viernes, 2 de octubre de 2026

LOS SANTOS ÁNGELES GUARDIANES — 2 de octubre

 



   Ramo espiritual: «Dios es fiel y no permitirá que sean tentados más allá de lo que puedan soportar». 1 Corintios 10:13

 

   Es una verdad de fe que los ángeles, benditos como son, reciben una misión de Dios para con la humanidad; las palabras de Nuestro Señor, las enseñanzas de los doctores y santos, y la autoridad de la Iglesia no dejan lugar a dudas. Si los demonios, en incontables legiones, nos rodean como leones dispuestos a devorarnos, según las palabras de San Pedro, nos reconforta recordar que Dios nos ha dado defensores más numerosos y poderosos que los demonios.

 

   En el mismo instante de nacer, toda persona es confiada al cuidado de un espíritu celestial; paganos, herejes e incluso pecadores no están privados de este don divino. Es cierto que diversas personas, en virtud de su posición, como reyes y pontífices, o debido al favor especial de Dios hacia ellas, como muchos santos, a veces cuentan con varios ángeles guardianes. Parece innegable que no solo los individuos, sino también las sociedades e instituciones, están específicamente confiadas al cuidado de los ángeles; la Iglesia, los reinos, las provincias, las diócesis, las parroquias, las familias, las órdenes religiosas y las comunidades tienen sus protectores angélicos.

 

   Los ángeles nos protegen de multitud de males y peligros; apartan de nuestro camino las ocasiones de pecado; nos inspiran pensamientos santos y nos guían hacia la virtud; nos sostienen en las tentaciones, nos fortalecen en nuestras debilidades, nos animan en nuestros desalientos y nos consuelan en nuestras aflicciones.

 

   Luchan con nosotros contra el diablo y nos protegen de sus trampas; si caemos, por debilidad o malicia, nos levantan mediante el remordimiento, la fe y el temor a los juicios de Dios, y nos proporcionan diversos medios de conversión. Llevan nuestras buenas obras y oraciones a Dios, expían nuestros pecados, interceden por nosotros con la misericordia divina y apartan de nuestra vista la venganza celestial; finalmente, nos iluminan y nos sostienen en la enfermedad y en la hora de la muerte, nos asisten en el juicio de Dios y visitan a las almas del purgatorio.

 

   San Bernardo resume nuestros deberes en pocas palabras: «¡Cuánto respeto, cuánto amor, cuánta confianza merecen los ángeles de nuestra parte! Respeto por su presencia, amor por su benevolencia, confianza en su protección». Añadamos un cuarto deber: la docilidad a sus buenas inspiraciones.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

EL SANTO ROSARIO

 




EL SANTO ROSARIO

 

   Somos tan frívolos y ligeros, estamos tan habituados a pasar perezosa y distraídamente nuestra mirada por la superficie de las cosas sin parar la atención en ellas, que no es extraño que a veces practiquemos durante años y años, y quizá toda nuestra vida, acciones importantísimas y trascendentales, sin comprender ni sospechar, acaso, su valor; sin pensar que estamos derrochando lastimosamente riquezas inapreciables...

 

   Tal sucede con la devoción tan popular y genuinamente católica del Santo Rosario. Es imposible concebir otra tan rica, tan abundante, tan llena de tesoros y gracias celestiales, y que tan maravillosamente se adapte, al mismo tiempo, a nuestra pequeñez, a nuestra flaqueza, a nuestra limitación, y que tan admirablemente satisfaga a todas nuestras necesidades. Y sin embargo, cuántos y cuántos cristianos rezarán, y tal vez diariamente, el Santo Rosario, de una manera maquinal y distraída, sólo con los labios, sin meditar ni comprender el profundo sentido de las palabras, sin afectos del alma, sin que el corazón sienta lo que los labios dicen, derrochando, en fin, como hemos dicho, riquezas inapreciables, tesoros de dones y gracias divinas con los que en la hora de la muerte podríamos comprar nuestra entrada para el ciclo y asegurar nuestra eterna dicha.

 

   Porque es indudable que el fin de la oración es la unión del alma con Dios, unión que nos proporciona la mayor ventura a que podemos aspirar tanto en esta como en la otra vida; y es indudable también que ningún medio más a propósito para conseguir esta bendita unión, en la que estriba nuestra dicha, que la meditación constante y amorosa sobré los principales misterios de Nuestro adorable Salvador y su Madre Santísima; y es también indudable que ninguna otra devoción nos puede proporcionar tan fácil y sencillamente la meditación de esos misterios, como la devoción popular, amorosa y tierna del Santo Rosario.

