lunes, 26 de octubre de 2026

¡MURIERON!

 



 

   La imagen corresponde a la CATACUMBAS DE LOS CAPUCHINOS. PALERMO

 

   ¡Murieron! He ahí la espantable afirmación en todos los momentos repetida y a cada instante olvidado. ¡Murieron! Poco importa que para guardar sus restos, se hayan amontonado pirámides, erigido pilastras o apisonado tierra; únicamente la cruz será lo que hable con sobrenatural elocuencia sobre los monumentos de la muerte.

 

   Y hacia donde ellos están, caminamos todos rápidamente. Aquel veneno que, como imaginó un gran orador sagrado de Francia, parece que bebimos en el mismo seno de nuestras madres, sigue produciendo el fatal fruto, y en cada instante y sin cesar, morimos.

 

   «La vida humana—dice Bossuet—es semejante a un camino que para en precipicio horrendo; nos lo avisan desde que damos el primer paso, pero como la ley está decretada, es preciso avanzar constantemente. Quisiera volver atrás; sigue, adelante. Un peso y fuerza invencibles nos arrastran; hay que avanzar sin tregua hacia el precipicio. Mil trabajos y penas nos acosan en el camino, y si al menos pudiera por ellas evitar el término de ese horrible precipicio. No, no; hay que seguir, hay que correr; ¡tan rápido es el curso de los años!»

 

   Y, sin embargo, hay hombres—como observa Necker—que al atribuir su origen a la casualidad o al fatalismo, sólo quieren la eternidad para el polvo de que se juzgan emanados, y la rechazan para el pensamiento y para el alma.

 

   Pero, aunque el insensato diga en su corazón, no hay Dios, Dios es el que es, y aunque el hombre quiera rebajarse de su naturaleza poco inferior a la angélica, el que al morir sabe que muere, como dice un filósofo, pertenece a un orden más elevado que el ser que existe sin conocer su existencia, aunque aquel fuese un átomo y éste todo un mundo.

 

   Lo que el poeta latino pronosticó de su fama con la frase «non omnis moriar; no todos morirán», es la afirmación consoladora que el cristiano ha de repetir en medio de los desastres que en su derredor se suceden, y en presencia de la ruina que amenaza a su propio cuerpo.

 

   «Porque si todo muere con el cuerpo, es menester—dice Massillón—que el universo siga otras leyes y costumbres, usos nuevos y cambie todo sobre la tierra. Si todo muere con el cuerpo, las máximas de la equidad, de la amistad, del honor, de la buena fe, de la gratitud, no son sino errores vulgares, puesto que nada debemos a hombres que nada no son, con quienes ningún vínculo de culto y de esperanza nos liga, que mañana regresarán a la nada y que ya nada absolutamente son.»

 

   «He aquí a lo que reduce la sublime filosofía de los impíos; ahí tenéis la fuerza, razón y sabiduría que eternamente nos ponderan. Asentida sus máximas y todo el universo caerá en espantoso caos... y el género humano no será sino una aglomeración de insensatos, de bárbaros, de impúdicos, de furiosos, bribones y desnaturalizados, sin más ley quería fuerza, ni otro freno que sus pasiones y el miedo a la autoridad, sin más lazo que la irreligión y el libertinaje, ni más Dios que ellos mismos. Ese es el mundo de los impíos; ahora bien, si ese plan horroroso de república os agrada, formad, si podéis, una sociedad con esos hombres monstruosos, sin que tenga más que deciros sino que habréis merecido ocupar un puesto en ella.»

 

   ¿Pero qué pueden importar al fiel cristiano en este día las negaciones de los incrédulos, cuando tiene de su parte las promesas de resurrección y eterna vida prodigadas por su Redentor Jesucristo en el Evangelio? Todos esos avisos de la muerte deben siempre servirnos para reconstituir nuestra vida en obras de fe y caridad, pero hoy especialmente deben impulsarnos a corresponder a la esperanza de los que, habiéndonos precedido en la señal de la fe, murieron, y hoy desde el purgatorio nos recuerdan con la Iglesia que, como se lee en las Sagradas Escrituras, es santo y saludable pensamiento rogar a Dios por los muertos para que sean libres de sus pecados.

