jueves, 5 de noviembre de 2026

AYER MOLOCH, HOY ABORTO. LOS MODERNOS HERODES.

 



 

¿Resurrección de Moloch en pleno Siglo XXI?

 

   Moloch era el dios de los antiguos cananitas o fenicios. Lo consideraban el símbolo del fuego purificante, el que, a su vez, simbolizaba al espíritu. Creían que, como resultado de una catástrofe ocurrida en el comienzo del tiempo, ese espíritu se había transformado a sí mismo en obscuridad al convertirse en materia. Según las creencias fenicias ––de acuerdo con la herejía gnóstica–– el hombre era la encarnación de tal tragedia ontogénica y para redimirse de ese pecado era necesario ofrecer sacrificios a Moloch inmolando bebés, por ser considerados los más impregnados de materia. Lanzar recién nacidos al fuego constituía el más agradable sacrificio que podía ofrecerse a esa implacable divinidad, representada por una gigantesca estatua de bronce que encerraba un horno en su cavernoso cuerpo. Las madres arrojaban a sus propios hijitos vivos en el incandescente vientre de Moloch, el que esperándolos de brazos abiertos, devoraba por el fuego a sus pobres y pequeñas víctimas. Y para atenuar la repulsión causada entre los que asistían a tales escenas, los inicuos sacerdotes de Moloch tomaban el cuidado de hacer tocar trompetas y rufar tambores para sofocar la infernal melodía de los gritos de los inocentes. (1)

 

   Así, sin pena ni piedad, en aquellos tiempos los fenicios inmolaban millares de criaturas… ¿Sólo en aquellos tiempos? ¿Sólo los fenicios?

 

   El aborto, en efecto, era una costumbre generalizada en el mundo pagano. Pero Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, al redimir al género humano, destruyo esa monstruosidad en las naciones cristianas, bajo el benéfico influjo de la Iglesia. Fueron necesarios muchos siglos de decadencia para que los hombres osaran volver a “endiosar” la práctica criminal del aborto al despenalizarlo o autorizarlo por los más diversos motivos.

 

   Por primera vez, recién en 1920, el aborto fue legalizado en la Unión Soviética por el socialismo marxista, bajo la dictadura de Lenin. En la década del 40 y del 50 le siguieron Japón, Canadá, Suecia y varios países de Europa oriental dominados por los comunistas. Y en los años 60 y 70, en plena “revolución sexual”, tanto en los EE.UU. como en la mayoría de los países de Europa occidental, fueron abiertas las puertas al aborto legal o al menos a su despenalización.

 

   De este modo, en los umbrales en pleno siglo XXI, cuando tanto se proclaman los “derechos humanos”, el lugar de los sacerdotes fenicios lo ocupan médicos sin escrúpulos. Pero tragedia aún mayor ––para cuya descripción el lenguaje humano tiene dificultad de encontrar las palabras exactas–– el vientre de Moloch ha sido reemplazado por el propio seno materno… Quién hubiera de decir que, en nuestros aciagos días, el lugar de mayor riesgo para la vida de un niño es ¡el vientre de su madre!, el lugar por naturaleza más resguardado, más acogedor.

 

   ¿Puede haber una mayor y más monstruosa inversión de valores? “The womb has become a tomb”… (El seno materno se transformó en una tumba).

 

   ¿A qué divinidad se inmolan hoy las millones de víctimas inocentes? Varían de acuerdo a un politeísmo macabro. Cuando se trata de rendir culto al “placer sexual”, sin respetar las finalidades y consecuencias establecidas por la propia naturaleza, ese dios se llama Eros y la religión toma el nombre de Erotismo. Cuando se trata de evitar “estorbos”, en una frenética búsqueda de conveniencias personales, ese ídolo se llama Ego y la religión tiene el nombre de Egoísmo.  Sobre todo esto, se yergue el Leviatán, es decir, los Estados hipócritas y las organizaciones internacionales, cuyos voceros tanto hablan de derechos humanos pero que son cómplices de una injusticia clamorosa: el exterminio del más indefenso de los seres, el no nacido. Y ahogan en la sangre de las víctimas inocentes al más elemental de los derechos fundamentales del hombre, el derecho a la vida, practicando la más odiosa de las discriminaciones contra el ser humano en la fase pre-natal de su existencia.

