lunes, 14 de septiembre de 2026

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ.

 




EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

   Mensaje espiritual: «Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos». Romanos. XII; 18

 

   Durante el reinado del emperador Heraclio I, los persas conquistaron Jerusalén y se llevaron la parte principal de la Vera Cruz (Verdadera Cruz) de Nuestro Señor, que Santa Elena, madre del emperador Constantino, había dejado allí.

 

   Heraclio decidió reconquistar este preciado objeto, la nueva Arca de la Alianza para el nuevo pueblo de Dios. Antes de partir de Constantinopla, acudió a la iglesia, calzado de negro, en espíritu de penitencia; se postró ante el altar y rogó a Dios que le infundiera valor; finalmente, llevó consigo una imagen milagrosa del Salvador, decidido a luchar con ella hasta la muerte.

 

   El cielo ayudó grandemente al valiente emperador, pues su ejército cosechaba victoria tras victoria; una de las condiciones del tratado de paz fue la devolución de la Cruz de Nuestro Señor en el mismo estado en que había sido tomada.

 

   A su regreso, Heraclio fue recibido en Constantinopla con aclamaciones del pueblo; salieron a su encuentro con ramas de olivo y antorchas, y la Vera Cruz fue honrada con un magnífico triunfo. El propio emperador, en agradecimiento, deseó devolver a Jerusalén esta madera sagrada, que había estado en manos de los bárbaros durante catorce años.

 

   Al llegar a la Ciudad Santa, cargó la preciosa reliquia sobre sus hombros; pero al llegar a la puerta que conducía al Calvario, le resultó imposible avanzar, para su gran asombro, y estupefacción de todos: «¡Cuidado, oh emperador!», exclamó el patriarca Zacarías; «sin duda, la vestidura imperial que llevas no se corresponde con la condición humilde y pobre de Jesús cargando su cruz». Conmovido por estas palabras, Heraclio se quitó sus ornamentos imperiales, se descalzó y, vestido como un pobre, pudo subir sin dificultad al Calvario y depositar allí su gloriosa carga.

 

   Para añadir aún más esplendor a esta procesión triunfal, Dios permitió que se realizaran varios milagros por el poder de este bosque sagrado: un muerto resucitó, cuatro paralíticos sanaron, diez leprosos recuperaron la salud, quince ciegos la vista, varias personas poseídas por espíritus malignos fueron liberadas y un número considerable de enfermos se curaron por completo. Tras estos acontecimientos, se instituyó la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz para perpetuar su memoria.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

domingo, 13 de septiembre de 2026

LA AMBICIÓN.

 





LA AMBICIÓN.

 

La imagen: Diógenes en su tonel.

 

   Alejandro, rey y héroe famoso de Macedonia, al separarse del filósofo Diógenes, dijo:

   —Si yo no fuera Alejandro quisiera ser Diógenes.

   Parmenión, su capitán, que junto al filósofo se hallaba, exclamó:

   —¡Qué palabras tan extrañas en labios de tan grande héroe y de tan poderoso monarca!

  —No tanto—contestó Diógenes,—pues ellas significan una profunda verdad; es como si Alejandro dijera: ¡Cuán grande es el hombre que huye de los honores, aun cuando mi ambición me impida imitarle!

   —¿Es decir—repuso el capitán—que niegas al rey el dictado de Grande?

   —No; pero también es grande el monte Etna, en Sicilia.

   —¿Cómo es eso? — Replicó Parmenión.—¿Osas comparar al hombre más grande del universo con un volcán devastador?

   —Si es ambicioso, sí—respondió Diógenes;—y mil volcanes son como nada en comparación del fuego interior que consume al que suspira por honores.

   —De modo—añadió Parmenión—que tú ¿No cambiarías tu vieja capa por el manto real del gran Alejandro?

   —En manera alguna. ¿Valdría por ventura la pena de que yo hiciera rodar mi tonel hasta lo alto del Etna, para habitar en el borde del cráter?

   Así habló el sabio, y entonces el capitán se alejó pensativo, diciendo en su interior: «No hay en el mundo hombre más feliz que el que nada desea; y por el contrario, no hay ser más desdichado que el ambicioso, aunque éste sea un César o un Alejandro.»

 

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

EL BENDITO NOMBRE DE MARÍA REINA SOBRE LOS PODERES DE LAS TINIEBLAS.

 



 

   Son tres los reinos sobre los que reina María: el cielo, la tierra y el infierno. En cada uno de estos reinos, uno de sus atributos se revela de manera especial: En el cielo; su gloria. En la tierra; su bondad. En el abismo de la justicia eterna; su poder. EL BENDITO NOMBRE DE MARÍA, que es como un dulce canto para el cielo y la tierra, en el infierno, resuena como un terrible trueno. Pero todos los esfuerzos furiosos  de Satanás son en vano, y los demonios deben doblar las rodillas en el nombre de María, de la misma forma que lo hacen ante el nombre de su hijo Jesús. La Virgen Valiente, como su Divino Hijo, infligió a Satanás las derrotas más vergonzosas.

