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jueves, 2 de abril de 2026

“TOMAD Y COMED” - “Apostolado de la Prensa” Año 1895

 



 

   Pange lingua; canta, lengua... Mas ¡Oh! hay poder humano para cantar el amor de Dios. ¿Qué lengua, ni humana ni angélica, podrá cantar el sublime misterio de la Cena, el misterio en que se muestra más infinito el divino amor?

 

   No bastaba a Dios haberse hecho hombre para rescatarnos del pecado; no le satisfacía padecer y morir para redimirnos: desea más, mucho más: desea entregar al hombre aquella carne que tomó para redimirle; desea, al volver a su Padre, quedarse eternamente con los hijos de los hombres y unirse íntimamente a ellos en unión de inefable amor.

 

   ¿Dejar a los hombres? ¿Abandonarlos? ¡Oh, esto es imposible a Jesús, que halla en ellos sus delicias todas!

 

   No, no quiere dejarlos; quiere unirse a ellos alma a alma y corazón a corazón. ¡Un imposible!, diréis. No hay imposibles para Dios.

 

   En la noche en que fué entregado, después de la cena pascual y de preparar a sus discípulos lavándoles los pies, Jesús se sentó de nuevo a la mesa, tomó el pan en sus sagradas manos, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomó después el cáliz, lo bendijo y lo alargó a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y bebed; este es el cáliz de mi Sangre, que será derramada en remisión de vuestros pecados.

 

   ¡Oh sublime misterio de amor! ¡Amor inefable!

   Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Es su cuerpo. Bebed; es mi Sangre. Es su sangre. Dios es quien habla; aquel pan es su carne; aquel vino es su sangre. Sólo resta arrodillarse y amar.

 

   Jesús va a ser víctima por la redención del mundo; pero antes quiere ser víctima por su amor. ¡Y qué amor! Antes de entregarse a la muerte, se entrega a sus discípulos; les alimenta con aquel Cuerpo que ha de ser escupido, abofeteado, llagado y clavado en la Cruz, y se une estrechamente a ellos para darles vida y salud eternas, haciéndoles participantes de su naturaleza divina. Porque la unión es recíproca. Quien me come, vive en Mí y yo en él.

 

   El Sacramento de la Eucaristía es la consumación de nuestra unión con el Salvador; su cuerpo no es suyo, sino nuestro; nuestro cuerpo no es de nosotros, sino de Jesucristo.

 

   En las grandes pasiones del amor humano, se desea fundirse con el objeto amado y formar un solo ser con él. Esto, que es imposible para el hombre, es una realidad para Dios. En el sacramento de la Eucaristía se entrega a los hombres como alimento, los nutre, los fortifica, penetra en nuestro ser y pone en contacto su divino Corazón con nuestro corazón miserable para comunicarnos vida íntima, celestial y divina.

 

   ¡Oh humildad infinita de Dios, que, despojándose de su majestad, se anonada bajo las apariencias de pan y vino para unirse con la criatura sin que nada la aterre, ni retraiga!

 

   ¿Quién diría que esta profunda humildad de Jesús es la que ha puesto en revolución la soberbia de la carne y la grosería de los sentidos? Porque la moderna impiedad, que reniega de Jesús Sacramentado, repite sin cesar aquella estúpida frase de los judíos: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?

 

   Miserable y vana filosofía, que todo lo ves con los ojos del orgullo y llevas en el pecho un corazón de piedra, ¿de qué dudas? ¿Del poder o del amor de Jesucristo? ¿Por qué pides razones para lo que no tiene más razón que el amor? Tanto amó Dios al mundo... ¿Escuchas? Tanto amó Dios al mundo, que lo venció todo para unirse a nosotros, para alimentarnos con su carne, regenerarnos con su sangre y enardecer nuestras almas con el sagrado fuego de su amor.

 

   Nosotros decimos con el discípulo amado: Creemos en el amor que Dios nos ha tenido. Nos amó y se entregó a nosotros; lo quiso y lo hizo. No pidáis, pues, razones, cuando lo que hace falta es corazón.

 

   No comprendéis, porque no amáis; amad, y lo comprenderéis todo; nada es imposible al que ama. El obstáculo está en vosotros mismos; quitad, la maldad de vuestros corazones, y veréis en la Hostia consagrada el cuerpo virginal de Jesús, nuestro Redentor y Maestro.

 

   ¡Ah, desdichados los que se apartan de la fuente de la vida! ¡Infelices de vosotros que rechazáis alimentaros con el pan celestial y condenáis a vuestras almas a perecer de hambre y desesperación! ¿Qué espesa nube os ciega?

 

   Roguemos a Dios que derrame en esos espíritus extraviados las inagotables dulzuras de su misericordia; purifiquemos nuestras almas para hacerlas dignas del divino Amante, y acudamos vestidos de boda a adorar el Santísimo Sacramento del altar. Jesús Sacramentado, desde el fondo de nuestros sagrarios, nos llama incesantemente al banquete eucarístico y nos invita a alimentarnos de su divinidad, diciendo, como en la noche de la Cena, aquellas palabras que son un delirio sublime de amor: Tomad y comed; este es mi Cuerpo. Tomad, bebed todos; esta es mi Sangre.

