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sábado, 8 de agosto de 2026

EL ROSAL DE JESÚS

 



 

   “LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 4. Abril de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

   — ¿Qué lleva Jesús en el Corazón? — preguntaba Luisito a  su madre, con la mirada fija en una hermosa imagen del Salvador.

   — Sí, hijo mío; ese fuego en el que se abrasa su Corazón ¿Eso es lo que dices?

   — No; esas zarzas entretejidas con largas puntas, que inspiran miedo.

   — La corona de espinas que lleva en el corazón.

   — Sí, madre ¿No se la pusieron en la cabeza? ¿Por qué  la lleva entonces en el corazón?

   — Porque lo llevaba en el corazón incluso antes de que se la pusieran en la cabeza.

   — ¡Pobre Jesús! ¡Espinas en la cabeza y espinas en el corazón!

   — Sí, hijo mío; espinas en la cabeza y espinas en el corazón; las de la cabeza lo atormentaron unas horas, pero las del corazón, les punzaron toda la vida.

   — ¿Incluso de niño?

   — Todavía un niño; más pequeño que tú.

   — ¡Pobre Jesús, cuánto habrá llorado!

   —No, porque Jesús era muy paciente; siempre estaba triste y nunca jugaba.

   — ¿Nunca, nunca? —preguntó Luisito, a quien le parecía imposible que un niño no jugara.

    Viendo la madre la reacción de su hija a tal respuesta dijo:  

   — Nunca, nunca, no, solo a veces, iba sí con otros niños acompañado. Cerca de su casa había un hermoso rosal, que Jesús regaba a menudo con una pequeña jarra que le había regalado su madre. Al pie del rosal, Jesús se sentaba con sus pequeños compañeros, y mientras ellos recogían rosas y las ponían en su regazo, él les quitaba cuidadosamente las espinas y hacía coronas de rosas para los otros niños, guardándose las espinas para sí.

   — ¿Y se las clavo en su corazón?

   — No; con ellas también hizo una corona, que se puso en la cabeza, y lo hizo sonriendo, porque esta corona, como salvaría a muchos hombres, estaba ablandada por el amor.

   Pero frente a este rosal —continuó la madre— había otro con muchas rosas, aparentemente sin espinas; al principio tenían un color muy intenso y engañaban a muchos niños, quienes, al ir a recogerlas, se pinchaban las manos, y las rosas palidecían y se marchitaban, llevadas por el viento como si fueran polvo. Y lo peor era que estos niños enfermaban y morían. Cada vez que un niño se acercaba a este rosal maldito, Jesús se entristecía; y si venían a recoger las rosas, Jesús se llevaba la mano al pecho como si algo le doliera. Era una espina que le atravesaba el corazón.

   — ¿Y quiénes eran esos niños tan locos?  Sorprendido Luisito de que quisieran morir.

   — Estos muchachos locos, hijo mío, son los que van a recoger las flores del mundo. Atraídos por la perspectiva de los placeres mundanos, no se dan cuenta de que en ellas se esconden espinas traicioneras; recogen las flores, que pronto se marchitan, y su pobre alma muere; y las espinas permanecen clavadas en el corazón de Jesús. ¿Quieres, hijo mío, recoger rosas como esas?

   — No, mamá, no; yo quiero rosas del rosal de Jesús.

   — Bueno, escúchame. Entre los muchachos que iban al rosal de Jesús, algunos lo amaban mucho. Un día, uno de ellos, al ver que Jesús les daba a los demás coronas de rosas y se quedaba con la de espinas, le dijo:  

   — Jesús, ¿quieres darme una corona como la tuya? Jesús, sin responder, sonrió y comenzó a hacer una corona de espinas para el niño, que tomó de no sé dónde. El niño, al ver tantas espinas, y tan grandes, se asustó y casi se arrepintió de haberla deseado; pero Jesús lo miró con tanta dulzura, que el niño le permitió ponérsela

   — ¿Y no le pincharon las espinas?

