—Surio, en el segundo tomo, en el día 24 de
marzo, trae la vida de este gloriosísimo niño, sin quitar ni añadir una palabra
de como la escribió su autor Juan Matías Tiberino, y de la misma forma irá aquí
fielmente copiada, con el preámbulo que hace su autor, que es en esta forma:
Una maravilla estupenda (y tal que desde la pasión
y muerte de nuestro Señor Jesucristo hasta estos tiempos no han oído las edades
otra semejante) quiero referiros y escribir, la cual ha sucedido en esta ciudad
de Trento pocos días ha, habiendo permitido su divina Majestad que se descubra
y se sepa para que nuestra fe católica, si en alguna parte flaquea, se
fortifique y haga firme como una roca, y la antigua raza de los perversos
judíos se borre y acabe del todo sin que más se permita vivir en pueblo alguno
cristiano, y su memoria totalmente se aniquile en el orbe.
Oíd, los que gobernáis los pueblos, una
maldad nunca oída, y velad con cuidado como fieles pastores del rebaño de Cristo.
Despierten los vuestros que habitan la tierra, abran los ojos y vean qué fieras
crían en sus senos. Los crueles judíos, no sólo con sus rabiosas e insaciables
usuras consumen y hacen morir de hambre los pueblos cristianos, sino es que
también, conjurados en daño nuestro contra nuestras vidas, se alimentan de la
sangre viva de nuestros hijos y tiernos infantes, condenándoles a tormentos
atrocísimos en sus sinagogas, quitándoles las inocentes vidas como a Cristo.
Pocos días ha que en Trento, ciudad que por
la parte aquilonar, mediando el río Labicio, divide la Italia de la Germania,
habitaban en un barrio que está a la izquierda mano del castillo de dicha ciudad,
tres familias de judíos, cuyas cabezas
eran Tobías, Angelo y Samuel, en cuya compañía vivía un infernal y bárbaro
viejo, llamado Moisés, el cual decían ellos que sabía el tiempo y la hora en que
había de venir el Mesías, que desesperados y rabiosos, cuanto ciegos, esperan. Éstos,
pues, la semana santa del año de
1475, el día martes 21 de marzo, se
juntaron en casa de Samuel, donde tenían su
sinagoga, para matar un ternero vivo que le
habían traído aquella mañana, y habiendo hablado
de varias cosas, Angelo de su rabioso y dañado
pecho sacó tales palabras: «En esta
Parasceve o Pascua tenemos carnes y peces en grande abundancia; sólo una cosa
nos falta.» Respondió Samuel: «Pues
¿qué te falta?» Entonces, mirándose
todos unos a otros sin hablar palabra, entendieron
que hablaba de sacrificar un tierno infante cristiano, que en menosprecio de
nuestro Señor Jesucristo bárbara, atroz y cruelmente matan en su Pascua,
derramando la inocente sangre al comer sus panes ázimos, para preservarse, como ellos dicen, de la
hediondez y mal olor que en sí tiene; y
a éste llaman su yoel o jubileo. No se atrevían a hablar por temor de los criados, que a prevenir lo preciso
para su Parasceve entraban y salían.
Al día siguiente, juntados todos en la
sinagoga, consultaban en qué parte podían hacer el sacrificio que fuese más
oculto. Tobías y Angelo decían que sus casas eran estrechas, y así que no era
posible se hiciese en ellas, porque no se les podría ocultar el hecho a los
criados y muchachos que todo lo sacan a la calle, y así afirmaban todos que no
había casa más cómoda y capaz para todo que la de Samuel. Resuelto que en ella
sería, comenzaron a discurrir en la traza de hurtarles un niño a los cristianos,
y después de varios pareceres llamó Samuel a un criado suyo, llamado Lázaro, y
le dijo: «Amigo Lázaro, si te basta el
ánimo para hurtar un niño cristiano a sus padres y traérnoslo aquí, te daremos
de contado cien filipos, que son cien reales de á ocho.» A que respondió Lázaro:
«Padres venerandos, ése es un grave delito
y yo no le cometeré por el mundo todo.» Y diciendo y haciendo, temeroso no
hicieran con él lo que querían con el niño cristiano, se fué huyendo, no sólo
de la casa, más aun de la ciudad y provincia.
