viernes, 28 de agosto de 2026

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN AGUSTÍN

 




   Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí. (1 Corintios, 15, 10).

 

   I. Este gran santo resistió hasta la edad de 32 años las inspiraciones de la divina gracia. ¿Acaso yo mismo no he resistido a la gracia? ¿Cómo pasé yo mi juventud? ¿He comenzado por fin a amar a Dios con amor profundo y sincero? ¡Cuántas veces he endurecido mi alma y he menospreciado el llamado del Señor! Comencemos a darnos a Dios.

   Ah Señor, tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. (San Agustín).

 

   II. San Agustín, primero pecador y hereje, llegó a ser después un gran santo; renunció a sus errores y fue durante todo el resto de su vida, el hijo dócil de aquélla gracia que había perseguido. ¿A qué se debe que no imite yo a San Agustín en su penitencia, ya que lo imité en sus desórdenes? ¿Qué he de esperar de los afanes que me tomo por lucir en el mundo? Habré de morir y abandonar esos honores y esas riquezas; y ¿en qué pararé si no estoy en estado de gracia cuando Dios me llame para dar cuenta de mi vida?

   ¿A qué fin tienden todos nuestros trabajos? ¿Qué buscamos? (San Agustín).

 

   III. San Agustín fue el doctor de la gracia; la defendió contra los herejes, explicó su naturaleza y descubrió sus maravillosos efectos. Enseña tú a los demás por qué medios podrán recuperar la gracia de Dios: trabaja en la conversión de los pecadores. Sé tú, a tu vez, discípulo de la gracia, si no puedes ser su doctor; estudia los movimientos que imprime a tu corazón, escucha lo que ella te inspira, obedécela fielmente.

   Si no haces a la gracia inútil en ti, producirá frutos abundantes. (Orígenes).

 

El deseo de la conversión

Orad por las órdenes religiosas.

 

   ORACIÓN: Dios omnipotente, escuchad benigno nuestras súplicas y puesto que os servís permitirnos esperar en vuestra bondad, dignaos, por la intercesión del bienaventurado Agustín, vuestro confesor pontífice, derramar sobre nosotros la abundancia de vuestra inagotable misericordia. Por J. C. N. S. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

SAN AGUSTÍN (28 DE AGOSTO) Por el Apostolado de la Prensa (Año 1898)

 


 



   En el último tercio del siglo IV de nuestra era, la sociedad más culta y selecta de la gran ciudad de Cartago, reunida en el teatro aplaudía con entusiasmo a un joven de unos veintisiete años, que era en aquel momento coronado por el procónsul Vindiciano, por haber obtenido en público certamen el premio señalado para quien más se distinguiera por su talento poético. Aquel joven era Aurelio Agustín, natural de Tagaste, en Numidia, que había nacido en 15 de Noviembre del año 354. Sin duda los deseos de Patricio, decurión del municipio de Tagaste, hombre violento y sensual, padre del joven Agustín, estaban plenamente satisfechos. Quería que su hijo entrase con pie firme por la senda de los honores, conquistara los aplausos de las muchedumbres, se hiciese un lugar amplio y magnífico en el mundo, ganara gloria y dinero, y todo lo demás le tenía sin cuidado, si es que no simpatizaba vivamente con ello, y todo lo demás eran los desórdenes de la juventud, la vivacidad no domada de las pasiones, la embriaguez de las orgías y los ruinosos halagos de la sensualidad. Aquel joven, vitoreado por la ilustrada muchedumbre, se acreditaba de poeta brillante, como ya se había ganado gloriosa reputación de retórico. Y la amistad de los poderosos que se le ofrecía representada en el procónsul que ceñía la frente de Agustín con el laurel del triunfo poético, era prueba de que quedaban realizados los fines enteramente humanos con que fué enviado aquel joven a los centros del saber de aquella época.

 

   Mas para dicha de aquel joven, gloria después de la Iglesia y decoro de la historia, el elemento verdaderamente intelectual y superior de la familia en cuyo seno nació Agustín, estaba representado por una mujer, pero por una mujer cristiana, ideal de madres y esposas en la religión de Jesucristo; aquella mujer era Mónica, la cual no consideraba las ciencias y las letras como fin, sino como medio, y no tanto como medio para conseguir la tierra, sino como escalón para levantarse al conocimiento del Señor de las ciencias y de las virtudes.

