martes, 18 de agosto de 2026

CARACTERES DEL ESPÍRITU DIABÓLICO – Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S.J. — La desesperación, la desconfianza, y la vana seguridad, o temeridad.

 


 



   Otros caracteres del espíritu diabólico son: La desesperación o la desconfianza o la vana seguridad; lo contrario es la verdadera confianza en Dios. Sabe el demonio, dice San Juan Crisóstomo, que la confianza es aquella preciosa cadena que nos lleva al paraíso; porque con este santo afecto tomamos mucho ánimo y nos elevamos a Dios; por eso despues de  haber cometido algún pecado grave, nos siembra afectos y pensamientos más pesados que el plomo, con los cuales se esfuerza llevarnos a la desesperación, que es el extremo de todos los males.

 

   Más porque ve el demonio que raras veces consigue el precipitar las almas de los fieles al abismo casi irreparable de la desesperación; ¿qué hace el maligno? Procura hacerlas caer a lo menos en una cierta desconfianza, con la cual si no desesperan ciertamente, tampoco esperan, y trabaja el demonio con gran esfuerzo en tenerlos firmemente abatidos, para que haciéndose poco a poco flacos y perezosos, no tengan ya más vigor para hacer algún bien. Y lo peor es, que obra todo esto el demonio con un arte tan malicioso y escondido, que llega a persuadir a las almas que es cosa justa y razonable el estarse así echados en aquel abatimiento de espíritu; porque despues de haberles inducido a esa falsa humildad, los lleva a las faltas cotidianas, y para más seguridad suya, les sugiere otros pensamientos que tienen apariencia de verdad, esto es, «que es grande la bondad de Dios; pero que ellos se oponen con su malicia a las obras de la divina gracia: que Dios está pronto a darles toda ayuda; pero que ellos no la merecen: y finalmente que todo el mal no viene de Dios sino de ellos: con lo cual convencidos de estas y otras semejantes razones aparentes se mantienen consternados en los brazos de su desconfianza. »

 

   Esta es una de las más maliciosas astucias con que el enemigo infernal retarda a gran parte de personas devotas su provecho espiritual, y especialmente a mujeres que, siendo de su naturaleza tímidas, y delicadas son fáciles a caer en estos desmayos. Caídas una vez en este hoyo se quedan despues allí envilecidas sin poder dar un paso en el camino de la perfección. Ruego por tanto a los directores que velen con mucho cuidado sobre sus penitentes, para que no caigan jamás en esta red; y si alguna vez entraren dentro de ella, les hagan advertir rápidamente que esto es  engaño del demonio.

 

   Díganles con toda franqueza, que el espíritu de desconfianza no es ni puede ser espíritu de Dios; sino que siempre es espíritu diabólico. Enséñenles a confundirse y humillarse por sus pecados, pero con paz; para levantarse despues, y retomar el camino hacia Dios con una fuerte y viva esperanza, haciendo reflexión que la divina misericordia excede con infinito exceso a la malicia y número de sus pecados. Sugiéranles algunos actos que deben hacer cuando el demonio los asalta con desconfianza y pusilanimidad, diciendo a Dios: Dios está pronto a perdonarme. ¿Pues quién podrá condenarme? Dios que quiere darme su gracia está cerca de mí; ¿Quién podrá pues serme contrario con tal defensor al lado? Mi Dios está en mi ayuda, ¿quién podrá pues fulminar contra mi sentencia de condenación? Animado de estas reconfortantes palabras, entre despues en una grande esperanza, y vaya repitiendo con Job: «Aunque me quisiéseis, Señor, muerto, yo sin embargo esperaría de Vos la salud. Os he hecho muchos agravios, es verdad; pero este de desconfiar de vuestra suma bondad, no lo haré jamás. Aunque me viese sobre la orilla del infierno a punto ya de caer en él, no por eso dejaría de esperar en Vos.»

   Finalmente ordénenles que continúen en repetir estos u otros semejantes actos de esperanza, hasta que sientan ensanchado el corazon. Fuera de eso, para cerrar toda entrada a las sugestiones del enemigo, ayudara mucho imponerles, que despues de haber cometido alguna falta o pecado, se arrepientan luego y se humillen delante de Dios; y despues se arrojen al seno de la divina bordad, y aquí dilaten el corazon con una santa confianza antes que venga el demonio a apretárselo con sus viles desmayos.

 

   Hecho esto, prosigan en servir a Dios con alegría, con paz y con santa libertad.

