Mostrando las entradas con la etiqueta El Anticristo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta El Anticristo. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de marzo de 2024

Los hombres contra Dios – Encíclica “E Supremi Apostolatus” 1903 de S.S. Pío X. (Fragmento)


 ´


Ciertamente, al hacernos cargo de una empresa de tal envergadura y al intentar sacarla adelante Nos proporciona, Venerables Hermanos, una extra ordinaria alegría el hecho de tener la certeza de que todos vosotros seréis unos esforzados aliados para llevarla a cabo. Pues si lo dudáramos os calificaríamos de ignorantes, cosa que ciertamente no sois, o de negligentes ante este funesto ataque que ahora en todo el mundo se promueve y se fomenta contra Dios; puesto que verdaderamente contra su Autor se han amotinado las gentes y traman las naciones planes vanos (Ps 2,1); parece que de todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: Apártate de nos otros (Job 21,14). Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público ni en privado: aún más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.

 

V

   Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensara que ya habita en este mundo el hijo de la perdición (2Th 2,3) de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario –esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol–, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que –aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene–, tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a si mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentara en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios (2Th 2,4).

 

VI

   Efectivamente, nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto Con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo. Estas advertencias nos hace el mismo Dios en las Escrituras Santas. Pasa por alto, en efecto, los pecados de los hombres (Sabiduría 11,24), como olvidado de su poder y majestad: pero luego, tras simulada indiferencia, irritado como un borracho lleno de fuerza (Ps 77,65), romperá la cabeza a sus enemigos (Ps 67,22) para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios (Ps 46,7) y sepan las gentes que no son más que hombres (Ps 9,20).

 

VII

   Todo esto, Venerables Hermanos, lo mantenemos y lo esperamos con fe cierta Lo cual, sin embargo, no es impedimento para que, cada uno por su parte, también procure hacer madurar la obra de Dios: y eso, no solo pidiendo Con asiduidad: Álzate, Señor , no prevalezca al hombre (Ps 9,19), sino –lo que es más importante– con hechos y palabras, abiertamente a la luz del día, afirmando y reivindicando para Dios el supremo dominio sobre los hombres y las demás criaturas, de modo que Su derecho a gobernar y su poder reciba culto y sea fielmente observado por todos.

 




sábado, 5 de marzo de 2022

La guerra justa y la paz perversa – Por Vladímir Soloviev breve resumen sobre sus “Tres diálogos” (fragmento)

 




   Ya lo tenemos en el cénit del poder, (el Anticristo) señor del mundo. Por la secuencia del Relato veremos cómo el Gran Benefactor hará propias las insinuaciones del demonio en las tres tentaciones del desierto, aportando a los hombres, con la ayuda de la técnica, paz, pan y felicidad. Todo en el sometimiento a Satanás, ante quien se ha arrodillado, y cuya persona inviste. Externamente aparecerá como actuando para nuestro bien, para nuestra felicidad. Lo hará camuflándose de cristianismo, propugnando “valores” que podrían ser entendidos como evangélicos, recurriendo a un lenguaje muy similar al de Jesús, de tal manera “que extraviaría, si fuera posible, aun a los mismos elegidos” (Mt 24,24). No en vano San Pablo profetizó la aparición de “falsos apóstoles” que “se disfrazan de apóstoles de Cristo” (2 Cor 11, 13); y añade: “No hay por qué extrañarse, ya que él mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11,14). Por eso en su “tercer diálogo” dice Soloviev: “La idea del Anticristo que, según la Biblia, indica por sí misma el último acto de la tragedia histórica, no será la simple incredulidad, o la negación del cristianismo, o el materialismo, u otra cosa análoga. Será la impostura religiosa. Entonces, el nombre de Cristo será explotado por todos los poderes humanos que, de hecho y en principio, son extraños y directamente hostiles a Cristo y a su Espíritu.” Nuestro autor insiste mucho en el carácter de “impostura” (Engaño con apariencia de verdad) que tendrá la última herejía: será un falso cristianismo que se levanta contra el auténtico.