 

   El gran triunfo de María sobre Satán se remonta a los albores de la creación: Lucifer, el más exaltado de los Serafines, debe rendir homenaje al Verbo encarnado y, en consecuencia, a su Madre; él rechaza este vasallaje “No serviré dijo”. ¿Cómo es eso? Soñó Lucifer con elevarse a las alturas de Dios, con colocar su trono en el Monte Santo, y ahora una mujer disipa sus sueños, ocupa su lugar, aparece revestida del sol.

 

   Su orgullo no puedo soportar esto, por eso se rebeló. Pero San Miguel, defensor de los derechos de Dios y de María, derrotó a los ángeles rebeldes. ¿Quién cómo Dios? fue su grito de vitoria. Es de imaginar que en su boca el nombre de María, como consigna de batalla, debió estar unido al nombre de Dios. El pensamiento de María animó al Arcángel, un caballero devoto de Ella. Satanás, fue arrojado al abismo del infierno, y es obligado a doblar las rodillas en el Nombre de Jesús y de María, y grita: “¿Quién es esta Mujer, que ya antes de nacer, es tan terrible como un ejército en orden de batalla contra los poderes infernales?”

 

Padre Józef Stanisław Adamski. S.I.

Año.1908

 

¿PUES QUÉ, TAN DIFÍCIL ES ORAR?

 




¿PUES QUÉ, TAN DIFÍCIL ES ORAR?

 

   ¿Qué si es difícil? Más que difícil, muy difícil. Como que es casi imposible. Digo que es humanamente imposible no distraerse en la oración. Y esto es muy fácil de comprender. Es la oración, según la Doctrina Cristiana, «levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes». Levantar el corazón a Dios, esto es, ponerse en comunicación con Dios, hablar con Dios, unirse con Dios. Pedirle mercedes; esto es, confesar nuestra inferioridad, confiar en su poder, suplicarle que nos conceda, no lo que pedimos, que muchas veces pedimos imprudentemente, sino pedirle lo que nos conviene. Véase por donde no hay cosa más santa, más augusta, más agradable a Dios que la oración; puesto que con ella confesamos nuestra dependencia, nuestra confianza y la Omnipotencia Divina. ¿Y tan difícil es no distraerse en ella? Repito que humanamente imposible.

 

   Como la oración es la unión del alma con Dios por la gracia, es claro que el enemigo de nuestra salvación hará todo lo que pueda, ya para que no apartarnos de la oración, o a  lo menos nos distraigamos, y resulte menos eficaz y fervorosa. Nuestra imaginación es un caballo desbocado, es «la loca de la casa» como llamaba a la distracción en la oración, Santa Teres de Ávila; y a un caballo sin freno y a una loca, ¿quién es capaz de detener? Humanamente hablando, nadie; por eso digo que hay necesidad de la gracia para no distraerse en la oración.

 

   Cuéntase de San Bernardo, que iba una vez de camino montado en una mula y acompañado de un labriego, con quien departía amigablemente. Entre otros conceptos, trató nuestro Santo de lo difícil que es no distraerse en la Oración.

   — Pues yo creo, dijo el buco labriego, que no es tan difícil como el Padre dice; pues en poner atención y no pensar en otra cosa, ya no se distrae uno.

   — ¿Si? dijo el Santo. Pues si rezas un Padre nuestro sin pensar en otra cosa que en lo que estás rezando, te regalo esta mula sobre la que voy montado.

   — ¿Eso es verdad? dijo con alegría el aldeano.

   — Si, replicó el santo monje; tuya será si haces lo que dices.

   — Pues comienzo, dijo el buen hombre: «Padre, nuestro, que estáis en los cielos, santificado sea el tu nombre; vénganos…»

   — Pero Padre, saltó de pronto: ¿Me dará Ud., también el aparejo?

   — ¿Ves? dijo riéndose San Bernardo, cómo te has distraído y has pensado en otra cosa antes de terminar el Padre Nuestro.

   Y el labriego continuó cabizbajo su camino, tras la bestia que ya creía como suya.

 

   Otro ejemplo más serio: San Estanislao de Kostka, como todo el mundo sabe, era un niño príncipe polaco, que contra la voluntad de su familia figuró en la Compañía de Jesús, siendo el primer jesuíta que fué canonizado; pues Estanislao estaba un día haciendo oración a la Virgen, cuando ésta le preguntó qué gracia quería que le concediese. Púsose a pensar nuestro santo joven qué pediría; y claro es que no pensaría pedirle una cosa fácil y hacedera. Después de un rato de meditación, dijo a la Madre de Dios: «Pido, Señora, la gracia de no distraerme en la oración.» Y le fué concedido. ¿Veis por qué he dicho que es cosa humanamente imposible? Bien lo conocía Estanislao, puesto que creyó que era necesaria la gracia y la intervención de la Madre de Dios para conseguir una cosa que parece a primera vista de fácil consecución.

