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San Miguel Arcángel
miércoles, 15 de abril de 2026
lunes, 13 de abril de 2026
La judeo-masonería ha sido responsable de todas las guerras durante los últimos 250 años.
¿Cuándo comienza realmente una guerra? ¿Con su declaración, o a raíz de sucesos que pasaron más o menos desapercibidos o incluso fueron ocultados? Es precisamente esta búsqueda de la causalidad de los acontecimientos lo que interesa al historiador, para descubrir, tras las noticias, las causas primarias que los explican.
Todas
las revoluciones y guerras que han marcado la historia de la humanidad desde la
llamada Revolución Francesa han tenido como objetivo debilitar a las grandes
naciones cristianas para impulsar el globalismo cosmopolita hacia la utópica
República Universal.
La
llamada Revolución Francesa marca, por tanto, un punto de inflexión en la
evolución deseada de las sociedades, al romper con la ley divina y el orden
natural que de ella se deriva.
A partir de ahora, bajo el pretexto de una
falaz y abstracta “libertad”, se hará
creer a los ciudadanos que son libres de tomar sus propias decisiones, las
cuales solo tienen que expresar mediante su voto.
Esta
es la gran estafa de los conspiradores de la Revolución. A los ciudadanos
se les concede el derecho a votar sobre temas que ya no conocen directamente a
través de sus actividades profesionales o sociales, sino únicamente mediante la
representación que les brinda la incipiente prensa, denominada “información”.
Ahora, gracias a esta ilusión de democracia,
será “moldeable” a voluntad, porque quien
controla la prensa, tanto escrita como audiovisual, controla ahora la opinión
pública.
Por eso la democracia es imposible, porque
inevitablemente desemboca en la plutocracia, es decir, en un gobierno basado en
el dinero en manos de las altas finanzas cosmopolitas y masónicas.
En nuestras sociedades democráticas, para
lograr que la población acepte las guerras, es necesario conducirla
gradualmente al odio hacia el adversario designado, mediante una hábil
gradación de la “presentación” de noticias y hechos, diseñada para preocuparla
y luego indignarla.
Cabe destacar que las primeras guerras de
descolonización de los imperios católicos español y portugués fueron libradas
por extranjeros que habían participado en la llamada Revolución Francesa. Este fue el caso, en particular, de Simón
Bolívar, Antonio José Sucre, su lugarteniente Juan José San Martín, etc.
Tras el debilitamiento de estos imperios
católicos después de la destrucción de la monarquía por derecho divino en
Francia, surgiría el nuevo poder
estadounidense, una creación masónica desde sus inicios.
Entre el siglo XIX y la primera mitad del
siglo XX, veremos cómo el poder económico y militar se desplaza del Imperio
Británico, principal beneficiario del declive de las naciones católicas
continentales, a los Estados Unidos.
Las
altas finanzas apátridas migrarán de la City a Wall Street, y Estados Unidos se
convertirá en el “brazo armado” del globalismo cosmopolita en su camino hacia
su visión mesiánica de dominación mundial.
Las
revoluciones que siguieron para derrocar a los imperios austrohúngaro y zarista sirvieron para
reducir los poderes que podían oponerse a los sueños de hegemonía anglosajona y
cosmopolita, cuyos intereses ahora estaban vinculados y subordinados.
El
asesinato en Sarajevo del príncipe Francisco Fernando, heredero del Imperio
austrohúngaro, a manos de terroristas masones y judíos, así como la revolución
bolchevique de 1917, de la misma inspiración, que masacró a la familia
imperial, tuvieron el mismo objetivo.
Al igual que con la familia real francesa,
esta masacre tenía como objetivo erradicar cualquier posibilidad de un
resurgimiento de estos poderes. La
carnicería de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, que diezmó a las élites
de las potencias europeas, culminó, con la pseudoliberación, en el
establecimiento del poder financiero, comercial y militar de Estados Unidos y
de las finanzas cosmopolitas sobre Europa, que ahora controlan las principales
estructuras financieras globales.
Las guerras de descolonización vendrán
después. Por un lado, para seguir debilitando a las naciones europeas, y por
otro, para apoderarse de la riqueza petrolera y mineral que habían
desarrollado.
Para
lograr sus objetivos, los instigadores de estos conflictos necesitan calmar la
conciencia de aquellos a quienes arrastrarán a la guerra. Por lo tanto,
denunciarán el colonialismo de las naciones europeas para crear uno mucho peor:
el neocolonialismo mercantilista y cosmopolita yanqui.
Sin
embargo, hoy vemos los efectos de la descolonización: los países descolonizados
se hunden en la anarquía de guerras tribales alimentadas por la globalización
para debilitarlos, en hambrunas y en el resurgimiento de pandemias erradicadas
por los primeros colonizadores.
Ahora,
el neocolonialismo globalista puede saquear la riqueza de estos países sin
arriesgarse a un enfrentamiento con las antiguas potencias colonizadoras y
civilizadoras. En cuanto a los países considerados insuficientemente
flexibles, se invocarán la “moralidad
internacional”, la “conciencia
universal”, el “eje del mal”, el “derecho a intervenir”, etc., para
justificar la agresión contra ellos.
