miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA INFANCIA Y LA ORACIÓN.

 



   


   ...De todos los espectáculos que pue de ofrecer el género humano, ¿hay alguno más conmovedor, más suave y atractivo, que un niño que reza?

 

   Su madre le ha puesto de rodillas sobre su camita, le ha hecho juntar las manecitas y le enseña a pronunciar, una a una, las palabras de una breve oración; ésta será, por ejemplo, si es muy pequeño, la exclamación sencilla y humilde: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía, o si es mayorcito, el sublime Padre Nuestro y Ave María.” Por la mañana, el niño levanta su carita al cíelo azul, cuya pureza se refleja en el cristal inmaculado de sus ojos; y por la noche, a la luz de una vela, cual lámpara, en la alba templada y tranquila, parece que un ángel asiste, oculto en las sombras, a la deliciosa escena, para dar testimonio en el Paraíso de este adorable acto de fe.

 

   Sin duda, el niño no comprende todavía las palabras sagradas que pronuncia, pero sabe que su madre se complace en oírselas repetir; la mira sonriente echando de ver que sus caricias son más tiernas: y junto a ese corazón que late, respirando esa atmósfera de amor y de piedad, se despierta en su alma el instinto religioso.

 

   En cuanto esa Madre feliz, no hay en su vida instante más dulce que aquél en que presenta ante Dios a su niño envuelto en la tenue camisilla, con las manos juntas, y de rodillas en su pequeña cama. ¡Qué inmensa dicha rezar con él, por él y para él.

 

   Y el hombre que en la niñez aprenda a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y las luchas de la vida, las rebeldías de la razón y de los sentidos, podrán conducir le a la incredulidad. Pero un respeto de fe infantil queda siempre en el fondo de su alma. Llega la hora de la prueba, la hora de un gran dolor físico o moral... ¡Ah! Cómo se acuerda enseguida el hombre maduro del día lejano en que, arrodillado en la cuna, sentía en sus mejillas el calor del rostro de su madre, que le enseñaba el Padre Nuestro y el Ave María.

 

   Y entonces, probablemente, sentirá que su orgullo se derrumba, cubrirá su rostro con las manos y lanzará ese grito tan propio de toda boca humana: ¡Dios mío tened compasión de mí!

 

   Este grito, para un alma que naufraga, es el faro que brilla en las tinieblas junto al puerto de salvación.

 

“Francisco Coppée”

Año 1934.

martes, 22 de septiembre de 2026

LA TARDE DE LA VIDA “LA VEJEZ”

 




LA TARDE DE LA VIDA

“LA VEJEZ”

 

Por el R. P. Ch. Laurent. De la Sociedad de María.

Traducción de D. Francisco José Vergara, Pbro.

 

   La primera ley de nuestra existencia decaída es ser efímera, no durar sino un espacio de tiempo; y lo que debe acabar es siempre corto. Nuestra vida será más o menos agitada, más o menos brillante; podrá ser rica de prosperidades, o más bien tejido de decepciones y larga serie de amarguras; no importa : al fin acabará: será siempre breve.

 

   Sin embargo, amamos esta vida tan efímera como si debiera durar siempre. La embellecemos de ilusiones renovadas sin cesar, olvidando que todo aquello tendrá término, y que a las rápidas alegrías de la víspera sucederán sin remedio las tristezas del mañana. Dentro de poco tiempo será nuestra alma como un árbol que ha dado ya sus flores y sus frutos, y deja ver amarillas sus hojas; o si aún conserva algunas flores, serán éstas como las de otoño, raras y tímidas, como inciertas del mañana. Un soplo de invierno pasará entonces sobre nuestra alma entristecida, a la que nadie podrá ya devolverle su frescura. Será el luto por el pasado, que comienza, y este luto ya no se puede abandonar.

 

Escuchemos al poeta:

 

El libro de la vida, libro supremo,

No se puede, al arbitrio, abrir o cerrar,

No se lee dos veces el dulce instante:

Tórnase por sí misma la hoja fatal.

