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La imagen corresponde a la CATACUMBAS DE LOS
CAPUCHINOS. PALERMO
¡Murieron!
He ahí la espantable afirmación en todos los momentos repetida y a cada
instante olvidado. ¡Murieron! Poco importa que para guardar sus restos, se hayan
amontonado pirámides, erigido pilastras o apisonado tierra; únicamente la cruz
será lo que hable con sobrenatural elocuencia sobre los monumentos de la muerte.
Y hacia donde ellos están, caminamos todos
rápidamente. Aquel veneno que, como imaginó un gran orador sagrado de Francia,
parece que bebimos en el mismo seno de nuestras madres, sigue produciendo el
fatal fruto, y en cada instante y sin cesar, morimos.
«La vida humana—dice Bossuet—es semejante a un
camino que para en precipicio horrendo; nos lo avisan desde que damos el primer
paso, pero como la ley está decretada, es preciso avanzar constantemente.
Quisiera volver atrás; sigue, adelante. Un peso y fuerza invencibles nos
arrastran; hay que avanzar sin tregua hacia el precipicio. Mil trabajos y penas
nos acosan en el camino, y si al menos pudiera por ellas evitar el término de
ese horrible precipicio. No, no; hay que seguir, hay que correr; ¡tan rápido es
el curso de los años!»
Y, sin
embargo, hay hombres—como observa Necker—que al atribuir su origen a la
casualidad o al fatalismo, sólo quieren la eternidad para el polvo de que se
juzgan emanados, y la rechazan para el pensamiento y para el alma.
Pero,
aunque el insensato diga en su corazón, no hay Dios, Dios es el que es, y
aunque el hombre quiera rebajarse de su naturaleza poco inferior a la angélica,
el que al morir sabe que muere, como dice un filósofo, pertenece a un orden más
elevado que el ser que existe sin conocer su existencia, aunque aquel fuese un
átomo y éste todo un mundo.
Lo que
el poeta latino pronosticó de su fama con la frase «non omnis moriar; no todos morirán»,
es la afirmación consoladora que el cristiano ha de repetir en medio de los
desastres que en su derredor se suceden, y en presencia de la ruina que amenaza
a su propio cuerpo.
«Porque
si todo muere con el cuerpo, es menester—dice Massillón—que el universo siga
otras leyes y costumbres, usos nuevos y cambie todo sobre la tierra. Si todo
muere con el cuerpo, las máximas de la equidad, de la amistad, del honor, de la
buena fe, de la gratitud, no son sino errores vulgares, puesto que nada debemos
a hombres que nada no son, con quienes ningún vínculo de culto y de esperanza nos
liga, que mañana regresarán a la nada y que ya nada absolutamente son.»
«He
aquí a lo que reduce la sublime filosofía de los impíos; ahí tenéis la fuerza,
razón y sabiduría que eternamente nos ponderan. Asentida sus máximas y todo el
universo caerá en espantoso caos... y el género humano no será sino una
aglomeración de insensatos, de bárbaros, de impúdicos, de furiosos, bribones y
desnaturalizados, sin más ley quería fuerza, ni otro freno que sus pasiones y
el miedo a la autoridad, sin más lazo que la irreligión y el libertinaje, ni
más Dios que ellos mismos. Ese es el mundo de los impíos; ahora bien, si ese
plan horroroso de república os agrada, formad, si podéis, una sociedad con esos
hombres monstruosos, sin que tenga más que deciros sino que habréis merecido
ocupar un puesto en ella.»
¿Pero
qué pueden importar al fiel cristiano en este día las negaciones de los
incrédulos, cuando tiene de su parte las promesas de resurrección y eterna vida
prodigadas por su Redentor Jesucristo en el Evangelio? Todos esos avisos de la
muerte deben siempre servirnos para reconstituir nuestra vida en obras de fe y
caridad, pero hoy especialmente deben impulsarnos a corresponder a la esperanza
de los que, habiéndonos precedido en la señal de la fe, murieron, y hoy desde
el purgatorio nos recuerdan con la Iglesia que, como se lee en las Sagradas
Escrituras, es santo y saludable pensamiento rogar a Dios por los muertos para
que sean libres de sus pecados.