 

   Estos ejemplos prueban que es necesaria la intervención divina para que recojamos nuestra atención, y nos abstraigamos de los objetos exteriores cuando por medio de la oración levantamos nuestra alma hasta el divino Criador.

 

JOAQUÍN MARTÍNEZ LOZANO.

Año 1894.

María Santísima, en la festividad de su Dulce Nombre. ¡Salve Estella Maris!

 





María Santísima, en la festividad de su Dulce Nombre


   ¡Que hermosa tarde!

 

   El sol radiante y esplendoroso camina majestuosamente hacia su ocaso, envuelto en una atmósfera de fuego, como un monarca en su espléndido manto de púrpura. El cielo es diáfano y azul, y una brisa mansa y juguetona impregnada en el fresco perfume de las algas marinas riza la extensa superficie del océano y empuja blandamente las olas que pasan lamiendo, como dóciles lebreles, el cortante casco de la barca que torna al suspirado puerto después de larga ausencia. Todo es luz, colores y armonía en el cielo y en la tierra, y completa la calma de esta hermosa tarde primaveral.

 

   Más he aquí que de pronto aparece en el confín lejano del horizonte ligera nubecilla de color obscuro y siniestro aspecto, que avanza y va aumentando a medida que se aproxima... El viento se agita bruscamente; el mar, antes plácido y blando, se encrespa y alborota poco a poco; racha violenta aviva el ímpetu naciente del oleaje, la gaviota tiende amedrentada el raudo vuelo hacia el peñón agreste en busca del nido, el cielo se cubre de nubes plomizas y obscuras en cuyo seno hierve el rayo y se agita la tormenta, y la noche cierra por completo, negra y espantosa...

 

   El huracán sacude bruscamente sus ráfagas como un corcel desbocado la crin; las olas acuden bramando de furor al llamamiento del bucarán; el mar, como irritada fiera, enarca el lomo, se agita en sorda y espantosa convulsión, y arroja sobre la barca olas gigantescas que chocan contra el casco y se revuelven rugiendo...

 

   El relámpago rasga las nubes, retumba el trueno con estruendo fragoroso, y la tempestad rueda negra, inmensa, rugiente... Mudo de estupor, el marino se aferra al endeble timón y dirige a duras penas la barca mientras el ágil remo corta las olas abriéndose camino; pero, ¿Hacia dónde? ¡No lo saben! ¡La borrasca, lanzando acá y allá la débil barca durante largo tiempo, les ha hecho perder el rumbo!

 

   ¡Ay, si supieran en qué dirección se halla el puerto; si a lo menos supieran a qué distancia se hallan de la tierra! ¡Qué angustiosa situación! La barca flota, como pluma ligera a merced del viento, sobre aquellas montañas de hirviente espuma que amenazan sepultarla en el abismo a cada instante, y como gladiador vencido en el combate lleva ya cien heridas de muerte en su costado. ¡Van a perecer! El desaliento invade los pechos, y los rostros reflejan el terror inmenso da las grandes catástrofes...El marinero piensa en la esposa amante que le espera ansiosa, en los tiernos pequeñuelos que en aquel supremo instante elevarán al cielo sus manitas puras, y dobla angustiado sobre el pecho la curtida frente. Es inútil ya la resistencia... ¿para qué luchar? Hondo suspiro se escapa de su pecho, eleva su corazón al cielo, y sigue remando falto ya de aliento...

 

   Más he aquí que de pronto se ve centellear con destellos intermitentes, y no lejos de la barca, una luz vivísima que semeja la roja pupila de un Titán que parpadeara entre las sombras...

 

   ¡Es el faro!

 

   A su brillante aspecto los pechos se llenan de alegría. Una inmensa exclamación de gozo que parece levantarse de cien pechos a la vez exhalándose por una sola boca, hiende el espacio. El alma y el pecho recobran el vigor perdido... El remo corta la indócil ola con nuevo brío; la barca, aunque quebrantada y rota, avanza, y avanza obediente a la vigorosa y experta mano que la guía, resistiendo sin desmayar los golpes salvajes de las olas, y un instante después el marino cansado, entumecido y roto, se arroja delirante de alegría en los brazos de su esposa y de sus hijos que ya le lloraban perdido para siempre...

 

   “Pues he aquí, lector de mi alma, una imagen exacta de la vida humana y del auxilio sobrenatural que María presta a los pobres pecadores”.

