jueves, 15 de octubre de 2026

VISIÓN DEL INFIERNO DE SANTA TERESA.

 



 

   El lugar que el diablo me tenía preparado: Después de que el Señor me había concedido muchas de las gracias que he mencionado, y otras más, muy grandes, un día mientras estaba en oración, me encontré de repente, sin saber cómo, en el infierno. Entendí que el Señor quería que viera el lugar que los demonios me tenían preparado, y que yo había merecido por mis pecados. Todo ocurrió en un instante, pero aunque viviera muchos años, me parece imposible olvidarlo.

 

   Un lugar angosto y pestilente: La entrada me pareció un callejón muy largo y estrecho, como un horno bajo, oscuro y angosto. El suelo me parecía de un agua lodosa, muy sucia y de olor putrefacto, con muchas alimañas repugnantes. Al final había una cueva en la pared, como un armario empotrado, donde me sentí con gran opresión.

 

   El tormento físico y espiritual: Todo lo que había visto hasta entonces era agradable a la vista en comparación con lo que sentí allí. Y lo que voy a decir ahora, no importa cuánto lo intente, no puedo describirlo con exactitud. Sentí un fuego en el alma cuya naturaleza no puedo explicar. Los dolores corporales eran tan insoportables que, a pesar de haber pasado por otros muy graves en esta vida —los médicos decían que eran los más grandes que se podían soportar, ya que todos mis nervios se encogieron cuando me paralicé, además de muchos otros que he tenido, algunos causados por el demonio—, todo eso no es nada en comparación con lo que sentí allí, y con la idea de que ese dolor sería eterno y jamás cesaría.

 

   Desesperación del alma: Esto no es nada comparado con la agonía del alma: una opresión, un ahogo y una aflicción tan intensos, y con una desdicha tan desesperada y atormentada, que no sé cómo describirlo. Decir que es como si el alma se estuviera arrancando es poco, porque aquí parece que es uno mismo el que se despedaza. Lo cierto es que no sé cómo expresar aquel fuego interior y la desesperación que acompañan a tan graves tormentos y dolores. No veía quién me los daba, pero sentía que me quemaban y me hacían pedazos. Y repito, aquel fuego y desesperación interior es lo peor.

 

   Tinieblas y sufrimiento sin fin: Estando en un lugar tan pestilente, sin poder esperar consuelo, no había posibilidad de sentarse ni de acostarse; no había lugar, aunque me pusieron en ese agujero hecho en la pared. Porque esas paredes, de aspecto espantoso, aprietan por sí mismas y todo ahoga. No hay luz, solo tinieblas muy oscuras. No entiendo cómo es posible que, a pesar de no haber luz, se pueda ver todo lo que causa pena.

 

   El temor a volver: El Señor no quiso que viera más del infierno en ese momento. Después he tenido otra visión de cosas espantosas, de los castigos de algunos vicios. A la vista, me parecieron mucho más aterradores, pero como no sentía el dolor, no me causaron tanto temor. En esta visión, el Señor quiso que yo sintiera de verdad esos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo los estuviera sufriendo. No sé cómo fue, pero entendí que era una gran gracia, y que el Señor quería que viera con mis propios ojos de qué me había librado su misericordia. Porque no es lo mismo oírlo o haber pensado en los diferentes tormentos —aunque yo rara vez lo hacía por el miedo que me daban— que sentirlos. El infierno que he leído en los libros o el que se imagina, no es nada comparado con esta pena. En fin, es como un dibujo comparado con la realidad, y el fuego que sentimos aquí es muy poco comparado con el de allá.

 

   El beneficio de la visión: Quedé tan espantada, y todavía lo estoy al escribir esto —han pasado casi seis años—, que me parece que el calor natural me falta por el miedo que siento. No recuerdo ninguna vez que tenga problemas o dolores que no me parezca que son nada en comparación con lo que se puede sufrir allí. Así, me parece que nos quejamos sin motivo. Por eso, vuelvo a decir que fue una de las mayores gracias que el Señor me ha hecho, porque me ha ayudado mucho a perder el miedo a las tribulaciones de esta vida, a esforzarme a padecerlas y a dar gracias al Señor por haberme librado de males tan perpetuos y terribles.

 

   El deseo de salvar almas: Desde entonces, como digo, todo me parece fácil en comparación con un solo momento de lo que sufrí allí. Me asombra cómo, habiendo leído muchas veces libros donde se habla de las penas del infierno, no las temía ni las tomaba en serio. ¿Dónde estaba mi juicio? ¿Cómo podía algo darme descanso si me llevaba a tan mal lugar? ¡Seáis bendito, Dios mío, por siempre! ¡Cómo se ha evidenciado que me queríais mucho más a mí que yo misma! ¡Cuántas veces, Señor, me librasteis de una cárcel tan tenebrosa, y cómo yo volvía a meterme en ella contra vuestra voluntad!

