viernes, 11 de septiembre de 2026

SAN JUAN GABRIEL PERBOYRE. Lazarista, mártir en China (1802–1840). 11 de septiembre.

 



 

   Ramo espiritual: «Alégrense con los que se alegran, lloren con los que lloran». Romanos (XII; 15)

 

   Hermanos, dejemos que nuestros ojos derramen ríos de lágrimas en esta vida, para que no vayamos al sitio en que las lágrimas alimentan el fuego de la tortura. (San Macario)

 

  Juan Gabriel Perboyre nació en Mongesty; Francia. Nació en el año 1802. Tuvo dos hermanos y dos hermanas que, como él, entraron a la familia espiritual de san Vicente de Paul. Se hizo lazarista en Montauban y sacerdote en París.

 

   Desde muy joven, se distinguió por su piedad. En el seminario menor, era querido y venerado por todos sus compañeros, quienes lo apodaban “Pequeño Jesús”. Su vocación se decidió durante sus estudios de retórica: “Quiero ser misionero”, declaró desde entonces.

 

   Ingresó en la orden de los Padres Lazaristas.

 

   “Durante muchos años”, dijo uno de los novicios que más tarde estuvo a su cargo, “anhelaba conocer a un santo”; al ver al hermano Perboyre, sentí que Dios había concedido mis deseos. Dije varias veces: “Ya verán que el señor Perboyre será canonizado”. Él mismo desconocía los sentimientos que inspiraba en otros, y se hacía llamar “el barrendero”.

 

   Sus dos máximas eran: “Quiero hacer el bien a las almas mediante la oración...” “En todo lo que hagas, trabaja solo para agradar a Dios; de lo contrario, estarías malgastando tu tiempo y esfuerzo”.

 

   Juan Gabriel era notable por su tierna devoción al Santísimo Sacramento; volvía a él constantemente y pasaba horas enteras en adoración: «Nunca soy más feliz», decía, «que cuando he ofrecido el Santo Sacrificio». Su acción de gracias solía durar media hora. Enviado a las misiones en China, el señor Perboyre se superó a sí mismo.

 

   Tras cuatro años de ministerio, traicionado como su Maestro, sufrió las torturas más crueles. El campeón de la fe, digno de Jesucristo, no profirió un grito de dolor; los presentes no ocultaron su asombro y apenas pudieron contener las lágrimas:

 

   — «¡Pisotea a tu Dios y te liberaré!», gritó el mandarín.

   — «¡Oh!», respondió el mártir, «¿cómo podría insultar así a mi Salvador?».  Y, agarrando el crucifijo, se lo llevó a los labios.

 

   Le golpearon con bastones de bambú, desfiguraron su cara a latigazos, le hicieron beber sangre de perro y tuvo la gloria de ser crucificado y morir como su Salvador. El Papa León XIII lo beatificó el 10 de noviembre de 1889.

 

   Sus reliquias descansan en la casa matriz de su Orden en París.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950. Y Santoral de Grosez S. J.

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