 

   Pero para conseguir este resultado es preciso rezarlo diariamente con atención, modestia, recogimiento y reverencia, procurando con sencillez y buena voluntad que sienta nuestro corazón lo que pronuncian nuestros labios; hay que rezarlo bien, es decir, «sabiendo lo que se reza, creyendo lo que se sabe y sintiendo lo que se cree».

 

   En el Santo Rosario se unen por un modo admirable las dos clases de oración: la mental y la vocal. Nada tan excelente, nada tan a propósito para la primera como la repetida y afectuosa meditación de los misterios que se consideran en el Rosario. Ningunas otras oraciones, entre las vocales, tan excelentes como las de origen enteramente divino de que está compuesto el Santo Rosario...

 

   Recémoslo, pues, diariamente desde hoy. Ofrezcamos a nuestra Madre tan tierna, tan amorosa, tan agradecida, esa guirnalda de rosas de fragancia divina, para tejerla una corona digna de Ella, que en la terrible hora de la muerte nos pagará con creces este corto obsequio, abogando con empeño por nosotros ante el tremendo tribunal de la Justicia Divina. Procuremos honrarla aún más especialmente con esa devoción durante el mes de Octubre (mes del Santo Rosario), asistiendo a los actos públicos en donde se rece el Santo Rosario, y procuremos, además, propagar esta práctica piadosa entre nuestros conocidos y amigos, dando asi muestras de nuestro amor a la Virgen Santísima.

 

    Y no olvidemos aquel glorioso combate naval de Lepanto (domingo, 7 de Octubre de 1571), en el que los cofrades del Santo Rosario hundieron bajo las aguas del golfo el poder musulmán, por la intercesión y protección manifiesta de María Inmaculada. Propongámonos firmemente desde hoy, que también practicar y propagar tan hermosa devoción, que la Virgen Inmaculada salvará a la cristiandad como la salvó en Lepanto, de los rudos ataques de la impiedad que a cada instante amenazan sepultarla.

 

—LA LECTURA DOMINICAL—

Año 1894

 

 

SAN JERÓNIMO PENITENTE (30 DE SEPTIEMBRE)

 



 

   Dios que nos creó en justicia y nos regeneró por la gracia del bautismo, llenó la medida de su caridad, prometiéndonos el perdón de nuestros pecados si nos convertíamos a Él con verdadera penitencia. Pero es de saber que una de las condiciones esenciales de ésta, es que contenga la resolución de practicar obras satisfactorias y expiatorias, que sean a la vez un castigo voluntario por los pecados de que somos reos, y un preservativo contra las recaídas, que lejos de ser evitadas, serían reproducidas por satisfacciones demasiado leves y obras con exceso fáciles, dado el abuso a que lleva una indulgencia desmedida. Los remordimientos que experimenta el que de veras es penitente, cuando piensa en su ingratitud y perfidia, la vergüenza que le causa la enormidad de sus crímenes contra Él que es suma bondad y todo amor, le inspiran tal horror de sus malos hechos, que a sí propio se condena a repararlos castigándose con santo rigor y constituyéndose en vengador de la causa de Dios, por la justa severidad con que trata a su carne, que le ayudó en el pecado.

 

   Esta es la penitencia que hacen los santos, esta es la que siguió el gran doctor de la Iglesia San Jerónimo, castigándose con asperísima perseverancia por las faltas a que le lanzó en su juventud su impetuoso corazón solicitado por las bellezas, espectáculos y placeres de la vida de Roma, en los cuales naufragó su inocencia, pero su fe y piedad insigne se salvaron por uno de esos milagros de la gracia, que cuando quiere, triunfa de todos los obstáculos sin que se pierda el mérito de los combates.

 

   En la misma Roma el sinsabor de la vida ordinaria y la ardorosa inquietud natural en los espíritus levantados, le dirigieron pronto hacia más graves ideas; ideas que fulguran luego en todos los escritos del Santo, y que expresa de continuo en sus apologías de la mortificación, de la virginidad, de la vida solitaria. «¡Oh desierto embellecido con las flores de Jesucristo!» — exclama el Santo escribiendo a su discípulo Heliodoro. — «¡Oh soledad que más familiarmente disfruta de Dios! ¿Qué haces en el mundo, oh hermano mío, tú que eres más grande que el mundo? ¿Hasta cuándo permanecerás a la sombra de las casas? ¿Hasta cuándo seguirás encerrado en poblaciones desde donde se elevan negros humos? Créeme; me hallo aquí como en el seno de un nuevo día. Libertado del peso opresor de mi cuerpo vuelo con más libertad para lanzarme a región pura y sin nubes. ¿Qué es lo que temes? ¿La pobreza? Pues Jesucristo llama bienaventurados a los pobres. ¿El trabajo? El atleta no tiene derecho a la corona sino cuando con laborioso ejercicio la ha ganado. ¿Tendrían fuerza para espantarte las necesidades de la existencia? La fe no teme al hambre. ¿Es que te horroriza acostarte en la desnuda tierra y mortificar a un cuerpo ya debilitado y seco por una larga abstinencia? El Salvador descansará allí contigo. ¿Acaso mirarías con terror la anchurosa extensión de estos desiertos? Paséate entonces con el pensamiento por las rientes llanuras del Paraíso... Cualesquiera que sean las dificultades que te embaracen, el Apóstol sale al encuentro de todas con una frase nada más: «Todos los sufrimientos de la presente vida no guardan proporción con la gloria que un día será en nosotros descubierta.» Sería demasiada sensualidad querer gozar en la tierra para enseguida reinar en el cielo.»