 

SÉRVULO. Año 1900

¿QUÉ ES LA MEDITACIÓN? En el Santo Rosario — Por FÉLIX SARDÁ y SALVANY

 



 

   Muchos; amigos tiene el Santísimo Rosario, y es lastima no lo tengan muchos más, pues dicha devoción lo merece, siendo tan llana y fácil y afectuosa. Compónese de meditaciones, súplicas y alabanzas. a) Meditaciones: Los Misterios de Jesús y de María. b) Súplicas: Las de la oración del Padre Nuestro. c) Alabanzas: Las del Ave María y Gloria. Todo el hombre entra en juego aquí, y presta su tributo. El entendimiento, por medio de la meditación. La voluntad, por medio de la súplica. El corazón por medio de la afectuosa alabanza.

 

   Meditación. La meditación es el acto más noble del entendimiento humano; por esto su práctica es también la primera entre las prácticas ele la Religión, y principalmente en el Santísimo Rosario. Meditar, si yo no me equivoco, es fijar los ojos, no del cuerpo sino del pensamiento, en una verdad o en un hecho; estudiarlo con todas sus circunstancias; aplicárselo a sí el que medita en toda su extensión; examinarlo con todas sus consecuencias y relaciones. Por esto la meditación, que tan difícil parece a muchos, es en el fondo el acto más fácil, porque es el más natural.

 

   Todos meditamos. El hombre de mundo medita su negocio, el hombre de estado medita su política, el hombre de estudios medita su ciencia, el hombre disipado medita sus andanzas, la mujer frívola medita sus trajes y  galanteos; hasta el niño, mariposilla ligera que parece sólo saber saltar, medita también sus juegos y travesuras.

 

   Todos meditamos, luego todos sabemos meditar, solamente que casi nunca  meditamos lo que debemos. La meditación, pues, que es casi la primera necesidad del hombre racional para todos los negocios humanos, es también la primera necesidad del hombre cristiano para sus negocios eternos. Y el hombre que vive sin esa meditación es como piloto que viaja sin estudiar el rumbo, o como general que da la batalla sin explorar el campo, o como labrador que lanza al aire su semilla sin haber arado primero la tierra.

 

   Ahora bien: El asunto principal de las meditaciones de todo cristiano debe ser la vida de Cristo y de su Madre Santísima. Allí están los ejemplos que debe seguir, allí las lecciones que debes aprender, allí los modelos que debe,  no solo admirar, sino también imitar.

 

   ¿No es cierto, que conocemos poco, muy poco, a Jesucristo, a pesar de que vive entre nosotros? Es sin duda, porque le estudiamos poco, porque no meditamos.

 

El Rosario es un curso de estos estudios en quince lecciones. Allí se ve nacer a Cristo, y se le ve padecer, y se le ve morir y resucitar; allí s e con templa la pureza virginal de su madre, su caridad para con Isabel, sus angustias y resignación en el establo y en el Calvario, su muerte dichosa y su coronación en los cielos. ¿Te he dicho que era el Rosario un curso de meditación en quince lecciones? Mejor te diría que es una galería de pinturas distribuidas en quince cuadros, ante los cuales nos paramos sucesivamente para formar según ellos nuestro corazón y nuestras costumbres.

 

   Ahí tienes, pues, la primera parte y la más principal del Rosario: el acto del entendimiento, la meditación.

 

   Pero los misterios están como engarzados o unidos entre sí por medio de cadenas de Ave Marías, al frente de las cuales va un Pater Noster, concluyendo cada una con un Gloria Patri. Es decir, que este encadenamiento lo forman súplicas y alabanzas.