 

   Pero se ha de advertir, que todo esto que he dicho acerca del espíritu de la desesperación y de la desconfianza. Pero ¡Cuidado! antes de pecar mete el enemigo otro espíritu del todo diverso, aunque no menos pernicioso, y es el espíritu de una vana y temeraria seguridad con que hace al hombre animoso para la culpa. Le representa en Dios una misericordia casi estúpida e insensata que se deja ofender impunemente, para que engañado el pecador con esta necia persuasión, deponga todo temor y coja ánimo para arrojarse al pecado. A estos tales debe representar el director el gran peligro a que se exponen de ser abandonados de la divina misericordia, si de su dulzura toman ocasión para ofenderla. Debe decirles, que la misericordia de Dios es como el mar que conduce al puerto seguro a los marineros, si estos se ayudan con las velas y los remos; pero si quisiesen estarse ociosos, y con su flojedad dar ocasión al naufragio, esperando que el mar lo hiciese todo por sí, ¿quién no ve que quedarían todos sumergidos?

 

   Así puntualmente Dios es un mar de misericordia y un océano de bondad. Si nosotros nos industriáremos haciéndonos fuerza a nosotros mismos para no caer, y doliéndonos de las pasadas culpas; este mar dulcísimo nos llevará a salvamento en el puerto de la bienaventurada eternidad. Más si nosotros no quisiéremos ayudarnos, antes quisiéremos exponernos a manifiestos peligros de perdición, lisongeándonos de que lo haya de hacer todo la divina misericordia: este mar suavísimo de bondad nos dejará incurrir en un eterno naufragio.

 

   Y para ceñir en pocas palabras toda la presente doctrina, digo que los directores han de procurar que los penitentes esperen siempre en la bondad de Dios despues de cometido el pecado, y teman siempre antes de cometerlo. De esta manera echarán de sí el espíritu diabólico de desesperación y de desconfianza que sigue a la culpa, y el espíritu de una necia seguridad que la precede.

 

“DISCERNIMIENTO DE LOS ESPÍRITUS”

Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S. J.

Año. 1853.

 

sábado, 8 de agosto de 2026

EL ROSAL DE JESÚS

 



 

   “LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 4. Abril de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

   — ¿Qué lleva Jesús en el Corazón? — preguntaba Luisito a  su madre, con la mirada fija en una hermosa imagen del Salvador.

   — Sí, hijo mío; ese fuego en el que se abrasa su Corazón ¿Eso es lo que dices?

   — No; esas zarzas entretejidas con largas puntas, que inspiran miedo.

   — La corona de espinas que lleva en el corazón.

   — Sí, madre ¿No se la pusieron en la cabeza? ¿Por qué  la lleva entonces en el corazón?

   — Porque lo llevaba en el corazón incluso antes de que se la pusieran en la cabeza.

   — ¡Pobre Jesús! ¡Espinas en la cabeza y espinas en el corazón!

   — Sí, hijo mío; espinas en la cabeza y espinas en el corazón; las de la cabeza lo atormentaron unas horas, pero las del corazón, les punzaron toda la vida.

   — ¿Incluso de niño?

   — Todavía un niño; más pequeño que tú.

   — ¡Pobre Jesús, cuánto habrá llorado!

   —No, porque Jesús era muy paciente; siempre estaba triste y nunca jugaba.

   — ¿Nunca, nunca? —preguntó Luisito, a quien le parecía imposible que un niño no jugara.

    Viendo la madre la reacción de su hija a tal respuesta dijo:  

   — Nunca, nunca, no, solo a veces, iba sí con otros niños acompañado. Cerca de su casa había un hermoso rosal, que Jesús regaba a menudo con una pequeña jarra que le había regalado su madre. Al pie del rosal, Jesús se sentaba con sus pequeños compañeros, y mientras ellos recogían rosas y las ponían en su regazo, él les quitaba cuidadosamente las espinas y hacía coronas de rosas para los otros niños, guardándose las espinas para sí.

   — ¿Y se las clavo en su corazón?

   — No; con ellas también hizo una corona, que se puso en la cabeza, y lo hizo sonriendo, porque esta corona, como salvaría a muchos hombres, estaba ablandada por el amor.

   Pero frente a este rosal —continuó la madre— había otro con muchas rosas, aparentemente sin espinas; al principio tenían un color muy intenso y engañaban a muchos niños, quienes, al ir a recogerlas, se pinchaban las manos, y las rosas palidecían y se marchitaban, llevadas por el viento como si fueran polvo. Y lo peor era que estos niños enfermaban y morían. Cada vez que un niño se acercaba a este rosal maldito, Jesús se entristecía; y si venían a recoger las rosas, Jesús se llevaba la mano al pecho como si algo le doliera. Era una espina que le atravesaba el corazón.

