viernes, 15 de mayo de 2026

LOS TRES AMIGOS

 



 

   Un hombre, que tenía tres amigos, fué acusado de un crimen.

 

   — «¿Quién de vosotros, preguntó, quiere acompañarme ante el juez para probar mi inocencia?»

 

   El primero, con quien más contaba, se disculpó con sus negocios.

   El segundo le acompañó hasta la puerta del tribunal, y allí se volvió atrás por miedo al juez.

   El tercero, solamente, y  con quien menos contaba, le acompañó hasta el fin, habló por él y le salvó.

 

   El hombre tiene tres amigos en esta vida: Cuando muere y tiene que presentarse a Dios, justo juez, el dinero y poder le abandonan; los parientes y amigos le acompañan hasta el cementerio, y sólo las buenas obras le siguen a todas partes, consiguiendo su perdón y su gracia.

 

   Sólo las buenas obras nos acompañan hasta el tribunal de Nuestro Señor Jesucristo, y sólo las buenas obras pueden hablar en favor nuestro.

 

“EL APOSTOLADO DE LA PRENSA” (Año 1906)

jueves, 14 de mayo de 2026

UNAS PINCELADAS DE LA VIDA DE SAN ISIDRO LABRADOR ¡BIENAVENTURADOS LOS HUMILDES!

 



 

   ¡Que bella es la mañana! Una espléndida mañana primaveral. El sol brilla radiante en el puro firmamento; la brisa juguetea en la enramada y las aves se agitan bulliciosas en los espacios. ¡Qué en consonancia con la hermosura de la naturaleza se halla el espíritu de aquel varón justo!  Sí; el humilde labriego, el creyente y piadoso asalariado del linajudo hidalgo Ivan de Vargas, el predestinado Isidro, prototipo exacto del trabajador cristiano, es feliz en cuanto se puede acá en la tierra de los sinsabores, y de las lágrimas conseguir la dicha.

 

   Su vida se desliza en un curso alegre, diáfano, luminoso; la fe brilla con celestes irradiaciones en el sereno y tranquilo horizonte de su conciencia, la esperanza acaricia con suavísimos aleteos su corazón y la caridad, inflamándole en su fuego santo, llena de poesía excelsa su penosa y accidentada existencia terrena.

 

   El no ignora que la calumnia y la maledicencia, envidiosas de sus virtudes esclarecidas, se ceban voraces en su persona; pero también tiene muy presente que estos engendros satánicos han de quedar destruidos totalmente por la invencible fuerza del Señor. En Este confía, todo lo demás lo desprecia como cosa superflua e inútil; no tiene más vida que para su Dios, y viviendo unido a Él está persuadido de que ningún mal le sobrevendrá; marchará enjuto sobre el tempestuoso piélago de la humana existencia, y guiado por la mano de su Salvador arribará al puerto seguro de la perdurable bienandanza.

 

FRANCISCO PINTADO

(Año 1906)

LA CRUZ DE LA VIDA (LEYENDA)

 



   A lo largo de un camino pedregoso, que se hacía más difícil por el calor sofocante del sol, caminaba un peregrino llevando con fatiga la cruz de su vida.

 

   Llegada la tarde se detuvo anhelante, y en su pensamiento murmuró:

 

   — Es bien pesada la cruz que el buen Dios me ha dado. ¡Oh! ya sé que nos hace falta una cruz a todos para asemejarnos a Jesucristo; pero la que yo llevo me aniquila... ¡Dios mío! ¿No podrías aligerar mi carga?

 

   Un sueño profundo se apoderó de él, y de repente vióse rodeado de una intensa luz; Jesucristo se le apareció y le dijo con dulce voz:

 

   — ¿Querrías otra cruz en vez de la que tienes?

   — ¡Oh! sí, Señor. Soy pobre, Viejo y ya no puedo más. Ase ya sesenta años que estoy llevando esta cruz, que amo porque viene de Vos, pero ¡es tan pesada, Señor...!