 

   En realidad, el Moloch moderno es mucho más implacable que el dios cananita: los sacrificios humanos de la antigüedad son insignificantes si se comparan con los millones de niños que todos los años son sacrificados en el vientre de sus madres.

 

   La paradoja no podría ser más flagrante: Precisamente de la madre, el hijo debería esperar amor sin límites, pero ella lo inmola, no ya en un altar en llamas, sino en una fría mesa de operaciones. El médico, cuya misión es garantizar la vida, se transforma en el instrumento de su muerte. El Estado, que debería castigar a los criminales que levantan la mano contra su vida, niega al nonato el derecho a vivir.

 

   Este trágico símbolo de la decadencia moral de la sociedad denuncia también su profunda deshumanización e irracionalidad. De su deshumanización, por considerar a la vida del hombre como algo trivial, etéreo, una vana brisa sin una finalidad específica ni destino trascendente. De su irracionalidad, por conducir a la matanza de una vida inocente. El aborto contradice profundamente la naturaleza humana. Es un desorden fundamental que nos aleja del principio moral más básico, el que nos manda respetar la vida de nuestros semejantes.

 

   Bien y mal, justicia e injusticia no son meras convenciones o caprichos. A ellos debemos adecuar nuestra conducta personal para el cumplimiento de nuestros deberes.

 

   Ahora bien, el derecho y la justicia sólo encontrarán una sólida y efectiva justificación si afirmados en sus últimos y más absolutos fundamentos, es decir, si se comprende que los inalienables derechos del hombre le vienen de su condición de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, y, que, como criatura, tiene el deber de dar a los demás lo que les es debido. (2)

 

   En esa perspectiva, anhelamos que la lectura de este artículo contribuya a que todos cumplamos con el deber sagrado de proclamar, sin tapujos y con toda valentía, la verdad, toda la verdad. Acomodarse, ceder al miedo, a la pereza o entrar en componendas a costa de omisiones y concesiones inaceptables para la conciencia católica, constituye una defección.

 

   Parafraseando al célebre Hugo Wast, debemos estar dispuestos, por el contrario, a no paliar las verdades fuertes ni disimular la buena doctrina, disponiéndonos a afrontar gustosos las consecuencias de ello. Si así lográsemos evitar que se disipe la vida de un niño dentro del seno de su madre, asesinado por un “especialista” sin conciencia antes de nacer, “nos consideraríamos ricamente pagados sin que nos importase nada el odio sobreviviente al haber expuesto con palabras claras las leyes de Dios y las enseñanzas de la Iglesia”. (3)

 

   ¡Qué la Santísima Virgen María, Madre del Verbo Encarnado y Madre nuestra, conceda este privilegio a todos los que luchan en defensa de la vida inocente!

 

Notas:

 

(1) Cf. Dr. Johann B. Weiss, “Historia Universal”, Vol.3, Los Hebreos; los Fenicios; sus viajes y colonias, Barcelona; La Educación, 1937, pp. 904-905.

(2) Cfr. Josef Pieper, “Justice”, Ed. Pantheon, New York, 1955, pp. 21-22.

(3) Cfr. Hugo Wast, “Autobiografía del hijito que no nació”, Ed. Theoría, Buenos. Aires., 1994, p. 13.

 

FUENTE: “FUNDACIÓN ARGENTINA DEL MAÑANA”

 

 

 

MEDITACIÓN SOBRE CÓMO DEBEN USARSE LAS GRACIAS DE DIOS.

 



   Al que tiene, se le dará, y estará en la abundancia; más al que no tiene se le quitará aun lo que tiene. (Mateo, 13, 12).

 

   I. Dios da a todos los hombres gracias suficientes para salvarse, si ellos quieren aprovecharlas; pero los cristianos reciben muchas más que los otros. Agradece a Dios estas gracias, sobre todo la de tu vocación al cristianismo, que es la fuente de gran número de otras, y sabe que serás castigado más severamente que los paganos, si no sacas provecho de las gracias que Dios te concede tan generosamente.

   Tanto más graves son nuestros pecados cuanto más abundantes fueron en nosotros las gracias (San Cesáreo).

