EXALTACIÓN
DE LA SANTA CRUZ
Mensaje espiritual: «Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos». Romanos.
XII; 18
Durante
el reinado del emperador Heraclio I, los persas conquistaron Jerusalén y se
llevaron la parte principal de la Vera Cruz (Verdadera Cruz) de Nuestro Señor,
que Santa Elena, madre del emperador Constantino, había dejado allí.
Heraclio decidió reconquistar este preciado
objeto, la nueva Arca de la Alianza para el nuevo pueblo de Dios. Antes de
partir de Constantinopla, acudió a la iglesia, calzado de negro, en espíritu de
penitencia; se postró ante el altar y rogó a Dios que le infundiera valor;
finalmente, llevó consigo una imagen milagrosa del Salvador, decidido a luchar
con ella hasta la muerte.
El cielo ayudó grandemente al valiente
emperador, pues su ejército cosechaba victoria tras victoria; una de las
condiciones del tratado de paz fue la devolución de la Cruz de Nuestro Señor en
el mismo estado en que había sido tomada.
A su
regreso, Heraclio fue recibido en Constantinopla con aclamaciones del pueblo;
salieron a su encuentro con ramas de olivo y antorchas, y la Vera Cruz fue
honrada con un magnífico triunfo. El propio emperador, en agradecimiento, deseó
devolver a Jerusalén esta madera sagrada, que había estado en manos de los
bárbaros durante catorce años.
Al
llegar a la Ciudad Santa, cargó la preciosa reliquia sobre sus hombros; pero al
llegar a la puerta que conducía al Calvario, le resultó imposible avanzar, para
su gran asombro, y estupefacción de todos: «¡Cuidado, oh emperador!», exclamó
el patriarca Zacarías; «sin duda, la vestidura imperial que llevas no se
corresponde con la condición humilde y pobre de Jesús cargando su cruz».
Conmovido por estas palabras, Heraclio se quitó sus ornamentos imperiales, se
descalzó y, vestido como un pobre, pudo subir sin dificultad al Calvario y
depositar allí su gloriosa carga.
Para
añadir aún más esplendor a esta procesión triunfal, Dios permitió que se
realizaran varios milagros por el poder de este bosque sagrado: un muerto
resucitó, cuatro paralíticos sanaron, diez leprosos recuperaron la salud,
quince ciegos la vista, varias personas poseídas por espíritus malignos fueron
liberadas y un número considerable de enfermos se curaron por completo. Tras
estos acontecimientos, se instituyó la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
para perpetuar su memoria.
Abate
L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.
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