Después
de las grandes figuras evangélicas, la historia universal no ofrece otra de
tanta magnitud y perfección, ni tan misteriosa y poética, ni que atraiga los
corazones y las voluntades con tanta fuerza como la del Patriarca de Asís del
siglo XIII.
Exhala esa figura una fragancia que, a través
de las generaciones y de las edades, llega hasta nosotros como si acabaran de ser
plantadas las florecillas, y la voz dulcísima del Patriarca vibrase aún en la
limpia atmósfera de la Umbría, y asistiésemos aún al sublime espectáculo de las
muchedumbres que seguían al hermano Francisco, clamando penitencia, y dejando,
como en la feliz edad apostólica, trajes, casas, regalos y comodidades de la
vida, para vestir el tosco sayal pardo y ceñirse a la cintura la cuerda llena
de nudos.
Así
como la Imitación de Cristo es el más hermoso de todos los libros, porque es el
que más se parece al Evangelio, la vida de San Francisco es la más hermosa de
todas las vidas, porque es la que más se parece a la de Nuestro Señor Jesucristo.
No fué el Patriarca de Asís un sabio, ni un literato, ni un legislador; pero
así como en Jesucristo lo que más brilló, y más nos conmueve al contemplar su
divina figura, es la ternura infinita de su Corazón sacratísimo, en San Francisco
también fué y es el corazón lo que principalmente resplandece, y en cuanto un corazón
humano puede asemejarse al Corazón divino, asemejóse el corazón de Francisco al
Corazón de Cristo.
Fué
todo amor: abrasóse en amor por Dios, y en Dios y por Dios amó a todas las criaturas;
tal es la síntesis de la vida de San Francisco de Asís.
Por ese amor que le consumía dejó riquezas y
comodidades, asombró al mundo con sus penitencias, fundó sus Órdenes religiosas,
fué Apóstol y poeta, y ha dejado, finalmente, tan profunda impresión en la
memoria de las gentes.
Hasta
en las más menudas circunstancias de su vida, parecióse San Francisco a su divino
Maestro. Como Jesús, nació en un establo, adonde sorprendieron a su madre los
dolores del alumbramiento.
Criado
en la opulencia y en el regalo, pues su padre, Bernardón, era de los comerciantes
más ricos de Asís; Juan, que este fué su nombre propio, o Francisco (que así le
llamaron por lo bien, según dicen, que hablaba el francés) fué uno de aquellos
jóvenes brillantes que sobresalía, entre todos los su edad y clase, por la
elegancia de sus trajes, por sus modales atentos y finos, por su conversación
llena de gracia, por sus piropos a las damas y por su afán de divertirse;
jamás, sin embargo, parece que llegó a la disolución, y aun en aquella época
mundana de su vida fué el mejor de los hombres: vendía en cierta ocasión unas
telas en la tienda de su padre, y llegóse a él un mendigo a pedirle limosna;
atareado Francisco, no hizo caso del pobre, y éste se marchó del
establecimiento, pero en cuanto le vio partir, siente el joven mercader una
pena inmensa, deja a los marchantes, y sale corriendo de la tienda. Alcanza al
mendigo, le da cuanto lleva encima, y hace a Dios solemne promesa de no negar
jamás la limosna a los pobres.
Perusa
y Asís estaban en guerra, cosa tan frecuente entre las repúblicas municipales
de Italia en aquel siglo; Francisco sale a combatir con sus conciudadanos,
pelea en primera línea, y cae prisionero. Entonces le consumía el generoso aunque
vano sueño de la gloria terrena. Seducíanle las hazañas caballerescas y las empresas
guerreras. Un año estuvo prisionero en Perusa, y al recobrar la libertad
ofreció sus servicios al conde de Brienne; pero misteriosos y sucesivos sueños
reveláronle que no le llamaba Dios
por el camino de la milicia mundana, que su destino era espiritual, que los enemigos
que debía combatir eran el demonio, el mundo y la carne.
Estos
primeros años de la vida de San Francisco son más interesantes que el poema más
rico en lances y poéticas aventuras. Ha estrenado un magnífico vestido, y entra
por las calles de Asís, caballero en brioso corcel, llamando la atención de
damas y mancebos con su gentileza y elegancia. En esto, un pobre cubierto de
andrajos le pide limosna; el joven se baja del caballo, se quita el traje, lo
cambia por los harapos del mendigo, y así vestido continúa su camino en medio
de la universal rechifla. Esto lo repitió muchas veces., y en una ocasión con
un leproso, al que beso, desapareciendo
el enfermo en cuanto Francisco hizo con él aquella tan grande obra de caridad.
