martes, 24 de marzo de 2026

SAN SIMÓN, VIRGEN, INOCENTE Y MÁRTIR – 24 de marzo.

 

   




   —Surio, en el segundo tomo, en el día 24 de marzo, trae la vida de este gloriosísimo niño, sin quitar ni añadir una palabra de como la escribió su autor Juan Matías Tiberino, y de la misma forma irá aquí fielmente copiada, con el preámbulo que hace su autor, que es en esta forma:

 

   Una maravilla estupenda (y tal que desde la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo hasta estos tiempos no han oído las edades otra semejante) quiero referiros y escribir, la cual ha sucedido en esta ciudad de Trento pocos días ha, habiendo permitido su divina Majestad que se descubra y se sepa para que nuestra fe católica, si en alguna parte flaquea, se fortifique y haga firme como una roca, y la antigua raza de los perversos judíos se borre y acabe del todo sin que más se permita vivir en pueblo alguno cristiano, y su memoria totalmente se aniquile en el orbe.

 

   Oíd, los que gobernáis los pueblos, una maldad nunca oída, y velad con cuidado como fieles pastores del rebaño de Cristo. Despierten los vuestros que habitan la tierra, abran los ojos y vean qué fieras crían en sus senos. Los crueles judíos, no sólo con sus rabiosas e insaciables usuras consumen y hacen morir de hambre los pueblos cristianos, sino es que también, conjurados en daño nuestro contra nuestras vidas, se alimentan de la sangre viva de nuestros hijos y tiernos infantes, condenándoles a tormentos atrocísimos en sus sinagogas, quitándoles las inocentes vidas como a Cristo.

 

   Pocos días ha que en Trento, ciudad que por la parte aquilonar, mediando el río Labicio, divide la Italia de la Germania, habitaban en un barrio que está a la izquierda mano del castillo de dicha ciudad, tres familias de judíos, cuyas cabezas eran Tobías, Angelo y Samuel, en cuya compañía vivía un infernal y bárbaro viejo, llamado Moisés, el cual decían ellos que sabía el tiempo y la hora en que había de venir el Mesías, que desesperados y rabiosos, cuanto ciegos, esperan. Éstos, pues, la semana santa del año de 1475, el día martes 21 de marzo, se juntaron en casa de Samuel, donde tenían su sinagoga, para matar un ternero vivo que le habían traído aquella mañana, y habiendo hablado de varias cosas, Angelo de su rabioso y dañado pecho sacó tales palabras: «En esta Parasceve o Pascua tenemos carnes y peces en grande abundancia; sólo una cosa nos falta.» Respondió Samuel: «Pues ¿qué te falta?» Entonces, mirándose todos unos a otros sin hablar palabra, entendieron que hablaba de sacrificar un tierno infante cristiano, que en menosprecio de nuestro Señor Jesucristo bárbara, atroz y cruelmente matan en su Pascua, derramando la inocente sangre al comer sus panes ázimos, para preservarse, como ellos dicen, de la hediondez  y mal olor que en sí tiene; y a éste llaman su yoel o jubileo. No se atrevían a hablar por temor de los criados, que a prevenir lo preciso para su Parasceve entraban y salían.

 

   Al día siguiente, juntados todos en la sinagoga, consultaban en qué parte podían hacer el sacrificio que fuese más oculto. Tobías y Angelo decían que sus casas eran estrechas, y así que no era posible se hiciese en ellas, porque no se les podría ocultar el hecho a los criados y muchachos que todo lo sacan a la calle, y así afirmaban todos que no había casa más cómoda y capaz para todo que la de Samuel. Resuelto que en ella sería, comenzaron a discurrir en la traza de hurtarles un niño a los cristianos, y después de varios pareceres llamó Samuel a un criado suyo, llamado Lázaro, y le dijo: «Amigo Lázaro, si te basta el ánimo para hurtar un niño cristiano a sus padres y traérnoslo aquí, te daremos de contado cien filipos, que son cien reales de á ocho.» A que respondió Lázaro: «Padres venerandos, ése es un grave delito y yo no le cometeré por el mundo todo.» Y diciendo y haciendo, temeroso no hicieran con él lo que querían con el niño cristiano, se fué huyendo, no sólo de la casa, más aun de la ciudad y provincia.

 