   — Ven conmigo, hijo mío — le dijo Jesús, y se encontró delante de una vasta gruta. Ahí están reunidas todas las cruces que, dada mi misericordia, deben abrir las puertas del paraíso a los hombres; deja tu cruz en el umbral y elige la que mejor te convenga.

 

   Él peregrino entró. Quedó deslumbrado y como espantado de aquella multitud de cruces llevadas desde el principio del mundo, y que deberán ser llevadas hasta el fin de los tiempos. Las examino largo rato; las pesaba, las volvía, las probaba y las dejaba. Eran la cruz del remordimiento, la cruz de la envidia, la cruz de la ingratitud, la cruz de la familia desunida, la cruz de la enfermedad que paraliza los miembros, que se rechaza por lo que tiene de repugnante, la cruz del desprecio, de la calumnia, la cruz de la traición de los amigos o del sufrimiento de los que amamos...

 

   Y a cada una de ellas:

   — No —decía, — esta no. ¿Es preciso, Dios mío, qué yo elija?

   — Sin cruz en la tierra no hay corona en el cielo —le dijo Jesús.

 

   El peregrino volvió sobre sus pasos, las examina aún, busca todavía, y como bajaba la cabeza desalentado:

 

   — Mira — le dice la dulce vez de Jesús.

 

   Y percibe cerca del umbral una cruz que le atrae; la levanta y un suspiro de paz se escapa de sua labios.

 

   — Me parece que llevaría ésta: es un poco pesada ¡Pero las otras son tan horrendas! ¿Puedo tomarla, Señor?

   — Tómala —dice Jesús.

 

   Tiende los brazos para cogerla y da un grito. Era la suya, la cruz que había depositado cómo la difícil de llevar a la entrada de la gruta…

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

AÑO 1905.

miércoles, 6 de mayo de 2026

QUÉDATE CONMÍGO

 



 

¡Ay, no te vayas ya más,

mi Dios, pues vivir no puedo,

ni si yo sin ti me quedo,

ni si tú sin mí te vas!

 

Estáte, Señor, conmigo,

siempre sin jamás partirte,

y cuando acordares irte

allá me lleva contigo ;

que el pensar si te me irás

me causa un terrible miedo

de si yo sin tí me quedo,

de si tú sin mí te vas.

 

Llévame en tu compañía,

¡Oh mi dulce y buen Jesús!,

porque bien sé que eres tú

la vida del alma mía;

y si tú no se la das

cierto es que vivir no puedo

ni si yo sin tí me quedo,

ni si tú sin mi te vas.

 

Por, esto más que a la muerte

temo, Señor, tu partida,

y quiero perder la vida

mil veces más que perderte,

pues la inmortal que tú das,

¡Ay!, ¿cómo alcanzarla puedo

cuando yo sin tí me quedo

cuando tú sin mí te vas?

 

DAMIÁN DE VEGAS.

(1926)

martes, 5 de mayo de 2026

¡VENID; Y VAMOS TODOS!..

 



 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Yo tengo grabado en mi corazón un nombre con caracteres indelebles Nombre que sabe a mis labios más dulce que la miel de los panales, y suena más grato a mis oídos que todas las armonías del mundo y del cielo, reunidas en una sola armonía.

 

   Me enseñó a pronunciarlo mi madre, reclinándome sobre su seno entre abrazos y caricias, mientras me contemplaba con el alma en los ojos, de los que se desbordaba a torrentes la ternura, la pureza y el cariño.

 

   Cuando las dos emociones supremas, el dolor y la alegría, embargan mi ser, ese nombre sube espontáneamente de mi corazón a mis labios, porque la música divina de su dulcísimo sonido calma o ahuyenta las penas de mi alma, y es, al par, el único canto de alegría que sabe exhalar mi garganta cuando el gozo inunda mi pecho.

 

   Lo he balbuceado con deliciosa fruición en mi niñez venturosa, cuando la vida me sonreía y mis manos podían levantarse puras al cielo. Lo pronuncié más tarde, buscando consuelo para mi alma desolada, cuando el primer desengaño desgarró sin piedad mi corazón.

