martes, 3 de noviembre de 2026

LOS OLVIDADOS – Pensamientos para el mes de Noviembre.

 



 

   Cuando morimos, vamos a esa región que el salmista llama – “Tierra del Olvido”.

 

   Como dijo san Agustín con tristeza: ¡Oh! ¡Cómo olvidamos a nuestros muertos!

 

   Y San Francisco de Sales añadió: “No recordamos lo suficiente a nuestros muertos; tanto es así que casi no hablamos de ellos. Evitamos el tema como si fuera algo ominoso.”

 

   Dejamos que los muertos entierren a sus muertos. Su recuerdo se desvanece en nosotros con el tañido de las campanas. Pocos recuerdan que la verdadera amistad no termina con la muerte, porque el verdadero amor es más fuerte que la muerte. Solo la religión de Jesucristo cultiva, con extrema ternura, la reconfortante y fuerte amistad que trasciende las tumbas y llega al seno de la eternidad.

 

   Solo las almas verdaderamente piadosas jamás olvidan a sus seres queridos arrebatados por la muerte. El dogma de la comunión de los santos es una de las fuentes de consuelo más ricas de la Iglesia. Gracias a él, no seremos olvidados para siempre. Cada día, ante el sagrado altar, el ministro del Señor recuerda con añoranza a los difuntos e implora la Divina misericordia para ellos.

 

   El Oficio Divino siempre repite: – “Y las almas de los fieles, por la misericordia de Dios, descansen en paz”

 

   ¡Qué consuelo nos brinda la fe! Que el pensamiento de la muerte nos humille, pues no nos hará olvidar. Que el dogma de la Comunión de los Santos nos consuele. Para la Iglesia, nuestra amada Madre, jamás seremos olvidados.

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

 

lunes, 2 de noviembre de 2026

“LA MANO DE FOLIGNO”

 




“LA MANO DE FOLIGNO”

 

(Prueba de la existencia del Purgatorio.)

 

   Autorizado con la firma de Juan de Vuray, aparece en el último número del Petit Messager du Coeur de Marte el relato que a continuación traducimos:

 

   En 1895 recorría yo algo apresuradamente la Italia: un mes en Roma, sólo algunas horas en Nápoles, en el Vesubio y en las ruinas de Pompeya; a la vuelta, Ancona y el Santuario de Loreto, de donde el ferrocarril me conducía a Foligno, donde había que esperar durante algunas horas el correo para Asís, Bolonia, Padua y Venecia. ¿En qué invertir aquellas horas de parada? Entonces acudo a mi memoria el nombre de la bienaventurada Angela de Foligno.

 

   Entré en tratos con un cochero y, arriesgándome a cualquier exposición, le dije que me llevara al monasterio de la Beata Angela. Mi hablar en francés, aunque acentuado a lo italiano, le hizo abrir extraordinariamente los ojos y hacerse todo oídos; pero ni aun así me entendía. A su vez demanda el auxilio de un compatriota suyo, al cual repito mi deseo, y después de pensarlo y de cambiar entre ellos palabras y miradas, los dos italianos me hicieron señas de que, poco más o menos, me entendían

 

   Un cuarto de hora después  me dejaba el carruaje en la puerta de un convento. Abrió la tornera y procuré explicarle que yo deseaba venerar las reliquias de la Beata Angela; reflexionó, me hizo repetir mi petición, pareció comprender y acabó por introducirme en una capilla.

 

   Pasados cinco o seis minutos me llamó y condujo a un modestísimo locutorio. Tan pronto como llegué al cual abrióse una ancha reja tras de la cual vi a una religiosa de finas y distinguidas facciones que me habló en francés correctísimo.

 

   — ¿Venís para ver la mano? —me dijo—

   — ¿La mano? reverenda Madre, no sé; yo he venido para venerar las reliquias de la Beata Angela.

   — Esas reliquias no están en este convento; lo que aquí tenemos es el recuerdo de la Beata Angelina; en cuanto a sus reliquias, así como las de la Beata Angela, están en una iglesia que yo haré que enseñen a usted. Lo que puede usted ver aquí es la mano.

   — ¿Qué mano?

