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jueves, 7 de marzo de 2024

El día que los hermanos de “Santo Tomás de Aquino” quisieron tentarle en su pureza con una mujer. – Por G. K. Chesterton.

 


   De un mismo castillo italiano brotaron dos salvajes y un sabio; o un santo más pacífico que muchos sabios modernos. Este es el doble aspecto que engendra hasta confundir mil controversias. Este el enigma de la Edad Media: era no una edad sino dos edades. Miramos las costumbres y modales de algunos hombres y creemos estar en la Edad de Piedra; miramos la mente de otros y parecieran vivir en la Edad de Oro, en la más moderna de todas las utopías. Hombres buenos y malos los hubo siempre; pero en ese tiempo los hombres buenos, que eran sutiles, vivían con los malos, que eran necios. Vivían en la misma familia; crecían en el mismo cuarto de juegos, y salían luego para luchar, como lucharon los hermanos de Aquino a la vera del camino cuando arrastraron por el polvo al nuevo fraile y lo encerraron en el castillo de la montaña.

   Cuando sus parientes intentaron despojarlo del hábito de fraile Tomás reaccionó —se cuenta— con la manera belicosa de sus ancestros y con éxito ya que el intento fue abandonado. Aceptó el encarcelamiento con su compostura acostumbrada, y es probable que no le haya preocupado mucho si tenía que filosofar en un calabozo o en una celda En verdad, por la manera en que se narra toda la anécdota algo sugiere que a través de buena parte de esa extraña abducción anduvo el Santo llevado de aquí para allá como inerte estatua de piedra. Un sólo relato de su cautiverio nos lo muestra enfurecido más allá de cuanto haya estado antes o después. El hecho sacudió la imaginación de la época por razones de gran importancia; pero tiene un interés que tanto es psicológico como moral. Por una vez en su vida, la primera y la última, Tomás de Aquino estuvo realmente fuera de sí, arrebatado por una tormenta que lo sacó de la torre del intelecto y la  contemplación en que acostumbraba vivir. Y ello ocurrió cuando sus hermanos introdujeron en su cuarto una cortesana muy pintada y particularmente atractiva con la idea de sorprenderlo con una tentación repentina o por lo menos de envolverlo en un escándalo. Su furia estaba justificada, aun para cánones morales menos estrechos que los suyos, porque la mezquindad era peor que la maldad de la estratagema. Sin mucho pensarlo, él sabía que sus hermanos sabían, y ellos sabían que él sabía, que para él como caballero era un insulto suponer que podía quebrantar sus votos por una simple provocación. Tenía además tras de sí una sensibilidad mucho más terrible: esa enorme ambición de la humildad que representaba para él la voz de Dios desde los cielos. Por  un momento y en un destello único vemos a esta grande y pesada figura en actitud de actividad y aún animación Y no fue animación lo que faltó: saltó de su asiento, arrebato un tizón del fuego y se plantó blandiéndolo cómo espada encendida. La mujer se estremeció y huyó, que era cuanto Tomás quería; pero vale la pena imaginar lo que habrá pensado de ese loco de estatura gigante blandiendo llamas y amenazar aparentemente con quemar la casa. Empero todo lo  que Tomás hizo fue caminar tras ella hasta la puerta, golpear ésta y correr el cerrojo; y luego, con la suerte de impulso propio del ritual violento, hundió en la puerta el tizón encendido tiñéndola y marcándola con  el signo de la cruz, grande y negra. Después volvió sobre sus pasos, arrojó nuevamente el tizón al fuego y se sentó en este asiento de la docencia sedentaria, la cátedra de la filosofía, el trono secreto de la contemplación, del que nunca más se levantaría.

 

“SANTO TOMÁS DE AQUINO”

jueves, 22 de abril de 2021

UNA CONVERSIÓN RELATADA – POR SAN ANTONIO MARÍA CLARET

 



   


Una tarde pasaba por la calle de una de las ciudades más grandes de España. Se me acercó un Niño a besarme la mano, y me pidió una estampa y se la di. Al día siguiente fui muy temprano a celebrar Misa en la Iglesia que acostumbraba y ponerme luego en el confesionario, porque siempre tenía mucha gente que me esperaba. Al concluir la misa me hinqué en el presbiterio para dar gracias. Al cabo de un rato se me acercó un hombre alto, gordo, con largos bigotes y poblada barba, con la capa que tenía tan ajustada en las manos, que no se le veía más que la nariz y la frente; los ojos tenía cerrados y lo demás de la cara estaba cubierto del pelo de las patillas, bigotes y barba, y además con el cuello de la capa, que también era peludo y alto; y con una voz trémula y ronca me dice si le haré el favor de oírle en confesión. Le contesté que sí, que entrase en la sacristía, que luego iba en acabando de dar gracias. Si bien en el confesionario ya había otros hombres y mujeres que esperaban para lo mismo, pero creí que a éste le debía oír separadamente de los demás, porque su aspecto me reveló que así convenía, y en efecto fue así. Entré en la sacristía, en que no había nadie sino aquel Señor, y aun le conduje a un lugar más retirado.

 

Yo me senté, él se hincó y empieza a llorar tan sin consuelo, que no sabía qué más decirle para acallarle. Le hice varias preguntas para saber la causa, y finalmente, entre lágrimas, suspiros y sollozos, me contestó: Padre, Ud. ayer tarde pasó por mi calle, y, al pasar frente a la puerta de la casa en que yo estoy, salió un Niño a besarle la mano, le pidió una estampa y Ud. se la dio. El Niño vino muy contento, y, después de haberla tenido un rato, la dejó encima de la mesa y se fue a la calle con otros niños a jugar. Yo quedé solo en casa, y, picado de la curiosidad y pasar el tiempo, cogí la estampa y la leí; pero ¡hay Padre mío!, yo no puedo explicar lo que sentí en aquel momento; cada palabra era para mí un dardo que se clavaba en mi corazón; resolví confesarme y pensé: ya que Dios se había valido de él para hacerte entrar en verdadero conocimiento, con él irás a confesarte. Toda la noche la he pasado llorando y examinando mi conciencia, y ahora me tiene aquí para confesarme, Padre. Soy un grande pecador; tengo cincuenta años, y desde niño que no me he confesado y he sido comandante de gente muy mala. Padre, ¿habrá perdón para mí? –Sí, señor, sí; ánimo, confianza en la bondad y misericordia de Dios. El buen Dios le ha llamado para salvarle, y Ud. ha hecho muy bien en no endurecer su corazón y en poner luego por obra la resolución de hacer una buena confesión. – Se confesó, le absolví y quedó muy contento y tan alegre, que no acertaba a expresarse.