 

   Dentro, pues, de su mismo hogar presenció Agustín la lucha de los dos grandes poderes que hablan de agitar y disputarse todas las fuerzas de su gigantesco espíritu: la naturaleza, representada con brutal viveza en su padre, la gracia, personificada en la dulzura sin límites, piedad intensísima y amor de su madre, cuya principal firmeza estribaba en amar a Agustín más que a todas las cosas, pero a Dios más que a Agustín.

 

   Las luchas del alma apasionada y vehemente, pero siempre noble del gran San Agustín, con elocuencia cada vez más admirada por los siglos, gráficamente aparecen retratadas en el áureo espejo de las Confesiones, que el propio Santo hizo de su vida para levantar ese perenne monumento a la gloria de Dios sobre el abatimiento y humillación de la declaración de sus caídas e imperfecciones.

 

   Las riquezas, los honores y la concupiscencia de la carne fueron, como en casi toda la humanidad, los enemigos de Agustín, que como empujado por las fervorosas oraciones de su madre, caminó entre continuas y dolorosas vacilaciones al solio de santidad a que la gracia del cielo le llamaba.

 

   Entre los medios de que la divina Providencia se valió para hacerle entrar en el menosprecio de las riquezas y aun de los juicios del mundo, es curioso el que, habiéndose trasladado San Agustín a Roma con la esperanza de hallar en la capital del Imperio posición más brillante y lucrativa merced a sus trabajos como profesor de elocuencia, no sólo no lo consiguió, sino que sus discípulos dejaron de pronto de asistir a su clase, hasta sin pagarle sus honorarios, siguiendo la canallesca costumbre de ponerse todos de acuerdo para mudar de profesor en día determinado, invirtiendo en gastos licenciosos lo que al talento y al trabajo era debido en justicia. ¿De qué le servían, pues, tales esfuerzos de estudio, sus conquistas de renombre y la conciencia vivamente sentida por él de su innegable genio, si todo quedaban a merced de la burla de unos necios?

 

   Ardía el alma de San Agustín en deseos de honores, como él declara en sus Confesiones, cuando le dio el Señor a entender la vanidad de los deseos de gloria y aplausos que intranquilo le tenían, y fué de suerte que un día en que iba el Santo por una calle de Milán, dispuesto con el incesante afán de quien aspira a elogios sin medida, a pronunciar un panegírico en alabanza del emperador Valentiniano el Menor, echó de ver a un mendigo que después de bien harto estaba retozando y alegrándose, y consideró apenado que con todos sus estudios, conatos, codicias y ambiciones, no aspiraba a otro fin que a conseguir la tranquilidad que aquel pobre había logrado con alguna limosna y él quizá no alcanzaría con todos sus anhelos y ambición.

 

   También venció la gracia en la tremenda lucha que Agustín sostenía con sus apetitos concupiscibles. «Levántense los indoctos—le decía en una ocasión a su gran amigo Alipio—y se apoderan del cielo, ¿y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni cordura nos estamos revolcando en el cieno de la carne y sangre?» Sus antiguas amigas las vanidades le decían: ¿Pues qué, nos dejas y nos abandonas? ¿Desde ahora mismo no estaremos contigo jamás? ¿Desde este momento no te será permitido esto ni aquello? ¿Imaginas que has de poder vivir sin estas cosas? Pero al mismo tiempo, la continencia, representándosele con rostro sereno y honesta compostura, mientras con su brazo izquierdo le estrechaba, mostrábale con el derecho innumerables personas de distintas edades; mozos y doncellas, venerables viudas y vírgenes ya ancianas, resplandecientes todas en castidad fecunda en gozos espirituales originados de los eternos desposorios con el Cordero sin mancilla, y con sonrisa amable le decía: ¿Por qué tú no has de poder lo que a todos éstos fué posible? ¿Es que éstos y éstas lo pueden por sus propias fuerzas o por la gracia que su Dios les ha comunicado? No es en tus propias fuerzas en las que tienes que apoyarte, porque no pueden comunicarte resistencia alguna, sino que te has de arrojar confiado en los brazos del Señor; hazlo y no temas. Arrójate seguro, que Él te recibirá en sus brazos y te sanará de todos tus males. Los deleites, que la concupiscencia te ofrece, no pueden compararse con los que hallarás en la ley de tu Dios y Señor.