SÉRVULO.
Año 1900
Muchos; amigos tiene el Santísimo Rosario, y
es lastima no lo tengan muchos más, pues dicha devoción lo merece, siendo tan
llana y fácil y afectuosa. Compónese de meditaciones, súplicas y alabanzas. a) Meditaciones:
Los Misterios de Jesús y de María. b) Súplicas: Las de la oración del Padre
Nuestro. c) Alabanzas: Las del Ave María y Gloria. Todo el hombre entra en
juego aquí, y presta su tributo. El entendimiento, por medio de la meditación.
La voluntad, por medio de la súplica. El corazón por medio de la afectuosa
alabanza.
Meditación. La meditación es el acto más
noble del entendimiento humano; por esto su práctica es también la primera
entre las prácticas ele la Religión, y principalmente en el Santísimo Rosario.
Meditar, si yo no me equivoco, es fijar los ojos, no del cuerpo sino del
pensamiento, en una verdad o en un hecho; estudiarlo con todas sus
circunstancias; aplicárselo a sí el que medita en toda su extensión; examinarlo
con todas sus consecuencias y relaciones. Por esto la meditación, que tan
difícil parece a muchos, es en el fondo el acto más fácil, porque es el más
natural.
Todos meditamos. El hombre de mundo medita
su negocio, el hombre de estado medita su política, el hombre de estudios medita
su ciencia, el hombre disipado medita sus andanzas, la mujer frívola medita sus
trajes y galanteos; hasta el niño, mariposilla
ligera que parece sólo saber saltar, medita también sus juegos y travesuras.
Todos
meditamos, luego todos sabemos meditar, solamente que casi nunca meditamos lo que debemos. La meditación,
pues, que es casi la primera necesidad del hombre racional para todos los
negocios humanos, es también la primera necesidad del hombre cristiano para sus
negocios eternos. Y el hombre que vive sin esa meditación es como piloto que viaja
sin estudiar el rumbo, o como general que da la batalla sin explorar el campo,
o como labrador que lanza al aire su semilla sin haber arado primero la tierra.
Ahora
bien: El asunto principal de las meditaciones de todo cristiano debe ser la vida
de Cristo y de su Madre Santísima. Allí están los ejemplos que debe seguir,
allí las lecciones que debes aprender, allí los modelos que debe, no solo admirar, sino también imitar.
¿No es cierto, que conocemos poco, muy poco,
a Jesucristo, a pesar de que vive entre nosotros? Es sin duda, porque le
estudiamos poco, porque no meditamos.
El Rosario es un curso
de estos estudios en quince lecciones. Allí se ve nacer a Cristo, y se le ve padecer,
y se le ve morir y resucitar; allí s e con templa la pureza virginal de su
madre, su caridad para con Isabel, sus angustias y resignación en el establo y
en el Calvario, su muerte dichosa y su coronación en los cielos. ¿Te he dicho que
era el Rosario un curso de meditación en quince lecciones? Mejor te diría que
es una galería de pinturas distribuidas en quince cuadros, ante los cuales nos
paramos sucesivamente para formar según ellos nuestro corazón y nuestras
costumbres.
Ahí
tienes, pues, la primera parte y la más principal del Rosario: el acto del
entendimiento, la meditación.
Pero
los misterios están como engarzados o unidos entre sí por medio de cadenas de
Ave Marías, al frente de las cuales va un Pater Noster, concluyendo cada una
con un Gloria Patri. Es decir, que este encadenamiento lo forman súplicas y
alabanzas.