 

   II. Abusase de la gracia cuando se resiste a sus inspiraciones, se aplaza el obedecerla, o se rehúsa escuchar lo que nos dice en el fondo del corazón. Escucha la voz de Dios que te habla; para oírla, huye del ruido del mundo, calma las tempestades que las pasiones excitan en tu alma, obedece sin tardanza.

   Camina mientras tienes luz y no remitas tu conversión a la hora de la muerte.

 

   III. Recompensa de los que aprovechan las gracias de Dios es recibir otras mayores; como castigo de los que de ellas abusan es ser privados de las que les estaban destinadas. ¡Ten cuidado!, la gracia que desprecias será, acaso, causa de tu reprobación. No has querido trabajar por tu salvación cuando lo podías; vendrá la muerte y te quitará la posibilidad de hacer algo por tu alma.

   Justo castigo del pecado es no poder ya practicar la virtud después que se ha rehusado hacerlo cuando se podía (San Agustín).

 

Respetar a los eclesiásticos.

Orad por los sacerdotes.

 

   ORACIÓN: Haced, oh Señor, que seamos ayudados por las oraciones de San Zacarías y de Santa Isabel, a fin de que recibamos por su intercesión la que no podemos obtener por nosotros mismos. Por J. C. N. S. Amén.

 

“SANTORAL DE GROSEZ. S. J.”

miércoles, 4 de noviembre de 2026

NECESIDAD DE LA ORACIÓN.

 


 


   Dios es nuestro principio, y es al par nuestro fin. Es nuestro principio, porque de El hemos recibido, lo mismo que todas las demás criaturas, el ser que tenemos. Es nuestro fin, porque sólo para verle y amarle y ser amados de El hemos sido criados.

 

   En Dios vivimos y somos y nos movemos, dice San Pablo; es decir, que no sólo en el primer instante de nuestro ser, sino en todos los instantes de nuestra existencia, dependemos de Dios, y de tal manera, que si Dios nos abandonara un instante, un solo instante, pereceríamos inmediatamente.

 

   Pero en el hombre hay dos vidas: la natural y la sobrenatural; la del cuerpo y la del alma. La primera se pierde por lo que llamamos muerte, por la separación del cuerpo y el alma. La segunda se pierde por el pecado, por la separación del alma de Dios.

 

   Es, pues, forzoso, si queremos tener la vida por excelencia, la verdadera vida, la vida del alma, que estemos unidos a Dios; y para permanecer unidos á El, o para volver a esta unión, si por desgracia la hubiésemos roto por el pecado, no existe otro medio mejor que la oración, esto en nada quita que quien peca mortalmente debe recuperar la gracia por la medio del sacramente de la Penitencia, ya que es la única vía ordinaria, pero la oración puede ayudarnos mucho a recuperar esa gracia perdida.

 

   Orar es, dice el catecismo, levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes. Dos clases hay de oración: la mental y la vocal. La primera es toda interior, y consiste en súplicas que hacemos a Dios sin valernos de palabras.

 

   La segunda es, además, exterior, y consiste en súplicas que hacemos a Dios valiéndonos de palabras. La oración mental puede hallarse, y se halla muchas veces, sin la vocal; pero ésta no puede jamás hallarse sin aquélla, porque la oración vocal sin la mental no es más que un vano ruido de palabras: ¿qué importa que se muevan los labios y que pidamos con ellos si no pide el corazón?... La oración vocal, es la más cumplida, la más llena, porque suplican a un tiempo la lengua y el corazón; pero la oración mental es la esencial.

 

   El alma de una y otra clase de oración es la meditación; y no se crea, como equivocadamente juzgan algunos, que la oración mental y la meditación sean la misma cosa, por más que una y otra sean interiores. No. Meditar es discurrir, reflexionar, y orar es... orar; es decir, pedir, rogar, suplicar. Cuando pensamos en algún negocio grave discurrimos, reflexionamos, pero no pedimos ni rogamos. Esto es bien claro. Como lo es también que la meditación es el alma de la oración, porque para pedir una cosa es menester desearla, y para desearla es menester conocerla, y para conocerla es menester pensar sobre ella, es decir, meditar. La meditación es, pues, el alma, la base, la condición necesaria de la oración bien hecha, y debe preceder a ella y mezclarse con ella, para que sea más fructuosa.