 

   Pero, ¡qué suplicas y qué alabanzas! Las más gratas que los cielos han recibido jamás de la tierra; súplicas por medio de las cuales suplicamos todo lo que se puede suplicar; alabanzas con las cuales dejamos atrás otra cualquier alabanza que pueda salir de los  labios humanos o angelicales. La súplica es el Pater Noster; la alabanza, con algo de súplica también, es el Ave Maria y Gloria Patri: La Iglesia y sus hijos, celosos de la honra divina, al lado del grito constante de guerra que ofende al cielo, elevan otros tantos gritos constante de gloria que desagravia al cielo; al lado de la voz que insulta, levantan a todas horas la voz que alaba, manteniendo formado frente a frente, el ejército furioso de los que maldicen, contra el ejército pacífico de los que bendicen. Guerra, claman unos; gloria, contestan los otros. Guerra al Padre, guerra al Hijo, guerra al Espíritu Santo, grita el infierno con todos los suyos. Los hijos de la María gritan Gloria Patri et Filio el Spiritui Sancto. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, contesta también la Iglesia con los suyos. — Ahora y siempre y por todos los siglos, gritan despechados los demonios  y condenados a sufrir esa eternidad. «Sicut erat in principio et nunc, el semper: et in saecula saeculorum», replicamos nosotros. «Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos». Esto es, Gloria Patri, homenaje de continua reparación, cántico de desagravio, resumen y compendio de toda alabanza, verdadero coronamiento de todas las meditaciones, súplicas y alabanzas que componen el Rosario de María.

 

“REVISTA EL HOGAR CATÓLICO”

Año 1913.

domingo, 25 de octubre de 2026

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA – Por JUAN VÁZQUEZ DE MELLA Y FANJUL.

 


 


   Nota de Nicky Pío. Estas líneas escritas en 1934, fueron providencialmente escritas para estos tiempos en que vivimos. La talla de su autor, hace de estás pocas líneas casi una profecía, que Vázquez de Mella nisiqueira podría imaginar. Pero Dios que conoce el futuro hace surgir estas mentes prodigiosas para edificación de los católicos pusilánimes del mañana.

 

“Los caracteres del mal”

 

   Quizá algunos católicos, de esos que sólo se alarman cuando ven caer a hachazos las puertas de los templos y el puñal de los sectarios tinto en la sangre de los sacerdotes, nos tachen de exagerados al saber que no nos referimos a pueblos extraños al hablar de persecución religiosa, sino a la nación propia, a España, que, siendo eminentemente católica por su pasado y, a pesar de la maldad revolucionaria, por su presente, vive, hace muchos lustros, bajo el poder de Gobiernos contrarios a sus creencias y a su historia.

 

   Y, sin embargo, digan lo que quieran la hipocresía y la imbecilidad, la persecución religiosa existe feroz y sañuda como se ha visto pocas veces en el transcurso del siglo.

 

   Verdad es que aún no se nos impide congregarnos en la iglesia a oír Misa, ni se nos prohíbe rezar ni aun defender por escrito los fueros de la Esposa de Cristo; pero está ciego quien no vea que, si aún la Revolución no ha dicho a sus hordas que echen los cristianos a las fieras, ya se considera con alientos bastantes para amordazar, por medio de iniquidades legales, al sacerdote y poner a la palabra divina en estado de sitio; y aun hacer descender del púlpito al ministro de Dios y encarcelarlo como al más abyecto criminal. Y sordo se necesita ser para no oír los rugidos salvajes de la impiedad, que sobre los escombros del altar canta la muerte de la fe en muchos corazones y la victoria de Luzbel.

 

   No manifiesta sus excesos con tiranía material y sanguinaria que hace del cuchillo su arma de combate, y que con sus mismas violencias despierta a los dormidos y alienta a los cobardes y pusilánimes, y es causa indirecta de saludable reacción, no; esos procedimientos los desdeña ya por anticuados, y, con doblez farisaica, va derecha a su objeto mintiendo tolerancia y libertad, y estableciendo legislaciones inicuas para clavar a su amparo el diente ponzoñoso en las almas sencillas, arrancándoles las creencias católicas, dejándolas desoladas y sombrías, apagando en ellas el fuego amoroso de la caridad y la lumbre de la esperanza, para sepultarlas bajo el doble hielo de la indiferencia y del más frío positivismo, o abrasarlas con la calentura de los odios sectarios.