 

   De aquí también surgió la grandísima pena que me da la gran cantidad de almas que se condenan, en especial la de los protestantes, ya que, por el bautismo, eran miembros de la Iglesia. Siento un gran impulso de ayudar a las almas, y me parece que, por librar a una sola de tan graves tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana. Si aquí vemos a una persona que queremos, en especial con un gran sufrimiento o dolor, la compasión nos mueve, y si es muy grande, nos oprime. Entonces, ¿quién podrá soportar ver a un alma en el tormento más grande, sin fin? No hay corazón que lo aguante sin una gran pena. Si aquí, sabiendo que el dolor terminará, nos mueve a compasión, ¡no sé cómo podemos estar tranquilos viendo tantas almas que el demonio se lleva consigo cada día!

 

   Precaución y ruego final: Esto también me hace desear que, en algo que tanto importa, no nos conformemos con menos de hacer todo lo que podamos de nuestra parte. No dejemos nada. Y ruego a Dios que se digne darnos gracia para ello.

 

   Cuando considero que, aunque era tan mala, me esforzaba por servir a Dios y no hacía algunas cosas que veo que la gente en el mundo hace sin pensar, y que pasaba grandes enfermedades con mucha paciencia, que me la daba el Señor; no era propensa a murmurar ni a hablar mal de nadie, ni me parece que pudiera desearle el mal a nadie. No era codiciosa, ni recuerdo haber sentido envidia al punto de ser una ofensa grave a Dios, y en otras cosas, aunque era tan indigna, siempre sentí un gran temor a Dios. Y, a pesar de todo, veo dónde me tenían ya los demonios acomodada, y es verdad que, según mis culpas, incluso me parece que merecía más castigo. Pero, aun así, digo que era un tormento terrible, y es peligroso que el alma se sienta satisfecha y tranquila cuando cae a cada paso en pecado mortal. Por el amor de Dios, apartémonos de las tentaciones, que el Señor nos ayudará como lo ha hecho conmigo. Ruego a Su Majestad que no me suelte de su mano para que yo no vuelva a caer, pues ya he visto a dónde he de ir a parar. Que el Señor no lo permita, por quien Su Majestad es, amén.

 

“Autobiografía de Santa Teresa de Ávila”

miércoles, 14 de octubre de 2026

EL SERAFÍN DE ÁVILA (Santa Teresa)

 



EL SERAFÍN DE ÁVILA

(Santa Teresa)

 

   De todas las ciudades de Castilla es quizá Ávila la que mejor conserva la fisonomía de sus días gloriosos; los muros almenados y flanqueados de torreones que la ciñen, hablan elocuentemente al viajero de las guerras medioevales, de cuando Ávila era el fuerte escudo de Castilla la Vieja y uno de los centros políticos más importantes del reino, solar de numerosos caballeros, ciudad temida de los tiranos, defensa de las públicas libertades, y en ocasiones tan levantisca como en aquella memorable en que se vio en su plaza mayor la degradación de la estatua de Enrique IV y el alzamiento al trono del infortunado infante D. Alfonso.

 

   Pero con ser tantos y tan insignes y brillantes los recuerdos militares y políticos de Ávila, palidecen y se apagan allí alado del gran recuerdo religioso del siglo XVI que ilumina la ciudad toda, y la embalsama como celestial perfume, y atrae de continuo a su recinto piadosos peregrinos de todas las partes del mundo culto. Franceses, italianos, alemanes y americanos del Sur, hombres ilustrados y devotos de la cristiandad entera, acuden a Ávila y van después a Alba de Tormes, siguiendo con entusiasmo las huellas de «Santa Teresa», aspirando con delicia la fragancia exquisita que dejó tras sí aquella virgen incomparable que pasó por la vida hace tres siglos, amando a Dios sobre todas las cosas y en Dios y por Dios a sus prójimos; contemplando los lugares que ennobleció y santificó con su presencia el serafín de Ávila.

 

   Y no es privativo de los católicos de Europa y América este sincero y profundo entusiasmo. Entre los grupos de peregrinos de Santa Teresa no es raro hallar protestantes ingleses que, allá en su tierra y en el seno de su secta, aprendieron la lengua castellana con el exclusivo fin de leer en el original las obras de la Doctora mística, como se cuenta de la reina Victoria; y tampoco faltan racionalistas ilustrados que se prosternan ante esos altares de Santa Teresa como ante un misterio de todo punto inexplicable para la ciencia humana.