 

 



miércoles, 17 de marzo de 2021

EL TEMOR AL ESCÁNDALO NO DEBE CALLAR LA VERDAD – El ejemplo de San Antonio de Padua.

 




…El pequeño señor cruel y despótico y el Prelado vicioso nada tenían que temer de estos humildísimos siervos, los cuales eran incapaces de atreverse a levantar la voz contra el vicio, cuando éste aparecía personificado en el poderoso del mundo.

 

   El Santo intuyó en seguida este grave achaque y he aquí por qué hallamos en sus sermones las más encendidas invectivas aún contra las personas eclesiásticas y contra los oradores de su tiempo.

 

   Antonio era del temple de aquel San Juan Gualberto, que algún siglo antes no había titubeado en denunciar en la plaza pública de Florencia a su propio abad y a su propio obispo, tenidos hasta entonces en concepto de hombres de bien.

 

   A éstos, dice nuestro Santo: “El que predica la verdad da buen testimonio a Cristo, mientras que se lo niega el que la calla”. Como la verdad suele atraerse el odio, algunos, para no incurrir en este injusto odio ajeno, cierran sus labios con un riguroso silencio. Si dijeran la verdad como debieran hacerlo, si siguieran la recta razón y el mandamiento del Señor, incurrirían en el odio de aquellos que viven según las máximas falaces y las costumbres perversas del mundo, que han abandonado. Mas como tales predicadores pertenecen a la misma masa de los carnales, e imitan sus costumbres, tienen por esto miedo de escandalizar al mundo, descubriendo sus torpezas, siendo así que ni aún por este escándalo debe callarse la verdad. Cuando los discípulos refirieron a Jesús que los fariseos se habían escandalizado de sus palabras, la Verdad encarnada respondió: “– Lo que no ha sido plantado por mi Padre será exterminado y destruido. No os preocupéis, pues, de ellos, que son ciegos y guías de ciegos.” ¡Oh predicadores ciegos como lo fariseos: porque teméis, las iras de los mundanos incurrís en el mismo castigo que es la ceguedad!


   “Se dice que la vaca silvestre cuando perseguida por el cazador, está a punto de ser lazada, arroja sobre él su estiércol, dificultando de este modo la persecución y consiguiendo muchas veces evadir sus lazos y saetas.” Es lo que hacen hoy ciertos Prelados, los cuales lanzan contra el predicador el espantajo de su potencia, de su adhesión, el sobornó de las cosas temporales, con lo cual pretenden cerrar la boca al predicador y evitar su reproche. De los predicadores que se les acomodan por miedo o por avaricia está escrito en el Eclesiástico: “El perezoso será apedreado con los excrementos de los bueyes”.

jueves, 16 de abril de 2020

LA GRACIA DE LA CONTRICIÓN PERFECTA. - Santa Teresita.





“Oí hablar de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por unos crímenes horribles. Todo hacía pensar que moriría impenitente. Yo quise evitar a toda costa que cayese en el infierno, y para conseguirlo empleé todos los medios imaginables. Sabiendo que por mí misma no podía nada, ofrecí a Dios todos los méritos infinitos de Nuestro Señor y los tesoros de la santa Iglesia; y por último, le pedí a Celina que encargase una Misa por mis intenciones, no atreviéndome a encargarla yo misma por miedo a verme obligada a confesar que era por Pranzini, el gran criminal. Tampoco quería decírselo a Celina, pero me hizo tan tiernas y tan apremiantes preguntas, que acabé por confiarle mi secreto. Lejos de burlarse de mí, me pidió que la dejara ayudarme a convertir a mi pecador. Yo acepté, agradecida, pues hubiese querido que todas las criaturas se unieran a mí para implorar gracia para el culpable. En el fondo de mi corazón, yo tenía la plena seguridad de que nuestros deseos serían escuchados. Pero para animarme a seguir rezando por los pecadores, le dije a Dios que estaba completamente segura de que perdonaría al pobre infeliz de Pranzini, y que lo creería aunque no se confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento, tanta confianza tenía en la misericordia infinita de Jesús; pero que, simplemente para mi consuelo, le pedía tan sólo “una señal” de arrepentimiento…

   Mi oración fue escuchada al pie de la letra. A pesar de que papá nos había prohibido leer periódicos, no creí desobedecerle leyendo los pasajes que hablaban de Pranzini. Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos el periódico “La Croix”. Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi…?

   Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme… Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas…!

   Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo: “que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse…”


Santa Teresita del Niño Jesús; “Historia de un Alma”

jueves, 1 de noviembre de 2018

UNA PECADORA OBSTINADA – Una historia real escrita por San José Cafasso.




Nota nuestra: Una gran lectura, que inspira a la piedad, a una gran confianza en los sacerdotes y en la misericordiosa mediación de María Santísima.

   Cuán saludable haya sido para los moribundos la actividad de nuestro Santo, lo demuestra la historia de los últimos días de una pobre pecadora: historia que con mano temblorosa pero con ardiente y confiado corazón nos la narra él mismo en sus apuntes particulares.

   Se trata de una joven nacida de noble familia, que recibió en los primeros años una educación completa, tanto religiosa como civil y literaria. Enriquecida en grado eminente con bellas dotes físicas y siendo por naturaleza de índole dulce y amable, era la alegría y delicia de sus padres y de cuantos la conocían. Cuando se hacían los más felices pronósticos sobre su porvenir, chocó contra un escollo fatal que fué causa de su naufragio. La obra de uno sólo bastó para destruir en poco tiempo la larga y laboriosa faena de muchos. Dejóse seducir por vanas lisonjas y cayó en el fango, cayendo con ella muchas y halagadoras esperanzas. Alejándose a escondidas de la casa paterna, contrajo un caprichoso y malogrado matrimonio. Despojada ya de su pudor y favorecida para el mal por la juventud de sus años y por su rara belleza, que la hacía una diosa a los ojos de sus admiradores, se lanzó sin freno por el camino de la impiedad. Contrajo después una terrible enfermedad que la consumía lentamente entre atroces dolores y a los treinta y tres años, se encontraba ya al fin de sus días. Después de haber perdido el honor, los bienes, la salud y estando ya al punto de perder la vida, no le quedaba sino salvar su alma. Pero el vicio y la iniquidad estaban tan estrechamente unidos que parecía vana toda esperanza.