   — ¿Y quiénes eran esos niños tan locos?  Sorprendido Luisito de que quisieran morir.

   — Estos muchachos locos, hijo mío, son los que van a recoger las flores del mundo. Atraídos por la perspectiva de los placeres mundanos, no se dan cuenta de que en ellas se esconden espinas traicioneras; recogen las flores, que pronto se marchitan, y su pobre alma muere; y las espinas permanecen clavadas en el corazón de Jesús. ¿Quieres, hijo mío, recoger rosas como esas?

   — No, mamá, no; yo quiero rosas del rosal de Jesús.

   — Bueno, escúchame. Entre los muchachos que iban al rosal de Jesús, algunos lo amaban mucho. Un día, uno de ellos, al ver que Jesús les daba a los demás coronas de rosas y se quedaba con la de espinas, le dijo:  

   — Jesús, ¿quieres darme una corona como la tuya? Jesús, sin responder, sonrió y comenzó a hacer una corona de espinas para el niño, que tomó de no sé dónde. El niño, al ver tantas espinas, y tan grandes, se asustó y casi se arrepintió de haberla deseado; pero Jesús lo miró con tanta dulzura, que el niño le permitió ponérsela

   — ¿Y no le pincharon las espinas?

   — Al principio le pareció así, pero pronto sintió tanta dulzura y ternura que se sentía más feliz con su corona de espinas que los demás niños con las suyas de rosas. Y con razón, porque esas espinas se habían convertido en las rosas más hermosas del rosal. Desde entonces, aquel niño siempre pedía una corona de espinas, y Jesús le susurraba al oído: «Tomo estas espinas de mi corazón».

   — Por eso no le pinchaban —dijo Luisito—. ¡Ya habían atravesado el corazón de Jesús!

   — Bien dices, hijo mío. Cuando las espinas hayan atravesado el corazón de Jesús, ¿quién no las encontrará dulces y suaves? ¿Ves, hijo mío? Los pecadores pusieron esta corona sobre el corazón de Jesús; ¿quieres ponerles más espinas?

   — No, madre mía, eso no.

   — ¿Quieres, entonces, rosas del rosal de Jesús?

   — Rosas y espinas.

   — Si aliviares el corazón de Jesús aunque sea de una sola espina, bendito seas mil veces,  mi Luisito, hijo de mi corazón.

 

R. B.

viernes, 7 de agosto de 2026

LA BALANZA

 



 

“LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 1. Enero de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

(Traducido y adaptado del portugués al español; por Nicky Pío)

 

I

 

   El espíritu de las tinieblas erraba por la atmósfera de nuestro planeta, contemplando las vanidades humanas.

 

   ¿Cuántos son —dijo— los que desprecian estas vanidades? Reunidos todos no llenarían una sala, que no fuese precisamente espaciosa. ¿Dónde se encuentran hoy esos actos de virtud cristiana?

 

   —Son apenas conocidos, aislados y perdidos entre la enorme multitud de actos inspirados por la vanidad. ¡Reúne y pesa todas las acciones de los justos del universo entero; su peso no igualará el de las vanidades de un solo día en la ciudad más pequeña!

 

   El Espíritu de la Luz aparece inesperadamente ante él.

 

   —Vengo —le dice— a proponerte un desafío: reunirás en uno de los platillos de una balanza tantas vanidades como desees; yo buscaré el contrapeso, y si logro inclinar la balanza, seré victorioso.

 

   —Acepto, contesto el príncipe de las tinieblas—; reuniré a toda mi corte para dar testimonio de  tu derrota. Conozco —añadió— un lugar adecuado para la lucha. Al sur de Siberia se extiende un vasto país desconocido para los viandantes. Montañas inaccesibles lo rodean. Algunos de mis súbditos, expulsados ​​de Europa y América, han encontrado allí un refugio seguro, donde no los molestan las letanías de los misioneros.  ¿Le agrada este lugar?

 

      —Sí, dice el Espíritu de la Luz; vamos para allá.

