El
cristiano está en el mundo, pero no es del mundo; el mundo es milicia. Y la Iglesia
en este mundo, es militante. «No he venido a traer paz sino espada». Es la
lucha de la Gracia contra la naturaleza caída por el pecado y contra las
Puertas del infierno que, en lo individual y en lo social, intentan arrebatar a
Cristo su cetro. Por esto, el cristiano, además del Bautismo que lo hace hijo
de Dios, cuenta con la Confirmación que lo hace soldado de Cristo. Para luchar,
si fuera necesario, hasta la total inmolación del martirio, máxima gloria a que
podemos —y debemos—aspirar, y para la cual siempre hemos de estar dispuestos: «Os
envío como ovejas en medio de lobos... os entregarán a los sanedrines y en sus
sinagogas os azotarán...»; «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán...
esto os he dicho para que no os escandalicéis...».
Paradoja
esta la del martirio. Signo de contradicción como Aquel a quien por él se
confiesa. Lejos de acabar con la Iglesia, la fortalece y vitaliza. Sangre de mártires,
semilla de cristianos. Y de la persecución, constante histórica en la vida de
la Iglesia —porque la predicción hecha a los Apóstoles es válida para todas las
épocas— resurge Aquélla con nuevo temple y vigorizado espíritu. Paradoja
también que los períodos de práctica fácil y cómoda produzcan con frecuencia, en
lo humano, cristianos externamente apreciables, y pusilánimes, puesto que de la
interioridad de tantas almas escogidas sería temeridad afirmarlo, en las almas
vigorizadas por la Sangre de Cristo, no existe clima de tibieza poco conforme
con la total entrega que ser cristiano supone.
Téngase
cuidado sin embargo en el superficial señuelo de sobrevalorar una situación de
segura libertad para la Iglesia, estimando, en cambio, deseable un estado de
persecución en el que, si hoy mártires hay, también verdugos, en el que si el
Cristianismo se templa y acrisola es a trueque de males inconmensurables: «Es
necesario que haya escándalo, pero, ay de aquel por quien los provoque». Ni se
crea que la persecución y el hecho del martirio sean exigencia intrínseca o
consustancial del Cristianismo, sino sólo necesidad extrínseca dimanante de la
malicia humana, fácil tornavoz del «Non serviam» primitivo: «Si fuereis del
mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os
escogí del mundo, el mundo os aborrece». Tampoco que la persecución y el martirio
sean directamente queridos por Dios para ser así glorificado en el testimonio
de los mártires: Si de la persecución brotan, sazonadas y esplendentes, la
suprema gloria del martirio y la reafirmación de la Fe, es sólo como efecto
reflejo por obra de la Sabiduría infinita de Dios que, conjugando en su
Providencia los actos libres humanos, buenos y malos, conduce inexorablemente
la Historia a su último fin: la glorificación del Criador por la criatura en la
medida que ésta, en su limitación, es capaz.
Por
esto, quizá, más que hacer mártires, hoy se pretende hacer apóstatas; o al
menos, donde por existir una sólida tradición de Fe ello sería prematuro, se
intenta paliar la radical oposición entre ser cristiano y ser del mundo,
confundiendo las mentes y extraviando los ánimos con connivencias y transacciones
que paulatina e insensiblemente agosten en el cristiano su espíritu de servicio
y sujeción absolutos a Cristo, indefectiblemente unido a su Institución, la
Iglesia «jerárquica».
Mas,
tampoco debe el cristiano vacilar en su fe ni desconfiar ante el martirio
incruento que supone esta, por otra parte no del todo nueva, táctica: «Estaré
con vosotros hasta la consumación de los siglos». Y las puertas del infierno no
prevalecerán... Porque Cristo no edificó sobre arena, sino sobre la roca
inconmovible de Pedro.
R.
CRISTIANDAD – AÑO 1959.