 

   Las últimas vacilaciones del Santo quedaron aquietadas y resueltas cuando después que oyó aquellas palabras de un niño, a quien no veía: «Toma y lee», tomó y leyó la Sagrada Escritura, la abrió, y lo primero que se le ofreció fueron estas palabras de San Pablo: «No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo.»

 

   Entonces, transformada el alma del Santo, comunicó éste a su madre aquel cambio que había obrado la diestra del Altísimo, y se trocó el prolongado llanto de Santa Mónica en gozo mucho mayor que el que había pedido y deseado.

 

   Tan sublime conversión, que fué sin duda una de las mayores alegrías del cielo, es una de las más hermosas páginas de la Historia universal, y pertenece a tan encumbrada categoría en la serie de los hechos más solemnes de la humanidad, que una antigua tradición supone que para dar a Dios las debidas gracias por aquélla, San Ambrosio y San Agustín compusieron alternadamente, en instantes de arrebatada y célica inspiración, el Te Deum Laudamus, cántico admirable, cuya enérgica sencillez es superior a todas las flores de la poesía y la retórica.

 

   TEOBALDO.

miércoles, 26 de agosto de 2026

MEDITACIÓN SOBRE CÓMO HAY QUE ORDENAR LOS DESEOS.

 



 

   Estáis llenos de deseos...  y no conseguís lo que deseáis. (Santiago, 4, 2).

 

   I. Nuestra felicidad en esta vida depende de la regla que impongamos a nuestros deseos. Aprende a limitarte en el deseo de los bienes naturales. Quisieras gozar de mejor salud, poseer más ingenio, más fuerzas, más hermosas cualidades naturales; este deseo es fuente de inquietudes. Conténtate con lo que Dios te ha dado, agradécele; acaso te condenarías si tuvieses los brillantes talentos que deseas. Aunque ahora tuvieras lo que deseas, no por ello estarías más contento.

   Sólo Dios puede colmar tus anhelos. Dedícate a hacer su voluntad y todos tus deseos serán satisfechos.

 

   II. Conténtate asimismo con los bienes de fortuna que Dios te ha dado; no son las riquezas, ni los honores, los que te harán feliz. ¡Cuántas personas hay más pobres que tú y sin embargo son más dichosas, porque no desean sino lo que Dios quiere que posean!

   El pecador es infeliz, tenga o no tenga lo que él desea (San Próspero).

 

   III. Un deseo te es permitido: es el llegar a un grado más alto de santidad; hasta debes imitar las heroicas virtudes que admiras en los santos, en la medida en que tu estado y condición te lo permitan. Examínate acerca de los deseos de tu alma; desea con ardor llegar a la santidad.

   Nada esperes, nada temas, y habrás reducido a la impotencia la cólera de tu enemigo (Boecio).

 

La resignación a la voluntad de Dios.

Orad por vuestra patria.

 

   ORACIÓN: Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y custodiadlo con protección constante por vuestro bienaventurado mártir y Sumo Pontífice Ceferino, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

martes, 25 de agosto de 2026

TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SAN LUIS REY A SU HIJO HEREDERO DEL TRONO.

 



 

   En vísperas de su muerte, Luis entregó a su hijo Felipe, heredero del trono el testamento espiritual, fruto de sus experiencias y de sus meditaciones. Lo ofrecemos a la admiración y a la reflexión de nuestros lectores. Helo aquí en su esplendor paterno, real y religioso:

 

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte, es que ames a Dios con todo tu corazón: sin ello nadie puede salvarse.

Guárdate de hacer algo que desagrade a Dios, es decir, el pecado mortal. Al contrario, has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.

Si Dios te envía adversidades, sopórtalas pacientemente y da gracias a Dios. Piensa que lo mereciste y que todo será para tu bien.

Si te concede prosperidad, agradécelo con humildad y vigila que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo; porque los dones de Dios no han de ser causa de que lo ofendas.

Confiésate frecuentemente y elige un confesor prudente que sepa enseñarte lo que has de hacer y lo que has de evitar. Y con el confesor y con tus asesores te has de portar de tal modo que se animen a corregirte de tus defectos.

Asiste de buena gana y con devoción al culto divino, especialmente a la Misa.

Ten un corazón dulce y compasivo hacia los pobres y los desgraciados y los afligidos; y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades.