 

   Ahora bien, nuestras penitencias, si son algunas, ¿no se asemejan más a esta sensualidad que al santo rigor con que debemos castigar en nosotros mismos las ofensas con que hemos injuriado a la misma Divinidad?

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1899.

 

martes, 29 de septiembre de 2026

SAN MIGUEL ARCÁNGEL.

 




SAN MIGUEL ARCÁNGEL

 

   Dios es criador del mundo visible y del invisible, y al conjuro de su palabra nacieron todas las criaturas, y entre ellas innumerables espíritus buenos a quien llamamos ángeles.

 

   Los ángeles eran buenos y felices, y estaban dotados de singularísimos dones, y especialmente de la gracia santificante, pero dotados igualmente de libertad como puros espíritus que eran; y no estando aún confirmados en gracia, en su mano estaba el hacer buen uso o mal uso de los dones recibidos.

 

   Y aquí apunta la primera división que registra la historia, pues al paso que muchos perseveraron en el buen camino, otros se rebelaron contra Dios, y a causa de su pecado quedaron infelices.

 

   Y en el mismo momento los ángeles buenos fueron confirmados en gracia y los malos arrojados a los profundos infiernos, donde les envió la justicia perfecta de Dios Nuestro Señor.

 

   Un día, escribe el Águila de Pathmos (San Juan Evangelista), hubo un gran combate en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón y los suyos, y estos últimos fueron vencidos y sus sitios en el cielo quedaron vacíos... Fué derribado aquel gran dragón, aquella antigua serpiente que se llama el diablo o Satanás, y fué arrojado sobre la tierra y sus ángeles con él. Y oí del cielo una gran voz que decía: «Ahora es cuando se ha otorgado al mundo la salvación, cuando la virtud y el reinado de nuestro Dios y el poder de su Cristo quedan establecidos para siempre; porque ha sido derribado ese acusador de nuestros hermanos Cielos, regocijaos; saltad de alegría todos los que habitáis las moradas celestiales; y tú, ¡Oh tierra!, y tú, ¡Oh mar!, llorad vuestra desgracia, porque el diablo viene a vosotros lleno de gran cólera y sabe que tiene poco tiempo para tentaros.»

 

   Estas palabras del Apocalipsis parece que son fundamento de la opinión de muchos Padres de la Iglesia, que relacionan el pecado de los ángeles malos y la caída de Luzbel con el misterio inefable de la Encarnación del Hijo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad. Porque todos los escritores católicos convienen en que el pecado de Lucifer fué de soberbia, la cual es principio de todo pecado; pero no convienen en qué consistiese propiamente esta soberbia.

 

   Y en medio de estas dudas y presunciones es opinión bastante probable «que los ángeles rebeldes, habiendo conocido por revelación la Encarnación futura del Hijo de Dios y el deber que entonces les incumbía de adorar a Dios–Hombre, negaron desde entonces al Altísimo la debida obediencia, por orgullo y por envidia de que para aquella empresa se prefiriese la naturaleza humana (Gran Catecismo Católico del P. José Deharbe, de la Compañia de Jesús).»

 

   De ahí arranca el odio feroz de los demonios contra Jesucristo y contra su Iglesia, particularmente contra la purgante y la triunfante, porque ya nada puede su rabia contra los justos que en el Purgatorio desean ardientemente ser purificados de su culpa para gozar de la visión beatífica, ni contra sus antiguos compañeros los ángeles buenos, y los bienaventurados mortales que por gracia de Dios escalaron con sus méritos las sillas que dejaron abandonadas Luzbel y sus cofrades.

 

   Lo que resulta fuera de toda duda es que el héroe de la jornada fué el Arcángel San Miguel, el cual, representante de la causa del orden, tuvo la fortuna de oponerse a la sedición que arrastró a una tercera parte de los habitantes del cielo, al grito que es desde entonces santo y seña de los hijos de Dios, y lema de todas las empresas grandes: ¿Quis ut Deus? ¿Quién como Dios? Desde aquel momento Dios recompensó la fidelidad de Miguel y los suyos, haciéndoles impecables y permitiéndoles contemplar de entonces para siempre la plenitud de su gloria y la infinita belleza de su Esencia. Así nos lo asegura el mismo Jesucristo por San Mateo, cuando condenando el escándalo conmina especialmente con terribles penas a los que escandalizasen a los pequeños, «porque os hago saber que sus ángeles en los cielos están siempre viendo la cara de mi Padre celestial (San Mateo, cap. XVIII, vers. 10.)».