 

   Pero si la meditación es el alma de la oración, la oración es el alma de nuestra alma. En efecto, dice un autor; saber hablar con Dios y escuchar a Dios es, sin disputa, para el hombre, la fuente de todo bien. Con esta conversación, el infierno no sería infierno; sin ella, el cielo no sería cielo. Haced que un hombre converse con Dios; si continúa, se ha salvado: separadlo de Dios; si se obstina en esta separación, se ha perdido.

 

   «Dadme diariamente un cuarto de hora de oración mental, decía Santa Teresa, y yo os daré el cielo.»

 

   Pues qué, preguntará tal vez alguno, ¿Tan necesaria es la oración? Tan necesaria, le contestaremos nosotros, como necesaria nos es la salvación. Una sola cosa es necesaria, decía nuestro adorable Redentor; y está sola cosa es, sin duda, la salvación. ¿Qué ha de haber más necesario que ella, si sólo para salvarnos hemos sido criados? Pues bien; esta sola cosa necesaria, la salvación, no quiere Dios dársela a los que, habiendo llegado al uso de la razón, no se la piden.

 

   San Agustín dice que hay algunas cosas como son, el principio de la fe, el deseo de orar, los primeros movimientos hacia el bien y otras a este modo, que el Señor nos las da sin que se las pidamos; pero añade que son infinitas las que sin que se las pidamos no quiere dárnoslas; y entre estas enumera la gracia santificante, la victoria contra las pasiones, y sobre todo, el don de la perseverancia final, sin el cual no hay salvación para nosotros.

 

   Ya ves, pues, lector, si es necesario orar: tan necesario como salvarnos; y salvarnos es, ya lo has oído, la única cosa necesaria. ¿De qué le sirve al hombre, nos dice el Salvador, ganar todo el mundo si pierde su alma?

 

TEÓFILO NÍTRAM.

Año 1895.

ALMAS DESAMPARADAS

 



 

   Grande es  el número de esas almas que por falta de parientes o amigos que por ellas rueguen, o lo que ha de ser para ellas más triste, olvidadas de sus deudos y allegados, sólo cuentan por único auxilio con las oraciones que en su sufragio eleva la Iglesia hasta el trono del Altísimo.

 

   Muchas personas piadosas tienen la laudable costumbre de rezar diariamente después del Santo Rosario un Padre Nuestro por el ánima más sola; por aquella más abandonadas y necesitadas.

 

   Tantas ánimas solas hay desgraciadamente en el Purgatorio, por el culpable abandono e incalificable olvido de sus parientes y amigos. Cuantos hay en la generación actual, que  tiene a sus difuntos, en tan inmisericorde olvido.

 

   Pidamos por ellas, en la seguridad de que en la hora tremenda de nuestra muerte tendremos amigos desconocidos que abogarán por nosotros y pagarán con creces el honor que les hayamos dado con nuestro culto o el beneficio que les hayan proporcionado nuestros sufragios.

 

APOSTOLADO DE LA PRENSA

Año 1896.

DE LA FERVOROSA ENMIENDA DE TODA LA VIDA - Tomás de Kempis.

 



1. Vela y trabaja con ardor en el servicio de Dios, y a menudo piensa: «¿A qué vine?», «¿para qué abandoné el mundo?» ¿No fue para hacerte varón espiritual y vivir para Dios? Inflámate, pues, en deseos de adelantar; que pronto recibirás el premio de tus fatigas y ya no habrá dolor ni temor en la otra vida. Ahora trabajarás un poquito, para después descansar mucho; más bien dicho, para ser eternamente feliz. Si tú perseveras fiel y fervorosamente en practicar la virtud, Dios será ciertamente fiel y generoso en recompensarte. Ten firme esperanza de alcanzar la palma: pero la seguridad absoluta no te conviene, pues podrías entibiarte o envanecerte.