   Aquí entra la acción de San Cafasso, quien escribe: “El 26 de agosto de 1842, estaba confesando en la iglesia de San Francisco de Asís en Turín, cuando se me presentó un señor a quien yo no conocía para rogarme fuera en seguida a visitar a una señora enferma cuyo nombre y habitación me hizo saber. Respondí que lo haría gustoso, y una vez despachados los penitentes, me encaminé al lugar indicado; cuando llegué a la casa me anunció a la enferma una persona del servicio que, después de haberme hecho esperar un poco en la antesala, me dijo fríamente que podía seguir. Sin sospechar lo que iba a suceder, entré con aire alegre a la pieza de la enferma, la saludé cortésmente y le dirigí algunas palabras de condolencia, que no produjeron ningún efecto, pues ni siquiera se dignó mirarme. Hice poco caso de tal recibimiento, atribuyéndole más a la vehemencia de sus dolores que a la mala disposición de su ánimo. Invitado por algunos de los presentes, me senté al lado de su lecho. Mas la enferma, volviendo a mí su rostro airado, me dijo bruscamente que no tenía nada que ver conmigo ni qué decirme; que me fuese más bien a casa de quien me había hecho llamar”.

   “Debo confesar que tan inesperada respuesta me produjo mucha pena, pero disimulando, no desesperé de volverla a mejores sentimientos; por esto, sin, cambiar de tono le respondí tranquilamente que no se inquietase, pues no era mi intención hablarle de sacramentos o de cosas que la pudieran turbar; que yo estaba plenamente satisfecho por haber tenido la bondad de recibirme como a uno de sus visitantes... Pero ella, como si me leyese en el corazón, sin atender a mis palabras, me respondió más bruscamente que antes, que no se confesaría y repitió que no tenía nada que ver conmigo y nada que decirme”.

   No me desanimó este segundo rechazo sino que busqué todos los medios para abrirme camino en aquel corazón. Mas fueron inútiles mis esfuerzos y las cosas comenzaron entonces a ir de mal en peor y sus respuestas se hicieron cada vez más extravagantes e impías. Preguntada si por lo menos me recibiría otro día que viniera a visitarla, me respondió que sí, con tal que no le hablase de Dios.

   Talvez hubiera debido cesar en mi empeño después de esta definitiva respuesta para intentarlo en mejor ocasión, pero sentía en gran manera tener que partir del lado de la miserable sin un rayo siquiera de esperanza, y animado por la piedad de una caritativa persona que me miraba afligida y casi con lágrimas en los ojos, no pude menos de decirle alguna buena palabra. Mas entonces la enferma, como si no pudiese soportar no sólo mi voz sino mi presencia, irguiéndose improvisadamente en el lecho se puso a gritar con voz desesperada que retumbaba en todos los lugares de la casa, que no la importunase más y no le rompiese la cabeza. Aturdido por este tono de voz, y desesperando de obtener mi intento, partí rápidamente seguido de no sé qué confusas voces de la enferma, que no entendí”.

   Durante el curso del día tuvo San Cafasso el pensamiento y el corazón dirigidos a aquella infeliz. Hacia el atardecer volvió a su lado, y viéndola tranquila en el semblante y en el modo de hablar se movió por ello a animar con suaves palabras y sabias reflexiones su corazón para inducirla a ajustar los intereses de su alma. Cuál fué el resultado de esta nueva tentativa, nos lo refiere el Santo.

   “La enferma agotó su paciencia al oír mi conversación; así que, aun no había yo terminado de hablar cuando, volviéndose hacia mí, renovó la acostumbrada respuesta de que no comenzara a importunarla.

   —No es para incomodarla, señora, proseguí, sino sólo para decirle cuanto me obliga la caridad que a usted debo, pues si el Señor la llama, ¿quiere ir al otro mundo en las condiciones en que se encuentra?— ¡Oh! sí que me llama el Señor, repitió aún más exacerbada la enferma, no puedo oír estas cosas. —Será como usted quiera, continuó siempre con manera afable San Cafasso. Usted irá sin que la llamen; pero llamada o no, ¿quiere ir así?— Entonces, no sabiendo qué responder, y no queriendo por otra parte soportarme más, se enderezó sobre el lecho y tomando un tono de apariencia tranquilo pero fuerte y vibrante, con los ojos bien abiertos y fijos en mí: —Sepa de una vez por todas que no quiero confesarme, dijo, acompañando sus palabras con el gesto del brazo”.

   “A tal respuesta que me cerraba el camino a ulteriores instancias y me quitaba casi toda esperanza, pensé, no sé si bien o mal, cambiar yo también de método y de tono. Me puse pues, en pie y le dije:

   Si es así, señora, me voy. Rogaré por usted al Señor pero esté segura de que no volveré más a importunarla. Sepa además que yo la espero en otro lugar y otro día y entonces usted tendrá que confesar con sus propios labios de qué le han valido sus blasfemias y su obstinación—.

   Yo quería continuar para recalcarle, más los gestos y gritos de la enferma que parecía una energúmena, me persuadieron que me retirara, como lo hice en efecto. Pero al pasar por la antecámara, encontrándome con los de la casa, que habían acudido a los gritos de la enferma y me miraban desanimados y compasivos, me mostré muy desconsolado y afligido, como lo estaba efectivamente; y para obligarlos a hacer lo que yo ya no podía, exclamé en voz alta:

   —Si quiere irse al infierno, que se vaya; toda la culpa será suya; ella será quien ha de arrepentirse”.

   Cuando volvió a casa San Cafasso con el alma llena de amargura, pensó que no había otro camino sino recurrir a la Madre de las Divinas Misericordias. Al día siguiente, 27 de agosto, no hizo sino rezar. Rogaban con él sus compañeros sacerdotes y los fieles. Las plegarias fueron eficaces. Por la tarde encontró el Santo en casa un billete escrito por el padre de la desventurada, en el que le suplicaba fuera a la mañana siguiente a la casa de la moribunda que tenía muchas cosas para confiarle. En la mañana del 28 pasaba San Cafasso por tercera vez el umbral de aquella casa donde un alma lo esperaba ansiosamente.

jueves, 24 de mayo de 2018

Milagros de Don Bosco por intercesión de María Auxiliadora “Un secreto para morir tranquilo – año 1866”





   En 1866 Don Bosco, a causa de la extraordinaria extensión de sus obras, había emitido una importante lotería.