   El jueves siguiente, juntos otra vez en la sinagoga, dijeron a Tobías: «Tú solo, ¡oh Tobías!, puedes satisfacer nuestros deseos, porque tú tienes familiar comunicación y trato con los cristianos, y así puedes con gran facilidad cogerles un niño, pues nadie ha de advertirlo por la grande amistad que te profesan y el poco reparo que nadie hace en ti cuando andas por la ciudad. Si esto haces, fía de nosotros, que todas tus cosas irán en prosperidad grande, haciéndote muchos beneficios.» Tobías respondió que no se atrevía a negocio de tanta importancia por el gran peligro que en él había. Ellos volvieron a él con furor diabólico, blasfemando su corto ánimo y diciéndole mil injurias, y al fin, que si no lo hacía, desde luego le privarían de la entrada en la sinagoga perpetuamente. Tobías, viendo que todos se habían vuelto contra él como unos demonios, y asimismo que le prometían mucho oro si condescendía con sus ruegos, temeroso de una parte y vencido de su interés por otra, dijo resuelto: «Ea, padres, yo cumpliré vuestros deseos, pero ya sabéis soy pobre, y que mi ejercicio no basta a que yo pueda vivir con descanso alguno; tengo muchos hijos, a ellos y a mí pongo en vuestras manos, y únicamente encomiendo.» Entonces todos alegres respondieron: «Cumple tú nuestros deseos trayéndonos este niño, que jamás te seremos ingratos; tú vivirás con descanso y tus hijos con grandes medros.» Alegre también el traidor, dijo a Samuel al punto: «Conviene que las puertas de tu casa todas estén abiertas con cuidado, para que ofreciéndose ocasión no haya tardanza alguna ni dificultad en mi entrada.» A la tarde salió de casa y comenzó a dar vueltas por toda la vecindad, y poco a poco se entró dentro de la ciudad hasta la plaza; volvía a mirar a una y otra parte por ver si alguno observaba su camino, y viendo que nadie en él reparaba aceleró el paso. Entró en la calle que llaman de las Fosas, y luego puso los ojos en un niño hermoso como el sol mismo, que estaba sentado y solo sobre el umbral de la puerta de su casa: su nombre era Simón, su edad dos años y cuatro meses: su belleza tanta que era en hermosura un ángel, sin que en todo él se hallase mácula alguna de imperfección que notar. Miró el traidor Judas a una y otra parte de la calle, y viendo que nadie le miraba se llegó al inocentísimo Isaac, y púsole con gran cariño un dedo en su tierna y delicada mano. El inocente y hermoso ángel le tomó el índice con su blanca manecita, y levantándose fué en seguimiento del traidor Judas, que lo vendía y llevaba con caricias y besos traidores al suplicio. Luego que hubieron pasado dos o tres casas, le tomó la mano y le puso sobre sus rodillas, haciéndole mil traidoras caricias; y dándole el infame beso de paz, lo engañó de suerte, que sin dificultad alguna lo llevó en sus infames brazos fuera del barrio. Entonces la inocente víctima, viéndose fuera de la calle de sus padres, en poder de un hombre que no conocía, comenzó a llorar tiernamente y a invocar el dulce nombre de su madre, que se llamaba María, porque en todo fuese semejante a Jesús, hasta en ser hijo de María. Sin ánimo quedó el traidor cuando oyó los llantos y tiernos gritos del niño, por juzgarse ya en manos de la justicia; mas reparando en que ninguno parecía, sacó un dinero con que engañó de nuevo y acalló al inocente ángel. Viendo el cruel verdugo que ya callaba el cordero, prosiguió su camino, hasta que reparó en un zapatero de viejo, que a su puerta estaba cosiendo: aquí perdió del todo el ánimo, juzgando se le había descubierto el hurto; mas viendo que el oficial sólo trataba en su trabajo, sin mirarle a él, aceleró el paso y entróse con el niño en casa de Samuel, donde alentó y recobró los casi perdidos espíritus vitales.

 

   Samuel, que esperaba como el tigre la caza, tomando al hermoso niño en brazos, se fué con él a la cama, donde le hizo mil traidoras caricias para ganarle la inocente voluntad y que callase. ¡Cuánta alegría ocupó los corazones de aquellos dragones fieros fácilmente se deja entender! Las fauces se les secaban de dar alegres aullidos sobre la cristiana sangre; y porque el tierno infante no extrañase los gritos y la nueva habitación, unos le daban uvas, otros manzanas, otros confites y otras mil cosillas, que de ordinario cuestan poco y agradan mucho a los niños; con que consiguieron que no llorase ni se extrañase, antes sí estuviese gozoso y alegre. Vino la noche; y como María echase menos su amada prenda, salió a buscarle entre las vecinas, donde solía entretenerse con otros de su edad inocente; mas como no le hallase, hiriendo sus pechos y moviendo a compasión las duras peñas con sus tiernas lágrimas, llamó a Andrés, su marido y padre del bendito inocente, y los dos dieron vuelta a toda la ciudad; pero en vano. Los niños inocentes, por cuyos labios de ordinario habla el Espíritu Santo, decían que sin duda se lo habían hurtado los judíos para crucificarlo aquella noche en oprobio y afrenta de Cristo, y así que entre aquellos perros enemigos de Jesús convenía buscarlo, y si no fuera ya noche y estuviesen cerradas las puertas de la ciudad, sin duda irían al barrio de los judíos a buscarlo; mas hubieron de volverse a su casa tristes y desconsolados por aquella noche, hasta esperar el siguiente día en que juzgaban hallar algún consuelo.

