miércoles, 22 de abril de 2026

LAS CINCO IDOLATRÍAS MODERNAS – Por el Padre Leonardo Castellani.

 



Fue entonces cuando sonó en el cielo la trompeta de la ira divina, que nadie dejó de oír; y el Hombre Moderno, que había caído en cinco idolatrías y cinco desobediencias, ahora está siendo probado y purificado por cinco castigos y cinco penitencias:

 

   IDOLATRÍA DE LA CIENCIA: Con la que pretendía hacer otra Torre de Babel que llegara hasta el cielo; y la ciencia está en este momento ocupada construyendo aviones, bombas y cañones para destruir casas, ciudades y fábricas.

 

   IDOLATRÍA DE LA LIBERTAD: Con la que quiso hacer de cada hombre un pequeño y caprichoso tirano; Y he aquí el momento en que el mundo está lleno de despotismo, y el propio pueblo pide manos de hierro para salir de la confusión que ha creado ésta loca libertad.

 

   IDOLATRÍA DEL PROGRESO: Con la cual creían que en poco tiempo crearían otro Paraíso Terrenal; y he aquí que el Progreso es el Becerro de Oro que hunde a los hombres en la miseria, la esclavitud, el odio, la mentira y la muerte.

 

   IDOLATRÍA DE LA CARNE: Con la cual se pide el cielo y las delicias del Edén; y la carne del hombre, desnudada, exhibida, mimada y adorada, va siendo desgarrada, rasgada y amontonada como estiércol en los campos de batalla.

 

   IDOLATRÍA DEL PLACER: Con la que quieren hacer del mundo un Carnaval perpetuo y convertir a los hombres en niños inquietos e irresponsables; y el placer creó un mundo de enfermedades, dolores y torturas, que hacen desesperar a todas las escuelas de medicina.

 

Padre Leonardo Castellani en «Cristo ¿vuelve o no vuelve?» Año 1951


martes, 21 de abril de 2026

LA CUEVA DEL DIABLO


 

   Hace bastantes  años, que encontrándome en el establecimiento de baños de Fitero, fui una tarde invitado por cuatro bañistas jóvenes y de buen humor, a una excursión a caballo por los alrededores: acepté, y una hora después cabalgábamos los cinco alegremente por el fertilísimo valle que el rio Alhama riega  y fecunda.

 

   Detuvímonos en el valle sin saber qué dirección tomar, cuando uno de mis compañeros propuso una ascensión a lo más alto de las rocas, cortadas a pico, que se alzan en frente del establecimiento, y a cuyos pies corre el rio. Arriesgada y casi imposible parecía la empresa yendo a caballo, pero el autor de ella observó que en los sitios difíciles y peligrosos podíamos echar pie a tierra y llevar de las riendas las cabalgaduras, y dejar éstas luego atadas a los árboles, cuando fuese imposible continuar con ellas, trepando nosotros a pie a lo alto de las rocas, en las que se veían las ruinas de cierto castillo árabe, célebre en los gloriosos fastos de la Reconquista.

 

   Aún no habríamos caminado media legua subiendo por aquellos vericuetos, cuando un pastor que andaba por las laderas de la montaña apacentando su ganado, comenzó a gritar desaforadamente dirigiéndose a nosotros y haciéndonos señas, al par, con la mano, como indicándonos que nos detuviéramos: hicímoslo así sorprendidos, y como no se entendiese bien desde el sitio en que nos hallábamos lo que decía, piqué espuelas a mi caballo, y en dos minutos llegué al lado del pastor.

 

   — ¿Qué dice Ud., buen hombre? — exclamé en cuanto estuve cerca de él.

   — Señorito, Ud., perdone — contestóme quitándose respetuosamente el sombrero, — pero como comprendo que Uds., no son naturales del país, les aviso, que aunque echen algún tiempo más, si, como me figuro, se dirigen a las ruinas del castillo de los moros, den Uds., un rodeo por aquella loma de allí enfrente, y luego vuelvan por el mismo sitio.

   — ¡Qué! ¿Es peligroso el camino que llevábamos?

   — ¡Que si es peligroso! ¿No lo dije, que Uds., no son de estos terrenos? ¿Pues Ud., no sabe que siguiendo por donde iban, no tardarían ni una hora en encontrarse en la mismísima boca de la cueva del diablo?

   — ¡La cueva del diablo! ¿Y qué cueva es esa?—repliqué extrañando el toro de supersticioso temor con que el buen hombre había pronunciado sus últimas palabras.

   — ¡Anda, anda! ¡Qué cueva es esa! ¡Pues la del diablo! ¡Me parece que con eso está dicho todo!

   — Pero... ¿vive el diablo en esa cueva? — pregunté, sin poder reprimir una sonrisa burlona.