   Un día, llególe de Roma una carta bien singular. La marquesa V*** le hacía un pedido y un ofrecimiento cuya sustancia es como sigue:

   “Feliz, cuanto se puede ser en la tierra, vivo, sin embargo, con una angustia terrible: el pensamiento de la muerte me causa indecible inquietud, y mi fe no es bastante a sobreponerse a ese involuntario terror. A medida que os escribo, un movimiento convulsivo se apodera de todo mí ser. Pronta estoy a cualquier sacrificio para obtener que esta penosa idea cese de atormentarme y he aquí por qué me dirijo a vos. El tiempo apremia: padezco una enfermedad inexorable y que puede quizás muy pronto quitarme la vida. Aseguradme, os suplico, que la Santísima Virgen, vuestra bondadosa María Auxiliadora, me concederá la gracia de no temer la muerte y de verla llegar con toda serenidad, y yo por mi parte os prometo que, siendo ya Cooperadora de vuestras Obras, seré vuestra servidora y la servidora de vuestros hijos. Mi voluntad y todos mi bienes de fortuna y cuanto me resta de mi vida os pertenecerán; pondré él empeño posible en ser respecto a vos un instrumentó fiel de la Divina Providencia, pero ¡por piedad! que María Auxiliadora me libre del terrible espanto que me causa la muerte”.

   Don Bosco le contestó a vuelta de correo:

   “Os aseguro que María Auxiliadora os concede la gracia deseada: moriréis tranquilamente y sin advertirlo. Cumplid vuestra promesa y la Santísima Virgen no faltará a la suya”.

   Pasaron algunos años. La marquesa V***, libre de aquellas angustias, llenó con admirable abnegación su compromiso: parecía no vivir sino para los huérfanos de Don Bosco.

   Un día a fines del año 1871, la marquesa dice a su marido, excelente cristiano.

   —Tiempo hace que no he hecho una confesión general; sí te parece me dispondré a ello en los últimos, días del año,

   —Excelente cosa; seguid vuestra inspiración.

   El último día de diciembre la marquesa había terminado su confesión general. Al día siguiente, celebración del año nuevo después de la santa comunión, hallándose reunida en el almuerzo toda la familia, rebosaba de singular contento.

   De repente manda a un criado:

   —Abrid los postigos.

   —Señora marquesa, están abiertos.

   —Abridlos ¡que entre luz!

   Nueva respetuosa observación del doméstico.

   Todos estaban atentos a esta extraña indicación, cuando la marquesa como iluminada por repentina luz, con indefinible acento exclama:

   — ¡Ángel! (éste era el nombre del marido) ¡Ángel! Me muero... Y con una alegría celestial que transformaba su semblante, repitió — ¡Ángel, yo muero, yo muero!... y se durmió en el Señor.

   María Auxiliadora cumplía su promesa.

   Don Bosco recibió esta noticia en el colegio de Varazze, donde se hallaba indispuesto. El marqués terminaba así su carta:

   “YO NO LLORO ESTA MUERTE COMO UNA DESGRACIA, SINO QUE BENDIGO A MARÍA AUXILIADORA COMO AUTORA DE UN INSIGNE FAVOR”


“SAN JUAN BOSCO”

Por el Dr. Don Carlos D´Espiney. – Año 1949

domingo, 18 de marzo de 2018

Cómo San Francisco paso una Cuaresma en el lago de Perusa con la mitad de un panecillo.





   Por cuanto el venerable siervo de Dios San Francisco en algunas cosas fué otro Cristo, dado al mundo para la salvación de las gentes, Dios Padre lo quiso hacer en muchos actos semejante y conforme a su Hijo Jesucristo, como se ve en el venerable colegio de los doce compañeros, en él hecho admirable de las sagradas llagas y en el ayuno continuado de la santa Cuaresma, que hizo de este modo:

   Una vez pasaba San Francisco, el día de carnaval, cerca del lago de Perusa, en casa de un devoto que lo había hospedado aquella noche se sintió inspirado por Dios para pasar la Cuaresma en una isla del lago; rogó, pues, a su devoto, por amor de Dios, que lo pasase en su barquilla a una isla que no estuviese habitada, y que lo hiciese la noche del Miércoles de Ceniza, de modo que nadie los viese; y aquel hombre, por la grande devoción que le tenía, le cumplió cuidadosamente el deseo. San Francisco no llevó más que dos panecillos. Cuando llegaron a la isla, y aquel amigo se marchaba para volver a su casa, San Francisco le rogo afectuosamente que no descubriese a nadie que estaba allí, y que no viniese a buscarlo hasta el Jueves Santo; y con esto partió, quedando solo San Francisco.

   Como no había habitación donde guarecerse, entró en una espesura de pinos y arbustos, que formaban como una pequeña cabaña o covacha, y se puso en oración entregándose a la contemplación de las cosas celestiales. Allí estuvo toda la Cuaresma sin comer ni beber, si no es la mitad de uno de los panecillos, según observó aquel devoto suyo el Jueves Santo cuando fué a buscarlo, pues de los dos panecillos encontró uno entero y la mitad del otro. La otra mitad se cree que la comió el Santo por reverencia, para no igualarse a Cristo bendito, que pasó cuarenta días y cuarenta noches sin tomar ningún alimento material; de este modo, con aquel medio pan, apartó de sí San Francisco el veneno de la vanagloria y, a ejemplo de Cristo, ayunó cuarenta días y cuarenta noches.

   Después, en el lugar en que San Francisco había hecho tan maravillosa abstinencia, obró Dios muchos milagros por los méritos del Santo, por lo cual comenzaron los hombres a fabricar casas y habitarlas, y en poco tiempo se formó en aquel sitio un pueblo bueno y grande. Allí está el convento de nuestros frailes, llamado de la Isla, y aun hoy día los vecinos de aquel pueblo tienen grande reverencia y devoción al lugar en que San francisco ayunó la dicha Cuaresma. En Alabanza de Cristo Amén.


“FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO”

miércoles, 30 de agosto de 2017

Las penitencias de Santa Rosa – Por Leopoldo Marechal




DE CÓMO ROSA FABRICA SU CORONA

   ¡Rosa no había descuidado ese detalle, ciertamente! Sólo tenía doce años cuando, al mirar cierto día una imagen de Cristo, consideró particularmente los dolores de las espinas que se hincaban en su cabeza y resolvió hacerse una semejante. Era de estaño fundido, y Rosa la circundó de mimbres y llenó por dentro de clavos que, distribuidos estratégicamente, le herían y ensangrentaban la cabeza, sin que toda esa máquina de dolor, oculta por la toca, se revelase a ojos profanos. Diez años antes de su felicísima muerte abandonó aquella primera corona, en el deseo de forjarse otra que respondiese mejor a la de su Esposo místico. Intentó ponerse una de verdaderas espinas, a fin de que la imitación fuera exacta, pero dos razones la hicieron desistir: primero, la de su confesor, que temía el efecto corruptible de la substancia orgánica luego la suya propia, que le dió a entender cuán difícil era ocultar espinas reales bajo una toca. Entonces, doblando un fleje de plata, Rosa le dió la forma de un círculo, dentro del cual introdujo noventa y nueve clavos, también de plata, distribuidos en tres series de treinta y tres, o sea el número de años que vivió el Redentor. A fin de poder ceñírsela sin obstáculos, la virgen se afeitó a navaja los cabellos, que habían vuelto a crecerle un tanto, y sólo se dejó en la frente un mechón que, dispuesto con artificio, escondiese la corona y no la revelase a ojos extraños.