 

   Lo he pronunciado después en demanda de amparo, cuando los brillantes y engañosos fantasmas de la tentación me ofrecían sonriendo la copa de los placeres, que oculta traidoramente en su fondo la hez amarga del roedor remordimiento.

 

   Cuánto hay de tierno, dulce, bello y sublime en la creación, me recuerda ese nombre tan querido. Lo dibuja el rayo de la luna que se filtra dulcemente a través de la espesa fronda y tiembla en las espumas del arroyuelo, fingiendo encajes de plata. Lo veo escrito en el fondo luminoso y azul de los cielos, cuando el sol se levanta temblando en el horizonte y su lumbre pura reverbera sobre las crestas del oleaje de los mares. Lo susurran los vientos de la tarde que columpian blandamente las ramas de los abetos y las palmeras, y los cefirillos de la noche que juguetean entre los juncos de la ribera del lago.

 

   La vida entera no basta para sondear el mar inmenso de gracia y dulzura de ese nombre, ante el cual se abaten y humillan las más poderosas inteligencias de los más altos serafines; porque ese nombre querido, que bendicen los hombres y los ángeles, y enamora y cautiva con su incomparable dulzura al mismo Dios, es el nombre de MARÍA, ¡de María Inmaculada! María significa, en siriaco, “dama”,

“señora”, “soberana”, y en hebreo, “estrella del mar” “Stella Maris”, porque María es, en verdad, la Señora y Soberana augusta de los cielos y la tierra, y la Estrella divina cuya luz serena y apacible conduce al perdido navegante al anhelado puerto, y posee la maravillosa virtud de calmar las tempestades del piélago y del alma.

 

   Pero el nombre de María significa mucho más para mi corazón... María

significa para mi corazón “Madre”; porque María es mi madre, mi verdadera y única madre, la madre divina que el Salvador me legó desde la cruz, entre crueles angustias, al decirme en la persona del discípulo amado: “He ahí a tu Madre.”

 

   Por eso el nombre de María es para el cristiano, después del nombre de Jesús, el más dulce, poético y tierno que existe en todas las lenguas.

 

   Por eso brota espontáneamente de los labios, entre lágrimas o entre sonrisas, cuando el dolor o el placer conmueven nuestra alma. Por eso los niños, las criaturas más hermosas de la tierra, cantan en las tardes perfumadas del poético mayo, postrándose en el templo a los pies de la imagen de la Virgen sin mancilla:

 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Porque María es, en realidad, nuestra Madre, que nos ama más y mejor que la que nos llevó en sus entrañas, y derrama a manos llenas sobre nosotros, desde el cielo, los tesoros inagotables de las misericordias del Señor, de las cuales Ella únicamente es la dispensadora.

 

   Rindámosla toda la vida, y particularmente en este mes, a Ella dedicado, el obsequio de nuestra veneración y de nuestro amor entrañable. Vayamos todas las tardes de mayo a postrarnos ante su altar, ofreciéndola, en cambio de las flores de la tierra que la ofrecíamos en nuestra infancia, flores del cielo, esto es, flores de virtudes imperecederas, que no deshojan ni marchitan las brisas de la tierra, y llevemos allá a los niños, esas puras criaturitas que tanto ama la Virgen Inmaculada, para que al ofrecerla hoy las “flores del bajo suelo”, aprendan a ofrecerla durante toda su vida flores de pureza y de inocencia, flores de santidad.

 

   Y si el pecado manchó la pureza de vuestra alma, “... venid, y vamos todos” a pedir a la Virgen Santísima la gracia del arrepentimiento, la gracia de una buena confesión y de una comunión fervorosa, que restituya a nuestra alma la inocencia de la niñez y nos santifique.

 

   No temáis, pobrecillos; acercaos a María sin recelo, con entera confianza: que es nuestra Madre y nos está esperando con los brazos abiertos... “¡Venid, y vamos todos..., que Madre nuestra es ! . . .”