 

   Tiempo era ya en que la humana fatiga del primer descanso a sus pechos y cede al sueño todos sus cuidados, cuando aún los canes más vigilantes duermen y todo está en mudo silencio: entonces, pues, el cruel Moisés, con los demás traidores, infames y malvados judíos, tomando aquel inocente ángel que descuidado dormía, se fueron a la sinagoga, y sentándose en un escaño, puso sobre sus muslos la hermosísima cuanto inocente prenda, y rodeándole todos aquellos lobos carniceros, desnudaron la inmaculada víctima dejándola en carnes; y tomando Samuel un lienzo que tenía pendiente del cíngulo, rodeándole el cuello y garganta hermosa con él, embarazaba el aliento del hermosísimo ángel para que no llorase, de suerte que alguno pudiese oír sus dulces y tiernos sollozos: los demás le tenían los pies y manos. ¡Qué diligencias tan bárbaras para tan inocente cordero! De esta suerte, pues, estaba ya la inocente ofrenda hecha espectáculo triste al mundo, cuanto alegre al cielo que le esperaba, envidiándole los mismos ángeles y gozando Jesús de ver otro inmaculado cordero que le imitaba y seguía en la gloriosa pasión y muerte, cuando el desapiadado viejo Moisés sacó un templado cuchillo con que le cortó y abrió el capullo de aquella virginal flor, para que fuese por circuncidada más acepta la víctima: sacó luego unas tijeras y comenzó desde la tierna barba a abrirle la mejilla derecha, y cortando un pequeño pedazo de aquella virgen y santísima carne, le puso en una fuente o copa que tenía preparada para recoger la purpúrea rosa de su rojo carmín, que de las cristalinas fuentes que ya había abierto el verdugo infame corría, y los circunstantes recogían con grande anhelo y cuidado. Ibanse luego siguiendo por su orden y antigüedad cada uno de aquellos perversos judíos, y tomando las tijeras de la infernal y sacrílega mano del maldito viejo, cada uno hacía lo que él, cortando al ángel un pedacito de carne viva de aquella mejilla tierna, hasta que se la acabaron de cortar y quitar toda. Y si el que le había echado el lazo al cuello tal vez aflojaba un poco por temor de no ahogarle, para que el sacrificio fuese vivo y padeciese más aquel santísimo ángel, y por eso reconocían los otros que iba a llorar, le ponían a toda prisa las manos en el clavel de su tierna boca, y tan inocente que aún no sabía quejarse, temiendo no lo hiciese, de suerte que sin piedad lo ahogaban y sofocaban. ¡Oh crueles! ¡Oh infames! ¡Oh canes rabiosos! ¡Oh judíos perversos! ¿Qué hacéis? Ese ángel no abrirá la boca ni desplegará los labios contra vosotros; temed su inocente sangre, que cual la de Abel dará voces al cielo; no le tapéis la boca, dejadle que aliente siquiera y respire, que si habla alguna palabra será sólo la que le enseñó su Maestro y Redentor Jesucristo, y cederá en provecho vuestro, pues le pedirá os perdone porque no sabéis lo que os hacéis. Pero ya veo me canso en balde, que estáis tan obstinados y ciegos, que aún no queréis el perdón de vuestras execrandas maldades o infames culpas: castigo es bien merecido a tanta incredulidad como la vuestra.

 

   Hecha esta cruel y nunca oída función, tomó el infame viejo Moisés la pierna derecha del inocente mártir, y abriendo con el cuchillo de alto abajo la pantorrilla, tomó luego las tijeras y cortó un pedazo, y los demás hicieron lo mismo, como antes. Acabada esta crueldad, el endemoniado viejo levantó en alto al mártir de Jesucristo que ya estaba, como atormentado y desangrado, medio muerto, y si no lo estaba del todo era, sin duda, porque enamorado Jesús de verle así tratar por su nombre, le conservaba la inocente y delicada vida para aumentarle del martirio la corona. Pidió el viejo cruel, cabeza de tanta tiranía y crueldad, a Samuel que se sentase a su izquierda mano; hízolo así, y entre ambos levantaron al santo Simón en alto en forma de cruz, que ya que no habían prevenido cruz en que crucificarle, quisieron muriese en cruz crucificándole en sus infames manos. Después mandó a los circunstantes que con alfileres y agujas pasasen muchas veces aquel delicado cuerpecito. Hicieron todos una rueda, y prevenidos de alesnas, punzones, alfileres y agujas, comenzaron con rabia y furor infernal a pasar y agujerear aquella santísima carne, desde lo sumo de la delicada y tierna cabeza hasta la virginal planta del pie, sin dejar parte en tan delicado cuerpo que no hiciesen una criba. Hacían cuando así lo picaban grande algazara y fiesta, repitiendo todos:

 

   Tolle Jesse mina elle parichief elle passusen peg molen: que quiere decir: «Como a Jesús, Dios de los cristianos, que es nada, quitemos a éste cruelmente la vida: así nuestros enemigos los cristianos sean eternamente confundidos. »

lunes, 23 de marzo de 2026

San Simón, inocente y mártir. — 24 de marzo. (Martirizado y asesinado en el año 1475.)