 


 

martes, 31 de marzo de 2026

JUDAS ISCARIOTE Y PILATO (Comparación de estos siniestros personajes) – Por el Apostolado de la Prensa – Año 1894.

 



 

   Este indigno traidor, caído como Luzbel al abismo desde lo más alto, era Judío; quizá el único Judio del Apostolado, pues los once Apóstoles restantes eran galileos. Suponen algunos que el orgullo provincial, y en consecuencia el desprecio con que todos los de Judea miraban a los galileos fueron las primeras causas del odio que arraigó en el corazón del apóstol contra su divino Maestro. Lo que parece indudable es que Judas fué siempre de los Judíos, carnales, esto es, de los que esperaban un Mesías conquistador y gran monarca.

 

   Judas estaba muy encariñado con los bienes de la tierra; no era hombre espiritual. Gustaba extraordinariamente del dinero. Pilato quería su desino de gobernador a toda costa; Ju das, persona de más baja condición, se contentaba con menos; sólo quería plata y oro. Pilato era un ambicioso vulgar; Judas un miserable codicioso. Pilato no creía en nada; Judas probablemente lo creía todo, pero no podía resistir a la tentación del soborno.

 

   En otra época y circunstancias, quizá Pilato hubiese sido ministro francmasón, y Judas uno de esos personajes misteriosos que ruedan las antesalas ministeriales, en busca del negocio. En Pilato se ven horrendos vicios: pero vicios de raza conquistadora y soberana. En Judas apuntan todos los repugnantes caracteres del judio moderno, avaro y chupador de sangre, del judío, plaga que hunde en la miseria a todo un pueblo con sus intereses compuestos y sus juicios ejecutivos.

 

   Si hoy resucitaran los dos odiosos personajes, Pilato encontraría muchos camaradas en el llamado mundo político. Judas también los encontraría por millares en el llamado mundo de los negocios.

 

   Figurémonos a Pilato de ministro en una época revolucionaria; por temor a las masas, por conservar el puesto, por deseo de popularidad, hubiera firmado un decreto mandando vender los bienes de la Iglesia. Judas se hubiera aprovechado de este decreto, comprando aquellos bienes a bajo precio.

 

   ¿Quién es más odioso, Judas o Pilato? Cuestión muy difícil de resolver es esta. Lo cierto es que los dos se completan, formando un conjunto tan deforme, tan monstruoso, tan horrible, que ya no parece figura humana, sino gigantesca silueta de demonio sobre el fondo negro del infierno.

 

LA PASIÓN DE CRISTO en nuestros días. (Reflexión) – Por el Apostolado de la Prensa – Año 1894.


 

   Gran cosa será para sacar copiosos frutos de la meditación de las verdades que la Iglesia pone estos días a nuestra consideración el reconstruir en nuestra memoria la imagen de aquellos tiempos y lugares: haciendo, como dicen los maestros de la vida espiritual, la composición de lugar; pero si por falta de costumbre no puedes tú, lector querido, atravesar las edades e imaginarte en las plazas y calles de la Jerualén maldita, no te apures, que no es necesario tal viaje retrospectivo para formar idea exacta de aquel cuadro terriblemente sublime. En nuestros tiempos y costumbres se ve repetida a diario la escena cruenta de la Pasión, de Nuestro Señor Jesucristo.

 

   Nuestro pueblo, amamantado a los pechos de la revolución, olvidado de la fe que recibió en el bautismo, corrompido y juguete de las pasiones de políticos sin conciencia; nada tiene que envidiar al populacho que a la puerta del Palacio de Pilatos pedía la crucifixión del Salvador y la libertad De Barrabás.

 

   Y si aquel pueblo fué testigo de los milagros de Jesús, el nuestro lo ha sido igualmente de sus misericordias, y debe a Cristo todo lo que es en esta vida y toda la dicha que pueda gozar en la otra.

 

   ¿Qué mal ha hecho Jesús a estos desgraciados, que, siendo hijos suyos por el bautismo, tratan a Jesucristo y a su Iglesia como a sus mayores enemigos?

 

   Preguntad a esas muchedumbres ignorantes y desdichadas, sin fe y sin resignación, sin pan y sin justicia, ¿Qué mal os ha hecho Jesús? y oiréis la misma respuesta que dio el pueblo a Pilatos:

 

   — ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

 

   Y, en efecto, crucifican constantemente con sus blasfemias y sus pecados a Jesucristo, a quien lodo lo deben, lo mismo en el orden moral que en el material de la vida.

