miércoles, 6 de mayo de 2026

QUÉDATE CONMÍGO

 



 

¡Ay, no te vayas ya más,

mi Dios, pues vivir no puedo,

ni si yo sin ti me quedo,

ni si tú sin mí te vas!

 

Estáte, Señor, conmigo,

siempre sin jamás partirte,

y cuando acordares irte

allá me lleva contigo ;

que el pensar si te me irás

me causa un terrible miedo

de si yo sin tí me quedo,

de si tú sin mí te vas.

 

Llévame en tu compañía,

¡Oh mi dulce y buen Jesús!,

porque bien sé que eres tú

la vida del alma mía;

y si tú no se la das

cierto es que vivir no puedo

ni si yo sin tí me quedo,

ni si tú sin mi te vas.

 

Por, esto más que a la muerte

temo, Señor, tu partida,

y quiero perder la vida

mil veces más que perderte,

pues la inmortal que tú das,

¡Ay!, ¿cómo alcanzarla puedo

cuando yo sin tí me quedo

cuando tú sin mí te vas?

 

DAMIÁN DE VEGAS.

(1926)

martes, 5 de mayo de 2026

¡VENID; Y VAMOS TODOS!..

 



 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Yo tengo grabado en mi corazón un nombre con caracteres indelebles Nombre que sabe a mis labios más dulce que la miel de los panales, y suena más grato a mis oídos que todas las armonías del mundo y del cielo, reunidas en una sola armonía.

 

   Me enseñó a pronunciarlo mi madre, reclinándome sobre su seno entre abrazos y caricias, mientras me contemplaba con el alma en los ojos, de los que se desbordaba a torrentes la ternura, la pureza y el cariño.

 

   Cuando las dos emociones supremas, el dolor y la alegría, embargan mi ser, ese nombre sube espontáneamente de mi corazón a mis labios, porque la música divina de su dulcísimo sonido calma o ahuyenta las penas de mi alma, y es, al par, el único canto de alegría que sabe exhalar mi garganta cuando el gozo inunda mi pecho.

 

   Lo he balbuceado con deliciosa fruición en mi niñez venturosa, cuando la vida me sonreía y mis manos podían levantarse puras al cielo. Lo pronuncié más tarde, buscando consuelo para mi alma desolada, cuando el primer desengaño desgarró sin piedad mi corazón.

 

   Lo he pronunciado después en demanda de amparo, cuando los brillantes y engañosos fantasmas de la tentación me ofrecían sonriendo la copa de los placeres, que oculta traidoramente en su fondo la hez amarga del roedor remordimiento.

 

   Cuánto hay de tierno, dulce, bello y sublime en la creación, me recuerda ese nombre tan querido. Lo dibuja el rayo de la luna que se filtra dulcemente a través de la espesa fronda y tiembla en las espumas del arroyuelo, fingiendo encajes de plata. Lo veo escrito en el fondo luminoso y azul de los cielos, cuando el sol se levanta temblando en el horizonte y su lumbre pura reverbera sobre las crestas del oleaje de los mares. Lo susurran los vientos de la tarde que columpian blandamente las ramas de los abetos y las palmeras, y los cefirillos de la noche que juguetean entre los juncos de la ribera del lago.

 

   La vida entera no basta para sondear el mar inmenso de gracia y dulzura de ese nombre, ante el cual se abaten y humillan las más poderosas inteligencias de los más altos serafines; porque ese nombre querido, que bendicen los hombres y los ángeles, y enamora y cautiva con su incomparable dulzura al mismo Dios, es el nombre de MARÍA, ¡de María Inmaculada! María significa, en siriaco, “dama”,

“señora”, “soberana”, y en hebreo, “estrella del mar” “Stella Maris”, porque María es, en verdad, la Señora y Soberana augusta de los cielos y la tierra, y la Estrella divina cuya luz serena y apacible conduce al perdido navegante al anhelado puerto, y posee la maravillosa virtud de calmar las tempestades del piélago y del alma.

 

   Pero el nombre de María significa mucho más para mi corazón... María

significa para mi corazón “Madre”; porque María es mi madre, mi verdadera y única madre, la madre divina que el Salvador me legó desde la cruz, entre crueles angustias, al decirme en la persona del discípulo amado: “He ahí a tu Madre.”

