La muerte en lo más florido de la vida, en
la juventud, nos recuerda que nuestro primer paso al venir al mundo, es también
el primero que damos hacia el sepulcro; que la muerte es tan cierta en sí,
cuanto incierto el momento y lugar en que ha de acaecer y las circunstancias que
la han de acompañar...
Lo mismo
muere el niño que el adolescente, el joven que el viejo, el dichoso que el
desgraciado... Pero la muerte natural no es eterna, porque más tarde o más
temprano, nuestro cuerpo, como sabemos, ha de resucitar, volviéndose a juntar
con nuestra alma: asi es, que esta muerte, si lo miramos bien, es la que menos
debe preocuparnos, ya que ha de tener lugar forzosamente y no ha de durar siempre:
pero si a la muerte natural acompaña la espiritual, si al morir el cuerpo está
muerta el alma por el pecado... ¿cuándo resucitaremos de esta otra muerte?... ¡Nunca!
Mientras
estamos en este mundo, podamos resucitar de la muerte espiritual mediante la
gracia de Dios; mas esto sólo puede suceder en este mundo, en el tiempo, pero
no en la eternidad, porque en el tiempo hay mudanzas, mas no en la eternidad; y
por eso, el alma que está muerta espiritualmente, cuando acaece su separación
del cuerpo, muerta, espiritualmente, sigue por toda la eternidad.
De aquí
la necesidad de que procuremos salir inmediatamente del estado de pecado
mortal, si desdichadamente viviéramos en él; porque si la muerte nos
sorprendiera en tan triste situación, ¿cuándo saldríamos de ella? ¡Nunca! Esta
verdad terrible, pero no por terrible menos cierta, debe hacernos evitar con
todo cuidado las ocasiones de pecar, y si desgraciadamente cayéramos en alguna
culpa mortal, salgamos cuanto antes de ese estado por medio de una sincera y dolorosa
confesión, para que la muerte no nos coja desprevenidos.
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