A la página grata volver querríase,

Y la página triste de nuestra muerte

Ya bajo nuestros dedos acaso está.

 

(LAMARTINE)

 

   Tras los años de juventud y de alegrías, tras la edad madura y sus austeros deberes, se acerca el fin. Ayer aún nos sentíamos jóvenes y vigorosos. Brisas de primavera soplaban en nuestras frentes; mil sueños felices acariciaban nuestras almas, y poblaban de esperanza el porvenir. Eso era ayer; pero hoy hay ya menos luz en nuestro cielo; menos poesía y perfume en nuestros pensamientos; formamos pocos proyectos; no hablamos de esperanzas. Son tristes nuestras sonrisas y furtivas nuestras alegrías. El corazón mismo se fatiga; siente disgustos que hasta entonces no habría conocido y a ciertas horas de desencanto se ve invadido de irresistibles melancolías. Sentimos deseos de llorar, acaso por vez primera, sin saber la causa de estas lágrimas que a pesar nuestro brotan. Es la vejez que llega ¡Qué pronto! Jamás lo habíamos pensado, ni querido que de ella se nos hablase, ni atreviéndonos a imaginarla siquiera.

 

   El largo hábito de una vida desbordante de energías y de empresas realizadas nos había acarreado un mundo de halagüeñas ilusiones; parecía que este sueño no había de desvanecerse nunca, ni aun mancharse de sombras ¡Qué importaba el camino recorrido! Ni siquiera habíamos pensado en calcularlo o medirlo. Bastaba una mirada al plácido horizonte, sobre el camino sin término que a los ojos se presentaba.

 

  No obstante echamos de ver un día que el tiempo está cumpliendo su tarea: sorpréndenos a veces vernos enfrente de tristes realidades: nuestra mirada ya no tiene la fuerza y claridad de antes; surcan arrugas nuestra frente empañada, despojada de la frescura de los primeros años; la lentitud se apodera de nuestros miembros; el cuerpo todo se hace pesado y pare ce encorvarse bajo un fardo invisible; se diría que una mano misteriosa oprime nuestra espalda, y hace inclinar la frente hacia la tierra.  Tal, en las últimas horas de un baile, las armonías se apagan poco a poco; las luces van extinguiéndose; las flores inclinan su corola marchita y sin perfume, las sombras reinan ya doquiera, y por fin el silencio.

 

   No sin pena contemplamos entonces el pasado que se escapa. Murmuramos acaso contra esta ley de las declinaciones inevitables, y acusamos por lo bajo el fastidioso destino que hace tan breve los años de juventud y felicidad.

 

   Dios, sin embargo, como en todo, se muestra bueno y piadoso en la aplicación de esta ley, y esta misma tristeza y desencanto nuestros son una de las formas benditas de su Providencia. Sabiendo que nos será preciso, tarde o temprano dejar esta vida transitoria, y salir de este mundo e n que hemos sido puestos sólo por cierto tiempo, va así preparándonos con admirables precauciones a los adioses últimos. De este modo va quitando los risueños colores de ese horizonte de que nuestra mirada debe desprenderse, y hace indiferente un porvenir con el cual no podemos ya contar. Va enfriando lentamente este mismo corazón que ya no es capaz de amar como en otros tiempos. Le arranca una por una sus ilusiones, y despierta en nosotros esos disgustos que reemplazan los engañosos goces de vida, y hacen soñar con una dicha real, y ya cercana.

 

   Una dama del gran mundo, al día siguiente de un duelo que había roto la felicidad de su vida, tomaba por divisa, siguiendo la costumbre de su tiempo, estas palabras: Plus ne m' est rien, rien ne m' est plus. “Mas, para mí, nada; nada para mí más” ¡Qué mejor expresión del amargo tedio de un alma a quien todo viene a ser indiferente! Dando a estas palabras inspiración cristiana, y sentimientos de religiosa resignación, conviene a todos los que Dios invita a este desprendimiento de la vida; y así estarán en el orden cuando puedan decir sin amarguras ni reclamos: Más para mí, nada; nada, par a mí, más.