 

2. Un día sucedió que se sentía consumido de tristeza un hombre que lleno de angustia fluctuaba a menudo entre la esperanza y el temor. El cual, postrado en oración ante un altar, así discurría en su corazón: «¡Ojalá supiera que había de perseverar!» De repente sintió que le decía Dios dentro del alma: «¿Y qué harías, si lo supieras? Haz ahora lo que en ese caso querrías hacer, y así estarás bien seguro.» Y de esa manera confortado, y consolado se confió luego a la voluntad de Dios, y se le quitó aquella angustiosa incertidumbre. Y ya no cedió a la curiosidad de saber qué sería de él: lo que sí procuraba saber qué cosas son las más perfectas y agradables a Dios para hacer su voluntad en todo y agradarle. «Espera en Dios, obra bien, y habitarás la tierra y gozarás de sus riquezas», dice el Profeta (Sal 36, 3).

 

3. Una sola cosa arredra a muchos de emprender ardientemente la enmienda de la vida y el adelanto en la virtud: horror a las dificultades, a los sudores de la lucha. Lo que  realmente hacen mayores adelantos en la virtud son los que con más valor combaten para vencer lo que más se lo impide, lo que sienten más difícil. Porque cuanto más se vence el hombre, y más sujeta la carne al espíritu, tanto mayor gracia merece y más adelanta en la virtud.

 

4. No todos tienen tanto que vencer y mortificar. Y uno que tenga celo y diligencia, aunque por otra parte tenga muchas pasiones que vencer, tendrá más vigor para el aprovechamiento espiritual que otro más bien inclinado, pero también menos fervoroso para la virtud. Dos son las cosas que más ayudan para una gran enmienda de la vida: la una es la vigorosa represión de las malas tendencias naturales; la otra, la firme y fervorosa persistencia en adquirir las virtudes de que uno necesite más. Pon también empeño particular en evitar o corregir de las faltas que suelen desagradarte en los demás.

 

5. Aprovecha todos los medios de adelantar. Anímate a imitar los buenos ejemplos que vieres y oyeres contar. Y si observares alguna falta en otros, guárdate de caer en lo mismo. Y si ya hubieses caído, enmiéndate pronto. Así como tú observas a los demás, así los demás te observan a ti. ¡Cuánta alegría y consuelo se siente de ver a los hermanos llenos de fervor y devoción, viviendo en estrecha disciplina, con santas costumbres! Pero ¡qué pesar y tristeza de verlos vivir, desordenadamente, sin hacer las obras propias de su vocación! ¡Cuánto daño hace descuidar el fin de la vocación y aplicar la atención a cosas que no nos atañen!

 

6. Acuérdate del propósito que hiciste, y pon ante tus ojos la imagen del Crucificado. ¡Qué vergüenza debiera darte al meditar la vida de Jesucristo! Porque, aunque hace ya tanto tiempo que vas por el camino de Dios, no te has esforzado todavía bastante por conformar tu vida con la suya. El religioso que medite atenta y devotamente en la vida y pasión del Señor, allí encontrará en abundancia cuanto sea necesario y útil para su alma, y no podrá hallar cosa mejor fuera de Jesús. ¡Oh, que pronto y bien enseñados quedáramos, sólo con que Jesús crucificado penetrase hasta nuestro corazón!

 

7. El religioso ferviente recibe y aguanta bien cuanto se le ordena. Mas el negligente y tibio padece tribulación sobre tribulación, y de todos lados sufre angustia, porque ni tiene consuelos interiores, ni se le permite buscar los exteriores. El religioso inobservante se expone a graves caídas. Quien ande buscando lo más suave y menos estricto, vivirá siempre angustiado, porque una cosa u otra le disgustará.

 

8. ¿Cómo emplean el tiempo tantos otros religiosos que con tanta austeridad viven en la rígida disciplina del claustro? Poco salen, viven retirados, comen pobrísimamente, visten toscos hábitos, trabajan mucho, hablan poco, velan buena parte de la noche, se levantan temprano, hacen largas horas de oración, leen a menudo, y se guardan bien, observando todos los puntos de la regla. Mira cómo los cartujos, cistercienses y otros monjes y monjas de diversas órdenes se levantan todas las noches a cantar himnos al Señor. ¡Qué vergüenza si para tan santo ejercicio te venciera la pereza a la hora en que tan gran muchedumbre de religiosos comienza a entonar cánticos de júbilo al Señor!

