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jueves, 22 de febrero de 2024

EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. Cuarto Superior general de los Misioneros de San Francisco de Sales.

 




PRIMERA PARTE.

CAPÍTULO PRIMERO.

 

II

   1. Sin un privilegio especial, el hombre no puede evitar todos los pecados veniales. —En efecto: la fe nos enseña que las malas inclinaciones viven en nosotros, al menos en germen, hasta la muerte, y que ninguno puede, sin un privilegio especial, tal como el que la Iglesia reconoce en la Virgen Santísima, evitar todos los pecados veniales, por lo menos los indeliberados. Con frecuencia nos olvidamos en la práctica de esta doble tesis, y bueno será que la oigamos desarrollar por nuestro amable Santo en su sencillo e inimitable lenguaje:

   “No pensemos, mientras estemos en esta vida, poder vivir sin cometer imperfecciones, pues no es posible, ya seamos superiores o ya seamos inferiores, porque somos todos hombres y, por tanto, todos tenemos necesidad de creer esta verdad como muy segura, a fin de que no nos asombremos de vernos todos sujetos a imperfecciones. Nuestro Señor nos ha ordenado decir todos los días estas palabras que están en el Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no hay excepción en este mandamiento, porque todos tenemos necesidad de cumplirlo” (Conferencia XVI. De las aversiones.)

   El amor propio puede estar mortificado, pero no muere nunca; por eso, de tiempo en tiempo produce retoños en nosotros que dan testimonio de que, aunque esté cortado por el pie, no está desarraigado... No debemos en ningún modo extrañarnos de encontrar en nosotros el amor propio, aunque no se mueva. Duerme algunas veces como un zorro, que de repente se arroja sobre las gallinas; por esto es necesario velar con constancia sobre él y defenderse de él con paciencia y suavidad. Que si algunas veces nos hiere, desdiciendo lo que nos ha hecho decir o desautorizando lo que nos ha hecho hacer, estamos curados..., curados, pero temporalmente, hasta que se declaren nuevas enfermedades, pues “nunca estaremos perfectamente curados hasta que nos hallemos en el paraíso”—añade nuestro Santo—, y durante esta vida, cualquiera que sea nuestra buena voluntad, “es necesario tener paciencia, por ser de naturaleza humana y no de la angélica”, y resolvernos a vivir, según la expresión de un ilustre asceta, “como incurables espirituales” (Carta 333.)

jueves, 1 de febrero de 2024

EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. Cuarto Superior general de los Misioneros de San Francisco de Sales.


 



PRIMERA PARTE.

CAPÍTULO PRIMERO.

 

No nos extrañemos de nuestras faltas.

I

   Miserias humanas. —Mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. —Es a la vez el honor y el tormento del hombre caído no poder acostumbrarse a sus faltas. Príncipe desposeído, descalificado por la culpa de sus primeros padres, conserva siempre en el fondo del corazón el sentimiento de su nobleza de origen y de la inocencia que debía ser su patrimonio. En cada una de sus caídas apenas puede contener una exclamación de sorpresa, como si le hubiera ocurrido un accidente extraordinario.

   Se diría que era Sansón privado de su fuerza por la mano pérfida que le cortó los cabellos. “¡En pie—le gritaban—, los filisteos están ahí!” Y él se levantaba, imaginándose, como en lo pasado, que iba a derribar a sus enemigos, olvidándose de que su vigor de otros tiempos le había abandonado (Jueces XVI).

   Por nobles que sean en nosotros las raíces de esta disposición, los frutos de ellas son demasiado funestos para que no se les haga la guerra. El desaliento, lo veremos muy pronto, es la pérdida de las almas; pero no les invade si no se abre en ellas un camino por el asombro que sigue a la falta. Contra este peligro va San Francisco de Sales a prevenirnos.

   A ejemplo de los más eminentes doctores y de los sabios más esclarecidos, el bienaventurado Obispo profesó siempre una compasión extrema hacia la flaqueza del hombre. “¡Oh, miseria humana, miseria humana!—repetía—. ¡Oh, cuán rodeados estamos de enfermedades!... ¿Y qué otra cosa podemos dar por nosotros mismos, sino caídas?” Se siente en todas sus palabras y en todos sus escritos que las cumbres de la perfección a que había ascendido le habían puesto en disposición de sondear con una mirada profunda los abismos de miserias y de enfermedad, ahondados en nosotros por el pecado original. Y de ello tenía cuenta, con gran amplitud de espíritu, respecto de todas las almas que se sometían a su dirección, y a las que no cesaba de recordar su condición decadente. “Vivís—escribía a una dama—,vivís, según me decís, con mil imperfecciones. Verdad es, mi buena hermana; pero ¿no tratáis hora tras hora de hacerlas morir en vos? Es cosa cierta que mientras estamos aquí envueltos en este cuerpo tan pesado y corruptible, hay siempre en nosotros algo que flaquea.”