 

Las tres proclamas del Anticristo (La primera: La “PAZ”)

 

   Veamos cómo nuestro Relato expone dicha táctica. Cuando termina la asamblea que lo consagró Emperador, el Anticristo dirige su primera proclama al mundo, declarando la meta inicial que se proponía alcanzar en su primer año de reinado: la paz. Comenzaba por estas palabras: “¡Pueblos de la tierra! ¡Mi paz os doy!”, y terminaba anunciando que la paz universal quedaba eternamente asegurada, y que todo intento por perturbarla encontraría de inmediato su oposición frontal. De hoy en adelante nadie dirá “guerra” cuando él diga “paz”. “Naciones del mundo, la paz sea con vosotros.” Pero como aún quedaban algunos países refractarios, el Emperador formó un poderoso ejército que rápidamente los domeñó, introduciendo virreyes que lo representaban en los pueblos sometidos. Un año bastó para establecer la monarquía universal. La Liga Universal por la Paz se disolvió. Ya no tenía razón de existir.

   Advertimos aquí claramente el carácter paródico del Anticristo, cuyas palabras recuerdan casi literalmente las de Cristo: “La paz os dejo, mi paz os doy.” Si bien el Señor agregó, y he ahí toda la diferencia: “No como el mundo la da os la doy yo” (Jn 14,27). El Anticristo ofrece un ersatz (reemplazo, sustitución) de la paz de Cristo, por la paz del mundo. Recordemos que los Tres diálogos, cuyo colofón es nuestro Relato, versan en buena parte sobre el sentido de la guerra y de la paz. A lo largo de sus páginas, Soloviev desenmascara el espíritu tolstoiano del pacifismo a ultranza, casi una religión. La posición de Tolstoi era que la sustancia del Evangelio resultaba reductible al principio de no-resistencia al mal por la fuerza. Soloviev señalará en el “primer diálogo” que la guerra no es un mal absoluto así como la paz no es un bien absoluto, que puede haber una guerra justa y que puede haber una paz perversa. Justamente cuando compuso sus Tres diálogos, mucha gente pensaba que pronto las naciones se pondrían de acuerdo para llevar a cabo un desarme general. Soloviev pedía que se viese lo que había detrás de dicho proyecto. La paz, sí, ¿pero qué paz? ¿La buena o la mala?

   En el “tercer diálogo” confiesa Soloviev que una de las frases de Cristo que más le impresionan es: “¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que no, sino la división” (Lc 12,51). Lo que así comenta: “Él ha venido a traer sobre la tierra la verdad, y ésta, como el bien, comienza por dividir.” Hay, pues, una paz verdadera y buena, la que aporta Cristo, la paz cristiana, que tiene por principio esta división que Cristo vino a traer a la tierra, es decir, la separación entre el bien y el mal, la verdad y la mentira; y hay una paz mala y mentirosa, la paz del mundo, la paz que tiene por principio la mezcla o la unión exterior de lo que, interiormente, está en guerra consigo mismo. “La única verdadera paz es la que se concluye solamente cuando se ha llegado al fin de la guerra.”

 

“El fin de los tiempos y seis autores modernos”

Alfredo Sáenz, S. j.

Ediciones Gladius.

1996.


martes, 14 de marzo de 2017

“LA LEYENDA DEL GRAN INQUISIDOR” (¿libertad (católica) espiritual con sufrimiento, o esclavitud (socialista) en la saciedad del pan (felicidad inmanente)?)




   ADVERTENCIA: No juzguen esta publicación por su título, es una lectura realmente fascinante, pero para entenderla debe ser leída en su totalidad, no puede tomarse en forma aislada, ni ser tomada en fragmentos salidas de contexto, pues se caería en graves errores en su interpretación. Desde ya que la lectura e interpretación será mucho más fácil para las personas que estén familiarizados con estos autores, que pertenecen a la literatura Rusa. Pero no se lo pierdan,  lectura de alto vuelo, y les digo debe ser profundamente meditada.