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1925

domingo, 3 de mayo de 2026

“OFRENDA DE FLORES” Un bellísimo cuento, en el mes de María.

 



 

   Yo era un libertino, un hombre de mundo, por decir poco…una mañana, no sé por qué, y a pesar de haberme acostado, como siempre, muy tarde, me desperté al ser de día, pero antes de la salida del sol. Sentía el disgusto indeterminado, la amargura, el cansancio y ese confuso discurso que dejan en el alma y en el cuerpo las noches pasadas en frívolas diversiones rayanas al libertinaje.

 

   No sé por qué inconsciente impulso de mi voluntad, me levanté, me lavé, me vestí y me eché a la calle. No sé si la frescura del vientecillo matinal fué lo que avivó la sensibilidad un tanto aletargada de mis sentidos. Recuerdo que aspiré con gozo el aire, que se entonaron mis nervios, que disminuyó el calenturiento calor de mi piel, que con claridad se produjo el pensamiento, y que hasta en el corazón comprendí se había producido una saludable mudanza.

 

   Hubo de parecerme que las gentes que hallaba al paso eran diligentísimas y animosas, que sus caras manifestaban alegría, y que aquel mundo de la mañana hacía más lívido, más violento, más tétrico el recuerdo de los faranduleros, los cortesanos, los amigotes... y aun las fiestas de la noche.

 

   Entréme, seducido por el bullicio, en un mercado, y víme divertido en medio de la revuelta de colores de verduras, frutas, aves, pescados y otras cosas que allí se ofrecían, y aturdido por la algarabía de la gente que por allí pululaba. —Estas gentes—me dije—son felices; por lo menos no son tan desgraciadas como yo... Ríen espontáneamente, hablan con voz recia... y hasta en sus polémicas y riñas se ve algo, diferente... es júbilo.

 

   Lo que sí recuerdo claramente es que en la calle de Toledo hálleme a una señora de cabellos blancos, rostro delgado y pálido, vestida de negro, cubierta con un manto y que llevaba en la mano libritos religiosos y un rosario liando aquéllos; por entre sus dedos salía la crucecilla colgante. —Así iba mi madre a Misa—me dije.

 

   Tal vez por este recuerdo seguí a la señora y entré cuando ella entró en San Isidro, y tras ella en la capilla de una Virgen, que luego me dijeron ser del Buen Consejo.  

 

   Y estos pensamiento acudieron a mi mente: ¿Quién fué el sabio que dijo que el más activo y fuerte trabajo es el trabajo mental, y el más grande trabajo mental es la oración? No lo recuerdo; pero sí recuerdo haberlo leído. Parece que cuantos aquí están piensan en Dios, hablan con Él... ¡Hablar con Dios!

 

   Cuando nos hablamos a nosotros mismos ¿no tenemos siempre conciencia de que hay alguien que oye... mejor dicho, que ve nuestro pensamiento? Sí... al menos el hombre que en esto no se haya fijado... será porque no ha tenido jamás conciencia perfecta de sí mismo.

 

   ¿Cuántas veces mi madre pediría por mí?... ¿Puedo yo reírme de los que rezan? ¡Meditación! ¡Elocuencia silenciosa e íntima... el más noble estado del alma!

 

  —¡Caballero... un ramo de flores! —dijo cerca de mí una vocecita aguda y lamentosa. Aparté de mi lado a la mozuela, que desde el último, escalón de las gradas del templo hasta la calle de los me perseguía con insistencia.

   —Caballero... mire usted qué hermosas.

   —Vaya, déjame, chiquita... ¿Voy a llevar yo ahora rositas y claveles en la mano?

   —Cómpreme usted este ramilletito.

   —Vamos, no molestes...

   —Señor... que tengo a mi padre ya desde hace tres semanas sin trabajo y a mi madre enferma... ¡por la Virgen santísima, cómpreme usted este ramo!