   “Os quejáis—decía en otro lugar—de que se mezclan muchas imperfecciones y defectos en vuestra vida, contra el deseo que tenéis de la perfección y pureza del amor de nuestro Dios. Os respondo que no es posible despojarnos del todo de nosotros mismos hasta que Dios nos lleve al Cielo; mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. ¿Acaso no es regla general que nadie será tan santo en esta vida que no esté siempre sujeto a tener alguna imperfección?”

 

“Apostolado de la Prensa”


jueves, 15 de febrero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo I - V






   1. La estimación exagerada de nosotros mismos produce impaciencia y turbación. —No hay que confundirse tristemente y con inquietud; el amor propio es el que produce esas confusiones, porque estamos pesarosos de no ser más perfectos, no tanto por amor a Dios, sino por amor a nosotros mismos. ¡Nos causa tanto bien llorar por nuestros defectos, y esto contenta tanto al amor propio!

   Nada hay como el demasiado cuidado de nosotros mismos que nos haga perder la tranquilidad de nuestro espíritu, llevándonos a rarezas y desigualdades de carácter. Porque cuando sufrimos algunas contradicciones, con sólo advertir algún vestigio de nuestra inmortificación, o cuando incurrimos en algún leve defecto por pequeño que sea, nos parece que todo está perdido.

   Nuestro primer mal es la estimación que tenemos de nosotros mismos; si incurrimos en algún pecado o imperfección, henos ya asombrados, turbados, impacientes, porque creemos ser alguna cosa buena, resuelta, sólida, y, por tanto, al ver que no es así, y que hemos caído de bruces en tierra, nos turbamos enfadados y descontentos por habernos engañado en nuestros cálculos.

   Tened gran cuidado de no turbaros cuando cometáis alguna falta, ni dejaros llevar de dulces enternecimientos respecto de vosotros mismos, pues todo esto no procede más que del orgullo.

   2. Después de una caída, corrijamos nuestro corazón con dulzura y compasivamente. — Tal es la línea de conducta que nuestro dulce Santo opone a las agitaciones y solicitudes estériles engendradas por el amor propio. Parece haber tomado partido a favor del corazón que ha claudicado, y tanta conmiseración siente hacia él, que en lugar de recriminarle y turbarle más, he aquí cómo quiere que se le trate:

   No atormentéis vuestro corazón, aun cuando se haya extraviado algo; tomadlo con suavidad y conducidle nuevamente a su camino.

   Querida hija mía, cuando incurrimos en defectos, examinemos nuestro corazón inmediatamente y preguntémosle si conserva siempre viva y entera la resolución de servir a Dios; espero que nos responderá que sí, y que antes sufriría mil muertes que separarse de esta resolución. Preguntémosle de nuevo: — ¿Por qué, pues, tropiezas ahora? ¿Por qué eres tan cobarde? —Responderá: —He sido sorprendido, no sé cómo; pero estoy de ello pesaroso ahora. — ¡Ay! querida hija, Es necesario perdonar: no ha faltado por infidelidad, sino por enfermedad. Hay que corregirle suavemente, tranquilamente, y no encolerizarle y turbarle más”

   “Preparad vuestra alma a la tranquilidad desde la mañana; tened gran cuidado durante el día de recordárselo y de tomarla en vuestra mano. Si sentís algún movimiento de disgusto, no os espantéis por ello; pero al reconocerlo, humillaos suavemente delante de Dios y procurad dominar vuestro espíritu en actitud de suavidad. Decid a vuestra alma: Nada, ¡adelante!, hemos dado un paso en falso; marchemos ahora gallardamente y tengamos cuidado de nosotros. Y todas y cuantas veces cayereis, haced lo mismo.”


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.


sábado, 3 de febrero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II - IV





IV

   1. La falsa humildad turba el espíritu y no le deja luces para ningún bien. —

   Para combatir más eficazmente esta turbación tan funesta, San Francisco de Sales se aplica a descubrir la causa ordinaria, por no decir única, de ella: el amor propio, el buscarse a sí mismo.

   Santa Teresa lo había ya dicho: “Con la humildad verdadera el alma se reconoce por ruin, y de ello se apena; esta pena no va acompañada de turbación ni de inquietud; no causa ni ofuscación en el espíritu ni aridez; al contrario, consuela. El alma entonces se aflige de lo que ha ofendido a Dios, y por otra parte se dilata, esperando su misericordia. Tiene luces para confundirse a sí misma y para alabar a Dios, que la ha soportado. Pero en la falsa humildad, que da el demonio, no hay luces para ningún bien. Parece que Dios lo pone todo a sangre y fuego; esta es una invención del demonio de las más funestas, sutiles y disimuladas que de él conozco” “Vida” autobiografía de la santa.