Guarda las buenas costumbres del reino y lucha contra las malas. No codicies contra tu pueblo y no graves tu conciencia con impuestos excesiv

Si tu corazón está en angustias, confíate con tu confesor o con algún hombre prudente, y te sentirás aliviado.

Procura tener por compañeros a personas prudentes y leales, tanto religiosas como laicas; y evita las malas compañías.

Escucha con gusto la palabra de Dios y guárdala en tu corazón. Solicita oraciones e indulgencias. Ama lo útil y lo bueno; odia lo malo, dondequiera se halle. No permitas que en tu presencia se digan palabras disolutas, calumnias o blasfemias.

Da gracias a Dios por todos sus beneficios y así te harás digno de recibir otros mayores.

Para con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda.

Ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón.

Procura con la mayor diligencia que todos vivan en paz y con justicia.

Honra, y ama, a todas las personas de la Santa Iglesia, y disimula sus defectos. Otorga los beneficios eclesiásticos a personas honestas y capaces.

Honra y reverencia, a tu padre, y a tu madre, y guarda sus consejos.

Esfuérzate por evitar toda guerra; y si estás obligado a hacerla, reduce al máximo los perjuicios. Si hay querellas o guerras entre tus vasallos, apacígualos lo más pronto,

Procura tener siempre buenos magistrados, y contrólalos con frecuencia y controla también al personal de tu palacio. Averigua si se dejan tentar por el soborno, la mentira o el fraude. Ajusta los gastos de tu palacio para que no superen lo razonable.

Destierra de tu reino toda ruindad, el perjurio y la herejía.

Haz celebrar Misas por mi Alma y que en todo el reino se rece por mí.

Hazme partícipe de los méritos de tus buenas obras.

Querido y hermoso hijo, te doy todas las bendiciones que un buen padre puede dar a su hijo. Y que la Santísima Trinidad y todos los Santos te protejan y te guarden de todo mal Que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad y de honrarlo y servirlo. Así, después de esta vida, los dos nos podremos reunir junto a Él y alabarlo sin fin ¡Amén!

 

SAN LUIS, REY DE FRANCIA.

 

 

MEDITACIÓN SOBRE SAN LUIS, EL REY CRISTIANÍSIMO.

 



   Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. (Mateo 22, 21).

 

   I. San Luis fue verdaderamente rey, pues supo mandar a sus pasiones, sujetar su cuerpo a la razón, y su razón a Dios. Ayunar, llevar cilicio, vivir en medio de la corte una vida tan santa como la de un cenobita, ¿no es acaso ser dueño de sí mismo? Mira a este santo, mira si lo imitas, si tus pasiones están tan sometidas como las de él a la razón.

   ¿Qué hay más real que un alma sometida a Dios y dueña de su cuerpo? (San León).

 

   II. San Luis fue el padre de su pueblo. A todo el mundo amaba, hasta a sus enemigos; no podía tolerar a los detractores; él mismo juzgaba en los procesos de los pobres, nada tomaba más a pecho que el trabajar en la salvación de sus súbditos. Agradece a Dios, si te ha dado superiores semejantes a este santo rey. Si tú mismo eres superior, acuérdate que debes ser el padre de tus inferiores.

   ¿Cómo ejerces la caridad con tu prójimo?

 

   III. Es preciso ser servidor de Dios para ser buen rey. La piedad de San Luis, la honra que tributaba a las santas reliquias, el celo que lo inflamaba por la conversión de los bárbaros, la generosidad cristiana y heroica que puso de manifiesto combatiendo contra los enemigos de Jesucristo, muestran que olvidaba su título de rey, para no acordarse sino del de servidor de Dios. Príncipes de la tierra, si no servís a Dios, ¿qué provecho obtendréis en la otra vida de haber aquí empuñado el cetro?

   La muerte os arrebatará todas vuestras dignidades: la sola gloria que sobrevive a la tumba es la de haber servido bien al Señor. Servir a Dios es reinar.

 

Obrad la piedad.

Orad por los jefes de estado.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que hicisteis pasar al rey San Luis de un reino temporal a la gloria del reino eterno, haced, os lo suplicamos, que, por sus méritos y su intercesión, participemos un día con él de la gloría del Rey de reyes, vuestro Hijo Jesucristo, que vive y reina con Vos en unidad con el Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

 

domingo, 23 de agosto de 2026

TAN SOLO, UN CUATO DE HORA EN SOLEDAD.

