Ramo espiritual: «Alégrense con los que se alegran, lloren con los que lloran».
Romanos (XII; 15)
Hermanos,
dejemos que nuestros ojos derramen ríos de lágrimas en esta vida, para que no
vayamos al sitio en que las lágrimas alimentan el fuego de la tortura. (San
Macario)
Juan Gabriel
Perboyre nació en Mongesty; Francia. Nació en el año 1802. Tuvo dos hermanos y
dos hermanas que, como él, entraron a la familia espiritual de san Vicente de
Paul. Se hizo lazarista en Montauban y sacerdote en París.
Desde muy joven, se distinguió por su
piedad. En el seminario menor, era querido y venerado por todos sus compañeros,
quienes lo apodaban “Pequeño Jesús”. Su vocación se decidió durante sus
estudios de retórica: “Quiero ser misionero”, declaró desde entonces.
Ingresó en la orden de los Padres
Lazaristas.
“Durante muchos años”, dijo uno de los
novicios que más tarde estuvo a su cargo, “anhelaba conocer a un santo”; al ver
al hermano Perboyre, sentí que Dios había concedido mis deseos. Dije varias
veces: “Ya verán que el señor Perboyre será canonizado”. Él mismo desconocía
los sentimientos que inspiraba en otros, y se hacía llamar “el barrendero”.
Sus dos máximas eran: “Quiero hacer el bien
a las almas mediante la oración...” “En todo lo que hagas, trabaja solo para
agradar a Dios; de lo contrario, estarías malgastando tu tiempo y esfuerzo”.
Juan Gabriel era notable por su tierna
devoción al Santísimo Sacramento; volvía a él constantemente y pasaba horas
enteras en adoración: «Nunca soy más feliz», decía, «que cuando he ofrecido el
Santo Sacrificio». Su acción de gracias solía durar media hora. Enviado a las
misiones en China, el señor Perboyre se superó a sí mismo.
Tras cuatro años de ministerio, traicionado
como su Maestro, sufrió las torturas más crueles. El campeón de la fe, digno de
Jesucristo, no profirió un grito de dolor; los presentes no ocultaron su
asombro y apenas pudieron contener las lágrimas:
— «¡Pisotea a tu Dios y te liberaré!», gritó
el mandarín.
— «¡Oh!», respondió el mártir, «¿cómo podría
insultar así a mi Salvador?». Y,
agarrando el crucifijo, se lo llevó a los labios.
Le golpearon con bastones de bambú, desfiguraron
su cara a latigazos, le hicieron beber sangre de perro y tuvo la gloria de ser
crucificado y morir como su Salvador. El Papa León XIII lo beatificó el 10 de
noviembre de 1889.
Sus reliquias descansan en la casa matriz de
su Orden en París.
Abate
L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950. Y
Santoral de Grosez S. J.
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