 

   Sí: la Revolución, o, para, hablar más claro, el liberalismo en todos sus grados y matices, no necesita ya de circos ni tormentos para destrozar carne de cristianos; le basta y le sobra con las legalidades doctrinarias para hollar y escarnecer a la Esposa de Cristo.

 

   Esta guerra sorda, corrosiva y mansa que va envenenando los entendimientos con lluvias de sofismas y torciendo las voluntades con ríos de cieno, es lo más implacable y criminal que pudo concebir el genio satánico, porque en ella, si salen ilesos los cuerpos, perecen los corazones y resultan heridas las almas.

 

   No hay en el mundo espectáculo más dolorosamente triste que el que ofrece un pueblo católico caminando, en medio del orden material, a perderse en los abismos de la apostasía, acaudillado por ateos y sofistas que se fingen sus libertadores.

 

   Y conviene observar que, en la historia del género humano, no hay memoria de un solo pueblo que se haya apartado voluntariamente de la verdad religiosa; porque, si las revoluciones materiales se verifican muchas veces de abajo arriba, los trastornos morales siempre se realizan de arriba abajo. De aquí que el poder público sea la primera ciudadela que asalta la impiedad para corromper una nación, y que sea también la primera que hay que reconquistar para cristianizar una sociedad e impedir que se consume su apostasía.

 

   Y por eso también la más arbitraria tiranía personal no puede compararse en maldad con la que toma cuerpo y se encarna en las instituciones y en las leyes.

 

   Cuando esto sucede, los hombres se acostumbran a ver florecer y desarrollarse, bajo las disposiciones del poder soberano, la iniquidad y la injusticia; y el hábito de contemplar el mal llega a matar el instinto del bien, o a considerar como natural y corriente el desorden moral y los males sociales como hechos completamente indestructibles.

 

Entonces es cuando, según la frase de Lacordaire, los pueblos se extinguen en una agonía insensible, que aman como si fuera dulce y agradable reposo.

 

   Y, o mucho nos equivocamos, o España, si la corriente de los hechos no cambia o no se altera profundamente, marcha hacia uno de esos períodos que aparecen como lagunas fétidas en la historia de las naciones.

 

   Pero se dirá: enhorabuena que se conceda que la Iglesia no vea respetados sus derechos como deben serlo. Pero ¿no se deberá reconocer igualmente que el cuadro anterior está cargado de tintas demasiado sombrías y pesimistas? De ninguna manera. En los artículos siguientes demostraremos que la realidad es más negra que nuestras palabras, y, para no ser meros declamadores, señalaremos las causas del mal y buscaremos su remedio.

 

“La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado ateo”

(Año 1934)

¿QUÉ DEBEMOS HACER PARA SER CABALLEROS DE CRISTO REY? — Por el Cardenal Pie.

 


 


  

Entonces ¿qué haremos?

 

   «A vero bello Christi», (La verdadera guerra de Cristo) exclama el obispo de Poitiers, «ésta es la guerra en la que todos debemos ser soldados. Sí, la verdadera guerra de Cristo, la verdadera y sin reservas devoción a la causa de Cristo».

 

¡LUCHEMOS! Esta es la última palabra del valiente Obispo.

 

   Cada uno especificará esta palabra según su rango en el ejército de Cristo. El arzobispo Pie nos ha indicado con precisión el deber de los fieles, de los sacerdotes y de los líderes. Nos corresponde aceptarlo. Pero, en cualquier caso, y para todos, es una lucha, porque el hombre, abandonado a su carne, prefiere el reposo y desaparecer en una vida insignificante y sin sentido. Luchar contra uno mismo y contra los hombres que rechazan el yugo social del cristianismo resume, por lo tanto, el deber para con el Reino de Cristo.