   — Si no vive... ¡ha vivido! ¡Lo que es eso es tan cierto como que ahora alumbra el sol! — Contestó el pastor con el acento propio de la convicción más profunda. — ¡Y de ahí que ningún habitante de Fitero, ni ningún pastor de estas montañas, ni nadie de estos alrededores se acerque en media legua a esa cueva, aunque sea el hombre más valiente del mundo! ¿No ve Ud., que por aquí no hay quien no conozca esa historia?

El Rosario de Ampére (*).


 

   —Todo el mundo conoce el nombre del ilustre Ampére, una de las glorias más puras de la ciencia moderna. Nadie ignora la belleza de su genio, ni las lágrimas que este prodigioso sabio derramó para acrecentar más en su alma el fervor y la fe.

 

   Con este grande hombre y gran cristiano vino a trabar relaciones un joven que más adelante habla de adquirir fama europea. Federico Ozanam (Beato fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl), contaba entonces diez y ocho años: llegó a París, no incrédulo, pero con el alma más o menos trabajada por lo que el P. Gratry llamaba crisis de la fe.

 

   Un día Ozanam entró en una iglesia de la capital de Francia, y observó, hincado en un rincón del templo, un hombre, un anciano que rezaba fervorosamente su Rosario. Se acerca a él, y reconoce a Ampére, el hombre para él ideal, la ciencia y el genio vivos. A su vista se pone de rodillas sin el menor ruido detrás de él, y en ese momento la oración y las lágrimas brotan como de suyo de su corazón.

 

   Era la completa victoria de la Fe. Ozanam se complacía más tarde en repetir: «El Rosario de Ampére ha tenido sobre mí más eficacia que todos los libros y discursos»

 

   (*) André-Marie Ampère Matemático y físico francés, un sabio cristiano: Fué un matemático y físico francés. Formuló en 1827 la teoría de la electrodinámica, esencial al desarrollo del electromagnetismo, inventó el solenoide, e imaginó la primera teoría microscópica del magnetismo de materiales y una teoría del magnetismo terrestre. El amperio (en francés ampère) se llama así en su honor. Hombre de gran corazón, sufrió pruebas enormes. Fue también un cristiano cuya vida espiritual atormentada acabó arraigando en una fe profunda que marcó profundamente al joven Ozanam.

 

Publicación tomada de varias fuentes.


ALEGRÍAS Y TRISTEZAS ENCONTRAREMOS CAMINO AL CIELO

 



 

   Somos caminantes y estamos de paso en el mundo, pero en camino a nuestra patria verdadera, que es el cielo; y asi como un viajero soporta todas las molestias del camino y aún contento y resignado, porque su única aspiración es regresar a su patria y volver al regazo de su familia, asi nosotros no hemos de reparar en las angustias, sinsabores y desdichas de esta vida, haciéndonos siempre la reflexión de que esta vida terrena es parada y fonda, y que el término de nuestro viaje es el paraíso.

 

   Sufrir un poco las molestias del prójimo, verse un poco privado de las dulzuras de una familia amante, vivir un poco bajo el peso de calumnias e injurias, mortificarse un poco, contener un poco los apetitos desordenados, para después recibir la corona que Dios tiene reservada a los que pelearen legítimamente y perseveraren hasta el fin.

 

   Nuestro Señor Jesucristo nos recuerda estas verdades y nos anima a practicarlas en el Evangelio de su vida terrena, en la que pasó haciendo el bien.

 

“APOSTOLADO DE LA BUENA PRENSA”

domingo, 19 de abril de 2026

SAN EXPEDITO, COMANDANTE ROMANO Y SUS COMPAÑEROS MÁRTIRES. (Siglo III). —19 de abril.

 



 

   San Expedito nació en el siglo III (se desconoce su lugar de nacimiento, que podría haber sido Armenia) y tuvo una carrera militar.

 

   Según la tradición católica, san Expedito era comandante de la Legión XII Fulminata; ello significa que era un tribuno militar, es decir un oficial militar dentro de la organización estatal del imperio, con mando sobre un cuerpo de tropas que dependían de él.

 

    La legión de san Expedito estaba desplegada en Armenia y alternaba su misión principal de luchar contra los pueblos que el Imperio romano consideraba bárbaros y custodiar los confines del imperio, con otras tareas que realizaban las tropas de ocupación romanas.

 

   Cuenta la tradición que la legión XII venía luchando desde hacía tiempo bajo las órdenes de su comandante, y que se encontraba ya sin alimentos, agua, ni provisiones, en un territorio bajo control del enemigo. Fue así como tuvieron que dar batalla sin tener las energías para hacerlo. Expedito intentó levantar la moral de sus legionarios hablándoles, pero nada logró esta vez. Sin fuerzas, ni provisiones, ni alimentos y con el enemigo en las proximidades ya nada podía hacerse.