 

   Poned vuestra consideración en  esas personas importantes, en esos prohombres que, conociendo cuál es el verdadero camino por que ha, de conducirse a la sociedad, la llevan por sendas extraviadas por odio a Cristo y a su doctrina,  ¿Qué hacemos?, se preguntaban aquellos fariseos y pontífices sin conciencia; porque este hombre obra, muchos prodigios. ¡Si le dejamos asi, todos creerán en Él! ¡He  ahí la razón suprema sugerida por Satanás a los nuevos escribas y fariseos que hoy declaran guerra a la verdad católica e impiden el apostolado del bien, y atan a la Iglesia y cierran la boca de sus más esforzados ministros y defensores, porque bien saben ellos que la verdad tiene virtud sobrada para apoderarse de los entendimientos y subyugar las voluntades y obrar prodigios sin fin; pero no quieren su triunfo; temen que sus rayos iluminen las inteligencias, porque ante esta claridad quedaría descubierta su malicia!

 

   No hablemos de los llamados hombres  de bien, verdadera plaga de las modernas sociedades, sólo comparables con aquel juez débil y complaciente, prevaricador y malvado, que, por respeto humano, por no enemistarse con el pueblo, porque no le acusaran de deslealtad ante el César, entregó a Jesús a la furia de las muchedumbres sedientas de sangre.

 

   Hombres de bien que quieren vivir en paz con Dios y con el mundo; hombres de bien que por el afán de figurar se alistan en las congregaciones de los malvados, y dan su voto a los enemigos de la Iglesia, y no luchan, es cierto, contra la causa de la verdad, pero tampoco se forman en la fila de sus defensores, contentándose con lavarse las manos en los días de las grandes catástrofes, ¡Miserables Pilatos!, no han de valerles sus acomodamientos, sus transigencias y su mutismo para ser reconocidos por Cristo Jesús como enemigos suyos, en el día terrible de la cuenta.

 

¡Hermano de mi alma! No será necesario quizá salir de nosotros mismos para encontrar ejemplos y semejanzas con aquel Judas traidor, con aquel Pedro ingrato, con aquellos discípulos cobardes, que al primer asomo de tempestad se escondieron por miedo a los judíos.

 

   ¡Cuántas veces  hemos vendido a Cristo, no digo ya por treinta monedas, sino por un simple respeto humano, por una satisfacción pasajera, por un alarde de amor propio, por cualquier miseria o suciedad¡

 

   ¡Cuántos otros no han hecho sino enmudecer la voz, ante  un majadero, un infeliz, a quien hubiéramos podido hacer callar y quizá corregir y edificar si nuestra voz fuera valiente! ¡Cuántas veces hemos quitado el cuerpo a la carga, y queriendo pasar por los más fíeles discípulos de Cristo, no queremos serlo más que en los días de paz, en las épocas tranquilas, cuando el gozo inunda nuestras almas y el bienestar nos sonríe, y abandonamos a Dios en la tribulación, en la lucha, en el momento del peligro.

 

   He aquí en breves rasgos una nueva composición de lugar, un ligero bosquejo de la Pasión de Cristo en nuestros días, de los cuales tanto podríamos aprender.


jueves, 26 de marzo de 2026

DE SEMANA SANTA — Por el Apostolado de la Prensa. Año 1901.


 

   Las graves y solemnes festividades de Semana Santa nos invitan otra vez a los cristianos a meditar especialmente sobre los sublimes misterios de la pasión y muerte de Aquel que vino a traernos no la paz, sino la guerra, y que nos dejó su cruz como herencia terrestre. ¿Por qué hemos de asombrarnos, siendo discípulos de tal Maestro, por ser tratados en esta vida como Él lo fué? ¿Por qué han de maravillarnos las persecuciones, los ataques, la guerra sin cuartel que se nos hace? La barca no se hunde, porque es insumergible, pero constantemente ha de azotarla y zarandearla la tempestad; la piedra es inconmovible, pero siempre, en todos los momentos y en todos los siglos, han de estallar frente a ella las embravecidas y encrespadas olas.

 

   En torno de Jesús, y como manada de hambrientas fieras, se juntaron todos los enemigos que hasta el fin de los tiempos han de combatirle y enclavarle en la cruz. Allí estaban Anas y Caifas, representantes perpetuos del odio sectario, afectando hipócritamente una fe que no sentían en el fondo de sus almas escépticas y de sus corazones corrompidos; allí estaban los fariseos, permanentes modelos de los embaucadores de la plebe, a la que sabían sugestionar, como ahora tribunos y periodistas, con palabras que no son palabras, sino silbidos de serpiente; allí estaba la muchedumbre, como siempre, bestial, repitiendo el estúpido Crucifícale, crucifícale, sin conciencia perfecta de lo que hacía, únicamente guiada por su instinto de fiera que husmea la sangre, sirviendo neciamente de instrumento a sus peores enemigos, y allí estaba, dominándolos a todos, sentado en el pretorio, dueño de la fuerza pública, (…), el gobernador romano que no creía ni en los dioses del imperio a quien servía, ni en el Dios verdadero que adoraban sus gobernados, y al que lo mismo importaba Jesús que sus adversarios; (…) esto es, Poncio Pilato, el modelo, el ideal, el tipo acabado del político que entonces y siempre, por no disgustar al César y por transigir con la plebe, está dispuesto a condenar al Justo, porque como no sabe lo que es la verdad, ignora también lo que es la justicia.

