lunes, 6 de julio de 2026

Requiescant in pace. Amen. — (Descansen en paz. Amén.)

 



 

   La imagen corresponde a una profecía de Ezequiel: Esto dice el Señor a esos huesos: «He aquí que yo infundiré en vosotros espíritu, y viviréis». — Cap. XXXVII.

 

   La muerte, esa gran catástrofe de la vida, que el débil teme y el valiente provoca, que el desgraciado llama como un remedio y el justo espera como un tránsito; esa deidad terrible que cubre su repugnante esqueleto con despojos de púrpura y sayales, laureles de héroes y cadenas de presidiarios, tiene también su día de fiesta. Día que, por lo general, amanece nublado, como si la tristeza de la tierra marchase acorde con la del cielo: el color ceniciento de las nubes, y sus caprichosas formas, recuerdan en sus flotantes pliegues un sudario, y en sus matices aplomados el contenido de una tumba.

 

   Los cementerios, lugares en que la muerte archiva sus trofeos, se alumbran en este día con luces de cera, se adornan con flores y coronas y se riegan con lágrimas.

 

   Este es el día de los recuerdos, y de ahí viene su tristeza; porque con razón se ha dicho que el recuerdo es un corrosivo, y el olvido un bálsamo. Pero, ¡cosa rara! El recuerdo que pone de continuo ante los ojos las sombras de los que en vida se amaron, es un corrosivo que el amor se complace en derramar sobre el corazón; y el olvido, que las disipa, las disuelve y pone empeño en alejarlas, es un bálsamo que tiene a la ingratitud por madre.

 

   La voz de las campanas, que en este día no repican alegres, sino que tristes lloran, no es el mero sonido de un bronce: es la voz del padre, de la madre, del hermano muerto, que viene a decirle al vivo: ¡Acuérdate! Que viene a decirle que la tumba está colocada en los confines de dos mundos; que las lágrimas que se derraman en el uno, resuenan en el otro como un consuelo; que las oraciones que en éste se pronuncian, sirven en aquél como un remedio. Voz angustiosa del que sufre y espera; voz triste del que pide a los vivos lo que tanto vale para los muertos: ¡un sufragio!

 

   Esta es la gran prerrogativa de la Iglesia católica, que, salvando el terrible escollo de la muerte, proporciona al amor la dicha de hacer bien por los que quiere, hasta más allá del sepulcro. ¡Creencia sublime, que si no fuera una verdad profunda, sería un magnífico consuelo, y que, sin embargo, encuentra quien la rechaza como absurda y estéril. Aquellos espíritus fuertes que sacuden el yugo de la religión porque les prohíbe sus vicios; aquellos materialistas que niegan la eternidad porque la temen, pasen las puertas de un cementerio.

 

   Pero no en ese día en que la multitud profana la soledad que la muerte escoge por compañía, sino cuando sólo reina allí el silencio de las tumbas; cuando sólo se oye el asqueroso roer de los gusanos, el triste susurro de los sauces que inunda el alma de melancolía, y el misterioso y peculiar de los cipreses, que parecen murmurar una plegaria.

 

   Una tapia baja le rodea: por encima de ella asoma unas veces un sauce inclinando al suelo sus ramas, como para llorar en la tierra; otras alza un ciprés las suyas, como para esperar en el cielo, y de trecho en trecho se levanta una cruz con los brazos abiertos, como ofreciendo su amparo. ¡Vosotros, los que no creéis, dejad las ilusiones en esa puerta en que el tiempo y la muerte cruzan sus guadañas, y que, siempre abierta, parece una boca que jamás se sacia y espera sin cesar nuevas víctimas!

 

   Pisad aquel polvo, en que cada grano formó parte de la vida; entre aquella multitud que, como dijo un poeta, está solitaria, porque allí nada supone el número; allí, donde la vista sólo descubre montones de huesos y desengaños de tumbas, que árboles y flores tratan de ocultar, consiguiendo sólo poner de relieve su horror; allí, donde todo se destruye y parece concluir, sentado sobre una tumba, y sólo con la muerte por testigo, es donde se siente en toda su pujanza la necesidad de la inmortalidad. Tienda el materialista la vista en derredor, mírese luego, medite después. — ¿Quién soy yo? dirá. —Máquina delicada que el más leve accidente descompone; montón de polvo que el más suave viento esparce; hinchado orgullo hoy, ¡vencida flaqueza mañana!... ¿De qué me sirve la ciencia, si no descubre el secreto de la vida, ni me hace esperar nada de la muerte? ¿De qué el talento, si mi cabeza ha de quedar reducida a una calavera pelada? ¿De qué el dinero, si todo el oro del mundo no logrará darme un día más de vida? ¿De qué la virtud, si el mismo polvo cubre aquí al veraz y al embustero, al ladrón y al robado, al asesino y a la víctima? ¿A qué sujeto mis pasiones, si la tierra no me consuela ni me premia?...