 

   La devoción a San Miguel es popular en todo el mundo, y por toda la haz de él se encuentran multitud de iglesias dedicadas al caudillo de las milicias angélicas. El célebre intérprete Cornelio A Lápide, exponiendo el Cap. XII del Apocalipsis, dice que «al fin del mundo San Miguel con sus ángeles peleará contra Lucifer y sus huestes infernales, y ayudará con mano fuerte a los cristianos para que se opongan y resistan pública y heroicamente al Anticristo con el cual combatirá Lucifer a los hombres de aquel tiempo».

 

   Si bien no es cuestión vana el pararse a considerar si se acercan los tiempos de esta última batalla, ya que el Señor pidió que contempláramos los signos de los tiempos: basta a nuestro propósito saber que el resistir a las pasiones y a los errores, la confesión íntegra de las doctrinas de Jesucristo, y el ajustar íntegramente la vida a esta preciosa confesión, exige ya entre nosotros actos heroicos de virtud... ¡A tal extremo ha llegado este desquiciamiento universal que parece la pérdida del buen sentido, de la dignidad y de la vergüenza, y tan costoso y difícil es resistir bravamente esta tempestad de humillaciones, malos ejemplos, cobardías, traiciones, debilidades y apostasías disfrazadas con los más halagüeños nombres, que son el pan nuestro cotidiano entre los católicos de nuestros días!

   Por eso cada momento se hace más precisa la protección de San Miguel; y a medida que el peligro del mundo arrecia, parece que se agiganta la figura del vencedor de Luzbel, que da hoy alientos a los escogidos para que perseveren en el camino del deber.

 

   Esta parece también, como aquella de que habló nuestro Señor en su Pasión, la hora de Satanás y el poder de las tinieblas; pero sobre todas las confusiones y males parece flotar el ¿Quis ut Deus? del primer soldado de la gloria del Criador.

 

   Recordémoslo en las tribulaciones, y ya no nos parecerá exiguo el número de los soldados de Cristo, ni buscaremos acomodamientos vergonzosos, ni sentiremos desfallecimientos en la pelea, ni atribuiremos á habilidad nuestra lo que es pura gracia de la Providencia, ni el diablo nos impondrá, ni las concupiscencias de la carne y de los ojos nos llevarán tras sí, ni la soberbia de la vida nos quitará el sueño. ¿Quién como Dios? Ahí está todo.

 

Apostolado de la Prensa.

Año 1896.

MEDITACIÓN SOBRE “SAN MIGUEL” – 29 de Septiembre.

 



 

   Se trabó un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el drag6n. (Apocalipsis, 12, 7)

 

   I. Lucifer se había rebelado contra Dios: tal vez se negaba a adorar el misterio de la Encarnación, que Dios había revelado de antemano a sus ángeles. Imita el celo de este arcángel cuando se trata de los intereses de Dios: declárate abiertamente en contra de los impíos. Cuando el mundo con sus placeres o el demonio con su orgullo te ataquen, diles con San Miguel:

   “¿Quién como Dios?” Mundo, placeres, honores, riquezas: ¿pueden acaso tus recompensas compararse a las que Dios me reserva? ¿Quién como Dios?

 

   II. La humildad y la sumisión procuraron a San Miguel una gloria eterna, y el orgullo precipitó a Lucifer en los abismos infernales. ¡Temblad, soberbios! La vanidad es la que ha perdido a la más hermosa de todas las creaturas. Humillémonos y temamos comparecer ante Dios que hasta en los ángeles ha encontrado corrupción.

   ¡Cayeron los astros del cielo y yo, lombriz, no tiemblo!

 

   III. Debes honrar a San Miguel, porque es el príncipe de la Iglesia que debe un día asistir al examen de toda tu vida. ¿Qué dirás? ¿Qué harás en ese tremendo día? No podrás esperar ayuda alguna ni de tu riqueza ni de tu ciencia. Sólo tus buenas obras abogarán a tu favor ante el Juez supremo. ¿Bastarán para asegurarte una gloria eterna?

    Llegará ese día en el que un corazón puro valdrá más que palabras hábiles, una buena conciencia más que una bolsa llena de oro (San Bernardo).

 

La devoción a San Miguel.