   El texto de Dostoievski se encuentra en la segunda parte de Los hermanos Karamázovi. El gran novelista hace que Iván le lea a su hermano Alioscha un poema, donde intervienen sólo dos personajes: el Gran Inquisidor de Sevilla y Jesucristo, a quien aquél ordena detener y llevar a la cárcel, manteniendo allí un largo diálogo con él, o mejor, un prolongado monólogo, ya que Cristo permanece durante todo el tiempo en irreductible silencio. Dostoievski volverá allí a uno de sus temas predilectos, y es el valor del don de la libertad que Dios otorgó al hombre. Dios quiso que fuésemos dioses por la gracia, hijos del Altísimo, pero ello fue un llamado, una invitación. La fe es el acto que busca, encuentra y elige libremente el amor de Dios. El libre amor recíproco hace converger las dos voluntades, la del Dios que llama y la del hombre que responde, en un acuerdo “sintético”, como dice Dostoievski, en un acuerdo divino-humano. Éste es el mensaje capital de Dostoievski en todas sus obras.

   Pues bien, el Gran Inquisidor le recrimina a Cristo porque no consintió a las sugestiones de Satanás en el desierto. Si hubieras convertido las piedras en panes, habrías resuelto el problema social de la humanidad, habrías acabado con el flagelo del hambre, el frío y la miseria. Y todos te hubieran seguido, aclamándote por rey. Pero inexplicablemente respondiste: “No sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4). Te pedían que multiplicases los panes y respondiste hablando del pan del cielo. “Me buscáis por los panes con que os he saciado. Buscad otro alimento” (Jn 6, 26-27). Lo reprende, asimismo, por su falta de consentimiento a la segunda tentación, la de tirarse del pináculo del templo. ¿Por qué no lo hiciste? Todos te hubieran aclamado por un milagro tan despampanante, que no hubiera dejado ya lugar a ninguna duda, coaccionando el acto de adhesión. En continuidad con ello, hiciste mal cuando no quisiste descender de la cruz, como te pidieron los allí presentes. Y en cuanto a la tercera tentación: “Te daré todo el mundo si postrándote me adorares”, ¿por qué no la aceptaste? Hoy todo el mundo sería tuyo, todo el mundo te aclamaría. “¿Por qué desairaste ese último don? Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espíritu, habrías realizado cuanto el hombre busca en la tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia, y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercer y último tormento del hombre.” En cambio, le dice el Gran Inquisidor, nosotros hemos consentido a dichas tentaciones, hemos convertido las piedras en panes, hemos dado de comer a la gente, hemos unificado el mundo, y por eso nos siguen, aunque para hacerlo hayan tenido que abdicar de su libertad.

   La idea de Dostoievski es que Cristo rechazó las tres tentaciones del desierto, justamente porque representaban las tres formas de anulación de la libertad: por el milagro, por el misterio, y finalmente, por el poder de la autoridad. A su vez, Satanás las propone como las tres soluciones insustituibles para resolver los problemas de la existencia humana, apaciguando así todas las inquietudes de los hombres: convertir las piedras en pan, es solucionar el problema económico; triunfar de las leyes de la naturaleza por el milagro, es resolver el problema del conocimiento; reunir todas las naciones bajo el signo de la paz universal mediante el ejercicio de la autoridad despótica, es solucionar el problema político. El Gran inquisidor acepta las tres tentaciones sobreentendiendo que la trascendencia no es para el hombre, que ella le queda demasiado grande, que éste debe abocarse con todas sus energías al mundo que le corresponde, el de la inmanencia. La sugestión satánica se manifiesta menos como una negación principista del absoluto, cuanto como una absolutización de este mundo, al margen de Dios.

   Muchos estudiosos se han preguntado a quién representa el Gran Inquisidor. Tres son las interpretaciones que se han dado.