 

   Porque tal es la impresión que en ellos produce la Santa, y también en nosotros inspira algo semejante. La contemplación de Santa Teresa Infunde en todo espíritu el sentimiento de estupor propio del prodigio.

 

   La devoción ardentísima, el místico arrobo en que pasó la mayor parte de sus días, la trama de meditaciones, visiones y éxtasis en que se desarrolló su vida interior parece que debieran haberse manifestado en su rostro, acciones y palabras por algo extraordinario y anormal, por esa exaltación cerebral y pasional que la Irreverente y necia ciencia moderna confunde lastimosamente con el desequilibrio de las enfermedades mentales.

 

   Pero no hubo nada de eso; Santa Teresa es la santa serena y llana por excelencia. Sus obras revelan la salud y el equilibrio físico y espiritual más perfecto. No hay en cuanto escribió el menor asomo de afectación en el sentir, ni de romanticismo en el expresarse. Sus páginas admirables están desprovistas en absoluto de retórica. Brilla en ellas adorable sinceridad, y esa llaneza que tan natural y castiza es en los castellanos. «Escribió de Dios dice el mejor crítico moderno (Menéndez y Pelayo), como en plática familiar de vieja castellana, y junto al fuego.»

 

   Por eso, únicamente los más rufianes escritorzuelos librepensadores se atreven a profanar la memoria de Santa Teresa, relacionando su mística elevación de espíritu con cosa que nada se parece, ni de lejos, a desarreglo nervioso, ni a enfermedad mental. Para todos los hombres serios, aunque tengan la desgracia de no ser católicos, es Santa Teresa un prodigio.

 

   Y ¡qué prodigio tan admirable! ¡Qué misterio tan hondo! Como mujer, como contemplativa, como mística, como fundadora de Orden religiosa, como reformadora y como escritora, llega el serafín del Carmelo al ápice de la perfección. Reuniendo todos esos elementos en una se la personalidad, el asombro que producen es inaudito.

 

   Nada tan interesante como su vida. Ella misma nos la ha contado en dos libros que son monumentos imperecederos de la literatura universal.

 

   La menor de las tres hijas de Alfonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada, vino a este mundo el 12 de Marzo de 1815. Educada cristianamente, dió muestras desde la niñez de lo que había de ser, andando el tiempo, en el orden de la santidad. Sublimemente graciosos son los episodios, tan conocidos, de sus coloquios espirituales y místicas aventuras con su hermanito Rodrigo. Su profesión, su vida de monja, su generoso propósito de reformar el Carmelo, la resolución con que acometió la empresa y la constancia e inteligencia con que la llevó a feliz término, presentes están en la memoria de todos los buenos españoles y de los católicos de todo el orbe.

 

   Su vida espiritual íntima aún parece más prodigiosa, y aún se presta más á hondas meditaciones. Por el amor de Dios, inflamada en este santísimo fuego del amor divino, Teresa de Jesús fué teóloga, filósofa, moralista; tuvo sorprendentes visiones, y mereció de Jesús los más regalados favores. Doctora fué, y como Doctora enseñó, enseña y enseñará la más sublime ciencia del espíritu hasta el fin de los tiempos.

 

   Como literata es realmente encantadora. Encontró manera de decir las cosas más altas, abstractas y difíciles con la mayor sencillez. Su estilo es cálido, comunicativo, persuasivo, selecto sin dejar de ser vulgar. Tenía gracia, lo que ponía a sus escritos el sello más simpático de la raza y nacionalidad españolas.

 

   Nadie le ha aventajado en el arte de pintar a maravilla con muy pocas palabras. Su retrato del físico de San Juan de la Cruz es una obra maestra; aquella cara formada de raíces de árboles tiene pocos semejantes en la literatura de ningún pueblo.

 

   Procuremos imitar a santa Teresa; adoctrinémonos en sus escritos, y pidámosle de continuo por la Iglesia Católica, por el género humano y por esta noble nación española que fué su patria, y a la que tanto amó ella en esta vida.

 

VÍCTOR.

(Apostolado de la prensa)

Año 1896.

 

EL ROSARIO EN LA FAMILIA, y ejemplo.

 



 

   La devoción a la Virgen María es el refugio seguro en el que la familia cristiana puede ampararse ante este diluvio de pecados y escándalos que abruma al mundo.

 

   ¡Recuperemos el Rosario en familia, el antiguo y amado Rosario, ante el oratorio familiar! ¡Cuántas bendiciones trae del cielo para padres e hijos! ¡Qué hora tan dulce, llena de consuelos y hermosos recuerdos! ¡El Rosario en la intimidad del hogar, uniendo corazones y atrayendo la bendición de la Madre de Dios sobre la familia!

