Tal fué
el grito de guerra de nuestros heroicos padres; el santo y seña de sus ejércitos
invencibles; el lema que llevaban, no sólo en los labios, y escrito con letras
de oro en sus banderas y estandartes, sino lo que vale más, grabado con
indelebles caracteres en sus corazones.
El Apóstol
nos había traído la fe de Jesucristo pocos años después de la muerte del Redentor
de los hombres. El fué el que oyó, de labios de Nuestra Señora, venida en carne
mortal, y milagrosamente, a Zaragoza, la consoladora promesa, base de todas
nuestras esperanzas patrióticas, de que la fe y el amor a Jesucristo no faltarían
nunca de la tierra española. Nuestra nación no ha olvidado, ni olvidará jamás,
aquella promesa; ni ha olvidado, ni olvidará jamás, al Apóstol por quien supo
que el Hijo de Dios se había hecho carne, y sufrido pasión y muerte por los
hombres; el Apóstol, que había recibido de labios de la Virgen sin mancilla la
más sublime promesa que se ha hecho a ningún pueblo moderno.
Santiago ha sido el intermediario de la
alianza entre la Virgen María y la nación española, y expresión de esa alianza
es la ley de Jesucristo, que por mandato del mismo Redentor predicó en nuestra
patria. España se llamaría la tierra de Santiago, si no se llamase, y con justo
título, la tierra de María Santísima.
Guardamos
hace muchos siglos el sepulcro del que fué nuestro Padre en la fe, el verdadero
fundador de nuestra nacionalidad, porque fué el que escribió la constitución
interna de nuestra patria, que es el mismo Evangelio; guardamos en ese sepulcro sus sagradas
reliquias, pero guardamos algo que vale más que sus restos, con ser éstos tan venerables...
Guardamos la ley que nos dio, el Evangelio que nos predicó, el eterno espíritu que
infiltró en el cuerpo de nuestra nación...
Por
eso, cuando la barbarie mahometana intentó descuajar el cristianismo en España;
cuando quiso destruir la obra que había empezado Santiago, todas las almas
españolas recordaron al Apóstol, todas las miradas se volvieron a su sepulcro,
todos los corazones se elevaron a Él, pidiéndole que intercediese con Dios para
que la obra suya no fuese arrasada... Como los israelitas, perseguidos por Antíoco,
invocaban a Moisés, los españoles perseguidos por los descendientes de Ismael,
invocaban a Santiago. ¡Santiago, Santiago!: tal fué el grito unánime detesta noble
nación, que se levantó como un solo hombre para defender su fe y su libertad.
Santiago
infunde en nuestros guerreros el valor heroico que se necesita para pelear en la
proporción de uno contra ciento. Si la suerte de las armas es adversa; si
nuestros escuadrones cejan ante la feroz morisma; si las murallas de las
ciudades caen, como castillos de naipes, ante el ariete del enemigo; si el
implacable infiel siega con su corvo alfange las cabezas de nuestra juventud...
¡No importa! ¡Si hoy hemos perdido, mañana ganaremos! ¡Santiago, y cierra
España!... ¡Adelante, adelante!
Y
gritando asi, recorre España el camino desde Covadonga hasta Granada, y no
satisfecha, conquista luego gran parte de África, gran parte de Asia y Oceanía,
lo mejor de Europa, y toda la América. Y siempre peleando por su Dios y por su
patria, siempre luchando contra infieles y herejes, invocando siempre a Santiago,
es constantemente vencedora, y no hay en el mundo poder que le resista, ni
enemigos que no tiemblen ante ella, ni rivales que no se le humillen y dejen de
prosternarse ante sus plantas.
Nuestros
reveses empezaron precisamente cuando nuestras empresas empezaron a ser más
políticas que religiosas. Pero no miremos al infausto pasado ni al vergonzoso presente;
consolémonos con la expectativa fortificante de un porvenir compensador... España
volverá a ser grande: porque volverá a ser el pueblo escogido de la Nueva Alianza,
el pueblo de Santiago.
APOSTOLADO
DE LA PRENSA.
Año
1894.