Bajo
este pretexto, Estados Unidos pudo invadir Granada, Panamá, Irak (primero una
vez), luego Serbia para imponer el islam en el corazón de Europa, después
Afganistán y nuevamente Irak, masacrando a miles de civiles. Mientras tanto,
Israel arrasaba aldeas palestinas enteras y masacraba a sus habitantes con la
indiferencia cómplice del llamado Occidente «cristiano»…
El cinismo de los círculos financieros
estadounidenses ante estos conflictos desestabilizadores se puede apreciar en
este comentario, publicado poco antes de la Guerra del Golfo por la agencia de
noticias Belga. El 27 de noviembre de 1990, citaba una valoración de la firma
de corretaje neoyorquina Davis Research, filial de Davis, Mendel &
Regenstein: «En un periodo donde la
emoción juega un papel importante, el mercado cae inicialmente». «Pero una vez
que la euforia inicial disminuye, se puede encontrar una ventana de
oportunidades de compra».
Antony Tabell, director de Delafield, Harvey
& Tabell, reconoció la veracidad de la evaluación realizada por la firma
Davis, Mendel & Regenstein: “La
teoría ha sido ampliamente verificada para todas las guerras desde la Primera
Guerra Mundial”.
En términos más sencillos, esto significa
que cuando estalla un conflicto, los mercados bursátiles caen, y que hay que
dejar que la reacción emocional inicial se calme, dando tiempo a que los
mercados se estabilicen antes de volver a subir, porque es en ese momento “cuando se puede aprovechar una oportunidad
para comprar”...
¿Acaso
no fue precisamente mediante este método que los Rothschild se enriquecieron en
Waterloo? Así, las altas finanzas cosmopolitas juegan con revoluciones y
guerras, una fuente de beneficios económicos para sí mismas y, a la vez, para
el desarrollo de su poder global mesiánico.
Podríamos multiplicar los ejemplos de estas
manipulaciones y provocaciones destinadas a justificar la intervención militar
con fines e intereses muy alejados de los de las personas involucradas en estos
conflictos.
“Philippe
Ploncard d'Assac – La conspiración globalista”
miércoles, 8 de abril de 2026
LA JUDEO–MASONERÍA ES EL CONTRAESTADO — Por Monseñor Ernest Jouin “El peligro judeo–masónico” (1932) – Traducido del Francés.
¡Católicos
uníos! en defensa civilización cristiana.
Si crees en el principio de orden y
autoridad sin el cual ningún gobierno puede subsistir, si observas que los
defensores de la igualdad no tienen otro objetivo que dominarte y reducirte a
la servidumbre, que los defensores de la fraternidad son personas apátridas que
subvierten nuestras fronteras para introducir mejor al extranjero, que los
defensores de la libertad son mentirosos charlatanes que sustituyen el
liberalismo y la licencia por la verdadera libertad para destruir la sociedad.
Y si, a la luz de los acontecimientos, ves
que estos defensores son los amos de los puestos públicos claves e influyentes,
si ves que están universalmente en manos judías y masónicas, ya sean
municipios, consejos generales, consejos de prefectura, administraciones, ministerios,
parlamentos, enseñanza en todos los niveles, estudios superiores, grandes
escuelas, academias. Y si, mejor aún, siempre a la luz de los acontecimientos,
veis que este control del Estado está preparando, según el plan judeo-masónico,
la revolución social, antes llamada la Gran Revolución, hoy llamada
bolchevismo, pero que ambas conducen al “Régimen del Terror”, que
inevitablemente añadirá guerra extranjera a la guerra civil en nuestros días;
si veis los temblores bolcheviques para
levantar convulsivamente a todos los pueblos, si veis estas cosas y si
finalmente entendéis la advertencia de los “Protocolos”, confirmada por los
hechos, católicos uníos, en defensa y contra los judíos y los masones.
LUZ FIJA (Cuento)
I
Gabriel era un «luchador» original. Sus
amigos y compañeros decían de él: —Es un
bohemio que no pide dinero a nadie. Y le llamaban por burla «el buen bohemio».
Sabían de él que algunas veces había dormido
en un banco de la Castellana; que pasó un verano entero alimentándose con sólo
pan y uvas, pero siempre se le vió vestido con cierta pulcritud y jamás habló a
nadie de sus apuros. Algunos le tenían por orgulloso; otros, por visionario.
¿A qué había venido a Madrid?
Él vivía escondido allá en un obscuro rincón
de la provincia de Granada; allí realizaba su labor literaria sin más estímulo
que su vocación y su entusiasmo.
Un día envió un trabajo a un certamen, y se
lo premiaron; los periódicos se ocuparon de él, las revistas ilustradas
publicaron su retrato, y sus amigos le dijeron: —Tú debías ir a Madrid; aquí en el pueblo nunca serás nada. Y Gabriel
hizo un pequeño equipaje, y vino a
Madrid.
Un poeta consagrado, paisano suyo, se empeñó
en protegerlo, y lo utilizó como secretario honorario. Gabriel trabajaba y no
cobraba, pero... tenía la protección del grande hombre e iba conociendo a los
literatos que formaban la tertulia del poeta.
II
— Gabriel, ¿por qué no mandas algo al
concurso de Mundial?—lo dijo el protector a nuestro «luchador». —Dan quinientas
pesetas de premio. Si te atreves a hacer algo... pero algo que sea intenso ¿eh?
yo te lo corregiré y lo recomendaré con eficacia... A ver si te animas.