Sin duda era Jesucristo que, ya en una, ya en otra forma, se le apareció en
muchas ocasiones.
Imposible referir la tercera parte siquiera
de los episodios que constituyen la vida de aquel caballero andante de Jesús, de
aquel paladín de Dios, de aquel ardiente imitador de Cristo. Como el Cid
Campeador tiene su biografía fragmentaria en los romances castellanos, tiénela
Francisco de Asís en las Florecillas y en las tradiciones más poéticas del
pueblo italiano.
Haciendo
oración en la iglesia de San Damián, en Asís, un crucifijo le habla, y mándale
reparar aquel templo. Para cumplir el mandato vende algunas telas de la tienda
de su padre; incomódase éste, y Francisco rompe todos los lazos que le unen al
mundo para no servir más que a Dios; desde entonces sí que dice con verdad:
Padre nuestro que estás en los cielos. Renuncia la herencia paterna y no tiene
más traje que el cilicio.
Primero
en la ermita de San Damián, y después curando a los leprosos en Gubio, Francisco
llegó, no por grados, sino a saltos por decirlo así, a las cumbres de la
perfección cristiana. Volvió a Asís
cantando por los caminos las alabanzas del Señor, reparó las iglesias de San
Damián, San Pedro, y, finalmente, la de Nuestra Señora de los Ángeles o la
Porciúncula, a seiscientos pasos de la ciudad. Esta última iglesia fué el lugar
donde nació su Orden, y donde se realizaron los sucesos más grandes de su vida.
Aquel
texto de San Mateo, «no queráis tener oro, ni plata, ni en vuestros viajes
llevéis alforja, ni dos túnicas, ni zapatos, ni báculo», impresionóle
profundamente, y resolvió hacerlo base fundamental de su vida. Predicó, y sus
oraciones hicieron inmenso efecto. Bernardo de Quintaval, Pedro de Catania y el
celebérrimo Fray Gil, se le unieron, y los cuatro formaron el núcleo de la Orden
franciscana; llamábanlos los penitentes de Asís, y como los Apóstoles,
predicaban en campos y ciudades, exhortando a todos a la penitencia y práctica de
las más sublimes virtudes evangélicas.
Sabido
es que el Papa Inocencio III opúsose a la aprobación de la regla; pero un sueño
le hizo variar de parecer: vio a la Orden franciscana bajo la simbólica figura
de una palma que primero muy pequeña,
fué creciendo, creciendo, hasta ser árbol robustísimo, y vio a San Francisco en
proporciones gigantescas, sosteniendo sobre sus espaldas a la iglesia de San Juan
de Letrán que amenazaba ruina.
En
menos de tres años fundó San Francisco más de sesenta monasterios. Recorrió
toda Europa. Antiquísima y respetable tradición le supone personal fundador del
convento e iglesia que hoy llamamos de San Francisco el Grande.
En
1218 volvió a Asís, y celebró en la Porciúncula el famoso capítulo general de
las Esteras, asi llamado porque de esteras se hicieron las barracas o tiendas
en que se alojaron los 5.000 frailes que concurrieron. Después fué al Oriente, predicó
delante del sultán de Egipto, volvió a Italia, y renunció la dirección de su
Orden, retirándose al monte Alvernia, donde se consumó el prodigio de la
impresión de las llagas.
En
aquella soledad estuvo hasta que Dios le reveló que había llegado el día de su
muerte. Entonces se hizo trasladar a la Porciúncula, al convento de Nuestra
Señora de los Ángeles, que había sido la cuna de la Orden, y para el que había conseguido
el jubileo que celebramos el día 2 de Agosto. Luego que llegó, mandó que le
quitasen la túnica, y que desnudo, lo tirasen al suelo, para morir en la misma
pobreza que Jesús. El guardián tomó una túnica vieja y una cuerda, y, dándoselas,
díjole: «Te doy de limosna ese hábito, como a un pobre, y te mando que, por obediencia,
lo aceptes.» Obedeció el penitente, y, después de haber exhortado a sus frailes
a la observancia de la regla, y de haber oído la lectura de la Pasión, extendió
los brazos en forma de cruz, dijo, entre otras cosas, «todos los justos esperan
que me hagas misericordia dándome lugar entre los escogidos», y expiró. Era
sábado, 4 de Octubre de 1226; tenía cuarenta y cinco años de edad.
San
Francisco de Asís fué un gigante en el orden de la gracia. Amó verdaderamente a
Dios sobre todas las cosas, y por Dios amó a la creación entera.
“LA
LECTURA DOMINICAL”
Año
1897