 



   ¡Quién podría creer lo que pasa sobre la tierra si uno no lo viese con sus propios ojos! Reina un aturdimiento universal, se marcha a ciegas y como a la ventura. Cada cual se entrega al camino adonde le conducen sus placeres, su ambición y su fortuna, sin pensar en qué vendrá a parar todo esto.

 

   Se piensa en todo sobre la tierra, se habla de todo, se escribe sobre todo, se inventa de todo; más en Dios, que es nuestro primer principio y nuestro último fin, y en la salvación, que es la única cosa necesaria, y en la eternidad, que es nuestro destino, y en la muerte, que espía el momento para herirnos, en todo esto son contados los que se ocupan.

 

   De ahí el origen de nuestros males. «La tierra está desolada, dice Jeremías, porque no hay nadie que reflexione  en su corazón.» Se vive en el torbellino del mundo, sordo a la voz de Dios, mudo para confesar sus pecados y sus culpas. ¿Y qué hacer para sustraerse del mundo y pensar en la salvación?

 

   Jesús nos da la respuesta cuando curo al sordomudo. Lo primero que hizo, como preparación para curarlo fué apartarle de la gente, sacarle de entre la multitud, indicando así que el retiro es el que únicamente puede poner al pecador en estado de oír la voz del Señor.

 

   El retiro es indispensable para la vida del alma. Diariamente deberíamos dedicar un cuarto de hora siquiera a reflexionar sobre nuestra vida y a escudriñar nuestro corazón.

 

   Cerrando la puerta de nuestro cuarto, diremos con San Bernardo: «Pensamientos extraños, deteneos ahí. Ya volveré a daros entrada al salir de mi soledad.»

 

   En seguida, puestos en un completo olvido de todas las cosas, pensaremos en nosotros mismos; no en nuestros bienes, ni en nuestro cuerpo, ni en nuestros amigos, ni en nuestras vanidades y placeres, porque nada de eso somos nosotros; pensaremos en nosotros, en nosotros solos, en nuestras almas. El hombre está todo entero en su alma, dice la Sagrada Escritura. De este modo nos conoceríamos, conociéndonos nos reformaríamos, y un cuarto de hora diario de soledad y retiro en Dios salvaría al mundo.

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1894.

miércoles, 19 de agosto de 2026

UNA FIRMA DE SANGRE (Anécdota)

 



   Durante la Revolución francesa, las religiosas Hospitalarias de Cartois habían protestado contra las profanaciones sacrílegas de los invasores del convento: lo habían hecho de viva voz y por escrito.

 

   Una de ellas, a quien el comisario quería salvar –de una muerte segura–no había aún puesto su nombre en la página de protesta, página por cierto tan gloriosa como fatal para las firmantes. Quiso pues la religiosa, estampar allí, a toda costa, su firma.

 

   — Pero ciudadana— dijo el comisario que ocultamente, había vaciado el tintero — no hay tinta en el tintero, —Ciudadano— replicó la hermana — Pero hay sangre en las venas.

 

   (Extracto de los archivos de Quimper.)

 

   MORALEJA: Recuerden el ejemplo de esta heroína aquellos católicos cobardes, que por sólo respeto humano dejan de confesar la fe cuando lo exige la causa de Cristo. ¡Que gloria ver a aquella hermana firmar la protesta con la sangre de sus venas! ¡Y qué vergüenza ver a católicos cobardes,  permitir que se arrastre por los suelos, la honra de Dios y de Cristo, por excusar la molestia de oír una palabra desagradable contra ellos! Por respeto humano, venden a Cristo, los cristianos pusilánimes.

 

“APOTOLADO DE LA PRENSA”

Año. 1894

LA ORACIÓN (Carta 130) — SAN AGUSTÍN.

 



 

   En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar.

 

   Aprenda en las divinas y santas Escrituras a dirigir a ellas la vista de la fe como a una lámpara colocada en un tenebroso lugar hasta que nazca el día y el lucero brille en nuestros corazones.

 

   Como una fuente inefable de ese resplandor es aquella luz, que reluce en las tinieblas de tal modo que las tinieblas no la envuelven.  Para verla hemos de limpiar nuestros corazones por medio de la fe, pues, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, y sabemos que cuando apareciere seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es. Entonces habrá verdadera vida tras la muerte, y verdadero consuelo tras la desolación.