 

La vida como sombra se evapora;

La corriente del tiempo nos arrastra;

No vuelve a verse la tocada orilla,

Y la on da corre, corre apresurada.

✠✠

Los tristes ojos revolviendo en torno

Igual a lo que vieron no ven nada;

Se vive, más se duda por momentos

Ser el mismo que un día comenzara.

✠✠

¿Qué es pues lo que se agita, y lo que pasa

Fugitivo y cambiante en el espacio?

¿Vana apariencia, o firme realidad?

Lo que creo tener, y se me escapa,

Y al querer estrecharlo se desliza,

¿Qué cosa es, sino la Eternidad?

 

(Mons. Lagrange)

 

REVISTA EL HOGAR CATÓLICO

(Año 1908)

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

SAN MATEO. Apóstol y Evangelista. (21 de septiembre)

 



 

   Desempeñaba este Santo en Galilea el odioso oficio de alcabalero o recaudador de los tributos impuestos por los romanos a las naciones sujetas a su dominio, y hallábase sentado en su tienda, a la puerta de Cafarnaúm, cobrando la alcabala, cuando al pasar por allí Jesús, le miró con ojos compasivos y le dijo que le siguiera. Obedeció Mateo, y, dejando su oficio, se unió a Él inseparablemente.

 

   Mateo queriendo manifestar al Salvador el aprecio que de su sagrada persona hacía, le convidó un día a comer en su casa, no sin que al banquete concurrieran muchos publícanos, que los fariseos tenían por hombres de mala conciencia y pecadores públicos.

 

   Dijéronles entonces a los otros discípulos:

 

   — ¿Por qué se junta vuestro Maestro a comer con los publícanos y pecadores? Y entendiéndolo Jesús, les contestó:

   — Bien sabéis que el médico es necesario para el enfermo; el que está sano no le necesita.

   — Aprended qué significa aquello de misericordia quiero y no sacrificio; sabed que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

 

   Este discurso acabó de cautivar el corazón de Mateo, de suerte que desde entonces fué su compañero inseparable, testigo de sus prodigios y constante discípulo de su doctrina.

 

   Escribió su Evangelio según lo que había visto y oído al Divino Maestro; predicó en la Judea y en Etiopía. Por su influjo, Ingenia, hija del Rey de esta comarca, consagró a Dios, con otras muchas doncellas, su virginidad, y muerto el padre de la joven, Hirtaco, su tío, se apoderó del trono y quiso, para reinar más seguro, casarse con ella, que no consintió; pero como Hirtaco estaba persuadido de que el Apóstol era el que sostenía la resolución de Ifigenia, mandó que le mataran, como lo hicieron estando el Santo celebrando Misa el 21 de Septiembre del año 90.

 

APOSTOLADO DE LA PRENSA

Año 1906

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

LA ÚNICA PAZ DEL CRISTIANO, ES HACER LA GUERRA AL MUNDO SIN MIEDO. – Por el P. Andrés Morello S. J. M.

 






LA ÚNICA PAZ DEL CRISTIANO, ES HACER LA GUERRA AL MUNDO SIN MIEDO. –  Por el P. Andrés Morello S. J. M.

 

   “No he venido a traer la paz sino la guerra” (Mt. 10, 34). Son palabras de Nuestro Señor y como tales deben ser entendidas. Son palabras del Príncipe de la Paz, el Único que la tiene y el Único que puede darla. “Mi paz os dejo, mi paz os doy... No como el mundo la da” (Jn. 14, 27).

 

   Jesucristo es el Príncipe de la Paz, pero de la paz de Dios. Pacificar a un alma es ponerla en orden, en sus afectos, en sus amores, en sus pasiones y deseos. Consiguientemente pacificar a los hombres, a la sociedad y al mundo es también ordenarlos. Poner al mundo en orden significa necesariamente cambiar muchas cosas, una infinidad, hoy desordenada. El mundo de hoy es un mundo de valores falsos e invertidos, de amores equívocos, de deseos caóticos, de conductas errantes.