 

   Santa Teresita escribe en las páginas de “Historia de un alma” que jamás olvidaría a su amado padre rezando fervientemente con sus hijos ante el oratorio familiar. El Rosario, la oración familiar, trajo a ese bendito hogar la gracia de dar a la Iglesia, a la santa más grande de los últimos tiempos, en palabras de Pío X.

 

   Muchos santos se formaron en la escuela del Rosario dentro de sus familias. El Cura de Ars, San Juan Bosco, O'Connell, Bossuet, aprendieron a rezar el Rosario… en sus familias, en las rodillas de madres piadosas. Es una escuela de educación y un gran catecismo vivo.

 

   El Rosario es un compendio de doctrina, es la Suma Teológica de los pequeños y los humildes, y también contiene las lecciones más sublimes para los sabios y los teólogos.

 

   Creo que la educación cristiana a través del Rosario constituiría un estudio hermoso, muy útil y práctico de la pedagogía catequética.

 

   ¡Ved, pues, madres cristianas, el valor del Rosario en la educación de los niños, y cuánta belleza se puede aprender y enseñar en la contemplación de los misterios del Rosario!

 

   El Rosario en familia es, por lo tanto:

   — Un vínculo de unidad.

   — Una fuente de bendición.

   — Un catecismo vivo.

   — Un arca de salvación en este diluvio de pecados y escándalos.

   — El medio más eficaz y poderoso para obtener la protección de la Virgen María para la familia.

 

***

 

EJEMPLO: La Beata Blanca de Castilla y el Rosario.

 

   Uno de los modelos admirables de maternidad fue la Beata Blanca de Castilla, madre de San Luis, rey de Francia. Ella solía decir a sus hijos:

 

   “Sabes cuánto los quiero, pero prefiero ver a uno de mis hijos muerto a mis pies antes que ser culpable de un solo pecado mortal.”

 

   La oración favorita de esta santa madre era el Rosario. Lo aprendió del mismísimo Santo Domingo. Antes del nacimiento de San Luis, le había pedido a Dios un hijo digno del trono de Francia.

 

   El Santo Patriarca le aconsejó que rezara fervientemente el Rosario para obtener esta gracia. Y así lo hizo, pidiendo a toda la corte y a las almas piadosas que formaran un coro de Rosarios, implorando a la Santísima Virgen un heredero virtuoso y digno al trono de la patria. El 25 de abril de 1215, en el Palacio de Poissy, nació el tan anhelado hijo de Blanca. ¡Todos sabemos cuánta gloria trajo a la Iglesia y a Francia! Modelo para los reyes, conservó la inocencia del Bautismo y durante toda su vida firmó como Luis de Poissy, en homenaje a la ciudad donde recibió el Santo Bautismo, lo que lo convirtió en algo más que un heredero al trono de Francia: un heredero al cielo.

 

   Aprendió de su Santísima Madre a rezar el Rosario con fervor. Todos los sábados reunía a un gran número de pobres en su palacio, les lavaba humildemente los pies y les curaba las heridas. Después, rezaba el Rosario de María con ellos.

 

   Llevaba el rosario en las manos y a menudo lo llevaba alrededor de la cintura.

 

   Llegó al mundo gracias a las súplicas del Rosario, fue educado por su Madre en la meditación de los misterios del Rosario; vivió en tiempos en que el fervor de la predicación de Santo Domingo aún se sentía por doquier, ¿cómo no iba a ser un ferviente apóstol y devoto del Salterio de la Virgen? He aquí el fruto de la virtud y las oraciones de una santa Madre devota del Rosario de Nuestra Señora.

 

Monseñor Brandão Ascânio. El mes del Rosario. Año 1943.

 

  

martes, 13 de octubre de 2026

PERSECUCIÓN — Por Cornelio A Lápide.

 


 


Siempre ha habido persecuciones. ¿Por qué?

 

   Tened cuidado, dijo Jesucristo a sus apóstoles, porque os harán parecer ante  sus tribunales, y os pegarán en las sinagogas, y os presentaréis ante sus  magistrados y sus reyes, por causa mía, para dar testimonio. Y seréis odiados por todos con motivo de mi nombre.

 

   Acordaos de la palabra que os dije: No es el criado más grande que su dueño. Si me han perseguido, os perseguirán también; pero lo harán todo por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. En verdad, en verdad os lo digo: Llorareis y gemiréis, y el mundo se alegrará. Viviréis en la tristeza; pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Si el mundo os aborrece, sabed que me aborrece a mí el primero. Si hubieseis sido del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; pero, como no sois del mundo; y os he elegido de en medio del mundo, por esto os aborrece el mundo. (Joan. XV. 18-21. XVI. 20.)