 



 

   El martirio del glorioso e inocente niño san Simón, lo escribió pocos días después de haber pasado, Juan Matías Tiberino, cuya relación compendiada es como sigue:

 

   «Habitaban, dice, en un barrio de Trento, que está a la izquierda del castillo tres familias de judíos, cuyas cabezas eran Tobías, Angelo y Samuel, con quienes vivía un infernal y bárbaro viejo llamado Moisés. Estos se juntaron el jueves de la semana santa en la sinagoga y dijeron a Tobías: Tú solo, oh Tobías, puedes satisfacer nuestros deseos; porque tú tienes familiar comunicación con los cristianos, y así puedes con gran facilidad cogerles un niño, y si esto haces, tú vivirás con descanso, tus hijos con grandes medras (riquezas). Con esta promesa Tobías entró a la tarde en la calle que llaman de las Fosas, y luego puso los ojos en un niño hermoso de dos años y cuatro meses, que estaba sentado y solo sobre el umbral de la puerta de su casa, y mirando el traidor a una y otra parta de la calle, y viendo que nadie le observaba, se llegó a la inocente criatura, y púsole con gran cariño un dedo en su tierna manecita. El niño le tomó el índice, y levantándose le fué siguiendo, hasta que habiendo pasado dos o tres casas, puso el judío una moneda en las manos del Niño, y acariciándole en sus brazos para que no llorase, lo llevó fuera del barrio y se entró en casa de Samuel. Allí le pusieron en la cama, y como llorase e invocase el nombre de su madre, le daban uvas pasas, confites y otras cosillas. Entre tanto la madre andaba desesperada buscando al hijo de sus entrañas, sin poderlo hallar en ninguna parte. A la noche el cruel viejo Moisés con los otros judíos, tomando aquel inocente ángel que descuidado dormía, pasaron al lugar de la sinagoga que estaba en la misma casa, y allí desnudaron aquella inocente víctima dejándola en carnes; y tomando Samuel un lienzo, le rodeó el cuello embarazándole el aliento, para que no se oyesen sus gritos, y teniéndole los demás los pies y las manos. Entonces el viejo Moisés circuncidó al niño para disponerlo al sacrificio. Sacó después unas tijeras y comenzó a abrirle desde la barba la mejilla derecha, y cortándole un pequeño pedazo de carne la puso en una fuente que tenía para recoger la sangre. Tomó después cada uno de los judíos las tijeras para hacer por turno la misma sacrílega y sangrienta ceremonia, y en acabando, el infame viejo abrió con un cuchillo la pierna derecha del mártir, y cortó un pedacito de carne de la pantorrilla; y los demás hicieron lo mismo. Luego el viejo levantó en alto al niño, en forma de cruz, y le fueron punzando con agujas todo el cuerpo más de una hora, hasta que el niño espiró, y pasó a gozar de Dios en el coro de los inocentes mártires.»

 

   Reflexión: Jamás permitió a los judíos la ley de Dios dada por Moisés, sacrificio alguno de víctimas humanas, a pesar de ser tan usada esta bárbara costumbre entre las naciones y pueblos idólatras. La religión cristiana abolió hasta los sacrificios de animales, y toda práctica de culto sangriento, y así no fué la religión divina la que inspiró a aquellos judíos los nefandos sacrificios de niños que hacían, sino la abominable superstición en que cayeron, después de haber crucificado al Hijo de Dios, y rechazado la ley de su divino Mesías. Los pueblos que dejan la verdadera religión, se olvidan de la ley de la caridad, y se vuelven egoístas, inhumanos y crueles.

 

   Oración: Señor Dios, cuya Pasión santísima confesó el santo inocente niño Simón, no hablando, sino perdiendo por ti la vida; concédenos que nuestra vida pregone con inculpables costumbres, la  misma fe que confesamos con nuestros labios. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

“FLOS SANCTORVUM”

EL DEMONIO EN LAS OBRAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ – Por el P. LUCIEN-MARIE DE SAINT–JOSEPH, OCD. (Traducido del francés).

 



 

   El diablo compite con Dios por los afectos del alma humana y, a su manera, juega el juego de imitar a Dios. Pero frente a la plenitud del Ser de Dios y su Realidad infinita, ¿qué puede ofrecer? Solo una cosa, que adopta múltiples aspectos: la simulación, la apariencia del Ser de Dios. Es el hombre empobrecido que se adorna con ropas de rico. Cualquier máscara que le permita hacer creer al alma que encontrará en él la plenitud completa que anhela le es aceptable. Y puesto que no puede lo que Dios lo puede, es decir, actuar como amo y soberano del alma humana, utilizará la sugestión como su arma predilecta; y al servicio de esta arma, todos los medios, incluso aquellos más alejados de la naturaleza espiritual, de todo se vale.

 

   El mayor daño que el diablo puede causar no es asustar a un alma apareciéndole en una forma horrible, sino más bien impedirle apegarse a Dios. Privar a un alma de Dios, incluso temporalmente; detenerla en el camino a la unión con Dios, con cualquier pretexto; mantenerla en lo relativo cuando está llamada al absoluto; engañarla incluso con una apariencia piadosa, para distraerla de la realidad de Dios: esto es lo que busca el diablo, y esto es lo que el alma debe temer de él.

 

   Todas las tentaciones del diablo apuntan a destruir dos puntos esenciales en la fortaleza del alma: la fe, por un lado, que es el fundamento de toda la vida teológica; y la humildad, que por otro lado,  desempeña el mismo papel fundamental en el ámbito moral.