 

   ¡Qué vacío primero! ¡Qué desaliento después! ¡Qué desesperación más tarde! ¡Qué horrible furor, por último, que le lleva al suicidio!

 

   Pero levantad la venda a ese hombre que, al darse la muerte, sólo piensa volver a los elementos, a los átomos que lo formaron, y entonces sentirá ese hálito divino, ese soplo de vida que anima su materia organizada de carne, huesos, músculos y nervios: entonces exclamará con Pascal: «Soy una frágil caña; pero una caña pensadora.» Dirá con Newton: «El sol es mayor que yo; pero yo lo mido.» Y añadirá con Augusto Nicolás: «Conozco mi flaqueza, y el universo ignora su fuerza. Y he aquí que por esto solo soy superior a esta misma fuerza. Soy, en fin, la flor de los campos abierta a la mañana y seca a la tarde; pero tengo, como la flor, un perfume que, una vez marchita ésta, se va al cielo.

 

   Y si el demonio del orgullo le arrastra, como a Luzbel, demasiado lejos, entonces arrojará la vista en derredor y verá huesos, tumbas, desengaños, soberbia humillada, poderes que tiranizaron el mundo y caben ahora bajo una losa de mármol. Entonces sentirá ese terror saludable que hizo decir al P. Kempis: «Piensa en la muerte y te salvarás.» Y como las cosas humanas le parecerán perecederas, sabrá gozar sin disipación y sufrir sin abatimiento, desear sin inquietud y adquirir sin injusticia, poseer sin orgullo, y — lo que es más difícil a la débil condición humana — ¡perder sin dolor!

 

   No verá en la muerte un fin que aterra, sino un tránsito que consuela; no verá la vida que se acaba, sino la eternidad que empieza; y contemplando sin pavor las tumbas que le rodean, dirá, no con la fría calma del estoico, sino con la dulce esperanza del cristiano: Requiescant in pace.—Amén.

 

PADRE LUIS COLOMA S. J.

España – 1871

lunes, 29 de junio de 2026

LA ABUELA Y EL NIETO

 




 

   …Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam; et portac inferí non praevalebunt adversus eam.

 

—Cuéntame una historia, abuela.

—Allá en remotas edades

Junto al mar de Tiberíades

Habitaba un pescador.

Y era el pescador muy pobre

Según dice la leyenda,

Y era tosca su vivienda,

Y era rada su labor.

✠✠

Pero aunque pobre y astroso

Y mísero y pordiosero,

Como era un santo el barquero

Era amigo del buen Dios...

—Me gusta mucho esa historia

Pero el nombre del barquero...

—Tienes razón ¡qué memoria!

Era su nombre Simón.

✠✠

Una tarde en que afanoso

Los aparejos cosía,

Oyó una voz que decía

«Deja las redes, Simón.»

Y dejando los avíos

En la dársena el barquero,

Corrió obediente y ligero

Hacia aquel quo le llamó:

✠✠

—Y ¿quién le llamó, abuelita?

—Pues... un Rey muy poderoso;

Pero, ten paciencia, hermoso.

Ya verás lo que pasó.

Llegó Simón, y a sus plantas

Se postraba con fe pura;

Y la regia vestidura

Con sus lágrimas regó.

✠✠

«¿Me conoces?», el Rey dijo,

Y Simón le respondió:

«Tú eres Cristo, de Dios Hijo,

Tú mi Padre y mi Pastor.»

Nuevas lágrimas vertía

Al decir estas palabras;

Pero Cristo le decía:

«¡Cuan feliz eres, Simón!»

✠✠

Ni la carne, ni la sangre.