Gabriel se animó. Se dedicó a buscar un asunto...
intenso, como le aconsejó el maestro. Pasó unos cuantos días preocupado, vacilante;
elegía y desechaba descontentó de sí mismo y de su musa.
Hasta que la realidad le ofreció lo que
buscaba. Era un cuadro sencillo, tierno y delicado que hirió vivamente su
fantasía y le proporcionó asunto para un hermoso poema.
Un artista ciego y anciano tocaba Un
destemplado violín en la puerta de un templo. Sentada a sus pies, una niña de
pocos años, pálida y rubia, jugaba tranquilamente con unos improvisados
juguetes de papel. La niña se apoyaba en las piernas del ciego con seguridad
plena, como si fueran dos columnas poderosas o indestructibles; para ella no
había inquietudes ni temores; su encantadora inconsciencia le daba una
confianza ciega en la vida; jugaba y se divertía, risueña y feliz. Ella sentía
sobre su cabeza como la sombra de un trono que guardaba su vida; tenía allí a
su padre...
Era singular el contraste que ofrecía la expresión
de confianza y abandono de la niña, con la de temor, infelicidad, inquietud y
suplicante anhelo que presentaba la del padre; era interesante aquella
inconsciencia de una inocente amparándose en la eterna noche de unos ojos
ciegos, apoyada en los brazos de un destino sin luz.
Gabriel
observó que sobre aquel abandono doloroso brillaba una luz fija Y segura: sobre
el viejo y la niña extendía sus brazos una cruz.
Se retiró durante unos días del bullicio de
la gente; buscó la soledad; pasó horas enteras con las cuartillas delante,
gesticulando como un loco, recitando en voz alta las estrofas compuestas y
cazando consonantes con el entusiasmo con que los niños cazan mariposas. Al fin
vio terminado su poema.
Desde entonces todo fué soñar. Pensaba en sus
futuros éxitos; se veía con la imaginación celebrado y atendido por todos aquellos
literatos que concurrían al Parnasillo del «maestro».
Sentía de antemano que todos aquellos
hombres célebres le pondrían una mano sobre el hombro con cariño y... «A trabajar, joven; tiene usted un porvenir
brillante asegurado».
III
Y triunfó; premiaron su poema. Sintió en su
bolsillo por primera vez el peso de quinientas pesetas. ¡Quinientas pesetas!
¿Qué hacer con tanto dinero? Bueno, bueno, vamos por partes.
Había, ante todo, que ordenar la vida y arreglar un poco el estómago y la
indumentaria... Había que comprar libros... y una mesa donde escribir con
comodidad. Porque bien mirado, eso de escribir por los cafés o en los bancos de
los jardines y de las plazas era muy incómodo y desordenado.
Pensando
en todas estas reformas y haciendo cálculos y planes acerca de lo por venir,
acertó a pasar por la calle en que «su» ciego pedía limosna.
No vio
al mendigo en el rincón de costumbre. Sólo estaba la niña, pero no entretenida,
como otras veces, con sus juguetes de papel. Ahora estaba seria, entristecida.
Gabriel se acercó y preguntó por el ciego
mendigo.
—Mi padre está enfermo. El primer impulso de
Gabriel fue dar a la niña una limosna, una pequeña limosna, y seguir su camino;
pero sintió que su corazón le exigía algo más. Miró la cruz, «la luz fija» que
extendía su protección sobre la cabeza de la niña, y oyó que su corazón le
decía: «Por algo has encontrado «esa luz, »
por algo la interpretación de este misterio te ha valido un triunfo y un
premio.
¿Quieres compartir tu premio con la que
te lo ha inspirado? ¿Quieres?»
Se
defendió un poco, pero al fin accedió.
Se
acercó a la niña y le dijo:
—Llévame
a tu casa, sí, adonde está tu padre enfermo. Y de paso que se dirigía a la
morada del ciego iba dando un adiós a todas las reformas que había acariciado,
a la elegante indumentaria, a la mesa, a los libros, a todo, a todo...
LUIS
LEÓN
(Año
1913)
LA VEJEZ SIN RELIGIÓN
No hay
cosa más triste que el alma de un viejo sin religión. No quiere morir, y
siente el frío de los que se acercan a
la región de la muerte. No quiere creer en Dios, y su razón madura le descubre
a Dios retratado en los cielos y en la tierra; y aun la voz de la propia
conciencia le predica con testimonio incorruptible, dentro de sí mismo, la
existencia de Dios, y le dice que éste Señor de todo lo criado, es Juez de
vivos y muertos y remunerador rectísimo que, teniendo gloria eterna para los
buenos, tiene también castigo eterno para los malos.
Si el
miserable ha logrado sepultarse en el olvido de Dios y eclipsar en el fondo de
su alma, a fuerza de impiedades, la realidad de que Dios existe, que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo; si se acerca al sepulcro sin sentir remordimientos,
no por esto es menos triste la suerte del viejo impío, ni menos lastimosa su
aparente serenidad. Asi como un ciego y necio que, habiendo caminado hacia un
precipicio y llegado ya a los bordes de él, da sin temor el paso que lo
precipita en el abismo, asi el viejo descreído, muriendo sin los auxilios de la
religión, y, esto no obstante, cerrando los ojos sin dar muestras de temor por
lo futuro, es un insensato que con maliciosa tranquilidad se precipita en el
abismo de la desgracia eterna, sin ver los tormentos en que para siempre ha de
penar.
