miércoles, 2 de septiembre de 2026

PARA CONSIDERARLO (Año 1896)

 



 

   La muerte en lo más florido de la vida, en la juventud, nos recuerda que nuestro primer paso al venir al mundo, es también el primero que damos hacia el sepulcro; que la muerte es tan cierta en sí, cuanto incierto el momento y lugar en que ha de acaecer y las circunstancias que la han de acompañar...

 

   Lo mismo muere el niño que el adolescente, el joven que el viejo, el dichoso que el desgraciado... Pero la muerte natural no es eterna, porque más tarde o más temprano, nuestro cuerpo, como sabemos, ha de resucitar, volviéndose a juntar con nuestra alma: asi es, que esta muerte, si lo miramos bien, es la que menos debe preocuparnos, ya que ha de tener lugar forzosamente y no ha de durar siempre: pero si a la muerte natural acompaña la espiritual, si al morir el cuerpo está muerta el alma por el pecado... ¿cuándo resucitaremos de esta otra muerte?... ¡Nunca!

 

   Mientras estamos en este mundo, podamos resucitar de la muerte espiritual mediante la gracia de Dios; mas esto sólo puede suceder en este mundo, en el tiempo, pero no en la eternidad, porque en el tiempo hay mudanzas, mas no en la eternidad; y por eso, el alma que está muerta espiritualmente, cuando acaece su separación del cuerpo, muerta, espiritualmente, sigue por toda la eternidad.

 

   De aquí la necesidad de que procuremos salir inmediatamente del estado de pecado mortal, si desdichadamente viviéramos en él; porque si la muerte nos sorprendiera en tan triste situación, ¿cuándo saldríamos de ella? ¡Nunca! Esta verdad terrible, pero no por terrible menos cierta, debe hacernos evitar con todo cuidado las ocasiones de pecar, y si desgraciadamente cayéramos en alguna culpa mortal, salgamos cuanto antes de ese estado por medio de una sincera y dolorosa confesión, para que la muerte no nos coja desprevenidos.

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