 

   Para poner a este mundo pervertido en orden será necesariamente hacerle la guerra, enfrentarse, oponerse; será decir y hacer de una manera radicalmente contraria a como dice y hace la orientación actual de las sociedades.

 

   Para Cristo y el cristiano, para la verdadera Iglesia y para el católico valen la familia y los hijos, la Fe y la honradez, la lealtad y la integridad, la consciencia y la vida limpias, los buenos creyentes y los buenos sacerdotes.

 

   Para el mundo no.  El mundo dice: Destruyamos la familia, defendamos su disolución, el divorcio y la unión libre, momentánea, pasajera...

 

   Defendemos la Fe en el Único Dios verdadero y en el Único que puede salvar; pero el mundo quiere que respetemos todos dioses que no es respetar a ninguno y menos al verdadero...

 

   Queremos la honradez siempre y para todos; para el mundo la única honradez es económica o fiscal. Para el mundo un degenerado que paga los impuestos es un hombre respetable; y si se trata de alguien famoso, artista o millonario, su condición, como a los dioses mitológicos, lo dispensa de todo delito. Para nosotros, los católicos no.

 

   Poner al mundo en paz es ordenarlo. Ordenarlo es oponerse a sus falsos principios imponiendo los de Dios y de la recta razón, es erradicar las malas conductas, los vicios y las degeneraciones que hoy pretenden derechos y respeto.

 

   O respetamos a Dios o al mundo, o cumplimos los Mandamientos del Decálogo o manda la Declaración de los derechos humanos, o respetamos lo que Dios hizo y quiso o Sodoma tiene razón. La historia sagrada dice que no.

 

   La Fe en Dios y el amor exclusivo que le debemos supone de manera necesaria y absoluta la oposición irreductible al mundo enemigo de Dios. Esa lucha, ese combate, suponen valor, valentía, entereza, coraje y constancia.

 

   El valor no abunda ni entre cristianos ni entre clérigos. También en el Calvario sólo San Juan mostró entereza.

 

   Cuando fue necesario seguir a Cristo al combate supremo de la Cruz los enfermos, los leprosos, los resucitados, los ciegos de nacimiento, todos, olvidaron las gracias recibidas.

 

   Vergüenza es decir, pero falta valor, falta hombría para seguir a Dios. El miedo acobarda a los cristianos, el respeto humano hace enanos a los grandes y también el temor de ser más valientes que muchos sacerdotes y obispos incapaces de defender a Dios.

 

   La iglesia de la misa protestante, la que pide perdón a todos menos a Jesucristo, la que reza en el areópago de todos los dioses no tiene hombría ni puede tenerla. En el calvario de esta época malsana, más parecen fariseos que cristianos.

 

   Suenan en el cielo de la historia presente las palabras de Cristo Señor Nuestro: “Quien no está conmigo está contra Mi” (Mt. 12, 30).

 

   ¡Seamos hombres para Dios!

 

“CATÓLICOS ALERTA”

 

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

CONGRESO MASÓNICO ARGENTINO (Septiembre de 1905)

 




CONGRESO MASÓNICO ARGENTINO

(Septiembre de  1905)

 

   Cuando el lector lea la presente Crónica se habrá celebrado en Buenos Aires un Congreso masónico americano, en el que, entre otras, se pondrán a votación las siguientes conclusiones:

 

   1. Separación de la Iglesia y el Estado.

   2. Instrucción laica gratuita y obligatoria hasta la edad de catorce años.

   3. Limitación de la propiedad de las asociaciones religiosas a lo estrictamente necesario para el ejercicio del culto.

   4. Supresión de las Órdenes monásticas.

   5. Supresión de las fiestas religiosas.

   6. Supresión del uso de las campanas en las iglesias.

 

   Se ve por lo expuesto que la acción de las logias es universal y simultánea, al contrario de lo que, desgraciadamente, ocurre con la acción católica en el terreno social, en el que obra en cada nación de un modo aislado y por iniciativas laudables, sí, pero independientes unas de otras y sin tener entre sí otro lazo de unión que el de la identidad de sus fines, pero no el de la homogeneidad de procedimientos, que sólo se obtiene por medio de una dirección permanente y común a todos los organismos de que la acción antimasónica carece.