¡Oh,
cuan pavorosas consideraciones despierta en el alma de un cristiano la vista de
un cadáver que fué largos años vivificado por un alma impía, y yace adornado
con las canas y marcado con el sello de la propia impenitencia y de la divina reprobación!
P.
TOBÍAS, S. J – Año 1894.
lunes, 6 de abril de 2026
LA VEJEZ CON RELIGIÓN
¿Puede
darse en la tierra cosa más dulce que un anciano temeroso de Dios y encanecido
en la práctica de las virtudes cristianas? Si vuelve la vista atrás, todos los
pasos que ha dado en el camino de la vida le descubren la providencia amorosa
con que Dios le ha gobernado y conducido, y esta vista dichosa robustece su
confianza en el Señor.
Si mira hacia adelante, en el sepulcro que
tiene cerca de si y adonde pronto ha de parar, halla para su cuerpo un lugar de
descanso y para su alma la puerta que le conduce a la eternidad feliz. Sus
obras buenas le alegran: sus pecados no le hacen desesperar, porque los tiene
llorados y borrados por la sangre de Cristo con que bañó su alma en las fuentes
de los Sacramentos.
Sabe que Jesucristo se complace en perdonar a
los pecadores arrepentidos, y siente confianza de hijo caminando a los brazos
del buen Jesús. Se despide de la vida sin tristeza, y toca lleno de paz y de
esperanza las puertas de la eternidad.
La
vejez del cristiano verdadero es como la tarde de un sereno día en que el sol
desciende apaciblemente hacia el ocaso, y cuando se oculta en él deja el cielo
teñido de agradables resplandores. Así, la memoria del anciano que practicó la virtud
es serena y hermosa para sus hijos y sus nietos y para todos los que recibieron
la luz de sus buenos ejemplos.
Sé durmió
feliz entre los ángeles y para gozar para siempre de la vista de Jesús en la
patria de los bienaventurados.
P.
TOBÍAS, S. J – Año 1894.
jueves, 2 de abril de 2026
“TOMAD Y COMED” - “Apostolado de la Prensa” Año 1895
Pange lingua; canta, lengua... Mas ¡Oh! hay poder humano para cantar el amor de Dios. ¿Qué lengua, ni humana ni angélica, podrá
cantar el sublime misterio de la Cena, el misterio en que se muestra más
infinito el divino amor?
No bastaba a Dios haberse hecho hombre para
rescatarnos del pecado; no le satisfacía padecer y morir para redimirnos: desea
más, mucho más: desea entregar al hombre aquella carne que tomó para redimirle;
desea, al volver a su Padre, quedarse eternamente con los hijos de los hombres
y unirse íntimamente a ellos en unión de inefable amor.
¿Dejar
a los hombres? ¿Abandonarlos? ¡Oh, esto es imposible a Jesús, que halla en
ellos sus delicias todas!
No, no quiere dejarlos; quiere unirse a ellos
alma a alma y corazón a corazón. ¡Un
imposible!, diréis. No hay imposibles para Dios.
En la
noche en que fué entregado, después de la cena pascual y de preparar a sus
discípulos lavándoles los pies, Jesús se sentó de nuevo a la mesa, tomó el pan
en sus sagradas manos, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciéndoles:
Tomad y comed; esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomó después
el cáliz, lo bendijo y lo alargó a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y bebed;
este es el cáliz de mi Sangre, que será derramada en remisión de vuestros
pecados.
¡Oh sublime misterio de amor! ¡Amor
inefable!
Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Es su cuerpo. Bebed; es mi Sangre. Es su sangre. Dios es quien habla; aquel pan
es su carne; aquel vino es su sangre. Sólo resta arrodillarse y amar.
Jesús va a ser víctima por la redención del mundo;
pero antes quiere ser víctima por su amor. ¡Y
qué amor! Antes de entregarse a la muerte, se entrega a sus discípulos; les
alimenta con aquel Cuerpo que ha de ser escupido, abofeteado, llagado y clavado
en la Cruz, y se une estrechamente a ellos para darles vida y salud eternas,
haciéndoles participantes de su naturaleza divina. Porque la unión es recíproca.
Quien me come, vive en Mí y yo en él.
El Sacramento de la Eucaristía es la
consumación de nuestra unión con el Salvador; su cuerpo no es suyo, sino
nuestro; nuestro cuerpo no es de nosotros, sino de Jesucristo.
En las grandes pasiones del amor humano, se
desea fundirse con el objeto amado y formar un solo ser con él. Esto, que es
imposible para el hombre, es una realidad para Dios. En el sacramento de la Eucaristía se entrega a los hombres como
alimento, los nutre, los fortifica, penetra en nuestro ser y pone en contacto
su divino Corazón con nuestro corazón miserable para comunicarnos vida íntima,
celestial y divina.
¡Oh
humildad infinita de Dios, que, despojándose de su majestad, se anonada bajo
las apariencias de pan y vino para unirse con la criatura sin que nada la
aterre, ni retraiga!