 

   Sin embargo, en ese momento, los soldados romanos que habían visto muchas veces como procedían los cristianos cuando debían enfrentar la muerte que ellos mismos les causaban, obraron de forma similar. Para sorpresa de su comandante, los soldados comenzaron a elevar sus brazos hacia el cielo, pidiendo ayuda a ese Dios único de los cristianos del que habían escuchado hablar y que sabían que realizaba milagros. Pero más sorprendidos resultaron sus enemigos, que jamás habían visto una legión completa realizando aquel gesto y rogándole a Dios en pleno campo de batalla. Mientras el enemigo atónito y sin entender lo que estaba sucediendo se detenía, todo el cielo se oscureció y descendió sobre el campo de batalla un tremendo vendaval de viento y agua que cubrió tanto a los combatientes como a sus animales de carga y de lucha. Fue en estas circunstancias que la legión entera logró recomponerse y aprovechando la situación pudo salir victoriosa de esa contienda.

 

   Luego de la batalla, muchos soldados se convirtieron a la fe cristiana; sin embargo, Expedito seguía sin comprender lo que ocurría, aunque su corazón sabía que Dios lo estaba llamando, y que se había acordado de él y de sus hombres en las críticas circunstancias descriptas. Su puesto en el ejército no era compatible con la conversión al cristianismo, ya que esto significaba un abierto desafío a la autoridad del emperador. Al enterarse el emperador Diocleciano de estos hechos envió órdenes para que se pusiera fin de inmediato a lo que consideraba una revuelta militar. Aunque muchos de sus soldados y amigos se habían convertido, Expedito continuaba con dudas: no se decidía entre su carrera militar y el llamado que indudablemente estaba recibiendo desde los cielos. Finalmente, un día Expedito decidió cambiar de vida y convertirse.

 

   En ese momento, es cuando se le aparece el Espíritu del mal en forma de cuervo y le grita en latín «¡Cras, cras, cras!» (Mañana, mañana, mañana), con la intención de prolongar su indecisión y evitar su conversión. Pero Expedito reaccionó enérgicamente aplastando al cuervo con un pie, gritando: «¡Hodie, hodie, hodie!» (Hoy, hoy, hoy).

 

   Es entonces cuando Expedito decidió ser cristiano. Luego de su conversión, comenzó a proteger a los cristianos que eran llevados a los circos romanos para ser devorados por leones. Pero el emperador no podía tolerar que un comandante de legión desafiara sus leyes y que se hubiera convertido al cristianismo. Por esta razón fue detenido e interrogado, junto con otros compañeros de armas que también se habían convertido a la fe. El 19 de abril del año 303, Expedito fue sacrificado por orden del emperador en Melitene, junto con Cayo, Gálatos, Hermágoras, Aristónico y Rufo. Se impuso la pena de flagelación, se les dio a los reos la oportunidad de arrepentirse y, posteriormente, como se rehusaron fueron decapitados.

 

    San Expedito fue beatificado en 1629 por el papa Urbano VIII, y fue canonizado por el papa Clemente X en 1671. Sin embargo, en el año 2001 fue retirado del martirologio romano –por los enemigos infiltrados dentro de la Iglesia Católica–, como fueron hechos muchos Santos Mártires antiguos, es por ello que en muchos martirologios no lo van a encontrar.

 

 

viernes, 17 de abril de 2026

LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA (Narración anónima)

 



    Un día, Rubens, de viaje por los alrededores de Madrid, entró en un monasterio muy austero y descubrió, no sin sorpresa, en el humilde coro, un cuadro que revelaba un talento sublime. La pintura representaba la muerte de un monje. Rubens llamó a sus alumnos, les mostró el cuadro y todos compartieron su admiración.

   «¿Y quién podría ser el autor de esta obra?», preguntó Van Dyck, el alumno predilecto de Rubens.

   — Había un nombre escrito en la parte inferior del cuadro; pero lo han borrado cuidadosamente —respondió Van-Thulden.

   Rubens mandó llamar al prior para que viniera a hablar con él y le preguntó al anciano monje el nombre del artista al que debía su admiración.

   — El pintor ya no pertenece a este mundo.

   — ¡Muerto! —Exclamó Rubens—, ¡Muerto!... —Y nadie lo ha conocido hasta ahora, nadie ha repetido con entusiasmo su nombre, que estaba destinado a ser inmortal; ¡Su nombre ante el cual el mío tal vez podría desvanecerse! Y sin embargo —añadió el artista con noble orgullo—, sin embargo, padre mío, yo soy Paul Rubens.

   Al oír ese nombre, el pálido rostro del prior se iluminó con una calidez desconocida; sus ojos brillaron y fijó su mirada en Rubens con una expresión que revelaba algo más que mera curiosidad; pero esta exaltación duró solo un instante. El monje bajó la mirada, cruzó sobre su pecho los brazos que había alzado al cielo en un momento de entusiasmo y repitió: El artista ya no es de este mundo.