 

   Y no hay que darle vueltas: mientras a la acción masónica organizada no se oponga otra acción católica internacional cuyos organismos funcionen regularmente en la lucha entablada entre el bien y el mal, los católicos llevaremos la peor parte.

 

TEODOSIO.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Revista semanal española.

Órgano del Apostolado de la Prensa

 

LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO (17 de septiembre)

 




LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO

(17 de septiembre)

 

   Muchos santos personajes —dice J. M. A. Vacant, de quien tomamos los conceptos de este artículo — han llevado visiblemente llagas semejantes a las del Salvador crucificado: el más célebre es San Francisco de Asís.

 

   He aquí como recibió sus estigmas:

 

   Dos años antes de su muerte se hallaba en el monte de Alvernia; era hacia la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, cuando una mañana en que oraba fué arrebatado en éxtasis. Vió a un serafín que tenía seis alas, entre las cuales había un hombre con los pies y las manos extendidas en cruz y semejante al Salvador crucificado. Después de esta visión el alma de Francisco quedó llena de ardiente caridad, y las señales de las cinco llagas del Salvador aparecieron en su cuerpo y fueron vistas, a pesar del cuidado que tenía de ocultarlas, durante su vida, y sobre todo después de su muerte. No eran solamente cicatrices, pues llevaba en los pies y en las manos verdaderos clavos formados con su carne y de color de hierro. Estos clavos tenían una cabeza redonda y negra que se apoyaba en lo interior de las manos y en lo alto de los pies; sus largas y aceradas puntas pasaban al otro lado volviendo sobre sus manos y pies, de modo que parecían haber sido encorvadas con un martillo. El costado derecho de Francisco llevaba una herida roja y cicatrizada, como si hubiera sido taladrado con una lanza; durante su vida, con frecuencia salía de ella sangre que manchaba sus hábitos. San Francisco murió en 1226 y sus llagas fueron instrumento de una porción de milagros.

 

   He aquí los principales documentos en que estos hechos son referidos con las expresadas circunstancias: 1° Una biografía del Santo, escrita antes de 1230 por orden de Gregorio IX, por Tomás Celano, discípulo y compañero de San Francisco. 2 ° Obra biografía escrita por Coperan viviendo el mismo Papa, es decir, antes de 1241, 3 ° Una leyenda de los milagros del santo hombre escrita en 1246 por tres discípulos suyos franciscanos, uno de los cuales, llamado Rufino, había tocado sus llagas mientras vivió. 4 ° La vida de San Francisco, escrita por San Buenaventura hacia 1260, después de haber visitado los lugares en que el Santo había vivido y de interrogar a los que la habían visto. Los Bolandistas (4 de Octubre) han probado que estas diversas biografías no habían sido alteradas posteriormente en lo que concierne a los detalles que hemos referido. Para este aserto se apoyan en la lectura do los ejemplares más antiguos, en muchas Letras apostólicas de Gregorio IX y de Alejandro IV, que habían conocido a San Francisco, y on otros varios testimonios.

 

   No hay duda que autores que han venido luego han añadido hechos legendarios a la historia de San Francisco; algunos hasta han pretendido deducir del hecho de esas llagas conclusiones doctrinales arriesgadas y singulares; pero la autoridad eclesiástica nunca se ha hecho cómplice de estos errores, que no pueden invocarse contra la realidad de los hechos que hemos referido, porque estos están justificados.

 

   Los que quieren la demostración de los milagros no pueden, razonablemente, exigir mayores pruebas de los estigmas con que el Señor Crucificado regaló a su seráfico siervo San Francisco.