 

   Aquella vida eximirá a nuestra alma de la muerte, y aquel consuelo librará nuestros ojos de las lágrimas. Y pues allí no habrá tentación alguna, sigue diciendo el Salmo: Y librará mis pies de la caída. Pues si no hay ya tentación, tampoco habrá oración; porque no cabrá allí esperanza del bien prometido, sino goce pleno del bien otorgado. Por eso sigue diciendo: Agradaré al Señor en la región de los vivos, en que entonces estaremos, no en el desierto de los muertos, en que ahora estamos. Porque estáis muertos, dice el Apóstol, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; más cuando apareciere Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis vosotros con él en la gloria. Esa es la verdadera vida, que los ricos deben conquistar con sus buenas obras, según tienen mandado.

 

   Una viuda desolada, aunque tenga muchos hijos y nietos y lleve piadosamente su casa, procurando que todos los suyos pongan su esperanza en Dios, tiene que decir con este consuelo en la oración: Mi alma tuvo sed de Ti; ¡Cuánto te desea mi carne en esta tierra desierta, y sin camino, y sin agua! Esto es esta vida moribunda, por muchos consuelos humanos que la rodeen, por muchos compañeros de camino que tenga, por mucha abundancia de cosas que la llenen.

 

   Bien sabes cuan inciertas son todas las delicias. Y en comparación de aquella felicidad prometida, ¿qué podrían ser, aunque no fuesen inciertas?

 

Agustín, obispo, siervo de Cristo y de los siervos de Cristo, a Proba, religiosa sierva de Dios, salud en el Señor.

martes, 18 de agosto de 2026

CARACTERES DEL ESPÍRITU DIABÓLICO – Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S.J. — La desesperación, la desconfianza, y la vana seguridad, o temeridad.

 


 



   Otros caracteres del espíritu diabólico son: La desesperación o la desconfianza o la vana seguridad; lo contrario es la verdadera confianza en Dios. Sabe el demonio, dice San Juan Crisóstomo, que la confianza es aquella preciosa cadena que nos lleva al paraíso; porque con este santo afecto tomamos mucho ánimo y nos elevamos a Dios; por eso despues de  haber cometido algún pecado grave, nos siembra afectos y pensamientos más pesados que el plomo, con los cuales se esfuerza llevarnos a la desesperación, que es el extremo de todos los males.

 

   Más porque ve el demonio que raras veces consigue el precipitar las almas de los fieles al abismo casi irreparable de la desesperación; ¿qué hace el maligno? Procura hacerlas caer a lo menos en una cierta desconfianza, con la cual si no desesperan ciertamente, tampoco esperan, y trabaja el demonio con gran esfuerzo en tenerlos firmemente abatidos, para que haciéndose poco a poco flacos y perezosos, no tengan ya más vigor para hacer algún bien. Y lo peor es, que obra todo esto el demonio con un arte tan malicioso y escondido, que llega a persuadir a las almas que es cosa justa y razonable el estarse así echados en aquel abatimiento de espíritu; porque despues de haberles inducido a esa falsa humildad, los lleva a las faltas cotidianas, y para más seguridad suya, les sugiere otros pensamientos que tienen apariencia de verdad, esto es, «que es grande la bondad de Dios; pero que ellos se oponen con su malicia a las obras de la divina gracia: que Dios está pronto a darles toda ayuda; pero que ellos no la merecen: y finalmente que todo el mal no viene de Dios sino de ellos: con lo cual convencidos de estas y otras semejantes razones aparentes se mantienen consternados en los brazos de su desconfianza. »

 

   Esta es una de las más maliciosas astucias con que el enemigo infernal retarda a gran parte de personas devotas su provecho espiritual, y especialmente a mujeres que, siendo de su naturaleza tímidas, y delicadas son fáciles a caer en estos desmayos. Caídas una vez en este hoyo se quedan despues allí envilecidas sin poder dar un paso en el camino de la perfección. Ruego por tanto a los directores que velen con mucho cuidado sobre sus penitentes, para que no caigan jamás en esta red; y si alguna vez entraren dentro de ella, les hagan advertir rápidamente que esto es  engaño del demonio.

