LA
TARDE DE LA VIDA
“LA
VEJEZ”
Por
el R. P. Ch. Laurent. De la Sociedad de María.
Traducción
de D. Francisco José Vergara, Pbro.
La primera
ley de nuestra existencia decaída es ser efímera, no durar sino un espacio de
tiempo; y lo que debe acabar es siempre corto. Nuestra vida será más o menos
agitada, más o menos brillante; podrá ser rica de prosperidades, o más bien tejido
de decepciones y larga serie de amarguras; no importa : al fin acabará: será
siempre breve.
Sin
embargo, amamos esta vida tan efímera como si debiera durar siempre. La
embellecemos de ilusiones renovadas sin cesar, olvidando que todo aquello tendrá
término, y que a las rápidas alegrías de la víspera sucederán sin remedio las
tristezas del mañana. Dentro de poco tiempo será nuestra alma como un árbol que
ha dado ya sus flores y sus frutos, y deja ver amarillas sus hojas; o si aún conserva
algunas flores, serán éstas como las de otoño, raras y tímidas, como inciertas
del mañana. Un soplo de invierno pasará entonces sobre nuestra alma entristecida,
a la que nadie podrá ya devolverle su frescura. Será el luto por el pasado, que
comienza, y este luto ya no se puede abandonar.
Escuchemos al poeta:
El libro de la vida,
libro supremo,
No se puede, al
arbitrio, abrir o cerrar,
No se lee dos veces el
dulce instante:
Tórnase por sí misma la
hoja fatal.
A la página grata volver
querríase,
Y la página triste de
nuestra muerte
Ya bajo nuestros dedos
acaso está.
(LAMARTINE)
Tras
los años de juventud y de alegrías, tras la edad madura y sus austeros deberes,
se acerca el fin. Ayer aún nos sentíamos jóvenes y vigorosos. Brisas de
primavera soplaban en nuestras frentes; mil sueños felices acariciaban nuestras
almas, y poblaban de esperanza el porvenir. Eso era ayer; pero hoy hay ya menos
luz en nuestro cielo; menos poesía y perfume en nuestros pensamientos; formamos
pocos proyectos; no hablamos de esperanzas. Son tristes nuestras sonrisas y furtivas
nuestras alegrías. El corazón mismo se fatiga; siente disgustos que hasta
entonces no habría conocido y a ciertas horas de desencanto se ve invadido de
irresistibles melancolías. Sentimos deseos de llorar, acaso por vez primera, sin
saber la causa de estas lágrimas que a pesar nuestro brotan. Es la vejez que
llega ¡Qué pronto! Jamás lo habíamos pensado, ni querido que de ella se nos
hablase, ni atreviéndonos a imaginarla siquiera.
El
largo hábito de una vida desbordante de energías y de empresas realizadas nos había
acarreado un mundo de halagüeñas ilusiones; parecía que este sueño no había de
desvanecerse nunca, ni aun mancharse de sombras ¡Qué importaba el camino
recorrido! Ni siquiera habíamos pensado en calcularlo o medirlo. Bastaba una
mirada al plácido horizonte, sobre el camino sin término que a los ojos se
presentaba.
No
obstante echamos de ver un día que el tiempo está cumpliendo su tarea: sorpréndenos
a veces vernos enfrente de tristes realidades: nuestra mirada ya no tiene la
fuerza y claridad de antes; surcan arrugas nuestra frente empañada, despojada
de la frescura de los primeros años; la lentitud se apodera de nuestros
miembros; el cuerpo todo se hace pesado y pare ce encorvarse bajo un fardo
invisible; se diría que una mano misteriosa oprime nuestra espalda, y hace inclinar
la frente hacia la tierra. Tal, en las
últimas horas de un baile, las armonías se apagan poco a poco; las luces van
extinguiéndose; las flores inclinan su corola marchita y sin perfume, las
sombras reinan ya doquiera, y por fin el silencio.
No sin pena contemplamos entonces el pasado
que se escapa. Murmuramos acaso contra esta ley de las declinaciones
inevitables, y acusamos por lo bajo el fastidioso destino que hace tan breve
los años de juventud y felicidad.
Dios,
sin embargo, como en todo, se muestra bueno y piadoso en la aplicación de esta
ley, y esta misma tristeza y desencanto nuestros son una de las formas benditas
de su Providencia. Sabiendo que nos será preciso, tarde o temprano dejar esta
vida transitoria, y salir de este mundo e n que hemos sido puestos sólo por
cierto tiempo, va así preparándonos con admirables precauciones a los adioses últimos.
De este modo va quitando los risueños colores de ese horizonte de que nuestra
mirada debe desprenderse, y hace indiferente un porvenir con el cual no podemos
ya contar. Va enfriando lentamente este mismo corazón que ya no es capaz de
amar como en otros tiempos. Le arranca una por una sus ilusiones, y despierta
en nosotros esos disgustos que reemplazan los engañosos goces de vida, y hacen
soñar con una dicha real, y ya cercana.
Una
dama del gran mundo, al día siguiente de un duelo que había roto la felicidad
de su vida, tomaba por divisa, siguiendo la costumbre de su tiempo, estas
palabras: Plus ne m' est rien, rien ne m' est plus. “Mas, para mí, nada; nada
para mí más” ¡Qué mejor expresión del amargo tedio de un alma a quien todo viene
a ser indiferente! Dando a estas palabras inspiración cristiana, y sentimientos
de religiosa resignación, conviene a todos los que Dios invita a este
desprendimiento de la vida; y así estarán en el orden cuando puedan decir sin amarguras
ni reclamos: Más para mí, nada; nada, par a mí, más.
La vida como sombra se
evapora;
La corriente del tiempo
nos arrastra;
No vuelve a verse la
tocada orilla,
Y la on da corre, corre
apresurada.
✠✠✠
Los tristes ojos revolviendo
en torno
Igual a lo que vieron
no ven nada;
Se vive, más se duda
por momentos
Ser el mismo que un día
comenzara.
✠✠✠
¿Qué es pues lo que se
agita, y lo que pasa
Fugitivo y cambiante en
el espacio?
¿Vana apariencia, o
firme realidad?
Lo que creo tener, y se
me escapa,
Y al querer estrecharlo
se desliza,
¿Qué cosa es, sino la
Eternidad?
(Mons. Lagrange)
REVISTA
EL HOGAR CATÓLICO
(Año
1908)