 

   Y siendo esos los personajes siniestros que allí se congregaban para cometer la más horrenda de las iniquidades que ha cometido la especie humana, sus procedimientos fueron igualmente los que hasta el día de hoy se siguen empleando para obtener el mismo resultado inicuo que allí se logró.

 

   Primero, una o varias reuniones secretas, muy secretas, en que los príncipes de los sectarios trataron de lo que habían de hacer con el Justo, y en secreto, muy en secreto, resolvieron darle muerte. Allí fué el Sanedrín el instrumento de la conjuración abominable; ahora lo es el gran capítulo de la francmasonería, lo que no es, por cierto, cosa muy distinta del Sanedrín, porque aquella célebre asamblea y esta no menos tenebrosa junta, medios son de la secta judaica, y con los que ésta, hoy, como hace 1900 años, satisface sus injustificados y crueles rencores. (…) Lo mismo, exactamente lo mismo, el Sanedrín judaico resolvió la muerte de Jesús, y empezó, mucho tiempo antes de la Pasión, la horrenda conjura de que había de ser aquélla el resultado.

 

   Pero ¿cómo llegar a Él? El Sanedrín carecía de autoridad oficial para imponer la pena de muerte, como ahora carece de autoridad oficial el capítulo francmasónico para perseguir las comunidades religiosas, esto es, a la Iglesia.

 

   Pues muy sencillo, el procedimiento tiene dos partes o dos períodos. El primero es alborotar al pueblo. El segundo intimidar al gobierno con el alboroto del pueblo. Hace 1900 años no había periódicos que encendiesen las pasiones populares; pero había fariseos y saduceos que predicaban; había un príncipe de los sacerdotes que arteramente se rasgó las vestiduras como si hubiera oído blasfemia horrenda; había testigos falsos que deponían contra el que es la verdad y la santidad por excelencia, y utilizando todos estos recursos, se logró el mismo electo que hoy, y Jesús, el Mesías prometido, el Hijo de David, el Libertador de Israel, es presentado a la plebe israelítica como.... ¡el enemigo! ¿Enemigo el dulce amigo de las almas? Pero ¿Qué enormidad no es capaz de tragarse la bestia-plebe? Sacude su astrosa melena, despereza el enorme corpachón, lanza su rugido de fiera, y ya tenemos al motín, rodando, informe y asqueroso, por las calles y plazas de Jerusalén.

 

   Se ha dado el primer paso; se ha consumado la primera parte de la ensayada iniquidad. Pero aún falta la segunda, la decisiva. El motín no puede resolverlo todo; no es más que un medio para llegar al fin. Este fin hay que buscarlo cerca de los poderes públicos. Y los tenebrosos conjurados empujan a la bestia hacia el pretorio. Allí está la autoridad, el poder constituido, el gobierno. Entonces surge en lo alto la siniestra figura de Pilato. Se aproxima el terrible desenlace.

 

   Pilato no participa ni del odio de los conjurados ni de la brutalidad salvaje de la turba que a éstos sirve de instrumento. Romano, se juzga de raza y de ideas superiores, no sólo a la plebe que vocea, sino a sus directores y caudillos. Pero es débil, porque es ambicioso y codicioso. Quiere mandar y tener dinero, y así es esclavo de sus propias pasiones. Los conjurados lo saben y por ahí le atacan, y por ahí triunfan de él. ¡Infeliz!

 

   La mayor de las crueldades que registra la historia, no va a ser realizada por un hombre fuerte y enérgico, sino por un débil, obsesionado por la idea de perder su posición social.

 

   Pilato no llegó hasta el fin de golpe. Antes quiso salvar al Justo. Cuando vio que no podía conseguirlo sin peligro para él, transigió y ensayó varias fórmulas de transacción, que fueron otros tantos tormentos para nuestro Señor. Y ¿cuál fué el resultado final de todo? Pues que la iniquidad se consumó; pero al tercero día. Cristo Señor nuestro resucitó, y sentado está a la diestra de Dios Padre, donde vive y reina por los siglos de los siglos.

 

   Ni el Sanedrín, ni la turba, ni Pilato tienen poder para impedir esto, ni el triunfo de la Iglesia en la evolución de los siglos.

 

VÍCTOR.

 


domingo, 9 de abril de 2023

La Resurrección del Señor. Por Fray Luis de Granada.


 


   Acababa ya la batalla de la Pasión, cuando aquel dragón in­fernal pensó que había alcanzado victoria del Cordero, comen­zó a resplandecer en su alma la potencia de su Divinidad, con la cual nuestro león fortísimo descendió a los infiernos, y, ven­cido y preso aquel fuerte armado, lo despojó de la rica presa que allí tenía cautiva, para que, pues el tirano había acometido a la cabeza sin tener derecho a ella, perdiese por vía de justicia el que pensaba tener en los miembros.