   Y he aquí por qué la turbación después del pecado es un mal tan común.

   “Humillarse de sus miserias—dice un santo sacerdote—es una cosa buena que pocas personas comprenden; inquietarse y despecharse es una cosa que todo el mundo conoce y que es mala, porque en esta especie de inquietud y de despecho, el amor propio tiene siempre la mayor parte.”

      Federico Ozanam añade, finalmente: “Hay dos clases de orgullo: el que está contento de sí, y es el más común y menos peligroso, y el que está descontento de sí, porque espera mucho de sí mismo y que se engaña en su esperanza. Esta segunda especie es mucho más refinada y peligrosa.”

   2. — La inquietud y la turbación provienen, sobre todo, del amor, propio. —

   Nuestro buen Santo persigue en todas sus astucias a este amor propio disfrazado con la máscara de la humildad. Los apresuramientos de su alma, no tanto para curarse, sino para saber que está curada; esos secretos despechos por los que no se quiere jamás hacer las paces con su conciencia, y en los que se encuentra más cómodo abandonarla como incorregible; esas melancolías en que se sume, esa incesante y exclusiva contemplación de sus faltas y de sí mismo; esa necesidad de gemir más aún delante de los hombres que delante de Dios, con un imperceptible deseo de ser compadecido y acariciado, todo eso lo toca el sabio Doctor, y muestra que todo ese disgusto de todas las cosas ha sido ordenado por cierto padre espiritual que se llama amor propio.

   “Uno de los buenos usos que deberíamos hacer de la dulzura es aquel que tiene por objeto a nosotros mismos, y consiste en no enfadarnos contra nosotros ni con nuestras imperfecciones. Porque aunque la razón exige que cuando cometemos alguna falta debemos estar por ello disgustados y pesarosos, no pretende que nos empeñemos en tener una disciplina agria y enfadosa, despechada y colérica.”

   “Con esto cometen una gran falta muchos que, habiendo montado en cólera, se enfurecen por haberse enfurecido y se enfadan por haberse enfadado, pues con ese sistema tienen el corazón inundado de cólera, y aunque parece que la segunda cólera destruye a la primera, es lo cierto, sin embargo, que abre el paso a otra nueva cólera a la primera ocasión que se presente para ello. Esto, aparte de que semejantes cólera, enfados y acritudes que se tienen contra sí mismo tienden al orgullo, y su origen es únicamente el amor propio, que se turba y se inquieta al vernos imperfectos” (Introducción a la vida devota).


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.

miércoles, 31 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II - III



III

   1. Hay que afligirse de los defectos con una aflicción tranquila y valerosa. —

   “No nos incomodéis ni asustéis al ver vivir aún en vuestra alma todas las imperfecciones que me habéis contado; no, yo os lo suplico; porque aunque hay que rechazarlas y detestarlas para enmendarse de ellas, no hay que afligirse por eso con una aflicción enfadosa, sino con una aflicción valerosa y tranquila que engendre un propósito bien firme y sólido de corrección.”

“Hay que huir del mal, pero es necesario que se haga apaciblemente, sin turbarnos; pues de otro modo, al huir, podríamos caer y dar tiempo al enemigo para matarnos... Hasta la penitencia hay que hacerla apaciblemente. He aquí, decía el gran penitente, que mi muy amarga amargura está en paz. (Is., XXXIII, 17.)

“Nada debe desagradarnos ni enfadarnos tanto como el pecado, pero aun
en esto es necesario mezclar algo de júbilo y santo consuelo.”

   “Quien sólo es de Dios, no se contrista nunca sino de haber ofendido a Dios; y su tristeza, por eso, se pasa en una profunda, pero tranquila y apacible humildad y sumisión, después de la cual se levanta uno firme en la bondad divina, con dulce y perfecta confianza, sin disgusto ni despecho.”

“En suma: no os enfadéis, o a lo menos no os turbéis por haber sido turbados, no vaciléis por haber vacilado, no os inquietéis por haber sido inquietados por esas pasiones enfadosas; sino recobrad vuestro corazón y ponedle suavemente en las manos de Nuestro Señor... Haciendo retornar tanto como podáis vuestro corazón a la tranquilidad respecto de vosotros mismos, aunque os veáis tan miserables.”

   Cuantas veces halléis vuestro corazón privado de la dulzura, no hagáis sencillamente más que tomarle con las yemas de los dedos y no apretándolo, es decir, no lo tratéis bruscamente... Hay que tener paciencia consigo mismo y lisonjear a su corazón alentándole, y cuando esté bien picado, refrenarle como al caballo con la brida y meterle firmemente en sí mismo, sin dejarle correr tras sus sentimientos.”