   — Mire usted esa puerta.

 

   Y volviéndome a medias contemplé un trozo de puerta que, evidentemente, acababan de poner junto a la pared para que yo lo viese. En la parte de en medio estaba la señal de una mano impresa como con hierro candente, algo separados los dedos, y en blanco el sitio que hubiera correspondo a la palma de la mano.

 

   ¿Presentóse entonces en mi memoria la vaga reminiscencia de un relato de Monseñor Seguí? Dirigí luego una mirada interrogadora a la reverenda madre, que me respondió:

 

   — Es la huella de la mano de una Superiora que me ha precedido aquí... El hecho sucedió a mediados de este siglo. Acababa de morir esta Superiora en olor de santidad, por lo cual nuestras religiosas más se inclinaban a invocarla como a una escogida del paraíso que a rogar por su alma. Pero un día hallábase Una monja trabajando en la lencería, cuando la Superiora, recientemente fallecida, se le apareció. Dejo a la consideración de usted cuál sería la emoción de la religiosa, a la cual preguntó la difunta:

 

   — ¿Por qué la Comunidad no reza por mí?

   —  Pues porque se os cree en el cielo.

   —  Estoy en el Purgatorio, donde sufro tormentos indecibles.

 

   En seguida apoyó su mano sobre la puerta, y desapareció dejando esa señal como prueba.

 

   Inútil es decir  a usted Usted que la Comunidad se puso en oración, y si serían fervorosos sus ruegos. Algunos días después la nueva Superiora tuvo revelación de que las oraciones habían sido atendidas y que el alma de la difunta había pasado desde el lugar de expiación al de la bienaventuranza.

 

   Tal fué el relato de la religiosa, mientras yo tenía ante mi vista la huella negra de la mano, señalada como con hierro candente.

 

Por SÉRVULO. Para el Apostolado de la Prensa. Año 1903.

EL POZAL FLORIDO (Cuento Catalán)

 



 

   Contaban los abuelos de mi tierra, que corría en aquellos tiempos entre Todos Santos y Manresa un famoso capitán de ladrones tan generoso, que lo más de lo que robaba lo repartía entre los pobres. Disponía sus robos con gran estrategia, como quien iba a tomar una fortaleza enemiga: y asi, burlaba siempre con tal arte la persecución de la justicia, que sus ministros nunca le pudieron prender y salían a veces completamente batidos.

   Gloriábase de ser buen cristiano, y como tal cumplía con los preceptos de la Iglesia, no queriendo pasar año sin confesarse. Y ¡Ay del confesor que se atreviese a negarle la absolución en caso de no querer dejar su oficio!, porque sin contemplaciones le quitaba la vida.

   Un año, cerca del cumplimiento Pascual se presentó a la portería de un convento pidiendo confesión.

   Salió el Prior; y cuando entendió que quien deseaba confesarse era el famoso capitán matador de los confesores que rehusaban absolverle, lleno de un miedo cerval se retiró, prometiéndolo que ya lo mandaría quien le confesara. En esto reunió al instante sus frailes y les contó el caso.

 

   —Padre Prior—dijo uno—si Vuestra Reverencia quiere, yo le confesaré.

   —Pero, hijo—repuso el Prior— ¿No ve Ud., que le matará?

   —No tenga Ud., miedo; yo me las compondré.

   Obtenida, pues, la licencia, se llevó al ladrón al confesonario, sentóse, y el penitente se arrodilló a sus pies. Cuando acabó éste de referir sus atroces culpas, le preguntó el fraile: ¿tiene Ud., algo, más de que acusarse?

   —No—contestó el ladrón, y sacó el puñal para clavárselo en caso de que se negara a darle la absolución.

   —¿Está, Ud., en ayunas?—añadió el fraile.

   —Bebí esta mañana un sorbón de anisete

   —dijo el penitente.

   —Bien está—le dijo el religioso. —Le impongo la penitencia de que medite Ud., por tres días esta máxima cristiana: ¡LO QUE NO QUIERAS PARA TI, NO QUIERAS PARA OTRO!, y después de bien rumiada, vuelva Ud., en ayunas, y recibida la absolución, podrá Ud., comulgar. Dìjole estas palabras con tal dulzura, y le chocó en tanto grado la penitencia impuesta, que, metido el puñal en su vaina, partió con ánimo de volver al día señalado.