   Entonces el verdadero Sansón, muriendo, mató sus enemi­gos. Entonces el Cordero sin mancilla, con la sangre de su tes­tamento sacó sus prisioneros del lago donde no había agua.   Entonces el verdadero David, con la espada de Goliás, cortó la cabeza a Goliás, cuando el Salvador con la muerte venció al autor de la muerte, el cual, por medio de ella, llevaba todos los hombres cautivos a su reino.

    Habida, pues, esta tan gloriosa victoria, al tercero día el autor de la vida, vencida la muerte, resucitó de los muertos; y así salió el verdadero José de la cárcel del infierno por volun­tad y mandamiento del Rey soberano, trasquilados ya los cabe­llos de la mortalidad y flaqueza y vestido de ropas de hermosu­ra e inmortalidad.

    Aquí tienes luego que considerar la alegría de todos los apa­recimientos que hubo en este día tan glorioso, que son: la ale­gría de los Padres del Limbo, a quien el Salvador primeramen­te visitó y sacó de cautivos; la alegría de la Sacratísima Virgen nuestra Señora; la alegría de aquellas santas mujeres que le iban a ungir al sepulcro, y la alegría también de los discípulos, que tan desconsolados estaban sin su Maestro y tanta consolación recibieron en verle resucitado.

   Pues, según esto, considera primeramente qué tan grande sería la alegría de aquellos Santos Padres del Limbo en este día, con la visitación y presencia de su libertador y qué gracias y alabanzas le darían por esta salud tan deseada y esperada.

   Dicen los que vuelven de las Indias orientales a España, que tienen por bien empleado el trabajo de la navegación pasada, por la alegría que reciben el día que entran en su tierra.

    Pues si esto hace la navegación y destierro de un año o de dos años, ¿qué haría el destierro de tres o cuatro mil años, el día que recibiesen tan gran salud y viniesen a tomar puerto en la tierra de los vivientes?

   Pues la alegría que la Sacratísima Virgen recibió este día con la vista del hijo resucitado, ¿quién la explicará?

   Porque es cierto que como ella fue la que más sintió los do­lores de su Pasión, así ella fue a quien más parte cupo de la alegría de su resurrección.

    Pues ¿qué sentiría esta bendita Señora cuando viese ante sí su Hijo vivo y glorioso, acompañado de todos aquellos Santos Padres que resucitaron? ¿Cuáles serían sus abrazos y besos? ¿Y las lágrimas de sus piadosos ojos? ¿Y los deseos de irse tras Él si le fuera concedido?

    Pues ¿qué diré de la alegría de aquellas santas Marías, y es­pecialmente de aquella que perseveraba llorando par del sepul­cro, cuando se derribase ante los pies del Señor y le viese en tan gloriosa figura?

    Y mira bien que después de la Madre a aquella primero apa­reció, que más amó, más perseveró, más lloró y más solícita­mente le buscó; para que así tengas por cierto que hallarás a Dios si con estas mismas lágrimas y diligencias le buscares.

jueves, 1 de abril de 2021

EL BESO DE JUDAS. — EL ARRESTO. — Por el R. P. BERTHE. De la Congregación del Santísimo Redentor


 



   El desgraciado Judas no había perdido tiempo desde su salida del cenáculo. En una entrevista con los principales miembros del gran Consejo, hízoles saber que Jesús se dirigiría con sus apóstoles al monte de los Olivos, que pasaría la noche en un lugar solitario perfectamente conocido del traidor y que por consiguiente, sería muy fácil aprehenderle durante la noche sin excitar ningún rumor en el pueblo.

 

   Los príncipes de los sacerdotes adoptaron con júbilo el plan propuesto y formaron una cuadrilla de gente armada para ponerlo inmediatamente en ejecución. Componíase aquella de un destacamento encargado de montar la guardia del templo, de satélites o sirvientes del gran sacerdote y de una banda de gente del pueblo, provistos todos de picas y bastones, de antorchas y linternas. Algunos miembros del Sanhedrín acompañaban a la expedición nocturna para tomar las medidas reclamadas por las circunstancias.

 

   Colocado a la cabeza de la columna, Judas, le servía de guía. Gomo los soldados no conocían a Jesús, recibieron la orden de detenerse a la puerta del jardín de Getsemaní, mientras que Judas avanzaría solo hacia su Maestro y le mostraría a todos por una señal inequívoca: “Aquel a quien yo besare, les había dicho el infame, ese es. Aseguradle bien y llevadle con gran cuidado, porque muy bien podría escaparse.” Dada la señal, Judas debía reunirse con los apóstoles como si ninguna participación hubiera tomado en el nefando crimen que se iba a consumar. De esta manera, evitaba la odiosa mancha de haber hecho traición a su Maestro y los príncipes de los sacerdotes no tendrían que soportar la vergüenza de haber recurrido a un vil expediente para satisfacer su venganza. Pero todo estaba calculado sin tomar en cuenta la sabiduría y el poder de Dios.