 

   Por eso el nombre de María es para el cristiano, después del nombre de Jesús, el más dulce, poético y tierno que existe en todas las lenguas.

 

   Por eso brota espontáneamente de los labios, entre lágrimas o entre sonrisas, cuando el dolor o el placer conmueven nuestra alma. Por eso los niños, las criaturas más hermosas de la tierra, cantan en las tardes perfumadas del poético mayo, postrándose en el templo a los pies de la imagen de la Virgen sin mancilla:

 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Porque María es, en realidad, nuestra Madre, que nos ama más y mejor que la que nos llevó en sus entrañas, y derrama a manos llenas sobre nosotros, desde el cielo, los tesoros inagotables de las misericordias del Señor, de las cuales Ella únicamente es la dispensadora.

 

   Rindámosla toda la vida, y particularmente en este mes, a Ella dedicado, el obsequio de nuestra veneración y de nuestro amor entrañable. Vayamos todas las tardes de mayo a postrarnos ante su altar, ofreciéndola, en cambio de las flores de la tierra que la ofrecíamos en nuestra infancia, flores del cielo, esto es, flores de virtudes imperecederas, que no deshojan ni marchitan las brisas de la tierra, y llevemos allá a los niños, esas puras criaturitas que tanto ama la Virgen Inmaculada, para que al ofrecerla hoy las “flores del bajo suelo”, aprendan a ofrecerla durante toda su vida flores de pureza y de inocencia, flores de santidad.

 

   Y si el pecado manchó la pureza de vuestra alma, “... venid, y vamos todos” a pedir a la Virgen Santísima la gracia del arrepentimiento, la gracia de una buena confesión y de una comunión fervorosa, que restituya a nuestra alma la inocencia de la niñez y nos santifique.

 

   No temáis, pobrecillos; acercaos a María sin recelo, con entera confianza: que es nuestra Madre y nos está esperando con los brazos abiertos... “¡Venid, y vamos todos..., que Madre nuestra es ! . . .”

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1925

domingo, 3 de mayo de 2026

“OFRENDA DE FLORES” Un bellísimo cuento, en el mes de María.

 



 

   Yo era un libertino, un hombre de mundo, por decir poco…una mañana, no sé por qué, y a pesar de haberme acostado, como siempre, muy tarde, me desperté al ser de día, pero antes de la salida del sol. Sentía el disgusto indeterminado, la amargura, el cansancio y ese confuso discurso que dejan en el alma y en el cuerpo las noches pasadas en frívolas diversiones rayanas al libertinaje.

 

   No sé por qué inconsciente impulso de mi voluntad, me levanté, me lavé, me vestí y me eché a la calle. No sé si la frescura del vientecillo matinal fué lo que avivó la sensibilidad un tanto aletargada de mis sentidos. Recuerdo que aspiré con gozo el aire, que se entonaron mis nervios, que disminuyó el calenturiento calor de mi piel, que con claridad se produjo el pensamiento, y que hasta en el corazón comprendí se había producido una saludable mudanza.

 

   Hubo de parecerme que las gentes que hallaba al paso eran diligentísimas y animosas, que sus caras manifestaban alegría, y que aquel mundo de la mañana hacía más lívido, más violento, más tétrico el recuerdo de los faranduleros, los cortesanos, los amigotes... y aun las fiestas de la noche.

 

   Entréme, seducido por el bullicio, en un mercado, y víme divertido en medio de la revuelta de colores de verduras, frutas, aves, pescados y otras cosas que allí se ofrecían, y aturdido por la algarabía de la gente que por allí pululaba. —Estas gentes—me dije—son felices; por lo menos no son tan desgraciadas como yo... Ríen espontáneamente, hablan con voz recia... y hasta en sus polémicas y riñas se ve algo, diferente... es júbilo.

 

   Lo que sí recuerdo claramente es que en la calle de Toledo hálleme a una señora de cabellos blancos, rostro delgado y pálido, vestida de negro, cubierta con un manto y que llevaba en la mano libritos religiosos y un rosario liando aquéllos; por entre sus dedos salía la crucecilla colgante. —Así iba mi madre a Misa—me dije.