   —¡Cuántos he comprado a las floristas de los teatros sólo por bromear con ellas un instante!...  ¿Qué sentí al ver a aquella chicuela morenucha, pobremente vestida, delgada, de ojos suplicantes y rostro angustiado, y al oír su petición y el nombre de la Virgen? No lo sé... ¿Qué sentí? ¡Un latido fuerte en el pecho, una violenta sacudida del corazón! Saqué algunas monedas y las puse en manos de la niña, pero rechazando al propio tiempo el ramito.

   — Quédate con él—dije.

   —¡Ay, señorito. Dios se lo pague... pero llévese el ramo... llévese más, porque me ha pagado usted casi todos los que me quedaban... ¿Quiere que se los lleve a casa? ¿No? pues mire... se los pondré a Nuestra Señora del Buen Consejo en nombre del señorito.

 

   Me estremecí al oír esto. Sin duda la muchacha, al verme salir de la iglesia, juzgó que sería yo un devoto y atendía a realizar lo que, a juicio suyo, había de ser de mi mayor agrado. Flores a la Virgen... ¿yo? Vaya, aseguro a ustedes que entonces, pero así, de un golpe, vinieron a mi memoria recuerdos de otros días... ya lejanos. ¡Mi madre... mi difunta madre, mi hermana, que había también muerto muy joven... ¡pobre Filomena!... reunidas adornando con flores el altar de la Virgen…

 

   Y apresuradamente respondí, dando dos duros a la chiquita…

   —¡Toma, tráeme un par de ramos grandes... y vamos a llevárselos a la Virgen del Buen Consejo! Poco después los ramos estaban en el altar, y yo, arrodillado por hacerme poco visible y cubriéndome el rostro para ocultar el llanto... quédeme en la capilla.

 

   ¿Por qué sin más discursos, ni polémicas, ni dudas, ni luchas, ni escrúpulos, ni temores... empecé a orar? ¿Viendo la claridad... toda la claridad que revela los horrores de la vida... y la inmensa grandeza de la eternidad?

 

   ¡Oh... porque la conversión es siempre un milagro... siempre... siempre!

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1904.

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

SAN BENITO COTTOLENGO (29 de abril)

 



 

   Su apellido: “Cottolengo” no parece aludir ya a la persona que lo llevaba, sino que se ha hecho sinónimo del lugar donde se acoge a los que todo el mundo rechaza; y los rechaza por motivos muy injustificados: enfermos incurables, niños con enfermedades de la mente, sordomudos, tullidos, epilépticos, cancerosos, viejos con males sin solución, etc.

 

   Las máximas del mundo y sus placeres, que siempre van a contrapelo de la caridad, dice que se debe ser muy insensato para cargar con todos esos seres desdichados, dedicándoles además su vida, cómo lo hizo nuestro santo. ¿Ayudar? El sentido práctico más elemental se oponía a esta idea, y si encima se le agrega la falta de dinero, era una locura, una catástrofe, además de inútil.

 

   José Benito Cottolengo nació en Bra, Italia, cerca de Turín, en 1786. Se hizo famoso por haber fundado el hospital llamado “La Divina Providencia”, donde en la actualidad se asiste a miles de enfermos y no se llevan cuentas del dinero.

 

   De pequeño ya empezó a demostrar su futura vocación, pues un día lo encontraron con un metro, midiendo la sala de su casa para ver cuántas camas de enfermos cabrían allí.

 

   Los estudios le resultaban difíciles. Entonces se encomendó a Santo Tomás de Aquino, y este gran sabio le obtuvo de Dios un gran éxito en sus exámenes, y llegó después a ser doctor en Teología. Por toda su vida fué muy devoto de Santo Tomás.

 

   Ordenado sacerdote, estaba ejerciendo su apostolado en Turín, Italia, cuando un día tuvo que asistir a una pobre mujer que tenía que morir y dejar varios huérfanos, porque ningún hospital la había querido atender gratuitamente, y ella era muy pobre. De aquí le vino la idea de fundar una casa para los pobres enfermos que no tuvieran con qué pagar. Para ello vendió todo lo que tenía, hasta su abrigo, y consiguió unos cinco cuartos para recibir enfermos.