Pero,
¡qué suplicas y qué alabanzas! Las más gratas que los cielos han recibido jamás
de la tierra; súplicas por medio de las cuales suplicamos todo lo que se puede
suplicar; alabanzas con las cuales dejamos atrás otra cualquier alabanza que
pueda salir de los labios humanos o
angelicales. La súplica es el Pater Noster; la alabanza, con algo de súplica
también, es el Ave Maria y Gloria Patri: La Iglesia y sus hijos, celosos de la honra
divina, al lado del grito constante de guerra que ofende al cielo, elevan otros
tantos gritos constante de gloria que desagravia al cielo; al lado de la voz
que insulta, levantan a todas horas la voz que alaba, manteniendo formado
frente a frente, el ejército furioso de los que maldicen, contra el ejército
pacífico de los que bendicen. Guerra, claman unos; gloria, contestan los otros.
Guerra al Padre, guerra al Hijo, guerra al Espíritu Santo, grita el infierno
con todos los suyos. Los hijos de la María gritan Gloria Patri et Filio el
Spiritui Sancto. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo,
contesta también la Iglesia con los suyos. — Ahora y siempre y por todos los
siglos, gritan despechados los demonios
y condenados a sufrir esa eternidad. «Sicut erat in principio et nunc,
el semper: et in saecula saeculorum», replicamos nosotros. «Como era en el
principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos». Esto es, Gloria
Patri, homenaje de continua reparación, cántico de desagravio, resumen y
compendio de toda alabanza, verdadero coronamiento de todas las meditaciones,
súplicas y alabanzas que componen el Rosario de María.
“REVISTA EL HOGAR
CATÓLICO”
Año 1913.
Nota de Nicky Pío. Estas líneas escritas en
1934, fueron providencialmente escritas para estos tiempos en que vivimos. La
talla de su autor, hace de estás pocas líneas casi una profecía, que Vázquez de
Mella nisiqueira podría imaginar. Pero Dios que conoce el futuro hace surgir
estas mentes prodigiosas para edificación de los católicos pusilánimes del
mañana.
“Los
caracteres del mal”
Quizá
algunos católicos, de esos que sólo se alarman cuando ven caer a hachazos las
puertas de los templos y el puñal de los sectarios tinto en la sangre de los
sacerdotes, nos tachen de exagerados al saber que no nos referimos a pueblos
extraños al hablar de persecución religiosa, sino a la nación propia, a España,
que, siendo eminentemente católica por su pasado y, a pesar de la maldad revolucionaria,
por su presente, vive, hace muchos lustros, bajo el poder de Gobiernos
contrarios a sus creencias y a su historia.
Y, sin embargo, digan lo que quieran la
hipocresía y la imbecilidad, la persecución religiosa existe feroz y sañuda
como se ha visto pocas veces en el transcurso del siglo.
Verdad
es que aún no se nos impide congregarnos en la iglesia a oír Misa, ni se nos
prohíbe rezar ni aun defender por escrito los fueros de la Esposa de Cristo;
pero está ciego quien no vea que, si aún la Revolución no ha dicho a sus hordas
que echen los cristianos a las fieras, ya se considera con alientos bastantes
para amordazar, por medio de iniquidades legales, al sacerdote y poner a la
palabra divina en estado de sitio; y aun hacer descender del púlpito al
ministro de Dios y encarcelarlo como al más abyecto criminal. Y sordo se
necesita ser para no oír los rugidos salvajes de la impiedad, que sobre los
escombros del altar canta la muerte de la fe en muchos corazones y la victoria
de Luzbel.
No
manifiesta sus excesos con tiranía material y sanguinaria que hace del cuchillo
su arma de combate, y que con sus mismas violencias despierta a los dormidos y
alienta a los cobardes y pusilánimes, y es causa indirecta de saludable
reacción, no; esos procedimientos los desdeña ya por anticuados, y, con doblez
farisaica, va derecha a su objeto mintiendo tolerancia y libertad, y
estableciendo legislaciones inicuas para clavar a su amparo el diente ponzoñoso
en las almas sencillas, arrancándoles las creencias católicas, dejándolas
desoladas y sombrías, apagando en ellas el fuego amoroso de la caridad y la
lumbre de la esperanza, para sepultarlas bajo el doble hielo de la indiferencia
y del más frío positivismo, o abrasarlas con la calentura de los odios
sectarios.