 

   Tal vez por este recuerdo seguí a la señora y entré cuando ella entró en San Isidro, y tras ella en la capilla de una Virgen, que luego me dijeron ser del Buen Consejo.  

 

   Y estos pensamiento acudieron a mi mente: ¿Quién fué el sabio que dijo que el más activo y fuerte trabajo es el trabajo mental, y el más grande trabajo mental es la oración? No lo recuerdo; pero sí recuerdo haberlo leído. Parece que cuantos aquí están piensan en Dios, hablan con Él... ¡Hablar con Dios!

 

   Cuando nos hablamos a nosotros mismos ¿no tenemos siempre conciencia de que hay alguien que oye... mejor dicho, que ve nuestro pensamiento? Sí... al menos el hombre que en esto no se haya fijado... será porque no ha tenido jamás conciencia perfecta de sí mismo.

 

   ¿Cuántas veces mi madre pediría por mí?... ¿Puedo yo reírme de los que rezan? ¡Meditación! ¡Elocuencia silenciosa e íntima... el más noble estado del alma!

 

  —¡Caballero... un ramo de flores! —dijo cerca de mí una vocecita aguda y lamentosa. Aparté de mi lado a la mozuela, que desde el último, escalón de las gradas del templo hasta la calle de los me perseguía con insistencia.

   —Caballero... mire usted qué hermosas.

   —Vaya, déjame, chiquita... ¿Voy a llevar yo ahora rositas y claveles en la mano?

   —Cómpreme usted este ramilletito.

   —Vamos, no molestes...

   —Señor... que tengo a mi padre ya desde hace tres semanas sin trabajo y a mi madre enferma... ¡por la Virgen santísima, cómpreme usted este ramo!

   —¡Cuántos he comprado a las floristas de los teatros sólo por bromear con ellas un instante!...  ¿Qué sentí al ver a aquella chicuela morenucha, pobremente vestida, delgada, de ojos suplicantes y rostro angustiado, y al oír su petición y el nombre de la Virgen? No lo sé... ¿Qué sentí? ¡Un latido fuerte en el pecho, una violenta sacudida del corazón! Saqué algunas monedas y las puse en manos de la niña, pero rechazando al propio tiempo el ramito.

   — Quédate con él—dije.

   —¡Ay, señorito. Dios se lo pague... pero llévese el ramo... llévese más, porque me ha pagado usted casi todos los que me quedaban... ¿Quiere que se los lleve a casa? ¿No? pues mire... se los pondré a Nuestra Señora del Buen Consejo en nombre del señorito.

 

   Me estremecí al oír esto. Sin duda la muchacha, al verme salir de la iglesia, juzgó que sería yo un devoto y atendía a realizar lo que, a juicio suyo, había de ser de mi mayor agrado. Flores a la Virgen... ¿yo? Vaya, aseguro a ustedes que entonces, pero así, de un golpe, vinieron a mi memoria recuerdos de otros días... ya lejanos. ¡Mi madre... mi difunta madre, mi hermana, que había también muerto muy joven... ¡pobre Filomena!... reunidas adornando con flores el altar de la Virgen…

 

   Y apresuradamente respondí, dando dos duros a la chiquita…

   —¡Toma, tráeme un par de ramos grandes... y vamos a llevárselos a la Virgen del Buen Consejo! Poco después los ramos estaban en el altar, y yo, arrodillado por hacerme poco visible y cubriéndome el rostro para ocultar el llanto... quédeme en la capilla.

 

   ¿Por qué sin más discursos, ni polémicas, ni dudas, ni luchas, ni escrúpulos, ni temores... empecé a orar? ¿Viendo la claridad... toda la claridad que revela los horrores de la vida... y la inmensa grandeza de la eternidad?

 

   ¡Oh... porque la conversión es siempre un milagro... siempre... siempre!

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1904.

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

SAN BENITO COTTOLENGO (29 de abril)

 



 

   Su apellido: “Cottolengo” no parece aludir ya a la persona que lo llevaba, sino que se ha hecho sinónimo del lugar donde se acoge a los que todo el mundo rechaza; y los rechaza por motivos muy injustificados: enfermos incurables, niños con enfermedades de la mente, sordomudos, tullidos, epilépticos, cancerosos, viejos con males sin solución, etc.