 

II

 

   Satanás se engañaba al suponer que aquel país no era  conocido por viajante alguno. Yo acababa de llegar ahí despues de haber atravesado diferentes regiones. Los animales que lo habitaban, que en verdad ignoraban la malicia del género humano, me recibieron con gran cortesía. En una espaciosa caverna encontré alojamiento y un lugar para guardar todos mis instrumentos. Lo más valioso de todo era un par de prismáticos que me había regalado un jefe indio al que había tenido ocasión de prestar un gran servicio. Con estos maravillosos prismáticos podía distinguir y discernir incluso a los mismos espíritus. Hace tiempo que no los poseo; un escrúpulo de conciencia me llevó a romperlos. No me arrepentí de haberlo hecho; unos meses sólo use de ellos, y mudó completamente mi carácter, convirtiéndome casi en un anacoreta. Podría contarles cosas curiosas que descubrí gracias a esos prismáticos; se las contaré más adelante. Actualmente una publicación tal, sería la causa de grandes escándalos, destruiría la reputación de muchas personas que actualmente gozan del favor público, y juzgo que  no es conveniente derribar esos ídolos por el momento.

lunes, 3 de agosto de 2026

LOS ENAMORADOS DE LA MUERTE.

 




(Cuento – Reflexión)

 

I

   A fuerza de verse juntos la Muerte y el diablo, concluyeron por entrar en tratos convenientes a sus respectivos fines.

   —¡Comadre!—díjole el diablo, que iba cargado con un ricachón avaro para llevárselo a los infiernos.

   —¿Qué diablos quieres? No me detengas, que tengo mucho que deshacer.

   —A eso voy—replicó el diablo; y añadió: —Es cosa de dos palabras —

   Y diciendo esto dio con sus pezuñas un pataleo en tierra, abrióse en ella un boquete y por él arrojó a los infiernos al ricachón.

   —Es el caso que desde hace muchos años se puede con razón decir que no haces más que menear tu guadaña en provecho mío; eres una segadora a mi servicio, ¡Y vaya una cosecha! Raro es el muerto que no cae en mis garras.

   —Pues yo no lo hago para servirte; ¿Te está claro? Da lo mismo que se salven o se pierdan los necios de los hombres, de ello no soy responsable; aún digo más: hasta les concedo a veces un buen espacio de tiempo para que se dispongan a bien morir.

   —¡Eso! Pero ya me cuido yo de que no lo aprovechen. ¡Pero me da tanta pena verte a ti, con los años que tienes, que ya va fecha desde que después del pecado primero te nombraron para cortar las vidas hasta hoy; y lo que aún te queda de aquí hasta el día del juicio final!

   —¡Es verdad! Yo que doy a todo bicho viviente el descanso que por clasificación le corresponde, no puedo concederme a mí misma un momento de reposo... Y eso que son muchos los hombres que por sí mismos se me entregan sin que yo vaya a buscarlos.

   —Pues bien, yo vengo a ahorrarte trabajo; tengo nuevas invenciones: el automóvil, y con él he aumentado el número de insensatos; tranvías, puentes diabólicos, falsificadores de productos alimenticios y una infinita variedad de crímenes, envenenamientos y aparatos para que mueran a carretadas y sin auxilio, ningún auxilio espiritual.

   La Muerte quedóse por un momento pensativa, y después exclamó:

   —Ciertamente; todo eso te favorece mucho, y s, mi me hace gran servicio, pues por lo visto pronto serán muy pocos, muy pocos los que mueran de lo que se dice «muerte natural», pues como la locura va siendo dueña casi absoluta del mundo, los hombres harán cuantos disparates aquélla les impone, y tu industria marchará de maravillas.

   Y aquí, porque sin duda la Muerte se ocultó... ya nadie hablaba de ella en la tierra, y el caso era que cada día morían más personas, pero como si no... Ya no se hablaba de la muerte, ni nadie pensaba en ella, ni mucho menos había hombre que de la muerte hiciese motivo de meditación.

   Verdad que bien podía decirse que la gente se mataba, no que se moría. Y así era que vivían los hombres como si desconociesen el peligro de perder la vida y se considerasen eternos. Hasta llegaron algunos sabios a decir que ellos estaban a punto de encontrar la substancia con la cual... la humanidad viviría siempre, rejuveneciéndose a cada momento.

   No había ya quien, pensando en la muerte, procurara ser justo, ni quien queriendo conquistar la noble fama, aspirase a una muerte honrosa por su patria o religión... Por eso, hastiada la Muerte de este nuevo estado de cosas, pensando en su antigua historia, se puso un día a repasar sus grandes libros... donde tenía apuntado el destino de los hombres; halló que en un convento de frailes cartujos... que vivían en rudas penitencias, continuos ayunos y mortificaciones, hacía más de treinta años que no había muerto persona alguna.

   —¡No, si no se puede una descuidar!— 30 años dijo la Muerte.—He aquí una partidita que viene pasando para mí inadvertida quién sabe desde qué tiempo. ¡Claro, fiada en la afición a los automóviles y al sinnúmero de trampas inventadas por el diablo!...