 

“SATÁN de los  Estudios Carmelitas”

jueves, 19 de marzo de 2026

SAN JOSÉ, esposo de la Santísima Virgen María.


 

   «El discípulo no es superior a su maestro, ni el siervo a su amo». Mateo 10:24

 

   San José descendía de la estirpe real de David. Se cree generalmente que, en vista de la sublime misión que el Cielo le había destinado, fue santificado antes de nacer. Nadie puede dudar de que José estuviera preparado para su sublime ministerio cuando la Providencia, que dirige todos los acontecimientos, unió su destino al de María.

 

   El Evangelio es muy parco en detalles sobre San José, y todo se resume en estas palabras: «Él era justo». ¡Pero cuántas maravillas encierran estas palabras, ya que los doctores coinciden en que San José ocupa el primer lugar después de María entre todos los santos!

 

   Según la tradición, su padre lo educó en el humilde oficio de carpintero; según autores de renombre, podría haber tenido alrededor de cincuenta años, y había mantenido una castidad perfecta cuando la voluntad de Dios le encomendó a la Santísima Virgen. Esta unión, pura ante los ángeles, dice San Jerónimo, tenía como propósito salvaguardar el honor de María ante los hombres.

 

   Dios quiso que el misterio de la Anunciación permaneciera oculto a San José durante algún tiempo, para que, en la angustia que le sobrevino al descubrir el embarazo de María, tuviera prueba de la virginidad de la Madre y de la concepción milagrosa del Hijo. La advertencia de un ángel disipó todos sus temores.

 

   ¿Quién puede describir el respeto, la veneración y la ternura que José demostró desde entonces hacia aquella que pronto daría al mundo su Salvador? ¡Cuánta ayuda le brindó José a María en el viaje a Belén! ¡Y cuánta más le brindó en la huida a Egipto! José demostró ser el amigo fiel, el guardián vigilante y el protector devoto de la Madre de Dios.

 

   Imaginemos el progreso en virtud que debió haber alcanzado San José, viviendo en compañía de Jesús y María. ¡Qué interior tan encantador! ¡Qué hogar tan santo era esta humilde morada! ¡Cuántos misterios se escondían en esta vida oculta donde Dios obraba bajo la dirección de un hombre, donde un hombre era santificado bajo la influencia de un Dios visible a sus ojos y que se convirtió en su Hijo adoptivo! Tras una vida dichosa, José tuvo una muerte dichosa, pues exhaló su último aliento en los brazos de Jesús y María.

 

   Siguiendo a San Francisco de Sales, quien lo afirma, es lícito creer que San José ya está en el Cielo, en cuerpo y alma, con Jesús y María. Con razón San José ostenta el glorioso título de Patrono de la Iglesia Universal, y su nombre, en la devoción cristiana, se ha vuelto inseparable de los nombres de Jesús y María.

 

   También se le invoca como el Patrón de una buena muerte.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Marne, 1950.

martes, 17 de marzo de 2026

ARGENTINA y la CUESTIÓN JUDÍA advertencia de SAN DON ORIONE — Por Juan Carlos Moreno — Argentina, año 1935.



   — Entre las preguntas que le hice a Don Orione en marzo de 1935, recuerdo que me dijo que vendría una época en que los obreros estarían en el gobierno, y al pedirle su opinión sobre la cuestión judía, me contestó más o menos con estas palabras: “La obra de los judíos es de odio, y se vence con amor. Ellos dividen a los pueblos, para después dominarlos. El peligro judío es mayor que él socialista; pero también ellos están con los socialistas. El peligro judío es peor que el de Inglaterra. Si los argentinos no luchan, antes de diez años estarán dominados por los judíos. Casi todos los diarios están pagados por dinero judío, aun los católicos.”

 

“Vida de Don Orione”

 

ESTA ES LA HORA DE LA INTRANSIGENCIA – Por Jordán Bruno Genta.


 


   Esta es la hora de hablar el lenguaje que Cristo nos recomienda en el Sermón de la Montaña: Sí, sí. No, no. Esta es la hora de la obstinación invencible, de la constancia persistente, de la fidelidad continuada.

 

   Es cierto, nosotros no tenemos la fuerza del número, no tenemos la fuerza del dinero, no tenemos la fuerza de las armas, no tenemos la fuerza de las logias ni de los poderes ocultos, pero nosotros tenemos la fuerza de Cristo, y en la manera en que esa fuerza irradie en nosotros, y Cristo viva en nosotros más que nosotros mismos, en esa misma medida seremos invencibles aún en la derrota.

 

   Porque después de todo este es un lugar de paso, de prueba y de testimonio, y lo importante es que seamos capaces de ser hasta la muerte, y sobre todo en la hora de la muerte, testigos de la verdad.

 

 

domingo, 15 de marzo de 2026

SAN LONGINO, mártir. – (15 de Marzo)


 


   En Cesárea de Capadocia, algunos cristianos convertidos por el primer discurso de San Pedro, después de la fiesta de Pentecostés, concitaron la ira de los judíos que veían con enojo la propagación de las doctrinas del que por ellos fué crucificado.