 

   Somos considerados como necios a causa de Cristo, dice el gran apóstol; somos despreciados. Hasta ahora sufrimos hambre y sed; estamos desnudos, somos abofeteados, y andamos errantes; somos maldecidos, perseguidos, injuriados; somos hasta aquí como los desechos del mundo y las basuras de todos. (I. Cor. IV. 10-13.)

 

   Somos hijos de la promesa según Isaac, añade el apóstol; pero, asi como el que había nacido según la carne perseguía al hombre nacido según el espíritu, asi sucede también ahora. (Gal. IV.28-29.)

 

   Todos los que quieren vivir santamente en Jesucristo sufrirán persecución, (II Tim. III. 12). Serán perseguidos por envidia y malicia. Serán perseguidos por el demonio..., por el mundo corrompido... Se les llenará de injurias, de burlas, de afrentas, de desprecios, siempre por envidia, ceguedad, injusticia y crueldad. Serán perseguidos en odio de la verdad, de los buenos ejemplos, del Evangelio, de la religión, del orden, de la sana doctrina, de la moral, del Cielo y del culto divino... Serán perseguidos por sí mismos, por la concupiscencia, por el hombre viejo, que enfrenan, que encadenan, a pesar suyo, y que someten al espíritu...

 

   No es cosa nueva que las almas piadosas sean perseguidas; esta se verifica desde el principio del mundo. Así Caín persiguió al piadoso Abel, su hermano, y le mató. Los hijos de los hombres persiguieron a los hijos de Dios. Abrahán fué perseguido por los cananeos, Loth por los sodomitas, Isaac por Ismael, Job por Esaú, José por sus hermanos, Moisés por el Faraón, los hebreos primero por los egipcios, y más tarde por los filisteos y otras naciones; Saúl persiguió a David; Absalón persiguió a David, su padre: Manases persiguió a Isaías, los judíos persiguieron a Jeremías, a Amós, a Ezequiel y a los demás profetas; Nabucodonosor persigue a Daniel y a los demás niños hebreos; Herodes persigue a los Santos Inocentes y hace decapitar a San Juan Bautista; Jesucristo es perseguido hasta la muerte... Los apóstoles son perseguidos de mil maneras y se les sentencia a muerte, por Jesucristo... ¿Cuántos millares de mártires?... Todos los santos han sido más o menos perseguidos... La Iglesia ha sido siempre perseguida en una región u en otra, y esto en todos los tiempos...

 

   El Señor, dice San Gregorio, no envía a sus elegidos para las alegrías del mundo, sino para los sufrimientos y las persecuciones, como él mismo ha sido enviado. El Hijo es infinitamente amado del Padre, y sin embargo, su Padre le envía para sufrir persecuciones. De la misma manera el Hijo de Dios ama a sus discípulos; y sin embargo los envía al mundo para ser perseguidos. «Como mi Padre me ha enviado, as! también os envió;» es decir, cuando os envió entre los escándalos de los perseguidores, os amo con aquella caridad perfecta con que me ama mi Padre cuando me envía a sufrir la pasión y la muerte en la cruz.

 

   Siempre ha habido persecuciones; porque:

   1°) Siempre ha habido malvados en el mundo, hombres depravados y perversos anticristos para perseguir a los buenos...

   2°) Los perseguidores detestan a Jesucristo y su nombre; y esta es la razón porque persiguen...

   3°) El servidor debe seguir la muerte de su dueño...

   4°) Hay malos que persiguen por ignorancia...

   5°) Otros por odio a Dios y a la virtud...

   6°) Los buenos son, por otra parte, hijos de la promesa...

   7°) Las persecuciones experimentan, purifican y santifican...

   8°) Las persecuciones dan a conocer a los buenos y a los malos, separan los unos de los otros, como se separa la paja del trigo, y como el fuego separa el oro de la tierra...

   9°) Las persecuciones reaniman la fe...

   10°) Hacen héroes. Las tempestades purifican el mar, y arrojan de su seno las inmundicias extrañas que mancharían sus aguas. Lo mismo sucede en la religión; las persecuciones arrojan de su seno a los miembros hipócritas, gangrenados y podridos, que la manchan en tiempo de calma; y las mismas persecuciones hacen entrar a los hijos fieles en el reino de los Cielos...

 

   ¿Cómo son los malos, pregunta San Agustín; útiles a los buenos? Lo son, no con miramientos, sino con persecuciones. Las persecuciones son para los mártires y para la Iglesia lo que la lima y martillo para el hierro, lo que la vara para el trigo, lo que el horno para el pan, lo que el fuego para el oro. (Lib. Civit.)

 

   Los sufrimientos de los mártires ilustran a la Iglesia; son su más hermosa victoria...