   “Tened un gran cuidado en no turbaros cuando hayáis cometido cualquier falta, pero humillaos prontamente ante Dios, con una humildad dulce y amorosa que os lleve a la confianza de recurrir inmediatamente a su bondad, asegurándoos que os ayudará a enmendaros. Cuando cometáis algunas faltas, cualesquiera que sean, pedid de ellas perdón suavemente a Nuestro Señor, diciéndole que estáis bien seguro de que os ama bien y que os perdonará. Y esto sencilla y dulcemente.”


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.





martes, 23 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II - II




II


   1. De la paciencia, recomendada a las almas que caen en imperfecciones. Y he ahí por qué el buen Santo multiplica sus consejos, a fin de comunicar a los demás la “muy deseable paz, que es la muy querida, la muy fiel y perpetua huésped de su corazón”. He ahí por qué recomienda con vivas instancias la calma, la paciencia, en primer lugar, consigo mismo.

   “No nos turbemos por nuestras imperfecciones. Guardaos de los apresuramientos e inquietudes, pues nada hay que más nos impida caminar en la perfección”

   ¿Qué es lo que hace que los pájaros y otros animales permanezcan cogidos en las redes, sino que al haber entrado en ellas luchan y se mueven sin concierto para salir más pronto, y por obrar así se enredan y envuelven en ellas más? Cuando caigamos en las redes de alguna imperfección, no saldremos de ellas por la inquietud; al contrario, ésta hará que nos enredemos más y más.

   Hay que sufrir con paciencia la tardanza de nuestra perfección, haciendo siempre lo que podamos para nuestro adelantamiento, y con buen ánimo.

   Esperémosle con paciencia, y en vez de inquietarnos por haber hecho tan poco en lo pasado, procuremos con diligencia hacer más en lo por venir.

   No nos inquietemos al vernos siempre novicios en el ejercicio de las virtudes, pues en el monasterio de la Vida Devota cada uno se considera siempre como novicio, y toda la vida la dedica en él a la probación, y teme, no solamente la marca de novicio, sino la de digno de expulsión y reprobación, más bien que la de profeso. Pues según la regla de esta Orden, no la solemnidad, sino el cumplimiento de los votos, convierten los novicios en profesos. Pero los votos no están nunca cumplidos mientras queda algo que hacer para la observancia de aquéllos, y la obligación de servir a Dios y hacer progresos en su amor dura siempre, hasta la muerte.

   Pero ved, me dirá alguno, si yo conozco que por mi culpa se retardan mis progresos en la virtud, ¿cómo podré impedir el entristecerme e inquietarme?

   Ya he dicho esto en la Introducción a la Vida devota, pero lo repito con gusto, porque nunca puede decirse bastante: Hay que entristecerse por las faltas cometidas, con un arrepentimiento fuerte, pleno, constante y tranquilo; pero no turbulento, no inquieto, no desalentador.

   2. De la calma que deben tener los que caen en el pecado. —Se ve por las citas que preceden, y se verá mejor aún por las que siguen: la calma, la paciencia consigo mismo, no la recomienda sólo el santo Doctor a las almas justas e inocentes, sino aun, y sobre todo, a las que han tenido la desgracia de cometer faltas.

   “Si os ocurre algunas veces impacientaros, no os turbéis, sino reponeos pronto y recobrad la dulzura”

   “Haréis demasiadas reflexiones sobre las salidas de vuestro amor propio, que son, sin duda, frecuentes, pero que nunca serán peligrosas mientras que tranquilamente, sin incomodaros por su importancia ni asombraros por su número, vos digáis: ¡No! Caminad sencillamente, no deseéis tanto el reposo del espíritu, y tendréis lo demás”

   “Tened paciencia con todos, pero principalmente con vosotros mismos; quiero decir, que no os turbéis por vuestras imperfecciones, y que tengáis siempre valor para levantaros de ellas. Me complace que recomencéis todos los días; no hay mejor medio para acabar bien la vida espiritual que recomenzar siempre y no pensar jamás que se ha hecho bastante”

   “Se puede mortificar la carne, pero no tan perfectamente que no haya en ella alguna rebelión. Nuestra atención se verá con frecuencia interrumpida por distracciones, y así en lo demás. ¿Hay que inquietarse, turbarse, ni afligirse por esto? No, ciertamente.”



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.





miércoles, 17 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II - I


SAN FRANCISCO DE SALES.




CAPÍTULO II


No debemos turbarnos a la vista de nuestras faltas.

I


   1. Dos señales de la buena y de la mala tristeza. — “La tristeza que es según Dios, dice San Pablo, obra la penitencia para la salvación; la tristeza del mundo causa la muerte.” (II Corintios, VII, 10). La tristeza puede ser, pues, buena o mala, según las disposiciones que produce en nosotros. Verdad es que las produce más malas que buenas, pues sólo produce dos buenas, a saber: misericordia y penitencia, y en cambio produce seis malas, esto es: angustia, pereza, indignación, celos, envidia e impaciencia; lo que hace decir al Sabio: “La tristeza mata muchas cosas, y nada hay de provecho en ella” (Eccl., xxx, 25), porque para dos buenos arroyos que proceden del manantial de la tristeza, hay seis que son bien malos.