martes, 30 de marzo de 2021

EL JARDÍN DE GETSEMANÍ. — LA GRUTA DE LA AGONÍA – Por el R. P. BERTHE. De la Congregación del Santísimo Redentor

 




El recinto en que Jesús acababa de penetrar se llamaba Getsemaní, nombre que significa lagar del aceite, porque era el lugar en donde se aprensaban las aceitunas que se cosechaban con abundancia en aquel monte de los olivos. Allí era donde Dios esperaba al nuevo Adán para exprimirle en el lagar de la eterna justicia. Al verle entrar en el jardín de Getsemaní, el Padre no miró en él más que al representante de la humanidad decaída, degradada por todos los vicios y manchada con todos los crímenes.

 

   Y Jesús, el leproso voluntario, consintió en ser sólo el hombre de dolores. Dejó eclipsarse su divinidad y que la humanidad con sus flaquezas, debilidades y desolaciones, entrase sola, en lucha con el sufrimiento. Para no someter a sus apóstoles a tan dura prueba, ordenóles que le aguardaran a la entrada del huerto: “Sentaos aquí, les dijo, mientras yo me retiro para Orar.” Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, los mismos que habían sido testigos de su gloriosa transfiguración en el Tabor. Sólo ellos, fortificados por aquel gran recuerdo, eran capaces de asistir al espectáculo de su agonía sin olvidar que era el Hijo de Dios.

 

   Apenas estuvo solo, cuando cayó en el más completo abatimiento. Habiendo suspendido su influencia la divinidad, la humanidad del Cristo se encontró en presencia de la visión pavorosa del martirio que debía sufrir. Un profundo tedio, junto con espantoso temor y amarga tristeza, se apoderó de su espíritu, hasta el punto de hacerle lanzar este gemido de suprema angustia: “¡Mi alma está triste hasta la muerte!” Sin un milagro de lo alto, la humanidad hubiera sucumbido bajo el peso del dolor. Los tres discípulos, conmovidos y aterrados, le miraban con ternura sin atreverse a pronunciar palabra. “Quedaos aquí y velad, díjoles con trémula voz, mientras yo voy a ponerme en oración.”

viernes, 10 de abril de 2020

La lanzada del Señor, y la sepultura – Por Fray Luis de Granada.





   Y como si no bastaran todos estos tormentos para el cuerpo vivo, quisieron también los malvados ejecutar su furor en el muerto; y así, después de expirado el Señor, uno de los soldados dio una lanzada por los pechos, de donde salió agua y sangre para bautismo y lavatorio del mundo.

   Levántate, pues, ¡oh esposa de Cristo!, y haz aquí tu nido como paloma en los agujeros de la piedra, y como pájaro edifica aquí tu casa, y como tórtola casta esconde aquí tus hijuelos.

   Mandaba Dios en la Ley que se señalasen ciertas ciudades en la tierra de promisión, para que fuesen lugares de refugio adonde se acogiesen los malhechores; más en la ley de gracia los lugares de refugió donde se acogen los pecadores son estas preciosísimas llagas de Cristo, donde se guarecen de todos los peligros y persecuciones del mundo.

   Mas para esto señaladamente sirve la de su precioso costado, figurada en aquella ventana que mandó hacer Dios a Noé a un lado del arca, para que por ella entrasen todos los animales a escaparse de las aguas del diluvio.

   Pues todos los afligidos y atribulados con las aguas turbias y amargas de este siglo tempestuoso, todos los deseosos de verdadera paz y tranquilidad, acogeos a este puerto, entrad en esta arca de seguridad y reposo, y entrad por la puerta que está abierta de este precioso costado.

   Ésta sea vuestra guarida, vuestra morada, vuestro paraíso y vuestro templo, donde para siempre reposéis.



   Tras de esto resta considerar con cuánta devoción y compasión desclavarían aquellos santos varones el sacratísimo cuerpo de la Cruz, y con qué lágrimas y sentimiento lo recibiría en sus brazos la afligidísima Madre, y cuáles serían allí las lágrimas del amado discípulo, de la santa Magdalena y de las otras piadosas mujeres; cómo lo envolverían en aquella sábana limpia y cubrirían su rostro con un sudario, y, finalmente, lo llevarían en sus andas y lo depositarían en aquel huerto donde estaba el santo sepulcro.



   En el huerto se comenzó la Pasión de Cristo, y en el huerto se acabó; y por este medio nos libró el Señor de la culpa cometida en el huerto del Paraíso, y por ella, finalmente, nos lleva al huerto del Cielo.

   Pues, ¡oh buen Jesús!, concédeme, Señor, aunque indigno, ya que entonces no merecí hallarme con el cuerpo presente a estas tan dolorosas exequias, me halle en ellas meditándolas y tratándolas con fe y amor en mi corazón, y experimentando algo de aquel afecto y compasión que tu inocentísima Madre y la bienaventurada Magdalena sintieron en este día.