Sí: la Revolución, o, para, hablar más
claro, el liberalismo en todos sus grados y matices, no necesita ya de circos
ni tormentos para destrozar carne de cristianos; le basta y le sobra con las
legalidades doctrinarias para hollar y escarnecer a la Esposa de Cristo.
Esta guerra sorda, corrosiva y mansa que va
envenenando los entendimientos con lluvias de sofismas y torciendo las
voluntades con ríos de cieno, es lo más implacable y criminal que pudo concebir
el genio satánico, porque en ella, si salen ilesos los cuerpos, perecen los
corazones y resultan heridas las almas.
No hay en el mundo espectáculo más
dolorosamente triste que el que ofrece un pueblo católico caminando, en medio
del orden material, a perderse en los abismos de la apostasía, acaudillado por
ateos y sofistas que se fingen sus libertadores.
Y conviene observar que, en la historia del
género humano, no hay memoria de un solo pueblo que se haya apartado
voluntariamente de la verdad religiosa; porque, si las revoluciones materiales
se verifican muchas veces de abajo arriba, los trastornos morales siempre se realizan
de arriba abajo. De aquí que el poder público sea la primera ciudadela que
asalta la impiedad para corromper una nación, y que sea también la primera que
hay que reconquistar para cristianizar una sociedad e impedir que se consume su
apostasía.
Y por eso también la más arbitraria tiranía
personal no puede compararse en maldad con la que toma cuerpo y se encarna en
las instituciones y en las leyes.
Cuando
esto sucede, los hombres se acostumbran a ver florecer y desarrollarse, bajo
las disposiciones del poder soberano, la iniquidad y la injusticia; y el hábito
de contemplar el mal llega a matar el instinto del bien, o a considerar como
natural y corriente el desorden moral y los males sociales como hechos
completamente indestructibles.
Entonces es cuando,
según la frase de Lacordaire, los pueblos se extinguen en una agonía
insensible, que aman como si fuera dulce y agradable reposo.
Y, o
mucho nos equivocamos, o España, si la corriente de los hechos no cambia o no
se altera profundamente, marcha hacia uno de esos períodos que aparecen como
lagunas fétidas en la historia de las naciones.
Pero se dirá: enhorabuena que se conceda que
la Iglesia no vea respetados sus derechos como deben serlo. Pero ¿no se deberá
reconocer igualmente que el cuadro anterior está cargado de tintas demasiado
sombrías y pesimistas? De ninguna manera. En los artículos siguientes
demostraremos que la realidad es más negra que nuestras palabras, y, para no
ser meros declamadores, señalaremos las causas del mal y buscaremos su remedio.
“La
persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado ateo”
(Año
1934)
Entonces ¿qué haremos?
«A vero bello Christi», (La verdadera guerra
de Cristo) exclama el obispo de Poitiers, «ésta es la guerra en la que todos
debemos ser soldados. Sí, la verdadera guerra de Cristo, la verdadera y sin
reservas devoción a la causa de Cristo».
¡LUCHEMOS! Esta es la
última palabra del valiente Obispo.
Cada uno especificará esta palabra según su
rango en el ejército de Cristo. El arzobispo Pie nos ha indicado con precisión
el deber de los fieles, de los sacerdotes y de los líderes. Nos corresponde
aceptarlo. Pero, en cualquier caso, y para todos, es una lucha, porque el
hombre, abandonado a su carne, prefiere el reposo y desaparecer en una vida
insignificante y sin sentido. Luchar contra uno mismo y contra los hombres que
rechazan el yugo social del cristianismo resume, por lo tanto, el deber para
con el Reino de Cristo.