   En todo el camino no hizo más que rumiar la máxima: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” Llegó pensativo a su cuadrilla, viéronle preocupado sus compañeros, pero no hicieron caso por creerse que proyectaba alguna buena partida.

   Aquel día no comió nada ni dijo palabra.

   Llegó la noche, y le preguntaron qué expedición tenia pensada.

   Contestó que no estaba para nadie y que le dejaran en paz.

   Era que en aquellas tinieblas veía por do quiera escritas con caracteres fulgurantes aquellas palabras: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” ¿Cómo he de ir a tomar lo ajeno, se decía, si no quiero que me quiten lo mío?

   Cuando sus compañeros le dejaron solo, eran tan violentos los remordimientos de su alma por los crímenes cometidos en tantos años como había sido capitán de ladrones, que no pudiendo sufrir su inquietud y malestar, al segundo día huyó y volvió al convento donde se había confesado. Llegó allí al rayar del alba, llamó a la puerta y preguntó por su confesor.

   —Ud.,—le dijo—me dio por penitencia que meditase el adagio: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro. Me es imposible cumplirla si persevero en mí empleo de ladrón.

   He aquí que quiero renunciar a ser un ladrón, y vengo a  pedir pues, que me acojan en el convento. Haré cuanto me manden, por un mendrugo de pan con que pasar la vida.

   Acogiólo el convento, y con los edificantes ejemplos de aquellos religiosos concibió tal aborrecimiento de sus espantosos delitos, que pidió hacer una confesión general de toda su vida.

   El confesor, aterrorizado de tan horrendos crímenes y maldades, dióle la absolución, y le despidió diciendo: Tan posible es que Dios te perdone, como que florezca el pozal de la cisterna.

   Se le metió tan en el alma esta expresión, que no pudo comer aquel día ni dormir en toda la noche. Al otro día por la mañana, al ver los fraile que el penitente no comparecía, llamaron a su celdita y no respondió; abriéronla con fuerza, y encontraron al ladrón muerto en tierra con las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Quién sabe si habia muerto de pena por sus gravísimos delitos?

   ¿Se habría salvado su alma? Un hermano fue aquella mañana a la cisterna en busca de agua, y encontró el pozal florido, embalsamando el ambiente con su aroma. Entonces el confesor recordó lo que habla dicho, sacando de aquí que por grandes que sean los pecados, todos se perdonan con una buena confesión hecha con verdadero arrepentimiento.

 

FRANCISCO  J. BUTIÑÁ. S. J.

Año 1894.

LOS ÚLTIMOS DESEOS (O VOLUNTAD) DE NUESTROS MUERTOS. EJEMPLOS – Por Mons. Ascânio Brandão.

 



 

   Se requiere gran cuidado y escrúpulos al cumplir los últimos deseos de nuestros difuntos. Ejecutemos sus órdenes y testamentos con toda justicia, pues a menudo los herederos malos o ingratos no cumplen con lo que se les deja en el testamento y causan sufrimiento a las almas del purgatorio, y también se preparan un purgatorio terrible, porque Dios siempre castiga a quienes causan el sufrimiento de las almas.

 

   1) El padre Rossignoli relata este ejemplo entre muchos otros en su libro “Las maravillas de las almas del purgatorio”:

 

   En Milán, una plantación muy fértil fue destruida por una granizada que arrasó con todo. Lo verdaderamente sorprendente fue que ni una sola piedra de granizo cayó en los alrededores, ni se produjo ningún daño. El castigo divino cayó sobre sus dueños. La propiedad pertenecía a unos jóvenes que la habían heredado de su difunto padre, y no habían cumplido sus últimas voluntades. Trabajaban los domingos y se olvidaron de rezar por el alma de su padre.