 

   Uno de aquellos cristianos hallábase junto a una pobre vivienda fuera de la ciudad, humildemente atareado en labrar la tierra, cuando se le acercaron unos soldados que Pilatos enviaba para que se apoderasen de Longino, nacido en Sardial, antiguo centurión de los soldados romanos, y jefe de aquella infame turba armada que durante una noche entera insultó al divino Maestro y entre crueles ultrajes le condujo desde Anas á Caifas y desde éste á Pilatos.

 

   —¿Puedes decirnos—preguntó uno de los soldados recién llegados a Cesárea—dónde vive Longino?

 

    —¿Para qué le queréis?—les contestó el anciano agricultor.—

 

   Dijéronle ellos la misión que el gobernador de Judea les había encomendado para poner término a los trabajos que el antiguo centurión hacía propagando la enseñanza evangélica, y el desconocido les prometió poner a Longino en poder de ellos así que hubiesen descansado, para lo cual los introdujo en su casa, y les sirvió abundantísima comida.

 

   Transcurridos tres días, durante los cuales trató con toda generosidad a sus huéspedes, el anciano labrador mandó a estos que saliesen tras él, y ya en el campo, les dijo:

 

   «Ese Longino, a quien enviados por Pilatos buscáis para matarle con el pretexto de que es desertor del ejército del César, pero en realidad por ser discípulo y anunciador del Mesías, a quien los judíos crucificaron, ese Longino soy yo».

 

   Atónitos se quedaron aquellos por comprender que habrían de ser verdugos de quien con tan bondadosa hospitalidad les había ganado la voluntad; y aunque se negaron a reconocer en él a quien buscaban, tanto insistió el Santo, que había procurado aquella tregua de tres días para dar tiempo a que viniesen a participar de la gloria del martirio dos compañeros suyos que recorrían la Capadocia predicando el Evangelio, que los soldados cumplieron su terrible encargo, no sin que antes se vistiese el Santo con blanca vestidura para entrar dignamente ataviado en el celestial banquete, y después de abrazar a sus dos compañeros y hasta a sus mismos verdugos.

 

   Tan perfectamente se había transformado en cordero el león, que había atravesado el pecho de Jesús crucificado, y que recibió en sus ojos las primeras gotas de agua y sangre al golpe de su lanza desprendida del costado del Rey de los judíos, a quien en medio de las universales tinieblas, quebrantamiento de las piedras, luto de tierra y cielo y conmoción del mundo, reconoció y proclamó como verdadero Hijo de Dios.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1899.

“SAN LÓNGINOS” El soldado romano que clavo la lanza en el costado de Cristo.


¡Mi Dios, qué mal te he servido!

¡Mi Señor, cuan mal te he amado!

¡Ay Jesús, cuan engañado

ausente de Ti he vivido!

vivo no, más muerto he sido

mientras contra Ti pequé;

y cuando me desperté

del abismo de la culpa,

fué para pedir disculpa

del tiempo que malgasté.

 

El hijo pródigo soy,

que de Ti me he separado,

a tus pies ya estoy postrado,

hagamos las paces hoy;

pues roto y desnudo estoy,

en Ti me vengo a amparar,

tu bendición me has de dar,

como mi Padre querido,

por lo mal que he vivido,

sólo me queda el pesar.

 

FRAY PAULINO DE LA ESTRELLA.

Año 1899.


 

sábado, 14 de marzo de 2026

EL ROSAL — Leyendas del Rosario


 

   En uno de los encantadores valles situados entre magníficas cadenas montañosas en Sajonia, al borde de un bosque del que fluye un arroyo tranquilo y murmurante, los habitantes locales muestran un rosal muy antiguo, de casi mil años de antigüedad, a un viajero que ha llegado a estas tierras y se ha quedado asombrado, y al que se le atribuye la siguiente leyenda:

 

   Luis el Piadoso, emperador de Alemania, mientras estaba al frente de su ejército, durante una noche de invierno, viajando por los bosques y campos de aquel país, —entonces todavía salvaje e inculto— El piadoso Luis perdió el rosario que solía llevar consigo.

 

   Profundamente apenado por esta pérdida, el Emperador ordenó que se registrara el bosque al amanecer en busca de su rosario favorito, que había recibido de la Emperatriz, su madre, y prometió construir una capilla donde se encontrara el rosario.

 

   Sin embargo, todo el día lo pasamos buscando sin éxito. Solo al anochecer un joven paje, muy querido por el emperador por su piedad e inocencia —y por su singular devoción a la Reina del Cielo—, se percató del rosario que colgaba de la rama de un rosal silvestre. A pesar de que el invierno era tardío y crudo, y el suelo estaba cubierto de nieve, el rosal estaba profusamente adornado con hermosas flores.

 

   El emperador, impresionado por este milagro, dio gracias a Dios y la primavera siguiente comenzó la construcción de una capilla en aquel lugar, donde colocó una cúpula en forma de triple corona, que servía de base para una estatua de la Santísima Virgen.

 

   El emperador ordenó que el maravilloso rosal fuera cultivado con esmero Ha crecido y cubierto casi por completo las paredes exteriores del templo, y cada año se cubre de exuberantes rosas en flor.