   Aquel artefacto le producía dolores continuos y diferentes con sus noventa y nueve púas que se le hincaban al menor movimiento de su cabeza, al hablar y sobre todo al toser. Para colmo, la virgen se lo plantaba cada día en sitio diferente, buscando los lugares no heridos todavía o los que cicatrizaban recién: ninguno de sus familiares conocía el secreto de aquella corona, ni aun lo alcanzaba del todo su confesor, que sólo tenía vagas referencias.

   Cierto día el padre de Rosa, muy colérico, perseguía en el huerto a un hermanito de la virgen, sin duda para castigarle una travesura: la niña se interpuso entre ambos y rogó a su padre que no se dejara llevar por la ira; mas el hombre, al rechazar a Rosa, la golpeó, sin quererlo, en la frente, de modo tal que los clavos de la corona, oprimidos a fondo, hicieron saltar tres hilos de sangre, que la toca no logró disimular. La niña, temiendo que por aquella sangre se descubriera el artificio de la corona, voló a su aposento, la arrancó de su frente y tras esconderla se lavó la sangre y volvió a cubrirse con la toca y el velo. Pero su madre, que temía siempre los rigores penitenciales de aquella hija extraordinaria, no tardó en seguirla al aposento y en obligarla a descubrir su cabeza: viéndola llena de puntazos y desolladuras, adivinó la naturaleza del instrumento que los había producido; y, sin embargo, nada le dijo a la virgen, temiendo que al quitarle la corona no inventase algo peor. Con todo, la excelente madre hizo intervenir a uno de los consejeros espirituales de Rosa, el padre Juan de Villalobos, el cual mandó a la niña que le llevase aquel instrumento con el que martirizaba su cabeza. Obedeció ella, como siempre, y el consejero, al ver la terrible máquina, trató de hacer que su penitente renunciase a tanto rigor. Pero Rosa, viendo una insinuación más que una orden en las palabras de su consejero, insistió tanto y tan bien que ambos llegaron a un acuerdo por el cual Rosa llevaría su corona, pero con algunos clavos de menos que el padre Juan limaría o remacharía con sus propias manos, como efectivamente lo hizo luego al ver una Rosa tan obstinada en sus espinas...

LOS AYUNOS DE ROSA

   Cualquiera podría creer que un cuerpo tan trabajado como el de aquella virgen necesitaba, sin duda, un sustento material proporcionado a sus fatigas. Por lo cual es bueno decir, ahora, con qué sabores regaló su lengua y de qué manjares alimentó sus días terrestres, que no fueron muchos.

   Como todas sus virtudes, la de la abstinencia se reveló en sus más verdes años: acaso no hablaba todavía cuando se negó a comer las frutas que tanto agradan a los niños; a los seis años apenas, ayunaba a pan y agua los miércoles, viernes y sábados, sin que poder humano alguno lograse hacerle probar otra cosa; y a los quince se prometió no alimentarse nunca de carne, voto que cumplió en la medida de sus fuerzas y luchando contra familiares, amigos y médicos, ya mediante la astucia, ya con la resistencia natural que oponía su estómago a cuanto no fuese un pedazo de pan mojado en agua.

   Muchas veces la debilidad de su cuerpo alarmó a los suyos, y sobre todo a su madre que, bien arraigada en este mundo, no acababa de entender los extremos de aquella hija prodigiosa. Le reprochaba sus ayunos, la llamaba verdugo de sí misma; y viendo que nada lograba con sus sermoneos la obligó un día a comer en la mesa familiar, delante de sus ojos, para verlo que comía y en qué cantidad. Rosa obedeció con la dulzura de siempre, y temblando a la sola idea de ingerir alimentos que le repugnaban, solicitó que no se la obligase a probarlos todos, sino aquellos que su naturaleza le indicase.

   Con la complicidad de Mariana, su infaltable escudero, logró intervenir en la cocina doméstica para aderezarse algo que tenía los exteriores de un pastel, pero que se integraba sólo con unos pedazos de pan y un manojo de hierbas: la intervención de algunas pasas en aquella torta singular no tenía más objeto que el de satisfacer y despistar las miradas maternas; y la falta de sal, así como la amargura de las hierbas que Rosa elegía, daban al pastel un sabor que, de probarlo, hubiese asombrado no poco a la excelente madre. Algunas veces, y a fin de variar el condimento, la virgen mezclaba cenizas a los hierbajos y mendrugos de su famoso pastel, de modo tal que, a su lado, el pan y el agua que Rosa prefería resultaban un manjar delicioso. Otra vez su madre le descubrió un vaso de hiel, e interrogada la niña sobre el uso que hacía de aquella substancia, confesó que también la utilizaba para sazonar sus comidas. Andando el tiempo Mariana refirió que Rosa bebía hiel en ayunas, el día que no comulgaba, y que mezclando hiel, cortezas de pan y lágrimas se hacía un alimento que llamaba “mis gazpachos”.

   Hay en América un vegetal muy curioso que nuestros indios llaman mburucuyá y nosotros pasionaria, el cual da una flor cuyos órganos interiores fingen admirablemente los instrumentos de la Pasión. La virgen limeña no podía menos que sentirse ganada por tan religioso vegetal; pero en lugar de comer su fruta, que es muy dulce, se alimentaba de sus tallos, que tienen un sabor amarguísimo. Por otra parte, bueno es decir que tal hierba o tal fruta sólo le sirvieron de estratagema para satisfacer la ansiedad de sus familiares hasta el día en que, convencidos de la violencia que con sus instancias le hacían, dejaron que Rosa dispusiera libremente de sus ayunos. Estos eran de dos clases, según la época litúrgica: durante siete meses del año, hasta la Pascua de Resurrección, sólo comía pan y agua en raciones que, siendo ínfimas en sí, Rosa iba disminuyendo gradualmente al llegar la Cuaresma, entrada la cual sólo se alimentaba con algunas pepitas de membrillo, cinco los viernes y rociadas con hiel. Su segunda forma de ayuno consistía en no comer absolutamente.