Luchemos, porque la condición de todo reino
es ser defendido por soldados. Luchemos, porque los enemigos de este Reino son
cada vez más numerosos y más encarnizados.
Luchemos, porque solo quienes mueren con
armas en la mano serán coronados. Luchemos, porque cuanto más nos acercamos al
fin de los tiempos, más esta será la condición de los cristianos aquí abajo.
Todo esto nos lo dirá el cardenal Pie:
Luchemos con esperanza contra la esperanza
misma. Porque quiero decir esto a esos cristianos pusilánimes, a esos
cristianos que se hacen esclavos de la popularidad, adoradores del éxito y que
se desconciertan ante el más mínimo avance del mal. ¡Ah! Afectados como están,
¡ojalá Dios les evite la angustia de la prueba final! ¿Está cerca esta prueba? ¿Está
lejos? Nadie lo sabe y no me atrevo a augurar nada al respecto. Pero lo cierto
es que, a medida que el mundo se acerca a su fin, los malvados y los seductores
tendrán cada vez más ventaja. Casi no habrá fe en la tierra; es decir, habrá
desaparecido casi por completo de todas las instituciones terrenales. Los
propios creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de
sus creencias. La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con
respecto a Dios, que San Pablo da como señal precursora del fin, «nisi venerit
discessio primum», se consumirá día a día. La Iglesia, una sociedad sin duda
siempre visible, se verá reducida. Cada vez más a proporciones simplemente
individuales y domésticas. Ella, que dijo en sus inicios: «El lugar es estrecho
para mí, hagan espacio para mí donde pueda vivir: Angustus mihi locus, fac
spatium ut habitem», verá el terreno disputado palmo a palmo, será rodeada,
restringida por todos lados: tanto como los siglos la han engrandecido, tanto
más se esforzará uno por restringirla. Finalmente, la Iglesia de la tierra
sufrirá una verdadera derrota; le corresponderá a la Bestia hacer la guerra a
los santos y conquistarlos. La insolencia del mal alcanzará su máximo
esplendor.
“Ahora bien, en este extremo de las cosas,
en este estado desesperado, en este globo entregado al triunfo del mal y que
pronto será invadido por las llamas, ¿qué deben todavía hacer todos los
verdaderos cristianos, todos los buenos, todos los santos, todos los hombres de
fe y de coraje?
Luchando desesperadamente contra una
imposibilidad más palpable que nunca, dirán con redoblada energía, con el ardor
de sus oraciones, la actividad de sus obras y la intrepidez de sus luchas: ¡Oh
Dios! ¡Oh Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre en la
tierra como en el cielo; venga tu reino a la tierra como en el cielo; hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo!, sicut in cœlo et in terra... ¡En la
tierra como en el cielo! Murmurarán estas palabras de nuevo y la tierra cederá
bajo sus pies. Y, como antaño tras un terrible desastre, se vio a todo el
senado de Roma y a todos los órdenes del estado avanzar al encuentro del cónsul
vencido y felicitarlo por no haber desesperado de la república. Así, el senado
del cielo, todos los coros de ángeles, todos los órdenes de los bienaventurados
acudirán al encuentro de los generosos atletas que habrán resistido la lucha
hasta el final, esperando contra toda esperanza. A sí mismo: contra spem in spem.
Y entonces, este ideal imposible, que todos los elegidos de todos los siglos
habían perseguido obstinadamente, finalmente se hará realidad. En esta segunda
y última venida, el Hijo entregará el Reino de este mundo a Dios su Padre; el
poder del mal habrá sido evacuado para siempre al fondo del abismo; todo lo que
no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por medio de Jesucristo, por la
fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado al pozo negro de
la inmundicia eterna. ¡Y Dios vivirá y reinará plena y eternamente, no solo en
la unidad de su naturaleza y la sociedad de las tres divinas personas, sino en
la plenitud del cuerpo místico de su Hijo encarnado y en la consumación de los
santos!»
“La realeza social de
nuestro Señor Jesucristo”
Cardenal Pie.