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1903.

martes, 15 de septiembre de 2026

VIRGEN DE LAS LÁGRIMAS – Pensamientos del “Breviario de la confianza” para el mes de septiembre.

 




VIRGEN DE LAS LÁGRIMAS – Pensamientos del “Breviario de la confianza” para el mes de septiembre.

 

   El canto litúrgico dice que al pie de la cruz estaba la MADRE  DE LOS DOLORES. (Stabat Mater) ¡Benditas lágrimas de María! ¡Lágrimas redentoras que, con la sangre de Jesús, nos liberaron de la culpa y nos abrieron las puertas del Cielo! ¡Qué hermosa es la dulce invocación de NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES! Es reconfortante saber que Jesús y María lloraron como nosotros, pobres mortales, que lloramos en este mundo de exilio.

 

   Hoy, la Santa Iglesia nos invita a honrar los dolores de María, nuestra amada Madre, al pie de la cruz, llorando. Jesús sufrió en el cuerpo, y María, en el corazón. Mientras de las llagas abiertas del Redentor brotó la sangre que nos redimió, de los ojos angustiados de María brotaron lágrimas, lagrimas del corazón, esas perlas ricas y preciosas que nos fueron dadas como prenda de salvación eterna. ¡Sangre de Jesús y lágrimas de María, sois nuestro tesoro, nuestra vida, nuestra redención!

 

   Digamos las jaculatorias más queridas a Nuestra Señora: ¡Jesús, escucha nuestras oraciones! ¡Por las lágrimas de tu Santísima Madre!

 

   ¿Qué puede negarnos el Santísimo y Amantísimo Hijo cuando le presentamos nuestra súplica, invocando lo más preciado y santo: las lágrimas de su Santísima Madre María? Cuando nuestra vida triste, amarga y dolorosa nos haga llorar, miremos al Cielo, o mejor aún, vayamos al Calvario y, a los pies de Jesús Crucificado, digamos, llenos de amor, con el corazón abierto: Mira, Jesús, estas son las lágrimas de Aquella que más te amó en la tierra y más te ama en el Cielo. ¡Sangre de Jesús, lávanos de nuestra culpa! ¡Lágrimas de María, alcánzanos perdón y misericordia!

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

LA MULTIPLICIDAD DE CULTOS

 




LA MULTIPLICIDAD DE CULTOS

 

   La opinión de que se honra a Dios con cualquiera religión de las que hay en la tierra (ha dicho un escritor eminente), es un tolerantismo que la disolución ha concebido y la desvergüenza ha publicado, pero que la razón destruye, porque así como no hay más que un Dios, no hay tampoco sino una religión verdadera, y esta es sólo la que puedo honrar al Hacedor Supremo.

 

   Siendo la verdadera religión el verdadero culto del Dios verdadero, no es un sistema ni una filosofía este culto, en que cada cual puede seguir su capricho o donde cada uno camina con propio parecer, sino obligación esencial y deber sagrado que excluye toda avenencia entre el error y la verdad, las tinieblas y la luz, sin que puedan admitirse tolerancias de religiones falsas, que implican siempre un conjunto de monstruosidades supersticiosas para los ignorantes, la destrucción de toda religión para los que discurren y un culto ilusorio y ofensivo a un ser infinitamente perfecto, que es Dios.

 

   Asi solamente la verdadera religión tiene derecho a establecerse dondequiera; razón por la que la buena política, o el sentido político, no deben tolerar otra, procurando siempre que no haya más que un culto en un Estado, porque de esta uniformidad dependen la paz, la unión y la concordia de todos sus miembros.

 

   El mismo Platón, discípulo de Sócrates, no obstante el culto insensato y escandaloso de su tiempo, estableció fundadamente esta máxima: «No se debe mudar cosa alguna acerca de la religión establecida... ni permitirse introducciones ni licencias que dividan la opinión... pensar lo contrario es haber perdido el juicio.»