 

   Las máximas del mundo y sus placeres, que siempre van a contrapelo de la caridad, dice que se debe ser muy insensato para cargar con todos esos seres desdichados, dedicándoles además su vida, cómo lo hizo nuestro santo. ¿Ayudar? El sentido práctico más elemental se oponía a esta idea, y si encima se le agrega la falta de dinero, era una locura, una catástrofe, además de inútil.

 

   José Benito Cottolengo nació en Bra, Italia, cerca de Turín, en 1786. Se hizo famoso por haber fundado el hospital llamado “La Divina Providencia”, donde en la actualidad se asiste a miles de enfermos y no se llevan cuentas del dinero.

 

   De pequeño ya empezó a demostrar su futura vocación, pues un día lo encontraron con un metro, midiendo la sala de su casa para ver cuántas camas de enfermos cabrían allí.

 

   Los estudios le resultaban difíciles. Entonces se encomendó a Santo Tomás de Aquino, y este gran sabio le obtuvo de Dios un gran éxito en sus exámenes, y llegó después a ser doctor en Teología. Por toda su vida fué muy devoto de Santo Tomás.

 

   Ordenado sacerdote, estaba ejerciendo su apostolado en Turín, Italia, cuando un día tuvo que asistir a una pobre mujer que tenía que morir y dejar varios huérfanos, porque ningún hospital la había querido atender gratuitamente, y ella era muy pobre. De aquí le vino la idea de fundar una casa para los pobres enfermos que no tuvieran con qué pagar. Para ello vendió todo lo que tenía, hasta su abrigo, y consiguió unos cinco cuartos para recibir enfermos.

 

   Cuando estalló en Turín la epidemia del cólera, lo obligaron a cerrar la casa. Pero más tarde reapareció con nuevos bríos.

 

   Poco a poco fue construyendo edificio tras edificio. A uno lo llamó “Casa de la fe”. A otro: “Casa de la Esperanza”. A un tercero: “Casa de Nuestra Señora”. A otro “Belén”. Y al conjunto de todo aquello lo llamaba él “Mi Arca de Noé”.

 

   Allí se recibían toda clase de enfermos incurables. Construyó un edificio para los retrasados mentales, a los cuales llamaba “mis queridos amigos”. Otro edificio fue dedicado a los sordomudos y un pabellón para los inválidos. Los huérfanos, los desamparados, los que eran rechazados en los demás hospitales, eran recibidos sin ninguna condición en la “Pequeña Casa de la Divina Providencia”. Un escritor francés exclamó al ver aquello: “Esto es la Universidad de la caridad cristiana”.

 

   El Padre Cottolengo fundó varias comunidades de hombres y de mujeres para atender al inmenso número de enfermos. Y les repetía: “Hagan alegre y agradable el trato que les dan a los enfermos. Que los que reciben sus favores y atenciones sientan gozo al ser atendidos y nunca se sientan humillados”.

 

   La especialidad de este santo fue una confianza absoluta y total en la Divina Providencia, o sea en el cuidado amoroso que la bondad de Dios tiene para nosotros. Su frase favorita era aquella de Cristo Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás les llegará por añadidura”. Tenía muy grabada en la memoria aquella famosa promesa de Jesús: “Si tienen fe aunque sea tan pequeñita como un granito de mostaza, le dirán a un monte: quítese de aquí, y láncese al mar, y les obedecerá. No duden de que sí va a suceder lo que piden, y lo obtendrán. Cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido, y lo conseguirán”. (Marcos. 11,23).

domingo, 26 de abril de 2026

“EL MEJOR LIBRO” – Revista. La Lectura Dominical. Año 1900

 



 

   Existió hace algunos siglos en cierta región de España un conde ilustre, noble y piadoso, señor de algunas villas y lugares que el monarca le había dado en feudo por las heroicas hazañas llevadas a cabo por el conde en la guerra contra los infieles. La condesa, su esposa, había muerto a los pocos años de verificarse el matrimonio, dejando dos hijos de corta edad, Rodrigo y Elzeario, a los que el conde educó esmeradamente, dando asi feliz remate a la obra comenzada con tanto acierto por la condesa, virtuosísima dama que procuró y consiguió arraigar fuertemente en el alma de sus tiernos hijos el temor y el amor de Dios; principio, el primero, de la sabiduría verdadera, y causa y base el segundo de la verdadera felicidad en esta y en la otra vida.