   Tanto en su celda como en casa de doña María de Usategui se le vió realizar los más extraordinarios ayunos. Doña María comenzó a enviarle a su celda ocho panecillos negros que habrían de constituir su alimento de toda la semana: ¡cuál no sería el asombro de aquella señora cuando vió que la niña, terminada la semana, le devolvía seis panes y medio que le habían sobrado! Más a delante se comprobó que con un pequeño pan y un vaso de agua la virgen había pasado cincuenta días; igual tiempo se pasó más tarde sin beber ni una sola gota de agua; y cuando llevada por la fiebre bebía, no tomaba el agua fresca del aljibe, lo cual habría sido imperdonable regalo, sino el agua caliente de la cocina, y a pequeños sorbos. Con estos sabores de la tierra iba ganándose Rosa los sabores del cielo.



“Vida de Santa Rosa de Lima” año 1945

jueves, 3 de agosto de 2017

Pasaje de la Vida de San Alfonso María de Ligorio – Aborrecimiento al pecado y su devoción a María.




   Luego que cumplió el segundo lustro de su edad, (10 años) fué agregado Alfonso por el mismo padre Pagano a la congregación de jóvenes nobles, erigida en la casa de los padres del Oratorio de San Felipe Neri en Nápoles, llamada de los Jerónimos, y cuyo instituto es, encaminar a los caballeros jóvenes por la vía de la perfección cristiana, ejercitándolos en toda clase de prácticas devotas y en toda especie de virtudes. Allí asistía diariamente con gran modestia y recogimiento al santo sacrificio del altar; acudía con puntualidad á todas las reuniones y funciones comunes; se acercaba todas las semanas a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía, y observaba con la mayor exactitud todos los ejercicios y todas las prácticas que se hallaban prescritas. Más esto no bastaba. Era, además, el joven Alfonso dócil y respetuoso con los mayores, amable y verídico con los iguales, y afable y modesto con todos; pero lo que le daba aún más realce es, que se descubrían en él las más claras señales de una conciencia tan pura y tan dispuesta a aborrecer no solo el pecado aun el más leve, sino hasta la misma apariencia de pecado, amando en sumo grado la pureza y la virginidad, así como el espíritu de oración y de contemplación y todas las virtudes cristianas. Así es que muy en breve llegó a ser el espejo y el modelo de todos sus contemporáneos, siendo con razón admirado y estimado de todos, más bien como un ángel del cielo, que como un joven revestido de carne mortal.

   Los padres del citado Oratorio acostumbraban llevar de cuando en cuando a estos jovencitos a una inocente recreación, por lo cual fueron conducidos un día a la casa de campo del príncipe de la Riccia, llamada vulgarmente Miradoisi. Sucedió allí, que invitado Alfonso por sus compañeros a jugar a la pelota con ellos, se excusó muchas veces diciendo que él no sabía ni palabra en esto de jugar. Pero cediendo por fin a las estrechas y reiteradas instancias de sus compañeros, y queriendo condescender con una solicitud tan inocente, se puso a jugar, y aunque enteramente inexperto en la materia, quedó por fin vencedor. Entonces el mayor de aquellos jóvenes caballeros, sumamente picado de que Alfonso casi lo había burlado con decirle que no sabía jugar, al pagarle la insignificante cantidad que había perdido en el juego, dijo una palabra malsonante e inconveniente. Al oiría el inocente Alfonso, se le cubrió el rostro de un vivo encarnado, y altamente lastimado en lo más íntimo de su corazon por la ofensa hecha a Dios, tomó un aire grave superior a su edad, y volviéndose a él lleno de celo, le dijo: ¿Cómo es eso? ¿Así se ofende a Dios por una vil moneda? y arrojándosela, añadió: he ahí vuestro dinero, y Dios me libre de ganar ninguno en tan malos términos. Dicho esto, le volvió la espalda y se fué como huyendo por lo más intrincado del jardín. Atónitos sus compañeros, y penetrados de la reprensión tan seria y tan pronta de Alfonso, permanecieron inmóviles y confusos por algún tiempo con el delincuente; pero luego, cediendo a los estímulos de la edad, volvieron a ponerse a jugar de nuevo entre sí hasta el pardear de la tarde. Entonces, no habiendo vuelto a ver a Alfonso, ni sabiendo qué había sido de él, se pusieron a buscarlo por todas partes, con tanta más razón, cuanto que el joven que lo había insultado, arrepentido ya de su trasporte, dijo a sus compañeros: vamos a buscar a Fonso porque quiero presentarle mis escusas. ¿Más qué vieron? Después de varias y largas pesquisas, le encontraron por fin arrodillado delante de una imagencita de la Vírgen, que había sacado de la bolsa y había prendido en el tronco de un árbol viejo; y lo que es más, tan arrobado y tan fuera de todos sus sentidos, que ni aun echó de ver la llegada de sus compañeros que al instante lo rodearon. Estos quedaron absortos al ver un espectáculo tan tierno como inesperado, y el caballero que había sido ocasión de él, no pudo ya contenerse y exclamó: ¿Qué es lo que he hecho? he maltratado a un santo. Entre tanto, Alfonso, vuelto en sí del éxtasis, se levantó, recogió la imagen, y lleno de confusión se reunió con sus compañeros. Pero mucho mayor fué el rubor y la vergüenza de que se cubrió el rostro tanto del caballero reprendido por él, como de todos los demás, que sin proferir una palabra,, volvieron a sus casas, contando a sus padres y parientes lo que había sucedido, como un verdadero prodigio.


“De la Vida de San Alfonso María de Ligorio”




martes, 28 de febrero de 2017

Santa Gema Galgani: Su perfecto desprendimiento.




   El desprendimiento de todas las cosas terrenas y hasta de sí mismo es la primera y más necesaria condición para conseguir la perfección, según aquel precepto de Jesucristo: “Quien desee seguirme, niéguese a sí mismo” (Mateo 16; 24).

   La santidad de Gema se asienta sobre este perfecto desprendimiento.

   No vivió para el mundo ni le interesaron las cosas de la tierra más que si estuviera muerta. Nacida en la abundancia y criada en el regalo, cuando de repente se vió en la miseria, no se turbó ni derramó una sola lágrima por ello, antes bendecía al Señor porque la colocaba en el camino de la humildad y el sufrimiento.

   Desde muy joven deseó renunciar al mundo ingresando en una Orden Religiosa. Imposibilitada de llevar al cabo su firme propósito, se consagró a Dios en el mundo por los tres votos religiosos.

   Nunca mostró afición a ese cúmulo de chucherías, como lazos, cuadros, dijes, cadenillas y semejantes bagatelas, a que tan aficionadas suelen mostrarse las jóvenes, aun aquellas que sientan plaza de espirituales.

   Este desprendimiento la llevaba a no preocuparse mayormente de sus vestidos, ni examinar si estaban en conformidad con los cánones de la moda.