   Aquí se van eternizando estos frailes, y esto me pone en ridículo. La comadre se dió en su amplio sudario, tomó su guadañaza y se encaminó al convento, apresurando el paso, como lo hubiera hecho un médico de los más afamados.

II

   Hallábase en el indicado convento, donde más de cuarenta religiosos estaban familiarizados con la idea de morir, el lego Gilito, como afectuosamente le habían denominado los labriegos ¡vecinos del convento, y que estaba con su cargo de demandadero tan satisfecho, que no se hubiera cambiado por el más opulento de los reyes.

 

   Así era que no había manera de hacerle entender que estaría muy en razón el que, sin aborrecer la vida, se apartase algo del amor extremado a ella, por mirar a la eterna bienaventuranza.

   Ya podían los buenos Padres decirle elevadísimos conceptos. Él no quería morir.

   —A ser posible—decía, —quisiera vivir siempre.

   —Mire, Hermano, qué manera más graciosa tiene de decirnos que ama la muerte, porque este es el modo de no morir jamás—le contestaba ingeniosamente el Hermano Ignacio, uno de los más penitentes y fervorosos frailes.

   —Vaya, que no, eso. Quiero vivir... la vida de allá será buena, pero no la conozco; ésta, mala y todo, no quiero perderla—replicaba.

   Así las cosas, llegó la Muerte al convento. Eran las altas horas de la noche, brillaba una hermosa luna, y la comadre, por no ser vista, saltando de sombra en sombra por todas las que los grandes árboles y espesos arbustos de la huerta proyectaban en el suelo... llegó al convento y se metió en un largo y sombrío claustro.

   Las llamas de las lámparas, que débilmente iluminaban aquel silencioso lugar, oscilaron al movimiento del aire agitado por el amplio sudario de la muerte, que iba caminando con paso acelerado.

   Detúvose ante la puerta de una celda y al fin penetró en ésta, infiltrándose por la madera. Allí había un anciano escribiendo.

   —Viejo eres; paréceme que ha llegado tu hora—pensó la Muerte; pero tuvo curiosidad por ver lo que el anciano escribía, y leyó:

 

   «La muerte ha de ser esperada como un beneficio del cielo; el hombre que desprecia la vida ofende al Señor, que se la ha dado; pero el hombre ha de agradecer el vivir, considerando la vida como medio para merecer la muerte, es decir, el camino de la verdadera vida.»

 

   —No, no ha llegado la última hora de este hombre—se dijo la Muerte; y salió rápidamente de la celda. Así, del modo mismo que había entrado en la primera se introdujo en la siguiente, y allí halló a un religioso, pálido, demacradísimo... tal, que la Muerte pudo creer que estaba ella ante un espejo.

   Arrodillado y orando, ceñido el cuerpo con áspero cilicio, oraba ante un crucifijo y decía:

 

   —Señor, no, no me des la muerte tan deseada... si crees que es necesario que antes permanezca en este destierro para llorar y llorar aún más mis muchos pecados y los de los hombres, mis hermanos, tan olvidados de tu misericordia y de sus eternos destinos.

 

   —Medio muerto parece éste... pero su fervor le sostiene con tal vida, que aun tampoco para él ha llegado la hora... —se dijo la Muerte.

   Y así fué en la otra, en la siguiente, y en todas las celdas, hallando hombres viejos, otros envejecidos por las penitencias, todos pensando y deseando la muerte... pero todos manteniéndose en la vida para el cumplimiento de una misión santa... de piedad, de caridad, de enseñanza, de defensa de la fe...

   Vivían pobremente, sin abrigo para sus cuerpos, sin gustos, sin comodidades, sin más que atentos al trabajo, a la mortificación y al estudio.

   La Muerte comprendió que todos allí eran necesarios en el mundo para regenerarle, para ennoblecerle, restableciendo el reconocimiento de la muerte.

   Cuando la Muerte salió del convento hallóse al diablo, que le dijo:

   —¿No sacas nada de tu visita a estos reaccionarios?

   —Como todos viven santa y sobriamente, según aconsejó San Pedro, no tengo por dónde hincarles el diente. Además, todos me esperan de continuo. El único que me aborrece es el hermano Gilito.

   —¿Y no te parece bastante motivo para llevártele? ¡Tienes la sangre de horchata! Míralo qué satisfecho y descuidado contempla el río desde el puente. ¡Al agua con él!

   Y, en efecto, desaparecieron en el agua el lego y la Muerte, y el diablo corrió tras ellos a ver lo que podía prometerse del juicio particular subsiguiente.