 

Por la intercesión de María. Ejemplos de la protección de la Reina del Santo Rosario. Reimpreso de los Anales del Rosario Misterioso (1898 –1925)

“CUENTAS DORADADAS” Pensamientos valiosos sobre el Santo Rosario.


 


El Rosario es un Escudo de Fe

 

    El Rosario es el escudo de nuestra fe, pues sus misterios contienen toda la enseñanza del catolicismo: todo lo que un cristiano debe creer, esperar, amar y practicar. ¿Cuál es el propósito de la impiedad? Destruir por completo la Iglesia y borrar incluso el pensamiento de Dios. Avanza lenta pero inexorablemente. Es a nosotros, los devotos de María, a quienes debemos dirigir todos los esfuerzos contra los enemigos de la religión, para su propia vergüenza.

 

 Hay catecismo, una práctica piadosa que nuestros adversarios no pueden arrebatarnos: el Santo Rosario.

 

    Mientras haya padres cristianos que recen el rosario diariamente con sus hijos, mientras los hijos fieles al cuarto mandamiento imiten el ejemplo de sus padres, la Palabra de Dios y la santa fe podrán ser perseguidas, pero jamás serán arrancadas de nuestros corazones. ¡Aprendamos a ser fieles al rosario, y prevaleceremos!

 

Por la intercesión de María. Ejemplos de la protección de la Reina del Santo Rosario. Reimpreso de los Anales del Rosario Misterioso (1898 –1925).

miércoles, 4 de marzo de 2026

EL MENDIGO PENITENTE – Por el Apostolado de la Prensa. Año 1896.

 

   





   A la puerta de una de las más concurridas parroquias de Paris, se veía al fin del primer tercio de este siglo un mendigo que se distinguía de los demás por su aspecto y corteses maneras. Nadie sabía quién era ni de dónde había venido.

   Hacía más de veinte años que no faltaba ningún día en su puesto.

   Un día faltó, y faltó otro y otro;  no se le volvió a ver más.

   Todos supusieron que había muerto.

   Una noche, ya cerca del amanecer, fué llamado con premura a confesar a un moribundo un sacerdote joven que tenía fama de piadoso y caritativo. Acudió al momento adonde se le llamaba.




   Entró en una casa de buen aspecto, penetró en un lujoso salón, magníficamente amueblado, y en un rincón, en el suelo, en una miserable estera, vio un hombre casi con las ansias de la muerte, que le dijo con voz desfallecida:

   —Padre; me muero. He oído hablar de su gran piedad, y le suplico que escuche mi última confesión.

   —¿Ud. Es—interrumpió el sacerdote, arrodillándose al lado del enfermo—el mendigo que ha tantos años pedía limosna en la puerta de la parroquia?

   —Sí, señor—dijo el mendigo; —yo soy: y le asombrará a Ud. verme en esta habitación tan lujosa, que es mía. Óigame en confesión, pues me muero dentro de poco. Todo lo comprenderá Ud.

   Tomó aliento el mendigo, bebió un sorbo de agua y prosiguió, cogiendo la mano del confesor:

   —Soy un gran pecador, padre mío. Es poco decir un gran pecador: soy un malvado, soy un facineroso, para quien no sé si tendrá piedad la misericordia divina.

   —Dios —dijo el sacerdote— es todo misericordia, hijo mío; con tal que haya verdadero arrepentimiento, el perdón no se hace esperar.

   Pues bien—prosiguió el moribundo; —voy a confesarle mis crímenes. Hace más de treinta años estaba de criado al servicio de un gran señor que tenía cuatro hijos. Me quería como si fuese de la familia. Me había educado desde niño; alternaba con los suyos; me llenaron de beneficios... Déjeme un momento de respiro, pues creo que se me escapa el alma antes de terminar mi confesión.

   Pasaron unos breves momentos.

   —Padre—continuó el moribundo; —vino la Revolución del 93. Huyó mi señor al extranjero con su familia, llevándome consigo; se fiaban de mí como uno de los suyos. Se le confiscaron todos sus bienes y publicóse un edicto, ofreciendo al que denunciase al fugitivo una parte de sus bienes. Me tentó Satanás. Luché por algún tiempo, pero al fin me decidí. No tuve en cuenta el cariño que por tanto tiempo me habían mostrado; la educación que había recibido, lo mucho que me habían distinguido, la confianza que en mí habían depositado; nada: todo lo olvidé. La codicia pudo más que la gratitud. Cometiendo la más negra infamia, me presenté al comisario de la república, denuncié a mi amo, el cual fué preso con toda su familia. Los dos hijos mayores pudieron huir al poco tiempo; llevaron una vida errante y murieron miserablemente. Una gran cantidad y parte de su hacienda fué el premio de mi infamia, parecida a la de Judas. Mi señora murió de pena en la cárcel. El tercer hijo murió poco después, y del último, que era un niño, nada he sabido.... Dadme un poco de agua, que me ahoga el recuerdo de mis crímenes.

   —Animo, hijo mío,—dijo el confesor—vaya poco a poco, que Dios tiene siempre abiertos sus brazos para recibir al pecador arrepentido.