 

   Luchemos, porque la condición de todo reino es ser defendido por soldados. Luchemos, porque los enemigos de este Reino son cada vez más numerosos y más encarnizados.

 

   Luchemos, porque solo quienes mueren con armas en la mano serán coronados. Luchemos, porque cuanto más nos acercamos al fin de los tiempos, más esta será la condición de los cristianos aquí abajo.

 

   Todo esto nos lo dirá el cardenal Pie:

 

   Luchemos con esperanza contra la esperanza misma. Porque quiero decir esto a esos cristianos pusilánimes, a esos cristianos que se hacen esclavos de la popularidad, adoradores del éxito y que se desconciertan ante el más mínimo avance del mal. ¡Ah! Afectados como están, ¡ojalá Dios les evite la angustia de la prueba final! ¿Está cerca esta prueba? ¿Está lejos? Nadie lo sabe y no me atrevo a augurar nada al respecto. Pero lo cierto es que, a medida que el mundo se acerca a su fin, los malvados y los seductores tendrán cada vez más ventaja. Casi no habrá fe en la tierra; es decir, habrá desaparecido casi por completo de todas las instituciones terrenales. Los propios creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias. La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con respecto a Dios, que San Pablo da como señal precursora del fin, «nisi venerit discessio primum», se consumirá día a día. La Iglesia, una sociedad sin duda siempre visible, se verá reducida. Cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas. Ella, que dijo en sus inicios: «El lugar es estrecho para mí, hagan espacio para mí donde pueda vivir: Angustus mihi locus, fac spatium ut habitem», verá el terreno disputado palmo a palmo, será rodeada, restringida por todos lados: tanto como los siglos la han engrandecido, tanto más se esforzará uno por restringirla. Finalmente, la Iglesia de la tierra sufrirá una verdadera derrota; le corresponderá a la Bestia hacer la guerra a los santos y conquistarlos. La insolencia del mal alcanzará su máximo esplendor.

 

   “Ahora bien, en este extremo de las cosas, en este estado desesperado, en este globo entregado al triunfo del mal y que pronto será invadido por las llamas, ¿qué deben todavía hacer todos los verdaderos cristianos, todos los buenos, todos los santos, todos los hombres de fe y de coraje?

 

   Luchando desesperadamente contra una imposibilidad más palpable que nunca, dirán con redoblada energía, con el ardor de sus oraciones, la actividad de sus obras y la intrepidez de sus luchas: ¡Oh Dios! ¡Oh Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre en la tierra como en el cielo; venga tu reino a la tierra como en el cielo; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!, sicut in cœlo et in terra... ¡En la tierra como en el cielo! Murmurarán estas palabras de nuevo y la tierra cederá bajo sus pies. Y, como antaño tras un terrible desastre, se vio a todo el senado de Roma y a todos los órdenes del estado avanzar al encuentro del cónsul vencido y felicitarlo por no haber desesperado de la república. Así, el senado del cielo, todos los coros de ángeles, todos los órdenes de los bienaventurados acudirán al encuentro de los generosos atletas que habrán resistido la lucha hasta el final, esperando contra toda esperanza. A sí mismo: contra spem in spem. Y entonces, este ideal imposible, que todos los elegidos de todos los siglos habían perseguido obstinadamente, finalmente se hará realidad. En esta segunda y última venida, el Hijo entregará el Reino de este mundo a Dios su Padre; el poder del mal habrá sido evacuado para siempre al fondo del abismo; todo lo que no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por medio de Jesucristo, por la fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado al pozo negro de la inmundicia eterna. ¡Y Dios vivirá y reinará plena y eternamente, no solo en la unidad de su naturaleza y la sociedad de las tres divinas personas, sino en la plenitud del cuerpo místico de su Hijo encarnado y en la consumación de los santos!»

 

“La realeza social de nuestro Señor Jesucristo”

Cardenal Pie.

viernes, 23 de octubre de 2026

LA FE. (Poesía)

 




LA FE.