   — ¡Su nombre, hermano mío, su nombre, para que yo lo enseñe al universo; para que yo le dé la gloria que le corresponde!

   Y Rubens, Van Dyck, Jacques Jordaens. Van-Thulden, sus discípulos, casi iba a decir sus rivales, rodearon al prior y le rogaron encarecidamente que revelara el nombre del autor de este cuadro.

   El monje temblaba; un sudor frío le corría por la frente y las mejillas demacradas, y sus labios se contraían convulsivamente, como si estuviera a punto de revelar el misterio cuyo secreto guardaba.

   — “¿Su nombre, su nombre?”, repitió Rubens.

   El monje hizo un gesto solemne con la mano.

   — Escúchame —dijo—; me has malinterpretado: te dije que el autor de este cuadro ya no estaba en este mundo, pero no quise decir que estuviera muerto.

   — ¡Él vive! ¡Él vive! ¡Oh! ¡Háganoslo saber! ¡Háganoslo saber!

   — Ha renunciado a las cosas terrenales: está en un claustro, es monje.

   «¡Monje! ¡Padre! ¡Monje! ¡Oh! Dime en qué monasterio está, pues debe salir de allí. Cuando Dios marca a un hombre con el sello del genio, ese hombre no debe aislarse. Dios le ha encomendado una misión sublime; debe cumplirla. Dime el nombre del claustro donde se esconde, e iré a buscarlo y le mostraré la gloria que le espera. Si se niega, haré que Nuestro Santo Padre el Papa le ordene regresar al mundo y retomar sus pinceles. ¡El mismísimo Papa, Padre! El Papa atenderá mi llamado.»

   — No te diré su nombre, ni el claustro donde se ha refugiado —respondió el monje con firmeza.

   — ¡El Papa te dará la orden! —exclamó Rubens exasperado.

   «Escúchenme», dijo el monje, «¡Escúchenme, por el amor de Dios! ¿Acaso creen que este hombre, antes de abandonar el mundo, antes de renunciar a la fortuna y la gloria, no luchó ferozmente contra tal resolución? ¿Creen que las amargas decepciones y las crueles penas no fueron necesarias para que finalmente reconociera», dijo, golpeándose el pecho, «que todo aquí abajo no es más que vanidad? Que muera, pues, en el santuario que ha encontrado lejos del mundo y su desesperación. Además, sus esfuerzos serían en vano: es una tentación que vencería», añadió, haciendo la señal de la cruz; «porque Dios no le retirará su ayuda, Dios que, en su misericordia, se ha dignado llamarlo a sí mismo, no lo expulsará de su presencia».

   — Pero, padre, a lo que renuncia es a la inmortalidad.

   — La inmortalidad no es nada en presencia de la eternidad.

   Y el monje se bajó la capucha hasta cubrirse el rostro y cambió de tema, para evitar que Rubens siguiera insistiendo.

   El famoso Fleming abandonó el claustro con su brillante séquito de estudiantes, y todos regresaron a Madrid, soñadores y silenciosos.

   El prior, tras regresar a su celda, se arrodilló sobre la estera de paja que le servía de cama y elevó una ferviente oración a Dios.

   Luego recogió algunos pinceles, pinturas y un caballete que encontró en su celda y los arrojó al río que fluía bajo sus ventanas. Observó durante un rato, con melancolía, cómo el agua se llevaba consigo aquellos objetos.

   Cuando desaparecieron, volvió para reanudar sus oraciones sobre su estera de paja, frente a su crucifijo de madera.

 

    “Publicado en La France littéraire, artístico, científico en 1856.”

 

 

 

 

LA ORACIÓN DEL PINTOR

 



 

    Señor, no soy digno... no soy digno de lo que debo emprender, y que debo emprender en tu honor. No soy digno porque tengo poco que ofrecerte. Mi alma es débil y mis talentos escasos. Solo estoy seguro de mi buena voluntad, y eso no es nada —excepto para ti, que eres misericordioso— nada para la obra, que es exigente y de la que sé que no sería digno sin tu ayuda.

 

   No sería digno de ello; esto no es un acto de humildad, no soy humilde, y Tú sabes cuánto orgullo me domina en presencia de los hombres, pero también cuánto me perturba en Tú presencia. Temo que, en estas paredes que son para Tí, este orgullo pretenda exhibir un conocimiento que solo me pertenece, una comprensión que solo me pertenece, una razón que solo me pertenece; todo ello insignificante a Tus ojos si no se une a esa Caridad que solo puede venir de Tí.

 

   Así pues, es mi orgullo el que clama a Tí que es indigno y que yo no soy digno, Señor, no soy digno de Ti que me deslumbras, de Ti a quien, sin embargo, me encomiendo.