Ni del mundo la prudencia,

Te enseñaron esta ciencia,

Que hoy tu labio confesó.

Esa ciencia es flor divina,

Y es mi padre el jardinero:

Donde El siembra, ella germina,

Y en tu pecho la sembró.

✠✠

«¡Feliz tú, Simón Barjona!

Desde hoy eres mi Vicario;

Y mi cetro y mi corona

Y mi báculo y mi red,

Son ya escudo y timbre eterno

De tu imperio perdurable,

Y las puertas del infierno

Nada podrán contra él.»

✠✠

«Tú eres piedra y roca dura.

En la cual, como en cimiento,

Mi palabra te asegura

Que una Iglesia fundaré.

Y por ser tal piedra, PEDRO

Llamen ya a Simón Barjona:

Anda, Pedro; marcha a Roma:

Yo A tu lado allí estaré.»

✠✠

—¿Y qué hizo el pobre barquero

De sus redes y su avío?

—Lo dejó todo, hijo mío.

Por seguir su vocación.

Pues de Cristo el mandamiento

Desde entonces acatando.

Caminando, caminando

Hasta Roma caminó.

✠✠

—Y ¿qué hizo en Roma, abuelita?

—Anunciar la buena nueva,

Predicar la fe bendita,

Realizar prodigios mil.

Echar al mar proceloso

Del mundo la red divina,

Y apacentar cuidadoso

Las ovejas del redil.

✠✠

Ese redil, hijo mío,

Ocupa ya el mundo entero,

Y aquel humilde barquero

Es hoy Monarca inmortal.

Contra el cual enfurecido»

Los poderes del infierno,

Con encono sempiterno

Le combaten sin cesar.

✠✠

—¿Qué es lo que dices, abuela?

¿Aún vive Simón en Roma?

—No vive Simón Barjona;

Pero PEDRO vivo está...

Si vas, niño, al Vaticano

Y es la Fe tu compañera,

Al besar el pie a un anciano

«Tú eres Pedro», le dirás.

_______

 

CAMPAZAS.

(Año 1895)

LA LEYENDA DE SAN PEDRO (Domine, quo vadis?)

 



 

   Aunque el apócrifo de Pedro no forma parte de los textos canónicos, el pasaje relativo al encuentro de Pedro y Jesús en Roma sí formó parte de la tradición hagiográfica sobre Pedro. La referencia culta más notable se encuentra en la hagiografía de San Pedro que incluyó a Santiago de la Vorágine en su libro “La leyenda dorada”.  El pasaje sobre San Pedro es el siguiente:

 

   «Cuando Pedro salió de la cárcel, sus hermanos en la fe le rogaron que huyera de la ciudad, y, aunque él al principio se resistió a hacerlo, finalmente convencido por ellos se dispuso a salir de Roma, y al llegar a una de las puertas de la muralla situada en el lugar que actualmente lleva el nombre de Santa María «ad passus», según la versión que de este hecho nos han dejado San Lino y San León, vio a Cristo que venía hacia él. Pedro, al verlo, le dijo:

 

   —Domine, quo vadis? o sea, Señor, ¿a dónde vas?

   —A Roma, para que me crucifiquen de nuevo.

   — ¿Para qué te crucifiquen de nuevo? —preguntóle Pedro.

   —Sí —contestó el Señor.

   Entonces Pedro exclamó:

   —En ese caso me vuelvo para que me crucifiquen también a mí contigo.

 

   En aquel preciso momento el Señor subió al cielo ante la mirada atónita de san Pedro que comenzó a llorar de emoción, porque repentinamente se dio cuenta de que la crucifixión de que Cristo había hablado era la que a él le aguardaba, es decir, la que el Señor iba nuevamente a padecer a través de su propia crucifixión. Inmediatamente pues, volvió sobre sus pasos, se internó en la ciudad y refirió a los hermanos la visión que había tenido. Poco después, los soldados de Nerón lo detuvieron, y en calidad de prisionero lo condujeron a la presencia del prefecto Agripa. Según el relato de san Lino, la cara del apóstol, al comparecer ante el juez, brillaba como el sol.»

 

“La Leyenda Dorada”

sábado, 27 de junio de 2026

CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN DEL PERPETUO SOCORRO

 




CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN

DEL PERPETUO SOCORRO

 

   La consagración puede hacerse en forma personal, o de toda la familia.