 

   Díganles con toda franqueza, que el espíritu de desconfianza no es ni puede ser espíritu de Dios; sino que siempre es espíritu diabólico. Enséñenles a confundirse y humillarse por sus pecados, pero con paz; para levantarse despues, y retomar el camino hacia Dios con una fuerte y viva esperanza, haciendo reflexión que la divina misericordia excede con infinito exceso a la malicia y número de sus pecados. Sugiéranles algunos actos que deben hacer cuando el demonio los asalta con desconfianza y pusilanimidad, diciendo a Dios: Dios está pronto a perdonarme. ¿Pues quién podrá condenarme? Dios que quiere darme su gracia está cerca de mí; ¿Quién podrá pues serme contrario con tal defensor al lado? Mi Dios está en mi ayuda, ¿quién podrá pues fulminar contra mi sentencia de condenación? Animado de estas reconfortantes palabras, entre despues en una grande esperanza, y vaya repitiendo con Job: «Aunque me quisiéseis, Señor, muerto, yo sin embargo esperaría de Vos la salud. Os he hecho muchos agravios, es verdad; pero este de desconfiar de vuestra suma bondad, no lo haré jamás. Aunque me viese sobre la orilla del infierno a punto ya de caer en él, no por eso dejaría de esperar en Vos.»

   Finalmente ordénenles que continúen en repetir estos u otros semejantes actos de esperanza, hasta que sientan ensanchado el corazon. Fuera de eso, para cerrar toda entrada a las sugestiones del enemigo, ayudara mucho imponerles, que despues de haber cometido alguna falta o pecado, se arrepientan luego y se humillen delante de Dios; y despues se arrojen al seno de la divina bordad, y aquí dilaten el corazon con una santa confianza antes que venga el demonio a apretárselo con sus viles desmayos.

 

   Hecho esto, prosigan en servir a Dios con alegría, con paz y con santa libertad.

 

   Pero se ha de advertir, que todo esto que he dicho acerca del espíritu de la desesperación y de la desconfianza. Pero ¡Cuidado! antes de pecar mete el enemigo otro espíritu del todo diverso, aunque no menos pernicioso, y es el espíritu de una vana y temeraria seguridad con que hace al hombre animoso para la culpa. Le representa en Dios una misericordia casi estúpida e insensata que se deja ofender impunemente, para que engañado el pecador con esta necia persuasión, deponga todo temor y coja ánimo para arrojarse al pecado. A estos tales debe representar el director el gran peligro a que se exponen de ser abandonados de la divina misericordia, si de su dulzura toman ocasión para ofenderla. Debe decirles, que la misericordia de Dios es como el mar que conduce al puerto seguro a los marineros, si estos se ayudan con las velas y los remos; pero si quisiesen estarse ociosos, y con su flojedad dar ocasión al naufragio, esperando que el mar lo hiciese todo por sí, ¿quién no ve que quedarían todos sumergidos?

 

   Así puntualmente Dios es un mar de misericordia y un océano de bondad. Si nosotros nos industriáremos haciéndonos fuerza a nosotros mismos para no caer, y doliéndonos de las pasadas culpas; este mar dulcísimo nos llevará a salvamento en el puerto de la bienaventurada eternidad. Más si nosotros no quisiéremos ayudarnos, antes quisiéremos exponernos a manifiestos peligros de perdición, lisongeándonos de que lo haya de hacer todo la divina misericordia: este mar suavísimo de bondad nos dejará incurrir en un eterno naufragio.

 

   Y para ceñir en pocas palabras toda la presente doctrina, digo que los directores han de procurar que los penitentes esperen siempre en la bondad de Dios despues de cometido el pecado, y teman siempre antes de cometerlo. De esta manera echarán de sí el espíritu diabólico de desesperación y de desconfianza que sigue a la culpa, y el espíritu de una necia seguridad que la precede.

 

“DISCERNIMIENTO DE LOS ESPÍRITUS”

Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S. J.

Año. 1853.

 

sábado, 8 de agosto de 2026

EL ROSAL DE JESÚS

 



 

   “LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 4. Abril de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

   — ¿Qué lleva Jesús en el Corazón? — preguntaba Luisito a  su madre, con la mirada fija en una hermosa imagen del Salvador.

   — Sí, hijo mío; ese fuego en el que se abrasa su Corazón ¿Eso es lo que dices?

   — No; esas zarzas entretejidas con largas puntas, que inspiran miedo.

   — La corona de espinas que lleva en el corazón.

   — Sí, madre ¿No se la pusieron en la cabeza? ¿Por qué  la lleva entonces en el corazón?

   — Porque lo llevaba en el corazón incluso antes de que se la pusieran en la cabeza.