 

9. ¡Ojalá que no tuviéramos otro quehacer sino cantar alabanzas a nuestro Dios y Señor con todo el corazón! ¡Ojalá jamás necesitaras comer, ni beber ni dormir; sino que pudieras estar siempre alabando a Dios, entregado exclusivamente a cosas espirituales! Serías mucho más feliz que ahora que tienes que atender al cuerpo en sus varias necesidades. ¡Ojalá que no las hubiera, sino puros banquetes espirituales para nuestras almas, de los cuales, ¡ay!, cuán pocas veces gozamos!

 

10. Cuando ha llegado el hombre al grado de perfección de no buscar ya su consuelo en criatura alguna, entonces es cuando por vez primera se deleita plenamente en Dios, y se hace indiferente a cuanto pueda suceder.

 

Entonces ni se alegra de la abundancia, ni se entristece de la escasez; con plena confianza se pone en manos de Dios, quien es para él todo en todas las cosas; para quien nada muere o perece; para quien viven todas las criaturas, las cuales le obedecen y a una señal le sirven sin tardar.

 

11. Jamás olvides la muerte y que el tiempo perdido ya no vuelve. Sin trabajo y esfuerzo nunca adquirirás las virtudes, empieza a entibiarte, empezarás también a turbarte. Pero, si te entregas al fervor, hallarás profunda paz, y el trabajo se te hará más ligero por la gracia de Dios y el amor a la virtud. El hombre fervoroso y diligente a todo está preparado. Es más duro trabajar en resistir a las pasiones y vicios que en faenas corporales pesadas. Quien no evita faltas leves, cae poco a poco en graves Siempre estarás contento en la noche, si aprovechas bien el día. Vigílate, anímate y amonéstate, y sea lo que fuere de los otros, de ti no te descuides. Según te hicieres violencia, así aprovecharás. Así sea.

 

“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

martes, 3 de noviembre de 2026

LOS OLVIDADOS – Pensamientos para el mes de Noviembre.

 



 

   Cuando morimos, vamos a esa región que el salmista llama – “Tierra del Olvido”.

 

   Como dijo san Agustín con tristeza: ¡Oh! ¡Cómo olvidamos a nuestros muertos!

 

   Y San Francisco de Sales añadió: “No recordamos lo suficiente a nuestros muertos; tanto es así que casi no hablamos de ellos. Evitamos el tema como si fuera algo ominoso.”

 

   Dejamos que los muertos entierren a sus muertos. Su recuerdo se desvanece en nosotros con el tañido de las campanas. Pocos recuerdan que la verdadera amistad no termina con la muerte, porque el verdadero amor es más fuerte que la muerte. Solo la religión de Jesucristo cultiva, con extrema ternura, la reconfortante y fuerte amistad que trasciende las tumbas y llega al seno de la eternidad.

 

   Solo las almas verdaderamente piadosas jamás olvidan a sus seres queridos arrebatados por la muerte. El dogma de la comunión de los santos es una de las fuentes de consuelo más ricas de la Iglesia. Gracias a él, no seremos olvidados para siempre. Cada día, ante el sagrado altar, el ministro del Señor recuerda con añoranza a los difuntos e implora la Divina misericordia para ellos.

 

   El Oficio Divino siempre repite: – “Y las almas de los fieles, por la misericordia de Dios, descansen en paz”

 

   ¡Qué consuelo nos brinda la fe! Que el pensamiento de la muerte nos humille, pues no nos hará olvidar. Que el dogma de la Comunión de los Santos nos consuele. Para la Iglesia, nuestra amada Madre, jamás seremos olvidados.

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

 

lunes, 2 de noviembre de 2026

“LA MANO DE FOLIGNO”

 




“LA MANO DE FOLIGNO”

 

(Prueba de la existencia del Purgatorio.)

 

   Autorizado con la firma de Juan de Vuray, aparece en el último número del Petit Messager du Coeur de Marte el relato que a continuación traducimos:

 

   En 1895 recorría yo algo apresuradamente la Italia: un mes en Roma, sólo algunas horas en Nápoles, en el Vesubio y en las ruinas de Pompeya; a la vuelta, Ancona y el Santuario de Loreto, de donde el ferrocarril me conducía a Foligno, donde había que esperar durante algunas horas el correo para Asís, Bolonia, Padua y Venecia. ¿En qué invertir aquellas horas de parada? Entonces acudo a mi memoria el nombre de la bienaventurada Angela de Foligno.