———

Yo soy amor, y del amor camino;

soy blanca nave del sagrado puerto;

por mí, postrado en el peñón desierto,

canta el asceta su triunfal destino.

✠✠✠

Soy consuelo del triste peregrino

que cruza el mundo de pesares yerto;

soy árbol santo del eterno huerto,

rosa bendita del rosal divino.

✠✠✠

Sin mí la pena se desgarra y llora;

sin mí el dolor sus amarguras vierte:

sin mí el sepulcro con furor devora.

Aspirando mi luz, el alma es fuerte;

la pena se hace amor, la noche, aurora;

la tumba, claridad; faro, la muerte.

———

BERNARDO – Año 1895

¡SEA LO QUE DIOS QUIERA! — Pensamientos para el mes de Octubre.

 

 



 

   Nada nos acontece sin el permiso divino. Solo lo que Dios quiere, y nada más. Y esto debería llenarnos de consuelo, porque Dios solo quiere nuestro bien.

 

   Por lo tanto, debemos aceptar la salud y la enfermedad con la misma indiferencia, porque, así, como todo lo demás, nos vienen de la Misericordia Eterna.

 

   ¿Qué pueden temer las almas cuando están completamente abandonadas en las manos de Dios? Quien vive abandonado y enteramente sumiso a los decretos de la Divina Providencia alcanza la cima de la perfección.

 

   Si nos entregamos a esta adorable Providencia, acogeremos con la misma indiferencia la humillación o la gloria, la sequedad o la aridez, la privación o la plena unción de los consuelos divinos, la vida o la muerte.

 

   En todo y para todo, siempre diremos: “¡SEA LO QUE DIOS QUIERA!”.

 

   Es una aspiración similar a ese “HÁGASE TU VOLUNTAD” del Padrenuestro y del Huerto de los Olivos. No nos preocupemos por el futuro, por lo bueno o malo que nos pueda suceder, por la idea de si la gloria o la humillación, la pobreza o la riqueza, la salud o la enfermedad serán nuestras futuras compañeras. “¡SEA LO QUE DIOS QUIERA!”.

 

   ¡El futuro es de Dios! En cuanto al presente, ¿por qué preocuparse constantemente por las nimiedades que consumen nuestros días? “¡SEA LO QUE DIOS QUIERA!”.

 

   El santo abandono de un alma en los brazos de la Divina Providencia la inunda de paz y la hace invulnerable. Por lo tanto… ¡Seamos en todo lo que Dios quiere!

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE DE LOS BUENOS Y LA DE LOS MALOS.

 



   ¡Insensato! esta misma noche se te ha de exigir tu alma ¿de quién será cuanto has acumulado? (Lucas, 12, 20).

 

   I. Todos los hombres deben temer la muerte, porque es seguida de un juicio terrible y nadie sabe si es digno de amor o de odio. San Hilarión, el abad Agatón y muchos otros grandes santos han temblado en la hora de la muerte: ¿eres tú más santo que estos ilustres penitentes?

   Ten presente que no pueden adoptarse bastantes precauciones en un asunto que no se ventila sino una sola vez, que no se puede reparar y donde se juega una eternidad de dicha o de infelicidad.

 

   II. Pecadores, pensad en la muerte y despreciaréis los bienes del mundo y trabajaréis por la salvación de vuestra alma. Avaro, morirás; ¿a quién pasarán tus tesoros? Voluptuoso, ¿qué te quedará de tus placeres? Orgulloso, ¿de qué te servirán tus honores? ¿Qué desearás, qué temerás, qué te afligirá en la hora de la muerte? Piensa ahora en ello.

   ¡Oh muerte, cuán amargo es tu pensamiento para el hombre que vive en paz en medio de sus bienes! (Eclesiastés).

 

   III. Justos o pecadores, quienquiera seáis, iréis a la casa de vuestra eternidad, descenderéis a la tumba; vuestros amigos, vuestros bienes, vuestros placeres, vuestros honores os abandonarán, nada os quedará fuera de un lúgubre sepulcro. Iréis, no sabéis ni cuándo ni cómo. Iréis, pero de allí no volveréis; es la casa de la eternidad, donde se está para siempre.