 

JOSÉ ZAHONERO.

“LA LECTURA DOMINICAL”

lunes, 27 de julio de 2026

EL SOLDADO EN TIEMPO DE GUERRA – Por Monseñor Segur.

 


 


I

 

   ¿Por qué es preciso que el soldado sea en tiempo de guerra un excelente cristiano?

 

   Porque arriesga su vida: ni más ni menos.

 

   El soldado tiene dos banderas, la del cielo y la de la tierra; y debe amar a las dos, sin olvidar jamás a la una por la otra. Sería hacerle una ofensa, sobre todo en tiempo de guerra, el recomendarle que fuera bien leal a la bandera de la patria; pero es hacerle un servicio y un servicio muy grande el exhortarle a que piense en su alma en medió de los azares de la guerra.

 

   Durante la guerra es preciso ser cristiano, más buen cristiano, si es posible, que durante la paz. Más que nunca es preciso respetar a sus jefes, desvivirse por ellos, obedecerles con fidelidad absoluta; más que nunca es preciso ser esclavo del deber. «Los mejores cristianos son los mejores soldados» decía un célebre capitán. Y despues cuando el alma, está en paz con Dios y por este lado nada hay que temer el soldado marcha hacia el enemigo sin recelo y ni la misma muerte le asusta. Para él todo es ganancia, si se salva, tiene la gloria, el ascenso, la cruz honorífica, la alegría del regreso; si sucumbe, tiene todavía otra cosa mejor, el cielo, la gloria verdadera, la felicidad que no tiene fin. ¿De qué queréis que tenga miedo un hombre semejante?

 

   Veamos pues en que consiste para el soldado en campaña, el ser cristiano.

 

   Ser cristiano no consiste solamente ir los domingos a la misa militar y cumplir ciertos actos exteriores de religión compatibles con el servicio; consiste en algo más, consiste en acordarse a menudo de Dios, en rezar con todo corazon muy a menudo y especialmente en las horas de facción, en las marchas y contramarchas, y en todos los otros momentos en que se está un poco más libre: consiste en tener arreglada su conciencia, por medio de una buena visitilla hecha al capellán o a algún otro sacerdote de las poblaciones por donde se pasa, y, una vez hecha la visita, guardar bien la pureza de conciencia que se ha obtenido; consiste en evitar cuidadosamente las faltas en que con más facilidad cae el soldado, tales como el blasfemar del santo nombre de Dios, el emborracharse, la rapiña, el robo, las palabras deshonestas, los pecados contra la pureza, la indisciplina, la desobediencia a los jefes los arrebatos de cólera y otras por el estilo.

 

   Ser cristiano, en tiempo de guerra, consiste además en portarse dignamente en país enemigo. Nada de pillaje, nada de brutalidades, nada de ultrajes a mujeres, niños y viejos; respeto a la religión, respeto a la propiedad y generosidad para con todos. Va en ello el honor cristiano y el honor patrio. El verdadero soldado no solamente sabe hacerse temer, sino que además sabe hacerse respetar y hacerse amar por todas partes por donde pasa.

 

   Ved ahí en lo que consiste el ser cristiano en tiempo de guerra. El valiente soldado que de esta manera se porta recibe la bendición de Dios; y si de improviso le viene la muerte, sabe que está convenientemente dispuesto a recibirla, y que puede estar seguro de la misericordia de su divino Juez.

 

“EL SOLDADO EN TIEMPO DE GUERRA”

MONSEÑOR SEGUR

Año 1872.

sábado, 25 de julio de 2026

¡SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA!

 



 

   Tal fué el grito de guerra de nuestros heroicos padres; el santo y seña de sus ejércitos invencibles; el lema que llevaban, no sólo en los labios, y escrito con letras de oro en sus banderas y estandartes, sino lo que vale más, grabado con indelebles caracteres en sus corazones.

 

   El Apóstol nos había traído la fe de Jesucristo pocos años después de la muerte del Redentor de los hombres. El fué el que oyó, de labios de Nuestra Señora, venida en carne mortal, y milagrosamente, a Zaragoza, la consoladora promesa, base de todas nuestras esperanzas patrióticas, de que la fe y el amor a Jesucristo no faltarían nunca de la tierra española. Nuestra nación no ha olvidado, ni olvidará jamás, aquella promesa; ni ha olvidado, ni olvidará jamás, al Apóstol por quien supo que el Hijo de Dios se había hecho carne, y sufrido pasión y muerte por los hombres; el Apóstol, que había recibido de labios de la Virgen sin mancilla la más sublime promesa que se ha hecho a ningún pueblo moderno.