El jueves siguiente, juntos otra vez en la
sinagoga, dijeron a Tobías: «Tú solo, ¡oh
Tobías!, puedes satisfacer nuestros deseos, porque tú tienes familiar comunicación
y trato con los cristianos, y así puedes con gran facilidad cogerles un niño,
pues nadie ha de advertirlo por la grande amistad que te profesan y el poco
reparo que nadie hace en ti cuando andas por la ciudad. Si esto haces, fía de
nosotros, que todas tus cosas irán en prosperidad grande, haciéndote muchos
beneficios.» Tobías respondió que no se atrevía a negocio de tanta
importancia por el gran peligro que en él había. Ellos volvieron a él con furor
diabólico, blasfemando su corto ánimo y diciéndole mil injurias, y al fin, que
si no lo hacía, desde luego le privarían de la entrada en la sinagoga
perpetuamente. Tobías, viendo que todos se habían vuelto contra él como unos
demonios, y asimismo que le prometían mucho oro si condescendía con sus ruegos,
temeroso de una parte y vencido de su interés por otra, dijo resuelto: «Ea, padres, yo cumpliré vuestros deseos,
pero ya sabéis soy pobre, y que mi ejercicio no basta a que yo pueda vivir con
descanso alguno; tengo muchos hijos, a ellos y a mí pongo en vuestras manos, y
únicamente encomiendo.» Entonces todos alegres respondieron: «Cumple tú nuestros deseos trayéndonos este
niño, que jamás te seremos ingratos; tú vivirás con descanso y tus hijos con
grandes medros.» Alegre también el traidor, dijo a Samuel al punto: «Conviene que las puertas de tu casa todas
estén abiertas con cuidado, para que ofreciéndose ocasión no haya tardanza alguna
ni dificultad en mi entrada.» A la tarde salió de casa y comenzó a dar vueltas
por toda la vecindad, y poco a poco se entró dentro de la ciudad hasta la
plaza; volvía a mirar a una y otra parte por ver si alguno observaba su camino,
y viendo que nadie en él reparaba aceleró el paso. Entró en la calle que llaman de las Fosas, y luego puso los ojos en un
niño hermoso como el sol mismo, que estaba sentado y solo sobre el umbral de la
puerta de su casa: su nombre era Simón, su edad dos años y cuatro meses: su belleza tanta que era en hermosura un
ángel, sin que en todo él se hallase mácula alguna de imperfección que notar. Miró
el traidor Judas a una y otra parte de la calle, y viendo que nadie le miraba
se llegó al inocentísimo Isaac, y púsole con gran cariño un dedo en su tierna y
delicada mano. El inocente y hermoso ángel le tomó el índice con su blanca
manecita, y levantándose fué en seguimiento del traidor Judas, que lo vendía y
llevaba con caricias y besos traidores al suplicio. Luego que hubieron pasado
dos o tres casas, le tomó la mano y le puso sobre sus rodillas, haciéndole mil traidoras
caricias; y dándole el infame beso de paz, lo engañó de suerte, que sin
dificultad alguna lo llevó en sus infames brazos fuera del barrio. Entonces la
inocente víctima, viéndose fuera de la calle de sus padres, en poder de un
hombre que no conocía, comenzó a llorar tiernamente y a invocar el dulce nombre
de su madre, que se llamaba María, porque en todo fuese semejante a Jesús, hasta
en ser hijo de María. Sin ánimo quedó
el traidor cuando oyó los llantos y tiernos gritos del niño, por juzgarse ya en manos de la justicia; mas reparando en que ninguno parecía,
sacó un dinero con que engañó de
nuevo y acalló al inocente ángel.
Viendo el cruel verdugo que ya callaba el
cordero, prosiguió su camino, hasta que reparó
en un zapatero de viejo, que a su puerta estaba cosiendo: aquí perdió del todo el ánimo, juzgando se le había descubierto el hurto; mas
viendo que el oficial sólo trataba en
su trabajo, sin mirarle a él, aceleró
el paso y entróse con el niño en casa
de Samuel, donde alentó y recobró los casi
perdidos espíritus vitales.
Samuel, que esperaba como el tigre la caza,
tomando al hermoso niño en brazos, se fué con él a la cama, donde le hizo mil
traidoras caricias para ganarle la inocente voluntad y que callase. ¡Cuánta alegría ocupó los corazones de aquellos dragones fieros
fácilmente se deja entender! Las fauces se les secaban de dar alegres
aullidos sobre la cristiana sangre; y porque el tierno infante no extrañase los
gritos y la nueva habitación, unos le daban uvas, otros manzanas, otros
confites y otras mil cosillas, que de ordinario cuestan poco y agradan mucho a los
niños; con que consiguieron que no llorase ni se extrañase, antes sí estuviese
gozoso y alegre. Vino la noche; y como María echase menos su amada prenda,
salió a buscarle entre las vecinas, donde solía entretenerse con otros de su
edad inocente; mas como no le hallase, hiriendo sus pechos y moviendo a compasión
las duras peñas con sus tiernas lágrimas, llamó a Andrés, su marido y padre del
bendito inocente, y los dos dieron vuelta a toda la ciudad; pero en vano. Los niños inocentes, por cuyos labios de
ordinario habla el Espíritu Santo, decían que sin duda se lo habían hurtado los
judíos para crucificarlo aquella noche en oprobio y afrenta de Cristo, y
así que entre aquellos perros enemigos de Jesús convenía buscarlo, y si no
fuera ya noche y estuviesen cerradas las puertas de la ciudad, sin duda irían
al barrio de los judíos a buscarlo; mas hubieron de volverse a su casa tristes
y desconsolados por aquella noche, hasta esperar el siguiente día en que
juzgaban hallar algún consuelo.