✠✠

   ¡Oh Virgen del Perpetuo Socorro!, permitid que me consagre para siempre a vuestro amor y servicio.

 

   ¡Oh María!, ya que para darme ánimo y confianza habéis querido llamaros Madre del Perpetuo Socorro, yo, indigno siervo vuestro, postrado ante vuestro trono, de nuevo os consagro mi entendimiento para conoceros, mi voluntad para complaceros, mi corazón para amaros y mi lengua para ensalzaros. A vuestro amor maternal entrego mi persona y todas mis cosas. Disponed de mí y de todo lo mío como os agradare. ¡Oh, Madre mía!, dignaos aceptar ésta mi ofrenda, y no permitáis que jamás me aparte de Vos; ayudadme en toda necesidad y en todo peligro, día por día, sin cesar, y especialmente en los últimos momentos de mi vida, a fin de que salvado por vuestro socorro perpetuo, pueda perpetuamente amaros, alabaros y daros gracias en la patria bienaventurada.

✠✠

 

   Jaculatoria. — ¡Oh María, Madre del Perpetuo Socorro, rogad por mí!

 

   ¡Protector mío San Alfonso, haced que en todas mis necesidades recurra a María!

 

   Gloria Patri (tres veces).

✠✠

   Alma cristiana, ¿amas ahora a la Virgen del Perpetuo Socorro más qué antes? ¿Te acuerdas más de Ella? ¿La invocas con más fervor? Pídele siempre las gracias espirituales y temporales que necesites para tu salvación y confía en su perpetuo socorro, qué, aunque te parezca, que nada consigues, confía, que no te levantas de sus pies sin alcanzar alguna gracia especial.

 

Y ahora, con todo el amor de tu alma, dile por última vez: Yo os amo...

 (Pídase una gracia particular.)

✠✠

 

(Oraciones finales)

 

CORONA DE AMOR

 

   Yo os amo, oh Virgen del Perpetuo Socorro, porque sois, después de. Dios, la criatura más santa y más digna de ser amada. AVE MARÍA.

 

   Yo os amo, oh. Virgen del Perpetuo Socorro, porque sois la Hija de Dios Padre, la Madre de Dios Hijo, la Esposa de Dios Espíritu Santo. AVE MARÍA.

 

   Yo os amo, oh Virgen del Perpetuo Socorro, porque sois mi Madre, la más amante y la más amable de todas las madres. AVE MARÍA.

 

   Yo os amo, oh Virgen del Perpetuo Socorro, porque, sois, con Jesús, mi amparo. AVE MARÍA.

 

   Yo os amo, oh Virgen del Perpetuo Socorro, y quiero amaros con todo mi corazón, cada día más, toda mi vida, para amaros eternamente en el cielo. AVE MARÍA.

 

   Yo os amo, oh. Virgen  del Perpetuo Socorro, y quisiera que os armaran todos los hombres en la tierra como Dios y los Ángeles y los Santos os aman en el cielo. AVE MARÍA.

✠✠

   Acordaos, ¡Oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de cuantos han acudido a vuestra protección, implorado vuestra; asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animada con esta confianza a Vos también acudo, ¡Oh Virgen, Madre de las vírgenes! y gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No despreciéis mis súplicas ¡Oh Madre del Verbo!, antes bien escuchadlas y ¡acogedlas benignamente. Así sea.

✠✠

   ¡Madre mía, esperanza mía! yo me acojo bajo vuestro manto maternal, y amparado en él quiero vivir y morir. No permitáis que hoy, ni nunca, ofenda a vuestro Divino Hijo: bendecidme, Madre Mía.

 

   Seáis amada, seáis alabada, seáis invocada, seáis eternamente bendita, ¡Oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio y mi vida. Amén.

 

PEQUEÑO MANUAL DE NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO. De los Padres Redentoristas. Año 1951.

domingo, 21 de junio de 2026

DE LA EXCELENCIA DE LA NUEVA MILICIA, DIRIGIDA A LOS CABALLEROS DEL TEMPLO DE JERUSALEM – Por San Bernando Abad de Claraval

 



 

   Vuela por todo el mundo la fama del nuevo género de Milicia, que se ha establecido en nuestros tiempos en el País mismo, que el Hijo de Dios, habiéndose hecho visible en la Carne, a otro tiempo honrado con su presencia: a fin de que del mismo lugar de donde él arrojó por entonces los Príncipes de las tinieblas con la fuerza de su brazo, extermínase todavía hoy sus infelices ministros, que son los hijos de la infidelidad, disipándolos por el valor de estos bravos Caballeros, haciendo así aun el día de hoy la redención de su pueblo, y enarbolando nuevamente el trofeo de nuestra salud en la casa de David su siervo.