 

   Eran Rodrigo y Elzeario buenos los dos en el fondo, pero de Índole y carácter diversos. Rodrigo era vehemente, investigador, locuaz, curioso, muy dado al estudio de las ciencias, y afanoso siempre de averiguar y saber el porqué de todo y las razones últimas de todas las cosa; Elzeario templado, afable, poco solícito en la investigación de las cuestiones y en la solución de los problemas y dudas que tanto preocupaban a su hermano, y bondadoso y caritativo con todos, y muy particularmente con los menesterosos y los desdichados. Rodrigo era hombre más teórico que práctico, y Elzeario más práctico que teórico. Rodrigo pesaba mucho el pro y el contra de todas las cosas, vacilaba, tardaba en resolverse, y después de mucho meditar, no solía resolver al fin lo más acertado: su hermano, por el contrario, se decidía pronto, sin decir por esto que procediese con ligereza, y casi siempre resolvía con más acierto que Rodrigo. Este seguía en todo más bien el orden del entendimiento, y Elzeario el del corazón; en las determinaciones del primero influía principalmente el cálculo, en las del segundo el sentimiento.

 

   Efecto, sin duda, de su natural bondadoso, de la cristiana educación recibida y hasta del espíritu piadoso de aquella época, es lo cierto que Rodrigo y Elzeario, a la muerte del conde, resolvieron firmemente aplicar sus esfuerzos todos a la consecución del fin último para el que hemos sido criados; pero aunque dirigiéndose los dos al mismo término, eligieron caminos o procedimientos diversos y en conformidad con su carácter, gustos e inclinaciones.

 

   Elzeario renunció en favor de los pobres la parte de los bienes que le correspondían de su herencia, y, separándose de su hermano, fuese a habitar a un lugar desierto y retirado del bullicio del mundo, teniendo allí por morada una cueva, por lecho el duro suelo, por vestido un pobre y áspero sayal, y pan, legumbres y agua por toda comida y bebida. Dedicóse a la oración y contemplación de los misterios de nuestra Religión sacrosanta, al trabajo corporal y a la práctica de todas las virtudes, especialmente las de la humildad y caridad, ejerciendo con los ignorantes, enfermos, pobres y desvalidos todas las obras de misericordia, con tan ardiente celo y tan verdadera y profunda humildad, que bien pronto la fama de sus virtudes se extendió por toda aquella comarca, de cuyos puntos más extremos acudían a la cueva de Elzeario cuantos necesitaban consejo y socorro material o espiritual, en la seguridad de que el hermano Elzeario, como todos dieron en llamarle, había de dar pronto, fácil y eficaz remedio a todas sus necesidades.

viernes, 24 de abril de 2026

UNA BUENA OBRA - Anécdota por H Lafontaine, arreglada del francés.

 



 

I

   En una noche nebulosa y fría del mes de Diciembre de 1841, un hombre de alta estatura, encorvado por los años y apoyado en un bastón, atravesaba penosamente la calle Mazarine (París). La ropa que vestía aquel infeliz era insuficiente para librarle de las glaciales caricias del viento, que soplaba con verdadera furia; un sombrero de anchas alas, caídas sobre el rostro, no permitía ver más que una poblada barba blanca y unas largas melenas, blancas también.

   El viejo llevaba debajo del brazo izquierdo un violín envuelto en un gran pañuelo de cuadros.

   Atravesó el puente y la plaza de Carroussel, dejó atrás el Palacio real, y por fin se detuvo en la calle Fontaines.

   Viendo alumbradas varias ventanas, desenvolvió su violín, y principió a tocar una melodía; pero tan discordante y lastimosamente, que dos o tres pillos que se habían detenido a escucharle, echaron a correr, burlándose de él.

   El pobre hombre, desilusionado, se sentó tristemente sobre la acera, y dejando el instrumento sobre sus rodillas, murmuró:

   —No quiero tocar ya más. ¡Ay, Dios mío, tened piedad de mí!