 

   También la razón del hombre se cubre a veces, como el cielo, de nubes tormentosas... También de ese océano sin fondo ni riberas, que se llama corazón humano, se levantan con frecuencia leves olas que riza y empuja el viento de las pasiones, viento manso y blando primero, fuerte y huracanado después, que azota y golpea con ímpetu salvaje la débil barquilla de nuestra pobre alma, amenazando con sepultarla a cada instante en un abismo mil y mil veces más horrible y espantoso que el océano, y también en esos terribles momentos críticos, cuando el desaliento comienza ya a invadirnos y levantamos nuestros ojos al cielo en demanda de auxilio, vemos lucir sobre nuestras cabezas, en el antes sombrío horizonte, un faro esplendoroso y magnífico, una brillante estrella que centellea con infinitos fulgores , divinos, mostrando a nuestros atónitos y maravillados ojos el puerto seguro de la eterna salvación...

 

   A su dulce y brillante aspecto también renacen en nuestros pechos y en nuestras almas — ¡pobres náufragos de los mares de la vida! — las fuerzas y el vigor perdidos en la lucha, y con los ojos cuajados de dulces lágrimas, y el pecho y el alma henchidos de gozo y esperanza, clamamos con transportes de júbilo infinito: ¡Ave, maris stella! ¡Salve, Estrella de los mares!

 

   Y guiados ya por la luz plácida y suave de esa divina estrella, dirigimos con nuevos bríos la débil barquilla de nuestra alma hacia el suspirado puerto...

 

   ¡Ay de aquel que por dar cabida en su alma al pecado de lugar a que se oculte a sus ojos esa bendita estrella! Ese no arribará nunca, ¡nunca!, al anhelado puerto, porque el alma que no merece que María la ilumine y guie, no merece tampoco entrar en el cielo.

 

   Con razón, pues, “EL DULCE NOMBRE DE MARÍA”; cuya fiesta celebra hoy la Iglesia, y que en «siriaco» se traduce por dama, señora, soberana, significa en «hebreo» estrella del mar. ¡Qué denominación tan dulce, tierna y poética, y al mismo tiempo tan expresiva y exacta aplicada a nuestra buena y amorosa Madre! Porque María es en efecto, la hermosa y clarísima estrella que brilla sobre los vastos y tempestuosos mares de la vida, inundando el alma con su dulce y plácida luz, y mostrándonos el camino que conduce al puerto de eterna ventura.

 

   ¡Qué hondo, poético y puro sentimiento revela aquella estrofa de un poeta escéptico y desdichado que en estos últimos tiempos parece que comienza a abrir sus ojos a la verdadera luz (¡Quiera Dios que los abra por completo!), y que vale ella sola más que todas sus otras composiciones juntas:

 

¡María! que del piélago y del alma

las tempestades calma;

que recoge en sus brazos y consuela

al náufrago del mar y de la vida:

Bálsamo a toda herida,

puerto a toda aflicción ¡Maris Stella!

viernes, 11 de septiembre de 2026

SAN JUAN GABRIEL PERBOYRE. Lazarista, mártir en China (1802–1840). 11 de septiembre.

 



 

   Ramo espiritual: «Alégrense con los que se alegran, lloren con los que lloran». Romanos (XII; 15)

 

   Hermanos, dejemos que nuestros ojos derramen ríos de lágrimas en esta vida, para que no vayamos al sitio en que las lágrimas alimentan el fuego de la tortura. (San Macario)

 

  Juan Gabriel Perboyre nació en Mongesty; Francia. Nació en el año 1802. Tuvo dos hermanos y dos hermanas que, como él, entraron a la familia espiritual de san Vicente de Paul. Se hizo lazarista en Montauban y sacerdote en París.

 

   Desde muy joven, se distinguió por su piedad. En el seminario menor, era querido y venerado por todos sus compañeros, quienes lo apodaban “Pequeño Jesús”. Su vocación se decidió durante sus estudios de retórica: “Quiero ser misionero”, declaró desde entonces.

 

   Ingresó en la orden de los Padres Lazaristas.

 

   “Durante muchos años”, dijo uno de los novicios que más tarde estuvo a su cargo, “anhelaba conocer a un santo”; al ver al hermano Perboyre, sentí que Dios había concedido mis deseos. Dije varias veces: “Ya verán que el señor Perboyre será canonizado”. Él mismo desconocía los sentimientos que inspiraba en otros, y se hacía llamar “el barrendero”.

 

   Sus dos máximas eran: “Quiero hacer el bien a las almas mediante la oración...” “En todo lo que hagas, trabaja solo para agradar a Dios; de lo contrario, estarías malgastando tu tiempo y esfuerzo”.

 

   Juan Gabriel era notable por su tierna devoción al Santísimo Sacramento; volvía a él constantemente y pasaba horas enteras en adoración: «Nunca soy más feliz», decía, «que cuando he ofrecido el Santo Sacrificio». Su acción de gracias solía durar media hora. Enviado a las misiones en China, el señor Perboyre se superó a sí mismo.