   Por eso el demonio hace todos sus esfuerzos para engendrar esa mala tristeza, y para lograr desalentar el alma y desesperarla, procura primero turbarla. Para esto no faltan seguramente pretextos. —¿No hay que afligirse por haber ofendido a la Majestad soberana, ultrajado a la hermosura infinita y herido el corazón del más tierno de los padres? —Sí, ciertamente, nos responde San Francisco de Sales; hay que afligirse por ello, pero con un verdadero arrepentimiento, y no con un dolor melancólico de despecho y de indignación. Pues el verdadero arrepentimiento, como todo sentimiento inspirado por el buen Espíritu, es tranquilo: non in commotione Dominus. Allí donde empiezan la inquietud y la turbación, la tristeza buena cede el puesto a la mala. “La tristeza mala, prosigue nuestro Santo, turba el alma, la vuelve inquieta, causa temores desarreglados, disgusta de la oración, adormece y fatiga el cerebro, priva al alma de consejo, de resolución, de juicio y de valor; en suma: es como un crudo invierno que siega toda la hermosura de la tierra y entumece a todos los animales; pues quita toda suavidad al alma y la vuelve casi paralítica e impotente en todas sus facultades.”


   2. Señales de un alma que se turba después de sus caídas. — ¡En estos síntomas, cuantas almas reconocerán la turbación de que se han dejado llevar después de sus faltas y los estragos que ha hecho en ellas! Se había comenzado con fervor, lanzándose resueltamente en pos del Maestro en el camino, en las rudas pendientes del Calvario. ¡Una caída sobrevino, y he aquí la turbación! Se levanta, sin embargo: el arrepentimiento, la absolución sacramental lo han reparado todo. ¡No importa! Uno se mira, se examina con ansiedad, cuenta las heridas, apenas cicatrizadas; se las sonda con horror, se las envenena por querer vendarlas con el despecho y la impaciencia; “no hay nada que conserve más nuestras lacras que la inquietud y el apresuramiento para quitarlas”.


   Y durante este tiempo el paso se acorta. Ya no se corre, se anda apenas, se arrastra descontento de sí y casi de Dios mismo, sin confianza en la oración, sin otra disposición que el miedo a la recepción de los Sacramentos, hasta que una circunstancia especial, una confesión excepcionalmente preparada, un retiro, vienen a devolver a esta alma por un momento el ardor de los comienzos. Mas poco después, la renovación de nuevas caídas, si continúa dominada por la turbación, o simplemente el recuerdo de las faltas pasadas, traerán un recrudecimiento de melancolía; a la carrera seguirá inmediatamente el paso lento, y quiera Dios que a fuerza de vacilaciones y de lentitudes no se concluya por caer en una inercia sin remedio.


   ¿Qué es, pues, pobres almas, lo que ha venido a paralizar vuestros esfuerzos? Corríais mucho. ¿Quién os ha detenido?, os pregunta el Apóstol (San Pablo). La turbación, responde el autor de Filotea (San Francisco de sales): “Si no os hubierais inquietado al primer tropezón, y hubierais gallardamente llevado vuestro corazón en las manos, no habríais caído al segundo.”



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.




jueves, 11 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo V


SAN FRANCISCO DE SALES.



V


   1. Después de una caída no debemos permanecer asombrados, sino levantarnos prontamente. — ¡Oh—digámoslo de pasada—, qué indulgencia tendría uno con sus hermanos si se meditasen bien estés pensamientos! ¡Cómo se identificaría uno con la inefable paciencia de Aquel que antes de investir a sus Apóstoles del poder de remitir los pecados, les recomendó perdonar no siete veces, sino setenta veces siete veces! Sin duda, esta indulgencia, aplicada a nuestras propias faltas como a las de otro, no debe llegar hasta mirarlas con ojo indiferente. Pero una cosa es no asombrarse de ellas y otra no detestarlas y repararlas. El labrador no se asombra de ver a las malas hierbas causar estragos en su campo; pero ¿es por eso menos diligente para arrancarlas? Por eso, después de haber dicho, sin hacer excepción de los pecados mortales: “cuando cometáis faltas, no os asombréis”; después de haber hecho notar que “si supiésemos bien lo que somos, en vez de quedar pasmados al mirarnos en tierra, nos asombraríamos de poder permanecer en pie”, San Francisco de Sales nos recomienda vivamente que no nos acostemos ni nos revolquemos donde hemos caído, y se apresura a añadir: “que si la fuerza de la tempestad nos altera algunas veces el estómago y nos hace perder un poco la cabeza, no nos asombremos; pero tan pronto como podamos, recobremos aliento y nos animemos a soportarla mejor”.