   Y un suspiro se escapó de su pecho, al mismo tiempo que las lágrimas humedecían su rostro.

   En aquel instante tres jóvenes aparecieron a la entrada de la estrecha calle; al principio, por efecto de la niebla, no vieron al tocador de violín, tanto, que uno de ellos le dio con el pie, otro le dejó caer el sombrero, el tercero se detuvo asombrado, viendo levantarse, y salir de entre las sombras a aquel viejo alto, de aspecto altivo a la par que humilde.

   —Perdón, caballero; ¿le hemos hecho daño?

   —No, señor; respondió el violinista, bajándose trabajosamente para recoger su sombrero; pero uno de los jóvenes se apresuró a recogerle y se le alargó, en tanto que otro de ellos, viendo el violín, le preguntó:

  —¿Es Ud., músico?

   —Lo fui en otro tiempo—murmuró el anciano; y dos gruesas lágrimas rodaron por las profundas arrugas que surcaban sus mejillas.

   —¿Qué le pasa a Ud.? ¿Sufre Ud.? ¿Podemos serle útiles en algo?

   El viejo miró a los tres jóvenes; después, tendiendo su sombrero, les dijo:

   —Denme Uds., una limosna; no puedo; ya ganarme la vida tocando el violín; tengo entumecidos los dedos; mi hija se está muriendo del pecho y de miseria.

   Había tanto dolor en el acento del viejo mendigo, que los tres jóvenes se sintieron conmovidos, y llevando las manos a los bolsillos sacaron cuanto tenían; pero ¡ay! entre los tres sólo reunieron poco más de unos seis reales. ¡Era tan poco para tan gran infortunio!

   Los tres se miraron lastimosamente.

   —Amigos, exclamó el que primero había dirigido la palabra al viejo: ¡Animo! se trata de un colega. Adolfo, toma el violín y acompaña a Gustavo, yo me encargo de recoger la colecta.

   Dicho y hecho: subieron los cuellos de sus paletos, se echaron los cabellos sobre el rostro y los sombreros sobre los ojos.

   —Ahora, mucha animación y a poner los cinco sentidos; tú Adolfo, tu pieza de concurso para atraer a la gente.

II

jueves, 23 de abril de 2026

Interesante reflexión el sobre control de las masas, del filósofo judío-alemán Günther Anders. 1956.


 

   “Para reprimir de antemano cualquier revuelta, es importante no recurrir a la violencia. Los métodos arcaicos como los de Hitler han quedado claramente desfasados. Bastará con crear un condicionamiento colectivo tan poderoso que ni siquiera la idea de rebelarse surgirá de la mente de los hombres.

 

Lo ideal sería formatear a los individuos desde su nacimiento limitando sus capacidades biológicas innatas. Luego se continuaría el condicionamiento reduciendo drásticamente el nivel de calidad de la educación para convertirla en una forma de inserción laboral.

 

   Un individuo inculto sólo tiene un horizonte de pensamiento limitado y cuanto más su pensamiento está circunscrito a preocupaciones materiales y mediocres, menos puede rebelarse. Hay que conseguir que el acceso al conocimiento sea cada vez más difícil y elitista… que se ensanche la brecha entre el pueblo y la ciencia, que la información destinada al gran público quede anestesiada de cualquier contenido subversivo. Sobre todo nada de filosofía.

 

   También en este caso debemos recurrir a la persuasión y no a la violencia directa: difundiremos masivamente, a través de la televisión, entretenimientos que adormecen la mente, halagando siempre lo emocional, lo instintivo. Ocuparemos las mentes con lo que es fútil y lúdico. Es bueno charlas y músicas incesantes para evitar que la mente  reflexione.

 

   Pondremos la sexualidad en el primer plano de los intereses humanos. Como anestesia social, no hay nada mejor. En general, se hará de tal manera que se destierre la seriedad de la existencia, se ridiculice todo lo que tenga un alto valor, se mantenga una constante apología de la ligereza; para que la euforia de la publicidad, del consumo, se convierta en la norma de la felicidad humana y en el modelo de la libertad.

 

   El condicionamiento producirá así  por sí solo  una tal integración que el único miedo (que habrá que mantener) será el de ser excluidos del sistema y no poder acceder así a las condiciones materiales necesarias para la consecución de la felicidad.

