miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA INFANCIA Y LA ORACIÓN.

 



   


   ...De todos los espectáculos que pue de ofrecer el género humano, ¿hay alguno más conmovedor, más suave y atractivo, que un niño que reza?

 

   Su madre le ha puesto de rodillas sobre su camita, le ha hecho juntar las manecitas y le enseña a pronunciar, una a una, las palabras de una breve oración; ésta será, por ejemplo, si es muy pequeño, la exclamación sencilla y humilde: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía, o si es mayorcito, el sublime Padre Nuestro y Ave María.” Por la mañana, el niño levanta su carita al cíelo azul, cuya pureza se refleja en el cristal inmaculado de sus ojos; y por la noche, a la luz de una vela, cual lámpara, en la alba templada y tranquila, parece que un ángel asiste, oculto en las sombras, a la deliciosa escena, para dar testimonio en el Paraíso de este adorable acto de fe.

 

   Sin duda, el niño no comprende todavía las palabras sagradas que pronuncia, pero sabe que su madre se complace en oírselas repetir; la mira sonriente echando de ver que sus caricias son más tiernas: y junto a ese corazón que late, respirando esa atmósfera de amor y de piedad, se despierta en su alma el instinto religioso.

 

   En cuanto esa Madre feliz, no hay en su vida instante más dulce que aquél en que presenta ante Dios a su niño envuelto en la tenue camisilla, con las manos juntas, y de rodillas en su pequeña cama. ¡Qué inmensa dicha rezar con él, por él y para él.

 

   Y el hombre que en la niñez aprenda a rezar, no lo olvida jamás. Las pasiones y las luchas de la vida, las rebeldías de la razón y de los sentidos, podrán conducir le a la incredulidad. Pero un respeto de fe infantil queda siempre en el fondo de su alma. Llega la hora de la prueba, la hora de un gran dolor físico o moral... ¡Ah! Cómo se acuerda enseguida el hombre maduro del día lejano en que, arrodillado en la cuna, sentía en sus mejillas el calor del rostro de su madre, que le enseñaba el Padre Nuestro y el Ave María.

 

   Y entonces, probablemente, sentirá que su orgullo se derrumba, cubrirá su rostro con las manos y lanzará ese grito tan propio de toda boca humana: ¡Dios mío tened compasión de mí!

 

   Este grito, para un alma que naufraga, es el faro que brilla en las tinieblas junto al puerto de salvación.

 

“Francisco Coppée”

Año 1934.

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