   “Levantad, pues, vuestro corazón cuando caiga, con toda suavidad, humillándoos mucho delante de Dios con el conocimiento de vuestra miseria, sin asombraros en modo alguno de vuestra caída, porque no es cosa admirable que la enfermedad sea enferma, y la debilidad, débil, y la miseria, mezquina. Detestad, sin embargo, con todas vuestras fuerzas la ofensa que Dios ha recibido de vos, y con gran valor y confianza en la misericordia de Aquel, volved al camino de la virtud, que habíais abandonado.”


   Este último texto insinúa bastante qué disposición, soberanamente saludable, debe tomar el lugar de la extrañeza después de nuestras caídas; este es, el conocimiento de nuestra abyección, primer grado de la humildad. De esto hablaremos en la segunda parte de esta obra. Por el momento, después de haber dejado sentado que la vista de nuestras faltas no debe admirarnos, demostremos que menos todavía debe turbarnos.



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.







El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo IV


SAN FRANCISCO DE SALES.



IV

   1. Los más santos no son los menos imperfectos, sino los más valerosos. — Nada más consolador que estos consejos para las almas seriamente enamoradas del deseo de agradar sin reservas a su Dios y ligadas a su servicio por comunicaciones más íntimas. Se juzgan con facilidad más inexcusables que otras en las infidelidades que se les escapan, y sus caídas parecen que deben asombrarlas más. No es este el parecer de los maestros de la vida espiritual. “Frecuentemente— dice el Padre Grou—, las caídas que uno da proceden de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones. Las almas tímidas y cautelosas que quieren ver siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos a cada momento para evitar los malos pasos, que temen tanto mancharse, no adelantan tanto como las otras y la muerte las sorprende casi siempre en la mitad del camino. No son los que cometen menos faltas los más santos, sino aquellos que tienen más valor, más generosidad y más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, los que no temen tropezar, ni aun caer y mancharse un poco, con tal de que avancen.”

   San Juan Crisóstomo decía lo mismo en otros términos: “Mientras un soldado está en el combate, aunque se deje herir, aunque retroceda un poco a veces, nadie es bastante duro, o tan ignorante de las cosas de la guerra, que se lo impute como un gran crimen. Sólo los que nunca combaten no son jamás heridos. Los que se lanzan con ardor contra el enemigo son los que resultan con más frecuencia heridos.”


   2. Una caída, aun grave, no debe asombrarnos. —¿Habrá que aplicar también al pecado mortal las reflexiones que son objeto de este capítulo, y recomendar a las almas gravemente culpables que no se asombren de las caídas que les privan de la amistad de Dios? ¿Se atrevería San Francisco de Sales a usar el mismo lenguaje que emplea con los corazones generosos, a los que se ha dirigido hasta aquí? Escuchemos: “Querido Teótimo: los Cielos se pasmarían, sus puertas se estremecerían de terror y los ángeles de paz se desvanecerían de asombro ante esta miseria de corazón humano, que abandona un bien tan amable para adherirse a cosas tan deleznables. Pero ¿habéis visto esta pequeña maravilla que todos conocen y de la que nadie se da cuenta? Cuando se perfora un tonel muy lleno, no se saldrá el vino como no le entre el aire por encima; lo que no sucede a los toneles en los que hay ya un vacío, pues apenas son perforados, el vino se sale de ellos. Ciertamente, en esta vida mortal, aunque nuestras almas abunden en amor celestial, no están tan llenas de él que no pueda salir de ellas el amor por la tentación; pero allá en lo alto, en el Cielo, cuando las suavidades de la hermosura de Dios ocupan todo nuestro entendimiento, y las delicias de su bondad absorben toda nuestra voluntad, de suerte que no haya nada en ellos que la plenitud de su amor no llene, ningún objeto, aunque penetre hasta nuestros corazones, podrá jamás sacar, ni hacer salir, una sola gota del precioso licor de su amor celestial; y pensar que penetre el viento por encima, esto es, engañar o sorprender al entendimiento, no será ya posible, pues será inconmovible en la apreciación de la verdad soberana” Tratado del Amor de Dios, lib. IV, cap. I.

   Ya lo hemos oído; una caída en el pecado, y aun en pecado grave, no podrá provocar asombro más que en el Cielo, allí donde esa caída es imposible. Aquí abajo no hay más motivo para sorprenderse de ello que el que habría al ver escaparse un líquido de un recipiente descubierto.