 

   Tras cuatro años de ministerio, traicionado como su Maestro, sufrió las torturas más crueles. El campeón de la fe, digno de Jesucristo, no profirió un grito de dolor; los presentes no ocultaron su asombro y apenas pudieron contener las lágrimas:

 

   — «¡Pisotea a tu Dios y te liberaré!», gritó el mandarín.

   — «¡Oh!», respondió el mártir, «¿cómo podría insultar así a mi Salvador?».  Y, agarrando el crucifijo, se lo llevó a los labios.

 

   Le golpearon con bastones de bambú, desfiguraron su cara a latigazos, le hicieron beber sangre de perro y tuvo la gloria de ser crucificado y morir como su Salvador. El Papa León XIII lo beatificó el 10 de noviembre de 1889.

 

   Sus reliquias descansan en la casa matriz de su Orden en París.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950. Y Santoral de Grosez S. J.

jueves, 10 de septiembre de 2026

SAN NICOLÁS DE TOLENTINO. Religioso agustino. 10 de septiembre. (✠1310)

 



 

Ramo espiritual: “Ámense los unos a los otros con afecto fraternal;  en cuanto al honor; respétense los unos a los otros.” Romanos 12:10

 

   La madre de este santo le debió su nacimiento a una peregrinación que realizó a San Nicolás de Mira. En agradecimiento, el niño recibió el nombre de Nicolás en su bautismo. Su santo patrón continuó protegiéndolo, y pronto el pequeño Nicolás se convirtió en su modelo a seguir en santidad, ayunando tres veces por semana desde los siete años y amando a los pobres con un cariño increíble.

 

   A los once años, ingresó en la Orden de los Ermitaños de San Agustín, donde todos lo admiraban por su modestia, su perfecta obediencia, su carácter apacible y sereno, y sobre todo, por su castidad, preservada mediante terribles mortificaciones. Era como si tuviera un cuerpo de bronce. A los quince, llevaba cadenas, cinturones de hierro y cilicio; ayunaba cuatro veces por semana, comía poco y solo los alimentos más toscos, y dormía únicamente en el suelo o sobre un colchón de paja.

 

   Se relatan varias visiones de almas del Purgatorio que le debían su salvación. Tras fundar sucesivamente varios conventos, el ferviente religioso fue enviado a Tolentino, donde pasó los últimos treinta años de su vida. Allí se dedicó a catequizar a los ignorantes, predicar la palabra de Dios y escuchar las confesiones de los pecadores; los corazones más rebeldes cedían ante sus exhortaciones, inflamaba a los más indiferentes con el fuego del amor divino, conmovía a los más obstinados y su dulzura devolvía a los más desesperados al camino de la salvación. La salvación de los demás no le hizo descuidar la suya.

 

   Era imposible saber cuándo terminaba sus oraciones; siempre se le encontraba absorto en Dios; le encantaba especialmente meditar en los sufrimientos de Jesucristo.

 

   Nicolás era el terror del diablo, quien a menudo venía a perturbar su oración imitando los gritos de todos los animales, sacudiendo las vigas de la casa y haciendo temblar su celda. Un día, el espíritu de la oscuridad entró en la celda en forma de un pájaro enorme, que apagó, volcó y destrozó la lámpara con un aleteo. Nicolás recogió los pedazos y los volvió a unir tan milagrosamente que no quedó rastro del accidente. El diablo incluso llegó a golpearlo y dejarlo casi muerto; el santo quedó cojo el resto de su vida a causa de los golpes recibidos.

 

   Compartía el pan que le daban en las comidas con los pobres, y un día, cuando su superior le preguntó qué llevaba, respondió: «Son flores», y mostró el pan transformado en rosas. Durante los últimos seis meses de su vida, los ángeles descendían a su habitación cada noche y lo alegraban con sus cantos.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

martes, 8 de septiembre de 2026

El ESCLAVO DE LOS NEGROS – SAN PEDRO CLAVER. (9 de septiembre)

 



 

   Hay que  confesar —dice san Agustín—que tenemos libre albedrío para hacer el bien y el mal. Por esto decía Donoso Cortés que Dios había compartido su imperio con el hombre, puesto que a la par que había sujetado todas las cosas a leyes indeclinables, había dejado en el hombre la facultad de merecer, obrando el bien, o de abusar de aquella facultad incurriendo en el pecado.

 

   La más soberana manifestación de esa facultad de realizar el bien la hicieron durante todos los siglos que caen del lado acá de la cruz, todos aquellos que amando a Dios, más que a sí mismos se despreciaron, dieron origen a la ciudad divina, así como el amor propio exaltado hasta el desprecio de Dios, ha conducido a los hombres a la edificación de sus pasiones y a la proclamación de la libertad para el mal, que es, en suma, el condenado liberalismo.

 

   ¿Qué efectos ha producido la libertad para el mal? En el orden de la actividad práctica monstruos como Carrier, Marat, Ravachol y todos los criminales; en el orden del pensamiento libre, antes todos los heresiarcas y recientemente, por ejemplo, el filosofastro Nietzsche, a quien su demencia atea arrojó sobre el suelo para que sobre él anduviese como los cuadrúpedos, lo mismo que Nabucodonosor por su soberbia.