 

   2) Otra historia se cuenta desde la época de Carlomagno. Un antiguo cronista relata que un valiente soldado que había seguido al gran emperador en todos los campos de batalla, sintiendo que la muerte se acercaba, llamó a un nieto, único heredero de sus posesiones, y le dijo:

 

   “Hijo mío, toda mi riqueza consiste en las armas y el hermoso caballo que poseo. Tú te quedarás con mis armas, y mi caballo será vendido y el dinero se entregará a los sacerdotes, para que algunos me ayuden con oraciones y otros con el Santo Sacrificio de la Misa por mi alma.”

 

   El nieto, entre lágrimas, prometió cumplir el último deseo de su abuelo. Sin embargo, apenas lo había enterrado cuando olvidó sus instrucciones. Pensó: “Venderé este hermoso caballo más tarde y cumpliré el último deseo de mi abuelo. Primero lo disfrutaré”.

 

   Pasaron los días y los meses, y el joven continuó montando a caballo. Transcurrieron seis meses, y un día su abuelo se presentó ante él:

 

   “¡Ay, mi nieto ingrato y cruel! No tuviste piedad de tu desdichado abuelo… ¿Dónde está lo que me prometiste? Por tu culpa sufro terriblemente en las llamas del purgatorio, pero Dios tuvo misericordia de mí y hoy voy al cielo. Como justo castigo divino, sufrirás en el purgatorio los tormentos que yo no padezco, y pronto morirás.”

 

   Unos días después, el joven enfermó gravemente. Mandó llamar a un sacerdote, se confesó sinceramente y le contó la aparición y su propia falta. Murió piadosamente, convencido de que sufriría en el purgatorio el tormento que había causado a su pobre abuelo por no haber cumplido sus últimos deseos.

 

   ¡No defraudemos a los muertos! ¡La causa de los muertos está en manos de la justicia de Dios!

 

“Monseñor Ascânio Brandão. ¡Tengamos compasión de las pobres almas! meditaciones y ejemplos sobre el purgatorio y las almas. Año 1948.”

PENSAMIENTOS CONSOLADORES DEL PURGATORIO – Pensamientos para el mes de Noviembre.

 



   Según uno de los biógrafos de San Francisco de Sales, el santo siempre decía, y repetía, que en su opinión, deberíamos hallar más consuelo que temor en el pensamiento del Purgatorio. Es cierto que, en ese lugar de expiación, los tormentos son tan grandes que no se comparan con los mayores dolores de esta vida. Pero también, las alegrías interiores que allí se encuentran son tales que no hay prosperidad ni alegría en este mundo que pueda igualarlas. ¿Y quieres saber por qué el pensamiento del Purgatorio es consolador? Porque es el mismo San Francisco de Sales quien lo demostrará:

 

    1. Las almas allí viven en continua unión con Dios.

   2. Se ajustan perfectamente a la voluntad de Dios. Solo desean lo que Dios desea. Si se les abriera el Paraíso, preferirían precipitarse al Infierno antes que aparecer manchados ante Dios.

   3. Se purifican voluntariamente, con amor, porque eso es lo que Dios quiere.

   4. Quieren permanecer de una manera que agrade a Dios y por el tiempo que sea su voluntad.

   5. Son invencibles en la prueba y no pueden mostrar ni un solo signo de impaciencia ni cometer ninguna imperfección.

   6. Aman a Dios más que a sí mismos, con un amor sencillo, puro y desinteresado.

   7. Son consolados por ángeles, y sobre todo por la Virgen María.

 

   8. Están seguros de su salvación, con una esperanza incomparable.

   9. Su amargura se ve mitigada por una paz profunda.

   10. Si el dolor que sufren es infernal, la caridad derrama en sus corazones una ternura inefable, una caridad que es más fuerte que la muerte y más poderosa que el infierno.

   11. El purgatorio es un estado feliz, más deseable que temible, porque las llamas que existen allí son llamas de amor.

 

   Ciertamente, en el Purgatorio hay mucho sufrimiento. Pero ¡qué consuelo es saber que el martirio que allí se padece es el martirio del Amor, y que allí se encuentra el consuelo de la esperanza!

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

MEDITACIÓN SOBRE LAS ALMAS DEL PURGATORIO — ORIGEN DE ESTA CELEBRACIÓN — EJEMPLO.