LA
FE.
———
Yo soy amor, y del amor
camino;
soy blanca nave del
sagrado puerto;
por mí, postrado en el
peñón desierto,
canta el asceta su
triunfal destino.
✠✠✠
Soy consuelo del triste
peregrino
que cruza el mundo de
pesares yerto;
soy árbol santo del
eterno huerto,
rosa bendita del rosal
divino.
✠✠✠
Sin mí la pena se
desgarra y llora;
sin mí el dolor sus
amarguras vierte:
sin mí el sepulcro con
furor devora.
Aspirando mi luz, el
alma es fuerte;
la pena se hace amor,
la noche, aurora;
la tumba, claridad;
faro, la muerte.
———
BERNARDO
– Año 1895
Nada
nos acontece sin el permiso divino. Solo lo que Dios quiere, y nada más. Y esto
debería llenarnos de consuelo, porque Dios solo quiere nuestro bien.
Por lo
tanto, debemos aceptar la salud y la enfermedad con la misma indiferencia,
porque, así, como todo lo demás, nos vienen de la Misericordia Eterna.
¿Qué
pueden temer las almas cuando están completamente abandonadas en las manos de Dios?
Quien vive abandonado y enteramente sumiso a los decretos de la Divina
Providencia alcanza la cima de la perfección.
Si nos
entregamos a esta adorable Providencia, acogeremos con la misma indiferencia la
humillación o la gloria, la sequedad o la aridez, la privación o la plena
unción de los consuelos divinos, la vida o la muerte.
En
todo y para todo, siempre diremos: “¡SEA LO QUE DIOS QUIERA!”.
Es una
aspiración similar a ese “HÁGASE TU VOLUNTAD” del Padrenuestro y del Huerto de
los Olivos. No nos preocupemos por el futuro, por lo bueno o malo que nos pueda
suceder, por la idea de si la gloria o la humillación, la pobreza o la riqueza,
la salud o la enfermedad serán nuestras futuras compañeras. “¡SEA LO QUE DIOS
QUIERA!”.
¡El futuro es de Dios! En cuanto al
presente, ¿por qué preocuparse constantemente por las nimiedades que consumen
nuestros días? “¡SEA LO QUE DIOS QUIERA!”.
El
santo abandono de un alma en los brazos de la Divina Providencia la inunda de
paz y la hace invulnerable. Por lo tanto… ¡Seamos en todo lo que Dios quiere!
Pensamientos para cada
día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio.
Año 1936.
¡Insensato! esta misma noche se te ha de
exigir tu alma ¿de quién será cuanto has acumulado? (Lucas, 12, 20).
I. Todos los hombres deben temer la muerte,
porque es seguida de un juicio terrible y nadie sabe si es digno de amor o de
odio. San Hilarión, el abad Agatón y muchos otros grandes santos han temblado
en la hora de la muerte: ¿eres tú más santo que estos ilustres penitentes?
Ten presente que no pueden adoptarse
bastantes precauciones en un asunto que no se ventila sino una sola vez, que no
se puede reparar y donde se juega una eternidad de dicha o de infelicidad.
II. Pecadores, pensad en la muerte y
despreciaréis los bienes del mundo y trabajaréis por la salvación de vuestra
alma. Avaro, morirás; ¿a quién pasarán tus tesoros? Voluptuoso, ¿qué te quedará
de tus placeres? Orgulloso, ¿de qué te servirán tus honores? ¿Qué desearás, qué
temerás, qué te afligirá en la hora de la muerte? Piensa ahora en ello.
¡Oh muerte, cuán amargo es tu pensamiento
para el hombre que vive en paz en medio de sus bienes! (Eclesiastés).
III. Justos o pecadores, quienquiera seáis,
iréis a la casa de vuestra eternidad, descenderéis a la tumba; vuestros amigos,
vuestros bienes, vuestros placeres, vuestros honores os abandonarán, nada os
quedará fuera de un lúgubre sepulcro. Iréis, no sabéis ni cuándo ni cómo.