 

 Esta oración, compuesta por un pintor quien deseaba permanecer en el anonimato, apareció en “Las oraciones más bellas” de Amiot-Dumont, 1953.

 

 

Beato Rodolfo de Berna, Mártir Abril 17

 

   



   La Berner Chronik informa que en el año 1294 fue perpetrado en Berna un terrible delito. Algunos miembros de la comunidad judía arrojaron a una cantera a un niño cristiano y, para parodiar la Pasión de Cristo, lo crucificaron dejándolo morir en la cruz.

 

   Considerado como mártir por el Concilio de la ciudad y por el clero local, el infante fue sepultado con grandes honores en la Catedral de Berna, al lado del altar de la Santa Cruz. Desde entonces ese altar fue llamado por el pueblo  “altar de San Rodolfo”.

 

   En el año1485 la iglesia fue demolida, y en su lugar se edificó una más grande y bella.  El cuerpo del mártir fue entonces colocado en una urna y expuesto a la veneración de los fieles sobre el altar de la Santa Cruz. En 1528, los calvinistas saquearon la iglesia,  destruyeron el altar, y las reliquias de Rodolfo, fueron arrojadas y desparramadas. Nunca más se recobraron.

 

   Nunca fue aprobado el culto de este beato y su nombre no aparece en el Martirologio Romano. En el Proprio de  Basilea había un Oficio en su honor, pero en 1908 fue suprimido.

 

Autor: Fray. Rodolfo Bianciotti

Fuente: Santi e Beati

lunes, 13 de abril de 2026

La judeo-masonería ha sido responsable de todas las guerras durante los últimos 250 años.

El asesinato en Sarajevo del príncipe Francisco Fernando, heredero del Imperio austrohúngaro, a manos de terroristas masones y judíos.


   ¿Cuándo comienza realmente una guerra? ¿Con su declaración, o a raíz de sucesos que pasaron más o menos desapercibidos o incluso fueron ocultados? Es precisamente esta búsqueda de la causalidad de los acontecimientos lo que interesa al historiador, para descubrir, tras las noticias, las causas primarias que los explican.

   Todas las revoluciones y guerras que han marcado la historia de la humanidad desde la llamada Revolución Francesa han tenido como objetivo debilitar a las grandes naciones cristianas para impulsar el globalismo cosmopolita hacia la utópica República Universal.

   La llamada Revolución Francesa marca, por tanto, un punto de inflexión en la evolución deseada de las sociedades, al romper con la ley divina y el orden natural que de ella se deriva.

   A partir de ahora, bajo el pretexto de una falaz y abstracta “libertad”, se hará creer a los ciudadanos que son libres de tomar sus propias decisiones, las cuales solo tienen que expresar mediante su voto.

   Esta es la gran estafa de los conspiradores de la Revolución. A los ciudadanos se les concede el derecho a votar sobre temas que ya no conocen directamente a través de sus actividades profesionales o sociales, sino únicamente mediante la representación que les brinda la incipiente prensa, denominada “información”.

   Ahora, gracias a esta ilusión de democracia, será “moldeable” a voluntad, porque quien controla la prensa, tanto escrita como audiovisual, controla ahora la opinión pública.

   Por eso la democracia es imposible, porque inevitablemente desemboca en la plutocracia, es decir, en un gobierno basado en el dinero en manos de las altas finanzas cosmopolitas y masónicas.

   En nuestras sociedades democráticas, para lograr que la población acepte las guerras, es necesario conducirla gradualmente al odio hacia el adversario designado, mediante una hábil gradación de la “presentación” de noticias y hechos, diseñada para preocuparla y luego indignarla.

   Cabe destacar que las primeras guerras de descolonización de los imperios católicos español y portugués fueron libradas por extranjeros que habían participado en la llamada Revolución Francesa. Este fue el caso, en particular, de Simón Bolívar, Antonio José Sucre, su lugarteniente Juan José San Martín, etc.

   Tras el debilitamiento de estos imperios católicos después de la destrucción de la monarquía por derecho divino en Francia, surgiría el nuevo poder estadounidense, una creación masónica desde sus inicios.

   Entre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, veremos cómo el poder económico y militar se desplaza del Imperio Británico, principal beneficiario del declive de las naciones católicas continentales, a los Estados Unidos.

   Las altas finanzas apátridas migrarán de la City a Wall Street, y Estados Unidos se convertirá en el “brazo armado” del globalismo cosmopolita en su camino hacia su visión mesiánica de dominación mundial.

   Las revoluciones que siguieron para derrocar a los imperios austrohúngaro y zarista sirvieron para reducir los poderes que podían oponerse a los sueños de hegemonía anglosajona y cosmopolita, cuyos intereses ahora estaban vinculados y subordinados.