¿Quién diría que esta profunda humildad de
Jesús es la que ha puesto en revolución la soberbia de la carne y la grosería
de los sentidos?
Porque la moderna impiedad, que reniega de Jesús Sacramentado, repite sin cesar
aquella estúpida frase de los judíos: ¿Cómo
este hombre puede darnos a comer su carne?
Miserable y vana filosofía, que todo lo ves con
los ojos del orgullo y llevas en el pecho un corazón de piedra, ¿de qué dudas? ¿Del poder o del amor de Jesucristo? ¿Por qué pides razones para lo que
no tiene más razón que el amor? Tanto amó Dios al mundo... ¿Escuchas? Tanto amó Dios al mundo, que
lo venció todo para unirse a nosotros, para alimentarnos con su carne, regenerarnos
con su sangre y enardecer nuestras almas con el sagrado fuego de su amor.
Nosotros decimos con el discípulo amado: Creemos en el amor que Dios nos ha tenido. Nos
amó y se entregó a nosotros; lo quiso y lo
hizo. No pidáis, pues, razones, cuando lo
que hace falta es corazón.
No comprendéis, porque no amáis; amad, y lo
comprenderéis todo; nada es imposible al que ama. El obstáculo está en vosotros mismos; quitad, la maldad de vuestros
corazones, y veréis en la Hostia
consagrada el cuerpo virginal de
Jesús, nuestro Redentor y Maestro.
¡Ah, desdichados
los que se apartan de la fuente de la vida! ¡Infelices de vosotros que
rechazáis alimentaros con el pan celestial y condenáis a vuestras almas a
perecer de hambre y desesperación! ¿Qué espesa nube os ciega?
Roguemos
a Dios que derrame en esos espíritus extraviados las inagotables dulzuras de su
misericordia; purifiquemos nuestras almas para hacerlas dignas del divino
Amante, y acudamos vestidos de boda a adorar el Santísimo Sacramento del altar.
Jesús Sacramentado, desde el fondo de nuestros sagrarios, nos llama
incesantemente al banquete eucarístico y nos invita a alimentarnos de su
divinidad, diciendo, como en la noche de la Cena, aquellas palabras que son un delirio
sublime de amor: Tomad y comed; este es mi Cuerpo. Tomad, bebed todos; esta es
mi Sangre.
miércoles, 1 de abril de 2026
LAS LOGIAS EN SEMANA SANTA – Por el Apostolado de la Prensa. (Publicación Católica semanal). Año 1906.
La
masonería se distingue en primer término por el odio que profesa a la Iglesia
católica en todos los tiempos, pero muy principalmente en éste de la Semana
Mayor, dando con ello fundamento a la versión; por otra parte bastante
autorizada, de que dicha secta fué fundada por los judíos después de su
dispersión por el mundo, para combatir sin tregua ni descanso a nuestra santa
Religión, haciendo causa común con quienes la atacan y
favoreciendo y propagando todos los errores que se opongan a la verdad
revelada.
Esto
es un hecho que en vano tratan de ocultar los masones cuando echan el anzuelo a
cualquier incauto para que ingrese en las logias, a reserva de dar un mentís a
sus protestas de tolerancia con todas las creencias religiosas así que el
postulante ha prestado el terrorífico juramento de fidelidad a la masonería.
El
odio a que nos referimos adquiere en este santo tiempo caracteres de saña infernal,
pues aparte de los abominables banquetes de promiscuación que impone la secta,
no sólo a sus afiliados, sino a las familias de los mismos, en la presente
semana celebran los masones del grado 18, llamados Príncipes «Rosa Cruz», capítulo
general con arreglo a un ceremonial sacrilego, y que revela su filiación
hebraica, pues en él comen los reunidos el día de Jueves Santo el cordero de la
Pascua de la antigua Ley, y en los brindis que siguen al banquete se hace horrible
mofa de los misterios de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.
El capítulo
de los masones del grado 30, llamado Areópago de caballeros kadosch, celebra
también sesión el mencionado día; pero en él no se come el cordero, sino se
mata, y para dicho acto suele elegirse a un aspirante a dicho grado, a quien
conducen con los ojos vendados junto al inofensivo animal, atado sobre una mesa
y con el pecho afeitado, diciendo al recipiendario que se trata de un traidor a
la masoneria a quien ésta ha sentenciado a muerte, y que ser el ejecutor de
esta, justicia de la secta es una prueba ineludible para obtener el alto grado
a que aspira.
El aspirante, poseído de terror, hiere en el
sitio que le indican con el puñal que ponen en su manos, convirtiéndole en
asesino de intención, ya que no de hecho, pues al quitarle la venda de los ojos
ve al cordero ensangrentado y comprende que todo ello se ha reducido a una de
tantas ridiculas y a la vez horribles farsas masónicas.
Horribles,
sí, porque cada una de esas farsas es un símbolo del odio que la masoneria
profesa a Cristo, y la muerte del cordero en la Cámara de caballeros kadosch
representa la que los judíos dieron al Divino Salvador del mundo, y de ella se
jacta la secta masónica al decir al recipiendario que aquel cordero es imagen
del obscurantismo teocrático, con el que deben acabar los caballeros kadosch
aunque sea esgrimiendo el puñal de las justicias masónicas.