 

   El hombre de masa, así producido, debe ser tratado como lo que es: un producto, un ternero, y debe ser controlado, como debe ser controlado un rebaño. Todo lo que permita adormecer su lucidez, su espíritu crítico, es socialmente bueno; todo lo que pueda despertarlo debe ser combatido, ridiculizado, sofocado…

 

   Cualquier doctrina que cuestione el sistema debe ser calificada antes que nada de subversiva y terrorista, y quienes la apoyen deben ser tratados como tales. Sin embargo, se observa que es muy fácil corromper a un individuo subversivo: basta con ofrecerle dinero y poder”

 

Günther Anders «L’obsolescence de l’homme» 1956.

SAN JORGE, mártir, 23 de abril — Por el Apostolado de la Prensa año 1897.

 



   San Jorge nació en Capadocia, e ingresando en las legiones imperiales, confirióle el emperador Diocleciano honores y distinciones, le hizo su maestre de campo y oficial principal de su Consejo.

 

   Sabedor de que el emperador se proponía perseguir a los cristianos, vendió su cuantioso patrimonio y distribuyó su importe entre los desgraciados y menesterosos, preparándose al martirio.

 

   Decretó Diocleciano, cruel persecución, y con arrogante resolución se fué Jorge a la sala del Consejo y reprobó con energía la cruel orden del emperador.

 

   Enfurecido Diocleciano, ordenó que le cargasen de cadenas, y mandó que le atasen a una rueda llena de cuchillos y puntas aceradas, la que, girando, le hacía sangrientas heridas en su cuerpo; pero no perdió la vida, como creían sus verdugos, quienes, atribuyendo este milagro a la magia, trataron de que abjurase de sus creencias por medio de halagos.

 

   Pidió Jorge que le condujesen al templo, y, ya en él, preguntó a la ridícula estatua que representaba al dios Apolo:

   — «Dime, ¿eres Dios?»

   Respondiendo la estatua con voz terrible, al propio tiempo que se sintió un gran estremecimiento en el templo pagano:

   — «No soy Dios.»

   Y la estatua vínose al suelo.

 

   Tantas fueron las lágrimas del pueblo y la gritería de los sacerdotes paganos, que el emperador, temeroso de una rebelión, mandó al instante que cortasen la cabeza a San Jorge, en cuyo martirio, que se ejecutó en 23 de Abril del año 290, expiro este santo, a quien los griegos llaman por excelencia el gran mártir.

 

   San Jorge fué en la antigüedad la personificación del valor y de la guerra a los infieles. De aquí la colocación de su imagen en las banderas de los ejércitos, de aquí el grito de guerra invocando el santo guerrero, de aquí las numerosas estatuas con que se veneraba su memoria y se pedían sus militares auxilios.

 

   Las fiestas de San Jorge que se celebran en Alcoy, tienen origen remotísimo. Comenzaron hacia el año 1276 en conmemoración de haberse librado Alcoy del apretado cerco que le pusieron los moros, gracias a la intervención de San Jorge, que, según las crónicas, peleó con los alcoyanos en la torre de la Luna, apareciendo montado en brioso caballo blanco.

miércoles, 22 de abril de 2026

LAS CINCO IDOLATRÍAS MODERNAS – Por el Padre Leonardo Castellani.

 



Fue entonces cuando sonó en el cielo la trompeta de la ira divina, que nadie dejó de oír; y el Hombre Moderno, que había caído en cinco idolatrías y cinco desobediencias, ahora está siendo probado y purificado por cinco castigos y cinco penitencias:

 

   IDOLATRÍA DE LA CIENCIA: Con la que pretendía hacer otra Torre de Babel que llegara hasta el cielo; y la ciencia está en este momento ocupada construyendo aviones, bombas y cañones para destruir casas, ciudades y fábricas.

 

   IDOLATRÍA DE LA LIBERTAD: Con la que quiso hacer de cada hombre un pequeño y caprichoso tirano; Y he aquí el momento en que el mundo está lleno de despotismo, y el propio pueblo pide manos de hierro para salir de la confusión que ha creado ésta loca libertad.

