“LA
VOZ DE SAN ANTONIO” N° 1. Enero de 1899.
Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el
Excmo. Ordinario; y varios prelados.
(Traducido
y adaptado del portugués al español; por Nicky Pío)
I
El espíritu de las tinieblas erraba por la
atmósfera de nuestro planeta, contemplando las vanidades humanas.
¿Cuántos
son —dijo— los que desprecian estas vanidades? Reunidos todos no llenarían una
sala, que no fuese precisamente espaciosa. ¿Dónde se encuentran hoy esos actos
de virtud cristiana?
—Son
apenas conocidos, aislados y perdidos entre la enorme multitud de actos
inspirados por la vanidad. ¡Reúne y pesa todas las acciones de los justos del
universo entero; su peso no igualará el de las vanidades de un solo día en la
ciudad más pequeña!
El Espíritu de la Luz aparece
inesperadamente ante él.
—Vengo —le dice— a proponerte un desafío:
reunirás en uno de los platillos de una balanza tantas vanidades como desees;
yo buscaré el contrapeso, y si logro inclinar la balanza, seré victorioso.
—Acepto, contesto el príncipe de las
tinieblas—; reuniré a toda mi corte para dar testimonio de tu derrota. Conozco —añadió— un lugar adecuado
para la lucha. Al sur de Siberia se extiende un vasto país desconocido para los
viandantes. Montañas inaccesibles lo rodean. Algunos de mis súbditos,
expulsados de Europa y América, han encontrado allí un refugio seguro, donde
no los molestan las letanías de los misioneros.
¿Le agrada este lugar?
—Sí,
dice el Espíritu de la Luz; vamos para allá.
II
Satanás se engañaba al suponer que aquel país no era conocido por viajante alguno. Yo acababa de llegar ahí despues de haber atravesado diferentes regiones. Los animales que lo habitaban, que en verdad ignoraban la malicia del género humano, me recibieron con gran cortesía. En una espaciosa caverna encontré alojamiento y un lugar para guardar todos mis instrumentos. Lo más valioso de todo era un par de prismáticos que me había regalado un jefe indio al que había tenido ocasión de prestar un gran servicio. Con estos maravillosos prismáticos podía distinguir y discernir incluso a los mismos espíritus. Hace tiempo que no los poseo; un escrúpulo de conciencia me llevó a romperlos. No me arrepentí de haberlo hecho; unos meses sólo use de ellos, y mudó completamente mi carácter, convirtiéndome casi en un anacoreta. Podría contarles cosas curiosas que descubrí gracias a esos prismáticos; se las contaré más adelante. Actualmente una publicación tal, sería la causa de grandes escándalos, destruiría la reputación de muchas personas que actualmente gozan del favor público, y juzgo que no es conveniente derribar esos ídolos por el momento.