Iréis, pero de allí no volveréis; es la casa de la eternidad, donde se está
para siempre.
Ya no quiero en adelante pensar sino en
morir bien; es la verdadera filosofía del cristiano. El hombre irá a la casa de
su eternidad (Eclesiastés).
Pensad en la muerte.
Orad por los
agonizantes
ORACIÓN: Haced, oh Dios omnipotente, que la
augusta solemnidad del bienaventurado Severino, vuestro confesor pontífice,
aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J.
C. N. S. Amén.
“SANTORAL DE GROSEZ. S.
J.”
Dios no se deja encontrar en el tumulto del
mundo: así es que los santos se refugiaban en los desiertos más horrorosos, en
las grutas más sombrías, para huir de los hombres y poder conversar a solas con
Dios. San Hilarión anduvo errante por mucho tiempo de desierto en desierto,
hasta que encontró uno en donde no había penetrado jamás humano alguno,
muriendo al fin en una soledad de la isla de Chipre, en la que había vivido los
últimos cinco años de su vida.
Cuando
San Bruno fué inspirado por el Señor a retirarse del mundo, fué con sus
compañeros a verse con San Hugo, Obispo de Grenoble, para que le señalase algún
desierto de su diócesis. El Santo Obispo le indicó la Cartuja, lugar silvestre,
más propio para servir de asilo a las fieras que de habitación a los hombres.
San Bruno y sus compañeros, se fueron con júbilo a habitar allí, y se
establecieron en pequeñas chozas levantadas a cierta distancia unas de otras.
El
Señor le dijo un día a Santa Teresa: —
Yo hablaría de muy buen grado a muchas almas; pero de tal modo el ruido del
mundo les llama la atención, que no oirían mi voz.
Dios
no nos habla en medio de los ruidos y negocios del mundo, porque teme que no le
hemos de oír. Las palabras de Dios son: las inspiraciones santas, las luces y
llamamientos, por las cuales ilumina a los santos abrasándolos en divino amor;
pero los que no aman la soledad se verán privados de oír estas voces del Señor.
Él se
expresa así respecto del alma: — La llevare al desierto y le hablare al
corazón. Cuando Dios quiere elevar un alma a un alto grado de perfección, le
inspira el deseo de retirarse a un lugar solitario, lejos del comercio de los
hombres: allí es donde le habla, no a los oídos corporales, sino a los del
alma. Así es como la ilumina y la inflama en su divino amor.
San
Bernardo decía, que habría aprendido a amar a Dios mejor en los bosques, a la
sombra de las encinas y de las hayas, que entre los libros y entre los siervos
de Dios. San Jerónimo dejó las delicias de Roma para encerrarse en la gruta de
Belén. Allí exclamaba: ¡Oh soledad, en donde Dios halla y conversa
familiarmente con los suyos! En la soledad habla el Señor con familiaridad con
las almas a quien ama. Les deja oír sus palabras que hacen derretir sus corazones
de amor, como dice la santa esposa: Mi alma se derritió luego que habló mi
amado.
Sabemos
por experiencia que frecuentar el mundo, y ocuparse en adquirir bienes
temporales es lo que nos hace olvidar a Dios; pero en el instante de la muerte,
de todas las penas y de todo el tiempo que nos habrán costado los bienes de la
tierra, no nos quedará otra cosa más que remordimientos y pesares. No nos
quedará entonces de provechoso más que lo que habremos hecho y sufrido por el
Señor. ¿Por qué, pues, no nos desprendemos del mundo, antes que venga a
desprendernos de él la muerte?
— Se
sentará solitario y callará, dice el Profeta, porque lo llevó sobre sí. El
solitario no se siente ya agitado por los cuidados de la vida: se sienta en
reposo, y guarda el silencio; no pide placeres sensuales, porque elevado sobre
sí mismo y sobre todas las cosas creadas, encontrará en el Señor todo su gozo y
todo su contento.