 

   En cambio, ¡qué preciosa eflorescencia de heroicas virtudes es la vida de los que levantan la ciudad del amor de Dios sobre el desprecio de sí propios! Así fueron, en general, todos los santos. Así nos toca hoy recordar que fué el hijo insigne de la gloriosa Compañía de Jesús, el gran SAN PEDRO CLAVER, canonizado el 8 de Enero de 1888, por el Sumo Pontífice reinante.

 

   Entre los padres jesuítas de Cartagena de Indias estaba en el año 1610 el P. Sandoval, que habiendo consagrado parte de su vida a la evangelización de los negros africanos vendidos como esclavos en América, había bautizado a más de 30.000 de ellos. Y siendo así ¿No se hubiera juzgado temeridad el predecir que un joven sacerdote, recién llegado de España, que al pisar tierra americana lá besó, como sitio de sus futuros trabajos apostólicos, y el cual se agregó al P. Sandoval como discípulo y coadjutor; no hubiera sido temerario, repetimos, el afirmar que este joven, el P. Pedro Claver, excedería portentosamente las hazañas evangélicas de su maestro el P. Sandoval?

 

   Y sin embargo, asi fué. Este joven apóstol que comenzó firmando su fórmula de profesión de este modo: «Pedro, esclavo para siempre de los negros»; cuando llegó al término de su vida, a los setenta y tres años de edad, había bautizado, durante cuarenta y cuatro que estuvo en América, a más de 300 000 negros.

 

   Millares de éstos eran anualmente capturados por la violencia de infames mercaderes en las costas africanas do Guinea, Angola o del Congo, y hacinados en las sentinas de los buques, con menos miramiento que el que hubieran tenido con los brutos, transportábanlos desnudos y encadenados a los puertos americanos, donde mejor que desembarcarlos, debe decirse que los arrojaban, en espera de los que habían de comprar a aquellos niños, ancianos, jóvenes y mujeres, a quienes había convertido en cosas vendibles el amor propio de los negreros levantado sobre el desprecio de Dios.

 

   Y por eso el amor de Dios, llevado hasta el desprecio de sí mismo, hizo a San Pedro Claver el esclavo de los negros para aguardarlos en el muelle donde los recibía como cariñosa madre, los regalaba con licores, dulces, alimentos y hasta cigarros; bautizaba a los pequeñuelos, consolaba a los afligidos, asistía a los enfermos, restauraba a los débiles, y de tal manera comunicaba a todos la llama de su caridad, que daban por bien empleadas las fatigas de su cautiverio los que desde los infiernos preparados por la codicia de los negreros habían pasado a la gloria de la paz y del amor que hallaban en el apóstol, en cuya presencia y con cuyo contacto comenzaron a sentir la libertad que procede del espíritu de Dios.

 

TEOBALDO.

Año. 1900

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN. —8 de septiembre.

 





DÍA DE ALEGRÍA.



   Con muchísima razón la Iglesia nos hace decir hoy en un arranque de alegría: “Tu nacimiento, oh Virgen Madre de Dios, ha sido para el mundo entero un mensaje de consuelo y de alegría, pues de ti ha nacido Jesucristo, Sol de Justicia, nuestro Dios, que nos libertó de la maldición para darnos la bendición: y El mismo, al quedar triunfador de la muerte, nos ha procurado la vida eterna”.

 

   Si vemos que el nacimiento de un niño llena de regocijo el hogar paterno, aunque ignoran éstos su porvenir; si la Iglesia nos dice el 24 de junio que ese día es un día de alegría porque el nacimiento de San Juan Bautista nos da la esperanza del nacimiento de Aquel cuyos caminos viene a preparar, ¿qué alegría traerá al corazón de todos los que esperan la salvación y la vida, el ver llegar a este mundo a la que será la Madre del Redentor?

 

   Por el Evangelio sabemos que el nacimiento Juan Bautista fué un contento para sus palas aldeas vecinas. Del nacimiento de María nada sabemos, pero, si este nacimiento para muchísimos pasó inadvertido, si Jerusalén exteriormente permaneció indiferente, no ignoramos que este día es y continuará siendo no tan sólo para una ciudad o un pueblo, sino para el mundo entero y a lo largo de todos los siglos que se irán sucediendo, un día de incomparable alegría.

 




ALEGRÍA EN EL CIELO.

 

   En el cielo hay alegría en la Santísima Trinidad: alegría en el Padre eterno, que se felicita del nacimiento de su Hija carísima, a la que va a hacer participante de su paternidad; alegría en el Hijo, que contempla la belleza sobrenatural de la que va a ser su Madre, de la cual tomará El su carne para rescatar al mundo; alegría en el Espíritu Santo, pues, como cooperadora en la obra de la concepción y encarnación del Verbo, María tenía que ser el Santuario inmaculado de aquella tercera persona.