Orad por la Iglesia.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que reguláis con infinita sabiduría los diversos ministerios de los ángeles y de los hombres, dignaos concedernos como protectores en la tierra a esos espíritus bienaventurados que no cesan en el cielo de ofreceros sus servicios y homenajes. Por J. C. N. S. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

jueves, 24 de septiembre de 2026

EL SANTO NIÑO (Cristóbal) DE LA GUARDIA, Mártir – 25 de Septiembre.

 



 

LA IMAGEN CORRESPONDE AL NIÑO ASESINADO EN LA GUARDIA, TOLEDO.

 

   El Santo Niño de la Guardia, era un inocente chiquillo de tres a cuatro años, de nombre Cristóbal, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, quien, según algunos era ciega.

 

   Entre febrero y marzo de 1489, atrayéndolo con engaños, varios judíos lo raptaron y escondieron en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor. Los raptores, como se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, pensaron que era buena ocasión para repetir en aquélla indefensa criatura la pasión de Cristo. Se trasladaron, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias.

 

   La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron y abofetearon, poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, que también le colocaron las espaldas y plantas de los pies. Finalmente, le vaciaron toda la sangre del cuerpo, y, abriéndole el pecho, le sacaron el corazón guardándolo en salmuera.

 

   Durante el crimen ritual, usaron una hostia consagrada, que, rescatada del equipaje de Yucé en el momento de su detención, se conserva  aún en el Convento de Santo Tomás, en España, dentro de un envase a modo de relicario.

 

   Todos los participantes confesaron por separado la misma historia, con los mismos detalles y la misma narración de los hechos. Si la historia de Yucé fuese falsa, esta sincronía “telepática” no hubiera podido conseguirse ni con la más larga y dolorosa jornada de tortura y dolor.

 

   Los relatos coincidían también con los registros que se tenían del estado del cuerpo del niño y la disposición de sus espantosas heridas.

 

   Este crimen dio pie al inicio de un espectacular juicio del Santo Oficio, cuyo jurado sería integrado por altísimos representantes de la cultura y la intelectualidad española, hombres nobles y de carácter intachable, todos ellos miembros de la Universidad de Salamanca. Ávila se convirtió en el epicentro de las crónicas de entonces. Las muchedumbres siguieron atentamente el desarrollo del caso y al saberse sus escalofriantes detalles, hubo varios intentos de revueltas antijudías  que, afortunadamente para ellos, lograron ser detenidas por dictados reales.

 

   El crimen, como bien lo señaló el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media se atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos. El caso del Santo Niño es muy distinto.

 

   Su culto comenzó muy temprano, pues ya en las visitas eclesiásticas a partir de 1501 hallamos referencias a los santuarios constituidos en los lugares donde el tierno niño padeció o fue enterrado y La Guardia le tomó por Patrón, celebrando fiesta solemne así en el día de los Santos Inocentes como el 25 de marzo o en la semana de quasimodo (primera de Pascua); sólo desde 1580 se votó para que su fiesta se celebrase en adelante el 25 de septiembre de cada año. También las autoridades religiosas dieron reiteradas pruebas de devoción hacia el mártir; así el cardenal Siliceo, que en 1547 alegaba en abono de su Estatuto de limpieza la crucifixión de aquél, y el cabildo de la Iglesia primada, que en 1613 pedía a varios cardenales y a la Congregación de Ritos licencia para rezar al inocente mártir a lo menos en todo el arzobispado toledano. Al arzobispo Alonso de Fonseca se debe el encargo del antiguo retablo que se puso en la cueva de la crucifixión, así como a Lorenzana el haber mandado pintar, de la diestra mano de Bayéu, el martirio del niño en los claustros de la iglesia capitular. Consta asimismo de la admiración que le profesaron monarcas como Fernando V, Carlos I y Felipe II.

 

   El Papa Pío VII canonizó al niño asesinado como San Cristofer, autorizando su culto en la Iglesia de Toledo. Existe un altar en su honor y el pueblo de La Guardia guarda su memoria hasta nuestros días. Su tragedia y su alma se recuerdan como la del “Santo Niño de La Guardia”.

 

   Se le atribuyen muchísimos milagros, como la devolución de la vista a su madre ciega, las cuatro curaciones obradas con ciertas personas de Alcázar de Consuegra al comenzar el 1492; un tullido, una mujer con la boca torcida hacía más de dieciocho años, un sordo total y una pobre ciega, aparte de otros mil prodigios referentes a niños quebrados y enfermos de todas clases cuya curación detallan los rótulos que sobre cada caso penden del santuario de La Guardia.

 

   Hoy se conservan en la Ermita unos versos compuestos por Don Diego Gracian, secretario de Carlos V, en un viaje del emperador a la ermita; estos versos escritos en latín, traducidos dicen así:

 

“Pasado con el cuchillo el tierno pecho,

saliéndole la sangre apresurada,

dijo el Niño: si en tanto amor estrecho

buscas mi corazón, furia malvada,

búscale al otro lado, no al derecho”.

