La
imagen corresponde a una profecía de Ezequiel: Esto dice el Señor a esos
huesos: «He aquí que yo infundiré en vosotros espíritu, y viviréis». — Cap.
XXXVII.
La
muerte, esa gran catástrofe de la vida, que el débil teme y el valiente provoca,
que el desgraciado llama como un remedio y el justo espera como un tránsito; esa
deidad terrible que cubre su repugnante esqueleto con despojos de púrpura y
sayales, laureles de héroes y cadenas de presidiarios, tiene también su día de
fiesta. Día que, por lo general, amanece nublado, como si la tristeza de la
tierra marchase acorde con la del cielo: el color ceniciento de las nubes, y
sus caprichosas formas, recuerdan en sus flotantes pliegues un sudario, y en
sus matices aplomados el contenido de una tumba.
Los cementerios, lugares en que la muerte
archiva sus trofeos, se alumbran en este día con luces de cera, se adornan con
flores y coronas y se riegan con lágrimas.
Este
es el día de los recuerdos, y de ahí viene su tristeza; porque con razón se ha
dicho que el recuerdo es un corrosivo, y el olvido un bálsamo. Pero, ¡cosa
rara! El recuerdo que pone de continuo ante los ojos las sombras de los que en
vida se amaron, es un corrosivo que el amor se complace en derramar sobre el
corazón; y el olvido, que las disipa, las disuelve y pone empeño en alejarlas,
es un bálsamo que tiene a la ingratitud por madre.
La voz
de las campanas, que en este día no repican alegres, sino que tristes lloran,
no es el mero sonido de un bronce: es la voz del padre, de la madre, del
hermano muerto, que viene a decirle al vivo: ¡Acuérdate! Que viene a decirle que
la tumba está colocada en los confines de dos mundos; que las lágrimas que se
derraman en el uno, resuenan en el otro como un consuelo; que las oraciones que
en éste se pronuncian, sirven en aquél como un remedio. Voz angustiosa del que
sufre y espera; voz triste del que pide a los vivos lo que tanto vale para los
muertos: ¡un sufragio!
Esta
es la gran prerrogativa de la Iglesia católica, que, salvando el terrible escollo
de la muerte, proporciona al amor la dicha de hacer bien por los que quiere,
hasta más allá del sepulcro. ¡Creencia sublime, que si no fuera una verdad profunda,
sería un magnífico consuelo, y que, sin embargo, encuentra quien la rechaza como
absurda y estéril. Aquellos espíritus fuertes que sacuden el yugo de la
religión porque les prohíbe sus vicios; aquellos materialistas que niegan la
eternidad porque la temen, pasen las puertas de un cementerio.
Pero no en ese día en que la multitud
profana la soledad que la muerte escoge por compañía, sino cuando sólo reina
allí el silencio de las tumbas; cuando sólo se oye el asqueroso roer de los
gusanos, el triste susurro de los sauces que inunda el alma de melancolía, y el
misterioso y peculiar de los cipreses, que parecen murmurar una plegaria.
Una
tapia baja le rodea: por encima de ella asoma unas veces un sauce inclinando al
suelo sus ramas, como para llorar en la tierra; otras alza un ciprés las suyas,
como para esperar en el cielo, y de trecho en trecho se levanta una cruz con
los brazos abiertos, como ofreciendo su amparo. ¡Vosotros, los que no creéis,
dejad las ilusiones en esa puerta en que el tiempo y la muerte cruzan sus
guadañas, y que, siempre abierta, parece una boca que jamás se sacia y espera
sin cesar nuevas víctimas!
Pisad aquel polvo, en que cada grano formó
parte de la vida; entre aquella multitud que, como dijo un poeta, está solitaria,
porque allí nada supone el número; allí, donde la vista sólo descubre montones
de huesos y desengaños de tumbas, que árboles y flores tratan de ocultar,
consiguiendo sólo poner de relieve su horror; allí, donde todo se destruye y
parece concluir, sentado sobre una tumba, y sólo con la muerte por testigo, es
donde se siente en toda su pujanza la necesidad de la inmortalidad. Tienda el
materialista la vista en derredor, mírese luego, medite después. — ¿Quién soy
yo? dirá. —Máquina delicada que el más leve accidente descompone; montón de
polvo que el más suave viento esparce; hinchado orgullo hoy, ¡vencida flaqueza
mañana!... ¿De qué me sirve la ciencia, si no descubre el secreto de la vida,
ni me hace esperar nada de la muerte? ¿De qué el talento, si mi cabeza ha de
quedar reducida a una calavera pelada? ¿De qué el dinero, si todo el oro del
mundo no logrará darme un día más de vida? ¿De qué la virtud, si el mismo polvo
cubre aquí al veraz y al embustero, al ladrón y al robado, al asesino y a la
víctima? ¿A qué sujeto mis pasiones, si la tierra no me consuela ni me premia?...
¡Qué vacío primero! ¡Qué desaliento después!
¡Qué desesperación más tarde! ¡Qué horrible furor, por último, que le lleva al
suicidio!
Pero levantad la venda a ese hombre que, al
darse la muerte, sólo piensa volver a los elementos, a los átomos que lo formaron,
y entonces sentirá ese hálito divino, ese soplo de vida que anima su materia
organizada de carne, huesos, músculos y nervios: entonces exclamará con Pascal:
«Soy una frágil caña; pero una caña pensadora.» Dirá con Newton: «El sol es
mayor que yo; pero yo lo mido.» Y añadirá con Augusto Nicolás: «Conozco mi
flaqueza, y el universo ignora su fuerza. Y he aquí que por esto solo soy
superior a esta misma fuerza. Soy, en fin, la flor de los campos abierta a la
mañana y seca a la tarde; pero tengo, como la flor, un perfume que, una vez
marchita ésta, se va al cielo.
Y si el demonio del orgullo le arrastra, como
a Luzbel, demasiado lejos, entonces arrojará la vista en derredor y verá
huesos, tumbas, desengaños, soberbia humillada, poderes que tiranizaron el
mundo y caben ahora bajo una losa de mármol. Entonces sentirá ese terror
saludable que hizo decir al P. Kempis: «Piensa en la muerte y te salvarás.» Y
como las cosas humanas le parecerán perecederas, sabrá gozar sin disipación y
sufrir sin abatimiento, desear sin inquietud y adquirir sin injusticia, poseer
sin orgullo, y — lo que es más difícil a la débil condición humana — ¡perder
sin dolor!
No verá en la muerte un fin que aterra, sino
un tránsito que consuela; no verá la vida que se acaba, sino la eternidad que
empieza; y contemplando sin pavor las tumbas que le rodean, dirá, no con la
fría calma del estoico, sino con la dulce esperanza del cristiano: Requiescant
in pace.—Amén.
PADRE
LUIS COLOMA S. J.
España
– 1871