 

   Santiago ha sido el intermediario de la alianza entre la Virgen María y la nación española, y expresión de esa alianza es la ley de Jesucristo, que por mandato del mismo Redentor predicó en nuestra patria. España se llamaría la tierra de Santiago, si no se llamase, y con justo título, la tierra de María Santísima.

 

   Guardamos hace muchos siglos el sepulcro del que fué nuestro Padre en la fe, el verdadero fundador de nuestra nacionalidad, porque fué el que escribió la constitución interna de nuestra patria, que es el mismo  Evangelio; guardamos en ese sepulcro sus sagradas reliquias, pero guardamos algo que vale más que sus restos, con ser éstos tan venerables... Guardamos la ley que nos dio, el Evangelio que nos predicó, el eterno espíritu que infiltró en el cuerpo de nuestra nación...

 

   Por eso, cuando la barbarie mahometana intentó descuajar el cristianismo en España; cuando quiso destruir la obra que había empezado Santiago, todas las almas españolas recordaron al Apóstol, todas las miradas se volvieron a su sepulcro, todos los corazones se elevaron a Él, pidiéndole que intercediese con Dios para que la obra suya no fuese arrasada... Como los israelitas, perseguidos por Antíoco, invocaban a Moisés, los españoles perseguidos por los descendientes de Ismael, invocaban a Santiago. ¡Santiago, Santiago!: tal fué el grito unánime detesta noble nación, que se levantó como un solo hombre para defender su fe y su libertad.

 

   Santiago infunde en nuestros guerreros el valor heroico que se necesita para pelear en la proporción de uno contra ciento. Si la suerte de las armas es adversa; si nuestros escuadrones cejan ante la feroz morisma; si las murallas de las ciudades caen, como castillos de naipes, ante el ariete del enemigo; si el implacable infiel siega con su corvo alfange las cabezas de nuestra juventud... ¡No importa! ¡Si hoy hemos perdido, mañana ganaremos! ¡Santiago, y cierra España!... ¡Adelante, adelante!

 

   Y gritando asi, recorre España el camino desde Covadonga hasta Granada, y no satisfecha, conquista luego gran parte de África, gran parte de Asia y Oceanía, lo mejor de Europa, y toda la América. Y siempre peleando por su Dios y por su patria, siempre luchando contra infieles y herejes, invocando siempre a Santiago, es constantemente vencedora, y no hay en el mundo poder que le resista, ni enemigos que no tiemblen ante ella, ni rivales que no se le humillen y dejen de prosternarse ante sus plantas.

 

   Nuestros reveses empezaron precisamente cuando nuestras empresas empezaron a ser más políticas que religiosas. Pero no miremos al infausto pasado ni al vergonzoso presente; consolémonos con la expectativa fortificante de un porvenir compensador... España volverá a ser grande: porque volverá a ser el pueblo escogido de la Nueva Alianza, el pueblo de Santiago.

 

APOSTOLADO DE LA PRENSA.

Año 1894.

miércoles, 22 de julio de 2026

VANIDAD DEL MUNDO.

 



   «Vanidad de vanidades, y todo es vanidad»; dice el Sabio. «Vi todo lo que se hace debajo del sol, y todo era vanidad».

 

   Con razón este mundo en la Escritura es llamado hipócrita, pues teniendo buena apariencia, es de dentro lleno de corrupción y vanidad. En estos bienes sensibles parece bueno, siendo, según verdad, lleno de falsedad y mentira.

 

   No pongas en su amor fija el áncora de tu corazón. Las verdes cañas alegran la vista, y los ojos se deleitan en su frescura y muestra de fuera; pero si las quiebras, hallarás dentro ser huecas y vanas.  No te engañe el mundo, ni se ceben tus ojos de esa verdura y hermosura que parece, porque, cierto, si quieres considerar lo que debajo está escondido, hallarás que es todo vanidad.

 

   Si el mundo con el cuchillo de la verdad fuere abierto, sería visto ser falso y vano. Porque cuanto hay en él es pasado, presente y futuro. Lo pasado ya no es; lo que está por venir es incierto, y lo presente es instable y momentáneo. Vanidad es esperar en él, y vanidad muy grande hacer caso de sus favores. Vanidad desear sus honras, y mayor vanidad amar sus riquezas y deleites.  Vanidad es querer sus bienes transitorios; y vanidad es, por cierto, tener cuenta con los corruptibles haberes de este siglo.