 

   Estos versos datan, de febrero de 1539, en que el “Emperador visitaba la Ermita”.

 

   Son muchos los milagros del Santo Niño de la Guardia, y existen testimonios de los mismos, que han consolidado la fe de sus devotos.

 

   El mundo de la literatura ha dejado constancia de este terrible suceso del siglo XV en los alrededores de Toledo. Lope de Vega escribió El Niño Inocente y Quevedo se ocupó de él, proponiendo en carta escrita al rey se dignase disponer las cosas para que el santo Niño compartiera el patronato de España con Santiago; afirmaba que «puede interceder a Dios, como no puede otro alguno, por la pasión que Cristo pasó por él y por la que él pasó por Cristo».

 

   Ya en el año 1501 hay referencias a los lugares de culto en los que se le venera que son los mismos en los que sufrió y fue enterrado. La Guardia lo tomó por Patrón y señala el día de su fiesta. El cardenal Siliceo apoya en 1547 su estatuto de limpieza en la devoción que se presta al Santo Niño. Consta la veneración que los reyes Fernando V, Carlos I y Felipe II le tuvieron. Y se sabe que el papa Pío VII confirmó su culto en 1805.

 

   El siglo XV está plagado de problemas enconados y agudos suscitados por los conversos del judaísmo; motivaron la predicación de Vicente Ferrer y de otros muchos; salieron a la luz disposiciones eclesiásticas y leyes civiles porque hubo persecuciones con matanzas. Se produce un repetido intento sincero para facilitar conversiones al cristianismo; partía la iniciativa de un verdadero afán apostólico, pero al tener siempre pobres o nulos resultados, ni el poder político ni el militar pudieron mantenerse al margen ni sustraer la atención a los hechos. Hubo falsos conversos que seguían practicando un judaísmo casero con repercusiones en el orden social. Los Reyes Católicos, fracasados los esfuerzos persuasorios del 1478, solicitaron del papa Sixto IV la bula para establecer la Inquisición; en el 1480 ya quedaba nombrado el tribunal, pero no por ello estaba asegurado el orden; estaban implicadas personas judías poderosas en dinero y número, como se hizo patente en el complot de Sevilla, el asesinato en Zaragoza del inquisidor Pedro de Arbués en 1485, la resistencia a la entrada de los inquisidores en Teruel, en Barcelona y Valencia. Los alborotos de Jaén y Córdoba del 1467 se repitieron con mayor virulencia en la ciudad de Toledo entre 1486 y 1488.

 

 

Rapto del Santo Niño de la Guardia. Claustro de la catedral de Toledo. Frescos de Francisco Bayéu. 1782.

 


 

Crucifixión del Santo Niño.

Claustro de la catedral de Toledo.

Fresco de Francisco Bayéu. 1782.




miércoles, 23 de septiembre de 2026

NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED. (24 DE SEPTIEMBRE)

 




NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED.

(24 DE SEPTIEMBRE)

 

   ¡Qué merced tan singular la concedida por inspiración de la Bienaventurada Virgen María a los cristianos cautivos en poder de los moros!

 

   Ya la que invocamos con el nombre consolador de Auxilio de los Cristianos, había inspirado a hijos suyos muy amados el ejercicio de la caridad en una nueva forma, acomodada a las circunstancias y necesidades de aquellos tiempos, en que las continuas luchas con los hijos del falso Profeta llevaban a muchos soldados de Jesucristo a gemir en las mazmorras africanas.

 

   San Pedro Nolasco, asociado a hombres de conocida piedad, trabajó mucho en aliviar y redimir a los cautivos cristianos.

 

   En la noche del primer día de Agosto del año 1218, estando aquel Santo en oración, se le apareció la Reina de los cielos, y le dijo que no podía hacer cosa más agradable que fundar una congregación con el título de Nuestra Señora de la Merced para la redención de los cristianos cautivos en el dominio de los moros. De esta revelación participaron San Raimundo de Peñafort y el rey D. Jaime de Aragón, y el día de San Lorenzo del mismo año se fundó la nueva Orden, con el voto especia! de pedir limosna para los cristianos cautivos, y quedarse en rehenes y por rescate siempre que hubiera necesidad.

 

   La Iglesia instituyó el 24 de septiembre cómo un día de fiesta particular para perpetuar la memoria de tan grande beneficio.

 

   ¡Ah! ¡Qué sublime ápice de perfección evangélica llegó por parte de muchos religiosos la imitación del Señor que dio su vida por nosotros!