 

   Preparemos emboscadas al justo, dicen los malvados, porque nos es inútil, y es contrario a nuestras obras; porque nos echa en cara nuestras faltas contra la ley, y vuelve contra nosotros las obras de nuestras doctrinas. Así es como la Sagrada Escritura expresa el lenguaje de los perseguidores impíos.

 

   El justo se vanagloria de tener la ciencia de Dios, y hasta odiosa nos es su vista; porque sus actos son diferentes de los actos de los otros, y su proceder no es el nuestro. Nos mira como mentirosos, y se abstiene de seguir por nuestro camino; como si asi se manchare. Interroguémosle por medio del ultraje y del suplicio, y condenémosle a la muerte más infame. (Sap. II. 12-20).

 

“TESOROS de CORNELIO A LÁPIDE”

Tomo IV. Año 1882.

MEDITACIÓN SOBRE LA FELICIDAD DEL HOMBRE EN ESTA VIDA.

 




   “Entonces el Rey dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo, 25, 34).

 

   I. Tres cosas pueden hacernos felices, tanto al menos cuanto lo podemos ser en este lugar de destierro. La primera es la buena conciencia: sin ella, ni los placeres, ni los honores, ni el cumplimiento de todos nuestros deseos podrían contentarnos. Si tienes el alma pura, todo lo desagradable que pueda sucederte no debe turbarte. ¡Qué consuelo poder decirse: Hago lo que depende de mí para estar bien con Dios!

   ¿Puedes, tú, con verdad, decirlo? ¿No te reprocha nada tu conciencia?

 

   II. La segunda condición para ser feliz es abandonarse generosamente a la providencia de Dios, consagrarse a Él sin reserva, no querer sino lo que Él quiere y recibir de su mano con agradecimiento el bien y el mal, pues lo uno y lo otro son efectos de su bondad.

   Las aflicciones, el ayuno, las enfermedades, no son penosos para los que los soportan, sino solamente para los que los reciben a disgusto (Salviano).

 

   III. La tercera condición es considerar cuál es voluntad de Dios en todo lo que nos acaece. Dios tiene sus designios y el demonio los suyos. ¿Cuál es designio de Dios en esta enfermedad que te envía? Que la soportes con resignación, mediante el pensamiento de la muerte y del paraíso. El demonio, por su lado, quiere arrojarte en la impaciencia y en la murmuración.

   Dios es tan bueno que no permitiría más que sucediese ningún mal en el mundo, si no fuese lo suficientemente poderoso como para sacar bien del mal (San Agustín).

 

Conformidad con la voluntad de Dios.

Orad por los que os gobiernan.

 

   ORACIÓN: Oh Dios, que habéis coronado con la gloria eterna al bienaventurado rey Eduardo, vuestro confesor, haced, os Lo suplicamos, que honrándolo en la tierra, podamos reinar un día con él en el cielo. Por J. C. N. S.  Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

lunes, 12 de octubre de 2026

AFLICCIONES — Cornelio A Lápide.

 



 

   «En medio de mi oración, el Dios de justicia me oyó; en mis angustias, me abrió el inmenso espacio, dice el Salmista.»

 

   «Dios nos oye algunas veces librándonos de las aflicciones; otras veces dándonos la virtud de la paciencia, lo que todavía es un beneficio mayor; y en alguna ocasión nos concede también, no sólo la paciencia, sino la alegría; dice el cardenal Bellarmino.»

 

   «A medida qne los padecimientos de Jesucristo aumentan en nosotros, dice San Pablo, nuestros consuelos aumentan también por Jesucristo.»

 

   «Cuanto más aumentan las aflicciones sufridas por Dios, más grandes y abundantes son los consuelos. Las aflicciones de los mundanos son, al contrario, hiel sin miel; y cuanto más se multiplican, más también aumentan su desolación, sus enojos y sus pesares. De ahí se deduce que lejos de huir de las cruces es preciso desearlas, puesto que tan fecundas son en delicias.»

 

“TESOROS DE CORNELIO A LÁPIDE”

domingo, 11 de octubre de 2026

EL MILAGRO DE CALANDA

 



EL MILAGRO DE CALANDA

 

   Es el milagro por antonomasia cuando se habla de los milagros de la Virgen del Pilar, y es el primero que se presenta en la memoria.