   Le regaló en cierta ocasión su hermano una sombrilla de seda; no la quiso usar ni siquiera una vez, dando por razón que si la llevaba todo el mundo se fijaría en ella, lo que le repugnaba en extremo.

   Cuando, estando ya en casa de los señores Giannini, le enviaba su tía de Camaione algunas prendas de vestir nuevas, nunca pudieron conseguir que las usase.

   En cierta ocasión le prometió don Mateo un buen traje como premio de unas lecciones de francés que estaba dando a Eufemia (Madre Gema).

   –– Haré cuanto pueda porque Eufemia salga bien en el examen —respondió al punto—, pero en cuanto al traje renuncio a él desde ahora.

   También doña Cecilia quiso muchas veces hacerle un sombrero, en atención a que el que traía era de colegiala, ya muy pasado de moda y por demás descolorido. Nunca pudo vencer la resistencia de Gema.

   El peinado estaba en relación con el vestido.

   Lo usaba modestamente recogido y formando con todo; una trenza que caía sobre la espalda. Le sugirieron con frecuencia otras formas de peinado, pero siempre fué en vano.

   Superfluo parece decir que no llevaba pendientes, pulseras anillos, cadenillas al cuello, imperdibles de lujo, ni otro objeto de vanidad o adorno.

   Nunca tampoco la oyeron hablar de trajes, ni sufría oír tales conversaciones.

   Muerta para todos cuantos objetos pueden ser ídolos o incentivos de vanidad, lo estaba por igual al dinero. Ni lo poseía, ni lo deseaba, y si alguna vez recibía alguna ligera cantidad inmediatamente se desprendía de ella.

miércoles, 1 de febrero de 2017

SAN ANTONIO DE PADUA “CONTRA EL VICIO DE LA USURA”

   


   Después de Ferrara, Antonio se volvió nuevamente a Bolonia, y de aquí a Florencia, si bien esta ciudad no pertenecía a la Provincia que le estaba confiada.

   Allí sucedió el milagro, que narra San Buenaventura, del usurero que fué hallado sin corazón.

   Antonio, lo mismo en Florencia, como también en otras partes; y particularmente en Padua, atacó el vicio de la usura.

   Florencia y Padua tenían la primacía en este pecado. Los ricos banqueros de estas ciudades se habían hecho tan poderosos, que prestaban dinero, no sólo a los particulares, sino también a las casas reinantes, que, por sus continuas guerras, tenían necesidad de dinero. Los pequeños banqueros se contentaban con consumir al pobre pueblo poniendo una tasa que en ciertas determinadas circunstancias alcanzaba casi el cincuenta por ciento. Añádase a esto los abusos que el acreedor podía cometer con el deudor cuando éste no podía satisfacer sus compromisos y se comprenderá bien el motivo de las grandes alabanzas que merecen las invectivas del Santo contra los usureros, y las buenas disposiciones legislativas que algunas veces obtuvo a favor de los deudores insolventes.

   He aquí algunos de los fragmentos de los discursos del Santo sobre esta materia: “La maldita raza de los usureros se ha extendido por toda la redondez de la tierra, y sus dientes son voraces como los de los leones; con ellos mastican el dinero, cenagoso alimento; trituran y devoran continuamente los bienes de los pobres, de las viudas y de los huerfanitos.”

   “Los hay de tres clases. Algunos practican la usura en privado. Son como las serpientes, que se arrastran escondidas, y son innumerables. Otros ejercen la usura abiertamente, contentándose con una compensación menor, con lo que se engañan como si hiciesen una obra de misericordia. Y hay, por fin, una tercera parte, que es la peor, compuesta de pérfidos, desesperados, enfurecidos usureros, que cobran públicamente el tráfico de su oficio. Son estos los animales grandes de que habla el Salmo, porque son más feroces que los otros. Son presa más segura del gran cazador de las almas, que es el demonio. Y son pasto más abundante de la eterna ruina, si no restituyen todo aquello de que ilícitamente se han apoderado y no hacen la conveniente penitencia. Para incitarlos a esto surcan su mar los cazadores de las verdades eternas, y lo surcan con sus naves, y siembran la buena palabra en sus corazones. Más, por justo castigo de Dios, las espinas de las riquezas cobijan a los feroces animales de la usura, y viene a ser sofocada la palabra de Dios, que con tanto cuidado ha sido sembrada; y por esto es por lo que su penitencia resulta infructuosa.”

   “Recordad bien, usureros, que os habéis convertido en presa fácil del demonio: él os posee. Se ha apoderado de vuestras manos, empleándolas para la rapiña, haciéndolas reacias para la beneficencia. Se ha apoderado de vuestro corazón, siempre abrasado de un atormentador anhelo de poseer y negado para todo bien. Se ha adueñado de vuestra lengua, dispuesta a la mentira, al fraude y al engaño, y que ni siquiera puede disponerse para orar al Señor o formular palabras honestas. Las serpientes venenosas quieren con ansia la sangre, y lo mismo hacéis vosotros cuando os mostráis ávidos de los bienes ajenos. Vosotros sois un pueblo desmembrado, oh pueblo de usureros. Como las aves de rapiña y las bestias feroces despedazan los cadáveres, así el demonio de la avaricia despedaza vuestro corazón y lo destroza.”

   “Vosotros sois una ciudad de sangre. Así como la circulación de ésta es la señal de vida, así el pobre vive de sus pequeñas posesiones. Quitad la sangre al cuerpo vivo, y el cuerpo muere. Quitad sus pequeñas posesiones al miserable, y también muere éste. ¡Oh rapaces, oh usureros que robáis lo ajeno, yo os repito: vosotros sois una ciudad de sangre!”

   En Florencia, la ciudad de los poderosos banqueros medioevales, un milagro vino a corroborar la exactitud de su doctrina.

   Había muerto en aquella ciudad un rico usurero, un avaro que a fuerza de usuras había acumulado inmensos tesoros, los que conservaba con celoso cuidado en sus cofres, cuando no los prestaba de nuevo con la más descarada usura. Un día en que el Santo había predicado sobre el maldito vicio, pasando por una plaza se encontró con un cortejo fúnebre. Era el que acompañaba al avaro a la última morada, y estaba precisamente entonces a punto de entrar en una iglesia para hacerle la acostumbrada absolución. Conociendo que aquel difunto estaba condenado, sintió inflamarse su celo por el amor de Dios y quiso sacar partido del suceso para una saludable y cristiana enseñanza.