 

   Cuando estalló en Turín la epidemia del cólera, lo obligaron a cerrar la casa. Pero más tarde reapareció con nuevos bríos.

 

   Poco a poco fue construyendo edificio tras edificio. A uno lo llamó “Casa de la fe”. A otro: “Casa de la Esperanza”. A un tercero: “Casa de Nuestra Señora”. A otro “Belén”. Y al conjunto de todo aquello lo llamaba él “Mi Arca de Noé”.

 

   Allí se recibían toda clase de enfermos incurables. Construyó un edificio para los retrasados mentales, a los cuales llamaba “mis queridos amigos”. Otro edificio fue dedicado a los sordomudos y un pabellón para los inválidos. Los huérfanos, los desamparados, los que eran rechazados en los demás hospitales, eran recibidos sin ninguna condición en la “Pequeña Casa de la Divina Providencia”. Un escritor francés exclamó al ver aquello: “Esto es la Universidad de la caridad cristiana”.

 

   El Padre Cottolengo fundó varias comunidades de hombres y de mujeres para atender al inmenso número de enfermos. Y les repetía: “Hagan alegre y agradable el trato que les dan a los enfermos. Que los que reciben sus favores y atenciones sientan gozo al ser atendidos y nunca se sientan humillados”.

 

   La especialidad de este santo fue una confianza absoluta y total en la Divina Providencia, o sea en el cuidado amoroso que la bondad de Dios tiene para nosotros. Su frase favorita era aquella de Cristo Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás les llegará por añadidura”. Tenía muy grabada en la memoria aquella famosa promesa de Jesús: “Si tienen fe aunque sea tan pequeñita como un granito de mostaza, le dirán a un monte: quítese de aquí, y láncese al mar, y les obedecerá. No duden de que sí va a suceder lo que piden, y lo obtendrán. Cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido, y lo conseguirán”. (Marcos. 11,23).

domingo, 26 de abril de 2026

“EL MEJOR LIBRO” – Revista. La Lectura Dominical. Año 1900

 



 

   Existió hace algunos siglos en cierta región de España un conde ilustre, noble y piadoso, señor de algunas villas y lugares que el monarca le había dado en feudo por las heroicas hazañas llevadas a cabo por el conde en la guerra contra los infieles. La condesa, su esposa, había muerto a los pocos años de verificarse el matrimonio, dejando dos hijos de corta edad, Rodrigo y Elzeario, a los que el conde educó esmeradamente, dando asi feliz remate a la obra comenzada con tanto acierto por la condesa, virtuosísima dama que procuró y consiguió arraigar fuertemente en el alma de sus tiernos hijos el temor y el amor de Dios; principio, el primero, de la sabiduría verdadera, y causa y base el segundo de la verdadera felicidad en esta y en la otra vida.

 

   Eran Rodrigo y Elzeario buenos los dos en el fondo, pero de Índole y carácter diversos. Rodrigo era vehemente, investigador, locuaz, curioso, muy dado al estudio de las ciencias, y afanoso siempre de averiguar y saber el porqué de todo y las razones últimas de todas las cosa; Elzeario templado, afable, poco solícito en la investigación de las cuestiones y en la solución de los problemas y dudas que tanto preocupaban a su hermano, y bondadoso y caritativo con todos, y muy particularmente con los menesterosos y los desdichados. Rodrigo era hombre más teórico que práctico, y Elzeario más práctico que teórico. Rodrigo pesaba mucho el pro y el contra de todas las cosas, vacilaba, tardaba en resolverse, y después de mucho meditar, no solía resolver al fin lo más acertado: su hermano, por el contrario, se decidía pronto, sin decir por esto que procediese con ligereza, y casi siempre resolvía con más acierto que Rodrigo. Este seguía en todo más bien el orden del entendimiento, y Elzeario el del corazón; en las determinaciones del primero influía principalmente el cálculo, en las del segundo el sentimiento.