 

   «Un mozo de mulas llamado Miguel Pellicer, guiando un chirrión (carro) cargado con cuatro cahíces de trigo (cahíce medida de capacidad), cayó de la caballería que montaba, pasándole una de las ruedas por encima de la canilla de la pierna derecha y fracturándosela por completo. Esto sucedió en Castellón de la Plana el año 1637. Conducido al Hospital de la ciudad de Valencia, estuvo allí cinco días, y a petición del enfermo lo remitieron con pasaporte de socorro al de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, donde el licenciado Juan de Estanga le cortó la pierna cuatro dedos más abajo de la rodilla, en uno de los últimos días de Octubre de 1637, La pierna fué enterrada en el cementerio de dicho Hospital. El cojo Pellicer salió de este Hospital con una pierna de palo y una muleta, y permaneció en Zaragoza dos años y medio, viviendo de las limosnas que recogía en el templo de la Virgen del Pilar, a la que se encomendaba todos los días, untándose el muñón de la pierna cortada con el aceite de una lámpara que ardía en su santa capilla. Cansado el pobre mozo de su vida miserable, se trasladó con mil penalidades a la casa de sus padres en la villa de Calanda, en la cual y lugares convecinos siguió pidiendo limosna para sustentarse y ayudar en algo a sus padres. El día 29 de Marzo de 1640, entre diez y once de la noche, entraron éstos en el aposento donde dormía su hijo, y notando una fragancia y olor suave, reconociéronle con la luz de un candil que llevaban, y vieron que tenía dos piernas, que salían fuera del camastro por ser éste muy corto. Despertáronle pasmados, y él contó que había soñado estaba en la santa capilla ungiéndose con el aceite de una lámpara, como tenía por costumbre, y que se veía con pierna, sin saber cómo ello había sido, aunque sí tenía por cierto que la Virgen del Pilar se la había traído y puesto, y que era la misma que le habían cortado en el Hospital, como lo demostraban las señales de la rotura, la de un mal grano que había tenido y de varios rasguños que recibió yendo por el monte. En los tres primeros días la pierna restituida ofrecía color mortecino y algo amoratado, teniendo encorvados los dedos y encogidos los nervios; pero del tercero en adelante, Miguel Juan Pellicer sintió en la dicha pierna calor natural, pudiendo menear el pie y los dedos, sentar el talón en el suelo y andar con libertad como si nunca hubiera tenido en ella daño alguno.»

 

   Tan extraordinario milagro, con evidencia irrefragable comprobado, sigue en la tradición y en la historia desafiando la incredulidad, que contra este suceso no tiene otro argumento que la mala fe del silencio.

 

“EL APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1907.

La aparición de la Virgen del Pilar en Zaragoza. — 12 de octubre.

 



 

   La admirable aparición de la sacratísima Virgen nuestra Señora en el Pilar de Zaragoza, se refiere en un documento antiquísimo del archivo de la santa basílica del Pilar, por estas palabras: «Después de la pasión y resurrección del Salvador y de su ascensión a los cielos, la piadosísima Virgen quedó encomendada al apóstol y virgen san Juan Evangelista: y de ella recibieron los apóstoles la licencia y bendición para ir a predicar el Evangelio a las regiones del mundo que a cada uno habían tocado. El bienaventurado apóstol Santiago el Mayor, hermano de Juan e hijo del Zebedeo, por revelación del Espíritu Santo recibió mandamiento de Cristo de venir a las provincias de España, y habiendo besado las manos de la Virgen y pedídole su bendición, ella le dijo: Ve, hijo, cumple el mandamiento de tu Maestro, y por él te ruego que en aquella ciudad de España en que mayor número de hombres conviertas a la fe edifiques una iglesia a mi memoria, como yo te lo mostraré. Saliendo pues de Jerusalén el bienaventurado Santiago vino a España, y pasando por Asturias llegó a la ciudad de Oviedo donde convirtió uno a la fe. Entrando por Galicia predicó en la ciudad de Padrón; de allí volviendo a Castilla llamada España la Mayor, vino últimamente a España la Menor que se llama Aragón, en aquella región que se dice Celtiberia, en donde está situada Zaragoza, a orillas del Ebro. En esta ciudad habiendo predicado muchos días, convirtió a Jesucristo ocho varones, con los cuales trataba de día del reino de Dios y por la noche salía a la ribera del río para tomar algún descanso y orar, sin ser molestados por los gentiles.

 

   Estando una vez en aquel sitio, a la hora de media noche oyó unas voces de ángeles que cantaban: Ave María, llena de gracia, y postrándose de rodillas, vio a la Virgen, Madre de Cristo, entre dos coros de millares de ángeles sentada sobre un pilar de mármol, la cual mirándole amorosamente, le dijo: He aquí, Santiago, hijo, el lugar donde has de edificar un templo en mi memoria: mira bien este pilar en que estoy asentada, el cual mi Hijo y maestro tuyo le trajo de lo alto por manos de ángeles: alrededor de él harás el altar de la capilla. En este lugar obrará la virtud los Altísimos portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio, y este pilar permanecerá en este sitio hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad verdaderos cristianos. Alegre el santo con tan maravillosa visión, edificó un templo en aquel lugar, con la ayuda de los ocho varones convertidos, y para el servicio de aquella iglesia ordenó de presbítero a uno de ellos, y habiéndola consagrado le dio el título de Santa María del Pilar. Es la primera iglesia del mundo dedicada a honra de la Virgen por manos de los apóstoles.»