   Ésta es, hermano mío, la suma de la sagrada Pasión; éstas son las heridas y llagas que por nosotros recibió el Hijo de Dios.

DE CÓMO EL SALVADOR LLEVO LA CRUZ A CUESTAS – Por Fray Luis de Granada.





   Mas como todo esto nada aprovechase, diose, finalmente, sentencia que el inocente muriese. Y para que por todas partes creciese su tormento, ordenaron sus enemigos que Él mismo llevase sobre Sí el madero de la Cruz en que había de padecer.

   Toman, pues, aquellos crueles carniceros el santo madero, que, según se escribe, era de quince pies, y cargáronlo sobre los hombros del Salvador, el cual (según los trabajos de aquel día y de la noche pasada y la mucha sangre que había perdido) apenas podía tenerse en pie y sustentar la carga de su propio cuerpo, y sobre esto le añaden tan grande sobrecarga como era la de la Cruz.

   Esta fue otra invención y manera de crueldad nunca vista ni practicada en el mundo. Porque general costumbre es, cuando uno ha de padecer, esconderle los instrumentos de su pasión. Y por esto cubren los ojos al que ha de ser degollado, porque no vea la espada que le ha de herir. Mas aquí usóse de tan extraña crueldad con este inocentísimo Cordero, que no le esconden la Cruz de los ojos, sino hácensela llevar sobre sus hombros, para que con la vista de la Cruz padeciese su alma, y con el peso de ella penase su cuerpo, y así padeciese dos cruces, primero que en una fuese crucificado.

   No leemos que se hiciese esto con los dos ladrones que con Él habían de padecer, porque aunque habían de morir en cruz, no los obligaron a llevar sobre sí la cruz, como al Salvador, queriendo en esto dar a entender que su culpa era mayor, pues el castigo era más atroz.

   Pues ¿qué cosa más injuriosa y más para sentir?

   ¿Quién me diera, ¡oh buen Jesús!, que os pudiera yo servir en este tan trabajoso camino?

De la comparación de Cristo con Barrabás.





   A esta injuria se añadió otra, y por ventura la mayor de cuantas el Señor recibió en su Pasión. Porque siendo costumbre de aquella tierra dar la vida a algún condenado por honra de la Pascua; deseando el presidente librar al Señor de la muerte, propúsoles, juntamente con Él, uno de los peores hombres que en aquel tiempo había, que era Barrabás, el cual había revuelto la ciudad y muerto a un hombre en esta revuelta, cuya muerte todos con mucha razón debían desear, pareciéndole que por no dar la vida a este famoso malhechor le darían al Salvador. Porque siendo el competidor tan indigno de la vida, creía el juez que no serían tan desatinados ni tan ciegos, que juzgasen por más digno de la vida aquel revolvedor de la tierra que a un hombre tan manso. De esta manera, pues, pensó el juez que pudiera librar al inocente.

   Donde ya primeramente ves hasta dónde llegó la humildad de este Señor, pues vino a competir con Barrabás, y a que se pusiese en disputa cuál de los dos era mejor y más digno de la vida.

   Pero pasa el negocio aún más adelante; porque, puestos ambos en juicio, salió el Señor condenado y libre y suelto Barrabás.

   Pues ¿a quién no pondrá en espanto esta tan grande abyección y humildad del Hijo de Dios?

   Más parece que se abajó aquí que en la Cruz. Porque en la Cruz fue condenado por malhechor, y crucificado con malhechores, como uno de ellos; más aquí hecha comparación con este malhechor, por común sentencia y aclamación del pueblo es sentenciado por peor que él.

   ¡Oh, Rey de la gloria!, ¿hasta dónde, Señor, bajó tu humildad? ¿Hasta dónde llegó tu paciencia? ¿Hasta dónde tu caridad?

Pues dime, hombre, ¿qué tan grande te parece la soberbia que con tan extraña humildad hubo de ser curada, y que aun con todo esto tú no la curas?

   Y dime también: ¿qué caso debes hacer de los juicios y pareceres del mundo, pues tal parecer tuvo en esta causa y tanto desatinó en ella, y no sólo en ella, sino también en la condenación de los Profetas, de los Apóstoles y de todos los Mártires, los cuales tan injustamente condenó?

   Porque si a un criado tuyo tomas en una sola mentira, apenas le crees cosa que te diga, por parecerte que también mentirá en lo uno como en lo otro. Pues, según esto, ¿qué crédito será razón que demos al mundo, a quien en tantas mentiras habemos tomado cuantos Santos tiene condenados? Y más en esta tan horrible mentira, ¿cómo fue tener al Hijo de Dios por peor que Barrabás? Sin duda esto sólo bastaba para que cerrásemos los ojos y tapásemos los oídos a todos los hechos y dichos de esta bestia de muchas cabezas, tan furiosa, tan ciega y tan desatinada en todos sus juicios y pareceres.


“VIDA DE JESUCRISTO”



La coronación de espinas y el Ecce Homo.