 



   Bienaventurados los muertos  que mueren en el Señor. (Apocalipsis, 14, 13).

 

   I. Las almas del purgatorio sufren la pena de daño, porque están privadas de la vista de Dios. ¡Qué cruel es esta separación! La naturaleza y la gracia los impulsan violentamente hacia Dios, pero no pueden llegar hasta Él. Lo que les causa más pena es ver que su dicha es aplazada porque, en la tierra, gozaron de algunos leves placeres que les estaban prohibidos.

   Ten piedad de estas almas y, con tus mortificaciones, trabaja por retirarlas de esta triste morada.

 

   II. Estas almas son atormentadas por el mismo fuego que atormenta a los condenados, su pena es la misma; la única diferencia está en que los condenados sufrirán toda la eternidad y las almas del purgatorio solamente un tiempo. Puedes abreviar este tiempo con tus oraciones, ayunos y limosnas. ¿Negarás esta caridad a tus padres, a tus hermanos cristianos que te la piden?

   Oye su queja: ¡Tened piedad de mí, tened piedad de mí, por lo menos vosotros que fuisteis mis amigos!

 

   III. Estas santas almas, sin embargo, tienen consuelos en medio de sus suplicios, porque están resignadas a la voluntad de Dios que en ellas se cumple para purificarlas, y porque ven, por un lado, el infierno que evitaron, y por el otro, el cielo que las espera. Cristianos, aprended de ellas cómo hay que sufrir y pasad lo más que podáis vuestro purgatorio en esta vida; sufrid con la misma fortaleza y la misma esperanza que las almas del purgatorio.

   Señor, purificadme en esta vida, a fin de que después de esta vida escape de las llamas del purgatorio (San Agustín).

 

 

Tened devoción por las almas del purgatorio.

Orad por su liberación.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis en unidad con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

   ORIGEN: Un santo ermitaño se cruzó en el camino con un monje de Cluny y le rogó dijese a San Odilón, abad de ese monasterio, que los demonios se quejaban por el número de almas que sus oraciones y la de sus religiosos libraban del purgatorio. En cuanto lo supo el santo abad ordenó a toda su Orden que consagrara el segundo día de noviembre para orar por la liberación de las almas del purgatorio. Esto fue en el año 998. Esta costumbre, adoptada en seguida por otros monjes y por la diócesis de Lieja en 1008, se extendió gradualmente en todo el Occidente.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

 

   EJEMPLO: Tenía una pobre mujer napolitana una numerosa familia que mantener, y a su marido en la cárcel, encerrado por deudas. Reducida a la última miseria, presentó un memorial a un gran señor, manifestándole su infeliz estado y aflicción; pero con todas las súplicas no logró más que unas monedas.

   Entra desconsolada en una iglesia, y encomendándose a Dios, siente una fuerte inspiración de hacer decir con aquellas monedas una Misa por las Ánimas, y pone toda su confianza en Dios, único consuelo de los afligidos. ¡Caso extraño! Oída la Misa, se volvía a casa, cuando encuentra a un venerable anciano, que llegándose a ella le dice: “¿Qué tenéis, mujer? ¿Qué os sucede?” La pobre le explicó sus trabajos y miserias. El anciano consolándola le entrega una carta, diciéndole que la lleve al mismo señor que le ha dado las monedas. Éste abre la carta, y ¿cuál no es su sorpresa cuando ve la letra y firma de su amantísimo padre ya difunto? ¿Quién os ha dado esta carta? —No lo conozco, respondió la mujer, pero era un anciano muy parecido a aquel retrato; sólo que tenía la cara más alegre. Lee de nuevo la carta, y observa que le dicen: “Hijo mío muy querido, tu padre ha pasado del Purgatorio al cielo por medio de la Misa que ha mandado celebrar esa pobre mujer. Con todas veras la encomiendo a tu piedad y agradecimiento; dale una buena paga, porque está en grave necesidad”.

   El caballero, después de haber leído y besado muchas veces la carta, regándola con copiosas lágrimas de ternura: “Vos, dice a la afligida mujer, vos, con la limosna que os hice, habéis labrado la felicidad de mi estimado padre; yo ahora haré la vuestra, la de vuestro marido y familia”.