 El asesinato en Sarajevo del príncipe Francisco Fernando, heredero del Imperio austrohúngaro, a manos de terroristas masones y judíos, así como la revolución bolchevique de 1917, de la misma inspiración, que masacró a la familia imperial, tuvieron el mismo objetivo.

   Al igual que con la familia real francesa, esta masacre tenía como objetivo erradicar cualquier posibilidad de un resurgimiento de estos poderes. La carnicería de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, que diezmó a las élites de las potencias europeas, culminó, con la pseudoliberación, en el establecimiento del poder financiero, comercial y militar de Estados Unidos y de las finanzas cosmopolitas sobre Europa, que ahora controlan las principales estructuras financieras globales.

   Las guerras de descolonización vendrán después. Por un lado, para seguir debilitando a las naciones europeas, y por otro, para apoderarse de la riqueza petrolera y mineral que habían desarrollado.

   Para lograr sus objetivos, los instigadores de estos conflictos necesitan calmar la conciencia de aquellos a quienes arrastrarán a la guerra. Por lo tanto, denunciarán el colonialismo de las naciones europeas para crear uno mucho peor: el neocolonialismo mercantilista y cosmopolita yanqui.

   Sin embargo, hoy vemos los efectos de la descolonización: los países descolonizados se hunden en la anarquía de guerras tribales alimentadas por la globalización para debilitarlos, en hambrunas y en el resurgimiento de pandemias erradicadas por los primeros colonizadores.

   Ahora, el neocolonialismo globalista puede saquear la riqueza de estos países sin arriesgarse a un enfrentamiento con las antiguas potencias colonizadoras y civilizadoras. En cuanto a los países considerados insuficientemente flexibles, se invocarán la “moralidad internacional”, la “conciencia universal”, el “eje del mal”, el “derecho a intervenir”, etc., para justificar la agresión contra ellos.

   Bajo este pretexto, Estados Unidos pudo invadir Granada, Panamá, Irak (primero una vez), luego Serbia para imponer el islam en el corazón de Europa, después Afganistán y nuevamente Irak, masacrando a miles de civiles. Mientras tanto, Israel arrasaba aldeas palestinas enteras y masacraba a sus habitantes con la indiferencia cómplice del llamado Occidente «cristiano»…

   El cinismo de los círculos financieros estadounidenses ante estos conflictos desestabilizadores se puede apreciar en este comentario, publicado poco antes de la Guerra del Golfo por la agencia de noticias Belga. El 27 de noviembre de 1990, citaba una valoración de la firma de corretaje neoyorquina Davis Research, filial de Davis, Mendel & Regenstein: «En un periodo donde la emoción juega un papel importante, el mercado cae inicialmente». «Pero una vez que la euforia inicial disminuye, se puede encontrar una ventana de oportunidades de compra».

   Antony Tabell, director de Delafield, Harvey & Tabell, reconoció la veracidad de la evaluación realizada por la firma Davis, Mendel & Regenstein: “La teoría ha sido ampliamente verificada para todas las guerras desde la Primera Guerra Mundial”.

   En términos más sencillos, esto significa que cuando estalla un conflicto, los mercados bursátiles caen, y que hay que dejar que la reacción emocional inicial se calme, dando tiempo a que los mercados se estabilicen antes de volver a subir, porque es en ese momento “cuando se puede aprovechar una oportunidad para comprar”...

   ¿Acaso no fue precisamente mediante este método que los Rothschild se enriquecieron en Waterloo? Así, las altas finanzas cosmopolitas juegan con revoluciones y guerras, una fuente de beneficios económicos para sí mismas y, a la vez, para el desarrollo de su poder global mesiánico.

   Podríamos multiplicar los ejemplos de estas manipulaciones y provocaciones destinadas a justificar la intervención militar con fines e intereses muy alejados de los de las personas involucradas en estos conflictos.

 

“Philippe Ploncard d'Assac – La conspiración globalista” 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

LA JUDEO–MASONERÍA ES EL CONTRAESTADO — Por Monseñor Ernest Jouin “El peligro judeo–masónico” (1932) – Traducido del Francés.


 


¡Católicos uníos! en defensa civilización cristiana.

 

   Si crees en el principio de orden y autoridad sin el cual ningún gobierno puede subsistir, si observas que los defensores de la igualdad no tienen otro objetivo que dominarte y reducirte a la servidumbre, que los defensores de la fraternidad son personas apátridas que subvierten nuestras fronteras para introducir mejor al extranjero, que los defensores de la libertad son mentirosos charlatanes que sustituyen el liberalismo y la licencia por la verdadera libertad para destruir la sociedad.