 

   Vanidad andar tras el viento de las alabanzas humanas... Pasan los días de la vida sin los echar de ver, andando la muerte en el alcance. ¿Qué tienes de cuanto has hecho? En los amigos no hallaste amistad: en aquellos a quien hiciste bien, hallaste ingratitud; y en los hombres, muchos engaños y cumplimientos.

 

   Pues mira cómo has perdido cuanto has hecho. Ese poco conocimiento de los hombres, y todas las cosas de que te quejas, te están diciendo que a sólo Dios debes amar y servir. Permite el Señor, para tu provecho, que halles desagradecimiento en el mundo, porque te vuelvas a sólo Él... Si bien consideras la ingratitud de los hombres, y que gastaste lo mejor de tu vida en los contentar, llorarás por el tiempo pasado y procurarás de servir a tu Criador en el tiempo por venir.

 

“EL TRATADO DE LA VANIDAD DEL MUNDO”

V. P. Fray Diego de San Cristóbal.

Año 1785.

martes, 21 de julio de 2026

EL CRISTIANISMO ES MILICIA.

 



 

   El cristiano está en el mundo, pero no es del mundo; el mundo es milicia. Y la Iglesia en este mundo, es militante. «No he venido a traer paz sino espada». Es la lucha de la Gracia contra la naturaleza caída por el pecado y contra las Puertas del infierno que, en lo individual y en lo social, intentan arrebatar a Cristo su cetro. Por esto, el cristiano, además del Bautismo que lo hace hijo de Dios, cuenta con la Confirmación que lo hace soldado de Cristo. Para luchar, si fuera necesario, hasta la total inmolación del martirio, máxima gloria a que podemos —y debemos—aspirar, y para la cual siempre hemos de estar dispuestos: «Os envío como ovejas en medio de lobos... os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán...»; «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán... esto os he dicho para que no os escandalicéis...».

 

   Paradoja esta la del martirio. Signo de contradicción como Aquel a quien por él se confiesa. Lejos de acabar con la Iglesia, la fortalece y vitaliza. Sangre de mártires, semilla de cristianos. Y de la persecución, constante histórica en la vida de la Iglesia —porque la predicción hecha a los Apóstoles es válida para todas las épocas— resurge Aquélla con nuevo temple y vigorizado espíritu. Paradoja también que los períodos de práctica fácil y cómoda produzcan con frecuencia, en lo humano, cristianos externamente apreciables, y pusilánimes, puesto que de la interioridad de tantas almas escogidas sería temeridad afirmarlo, en las almas vigorizadas por la Sangre de Cristo, no existe clima de tibieza poco conforme con la total entrega que ser cristiano supone.

 

   Téngase cuidado sin embargo en el superficial señuelo de sobrevalorar una situación de segura libertad para la Iglesia, estimando, en cambio, deseable un estado de persecución en el que, si hoy mártires hay, también verdugos, en el que si el Cristianismo se templa y acrisola es a trueque de males inconmensurables: «Es necesario que haya escándalo, pero, ay de aquel por quien los provoque». Ni se crea que la persecución y el hecho del martirio sean exigencia intrínseca o consustancial del Cristianismo, sino sólo necesidad extrínseca dimanante de la malicia humana, fácil tornavoz del «Non serviam» primitivo: «Si fuereis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, el mundo os aborrece». Tampoco que la persecución y el martirio sean directamente queridos por Dios para ser así glorificado en el testimonio de los mártires: Si de la persecución brotan, sazonadas y esplendentes, la suprema gloria del martirio y la reafirmación de la Fe, es sólo como efecto reflejo por obra de la Sabiduría infinita de Dios que, conjugando en su Providencia los actos libres humanos, buenos y malos, conduce inexorablemente la Historia a su último fin: la glorificación del Criador por la criatura en la medida que ésta, en su limitación, es capaz.

 

   Por esto, quizá, más que hacer mártires, hoy se pretende hacer apóstatas; o al menos, donde por existir una sólida tradición de Fe ello sería prematuro, se intenta paliar la radical oposición entre ser cristiano y ser del mundo, confundiendo las mentes y extraviando los ánimos con connivencias y transacciones que paulatina e insensiblemente agosten en el cristiano su espíritu de servicio y sujeción absolutos a Cristo, indefectiblemente unido a su Institución, la Iglesia «jerárquica».

 

   Mas, tampoco debe el cristiano vacilar en su fe ni desconfiar ante el martirio incruento que supone esta, por otra parte no del todo nueva, táctica: «Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos». Y las puertas del infierno no prevalecerán... Porque Cristo no edificó sobre arena, sino sobre la roca inconmovible de Pedro.

 

R. CRISTIANDAD – AÑO 1959.