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.




lunes, 8 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo III


SAN FRANCISCO DE SALES



III


   1. Las enfermedades del corazón, como las del cuerpo, vienen por la posta y se van a pie. — “San Pablo, en un solo momento, fué purificado, como asimismo Santa Catalina de Génova, Santa Pelagia y algunas otras; pero esta suerte de purificación es totalmente milagrosa y extraordinaria en la gracia, como la resurrección de los muertos en la naturaleza; por eso no debemos pretenderla. La purificación ordinaria, sea de los cuerpos, sea de los espíritus, no se hace sino poco a poco, gradualmente, de avance en avance, con trabajo y tiempo. Los ángeles tienen alas sobre la escala de Jacob; pero no vuelan, sin embargo, sino que suben y bajan con orden, peldaño por peldaño. El alma que sube del pecado a la devoción es comparable al alba, que al elevarse disipa las tinieblas en un instante, pero poco a poco. La curación que se hace tan hermosamente es siempre más segura. Las enfermedades del corazón, como las del cuerpo, vienen a caballo o por la posta, pero se van a pie y poco a poco. Introducción a la Vida devota, 1° parte, capítulo V.”

    “Hay, pues, que tener paciencia y no pensar curar en un día tantos hábitos malos como hemos adquirido por el poco cuidado que hemos tenido de nuestra salud espiritual.”

   Y el buen Santo no cesaba de decir, como conclusión, “que aunque sobrevengan muchas flaquezas a causa de vuestras enfermedades espirituales, no hay que asombrarse de ello”.

   2. Para afirmarse en Dios sin tropezar, son necesarias dos cosas. —Por otra parte, no concedía a ninguna alma, por adelantada que estuviese en la perfección, el derecho de extrañarse después de una caída, y a sus más fervientes religiosas dirigía las advertencias siguientes: “¿Es tan gran maravilla vernos tropezar alguna vez?”

   “La fiesta de la Purificación no tiene octava. Es necesario que tomemos dos resoluciones iguales; una, ver crecer las malas hierbas en nuestro jardín; otra, tener el valor de verlas arrancar y de arrancarlas nosotros mismos; pues no morirá nuestro amor propio mientras vivamos, y de éste nacen esas impertinentes miserias.”

   “Vi el llanto de mi pobre hermana N; y me parece que todas nuestras niñerías no proceden de otro defecto que de éste: que olvidamos la máxima de los Santos, que nos han advertido que todos los días debemos entender que comenzamos nuestro progreso en la perfección; pues si pensásemos bien en esto, no nos asombraríamos de hallar en nosotros miserias tantas que cercenar” Cartas a Santa Juana Francisca Fremiot de Chanta, 332.
 .
   “Preguntáis cómo haríais para afirmar de tal modo vuestro espíritu en Dios, que nada le pueda desasir ni apartar de Él. Dos cosas son necesarias para esto: morir y salvarse, pues después de esto no habrá jamás separación y vuestro espíritu estará indisolublemente adherido y unido a su Dios”.


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.




sábado, 6 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II


SAN FRANCISCO DE SALES




II

   1. Sin un privilegio especial, el hombre no puede evitar todos los pecados veniales. —En efecto: la fe nos enseña que las malas inclinaciones viven en nosotros, al menos en germen, hasta la muerte, y que ninguno puede, sin un privilegio especial, tal como el que la Iglesia reconoce en la Virgen Santísima, evitar todos los pecados veniales, por lo menos los indeliberados. Con frecuencia nos olvidamos en la práctica de esta doble tesis, y bueno será que la oigamos desarrollar por nuestro amable Santo en su sencillo e inimitable lenguaje:

   “No pensemos, mientras estemos en esta vida, poder vivir sin cometer imperfecciones, pues no es posible, ya seamos superiores o ya seamos inferiores, porque somos todos hombres y, por tanto, todos tenemos necesidad de creer esta verdad como muy segura, a fin de que no nos asombremos de vernos todos sujetos a imperfecciones. Nuestro Señor nos ha ordenado decir todos los días estas palabras que están en el Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no hay excepción en este mandamiento, porque todos tenemos necesidad de cumplirlo” Conferencia XVI. De las aversiones.

   El amor propio puede estar mortificado, pero no muere nunca; por eso, de tiempo en tiempo produce retoños en nosotros que dan testimonio de que, aunque esté cortado por el pie, no está desarraigado... No debemos en ningún modo extrañarnos de encontrar en nosotros el amor propio, aunque no se mueva. Duerme algunas veces como un zorro, que de repente se arroja sobre las gallinas; por esto es necesario velar con constancia sobre él y defenderse de él con paciencia y suavidad. Que si algunas veces nos hiere, desdiciendo lo que nos ha hecho decir o desautorizando lo que nos ha hecho hacer, estamos curados..., curados, pero temporalmente, hasta que se declaren nuevas enfermedades, pues “nunca estaremos perfectamente curados hasta que nos hallemos en el paraíso” —añade nuestro Santo—, y durante esta vida, cualquiera que sea nuestra buena voluntad, “es necesario tener paciencia, por ser de naturaleza humana y no de la angélica”, y resolvernos a vivir, según la expresión de un ilustre asceta, “como incurables Espirituales” Carta 333.