 

   Entré en tratos con un cochero y, arriesgándome a cualquier exposición, le dije que me llevara al monasterio de la Beata Angela. Mi hablar en francés, aunque acentuado a lo italiano, le hizo abrir extraordinariamente los ojos y hacerse todo oídos; pero ni aun así me entendía. A su vez demanda el auxilio de un compatriota suyo, al cual repito mi deseo, y después de pensarlo y de cambiar entre ellos palabras y miradas, los dos italianos me hicieron señas de que, poco más o menos, me entendían

 

   Un cuarto de hora después  me dejaba el carruaje en la puerta de un convento. Abrió la tornera y procuré explicarle que yo deseaba venerar las reliquias de la Beata Angela; reflexionó, me hizo repetir mi petición, pareció comprender y acabó por introducirme en una capilla.

 

   Pasados cinco o seis minutos me llamó y condujo a un modestísimo locutorio. Tan pronto como llegué al cual abrióse una ancha reja tras de la cual vi a una religiosa de finas y distinguidas facciones que me habló en francés correctísimo.

 

   — ¿Venís para ver la mano? —me dijo—

   — ¿La mano? reverenda Madre, no sé; yo he venido para venerar las reliquias de la Beata Angela.

   — Esas reliquias no están en este convento; lo que aquí tenemos es el recuerdo de la Beata Angelina; en cuanto a sus reliquias, así como las de la Beata Angela, están en una iglesia que yo haré que enseñen a usted. Lo que puede usted ver aquí es la mano.

   — ¿Qué mano?

   — Mire usted esa puerta.

 

   Y volviéndome a medias contemplé un trozo de puerta que, evidentemente, acababan de poner junto a la pared para que yo lo viese. En la parte de en medio estaba la señal de una mano impresa como con hierro candente, algo separados los dedos, y en blanco el sitio que hubiera correspondo a la palma de la mano.

 

   ¿Presentóse entonces en mi memoria la vaga reminiscencia de un relato de Monseñor Seguí? Dirigí luego una mirada interrogadora a la reverenda madre, que me respondió:

 

   — Es la huella de la mano de una Superiora que me ha precedido aquí... El hecho sucedió a mediados de este siglo. Acababa de morir esta Superiora en olor de santidad, por lo cual nuestras religiosas más se inclinaban a invocarla como a una escogida del paraíso que a rogar por su alma. Pero un día hallábase Una monja trabajando en la lencería, cuando la Superiora, recientemente fallecida, se le apareció. Dejo a la consideración de usted cuál sería la emoción de la religiosa, a la cual preguntó la difunta:

 

   — ¿Por qué la Comunidad no reza por mí?

   —  Pues porque se os cree en el cielo.

   —  Estoy en el Purgatorio, donde sufro tormentos indecibles.

 

   En seguida apoyó su mano sobre la puerta, y desapareció dejando esa señal como prueba.

 

   Inútil es decir  a usted Usted que la Comunidad se puso en oración, y si serían fervorosos sus ruegos. Algunos días después la nueva Superiora tuvo revelación de que las oraciones habían sido atendidas y que el alma de la difunta había pasado desde el lugar de expiación al de la bienaventuranza.

 

   Tal fué el relato de la religiosa, mientras yo tenía ante mi vista la huella negra de la mano, señalada como con hierro candente.

 

Por SÉRVULO. Para el Apostolado de la Prensa. Año 1903.

EL POZAL FLORIDO (Cuento Catalán)

 



 

   Contaban los abuelos de mi tierra, que corría en aquellos tiempos entre Todos Santos y Manresa un famoso capitán de ladrones tan generoso, que lo más de lo que robaba lo repartía entre los pobres. Disponía sus robos con gran estrategia, como quien iba a tomar una fortaleza enemiga: y asi, burlaba siempre con tal arte la persecución de la justicia, que sus ministros nunca le pudieron prender y salían a veces completamente batidos.

   Gloriábase de ser buen cristiano, y como tal cumplía con los preceptos de la Iglesia, no queriendo pasar año sin confesarse. Y ¡Ay del confesor que se atreviese a negarle la absolución en caso de no querer dejar su oficio!, porque sin contemplaciones le quitaba la vida.