   — ¡Pobre Jesús! ¡Espinas en la cabeza y espinas en el corazón!

   — Sí, hijo mío; espinas en la cabeza y espinas en el corazón; las de la cabeza lo atormentaron unas horas, pero las del corazón, les punzaron toda la vida.

   — ¿Incluso de niño?

   — Todavía un niño; más pequeño que tú.

   — ¡Pobre Jesús, cuánto habrá llorado!

   —No, porque Jesús era muy paciente; siempre estaba triste y nunca jugaba.

   — ¿Nunca, nunca? —preguntó Luisito, a quien le parecía imposible que un niño no jugara.

    Viendo la madre la reacción de su hija a tal respuesta dijo:  

   — Nunca, nunca, no, solo a veces, iba sí con otros niños acompañado. Cerca de su casa había un hermoso rosal, que Jesús regaba a menudo con una pequeña jarra que le había regalado su madre. Al pie del rosal, Jesús se sentaba con sus pequeños compañeros, y mientras ellos recogían rosas y las ponían en su regazo, él les quitaba cuidadosamente las espinas y hacía coronas de rosas para los otros niños, guardándose las espinas para sí.

   — ¿Y se las clavo en su corazón?

   — No; con ellas también hizo una corona, que se puso en la cabeza, y lo hizo sonriendo, porque esta corona, como salvaría a muchos hombres, estaba ablandada por el amor.

   Pero frente a este rosal —continuó la madre— había otro con muchas rosas, aparentemente sin espinas; al principio tenían un color muy intenso y engañaban a muchos niños, quienes, al ir a recogerlas, se pinchaban las manos, y las rosas palidecían y se marchitaban, llevadas por el viento como si fueran polvo. Y lo peor era que estos niños enfermaban y morían. Cada vez que un niño se acercaba a este rosal maldito, Jesús se entristecía; y si venían a recoger las rosas, Jesús se llevaba la mano al pecho como si algo le doliera. Era una espina que le atravesaba el corazón.

   — ¿Y quiénes eran esos niños tan locos?  Sorprendido Luisito de que quisieran morir.

   — Estos muchachos locos, hijo mío, son los que van a recoger las flores del mundo. Atraídos por la perspectiva de los placeres mundanos, no se dan cuenta de que en ellas se esconden espinas traicioneras; recogen las flores, que pronto se marchitan, y su pobre alma muere; y las espinas permanecen clavadas en el corazón de Jesús. ¿Quieres, hijo mío, recoger rosas como esas?

   — No, mamá, no; yo quiero rosas del rosal de Jesús.

   — Bueno, escúchame. Entre los muchachos que iban al rosal de Jesús, algunos lo amaban mucho. Un día, uno de ellos, al ver que Jesús les daba a los demás coronas de rosas y se quedaba con la de espinas, le dijo:  

   — Jesús, ¿quieres darme una corona como la tuya? Jesús, sin responder, sonrió y comenzó a hacer una corona de espinas para el niño, que tomó de no sé dónde. El niño, al ver tantas espinas, y tan grandes, se asustó y casi se arrepintió de haberla deseado; pero Jesús lo miró con tanta dulzura, que el niño le permitió ponérsela

   — ¿Y no le pincharon las espinas?

   — Al principio le pareció así, pero pronto sintió tanta dulzura y ternura que se sentía más feliz con su corona de espinas que los demás niños con las suyas de rosas. Y con razón, porque esas espinas se habían convertido en las rosas más hermosas del rosal. Desde entonces, aquel niño siempre pedía una corona de espinas, y Jesús le susurraba al oído: «Tomo estas espinas de mi corazón».

   — Por eso no le pinchaban —dijo Luisito—. ¡Ya habían atravesado el corazón de Jesús!

   — Bien dices, hijo mío. Cuando las espinas hayan atravesado el corazón de Jesús, ¿quién no las encontrará dulces y suaves? ¿Ves, hijo mío? Los pecadores pusieron esta corona sobre el corazón de Jesús; ¿quieres ponerles más espinas?

   — No, madre mía, eso no.

   — ¿Quieres, entonces, rosas del rosal de Jesús?

   — Rosas y espinas.

   — Si aliviares el corazón de Jesús aunque sea de una sola espina, bendito seas mil veces,  mi Luisito, hijo de mi corazón.

 

R. B.