 

   Todos sabemos a qué sanguinarias luchas se ha llegado por conquistar el estado político que llaman de libertad, y cuántas víctimas ha causado el empeño de lograrla; en cambio no han sido ni serán suficientemente alabados aquellos, muchas veces desconocidos, pero siempre heroicos varones, que, por ser religiosos de la Orden de la Merced, perdían el derecho a vivir en su patria y a disponer de su vida dentro de los límites prescriptos por la Religión que habían profesado, se desprendían de su libertad en beneficio de hijos de viuda, de ancianos desvalidos, de padres a quienes con perpetuo duelo echaban de menos la esposa y los hijos.

 

   ¡Esto sí que era amar la libertad! ¡Perderla propia por ganar la ajena!

 

—APOSTOLADO DE LA PRENSA—

Año 1901.

 

LA INFANCIA Y LA ORACIÓN.

 



   


   ...De todos los espectáculos que pue de ofrecer el género humano, ¿hay alguno más conmovedor, más suave y atractivo, que un niño que reza?

 

   Su madre le ha puesto de rodillas sobre su camita, le ha hecho juntar las manecitas y le enseña a pronunciar, una a una, las palabras de una breve oración; ésta será, por ejemplo, si es muy pequeño, la exclamación sencilla y humilde: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía, o si es mayorcito, el sublime Padre Nuestro y Ave María.” Por la mañana, el niño levanta su carita al cíelo azul, cuya pureza se refleja en el cristal inmaculado de sus ojos; y por la noche, a la luz de una vela, cual lámpara, en la alba templada y tranquila, parece que un ángel asiste, oculto en las sombras, a la deliciosa escena, para dar testimonio en el Paraíso de este adorable acto de fe.

 

   Sin duda, el niño no comprende todavía las palabras sagradas que pronuncia, pero sabe que su madre se complace en oírselas repetir; la mira sonriente echando de ver que sus caricias son más tiernas: y junto a ese corazón que late, respirando esa atmósfera de amor y de piedad, se despierta en su alma el instinto religioso.

 

   En cuanto esa Madre feliz, no hay en su vida instante más dulce que aquél en que presenta ante Dios a su niño envuelto en la tenue camisilla, con las manos juntas, y de rodillas en su pequeña cama. ¡Qué inmensa dicha rezar con él, por él y para él.

 

   Y el hombre que en la niñez aprenda a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y las luchas de la vida, las rebeldías de la razón y de los sentidos, podrán conducir le a la incredulidad. Pero un respeto de fe infantil queda siempre en el fondo de su alma. Llega la hora de la prueba, la hora de un gran dolor físico o moral... ¡Ah! Cómo se acuerda enseguida el hombre maduro del día lejano en que, arrodillado en la cuna, sentía en sus mejillas el calor del rostro de su madre, que le enseñaba el Padre Nuestro y el Ave María.

 

   Y entonces, probablemente, sentirá que su orgullo se derrumba, cubrirá su rostro con las manos y lanzará ese grito tan propio de toda boca humana: ¡Dios mío tened compasión de mí!

 

   Este grito, para un alma que naufraga, es el faro que brilla en las tinieblas junto al puerto de salvación.

 

“Francisco Coppée”

Año 1934.

martes, 22 de septiembre de 2026

LA TARDE DE LA VIDA “LA VEJEZ”

 




LA TARDE DE LA VIDA

“LA VEJEZ”

 

Por el R. P. Ch. Laurent. De la Sociedad de María.

Traducción de D. Francisco José Vergara, Pbro.

 

   La primera ley de nuestra existencia decaída es ser efímera, no durar sino un espacio de tiempo; y lo que debe acabar es siempre corto. Nuestra vida será más o menos agitada, más o menos brillante; podrá ser rica de prosperidades, o más bien tejido de decepciones y larga serie de amarguras; no importa : al fin acabará: será siempre breve.

 

   Sin embargo, amamos esta vida tan efímera como si debiera durar siempre. La embellecemos de ilusiones renovadas sin cesar, olvidando que todo aquello tendrá término, y que a las rápidas alegrías de la víspera sucederán sin remedio las tristezas del mañana. Dentro de poco tiempo será nuestra alma como un árbol que ha dado ya sus flores y sus frutos, y deja ver amarillas sus hojas; o si aún conserva algunas flores, serán éstas como las de otoño, raras y tímidas, como inciertas del mañana. Un soplo de invierno pasará entonces sobre nuestra alma entristecida, a la que nadie podrá ya devolverle su frescura. Será el luto por el pasado, que comienza, y este luto ya no se puede abandonar.

 

Escuchemos al poeta:

 

El libro de la vida, libro supremo,

No se puede, al arbitrio, abrir o cerrar,

No se lee dos veces el dulce instante:

Tórnase por sí misma la hoja fatal.

A la página grata volver querríase,

Y la página triste de nuestra muerte

Ya bajo nuestros dedos acaso está.