 

   IDOLATRÍA DEL PROGRESO: Con la cual creían que en poco tiempo crearían otro Paraíso Terrenal; y he aquí que el Progreso es el Becerro de Oro que hunde a los hombres en la miseria, la esclavitud, el odio, la mentira y la muerte.

 

   IDOLATRÍA DE LA CARNE: Con la cual se pide el cielo y las delicias del Edén; y la carne del hombre, desnudada, exhibida, mimada y adorada, va siendo desgarrada, rasgada y amontonada como estiércol en los campos de batalla.

 

   IDOLATRÍA DEL PLACER: Con la que quieren hacer del mundo un Carnaval perpetuo y convertir a los hombres en niños inquietos e irresponsables; y el placer creó un mundo de enfermedades, dolores y torturas, que hacen desesperar a todas las escuelas de medicina.

 

Padre Leonardo Castellani en «Cristo ¿vuelve o no vuelve?» Año 1951


martes, 21 de abril de 2026

LA CUEVA DEL DIABLO


 

   Hace bastantes  años, que encontrándome en el establecimiento de baños de Fitero, fui una tarde invitado por cuatro bañistas jóvenes y de buen humor, a una excursión a caballo por los alrededores: acepté, y una hora después cabalgábamos los cinco alegremente por el fertilísimo valle que el rio Alhama riega  y fecunda.

 

   Detuvímonos en el valle sin saber qué dirección tomar, cuando uno de mis compañeros propuso una ascensión a lo más alto de las rocas, cortadas a pico, que se alzan en frente del establecimiento, y a cuyos pies corre el rio. Arriesgada y casi imposible parecía la empresa yendo a caballo, pero el autor de ella observó que en los sitios difíciles y peligrosos podíamos echar pie a tierra y llevar de las riendas las cabalgaduras, y dejar éstas luego atadas a los árboles, cuando fuese imposible continuar con ellas, trepando nosotros a pie a lo alto de las rocas, en las que se veían las ruinas de cierto castillo árabe, célebre en los gloriosos fastos de la Reconquista.

 

   Aún no habríamos caminado media legua subiendo por aquellos vericuetos, cuando un pastor que andaba por las laderas de la montaña apacentando su ganado, comenzó a gritar desaforadamente dirigiéndose a nosotros y haciéndonos señas, al par, con la mano, como indicándonos que nos detuviéramos: hicímoslo así sorprendidos, y como no se entendiese bien desde el sitio en que nos hallábamos lo que decía, piqué espuelas a mi caballo, y en dos minutos llegué al lado del pastor.

 

   — ¿Qué dice Ud., buen hombre? — exclamé en cuanto estuve cerca de él.

   — Señorito, Ud., perdone — contestóme quitándose respetuosamente el sombrero, — pero como comprendo que Uds., no son naturales del país, les aviso, que aunque echen algún tiempo más, si, como me figuro, se dirigen a las ruinas del castillo de los moros, den Uds., un rodeo por aquella loma de allí enfrente, y luego vuelvan por el mismo sitio.

   — ¡Qué! ¿Es peligroso el camino que llevábamos?

   — ¡Que si es peligroso! ¿No lo dije, que Uds., no son de estos terrenos? ¿Pues Ud., no sabe que siguiendo por donde iban, no tardarían ni una hora en encontrarse en la mismísima boca de la cueva del diablo?

   — ¡La cueva del diablo! ¿Y qué cueva es esa?—repliqué extrañando el toro de supersticioso temor con que el buen hombre había pronunciado sus últimas palabras.

   — ¡Anda, anda! ¡Qué cueva es esa! ¡Pues la del diablo! ¡Me parece que con eso está dicho todo!

   — Pero... ¿vive el diablo en esa cueva? — pregunté, sin poder reprimir una sonrisa burlona.

   — Si no vive... ¡ha vivido! ¡Lo que es eso es tan cierto como que ahora alumbra el sol! — Contestó el pastor con el acento propio de la convicción más profunda. — ¡Y de ahí que ningún habitante de Fitero, ni ningún pastor de estas montañas, ni nadie de estos alrededores se acerque en media legua a esa cueva, aunque sea el hombre más valiente del mundo! ¿No ve Ud., que por aquí no hay quien no conozca esa historia?