 

   Efecto, sin duda, de su natural bondadoso, de la cristiana educación recibida y hasta del espíritu piadoso de aquella época, es lo cierto que Rodrigo y Elzeario, a la muerte del conde, resolvieron firmemente aplicar sus esfuerzos todos a la consecución del fin último para el que hemos sido criados; pero aunque dirigiéndose los dos al mismo término, eligieron caminos o procedimientos diversos y en conformidad con su carácter, gustos e inclinaciones.

 

   Elzeario renunció en favor de los pobres la parte de los bienes que le correspondían de su herencia, y, separándose de su hermano, fuese a habitar a un lugar desierto y retirado del bullicio del mundo, teniendo allí por morada una cueva, por lecho el duro suelo, por vestido un pobre y áspero sayal, y pan, legumbres y agua por toda comida y bebida. Dedicóse a la oración y contemplación de los misterios de nuestra Religión sacrosanta, al trabajo corporal y a la práctica de todas las virtudes, especialmente las de la humildad y caridad, ejerciendo con los ignorantes, enfermos, pobres y desvalidos todas las obras de misericordia, con tan ardiente celo y tan verdadera y profunda humildad, que bien pronto la fama de sus virtudes se extendió por toda aquella comarca, de cuyos puntos más extremos acudían a la cueva de Elzeario cuantos necesitaban consejo y socorro material o espiritual, en la seguridad de que el hermano Elzeario, como todos dieron en llamarle, había de dar pronto, fácil y eficaz remedio a todas sus necesidades.

viernes, 24 de abril de 2026

UNA BUENA OBRA - Anécdota por H Lafontaine, arreglada del francés.

 



 

I

   En una noche nebulosa y fría del mes de Diciembre de 1841, un hombre de alta estatura, encorvado por los años y apoyado en un bastón, atravesaba penosamente la calle Mazarine (París). La ropa que vestía aquel infeliz era insuficiente para librarle de las glaciales caricias del viento, que soplaba con verdadera furia; un sombrero de anchas alas, caídas sobre el rostro, no permitía ver más que una poblada barba blanca y unas largas melenas, blancas también.

   El viejo llevaba debajo del brazo izquierdo un violín envuelto en un gran pañuelo de cuadros.

   Atravesó el puente y la plaza de Carroussel, dejó atrás el Palacio real, y por fin se detuvo en la calle Fontaines.

   Viendo alumbradas varias ventanas, desenvolvió su violín, y principió a tocar una melodía; pero tan discordante y lastimosamente, que dos o tres pillos que se habían detenido a escucharle, echaron a correr, burlándose de él.

   El pobre hombre, desilusionado, se sentó tristemente sobre la acera, y dejando el instrumento sobre sus rodillas, murmuró:

   —No quiero tocar ya más. ¡Ay, Dios mío, tened piedad de mí!

   Y un suspiro se escapó de su pecho, al mismo tiempo que las lágrimas humedecían su rostro.

   En aquel instante tres jóvenes aparecieron a la entrada de la estrecha calle; al principio, por efecto de la niebla, no vieron al tocador de violín, tanto, que uno de ellos le dio con el pie, otro le dejó caer el sombrero, el tercero se detuvo asombrado, viendo levantarse, y salir de entre las sombras a aquel viejo alto, de aspecto altivo a la par que humilde.

   —Perdón, caballero; ¿le hemos hecho daño?

   —No, señor; respondió el violinista, bajándose trabajosamente para recoger su sombrero; pero uno de los jóvenes se apresuró a recogerle y se le alargó, en tanto que otro de ellos, viendo el violín, le preguntó:

  —¿Es Ud., músico?

   —Lo fui en otro tiempo—murmuró el anciano; y dos gruesas lágrimas rodaron por las profundas arrugas que surcaban sus mejillas.