 

   Hay alegría en los ángeles: con admiración ven que esta niña es la maravilla de las maravillas del Omnipotente; en Ella desplegó Dios más sabiduría, más poder y más amor que en todas las demás criaturas: de María hizo el espejo clarísimo en que se reflejan todas sus perfecciones; comprenden que María, por sí sola, da a su Criador más honra y gloria que todas sus jerarquías juntas y la saludan ya como a su peina, como la gloria de los cielos, ornato del mundo celeste y del mundo terrestre.

 




ALEGRÍA EN EL LIMBO DE LOS JUSTOS.

 

   Opina San Juan Damasceno que las almas detenidas en los limbos tuvieron conocimiento de este feliz nacimiento y que Adán y Eva con una alegría que no habían conocido desde su pecado en el paraíso terrenal, exclamaron: “Bendita sea la hija que Dios nos prometió después de nuestra caída: de nosotros has recibido un cuerpo mortal; tú nos devuelves la túnica de inmortalidad. Nos llamas a nuestra primitiva morada; cerramos las puertas del paraíso; y ahora dejas expedito el camino del árbol de la vida”.

 

   Otros escritores antiguos nos señalan a los patriarcas y los profetas que de lejos anunciaron y alabaron la venida de María, saludando en ella el cumplimiento por fin realizado de sus divinos oráculos.





ALEGRÍA EN LA TIERRA.

 

   Finalmente, hubo también alegría en la tierra. Con los Santos podemos pensar sin ser temerarios que Dios concedió a las almas “que esperaban entonces la redención de Israel” un contento extraordinario, una alegría grave y religiosa que se insinuó en sus corazones y, sin podérselo explicar ellos, les dio como una convicción íntima de que la hora de la salvación del mundo estaba ya muy cerca.

 

   Pero esta alegría fue sobre todo para los afortunados padres San Joaquín y Santa Ana. Como arrobados contemplaron a esta hijita esclarecida, que contra toda esperanza les concedía Dios al declinar de sus días. Y tal vez se preguntaron si acaso sería ella uno de los anillos de la línea, agraciada de donde tenía que salir el Rey que restableciese el trono de David y salvase a Israel. Su acción de gracias subió fervorosa hasta Dios, a quien sentían presente en su humilde morada. “Oh pareja felicísima, exclamaba San Juan Damasceno, toda la creación es deudora vuestra; pues, por vosotros, ofreció a Dios el don más preciado entre todos los dones, la Madre admirable, la única digna de Él. ¡Dichoso tu seno, oh Ana, que llevó a la que llevará en el suyo al Verbo eterno, al que no puede ser encerrado en nada y traería la regeneración a todos los hombres! ¡Oh tierra, primero infecunda y estéril, de donde nació la tierra dotada de una maravillosa fecundidad: pues ella va a producir la espiga de vida que alimentará a todos los hombres! Felices tus pechos, porque amamantaron a la que daría el pecho al Verbo de Dios, a la nodriza de Aquel que sustenta al mundo…”.




MARÍA, CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA.

 

   Así, pues, el nacimiento de la Santísima Virgen es causa de alegría, y la alegría es el sentimiento que todo lo absorbe y penetra en esta festividad. La Iglesia quiere que nos penetremos de esta alegría desbordante y triunfal. Y a ella nos invita en todo el oficio: “Celebremos el nacimiento de María, nos hace cantar desde el Invitatorio de Maitines, adoremos a Cristo, Hijo suyo y Señor nuestro”; y un poco después: “Celebremos con tierna devoción el nacimiento de la Santísima Virgen María para que interceda por nosotros cerca de Jesucristo. Con júbilo y tierna devoción celebremos el nacimiento de María”.

 

   Si la Iglesia nos invita a la alegría, es debido a que la Virgen es Madre de la divina gracia y ya, en el pensamiento divino, la Madre del Verbo encarnado. Las palabras gracia y alegría tienen en griego la misma raíz; gracia y alegría van siempre a la par; se mide la una por la otra; María, por estar llena de gracia, lo está también de alegría para sí y para nosotros. En esta agraciada niña, aunque acaba de nacer, nos muestra la Liturgia a la Madre de Jesús; María es inseparable de su Hijo y sólo nace para El, para ser su Madre y para ser también nuestra Madre dándonos la verdadera vida, que es la vida de la gracia. Y, por eso, todas las oraciones de la Misa proclaman la maternidad la Virgen María, como si no pudiese separar la Iglesia su nacimiento del nacimiento del Emmanuel.

 




EL LUGAR DEL NACIMIENTO DE MARÍA.