   Ya no quiero en adelante pensar sino en morir bien; es la verdadera filosofía del cristiano. El hombre irá a la casa de su eternidad (Eclesiastés).

 

Pensad en la muerte.

Orad por los agonizantes

 

   ORACIÓN: Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Severino, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

jueves, 22 de octubre de 2026

AMOR A LA SOLEDAD — Por San Alfonso María de Ligorio.

 


 


   Dios no se deja encontrar en el tumulto del mundo: así es que los santos se refugiaban en los desiertos más horrorosos, en las grutas más sombrías, para huir de los hombres y poder conversar a solas con Dios. San Hilarión anduvo errante por mucho tiempo de desierto en desierto, hasta que encontró uno en donde no había penetrado jamás humano alguno, muriendo al fin en una soledad de la isla de Chipre, en la que había vivido los últimos cinco años de su vida.

 

   Cuando San Bruno fué inspirado por el Señor a retirarse del mundo, fué con sus compañeros a verse con San Hugo, Obispo de Grenoble, para que le señalase algún desierto de su diócesis. El Santo Obispo le indicó la Cartuja, lugar silvestre, más propio para servir de asilo a las fieras que de habitación a los hombres. San Bruno y sus compañeros, se fueron con júbilo a habitar allí, y se establecieron en pequeñas chozas levantadas a cierta distancia unas de otras.

 

   El  Señor le dijo un día a Santa Teresa: — Yo hablaría de muy buen grado a muchas almas; pero de tal modo el ruido del mundo les llama la atención, que no oirían mi voz.

 

   Dios no nos habla en medio de los ruidos y negocios del mundo, porque teme que no le hemos de oír. Las palabras de Dios son: las inspiraciones santas, las luces y llamamientos, por las cuales ilumina a los santos abrasándolos en divino amor; pero los que no aman la soledad se verán privados de oír estas voces del Señor.

 

   Él se expresa así respecto del alma: — La llevare al desierto y le hablare al corazón. Cuando Dios quiere elevar un alma a un alto grado de perfección, le inspira el deseo de retirarse a un lugar solitario, lejos del comercio de los hombres: allí es donde le habla, no a los oídos corporales, sino a los del alma. Así es como la ilumina y la inflama en su divino amor.

 

   San Bernardo decía, que habría aprendido a amar a Dios mejor en los bosques, a la sombra de las encinas y de las hayas, que entre los libros y entre los siervos de Dios. San Jerónimo dejó las delicias de Roma para encerrarse en la gruta de Belén. Allí exclamaba: ¡Oh soledad, en donde Dios halla y conversa familiarmente con los suyos! En la soledad habla el Señor con familiaridad con las almas a quien ama. Les deja oír sus palabras que hacen derretir sus corazones de amor, como dice la santa esposa: Mi alma se derritió luego que habló mi amado.

 

   Sabemos por experiencia que frecuentar el mundo, y ocuparse en adquirir bienes temporales es lo que nos hace olvidar a Dios; pero en el instante de la muerte, de todas las penas y de todo el tiempo que nos habrán costado los bienes de la tierra, no nos quedará otra cosa más que remordimientos y pesares. No nos quedará entonces de provechoso más que lo que habremos hecho y sufrido por el Señor. ¿Por qué, pues, no nos desprendemos del mundo, antes que venga a desprendernos de él la muerte?

 

   — Se sentará solitario y callará, dice el Profeta, porque lo llevó sobre sí. El solitario no se siente ya agitado por los cuidados de la vida: se sienta en reposo, y guarda el silencio; no pide placeres sensuales, porque elevado sobre sí mismo y sobre todas las cosas creadas, encontrará en el Señor todo su gozo y todo su contento.