   Un año, cerca del cumplimiento Pascual se presentó a la portería de un convento pidiendo confesión.

   Salió el Prior; y cuando entendió que quien deseaba confesarse era el famoso capitán matador de los confesores que rehusaban absolverle, lleno de un miedo cerval se retiró, prometiéndolo que ya lo mandaría quien le confesara. En esto reunió al instante sus frailes y les contó el caso.

 

   —Padre Prior—dijo uno—si Vuestra Reverencia quiere, yo le confesaré.

   —Pero, hijo—repuso el Prior— ¿No ve Ud., que le matará?

   —No tenga Ud., miedo; yo me las compondré.

   Obtenida, pues, la licencia, se llevó al ladrón al confesonario, sentóse, y el penitente se arrodilló a sus pies. Cuando acabó éste de referir sus atroces culpas, le preguntó el fraile: ¿tiene Ud., algo, más de que acusarse?

   —No—contestó el ladrón, y sacó el puñal para clavárselo en caso de que se negara a darle la absolución.

   —¿Está, Ud., en ayunas?—añadió el fraile.

   —Bebí esta mañana un sorbón de anisete

   —dijo el penitente.

   —Bien está—le dijo el religioso. —Le impongo la penitencia de que medite Ud., por tres días esta máxima cristiana: ¡LO QUE NO QUIERAS PARA TI, NO QUIERAS PARA OTRO!, y después de bien rumiada, vuelva Ud., en ayunas, y recibida la absolución, podrá Ud., comulgar. Dìjole estas palabras con tal dulzura, y le chocó en tanto grado la penitencia impuesta, que, metido el puñal en su vaina, partió con ánimo de volver al día señalado.

   En todo el camino no hizo más que rumiar la máxima: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” Llegó pensativo a su cuadrilla, viéronle preocupado sus compañeros, pero no hicieron caso por creerse que proyectaba alguna buena partida.

   Aquel día no comió nada ni dijo palabra.

   Llegó la noche, y le preguntaron qué expedición tenia pensada.

   Contestó que no estaba para nadie y que le dejaran en paz.

   Era que en aquellas tinieblas veía por do quiera escritas con caracteres fulgurantes aquellas palabras: “Lo que no quieras para ti, no quieras para otro.” ¿Cómo he de ir a tomar lo ajeno, se decía, si no quiero que me quiten lo mío?

   Cuando sus compañeros le dejaron solo, eran tan violentos los remordimientos de su alma por los crímenes cometidos en tantos años como había sido capitán de ladrones, que no pudiendo sufrir su inquietud y malestar, al segundo día huyó y volvió al convento donde se había confesado. Llegó allí al rayar del alba, llamó a la puerta y preguntó por su confesor.

   —Ud.,—le dijo—me dio por penitencia que meditase el adagio: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro. Me es imposible cumplirla si persevero en mí empleo de ladrón.

   He aquí que quiero renunciar a ser un ladrón, y vengo a  pedir pues, que me acojan en el convento. Haré cuanto me manden, por un mendrugo de pan con que pasar la vida.

   Acogiólo el convento, y con los edificantes ejemplos de aquellos religiosos concibió tal aborrecimiento de sus espantosos delitos, que pidió hacer una confesión general de toda su vida.

   El confesor, aterrorizado de tan horrendos crímenes y maldades, dióle la absolución, y le despidió diciendo: Tan posible es que Dios te perdone, como que florezca el pozal de la cisterna.

   Se le metió tan en el alma esta expresión, que no pudo comer aquel día ni dormir en toda la noche. Al otro día por la mañana, al ver los fraile que el penitente no comparecía, llamaron a su celdita y no respondió; abriéronla con fuerza, y encontraron al ladrón muerto en tierra con las manos cruzadas sobre el pecho. ¿Quién sabe si habia muerto de pena por sus gravísimos delitos?

   ¿Se habría salvado su alma? Un hermano fue aquella mañana a la cisterna en busca de agua, y encontró el pozal florido, embalsamando el ambiente con su aroma. Entonces el confesor recordó lo que habla dicho, sacando de aquí que por grandes que sean los pecados, todos se perdonan con una buena confesión hecha con verdadero arrepentimiento.

 

FRANCISCO  J. BUTIÑÁ. S. J.

Año 1894.