Este
horrible simbolismo, cuyo alcance no se ocultará al lector, sólo se practica en
las Cámaras de caballeros kadosch cuando a ellas asisten únicamente los
verdaderos iniciados, pues hay muchos que poseen dicho grado por haberlo
recibido por comunicación, le dicen lo que les parece y omiten aquello que
puede alarmar los restos de sentimiento religioso que hayan podido quedar en su
corazón después de las abominables enseñanzas recibidas en los grados
inferiores.
A esta
clase de caballeros kadosch instruidos a medias pertenecen los masones ricos y
vanidosos que se desviven por lucir bandas y cintajos y por ser recibidos en
las logias de aprendiz con candeleros y bajo la bóveda de acero, o sean las
espadas cruzadas que los masones puestos en dos filas, según el ceremonial
prescrito para honrar a los visitadores de los altos grados.
A esos
masones no hay necesidad de revelarles ciertas cosas; basta con sacarles el
dinero, una friolera de suma cuestan los derechos del susodicho grado.
Hay cámaras de caballeros kadosch en las
que, dejándose de símbolos, perpetran el horrendo sacrilegio de pisotear la
santa imagen de Jesucristo crucificado; esta muestra del furor sectario llevado al
paroxismo, sólo se ofrece en aquellos capítulos cuyos miembros han llegado al
último grado de satánica impiedad. El hecho indudable de que tan abominable
sacrilegio se perpetre sin protesta de los masones, demuestra hasta la saciedad
el odio que profesa la secta condenada al Divino Redentor del linaje humano.
martes, 31 de marzo de 2026
JUDAS ISCARIOTE Y PILATO (Comparación de estos siniestros personajes) – Por el Apostolado de la Prensa – Año 1894.
Este indigno traidor, caído como Luzbel al
abismo desde lo más alto, era Judío; quizá el único Judio del Apostolado, pues
los once Apóstoles restantes eran galileos. Suponen algunos que el orgullo
provincial, y en consecuencia el desprecio con que todos los de Judea miraban a
los galileos fueron las primeras causas del odio que arraigó en el corazón del apóstol
contra su divino Maestro. Lo que parece indudable es que Judas fué siempre de
los Judíos, carnales, esto es, de los que esperaban un Mesías conquistador y
gran monarca.
Judas estaba muy encariñado con los bienes
de la tierra; no era hombre espiritual. Gustaba extraordinariamente del dinero.
Pilato quería su desino de gobernador a toda costa; Ju das, persona de más baja
condición, se contentaba con menos; sólo quería plata y oro. Pilato era un
ambicioso vulgar; Judas un miserable codicioso. Pilato no creía en nada; Judas
probablemente lo creía todo, pero no podía resistir a la tentación del soborno.
En otra época y circunstancias, quizá Pilato
hubiese sido ministro francmasón, y Judas uno de esos personajes misteriosos
que ruedan las antesalas ministeriales, en busca del negocio. En Pilato se ven
horrendos vicios: pero vicios de raza conquistadora y soberana. En Judas
apuntan todos los repugnantes caracteres del judio moderno, avaro y chupador de
sangre, del judío, plaga que hunde en la miseria a todo un pueblo con sus
intereses compuestos y sus juicios ejecutivos.
Si hoy
resucitaran los dos odiosos personajes, Pilato encontraría muchos camaradas en
el llamado mundo político. Judas también los encontraría por millares en el
llamado mundo de los negocios.
Figurémonos
a Pilato de ministro en una época revolucionaria; por temor a las masas, por
conservar el puesto, por deseo de popularidad, hubiera firmado un decreto
mandando vender los bienes de la Iglesia. Judas se hubiera aprovechado de este
decreto, comprando aquellos bienes a bajo precio.
¿Quién
es más odioso, Judas o Pilato? Cuestión muy difícil de resolver es esta. Lo
cierto es que los dos se completan, formando un conjunto tan deforme, tan monstruoso,
tan horrible, que ya no parece figura humana, sino gigantesca silueta de
demonio sobre el fondo negro del infierno.
LA PASIÓN DE CRISTO en nuestros días. (Reflexión) – Por el Apostolado de la Prensa – Año 1894.
Gran cosa será para sacar copiosos frutos de la meditación de las verdades que la Iglesia pone estos días a nuestra consideración el reconstruir en nuestra memoria la imagen de aquellos tiempos y lugares: haciendo, como dicen los maestros de la vida espiritual, la composición de lugar; pero si por falta de costumbre no puedes tú, lector querido, atravesar las edades e imaginarte en las plazas y calles de la Jerualén maldita, no te apures, que no es necesario tal viaje retrospectivo para formar idea exacta de aquel cuadro terriblemente sublime. En nuestros tiempos y costumbres se ve repetida a diario la escena cruenta de la Pasión, de Nuestro Señor Jesucristo.
Nuestro pueblo, amamantado a los pechos de
la revolución, olvidado de la fe que recibió en el bautismo, corrompido y
juguete de las pasiones de políticos sin conciencia; nada tiene que envidiar al
populacho que a la puerta del Palacio de Pilatos pedía la crucifixión del
Salvador y la libertad De Barrabás.
Y si aquel pueblo fué testigo de los milagros
de Jesús, el nuestro lo ha sido igualmente de sus misericordias, y debe a
Cristo todo lo que es en esta vida y toda la dicha que pueda gozar en la otra.