   2. Los progresos en la perfección son lentos y mezclados con caídas. —A las almas que dan los primeros pasos en los caminos de la perfección interior es principalmente a las que San Francisco de Sales se esfuerza en inculcar el conocimiento práctico de su flaqueza. Estas, en efecto, son las que por inexperiencia son más accesibles al asombro después de las faltas y sus funestas consecuencias. “Turbarse y desalentarse cuando se ha caído en el pecado— dice excelentemente el piadoso San Francisco de Sales—, es no conocerse a sí mismo.”

   Oigamos con qué firmeza y con qué gracia nuestro bienaventurado Doctor reprende e instruye a esas almas: “Me decís que tenéis aún el sentimiento vivo ante las injurias. Pero, querida hija, ¿a qué se refiere esto? ¿Es que habéis derrotado ya a esos enemigos?

   No es posible que seáis tan pronto dueña de vuestra alma como si la tuvierais en la mano absolutamente desde el primer momento. Contentaos con ganar de cuando en cuando alguna pequeña ventaja Sobre vuestra pasión enemiga.

   Nuestra imperfección debe acompañarnos hasta el féretro. No podemos andar sin tocar el suelo. No hay que acostarse ni revolcarse en él, pero tampoco hay que pensar en volar, pues somos polluelos pequeños que todavía no tenemos alas.

   “Las flechas que vuelan en pleno día (Ps. XC, 6) son las esperanzas vanas y pretenciosas que alimentan las almas que aspiran a la perfección. Esperan nada menos que ser Teresas de Jesús, o santas como Catalina de Sena o de Génova. Esto es bueno; pero decidme: ¿qué tiempo os tomáis para llegar a serlo? —Tres meses, respondéis; menos, si se puede. —Hacéis bien en añadir “si se puede”, porque, de otro modo, podríais muy bien engañaros.”


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.



viernes, 5 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo I


SAN FRANCISCO DE SALES





PRIMERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO


No nos extrañemos de nuestras faltas.
I


   Miserias humanas. —Mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. — Es a la vez el honor y el tormento del hombre caído no poder acostumbrarse a sus faltas. Príncipe desposeído, descalificado por la culpa de sus primeros padres, conserva siempre en el fondo del corazón el sentimiento de su nobleza de origen y de la inocencia que debía ser su patrimonio. En cada una de sus caídas apenas puede contener una exclamación de sorpresa, como si le hubiera ocurrido un accidente extraordinario.

   Se diría que era Sansón privado de su fuerza por la mano pérfida que le cortó los cabellos. “¡En pie—le gritaban—, los filisteos están ahí!” Y él se levantaba, imaginándose, como en lo pasado, que iba a derribar a sus enemigos, olvidándose de que su vigor de otros tiempos le había abandonado Jueces, XVI.

   Por nobles que sean en nosotros las raíces de esta disposición, los frutos de ellas son demasiado funestos para que no se les haga la guerra. El desaliento, lo veremos muy pronto, es la pérdida de las almas; pero no les invade si no se abre en ellas un camino por el asombro que sigue a la falta. (Nota nuestra. El autor va hacer mucho énfasis en este tema del desaliento). Contra este peligro va San Francisco de Sales a prevenirnos.

   A ejemplo de los más eminentes doctores y de los sabios más esclarecidos, el bienaventurado Obispo San Francisco de Sales  profesó siempre una compasión extrema hacia la flaqueza del hombre. “¡Oh, miseria humana, miseria humana! —repetía—. ¡Oh, cuán rodeados estamos de enfermedades!... ¿Y qué otra cosa podemos dar por nosotros mismos, sino caídas?” Se siente en todas sus palabras y en todos sus escritos que las cumbres de la perfección a que había ascendido le habían puesto en disposición de sondear con una mirada profunda los abismos de miserias y de enfermedad, ahondados en nosotros por el pecado original. Y de ello tenía cuenta, con gran amplitud de espíritu, respecto de todas las almas que se sometían a su dirección, y a las que no cesaba de recordar su condición decadente. “Vivís—escribía a una dama—, vivís, según me decís, con mil imperfecciones. Verdad es, mi buena hermana; pero ¿no tratáis hora tras hora de hacerlas morir en vos? Es cosa cierta que mientras estamos aquí envueltos en este cuerpo tan pesado y corruptible, hay siempre en nosotros algo que flaquea.”

   “Os quejáis—decía en otro lugar —de que se mezclan muchas imperfecciones y defectos en vuestra vida, contra el deseo que tenéis de la perfección y pureza del amor de nuestro Dios. Os respondo que no es posible despojarnos del todo de nosotros mismos hasta que Dios nos lleve al Cielo; mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. ¿Acaso no es regla general que nadie será tan santo en esta vida que no esté siempre sujeto a tener alguna imperfección?”


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.