 

   — ¿Quién me dará alas como de paloma, volaré y descansaré? David deseaba tener las alas de la paloma para abandonar la tierra, y así ni siquiera tocarla con los pies, y dar descanso a su alma. Pero mientras estamos en esta vida no nos es permitido abandonar la tierra. Procuremos pues, amar el retiro cuanto se pueda, y vayamos allá a conversar con Dios, a fin de alcanzar las fuerzas necesarias para remediar los defectos que causa el trato del mundo. Así lo hacía David en medio de los cuidados de su reinado: He aquí que me aleje huyendo, e hice  mansión en la soledad.

 

   ¡Por qué no he pensado siempre en vos, oh Dios de mi alma! ¡Por qué no he despreciado todos los bienes terrenos!

 

   Yo maldigo el día en que solícito por las satisfacciones mundanas, he ofendido a vuestra divina bondad. ¡Por qué no os he amado siempre! ¡Oh! ¡Por qué no he muerto antes que haberos ofendido! ¡Desdichado! ¡La hora de mi muerte no está lejos, y me encontrará todavía apegado al mundo! ¡No, Jesús mío! Hoy resuelvo dejarlo todo para ser todo vuestro. Vos sois todo poderoso, prestadme fuerzas para seros fiel.

 

   ¡Madre de Dios, rogad por mí!

 

“MEDITACIONES”

LA MEJOR DE LAS ORACIONES – Pensamientos para el mes de Octubre.

 

 



 

   La mejor oración es el “Pater Noster”, y dentro del Padre Nuestro, la mejor oración es: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo ». En este concepto reside el secreto de la santidad.

 

   No basta decir: ¡Señor! ¡Señor!  Es necesario añadir: Hágase tu voluntad. No son los que dicen: “¡Señor! ¡Señor!” —Dice el Evangelio— quienes entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que hacen la voluntad del Padre Eterno.

 

   Mil coronas y devociones originales no importan mucho si no sabemos conformar nuestra voluntad a la de Dios. Lo he dicho antes y lo diré otra vez: “Hacer lo que Dios quiere, y querer lo que Dios hace, es la mejor oración” Y esta es la suma total de toda la vida cristiana. La oración de conformidad es la más perfecta y agradable a Nuestro Señor.

 

   ¿Por qué nos agobiamos a menudo con tantas devociones, incluso en detrimento de los deberes de estado más importantes, y las observamos todas con tanta escrupulosidad, si olvidamos y despreciamos lo esencial, que es el deber, quizás monótono, y no aceptamos sin rebeldía los sufrimientos y las cruces que Dios Nuestro Señor nos envía?

 

   Digamos, sí, el Padrenuestro, todos los días y con fervor. No olvidemos, sin embargo, que si el Padrenuestro es la mejor de las oraciones, es precisamente porque en esta parte de la oración   — «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» — se resume toda la vida cristiana.

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

miércoles, 21 de octubre de 2026

¿Qué principales enemigos hallamos en el combate? — Por San Maximiliano Kolbe.

 



   En todo el mundo se combate contra la Iglesia y contra la salvación de las almas.  

 

   El enemigo se presenta bajo múltiples formas y diferentes nombres.   No es ninguna novedad que el socialismo aprovecha la miseria de los trabajadores para inocularles el veneno de la incredulidad. Los bolcheviques pisotean a la Religión delante de nosotros. Oímos las enseñanzas de los materialistas que reducen el universo a aquello que se capta por los sentidos y de este modo se persuaden que Dios y las almas inmortales no existen. La teosofía difunde la indiferencia religiosa; los Testigos de Jehová y otros protestantes reclutan cada vez más adeptos a fuerza de buenas sumas de dinero. Todos estos campos de acción se unen en un mismo frente contra la Iglesia (Revista Caballero de la Inmaculada 1923).

 

   Detrás de este frente se encuentra, sin embargo, el principal ejército del enemigo: el principal, el más fuerte y el peor enemigo de la Iglesia: la masonería

 

Manuscrito: Los enemigos actuales de la Iglesia. Maximiliano Kolbe.