 

   Este es, vuelvo a decir, el nuevo género de Milicia, y no conocido en los siglos pasados; en el cual se dan a un tiempo mismo dos combates con un valor invencible: contra la carne y la sangre; y contra los espíritus de malicia que están esparcidos en el aire. Y, a la verdad, yo hallo, que no es maravilloso ni raro resistir generosamente a un enemigo corporal con las solas fuerzas del cuerpo. Tampoco es cosa muy extraordinaria, aunque sea loable, hacer guerra a los vicios o a los demonios con la virtud del espíritu, pues se ve todo el mundo lleno de Monjes, que están continuamente en este ejercicio. Más ¿quién no será sorprendido de pasmo por una cosa tan admirable y tan poco usada, como es ver el uno y el otro hombre poderosamente armado de estas dos espadas, y noblemente revestido del ceñidor militar?

 

   Ciertamente, este Soldado es intrépido y está seguro por todas partes, cuyo espíritu se halla armado del casquete de la fe, e igualmente que su cuerpo de la coraza de hierro. Pues estando fortalecido con estas dos suertes de armas, no teme ni a los demonios, ni a los hombres. Yo digo más, no teme la muerte, pues que desea morir. Y en efecto ¿qué es lo que puede hacer temer, sea viviendo o sea muriendo a quien encuentra su vida en Jesucristo, y su recompensa en la muerte? Es cierto, que él combate con confianza y con ardor por Jesucristo; pero él desea todavía más morir y estar con Jesucristo; porque esto es toda la dicha suya. Pues valerosos Caballeros, marchad con seguridad, echad fuera con un coraje intrépido a los enemigos de la cruz de Jesucristo, y estad ciertos de que ni la muerte, ni la vida podrán separaros de la caridad de Dios que está en Jesucristo: rumiando con frecuencia dentro de vosotros en todos los peligros estas palabras del Apóstol: “SEA QUE VIVAMOS O SEA QUE MURAMOS NOSOTROS SOMOS PARA DIOS” (Romanos XIV, 8)

 

   ¡O con cuánta gloria vuelven del combate estos vencedores! ¡O con cuánta dicha mueren estos Mártires en la pelea! Regocijaos, Campeón valeroso, de vivir y de vencer en el Señor; pero regocijaos todavía más de morir y de ser unido al Señor. Sin duda, vuestra vida es fructuosa, y vuestra victoria gloriosa; mas, vuestra muerte sagrada debe ser preferida a la una y a la otra con muy justa razón. Porque, si los que mueren en el Señor, son bienaventurados ¿Cuánto más lo serán los que mueren por el Seño?

 

   A la verdad, de cualquier manera que se muera, sea en el lecho, o sea en la guerra, la muerte de los Santos  será siempre preciosa delante de Dios; más, la que sucede en la guerra, es tanto más preciosa cuanto es mayor la gloria que la acompaña. ¡O que seguridad hay en la vida que está acompañada de una conciencia pura! ¡O que seguridad, repito yo, hay en la vida que espera la muerte sin temor ninguno! ¡Ó, la desea con ansia tambien, y la recibe con devoción! ¡O cuán santa y segura es esta    , y cuán libre y exenta está de este doble peligro de que se hallan ordinariamente las gentes, de guerra, que no tienen a Jesucristo por fin de sus combates!

 

   Porque otras tantas veces como entras en la pelea, tu que no combates sino por un motivo temporal, debes siempre estar en temor o de matar a tu enemigo en cuanto al cuerpo, y a tí mismo en cuanto al alma, o quizá de ser muerto por él en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma juntamente.

 

   Pues el peligro o la victoria del cristiano se deben considerar, no por el suceso del combate, sino por el afecto del corazon. Si la causa de aquel que pelea, es justa, su éxito no puede ser malo, así como su fin no puede ser bueno, si es defectuoso su motivo, y no es recta su intención.