Acabado este tormento de los azotes comiénzase otro no menos injurioso que el pasado, que fue la coronación de espinas. Porque acabado este martirio, dice el Evangelista que vinieron los soldados del presidente a hacer fiesta de los dolores e injurias del Salvador, y tejiendo una corona de juncos marinos, hincáronsela por la cabeza para que así padeciese por una parte sumo dolor, y por otra suma deshonra. Muchas de las espinas se quebraban al entrar por la cabeza; otras llegaban, como dice San Bernardo, hasta los huesos, rompiendo y agujereando por todas partes el sagrado cerebro.

   Y no contentos con este tan doloroso vituperio, vístenle con una ropa colorada, que era entonces vestidura de Reyes, y pénenle por cetro real una caña en la mano, e hincándose de rodillas dábanle bofetadas y escupían en su divino rostro, y tomándole la caña de las manos, heríanle con ella en la cabeza, diciendo: “Dios te salve, Rey de los Judíos”.

   No parece que era posible caber tantas invenciones de crueldades en corazones humanos; porque cosas eran éstas que si en un mortal enemigo se hicieran, bastaran para enternecer cualquiera corazón; mas como el demonio era el que las inventaba, y Dios el que las padecía, ni aquella tan grande malicia se hartaba con ningún tormento según era grande su odio, ni esta tan grande piedad se contentaba con menores trabajos, según era su amor.

   No sé determinar cuál fue mayor: o la injuria que el Salvador aquí recibió o el tormento que padeció. Porque cada día vemos poner coronas en las cabezas de algunos malhechores para deshonrarlos con esta ignominia; más éstas, aunque traen deshonra, no sacan sangre, no causan dolor; mas corona de espinas hincada por el cerebro, que por una parte causase tan grande ignominia y por otro tan gran dolor, ¿quién jamás la vio ni la oyó?

   De manera que la crueldad y fiereza de estos corazones no se contentó con los tormentos usados y conocidos en todas las edades del mundo, sino que vino a descubrir nuevas artes y maneras de tormentos nunca vistos, los cuales de tal manera deshonrasen la persona que también la afligiesen y atormentasen.

   Pues ¿qué diré de las otras salsas con que acedaron esta purga tan amarga como fue vestirle de una ropa colorada, como a Rey, y ponerle una caña por cetro real en la mano e hincarse de rodillas por escarnio y herirle con la caña en la cabeza y dar bofetadas en su divino rostro? ¿Cuándo jamás, desde que el mundo es mundo, se vio tal farsa, tal invención y tal manera de fiesta tan cruel y tan sangrienta?

   Nada de esto leemos, ni en las batallas de los Mártires, ni en los castigos de los malhechores; donde, aunque había muchas maneras de crueldades, no había estas invenciones de salsas y potajes tan amargos. Mas todo esto se guardaba para este Señor, el cual, como satisfacía por los pecados de los hombres, con la grandeza de sus dolores pagaba nuestros deleites y con la deshonra de sus ignominias satisfacía por nuestras soberbias.

   En lo cual también se nos declara la grandeza de su bondad y caridad, la cual no se contentó con morir cualquier manera de muerte, sino escogió la muerte más acerba, más ignominiosa y más injuriosa que podía haber, y quiso que en ella interviniesen todas estas maneras de ignominias, para que con esto fuese su caridad más conocida y nuestra redención más copiosa.



   Y que ésta haya sido obra de su inmensa bondad y caridad, parece claro por esta razón. Porque cierto es que sin comparación era mayor la bondad y caridad de Cristo que la malicia y odio del demonio. Pues si esta malicia y odio bastaron para inventar estos modos de injurias, mucho más había de bastar la bondad y caridad de Cristo no sólo para sufrirlas, sino también para desearlas.

   Pues como el presidente tuviese claramente conocimiento de la inocencia del Salvador y viese que no su culpa, sino la envida de sus enemigos le condenaba, procuraba por todas vías librarle de sus manos. Para lo cual le pareció bastante medio sacarlo así como estaba a vista del pueblo furioso, porque Él estaba tal que bastaba la figura que tenía, según él creyó, para amansar la furia de sus corazones.

   Pues tú, ¡oh alma mía!, procura hallarte en este espectáculo tan doloroso, y como si ahí estuvieras presente, mira con atención la figura con que salía a vista del pueblo este Señor que es resplandor de la gloria del Padre y espejo de su hermosura.

   Mira cuán avergonzado estaría allí en medio de tanta gente con su vestidura de escarnio, con sus manos atadas, con su corona de espinas, con su caña en la mano, con el cuerpo todo quebrantado y molido de los azotes, y todo encogido, afeado y ensangrentado.

   Mira cuál estaría aquel divino rostro; hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rascuñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos corrían, y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su figura que ya no parecía quien era, y aun parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por manos de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente a fin de que abogase por Él ante sus enemigos esta tan dolorosa figura.

“VIDA DE JESUCRISTO”