Tiempo era ya en que la humana fatiga del primer
descanso a sus pechos y cede al sueño todos sus cuidados, cuando aún los canes
más vigilantes duermen y todo está en mudo silencio: entonces, pues, el cruel
Moisés, con los demás traidores, infames y malvados judíos, tomando aquel
inocente ángel que descuidado dormía, se fueron a la sinagoga, y sentándose en
un escaño, puso sobre sus muslos la hermosísima cuanto inocente prenda, y
rodeándole todos aquellos lobos carniceros, desnudaron la inmaculada víctima dejándola
en carnes; y tomando Samuel un lienzo que tenía pendiente del cíngulo,
rodeándole el cuello y garganta hermosa con él, embarazaba el aliento del
hermosísimo ángel para que no llorase, de suerte que alguno pudiese oír sus dulces
y tiernos sollozos: los demás le tenían los pies y manos. ¡Qué diligencias tan bárbaras para tan inocente cordero! De esta
suerte, pues, estaba ya la inocente ofrenda hecha espectáculo triste al mundo,
cuanto alegre al cielo que le esperaba, envidiándole los mismos ángeles y
gozando Jesús de ver otro inmaculado cordero que le imitaba y seguía en la gloriosa
pasión y muerte, cuando el desapiadado
viejo Moisés sacó un templado cuchillo con que le cortó y abrió el capullo de
aquella virginal flor, para que fuese por circuncidada más acepta la víctima:
sacó luego unas tijeras y comenzó desde la tierna barba a abrirle la mejilla
derecha, y cortando un pequeño pedazo de aquella virgen y santísima carne, le
puso en una fuente o copa que tenía preparada para recoger la purpúrea rosa de
su rojo carmín, que de las cristalinas fuentes que ya había abierto el verdugo
infame corría, y los circunstantes recogían con grande anhelo y cuidado. Ibanse luego siguiendo por su orden y
antigüedad cada uno de aquellos perversos judíos, y tomando las tijeras de la
infernal y sacrílega mano del maldito viejo, cada uno hacía lo que él, cortando
al ángel un pedacito de carne viva de aquella mejilla tierna, hasta que se la
acabaron de cortar y quitar toda. Y si el que le había echado el lazo al cuello
tal vez aflojaba un poco por temor de no ahogarle, para que el sacrificio fuese
vivo y padeciese más aquel santísimo ángel, y por eso reconocían los otros que
iba a llorar, le ponían a toda prisa las manos en el clavel de su tierna boca,
y tan inocente que aún no sabía quejarse, temiendo no lo hiciese, de suerte que
sin piedad lo ahogaban y sofocaban. ¡Oh crueles! ¡Oh infames! ¡Oh canes
rabiosos! ¡Oh judíos perversos! ¿Qué hacéis? Ese ángel no abrirá la boca ni
desplegará los labios contra vosotros; temed su inocente sangre, que cual la de
Abel dará voces al cielo; no le tapéis la boca, dejadle que aliente siquiera y
respire, que si habla alguna palabra será sólo la que le enseñó su Maestro y
Redentor Jesucristo, y cederá en provecho vuestro, pues le pedirá os perdone
porque no sabéis lo que os hacéis. Pero ya veo me canso en balde, que
estáis tan obstinados y ciegos, que aún no queréis el perdón de vuestras
execrandas maldades o infames culpas: castigo es bien merecido a tanta
incredulidad como la vuestra.
Hecha
esta cruel y nunca oída función, tomó el infame viejo Moisés la pierna derecha
del inocente mártir, y abriendo con el cuchillo de alto abajo la pantorrilla,
tomó luego las tijeras y cortó un pedazo, y los demás hicieron lo mismo, como
antes. Acabada esta crueldad, el endemoniado viejo levantó en alto al mártir de
Jesucristo que ya estaba, como atormentado y desangrado, medio muerto, y si no
lo estaba del todo era, sin duda, porque enamorado Jesús de verle así tratar
por su nombre, le conservaba la inocente y delicada vida para aumentarle del
martirio la corona. Pidió el viejo cruel, cabeza de tanta tiranía y crueldad, a
Samuel que se sentase a su izquierda mano; hízolo así, y entre ambos levantaron
al santo Simón en alto en forma de cruz, que ya que no habían prevenido cruz en
que crucificarle, quisieron muriese en cruz crucificándole en sus infames
manos. Después mandó a los circunstantes que con alfileres y agujas pasasen
muchas veces aquel delicado cuerpecito. Hicieron todos una rueda, y prevenidos de
alesnas, punzones, alfileres y agujas, comenzaron con rabia y furor infernal a
pasar y agujerear aquella santísima carne, desde lo sumo de la delicada y
tierna cabeza hasta la virginal planta del pie, sin dejar parte en tan delicado
cuerpo que no hiciesen una criba. Hacían cuando así lo picaban grande algazara
y fiesta, repitiendo todos:
Tolle Jesse mina elle parichief elle passusen peg molen: que quiere decir: «Como a Jesús, Dios de los cristianos, que es nada, quitemos a éste cruelmente la vida: así nuestros enemigos los cristianos sean eternamente confundidos. »