LA
HERMANA DE LA CARIDAD
¿No la
habéis visto en el cumplimiento del sagrado deber que voluntariamente se
impuso?... Pues miradla, vedla, si es que verla podéis y a través de estas
líneas que incorrectamente ensayan su retrato. Cual arquean suavemente los
purísimos lirios del valle sus delicados tallos al débil peso de su blanquísima
corola para recibir el beso de la brisa, asi también inclina ella su purísima frente
para recibir el beso de la Providencia, las bendiciones de Dios, por boca de
los moribundos, cada una de cuyas almas es el peldaño de una escala celestial
que ha de conducir su espíritu a la mansión de los que fueron buenos en la
tierra.
Su
semblante, que amarillea como los cirios del templo, contrasta con la blanca
toca que orla su frente; mirad sus ojos de melancólica expresión siempre
inclinados hacia el suelo: una dulce sonrisa contrae siempre sus labios, y un
acento de infinita bondad retrata fielmente la satisfacción y la tranquilidad del
justo. Así, este sello característico, unido a la invariable solicitud cariñosa
que la fuerza de su histórica virtud e inquebrantable fe le ofrece, distingue a
este ángel de la tierra de los demás humanos.
Vosotras,
mis amables lectoras, que no habéis presenciado los horrores de una batalla,
imaginaos un campo sembrado de cadáveres... La lucha entre los dos ejércitos
rivales sigue aún; aquí, una granada disparada por aquellas baterías que apenas
deja entrever el humo de la pólvora, lleva la muerte a las nutridas filas; más
cerca, un bote de metralla ha diezmado un batallón; la fusilería causa una mortandad
espantosa; el peligro es igual para todos los que en aquellos momentos se ponen
al alcance de los cruzados fuegos; mil y mil proyectiles tejen una red
terriblemente destructora sobre el campo de batalla; mas nada detiene a esa
mujer... Vedla, es casi una niña, y cruza con paso rápido y seguro por entre
los arrojados combatientes; no se acuerda que expone su vida, que una bala
pérfida y traidora puede poner fin a su preciosa existencia. Este es el lugar
del deber, y todo temor ha de ser pospuesto a su misión: cual impalpable nube,
cruza entre el mortífero plomo que todo lo destruye y aniquila; acelera su paso
al descubrir un herido, y arrostrando serena el peligro que desprecia, llega
delante de la trinchera, desafía el hierro candente que arrojan con rapidez las
negras bocas de los monstruos enemigos y cubre y defiende con su casto cuerpo
al mártir de la patria...
Después
de la batalla, cuando los que aún viven respiran confundidos entre los muertos,
cuando ya las negras sombras de la noche han sucedido a los últimos rayos del
sol, apenas la reñida lucha cesó, o bien una tregua permita dar sepultura a los
mártires del deber, aquella santa mujer corre el campo, cura a los heridos é
infunde la animosidad en el espíritu al llevar junto con la fe cristiana el consuelo
de la caridad al heroico corazón del soldado...
Al lado
del valiente que expuso su vida en aras de la patria, lo mismo que junto al que
víctima de larga y penosa enfermedad yace postrado en el lecho, vela el ángel
de la tierra: acompaña al enfermo, y en medio de la pena que le embarga y
acongoja, templa su acerbo dolor y mitiga su amargura esta enviada del cielo
que le habla de Dios, de ese Dios que más allá nos espera, si hacia Él miran
nuestros ojos impetrando el perdón de nuestras culpas, perdón que jamás puede
negar en su infinita misericordia...!
¡En el
Hospital y en el combate!
¿Y nada más?
¿No
habéis visitado nunca una casa de maternidad? ¿No habéis admirado el cariño, el
solícito interés, el amor maternal que se refleja en aquellos ángeles que
cuidan de los otros ángeles que no son sus hijos?
¡Ah!
¡Pero aún queda por significar otro de los casos en que la santa caridad envía
sus celestiales emisarios para que velen por la humanidad que sufre y no la
abandonen!
¡La
epidemia, causando estragos horribles, llevando la muerte al seno de la
familia, donde se ven desaparecer uno tras otro los que estuvieron unidos por
tan estrechos lazos! ¡La epidemia asoladora que lleva el espanto al seno de los
pueblos, que deja tras sí más ruinas que el huracán que arranca los árboles del
suelo; que hace abandonar los hogares y siembra el luto y el espanto por donde
pasa! ¡Ese terrible monstruo que tantas víctimas ha inmolado a su insaciable
ambición, que tantos seres ha hecho desaparecer en sus negras y horrorosas
fauces.
En
tales momentos de espanto, desolación y ruinas, como en el hospital, como al
lado de los niños, como en los momentos y después del combate, impasible, ajena
al peligro, con su eterna y dulce sonrisa, la Hermana de la Caridad, inclinada
sobre el lecho del dolor, desprecia el contagio de la espantosa enfermedad que
invadió aquel cuerpo del que todos huyen.
Ella
no teme la muerte, no... En los justos no se abriga temor al dejar este mundo
de miserias y pasiones; en el ambicioso, en el poderoso, en el soberbio, sí,
porque la muerte les recuerda que allí cesa su poder...
¡Bendita
seas, heroína ignorada!
¡Bendito seas, ángel de la tierra!
F.
De F. Y DÍAZ.
Año
1896.
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