 

   Y si, a la luz de los acontecimientos, ves que estos defensores son los amos de los puestos públicos claves e influyentes, si ves que están universalmente en manos judías y masónicas, ya sean municipios, consejos generales, consejos de prefectura, administraciones, ministerios, parlamentos, enseñanza en todos los niveles, estudios superiores, grandes escuelas, academias. Y si, mejor aún, siempre a la luz de los acontecimientos, veis que este control del Estado está preparando, según el plan judeo-masónico, la revolución social, antes llamada la Gran Revolución, hoy llamada bolchevismo, pero que ambas conducen al “Régimen del Terror”, que inevitablemente añadirá guerra extranjera a la guerra civil en nuestros días; si veis los temblores bolcheviques  para levantar convulsivamente a todos los pueblos, si veis estas cosas y si finalmente entendéis la advertencia de los “Protocolos”, confirmada por los hechos, católicos uníos, en defensa y contra los judíos y los masones.

 

LUZ FIJA (Cuento)


 


I

 

   Gabriel era un «luchador» original. Sus amigos y compañeros decían de él: —Es un bohemio que no pide dinero a nadie. Y le llamaban por burla «el buen bohemio».

   Sabían de él que algunas veces había dormido en un banco de la Castellana; que pasó un verano entero alimentándose con sólo pan y uvas, pero siempre se le vió vestido con cierta pulcritud y jamás habló a nadie de sus apuros. Algunos le tenían por orgulloso; otros, por visionario.

   ¿A qué había venido a Madrid?

   Él vivía escondido allá en un obscuro rincón de la provincia de Granada; allí realizaba su labor literaria sin más estímulo que su vocación y su entusiasmo.

   Un día envió un trabajo a un certamen, y se lo premiaron; los periódicos se ocuparon de él, las revistas ilustradas publicaron su retrato, y sus amigos le dijeron: —Tú debías ir a Madrid; aquí en el pueblo nunca serás nada. Y Gabriel hizo un pequeño equipaje, y  vino a Madrid.

   Un poeta consagrado, paisano suyo, se empeñó en protegerlo, y lo utilizó como secretario honorario. Gabriel trabajaba y no cobraba, pero... tenía la protección del grande hombre e iba conociendo a los literatos que formaban la tertulia del poeta.

II

   — Gabriel, ¿por qué no mandas algo al concurso de Mundial?—lo dijo el protector a nuestro «luchador». —Dan quinientas pesetas de premio. Si te atreves a hacer algo... pero algo que sea intenso ¿eh? yo te lo corregiré y lo recomendaré con eficacia... A ver si te animas.

   Gabriel se animó. Se dedicó a buscar un asunto... intenso, como le aconsejó el maestro. Pasó unos cuantos días preocupado, vacilante; elegía y desechaba descontentó de sí mismo y de su musa.

   Hasta que la realidad le ofreció lo que buscaba. Era un cuadro sencillo, tierno y delicado que hirió vivamente su fantasía y le proporcionó asunto para un hermoso poema.

   Un artista ciego y anciano tocaba Un destemplado violín en la puerta de un templo. Sentada a sus pies, una niña de pocos años, pálida y rubia, jugaba tranquilamente con unos improvisados juguetes de papel. La niña se apoyaba en las piernas del ciego con seguridad plena, como si fueran dos columnas poderosas o indestructibles; para ella no había inquietudes ni temores; su encantadora inconsciencia le daba una confianza ciega en la vida; jugaba y se divertía, risueña y feliz. Ella sentía sobre su cabeza como la sombra de un trono que guardaba su vida; tenía allí a su padre...

   Era singular el contraste que ofrecía la expresión de confianza y abandono de la niña, con la de temor, infelicidad, inquietud y suplicante anhelo que presentaba la del padre; era interesante aquella inconsciencia de una inocente amparándose en la eterna noche de unos ojos ciegos, apoyada en los brazos de un destino sin luz.

   Gabriel observó que sobre aquel abandono doloroso brillaba una luz fija Y segura: sobre el viejo y la niña extendía sus brazos una cruz.

   Se retiró durante unos días del bullicio de la gente; buscó la soledad; pasó horas enteras con las cuartillas delante, gesticulando como un loco, recitando en voz alta las estrofas compuestas y cazando consonantes con el entusiasmo con que los niños cazan mariposas. Al fin vio terminado su poema.

   Desde entonces todo fué soñar. Pensaba en sus futuros éxitos; se veía con la imaginación celebrado y atendido por todos aquellos literatos que concurrían al Parnasillo del «maestro».

   Sentía de antemano que todos aquellos hombres célebres le pondrían una mano sobre el hombro con cariño y... «A trabajar, joven; tiene usted un porvenir brillante asegurado».

III

   Y triunfó; premiaron su poema. Sintió en su bolsillo por primera vez el peso de quinientas pesetas. ¡Quinientas pesetas!

   ¿Qué hacer con tanto dinero? Bueno, bueno, vamos por partes. Había, ante todo, que ordenar la vida y arreglar un poco el estómago y la indumentaria... Había que comprar libros... y una mesa donde escribir con comodidad. Porque bien mirado, eso de escribir por los cafés o en los bancos de los jardines y de las plazas era muy incómodo y desordenado.