   En efecto, pagó las deudas, sacó al marido de la cárcel, y tuvieron siempre de allí en adelante cuanto necesitaban y con mucha abundancia. Así recompensa Dios, aun en este mundo, a los devotos de las benditas Ánimas.

 

Ejemplo tomado de la

NOVENA EN SUFRAGIO

DE LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

Áncora de Salvación R. P. José Mach. S. J.

(Año 1949)

sábado, 31 de octubre de 2026

SAN QUINTÍN Mártir. (✠Siglo III). 31 de octubre

 




SAN QUINTÍN Mártir. (✠Siglo III). 31 de octubre

 

   Ramo espiritual: «¡Alégrense en el Señor en todo tiempo! Insisto: ¡Alégrense!» Filipenses 4:4

 

   San Quintín fue uno de esos jóvenes romanos que, como los santos Crispín y Crispiniano, vinieron a predicar el Evangelio en la Galia y a compartir el tesoro de la fe que habían recibido. Amiens fue el centro de su ministerio.

 

   Los milagros confirmaron sus enseñanzas: trazó la señal de la cruz en los ojos de los ciegos, y estos vieron; hizo hablar a los mudos, oír a los sordos y caminar a los paralíticos. Estas asombrosas maravillas suscitaron la admiración de algunos y el odio de otros.

 

   Quintín fue pronto denunciado ante aquel monstruo de crueldad llamado Rictiovarus, un gobernador romano, y se presentó ante él:

 

   — ¿Cuál es tu nombre?, le preguntó el tirano.

   — Me llamo Christian. Mi padre es senador de Roma; me pusieron el nombre de Quintín.

   — ¡Qué! ¡Un hombre de tal nobleza se ha rebajado a tales supersticiones miserables!

  Quintín contesta:

    — La verdadera nobleza reside en servir a Dios; la religión cristiana no es una superstición, nos eleva a la felicidad perfecta mediante el conocimiento de Dios Padre Todopoderoso y de su Hijo, engendrado antes de todos los siglos.

Rictiovarus dice:

   —Abandona estas locuras y sacrifica a los dioses."

   — Jamás, contesta con firmeza el santo. Vuestros dioses son demonios; la verdadera locura reside en adorarlos.

   — Sacrifica, grita el tirano, y grita: o te atormentaré hasta la muerte.

   — No temo a nada; tienes todo el poder sobre mi cuerpo, pero Cristo salvará mi alma.

 

   A tal confesión generosa le siguió una cruel flagelación; pero Dios sostuvo a su mártir, y se oyó una voz celestial que decía: — «Quintín, persevera hasta el final, yo siempre estaré contigo».

 

   Al mismo tiempo, sus verdugos cayeron hacia atrás. Arrojado a un oscuro calabozo, Quintín fue liberado dos veces por un ángel, salió a predicar al centro de la ciudad y bautizó a seiscientas personas.

 

   Todas estas maravillas, lejos de apaciguar al cruel Rictiovarus, solo sirvieron para avivar su furia. Mandó llamar al mártir y lo sometió sucesivamente a las torturas de la rueda, las varas de hierro, el aceite hirviendo, el alquitrán y las antorchas ardientes.

 

   — «Juez inhumano, hijo del diablo», exclamó Quintín, «tus tormentos son un bálsamo para mí».

 

   El tirano ideó entonces una tortura de una ferocidad inaudita y atravesó el cuerpo del mártir, de arriba abajo, con dos púas de hierro; le clavaron clavos entre la carne y las uñas. Finalmente, el heroico Quintín fue decapitado. Los presentes vieron su alma ascender al Cielo en forma de paloma blanca.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

viernes, 30 de octubre de 2026

Las hojas muertas, y los muertos. (Poesía)

 



Una tras otra las hojas

del árbol se van cayendo,

y por el suelo arrastradas

susurran cantos de muerto;

mas vendrá la primavera,

y vendrá el follaje nuevo

a vestir el árbol

que ahora desnuda el invierno.

