“LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 4. Abril de
1899. Revista mensual ilustrada.
Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios
prelados.
— ¿Qué
lleva Jesús en el Corazón? — preguntaba Luisito a su madre, con la mirada fija en una hermosa
imagen del Salvador.
— Sí, hijo mío; ese fuego en el que se
abrasa su Corazón ¿Eso es lo que dices?
— No; esas zarzas entretejidas con largas
puntas, que inspiran miedo.
— La corona de espinas que lleva en el
corazón.
— Sí, madre ¿No se la pusieron en la cabeza?
¿Por qué la lleva entonces en el corazón?
— Porque lo llevaba en el corazón incluso
antes de que se la pusieran en la cabeza.
— ¡Pobre Jesús! ¡Espinas en la cabeza y
espinas en el corazón!
— Sí, hijo mío; espinas en la cabeza y
espinas en el corazón; las de la cabeza lo atormentaron unas horas, pero las
del corazón, les punzaron toda la vida.
— ¿Incluso de niño?
— Todavía un niño; más pequeño que tú.
— ¡Pobre Jesús, cuánto habrá llorado!
—No, porque Jesús era muy paciente; siempre
estaba triste y nunca jugaba.
— ¿Nunca, nunca? —preguntó Luisito, a quien
le parecía imposible que un niño no jugara.
Viendo la madre la reacción de su hija a
tal respuesta dijo:
— Nunca, nunca, no, solo a veces, iba sí con
otros niños acompañado. Cerca de su casa había un hermoso rosal, que Jesús
regaba a menudo con una pequeña jarra que le había regalado su madre. Al pie
del rosal, Jesús se sentaba con sus pequeños compañeros, y mientras ellos
recogían rosas y las ponían en su regazo, él les quitaba cuidadosamente las
espinas y hacía coronas de rosas para los otros niños, guardándose las espinas
para sí.
— ¿Y se las clavo en su corazón?
— No; con ellas también hizo una corona, que
se puso en la cabeza, y lo hizo sonriendo, porque esta corona, como salvaría a
muchos hombres, estaba ablandada por el amor.
Pero frente a este rosal —continuó la madre—
había otro con muchas rosas, aparentemente sin espinas; al principio tenían un
color muy intenso y engañaban a muchos niños, quienes, al ir a recogerlas, se
pinchaban las manos, y las rosas palidecían y se marchitaban, llevadas por el
viento como si fueran polvo. Y lo peor era que estos niños enfermaban y morían.
Cada vez que un niño se acercaba a este rosal maldito, Jesús se entristecía; y
si venían a recoger las rosas, Jesús se llevaba la mano al pecho como si algo
le doliera. Era una espina que le atravesaba el corazón.
— ¿Y quiénes eran esos niños tan locos? Sorprendido Luisito de que quisieran morir.
— Estos muchachos locos, hijo mío, son los
que van a recoger las flores del mundo. Atraídos por la perspectiva de los
placeres mundanos, no se dan cuenta de que en ellas se esconden espinas
traicioneras; recogen las flores, que pronto se marchitan, y su pobre alma
muere; y las espinas permanecen clavadas en el corazón de Jesús. ¿Quieres, hijo
mío, recoger rosas como esas?
— No, mamá, no; yo quiero rosas del rosal de
Jesús.
— Bueno, escúchame. Entre los muchachos que
iban al rosal de Jesús, algunos lo amaban mucho. Un día, uno de ellos, al ver
que Jesús les daba a los demás coronas de rosas y se quedaba con la de espinas,
le dijo:
— Jesús, ¿quieres darme una corona como la
tuya? Jesús, sin responder, sonrió y comenzó a hacer una corona de espinas para
el niño, que tomó de no sé dónde. El niño, al ver tantas espinas, y tan
grandes, se asustó y casi se arrepintió de haberla deseado; pero Jesús lo miró
con tanta dulzura, que el niño le permitió ponérsela
— ¿Y no le pincharon las espinas?
— Al principio le pareció así, pero pronto
sintió tanta dulzura y ternura que se sentía más feliz con su corona de espinas
que los demás niños con las suyas de rosas. Y con razón, porque esas espinas se
habían convertido en las rosas más hermosas del rosal. Desde entonces, aquel
niño siempre pedía una corona de espinas, y Jesús le susurraba al oído: «Tomo
estas espinas de mi corazón».
— Por eso no le pinchaban —dijo Luisito—.
¡Ya habían atravesado el corazón de Jesús!
— Bien dices, hijo mío. Cuando las espinas
hayan atravesado el corazón de Jesús, ¿quién no las encontrará dulces y suaves?
¿Ves, hijo mío? Los pecadores pusieron esta corona sobre el corazón de Jesús;
¿quieres ponerles más espinas?
— No, madre mía, eso no.
— ¿Quieres, entonces, rosas del rosal de
Jesús?
— Rosas y espinas.
— Si aliviares el corazón de Jesús aunque
sea de una sola espina, bendito seas mil veces, mi Luisito, hijo de mi corazón.
R.
B.