   Pensando en todas estas reformas y haciendo cálculos y planes acerca de lo por venir, acertó a pasar por la calle en que «su» ciego pedía limosna.

   No vio al mendigo en el rincón de costumbre. Sólo estaba la niña, pero no entretenida, como otras veces, con sus juguetes de papel. Ahora estaba seria, entristecida.

   Gabriel se acercó y preguntó por el ciego mendigo.

   —Mi padre está enfermo. El primer impulso de Gabriel fue dar a la niña una limosna, una pequeña limosna, y seguir su camino; pero sintió que su corazón le exigía algo más. Miró la cruz, «la luz fija» que extendía su protección sobre la cabeza de la niña, y oyó que su corazón le decía: «Por algo has encontrado «esa luz, » por algo la interpretación de este misterio te ha valido un triunfo y un premio. ¿Quieres compartir tu premio con la que te lo ha inspirado? ¿Quieres?»

   Se defendió un poco, pero al fin accedió.

   Se acercó a la niña y le dijo:

   —Llévame a tu casa, sí, adonde está tu padre enfermo. Y de paso que se dirigía a la morada del ciego iba dando un adiós a todas las reformas que había acariciado, a la elegante indumentaria, a la mesa, a los libros, a todo, a todo...

 

LUIS LEÓN

(Año 1913)

LA VEJEZ SIN RELIGIÓN

 



   No hay cosa más triste que el alma de un viejo sin religión. No quiere morir, y siente  el frío de los que se acercan a la región de la muerte. No quiere creer en Dios, y su razón madura le descubre a Dios retratado en los cielos y en la tierra; y aun la voz de la propia conciencia le predica con testimonio incorruptible, dentro de sí mismo, la existencia de Dios, y le dice que éste Señor de todo lo criado, es Juez de vivos y muertos y remunerador rectísimo que, teniendo gloria eterna para los buenos, tiene también castigo eterno para los malos.

 

   Si el miserable ha logrado sepultarse en el olvido de Dios y eclipsar en el fondo de su alma, a fuerza de impiedades, la realidad de que Dios existe, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; si se acerca al sepulcro sin sentir remordimientos, no por esto es menos triste la suerte del viejo impío, ni menos lastimosa su aparente serenidad. Asi como un ciego y necio que, habiendo caminado hacia un precipicio y llegado ya a los bordes de él, da sin temor el paso que lo precipita en el abismo, asi el viejo descreído, muriendo sin los auxilios de la religión, y, esto no obstante, cerrando los ojos sin dar muestras de temor por lo futuro, es un insensato que con maliciosa tranquilidad se precipita en el abismo de la desgracia eterna, sin ver los tormentos en que para siempre ha de penar.

 

   ¡Oh, cuan pavorosas consideraciones despierta en el alma de un cristiano la vista de un cadáver que fué largos años vivificado por un alma impía, y yace adornado con las canas y marcado con el sello de la propia impenitencia y de la divina reprobación!

 

P. TOBÍAS, S. J  – Año 1894.

 

lunes, 6 de abril de 2026

LA VEJEZ CON RELIGIÓN

 



 

   ¿Puede darse en la tierra cosa más dulce que un anciano temeroso de Dios y encanecido en la práctica de las virtudes cristianas? Si vuelve la vista atrás, todos los pasos que ha dado en el camino de la vida le descubren la providencia amorosa con que Dios le ha gobernado y conducido, y esta vista dichosa robustece su confianza en el Señor.

 

   Si mira hacia adelante, en el sepulcro que tiene cerca de si y adonde pronto ha de parar, halla para su cuerpo un lugar de descanso y para su alma la puerta que le conduce a la eternidad feliz. Sus obras buenas le alegran: sus pecados no le hacen desesperar, porque los tiene llorados y borrados por la sangre de Cristo con que bañó su alma en las fuentes de los Sacramentos.

 

   Sabe que Jesucristo se complace en perdonar a los pecadores arrepentidos, y siente confianza de hijo caminando a los brazos del buen Jesús. Se despide de la vida sin tristeza, y toca lleno de paz y de esperanza las puertas de la eternidad.

 

   La vejez del cristiano verdadero es como la tarde de un sereno día en que el sol desciende apaciblemente hacia el ocaso, y cuando se oculta en él deja el cielo teñido de agradables resplandores. Así, la memoria del anciano que practicó la virtud es serena y hermosa para sus hijos y sus nietos y para todos los que recibieron la luz de sus buenos ejemplos.

 

   Sé durmió feliz entre los ángeles y para gozar para siempre de la vista de Jesús en la patria de los bienaventurados.

 

P. TOBÍAS, S. J  – Año 1894.