   —Después,—continuó con voz apagada el mendigo—después de muchos meses de cárcel, en donde mi señor padeció toda clase de martirios, fué conducido al mismo pueblo en donde había vivido tantos años y en donde había hecho tanto bien y socorrido con mano liberal tantas necesidades; y allí, frente a su castillo señorial, fué sentenciado a sufrir el último suplicio. Como tanto se le quería en la comarca, no se encontró un hombre, aun pagado a peso de oro, que quisiese servir de verdugo. Entonces, seducido por la cuantía de las ofertas, me presenté yo diciendo: «Aquí está el hombre que hace falta.» Y corté la cabeza a mi amo, a mi señor, a mi bienhechor, a mi segundo padre...

   El sacerdote levantó los ojos al cielo...

   — ¿Ve Ud. Padre mío, cómo siente Ud. repulsión hacia éste malvado?—exclamó con amargura el mendigo.

   —Perdonadme, hijo mío; ha sido un movimiento involuntario.

   Tomó aliento el moribundo, a quien por momentos se le escapaba la vida.

   — Y en pago de mi nefanda acción, se me dio la administración de los bienes de mi antiguo amo. En dos años reuní con el producto de mi administración lo bastante para conseguir toda su hacienda, y me encontré hecho un rico propietario, fruto de mis felonías. No me remordía la conciencia, la tenía cerrada a todo sentimiento generoso... ¡Me doy asco, padre mío! ¿No siente Ud. también asco de mí?

   — ¡Proseguid, hijo mío! Dios es misericordioso—contestó únicamente el sacerdote.

   —No sé si me quedarán alientos para lo que resta, dijo el penitente, dejando caer la cabeza sobre el pecho. Como digo, el  hijo menor de mi señor desapareció, lo he buscado y no lo he encontrado. ¡Ojalá lo encontrase! Yo entonces me vine a París.

   Cuando el imperio, compré esta casa, la amueblé con lo de mis señores, y a los dos años, la sombra de mis amos, el recuerdo de mis crímenes, se levantaron amenazadores ante mí, y me arrepentí de cuanto habla hecho. Ya no tenía remedio. Entonces tomé la resolución de dormir en esta estera, en medio del lujo que me rodea, y de no mantenerme sino de la caridad pública; y he vivido treinta años hecho un mendigo, pidiendo limosna, sin tocar nada de mis rentas ni de lo que poseo de mis señores, y esperando que la misericordia divina, en vista de mi arrepentimiento, me perdonará mis grandes crímenes.

  Hizo una gran pausa el moribundo.

   —En estos treinta años, he tenido siempre presente, siempre ante mí vista el retrato de mi antiguo amo, a quien denuncie, a quien vendí, y a quien asesine. Corred, padre, esa cortina que cubre su retrato, para que pueda pedirle perdón por última vez.

   Se levantó el sacerdote, descorrió la cortina que se le indicaba, y... un grito de angustia, de indignación, de horror, se escapó de su garganta...




   — ¡Mi padre!—exclamó, y se dirigió en actitud terrible hacia el moribundo...

   — ¡Su padre! ¡El hijo de mi señor! ¡Eduardo!...—rugió, más bien que gritó el mendigo. Y con ojos desencajados, crispadas las manos, demudado el semblante, presa de temblor convulsivo, se quedaron mirando frente a frente, confesor y penitente, víctima y verdugo.

   — ¡El hijo de mi amo!—volvió a decir con voz ronca el asesino tapándose el rostro con las manos.

   — Si, el hijo de tu amo, ladrón, Judas, asesino, verdugo; el hijo de tu señor, que te pide cuenta de su sangre derramada, de sus bienes robados...

  — ¡Perdón!—gritó el mendigo, extendiendo los brazos, y casi ya en la agonía. —Si me decís que Dios perdona al que se arrepiente, ¿cómo vos no me perdonáis...?

   Una gran reacción se operó súbitamente en el sacerdote. Corrió lentamente la cortina del retrato, y se arrodilló otra vez al lado del penitente.






   —Perdonadme, hijo mío—díjole con voz entrecortada por los sollozos; —perdonadme las involuntarias palabras que el recuerdo de mis dolores me ha hecho proferir. Lo pasado pasó para no volver. Aquí no hay más que un penitente y un sacerdote, un arrepentido y un confesor. Lo que fué, ha sido ya; —añadió pasándose la mano por la frente para enjugarse el sudor.

   —Padre, — gimió con apagada voz el moribundo,—¿creéis que el Señor me perdonará?

   — Si, hijo mío; si tenéis verdadero arrepentimiento, el Señor tendrá misericordia de vos.

   — Y vos, padre mío, —añadió derramando dos lágrimas, que como dos gotas de plomo derretido cayeron en la mano del confesor; — ¿me perdonáis?

   —Que Dios os perdone como yo os perdono—dijo el sacerdote elevando al cielo los ojos y absolviendo a su verdugo.

   La cabeza del mendigo cayó pesadamente sobre la estera. Estaba muerto.

 

   MARTÍNEZ LOZANO.

   Ilustraciones de F. AVRIAL.