 

   Pero ¿en qué lugar nació la Santísima Virgen? Una tradición antigua e ininterrumpida señala a Jerusalén, cerca de la piscina Probática, lugar donde hoy se levanta la Iglesia de Santa Ana. Allí precisamente, nos dice San Juan Damasceno, “en el aprisco paterno nació aquella de quien quiso nacer el Cordero de Dios”. Allí también fueron más tarde enterrados San Joaquín y Santa Ana; los Padres Blancos descubrieron el 18 de marzo de 1889 sus sepulcros al lado de la gruta de la Natividad. Por el siglo IX se construyó allí una iglesia; monjas benedictinas se establecieron en ella después de llegar los Cruzados a Palestina y continuaron hasta el siglo XV. Por esa fecha, una escuela musulmana reemplazó al monasterio, pero a continuación de la guerra de Crimea, el sultán Abdul-Madjid entregó la iglesia y la piscina probática a Francia, que había entrado victoriosa en Sebastopol el 8 de septiembre de 1855.

 


 ORIGEN DE LA FIESTA.


   La fiesta de la Natividad tuvo su origen en Oriente. La Vida del Papa Sergio (687-701) la cuenta ya entre las cuatro fiestas de la Santísima Virgen que existían entonces; y, por otra parte, sabemos que el emperador Mauricio (582-602) había prescrito su celebración juntamente con la Anunciación, la purificación y la Asunción. En Alemania introdujo esta fiesta San Bonifacio. Una bonita leyenda atribuía al santo obispo de Angers, Maurilio, la institución de esta fiesta: y, en efecto, tal vez introdujo una fiesta en su diócesis para cumplir el deseo de la Virgen, que hacia el año 430 se le apareció en las praderas de Marillais.

 

   Chartres, por su parte, reclama para su obispo Fulberto (f 1028) una parte importante en la difusión de esta fiesta por toda Francia. El rey Roberto el Piadoso (o sus consejeros), quiso poner en música los tres bellos Responsorios Solem justitiae, Stirps Jesse, Ad Nutum Domini, en que Fulberto celebra la aparición de la estrella misteriosa de la que tiene que nacer el sol; la rama que brota del tronco de Jessé para producir la flor divina en que reposará el Espíritu Santo; la omnipotencia, en fin, que hace que nazca de Judea María, como del espino la rosa.

 

   En la tercera sesión del primer concilio de Lyon, en 1245, Inocencio IV estableció para toda la Iglesia la Octava de la Natividad de la Santísima Virgen; así se daba cumplimiento al voto que él y los demás cardenales hicieron durante la vacante de diecinueve meses, que, resultado de las intrigas del emperador Federico II, acarreó a la Iglesia la muerte de Celestino IV, y a la cual se puso fin con la elección de Sinibaldo Fieschi, después Inocencio.

 

   En 1377, Gregorio XI, el gran Papa que acababa de romper las cadenas de la cautividad de Avignon, quiso completar las honras tributadas a María en el misterio de su nacimiento añadiendo una vigilia a la solemnidad; pero, sea porque sólo expresó un deseo sobre este particular, sea por otra causa cualquiera, lo cierto es que de las intenciones del Papa se hizo caso poco tiempo en aquellos años agitados que siguieron a su muerte.

 




LA PAZ.

 

   Como fruto de esta fiesta tan alegre, imploremos, con la Iglesia la paz, ya que parece huir cada vez más de estos desdichados tiempos. Precisamente Nuestra Señora vino al mundo en el segundo de los tres períodos famosos de paz universal en tiempo de Augusto; en el último de ellos acaeció el advenimiento del mismo Príncipe de la paz.

 

   Al cerrarse el templo de Jano, del suelo en que se tenía que construir el primer santuario de la Madre de Dios en la Ciudad eterna, brotaba el aceite misterioso; los presagios se multiplicaban; el mundo vivía a la expectativa; el poeta cantaba: “¡He aquí que al fin llega la última edad anunciada por la Sibila, he aquí que comienza a abrirse la gran serie de los siglos nuevos, he aquí a la Virgen!”

 

   En Judea se ha quitado el cetro a Judá; pero aquel mismo que se ha hecho dueño del poder, Herodes el Idumeo, continúa de prisa la restauración espléndida que permitirá al segundo Templo recibir de un modo digno dentro de sus muros al Arca Santa del Nuevo Testamento.

 

   Es el mes sabático, el primero del año civil y séptimo del ciclo sagrado: el Tisri, en el que empieza el descanso de cada siete años y se anuncia el Año Santo del Jubileo; el mes más alegre, con su Neomenia solemne que hacen famosa las trompetas y los cantos, su fiesta de los Tabernáculos y la conmemoración de la terminación del primer Templo en tiempo de Salomón.

 

   Finalmente, en el cielo, el astro del día acaba de dejar el signo del León (Leo) para entrar en el de la Virgen (Virgo). En la tierra, dos descendientes oscuros de David, Joaquín y Ana, dan gracias a Dios por haber bendecido su unión tanto tiempo infecundo.