¿Qué
mal ha hecho Jesús a estos desgraciados, que, siendo hijos suyos por el bautismo,
tratan a Jesucristo y a su Iglesia como a sus mayores enemigos?
Preguntad a esas muchedumbres ignorantes y
desdichadas, sin fe y sin resignación, sin pan y sin justicia, ¿Qué mal os ha hecho Jesús? y oiréis la
misma respuesta que dio el pueblo a Pilatos:
— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!
Y, en efecto, crucifican constantemente con
sus blasfemias y sus pecados a Jesucristo, a quien lodo lo deben, lo mismo en
el orden moral que en el material de la vida.
Poned vuestra consideración en esas personas importantes, en esos prohombres
que, conociendo cuál es el verdadero camino por que ha, de conducirse a la
sociedad, la llevan por sendas extraviadas por odio a Cristo y a su
doctrina, ¿Qué hacemos?, se preguntaban aquellos fariseos y pontífices sin
conciencia; porque este hombre obra, muchos prodigios. ¡Si le dejamos asi, todos
creerán en Él! ¡He ahí la razón suprema
sugerida por Satanás a los nuevos escribas y fariseos que hoy declaran guerra a
la verdad católica e impiden el apostolado del bien, y atan a la Iglesia y cierran
la boca de sus más esforzados ministros y defensores, porque bien saben ellos
que la verdad tiene virtud sobrada para apoderarse de los entendimientos y
subyugar las voluntades y obrar prodigios sin fin; pero no quieren su triunfo;
temen que sus rayos iluminen las inteligencias, porque ante esta claridad
quedaría descubierta su malicia!
No hablemos de los llamados hombres de bien, verdadera plaga de las modernas
sociedades, sólo comparables con aquel juez débil y complaciente, prevaricador
y malvado, que, por respeto humano, por no enemistarse con el pueblo, porque no
le acusaran de deslealtad ante el César, entregó a Jesús a la furia de las muchedumbres
sedientas de sangre.
Hombres
de bien que quieren vivir en paz con Dios y con el mundo; hombres de bien que
por el afán de figurar se alistan en las congregaciones de los malvados, y dan
su voto a los enemigos de la Iglesia, y no luchan, es cierto, contra la causa
de la verdad, pero tampoco se forman en la fila de sus defensores,
contentándose con lavarse las manos en los días de las grandes catástrofes,
¡Miserables Pilatos!, no han de valerles sus acomodamientos, sus transigencias
y su mutismo para ser reconocidos por Cristo Jesús como enemigos suyos, en el
día terrible de la cuenta.
¡Hermano de mi alma! No
será necesario quizá salir de nosotros mismos para encontrar ejemplos y semejanzas
con aquel Judas traidor, con aquel Pedro ingrato, con aquellos discípulos
cobardes, que al primer asomo de tempestad se escondieron por miedo a los
judíos.
¡Cuántas
veces hemos vendido a Cristo, no digo ya
por treinta monedas, sino por un simple respeto humano, por una satisfacción
pasajera, por un alarde de amor propio, por cualquier miseria o suciedad¡
¡Cuántos otros no han hecho sino enmudecer la
voz, ante un majadero, un infeliz, a
quien hubiéramos podido hacer callar y quizá corregir y edificar si nuestra voz
fuera valiente! ¡Cuántas veces hemos quitado el cuerpo a la carga, y queriendo
pasar por los más fíeles discípulos de Cristo, no queremos serlo más que en los
días de paz, en las épocas tranquilas, cuando el gozo inunda nuestras almas y
el bienestar nos sonríe, y abandonamos a Dios en la tribulación, en la lucha,
en el momento del peligro.
He aquí en breves rasgos una nueva composición
de lugar, un ligero bosquejo de la Pasión de Cristo en nuestros días, de los
cuales tanto podríamos aprender.
jueves, 26 de marzo de 2026
DE SEMANA SANTA — Por el Apostolado de la Prensa. Año 1901.
Las
graves y solemnes festividades de Semana Santa nos invitan otra vez a los
cristianos a meditar especialmente sobre los sublimes misterios de la pasión y
muerte de Aquel que vino a traernos no la paz, sino la guerra, y que nos dejó su
cruz como herencia terrestre. ¿Por qué hemos
de asombrarnos, siendo discípulos de tal Maestro, por ser tratados en esta vida
como Él lo fué? ¿Por qué han de maravillarnos las persecuciones, los ataques,
la guerra sin cuartel que se nos hace? La barca no se hunde, porque es
insumergible, pero constantemente ha de azotarla y zarandearla la tempestad; la
piedra es inconmovible, pero siempre, en todos los momentos y en todos los
siglos, han de estallar frente a ella las embravecidas y encrespadas olas.