 

   Si con la voluntad de matar a tu enemigo, tú mismo quedas en el puesto, mueres haciéndote homicida: y si quedas superior, y haces perecer a tu contrario con el designio de triunfar de él y de vengarte, vives homicida. Pues, o sea que mueras, o que vivas, sea que seas victorioso o vencido, de ningún modo te es ventajoso ser homicida.

 

   ¡Desgraciada victoria, la que te hace sucumbir al vicio al mismo tiempo que triunfar de un hombre! Y en vano te glorías de haber triunfado de tu enemigo, cuando la cólera o la soberbia te reducen a servidumbre. Hay otros que matan un hombre sin pasión de venganza, y sin codicia de vencer, sino solamente por librarse del peligro. Y por lo que a mi toca, no osaría aprobar esta victoria, porque de dos males es menor el morir en el cuerpo que en el alma. De donde no es permitido concluir en manera alguna, que el alma muere con el cuerpo, pues no hay sino el pecado que la de la muerte, según esta palabra de la Escritura; “EL ALMA QUE PECASE MORIRÁ”  (Corintios II, 10).

 

“TRATADOS MORALES, DOCTRINALES Y DOGMÁTICOS”

(Año 1803)

miércoles, 10 de junio de 2026

EN EL SAGRADO CORAZÓN, HALLAREMOS EL MEJOR CONSUELO

 




I

 

   El pecado ha hecho de este mundo, que debía ser un paraíso anticipado, un verdadero valle de lágrimas. Las espinas con que a cada paso tropezamos nos punzan dolorosamente y nos arrancan frecuentes gemidos. Así es que nada necesita tanto el hombre durante esta vida mortal, como de consuelo. Consuelo necesitamos de los contratiempos de la fortuna, en los dolores de la enfermedad, en la pérdida de los que amamos, en las dudas de la conciencia y en todos los momentos de la vida y en el muy  crítico y angustioso de nuestro último trance.

 

   ¿Dónde mejor podemos buscar este consuelo que en el muy dulce y consolador Corazón de Jesús? ¿No han salido de él aquellas tan tiernas y amorosas palabras?: “Venid a Mí todos los que andáis trabajados y afligidos, y yo os aliviaré”

 

   ¡Oh buen Jesús! ¡Oh único verdadero Consolador de los corazones angustiados! ¿A quién iremos sino a Vos en nuestras horas de amargura y desasosiego? Cuando los intereses mundanos no aprovechan, cuando los amigos se alejan, cuando las fuerzas faltan, ¿a quién acudiremos sino a Vos fuente inagotable de todo consuelo?

 

   Medítese unos minutos.

 

II

 

   Y no obstante, alma mía, es Jesús el postrero (último) a quien acudes en tus horas de tribulación. Primero son para ti los amigos de la tierra, que ese dulcísimo Amigo del cielo. Primero buscas un desahogo en el pasatiempo mundano que en la dulce intimidad del Sagrario, donde te espera este misericordiosísimo y compasivo Consolador.

 

   Dime, ¿no llevas ya bastantes desengaños? ¿Qué herida de las tuyas o qué dolor te ha calmado el mundo? ¿Qué bálsamo has encontrado en él para endulzar las amarguras de la adversidad? ¿No ves que el mundo no gusta de consolar a los que padecen, sino de adular a los dichosos? ¿Qué vas a buscar tú que padeces, en ese mundo que no te ha de comprender? Sólo hay un asilo seguro para los corazones heridos, y es el herido Corazón de Jesús.

 

   ¡Oh Señor! a vuestro Corazón me acojo yo como al regazo de una madre amorosa, para que me abriguéis en él con vuestro calor, y me defendáis y me consoléis. Solamente Vos tenéis consuelo, para nuestro pobre corazón.

 

   Alejaos, humanas consolaciones, vanas, inconstantes, mentirosas. Sois como una copa de licor cuyos bordes son dulces pero en cuyo fondo sólo se beben las heces amargas del desengaño. A Vos, Señor, únicamente busco; en vuestro Corazón entro, y aquí quiero permanecer. ¡Oh Dios de todo consuelo! En Vos y sólo en Vos espera hallarlo mi desconsolado corazón.

 

   Medítese, y pídase la gracia particular.

 

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

MEDITACIONES