— ¿Quién
me dará alas como de paloma, volaré y descansaré? David deseaba tener las alas
de la paloma para abandonar la tierra, y así ni siquiera tocarla con los pies,
y dar descanso a su alma. Pero mientras estamos en esta vida no nos es
permitido abandonar la tierra. Procuremos pues, amar el retiro cuanto se pueda,
y vayamos allá a conversar con Dios, a fin de alcanzar las fuerzas necesarias
para remediar los defectos que causa el trato del mundo. Así lo hacía David en
medio de los cuidados de su reinado: He aquí que me aleje huyendo, e hice mansión en la soledad.
¡Por
qué no he pensado siempre en vos, oh Dios de mi alma! ¡Por qué no he
despreciado todos los bienes terrenos!
Yo
maldigo el día en que solícito por las satisfacciones mundanas, he ofendido a
vuestra divina bondad. ¡Por qué no os he amado siempre! ¡Oh! ¡Por qué no he
muerto antes que haberos ofendido! ¡Desdichado! ¡La hora de mi muerte no está
lejos, y me encontrará todavía apegado al mundo! ¡No, Jesús mío! Hoy resuelvo
dejarlo todo para ser todo vuestro. Vos sois todo poderoso, prestadme fuerzas
para seros fiel.
¡Madre de Dios, rogad por mí!
“MEDITACIONES”
La
mejor oración es el “Pater Noster”, y dentro del Padre Nuestro, la mejor
oración es: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo ». En este
concepto reside el secreto de la santidad.
No
basta decir: ¡Señor! ¡Señor! Es
necesario añadir: Hágase tu voluntad. No son los que dicen: “¡Señor! ¡Señor!”
—Dice el Evangelio— quienes entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que
hacen la voluntad del Padre Eterno.
Mil
coronas y devociones originales no importan mucho si no sabemos conformar
nuestra voluntad a la de Dios. Lo he dicho antes y lo diré otra vez: “Hacer lo
que Dios quiere, y querer lo que Dios hace, es la mejor oración” Y esta es la suma total de toda la vida
cristiana. La oración de conformidad es la más perfecta y agradable a Nuestro
Señor.
¿Por
qué nos agobiamos a menudo con tantas devociones, incluso en detrimento de los
deberes de estado más importantes, y las observamos todas con tanta
escrupulosidad, si olvidamos y despreciamos lo esencial, que es el deber,
quizás monótono, y no aceptamos sin rebeldía los sufrimientos y las cruces que
Dios Nuestro Señor nos envía?
Digamos,
sí, el Padrenuestro, todos los días y con fervor. No olvidemos, sin embargo,
que si el Padrenuestro es la mejor de las oraciones, es precisamente porque en
esta parte de la oración —
«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» — se resume toda la vida
cristiana.
Pensamientos para cada
día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio.
Año 1936.
En todo el mundo se combate contra la
Iglesia y contra la salvación de las almas.
El enemigo se presenta
bajo múltiples formas y diferentes nombres. No es
ninguna novedad que el socialismo aprovecha la miseria de los trabajadores para
inocularles el veneno de la incredulidad. Los bolcheviques pisotean a la
Religión delante de nosotros. Oímos las enseñanzas de los materialistas que
reducen el universo a aquello que se capta por los sentidos y de este modo se
persuaden que Dios y las almas inmortales no existen. La teosofía difunde la
indiferencia religiosa; los Testigos de Jehová y otros protestantes reclutan
cada vez más adeptos a fuerza de buenas sumas de dinero. Todos estos campos de
acción se unen en un mismo frente contra la Iglesia (Revista Caballero de la
Inmaculada 1923).
Detrás de este frente se encuentra, sin
embargo, el principal ejército del enemigo: el principal, el más fuerte y el
peor enemigo de la Iglesia: la masonería
Manuscrito: Los enemigos
actuales de la Iglesia. Maximiliano Kolbe.