 

   REFLEXIÓN: Las citadas palabras del referido códice, cuya verdad ha venido a confirmar la experiencia, pues nunca han faltado en Zaragoza verdaderos adoradores, aun en tiempos los más borrascosos, son el monumento más sólido y fidedigno de tan piadosa tradición. Añádanse los repetidos portentos obrados por la santísima Virgen, y la autoridad de la Santa Sede, que ha decretado en su favor una festividad particular, y hemos de confesar que aquel pilar bendito santificado por las plantas virginales, es la joya más rica de la nación española.

 

   ORACIÓN: ¡Oh Dios y Señor! Concédenos, te rogamos, que nosotros tus siervos nos alegremos con la perpetua sanidad de cuerpo y alma, y que por la gloriosa intercesión de la bienaventurada siempre virgen María, seamos libres de la tristeza presente, y lleguemos a gozar del eterno júbilo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

 

“FLOS SANCTORVM.”

 

sábado, 10 de octubre de 2026

LA DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA (11 de octubre)

 



 

   Ramo espiritual: «Dios ama al dador alegre». (2 Corintios 9:7)

 

   En el año 431, un concilio general convocado en Éfeso proclamó y definió el dogma de la Divina Maternidad de la Santísima Virgen María. Hasta entonces, nunca se había puesto en duda que en Nuestro Señor existían dos naturalezas: la divina y la humana, pero que era una sola persona. Nuestra Señora, siendo Madre de la única persona de Jesucristo, tiene derecho a ser llamada Madre de Dios, al igual que nuestras madres, quienes, aunque no formaron nuestras almas sino solo nuestros cuerpos, son llamadas madres de la persona en su totalidad, cuerpo y alma. Porque, si una persona es verdaderamente humana solo en la medida en que su alma está unida a su cuerpo, Jesucristo es verdaderamente Jesucristo solo en la medida en que su Divinidad está unida a su Humanidad.

 

   En 1931, con motivo del decimoquinto centenario del gran Concilio de Éfeso, Pío XI instituyó la fiesta que celebramos hoy.

 

   La Divina Maternidad de María la eleva por encima de todas las criaturas. La Iglesia honra en este día este privilegio incomparable concedido a María, dogma fundamental de nuestra santa religión. ¡Grande es la dignidad de la madre! Pero ¡cuánto más digna de veneración es la de la Madre del Hijo de Dios, que en su tiempo dio a luz a Aquel que fue engendrado por el Padre desde toda la eternidad!

 

   «En esta maternidad», dice Santo Tomás, «hay una dignidad que es, en cierto modo, infinita, puesto que Ella tiene por Hijo a Aquel a quien los ángeles adoran como su Dios y su Señor. Esta dignidad preeminente es la razón de su Inmaculada Concepción, de su elevación por encima de los ángeles, de la omnipotencia de su influencia ante Dios».

 

   Esta elevación le otorga a María una autoridad que debe inspirar nuestra confianza en aquella a quien la Iglesia llama Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la gracia divina, Madre purísima, Madre castísima, Madre amorosa, Madre admirable, Madre del Creador, Madre del Salvador.

 

   Al hacernos venerar a la Santísima Virgen de esta manera, la Iglesia desea despertar en nuestras almas un amor filial hacia Ella, que se ha convertido en nuestra Madre por la gracia. María nos dio a luz a todos al pie de la cruz. Nuestra prerrogativa como hermanos adoptivos de Jesucristo debe despertar en nuestros corazones una confianza ilimitada en María, que nos adoptó en el Calvario, cuando, antes de morir, el Salvador nos presentó a la Corredentora, en la persona de San Juan, como los hijos que deseaba que Ella adoptara, diciendo: «Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre». Estas palabras son como el legado testamentario de Cristo.

 

   «¿Qué puede concebirse por encima de María?», pregunta San Ambrosio. «¿Qué grandeza supera la que Aquel que es la grandeza misma eligió como Madre?» «A Dios le plació habitar en Ti, oh María», le dice San Bernardo, «cuando de la sustancia de tu carne inmaculada, como de la madera incorruptible del Líbano, el Verbo se construyó una morada con una construcción inefable. En Ti, oh Madre única y amada, reposó y derramó sin medida todos sus tesoros…»

 

Resumen de ODM. Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.