   — Al principio le pareció así, pero pronto sintió tanta dulzura y ternura que se sentía más feliz con su corona de espinas que los demás niños con las suyas de rosas. Y con razón, porque esas espinas se habían convertido en las rosas más hermosas del rosal. Desde entonces, aquel niño siempre pedía una corona de espinas, y Jesús le susurraba al oído: «Tomo estas espinas de mi corazón».

   — Por eso no le pinchaban —dijo Luisito—. ¡Ya habían atravesado el corazón de Jesús!

   — Bien dices, hijo mío. Cuando las espinas hayan atravesado el corazón de Jesús, ¿quién no las encontrará dulces y suaves? ¿Ves, hijo mío? Los pecadores pusieron esta corona sobre el corazón de Jesús; ¿quieres ponerles más espinas?

   — No, madre mía, eso no.

   — ¿Quieres, entonces, rosas del rosal de Jesús?

   — Rosas y espinas.

   — Si aliviares el corazón de Jesús aunque sea de una sola espina, bendito seas mil veces,  mi Luisito, hijo de mi corazón.

 

R. B.

viernes, 7 de agosto de 2026

LA BALANZA

 



 

“LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 1. Enero de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

(Traducido y adaptado del portugués al español; por Nicky Pío)

 

I

 

   El espíritu de las tinieblas erraba por la atmósfera de nuestro planeta, contemplando las vanidades humanas.

 

   ¿Cuántos son —dijo— los que desprecian estas vanidades? Reunidos todos no llenarían una sala, que no fuese precisamente espaciosa. ¿Dónde se encuentran hoy esos actos de virtud cristiana?

 

   —Son apenas conocidos, aislados y perdidos entre la enorme multitud de actos inspirados por la vanidad. ¡Reúne y pesa todas las acciones de los justos del universo entero; su peso no igualará el de las vanidades de un solo día en la ciudad más pequeña!

 

   El Espíritu de la Luz aparece inesperadamente ante él.

 

   —Vengo —le dice— a proponerte un desafío: reunirás en uno de los platillos de una balanza tantas vanidades como desees; yo buscaré el contrapeso, y si logro inclinar la balanza, seré victorioso.

 

   —Acepto, contesto el príncipe de las tinieblas—; reuniré a toda mi corte para dar testimonio de  tu derrota. Conozco —añadió— un lugar adecuado para la lucha. Al sur de Siberia se extiende un vasto país desconocido para los viandantes. Montañas inaccesibles lo rodean. Algunos de mis súbditos, expulsados ​​de Europa y América, han encontrado allí un refugio seguro, donde no los molestan las letanías de los misioneros.  ¿Le agrada este lugar?

 

      —Sí, dice el Espíritu de la Luz; vamos para allá.

 

II

 

   Satanás se engañaba al suponer que aquel país no era  conocido por viajante alguno. Yo acababa de llegar ahí despues de haber atravesado diferentes regiones. Los animales que lo habitaban, que en verdad ignoraban la malicia del género humano, me recibieron con gran cortesía. En una espaciosa caverna encontré alojamiento y un lugar para guardar todos mis instrumentos. Lo más valioso de todo era un par de prismáticos que me había regalado un jefe indio al que había tenido ocasión de prestar un gran servicio. Con estos maravillosos prismáticos podía distinguir y discernir incluso a los mismos espíritus. Hace tiempo que no los poseo; un escrúpulo de conciencia me llevó a romperlos. No me arrepentí de haberlo hecho; unos meses sólo use de ellos, y mudó completamente mi carácter, convirtiéndome casi en un anacoreta. Podría contarles cosas curiosas que descubrí gracias a esos prismáticos; se las contaré más adelante. Actualmente una publicación tal, sería la causa de grandes escándalos, destruiría la reputación de muchas personas que actualmente gozan del favor público, y juzgo que  no es conveniente derribar esos ídolos por el momento.