   Y si el paganismo, por boca de sus hombres eminentes, condena y repele como perniciosa al Estado toda concesión y franquicia a sectas extranjeras; si dividido un pueblo en opiniones religiosas viene la desunión, y tras ella alborotos y mudanzas, claro es que una de las mayores calamidades que pueden sobrevenir al pueblo cristiano es la admisión de novedades que, perturbando las creencias, arraiguen el desenfreno y la licencia en los vicios, ocasionando la ruina del orden y el naufragio de los gobiernos.

 

   La Religión ha sido siempre lo más preciado y amado del hombre, y siendo el celo por la fe deber ineludible, hay que defenderla sin frialdad, impugnando con valor y con ardor lo que no debe permitirse y como lo piden la dignidad e importancia del asunto.

 

   Es un hecho innegable, por otra parte, que mientras la Iglesia y la sociedad civil marcharon de acuerdo, todo prosperó a su sombra; porque, asegurada la paz interior, pudieron los pueblos realizar empresas grandiosas y trasmitir a la posteridad un recuerdo glorioso de valor y de virtudes.

 

   Así, mientras este maravilloso concurso de oración y de acción ha subsistido, y prescindiendo de intereses y pugnas privadas, adunáronse sus fuerzas contra el peligro común, haciendo prevalecer en las instituciones la unión y la concordia religiosa, los pueblos han sido muy felices permaneciendo dentro de la órbita de la justicia, la moralidad y la honradez, que surgen del temor de Dios, principio del verdadero bienestar y de toda sabiduría.

 

   Pero tan luego como una falsa política de tolerantismos, mistificaciones y corruptelas, ha puesto en peligro esa armonía, arruinando el sentido moral y socavando los cimientos de la sociedad civil, han surgido las luchas y las rivalidades estériles, las miras estrechas y egoístas, y la degradación consiguiente a los utilitarismos e individualismos vergonzosos.

 

   Nunca por esto, debiera olvidarse aquella sublime máxima tan famosa en el Imperio Romano del gran español Teodosio: «Que no puede haber prosperidad sin religión, ni se puede mandar bien a los hombres sin obedecer bien, a Dios»... Y ¿cómo ha de poder obedecerse bien a Dios, estableciendo cultos contrarios a la religión verdadera?

 

   En España, el VI Concilio Toledano, ordenó que a ninguno se le diese posesión de la Corona, sin que antes jurase no permitir en el reino a quien no fuese católico; ni vióse tampoco quieta y feliz la península, hasta que deponiendo los errores de Arrio, abrazaron todos la religión católica. Esta felicidad perdióse desde el reinado de Witiza, en que negada la obediencia al Papa, cundieron los vicios con el desenfreno religioso, y prepararon la catástrofe de la invasión de los árabes.

 

   No hay, por tanto, que formarse falsas conciencias con engañosas confianzas, no ya sólo pretendiendo limitar los deberes cristianos a los deberes de la probidad mundana, ni menos aceptando unos dogmas y rechazando otros, haciéndose una religión para su servicio, a pesar de los anatemas de la Iglesia; sino, lo que es aún peor, creyéndose con derecho a relajar y anular el catolicismo, aceptando la peligrosa y seductiva teoría de que cualquier religión es buena, y adecuado cualquier culto para servir a Dios... sofisma ideado por corazones viciosos y corrompidos, para tranquilizar conciencias abrumadas por pasiones vergonzosas, y sacudir sin remordimientos el yuyo de la virtud.

 

   Desgraciadamente, a pretexto de una civilización falsa, de una tenebrosa y maquiavélica ilustración, cunden hoy y pululan por todas partes, gérmenes sectarios, incredulidades impías que tiranizan al hombre con sus pretendidas tolerancias, sus mentidas fraternidades y su decantado cosmopolitismo.

 

   Hora es ya de advertir y señalar el peligro, y proclamar muy alto y lealmente, que tras esas sensiblerías hipócritas, se oculta el materialismo ateo, que es la negación de toda verdad, y la desventura y el suicidio de los pueblos...