✠✠✠

También van uno tras otro

los seres que más queremos,

y nosotros, sin sentirlo,

vamos corriendo tras ellos.

✠✠✠

Pero vendrá luego el día

en que luzca el sol eterno,

y nos veremos entonces

para no dejar de vernos.

 

AITZ–GORRI

Año 1906.

EL PAN DE VIDA ETERNA.

 



 

   Bien demuestran estas admirables y conmovedoras palabras de Jesucristo que todo cristiano, si quiere vivir la vida de los hijos de Dios debe participar del sacramento de la Eucaristía, sea realmente cuando está en edad y estado de poderlo hacer, sea de corazón y de deseo y por la unión espiritual que tiene como miembro de Jesucristo con todo su cuerpo, cuando algún obstáculo invencible o alguna razón legítima lo impiden recibirle realmente.

 

   La razón de esto es porque siendo la carne de Jesucristo verdadera comida, y su sangre verdadera bebida, no se pueden mantener nuestras almas sin este divino alimento y bebida. Y esto no debe tomarse como un discurso figurado y parabólico, porque el Señor pretende obligar a los hombres a comer realmente su carne y a beber su sangre, como que los es necesario para la vida santa de sus almas y para la resurrección gloriosa de sus cuerpos.

 

   Cuando todo recuerda la muerte resuenan estas prodigiosas palabras del Hijo de Dios prometiendo la resurrección para los que dignamente comieron su cuerpo, pan vivo bajado del cielo.

 

APOSTOLADO DE LA PRENSA.

Año 1907.

jueves, 29 de octubre de 2026

EL AMIGO COMPRENSIVO.

 



 

   Nunca te preguntaste, que ese amigo que vive escuchando problemas, y apoyando sin condiciones, también puede tener problemas, incluso mucho más grandes que los tuyos.

 

   Hace tiempo al estar en mi casa, siendo como la medianoche, recibí la llamada telefónica de un muy buen amigo mío.  Me dio mucho gusto su llamada y lo primero que me preguntó fue: — ¿cómo estás? Y sin saber por qué le contesté: — “solísimo”.  — ¿Quieres que hablemos? Le respondí que sí y me dijo: — ¿quieres que vaya a tu casa? Y respondí que sí.

 

   Colgó el teléfono y en menos de quince minutos él ya estaba tocando a mí puerta. Yo empecé y hablé por horas y horas, de todo, de mi trabajo, de mí familia, de mi novia, de mis deudas, y él atento siempre, me escuchó.

 

   Se nos hizo de día, yo estaba totalmente cansado, me había hecho mucho bien su compañía y sobre todo que me escuchara y que me apoyara, me sentía muy a gusto; y cuando él notó que yo ya me encontraba mejor, me dijo: — bueno, pues me retiro tengo que ir a trabajar. Yo me sorprendí y le dije: pero porque no me habías dicho que tenías que ir a trabajar, mira la hora que es, no dormiste nada, te quite tu tiempo toda la noche. Él sonrió y me dijo: — no hay problema para eso estamos los amigos.

 

   Yo me sentía cada vez más feliz y orgulloso de tener un amigo así. Lo acompañé a la puerta de mi casa... y cuando él caminaba hacia su automóvil le grité desde lejos: oye amigo, y a todo esto, — ¿por qué llamaste anoche tan tarde?

   Él regresó y me dijo en voz baja: — Es que te quería dar una noticia... y le pregunté: ¿qué pasó? Y me dijo...fui al doctor y me dice que mis días están contados, tengo un tumor cerebral, no se puede operar, y solo me queda esperar... yo me quedé mudo...él me sonrió y me dijo: — que tengas un buen día amigo... se dio la vuelta y se fue...

 

   Pasó un buen rato para cuando asimile la situación y me pregunté una y otra vez, porque cuando él me preguntó ¿cómo estás? me olvidé de él y sólo hablé de mí. ¿Cómo tuvo la fuerza de sonreírme, de darme ánimos, de decirme todo lo que me dijo, estando él en esa situación?...esto es increíble… Y luego recordé:

 

   “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Cristo Jesús, Nuestro Señor lo dijo. Y yo le creo.