Su apellido: “Cottolengo” no parece aludir ya a la persona que lo llevaba, sino
que se ha hecho sinónimo del lugar donde se acoge a los que todo el mundo
rechaza; y los rechaza por motivos muy injustificados: enfermos incurables,
niños con enfermedades de la mente, sordomudos, tullidos, epilépticos,
cancerosos, viejos con males sin solución, etc.
Las
máximas del mundo y sus placeres, que siempre van a contrapelo de la caridad,
dice que se debe ser muy insensato para cargar con todos esos seres desdichados,
dedicándoles además su vida, cómo lo hizo nuestro santo. ¿Ayudar? El sentido práctico más elemental se oponía a esta idea,
y si encima se le agrega la falta de dinero, era una locura, una catástrofe,
además de inútil.
José Benito Cottolengo nació en Bra, Italia,
cerca de Turín, en 1786. Se
hizo famoso por haber fundado el hospital llamado “La Divina Providencia”, donde en la actualidad se asiste a miles
de enfermos y no se llevan cuentas del dinero.
De pequeño ya empezó a demostrar su futura
vocación, pues un día lo encontraron con un metro, midiendo la sala de su casa
para ver cuántas camas de enfermos cabrían allí.
Los estudios le resultaban difíciles.
Entonces se encomendó a Santo Tomás de Aquino, y este gran sabio le obtuvo de
Dios un gran éxito en sus exámenes, y llegó después a ser doctor en Teología. Por toda su vida fué muy devoto de Santo
Tomás.
Ordenado sacerdote, estaba ejerciendo su
apostolado en Turín, Italia, cuando un día tuvo que asistir a una pobre mujer
que tenía que morir y dejar varios huérfanos, porque ningún hospital la había
querido atender gratuitamente, y ella era muy pobre. De aquí le vino la idea de
fundar una casa para los pobres enfermos que no tuvieran con qué pagar. Para
ello vendió todo lo que tenía, hasta su abrigo, y consiguió unos cinco cuartos
para recibir enfermos.
Cuando estalló en Turín la epidemia del
cólera, lo obligaron a cerrar la casa. Pero más tarde reapareció con nuevos
bríos.
Poco a poco fue construyendo edificio tras
edificio. A uno lo llamó “Casa de la fe”.
A otro: “Casa de la Esperanza”. A un tercero: “Casa de Nuestra Señora”. A otro “Belén”.
Y al conjunto de todo aquello lo llamaba él “Mi Arca de Noé”.
Allí
se recibían toda clase de enfermos incurables. Construyó un edificio para los
retrasados mentales, a los cuales llamaba “mis queridos amigos”. Otro edificio
fue dedicado a los sordomudos y un pabellón para los inválidos. Los huérfanos,
los desamparados, los que eran rechazados en los demás hospitales, eran recibidos
sin ninguna condición en la “Pequeña Casa de la Divina Providencia”. Un
escritor francés exclamó al ver aquello: “Esto
es la Universidad de la caridad cristiana”.
El Padre Cottolengo fundó varias comunidades
de hombres y de mujeres para atender al inmenso número de enfermos. Y les
repetía: “Hagan alegre y agradable el
trato que les dan a los enfermos. Que los que reciben sus favores y atenciones
sientan gozo al ser atendidos y nunca se sientan humillados”.
La especialidad de este santo fue una confianza absoluta y total en la Divina Providencia, o sea en el cuidado amoroso que la bondad de Dios tiene para nosotros. Su frase favorita era aquella de Cristo Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás les llegará por añadidura”. Tenía muy grabada en la memoria aquella famosa promesa de Jesús: “Si tienen fe aunque sea tan pequeñita como un granito de mostaza, le dirán a un monte: quítese de aquí, y láncese al mar, y les obedecerá. No duden de que sí va a suceder lo que piden, y lo obtendrán. Cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido, y lo conseguirán”. (Marcos. 11,23).