 

JOSÉ DE GUZMÁN EL BUENO Y PADILLA.

(De la Academia de la Historia)

Año 1899.

Santa Catalina de Génova, viuda. — 15 de setiembre († 1510)

 




Santa Catalina de Génova, viuda. — 15 de setiembre (

1510)

 

   La heroica enfermera y consoladora de los pobres, santa Catalina de Génova, fué natural de la ciudad que lleva su nombre, y de la nobilísima casa de los Fieschi. Deseaba en gran manera imitar el ejemplo de una hermana suya, llamada Limbonia, que servía al Señor en un monasterio de monjas agustinianas; mas estorbáronselo sus padres, los cuales a todo trance quisieron casarla con un mancebo muy noble y rico de Génova. Llamábase a este caballero Julián Adorno, y aunque antes de tomar a Catalina por esposa parecía de loables costumbres, se desenfrenó después, de manera que los diez años que vivió en compañía de la santa, fueron para ella diez años de cruel martirio.

 

   Sacábanle fuera de sí la ambición de honras mundanas, la afición al juego, y a los deleites sensuales: y aunque la santa con muchas lágrimas pedía al Señor la conversión de su marido, no abrió éste los ojos, hasta que en el juego y en los vicios hubo perdido la salud, y toda su hacienda y la de su esposa. Entonces por las oraciones de la santa se convirtió a Dios y entró en la tercera orden de San Francisco y al poco tiempo pasó de esta vida con señales de verdadera contrición y arrepentimiento.

 

   Desde aquel día determinó la santa viuda comenzar a servir a Dios, y a los pobres de Jesucristo en el hospital mayor de Génova, donde por muchos años fué como el ángel consolador de los enfermos. Era tan grande la caridad que ardía en su pecho que se extendía a todos los enfermos de la ciudad: de día y de noche los visitaba en sus casas, los animaba y regalaba cuanto podía, quitándose de su propio sustento, y mendigando lo que había menester para remediar sus necesidades.

 

   La ciudad de Génova bendice todavía con singular reconocimiento el nombre de la santa por los portentos de caridad que obró en los años de 1497 y 1501 cuando la pestilencia desolaba la población. Todos huían por escapar del terrible azote; mas no huyó la santa, antes como enfermera de los heridos de la peste, acudía a su socorro, y a unos daba la salud del cuerpo y a otros disponía a bien morir y alcanzar la eterna salvación del alma. No se pueden decir ni imaginar las proezas de caridad que llevó a cabo esta grande santa.

 

   Mas no fueron menos asombrosas sus austeridades y ayunos: porque pasó veintitrés cuaresmas y otros tantos advientos con sólo el Pan eucarístico, y bebiendo un poco de agua mezclada con sal y vinagre.

 

   Escribió un hermoso diálogo sobre el purgatorio, que bastara a desengañar a los herejes protestantes, que niegan este dogma. Finalmente a la edad de setenta y siete años, conociendo que era llegada su dichosa muerte, recibió el santo viático, diciendo: «Ven, oh querido Esposo de mi alma», y llena de méritos y virtudes voló a la gloria del cielo.

 

   Reflexión: No es maravilla que todos los buenos genoveses alaben y glorifiquen a esta santa heroína de la caridad, y la invoquen con grande fe en las públicas calamidades. En ella se manifiesta el verdadero amor del prójimo, propio de la caridad cristiana, que en semejantes ocasiones suele llegar hasta el heroísmo, y el falso amor del prójimo, que huye de todo peligro de muerte, faltando a veces, aun a las obligaciones y oficios más necesarios de la caridad y careciendo hasta de palabras de consuelo y esperanza para reanimar los corazones de los enfermos y moribundos.

 

   Oración: Dígnate, oh Señor, Autor de nuestra salud, escuchar nuestras humildes súplicas; para que así como nos alegramos en la festividad de la bienaventurada Catalina, así imitemos su piedad y afectuosa devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

 

“FLOS SANCTORVM”