la cabeza desalentado:

 

   — Mira — le dice la dulce vez de Jesús.

 

   Y percibe cerca del umbral una cruz que le atrae; la levanta y un suspiro de paz se escapa de sua labios.

 

   — Me parece que llevaría ésta: es un poco pesada ¡Pero las otras son tan horrendas! ¿Puedo tomarla, Señor?

   — Tómala —dice Jesús.

 

   Tiende los brazos para cogerla y da un grito. Era la suya, la cruz que había depositado cómo la difícil de llevar a la entrada de la gruta…

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

AÑO 1905.

miércoles, 6 de mayo de 2026

QUÉDATE CONMÍGO

 



 

¡Ay, no te vayas ya más,

mi Dios, pues vivir no puedo,

ni si yo sin ti me quedo,

ni si tú sin mí te vas!

 

Estáte, Señor, conmigo,

siempre sin jamás partirte,

y cuando acordares irte

allá me lleva contigo ;

que el pensar si te me irás

me causa un terrible miedo

de si yo sin tí me quedo,

de si tú sin mí te vas.

 

Llévame en tu compañía,

¡Oh mi dulce y buen Jesús!,

porque bien sé que eres tú

la vida del alma mía;

y si tú no se la das

cierto es que vivir no puedo

ni si yo sin tí me quedo,

ni si tú sin mi te vas.

 

Por, esto más que a la muerte

temo, Señor, tu partida,

y quiero perder la vida

mil veces más que perderte,

pues la inmortal que tú das,

¡Ay!, ¿cómo alcanzarla puedo

cuando yo sin tí me quedo

cuando tú sin mí te vas?

 

DAMIÁN DE VEGAS.

(1926)

martes, 5 de mayo de 2026

¡VENID; Y VAMOS TODOS!..

 



 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Yo tengo grabado en mi corazón un nombre con caracteres indelebles Nombre que sabe a mis labios más dulce que la miel de los panales, y suena más grato a mis oídos que todas las armonías del mundo y del cielo, reunidas en una sola armonía.

 

   Me enseñó a pronunciarlo mi madre, reclinándome sobre su seno entre abrazos y caricias, mientras me contemplaba con el alma en los ojos, de los que se desbordaba a torrentes la ternura, la pureza y el cariño.

 

   Cuando las dos emociones supremas, el dolor y la alegría, embargan mi ser, ese nombre sube espontáneamente de mi corazón a mis labios, porque la música divina de su dulcísimo sonido calma o ahuyenta las penas de mi alma, y es, al par, el único canto de alegría que sabe exhalar mi garganta cuando el gozo inunda mi pecho.

 

   Lo he balbuceado con deliciosa fruición en mi niñez venturosa, cuando la vida me sonreía y mis manos podían levantarse puras al cielo. Lo pronuncié más tarde, buscando consuelo para mi alma desolada, cuando el primer desengaño desgarró sin piedad mi corazón.

 

   Lo he pronunciado después en demanda de amparo, cuando los brillantes y engañosos fantasmas de la tentación me ofrecían sonriendo la copa de los placeres, que oculta traidoramente en su fondo la hez amarga del roedor remordimiento.

 

   Cuánto hay de tierno, dulce, bello y sublime en la creación, me recuerda ese nombre tan querido. Lo dibuja el rayo de la luna que se filtra dulcemente a través de la espesa fronda y tiembla en las espumas del arroyuelo, fingiendo encajes de plata. Lo veo escrito en el fondo luminoso y azul de los cielos, cuando el sol se levanta temblando en el horizonte y su lumbre pura reverbera sobre las crestas del oleaje de los mares. Lo susurran los vientos de la tarde que columpian blandamente las ramas de los abetos y las palmeras, y los cefirillos de la noche que juguetean entre los juncos de la ribera del lago.

 

   La vida entera no basta para sondear el mar inmenso de gracia y dulzura de ese nombre, ante el cual se abaten y humillan las más poderosas inteligencias de los más altos serafines; porque ese nombre querido, que bendicen los hombres y los ángeles, y enamora y cautiva con su incomparable dulzura al mismo Dios, es el nombre de MARÍA, ¡de María Inmaculada! María significa, en siriaco, “dama”,

“señora”, “soberana”, y en hebreo, “estrella del mar” “Stella Maris”, porque María es, en verdad, la Señora y Soberana augusta de los cielos y la tierra, y la Estrella divina cuya luz serena y apacible conduce al perdido navegante al anhelado puerto, y posee la maravillosa virtud de calmar las tempestades del piélago y del alma.

 

   Pero el nombre de María significa mucho más para mi corazón... María

significa para mi corazón “Madre”; porque María es mi madre, mi verdadera y única madre, la madre divina que el Salvador me legó desde la cruz, entre crueles angustias, al decirme en la persona del discípulo amado: “He ahí a tu Madre.”

 

   Por eso el nombre de María es para el cristiano, después del nombre de Jesús, el más dulce, poético y tierno que existe en todas las lenguas.

 

   Por eso brota espontáneamente de los labios, entre lágrimas o entre sonrisas, cuando el dolor o el placer conmueven nuestra alma. Por eso los niños, las criaturas más hermosas de la tierra, cantan en las tardes perfumadas del poético mayo, postrándose en el templo a los pies de la imagen de la Virgen sin mancilla:

 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Porque María es, en realidad, nuestra Madre, que nos ama más y mejor que la que nos llevó en sus entrañas, y derrama a manos llenas sobre nosotros, desde el cielo, los tesoros inagotables de las misericordias del Señor, de las cuales Ella únicamente es la dispensadora.

 

   Rindámosla toda la vida, y particularmente en este mes, a Ella dedicado, el obsequio de nuestra veneración y de nuestro amor entrañable. Vayamos todas las tardes de mayo a postrarnos ante su altar, ofreciéndola, en cambio de las flores de la tierra que la ofrecíamos en nuestra infancia, flores del cielo, esto es, flores de virtudes imperecederas, que no deshojan ni marchitan las brisas de la tierra, y llevemos allá a los niños, esas puras criaturitas que tanto ama la Virgen Inmaculada, para que al ofrecerla hoy las “flores del bajo suelo”, aprendan a ofrecerla durante toda su vida flores de pureza y de inocencia, flores de santidad.

 

   Y si el pecado manchó la pureza de vuestra alma, “... venid, y vamos todos” a pedir a la Virgen Santísima la gracia del arrepentimiento, la gracia de una buena confesión y de una comunión fervorosa, que restituya a nuestra alma la inocencia de la niñez y nos santifique.

 

   No temáis, pobrecillos; acercaos a María sin recelo, con entera confianza: que es nuestra Madre y nos está esperando con los brazos abiertos... “¡Venid, y vamos todos..., que Madre nuestra es ! . . .”

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1925