En torno de Jesús, y como manada de
hambrientas fieras, se juntaron todos los enemigos que hasta el fin de los
tiempos han de combatirle y enclavarle en la cruz. Allí estaban Anas y Caifas, representantes perpetuos
del odio sectario, afectando hipócritamente una fe que no sentían en el fondo
de sus almas escépticas y de sus corazones corrompidos; allí estaban los fariseos, permanentes modelos de los
embaucadores de la plebe, a la que sabían sugestionar, como ahora tribunos y
periodistas, con palabras que no son palabras, sino silbidos de serpiente; allí
estaba la muchedumbre, como siempre,
bestial, repitiendo el estúpido Crucifícale,
crucifícale, sin conciencia perfecta de lo que hacía, únicamente guiada por
su instinto de fiera que husmea la sangre, sirviendo neciamente de instrumento
a sus peores enemigos, y allí estaba, dominándolos a todos, sentado en el
pretorio, dueño de la fuerza pública, (…), el
gobernador romano que no creía ni en los dioses del imperio a quien servía,
ni en el Dios verdadero que adoraban sus gobernados, y al que lo mismo
importaba Jesús que sus adversarios; (…) esto es, Poncio Pilato, el modelo, el ideal, el tipo acabado del político que
entonces y siempre, por no disgustar al César y por transigir con la plebe,
está dispuesto a condenar al Justo, porque como no sabe lo que es la verdad,
ignora también lo que es la justicia.
Y siendo esos los personajes siniestros que
allí se congregaban para cometer la más horrenda de las iniquidades que ha
cometido la especie humana, sus procedimientos fueron igualmente los que hasta
el día de hoy se siguen empleando para obtener el mismo resultado inicuo que allí
se logró.
Primero,
una o varias reuniones secretas, muy secretas, en que los príncipes de los
sectarios trataron de lo que habían de hacer con el Justo, y en secreto, muy en
secreto, resolvieron darle muerte. Allí fué el Sanedrín el instrumento de la
conjuración abominable; ahora lo es el gran capítulo de la francmasonería, lo
que no es, por cierto, cosa muy distinta del Sanedrín, porque aquella célebre
asamblea y esta no menos tenebrosa junta, medios son de la secta judaica, y con
los que ésta, hoy, como hace 1900 años, satisface sus injustificados y crueles
rencores. (…) Lo mismo, exactamente lo mismo, el Sanedrín judaico resolvió la
muerte de Jesús, y empezó, mucho tiempo antes de la Pasión, la horrenda conjura
de que había de ser aquélla el resultado.
Pero ¿cómo
llegar a Él? El Sanedrín carecía de autoridad oficial para imponer la pena
de muerte, como ahora carece de autoridad oficial el capítulo francmasónico
para perseguir las comunidades religiosas, esto es, a la Iglesia.
Pues
muy sencillo, el procedimiento tiene dos partes o dos períodos. El primero es alborotar
al pueblo. El segundo intimidar al gobierno con el alboroto del pueblo. Hace
1900 años no había periódicos que encendiesen las pasiones populares; pero
había fariseos y saduceos que predicaban; había un príncipe de los sacerdotes
que arteramente se rasgó las vestiduras como si hubiera oído blasfemia
horrenda; había testigos falsos que deponían contra el que es la verdad y la santidad
por excelencia, y utilizando todos estos recursos, se logró el mismo electo que
hoy, y Jesús, el Mesías prometido, el Hijo de David, el Libertador de Israel,
es presentado a la plebe israelítica como.... ¡el enemigo! ¿Enemigo el dulce
amigo de las almas? Pero ¿Qué enormidad no es capaz de tragarse la bestia-plebe?
Sacude su astrosa melena, despereza el enorme corpachón, lanza su rugido de
fiera, y ya tenemos al motín, rodando, informe y asqueroso, por las calles y plazas
de Jerusalén.
Se ha
dado el primer paso; se ha consumado la primera parte de la ensayada iniquidad.
Pero aún falta la segunda, la decisiva. El motín no puede resolverlo todo; no
es más que un medio para llegar al fin. Este fin hay que buscarlo cerca de los
poderes públicos. Y los tenebrosos conjurados empujan a la bestia hacia el pretorio.
Allí está la autoridad, el poder constituido, el gobierno. Entonces surge en lo
alto la siniestra figura de Pilato. Se aproxima el terrible desenlace.
Pilato
no participa ni del odio de los conjurados ni de la brutalidad salvaje de la
turba que a éstos sirve de instrumento. Romano, se juzga de raza y de ideas
superiores, no sólo a la plebe que vocea, sino a sus directores y caudillos. Pero
es débil, porque es ambicioso y codicioso. Quiere mandar y tener dinero, y así es
esclavo de sus propias pasiones. Los conjurados lo saben y por ahí le atacan, y
por ahí triunfan de él. ¡Infeliz!
La
mayor de las crueldades que registra la historia, no va a ser realizada por un
hombre fuerte y enérgico, sino por un débil, obsesionado por la idea de perder
su posición social.
Pilato
no llegó hasta el fin de golpe. Antes quiso salvar al Justo. Cuando vio que no
podía conseguirlo sin peligro para él, transigió y ensayó varias fórmulas de
transacción, que fueron otros tantos tormentos para nuestro Señor. Y ¿cuál fué
el resultado final de todo? Pues que la iniquidad se consumó; pero al tercero
día. Cristo Señor nuestro resucitó, y sentado está a la diestra de Dios Padre, donde
vive y reina por los siglos de los siglos.
Ni el
Sanedrín, ni la turba, ni Pilato tienen poder para impedir esto, ni el triunfo
de la Iglesia en la evolución de los siglos.
VÍCTOR.