   —¿Qué le pasa a Ud.? ¿Sufre Ud.? ¿Podemos serle útiles en algo?

   El viejo miró a los tres jóvenes; después, tendiendo su sombrero, les dijo:

   —Denme Uds., una limosna; no puedo; ya ganarme la vida tocando el violín; tengo entumecidos los dedos; mi hija se está muriendo del pecho y de miseria.

   Había tanto dolor en el acento del viejo mendigo, que los tres jóvenes se sintieron conmovidos, y llevando las manos a los bolsillos sacaron cuanto tenían; pero ¡ay! entre los tres sólo reunieron poco más de unos seis reales. ¡Era tan poco para tan gran infortunio!

   Los tres se miraron lastimosamente.

   —Amigos, exclamó el que primero había dirigido la palabra al viejo: ¡Animo! se trata de un colega. Adolfo, toma el violín y acompaña a Gustavo, yo me encargo de recoger la colecta.

   Dicho y hecho: subieron los cuellos de sus paletos, se echaron los cabellos sobre el rostro y los sombreros sobre los ojos.

   —Ahora, mucha animación y a poner los cinco sentidos; tú Adolfo, tu pieza de concurso para atraer a la gente.

II

jueves, 23 de abril de 2026

Interesante reflexión el sobre control de las masas, del filósofo judío-alemán Günther Anders. 1956.


 

   “Para reprimir de antemano cualquier revuelta, es importante no recurrir a la violencia. Los métodos arcaicos como los de Hitler han quedado claramente desfasados. Bastará con crear un condicionamiento colectivo tan poderoso que ni siquiera la idea de rebelarse surgirá de la mente de los hombres.

 

Lo ideal sería formatear a los individuos desde su nacimiento limitando sus capacidades biológicas innatas. Luego se continuaría el condicionamiento reduciendo drásticamente el nivel de calidad de la educación para convertirla en una forma de inserción laboral.

 

   Un individuo inculto sólo tiene un horizonte de pensamiento limitado y cuanto más su pensamiento está circunscrito a preocupaciones materiales y mediocres, menos puede rebelarse. Hay que conseguir que el acceso al conocimiento sea cada vez más difícil y elitista… que se ensanche la brecha entre el pueblo y la ciencia, que la información destinada al gran público quede anestesiada de cualquier contenido subversivo. Sobre todo nada de filosofía.

 

   También en este caso debemos recurrir a la persuasión y no a la violencia directa: difundiremos masivamente, a través de la televisión, entretenimientos que adormecen la mente, halagando siempre lo emocional, lo instintivo. Ocuparemos las mentes con lo que es fútil y lúdico. Es bueno charlas y músicas incesantes para evitar que la mente  reflexione.

 

   Pondremos la sexualidad en el primer plano de los intereses humanos. Como anestesia social, no hay nada mejor. En general, se hará de tal manera que se destierre la seriedad de la existencia, se ridiculice todo lo que tenga un alto valor, se mantenga una constante apología de la ligereza; para que la euforia de la publicidad, del consumo, se convierta en la norma de la felicidad humana y en el modelo de la libertad.

 

   El condicionamiento producirá así  por sí solo  una tal integración que el único miedo (que habrá que mantener) será el de ser excluidos del sistema y no poder acceder así a las condiciones materiales necesarias para la consecución de la felicidad.

 

   El hombre de masa, así producido, debe ser tratado como lo que es: un producto, un ternero, y debe ser controlado, como debe ser controlado un rebaño. Todo lo que permita adormecer su lucidez, su espíritu crítico, es socialmente bueno; todo lo que pueda despertarlo debe ser combatido, ridiculizado, sofocado…

 

   Cualquier doctrina que cuestione el sistema debe ser calificada antes que nada de subversiva y terrorista, y quienes la apoyen deben ser tratados como tales. Sin embargo, se observa que es muy fácil corromper a un individuo subversivo: basta con ofrecerle dinero y poder”

 

Günther Anders «L’obsolescence de l’homme» 1956.