 

(LAMARTINE)

 

   Tras los años de juventud y de alegrías, tras la edad madura y sus austeros deberes, se acerca el fin. Ayer aún nos sentíamos jóvenes y vigorosos. Brisas de primavera soplaban en nuestras frentes; mil sueños felices acariciaban nuestras almas, y poblaban de esperanza el porvenir. Eso era ayer; pero hoy hay ya menos luz en nuestro cielo; menos poesía y perfume en nuestros pensamientos; formamos pocos proyectos; no hablamos de esperanzas. Son tristes nuestras sonrisas y furtivas nuestras alegrías. El corazón mismo se fatiga; siente disgustos que hasta entonces no habría conocido y a ciertas horas de desencanto se ve invadido de irresistibles melancolías. Sentimos deseos de llorar, acaso por vez primera, sin saber la causa de estas lágrimas que a pesar nuestro brotan. Es la vejez que llega ¡Qué pronto! Jamás lo habíamos pensado, ni querido que de ella se nos hablase, ni atreviéndonos a imaginarla siquiera.

 

   El largo hábito de una vida desbordante de energías y de empresas realizadas nos había acarreado un mundo de halagüeñas ilusiones; parecía que este sueño no había de desvanecerse nunca, ni aun mancharse de sombras ¡Qué importaba el camino recorrido! Ni siquiera habíamos pensado en calcularlo o medirlo. Bastaba una mirada al plácido horizonte, sobre el camino sin término que a los ojos se presentaba.

 

  No obstante echamos de ver un día que el tiempo está cumpliendo su tarea: sorpréndenos a veces vernos enfrente de tristes realidades: nuestra mirada ya no tiene la fuerza y claridad de antes; surcan arrugas nuestra frente empañada, despojada de la frescura de los primeros años; la lentitud se apodera de nuestros miembros; el cuerpo todo se hace pesado y pare ce encorvarse bajo un fardo invisible; se diría que una mano misteriosa oprime nuestra espalda, y hace inclinar la frente hacia la tierra.  Tal, en las últimas horas de un baile, las armonías se apagan poco a poco; las luces van extinguiéndose; las flores inclinan su corola marchita y sin perfume, las sombras reinan ya doquiera, y por fin el silencio.

 

   No sin pena contemplamos entonces el pasado que se escapa. Murmuramos acaso contra esta ley de las declinaciones inevitables, y acusamos por lo bajo el fastidioso destino que hace tan breve los años de juventud y felicidad.

 

   Dios, sin embargo, como en todo, se muestra bueno y piadoso en la aplicación de esta ley, y esta misma tristeza y desencanto nuestros son una de las formas benditas de su Providencia. Sabiendo que nos será preciso, tarde o temprano dejar esta vida transitoria, y salir de este mundo e n que hemos sido puestos sólo por cierto tiempo, va así preparándonos con admirables precauciones a los adioses últimos. De este modo va quitando los risueños colores de ese horizonte de que nuestra mirada debe desprenderse, y hace indiferente un porvenir con el cual no podemos ya contar. Va enfriando lentamente este mismo corazón que ya no es capaz de amar como en otros tiempos. Le arranca una por una sus ilusiones, y despierta en nosotros esos disgustos que reemplazan los engañosos goces de vida, y hacen soñar con una dicha real, y ya cercana.

 

   Una dama del gran mundo, al día siguiente de un duelo que había roto la felicidad de su vida, tomaba por divisa, siguiendo la costumbre de su tiempo, estas palabras: Plus ne m' est rien, rien ne m' est plus. “Mas, para mí, nada; nada para mí más” ¡Qué mejor expresión del amargo tedio de un alma a quien todo viene a ser indiferente! Dando a estas palabras inspiración cristiana, y sentimientos de religiosa resignación, conviene a todos los que Dios invita a este desprendimiento de la vida; y así estarán en el orden cuando puedan decir sin amarguras ni reclamos: Más para mí, nada; nada, par a mí, más.

 

La vida como sombra se evapora;

La corriente del tiempo nos arrastra;

No vuelve a verse la tocada orilla,

Y la on da corre, corre apresurada.

✠✠✠

Los tristes ojos revolviendo en torno

Igual a lo que vieron no ven nada;

Se vive, más se duda por momentos

Ser el mismo que un día comenzara.

✠✠✠

¿Qué es pues lo que se agita, y lo que pasa

Fugitivo y cambiante en el espacio?

¿Vana apariencia, o firme realidad?

Lo que creo tener, y se me escapa,

Y al querer estrecharlo se desliza,

¿Qué cosa es, sino la Eternidad?

 

(Mons. Lagrange)

 

REVISTA EL HOGAR CATÓLICO

(Año 1908)