...De
todos los espectáculos que pue de ofrecer el género humano, ¿hay alguno más
conmovedor, más suave y atractivo, que un niño que reza?
Su madre le ha puesto de rodillas sobre su
camita, le ha hecho juntar las manecitas y le enseña a pronunciar, una a una,
las palabras de una breve oración; ésta será, por ejemplo, si es muy pequeño,
la exclamación sencilla y humilde: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el
alma mía, o si es mayorcito, el sublime Padre Nuestro y Ave María.” Por la
mañana, el niño levanta su carita al cíelo azul, cuya pureza se refleja en el
cristal inmaculado de sus ojos; y por la noche, a la luz de una vela, cual
lámpara, en la alba templada y tranquila, parece que un ángel asiste, oculto en
las sombras, a la deliciosa escena, para dar testimonio en el Paraíso de este
adorable acto de fe.
Sin
duda, el niño no comprende todavía las palabras sagradas que pronuncia, pero sabe
que su madre se complace en oírselas repetir; la mira sonriente echando de ver
que sus caricias son más tiernas: y junto a ese corazón que late, respirando
esa atmósfera de amor y de piedad, se despierta en su alma el instinto
religioso.
En
cuanto esa Madre feliz, no hay en su vida instante más dulce que aquél en que
presenta ante Dios a su niño envuelto en la tenue camisilla, con las manos
juntas, y de rodillas en su pequeña cama. ¡Qué inmensa dicha rezar con él, por
él y para él.
Y el hombre que en la niñez aprenda a rezar,
no lo olvida jamás. Las pasiones y las luchas de la vida, las rebeldías de la
razón y de los sentidos, podrán conducir le a la incredulidad. Pero un respeto
de fe infantil queda siempre en el fondo de su alma. Llega la hora de la
prueba, la hora de un gran dolor físico o moral... ¡Ah! Cómo se acuerda
enseguida el hombre maduro del día lejano en que, arrodillado en la cuna,
sentía en sus mejillas el calor del rostro de su madre, que le enseñaba el
Padre Nuestro y el Ave María.
Y entonces, probablemente, sentirá que su
orgullo se derrumba, cubrirá su rostro con las manos y lanzará ese grito tan
propio de toda boca humana: ¡Dios mío tened compasión de mí!
Este grito, para un alma que naufraga, es el
faro que brilla en las tinieblas junto al puerto de salvación.
“Francisco
Coppée”
Año
1934.
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