EL ESPANTOSO SUCESO DEL CORAZÓN DE USURERO

   “¿Qué es lo que hacéis? —Dijo, dirigiéndose a los que lo conducían— ¿Cómo es posible que queráis enterrar en lugar sagrado aquel cuya alma está ya sepultada en el infierno? ¿No creéis por ventura lo que os digo? Pues bien: abrid con un cuchillo su pecho, y hallareis que le falta el corazón, porque su corazón, aún material, está en el lugar donde está su tesoro. Su corazón esta  está en su caja de caudales, junto a sus monedas de oro y plata, y al lado de sus letras de cambio y pólizas de préstamos, en las cuales reposa siempre toda su esperanza y felicidad.”

   La muchedumbre, que estaba ya entusiasmada con el Santo, corrió efectivamente a casa del avaro, exigió tumultuosamente que se abriesen los cofres, y  en uno de éstos fué hallado su corazón, caliente aún y palpitante, la única parte viviente, como si dijéramos, de un cuerpo ya muerto. Se abrió también el cadáver y efectivamente fué hallado sin corazón, permitiéndolo así el Señor para saludable enseñanza y arrepentimiento de tantos avaros de aquella ciudad.

   El sentimiento de veneración del pueblo hacia Antonio no tuvo ya límites después de tan estupendo prodigio, y todos le aclamaban por las iglesias y por las calles, doquier tenían ocasión de encontrarle, hasta el punto de que, para huir de tantas aclamaciones, se salió con todo cuidado, juntamente con el compañero con quien había llegado a aquella ciudad.


“SAN ANTONIO DE PADUA”

Ediciones Paulinas - año 1952

    

sábado, 3 de diciembre de 2016

De cómo San Francisco Javier convirtió a toda una isla de salvajes




   …Sucumbieron al extraño encanto del padre blanco, incluso el sultán con su legión de cíen concubinas había sentido el cosquilleo del evangelio en su alma. Para Francisco Javier no existían las barreras ni los obstáculos. Él los vencía todos con su temperamento y con la llama divina que encendía su corazón.

   Durante los meses de agosto y septiembre, Ternate, que de hecho era el centro comercial del clavo, se convertía en un hervidero de actividad, pues era la época de recolección de la preciada especia. Todos los habitantes se entregaban al trabajo que les había de dar la riqueza para el resto del año. Francisco Javier tuvo entonces una pausa en su ajetreado apostolado. La aprovechó para escribir un pequeño libro, una especie de devocionario sencillo y algo árido. Lo dejó inconcluso. El agobiante calor producido por los vientos le sorprendió en el artículo noveno. No pudo proseguir. Tenía que ir a otra isla si no quería quedar incomunicado al variar aquéllos.

   Francisco Javier se alejó de los tamarindos y las oropéndolas que le acompañaron en aquel breve descanso, se alejó de los cristianos que su apostolado había conseguido, y embarcó en una «coracora» para dirigirse a las llamadas islas del Moro, o Moratai, verdadero infierno de salvajes escondido tras hermosas barreras de coral. Pero antes de emprender el nuevo viaje el valiente misionero tuvo que convencer a quienes se lo querían impedir.

   —No lo intentéis siquiera —le dijeron sus fieles en cuanto conocieron su propósito—. En las islas del Moro sólo conseguiréis morir. No hay nadie que se atreva a acercarse a sus costas desde hace muchos años, porque los salvajes asesinan sin piedad. Son caníbales, padre, matan a sus propios hijos y esposas y Juego se los comen.

   —No lograréis asustarme, sino todo lo contrario, hijos míos —les dijo Francisco—. Por todo lo que me contáis veo que esos infieles me necesitan más que nadie.

   —Es una locura —dijo uno.

   —Son traidores —dijo otro—. Saben emplear los más rápidos venenos como nadie. Os matarán.

   —Si es voluntad de Dios, que sea en bien de las almas de mis cristianos —replicó Francisco.

   —Moratai es de nuestro sultán y ni siquiera él se atreve a visitar jamás la isla —explicó un indígena de Ternate.

   —Por muy bárbaros que sean y por muy negro que me pintéis el panorama, estoy decidido a ir a la isla del Moro y rescatar a esos pobres paganos, abandonados por todos, para Dios. No intentéis, pues, retrasar más mi viaje porque no habéis de convencerme.

   —Como capitán de la colonia, representante del rey de Portugal y responsable de las vidas de cuantos habitan en Ternate, me niego a proporcionaros la embarcación que me pedís, padre Francisco —dijo a San Francisco Javier al fin el capitán portugués—. Facilitaros el viaje sería mandaros a la muerte, y yo no quiero responder ante mi rey Juan III y ante el Rey del cielo de la muerte del padre Francisco Javier.

   La cuestión parecía zanjada, pero no lo estaba.

   —Os aseguro que no temo a los peligros ni a la muerte —replicó el misionero con la voz dominada por santa ira—. Mis únicos enemigos son los que se empeñan en dificultarla realización de mis deseos, y sepan estos testarudos que se oponen a la voluntad divina. Puesto que es firme la decisión de negarme los medios para llegar a Moratai, me arrojaré al mar y a nado espero arribar a sus costas.

   No hay nada que no pueda un temple navarro como el de Francisco Javier. EI capitán, sabiendo que era muy capaz de hacer lo que decía, acabó por claudicar, le entregó la «coracora» y le facilitó los malayos que la conducirían hasta la isla del Moro.

    El viaje fue difícil y el desembarco aún más, La hostilidad de los isleños comenzó en las mismas costas. Las tierras, estremecidas por el volcán, eran salvajes y los heterogéneos indígenas todavía más. La muerte le acechaba en cada rincón. Los peligros eran infinitos y variados. Quienes habían querido disuadirle no le habían mentido ni habían exagerado. Moratai era la antesala del infierno y sus isleños eran los propios demonios. Sin embargo, Francisco Javier no explicó ni una sola de las calamidades y sufrimientos que debió padecer en sus tres meses de apostolado. No dio importancia a la heroicidad que su gesto representaba. No quiso alarmar a nadie con las barbaridades que tuvo que ver y combatir. Se limitó a escribir a sus compañeros la parte anecdótica de la expedición y el resultado de su misión. En tres meses cristianizó a todos los bárbaros isleños, y según afirmó: «recibió gran consolación de ellos y yo les di gran consuelo». Según Francisco todo había sido miel sobre hojuelas, cuando en realidad todo debió ser más amargo que la hiel.

   Lo cierto es que el misionero recorrió todo el archipiélago que componía las Moratai y lo cristianizó por entero. Pese a los muchos sufrimientos, Francisco fue muy feliz en aquel mundo y siempre lo recordó con nostalgia.


De la vida de San Francisco Javier.