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lunes, 19 de junio de 2017

LA INFIDELIDAD CONYUGAL




Que pueden cometerse punibles excesos y abusos de espantosa trascendencia dentro del estado nupcial, es cosa que no puede ocultarse, y que con ingeniosa frase significó San Bernardino de Sena diciendo que muy bien puede el hombre embriagarse con el vino de su propia cuba; más acerca de estos desórdenes preciso es tender un velo, y deplorarlos sin sacarlos a luz. En cuanto a los casados que buscan la fruta del huerto ajeno, teniendo su propio huerto, es un horror lo que pasa con ellos. Ni reparan en la salud, ni en la de su consorte, que vician con males importados al lecho doméstico, ni en la pública decencia y decoro, ni en su buen nombre, que en su vida, ni en su alma, ni en su hacienda; con todo atropellan como rabiosas fieras, sin atender a las divinas leyes ni a las humanas.

   Teniendo sus esposas como ángeles, se adhieren al estiércol como decía llorando Jeremías (Jer. IV, 5). Y el Sábio dice, que la mujer mala es como el estiércol en el camino (Eccles. XI, 10), que todos lo pisan, y los cerdos lo buscan para deliciarse con él. El adultero más quiere el estiércol  de la mujer ajena, que la hermosura de la propia.

   Veamos ahora la malicia del adulterio. Job dice que es un mal, y la iniquidad máxima (Job. XXXI, 9), y debe considerarse cuál será su gravedad para merecer un superlativo de tan grande ponderación (Máxima iniquidad). A la casa rica de Faraón la llenó Dios de plagas máximas, como lo dice el sagrado Texto (Gen. XII, 17), por la mujer de Abrahán que tenía usurpada. El profeta Jeremías llegó a decir que la tierra lloró a la faz de la maldición, por estar llena de adúlteros (Jerem. XVII, 10); Oseas, que el camino de éstos será cercado de espinas (Ose. II, 6); Ezequiel, que viven en casas ruinosas y a cada paso temen su perdición.


   De las mujeres que se hacen reas del mismo delito dice cosas terribles la divina Escritura; que son la total perdición de sus infelices casas, la confusión de sus maridos, la ruina de sus hijos, el escándalo de su familia, malditas de Dios y de los pueblos, y que son como las bestias, y aún peores y más abominables. Añádase, como consecuencia, los celos rabiosos que convierten la casa en un abismo del infierno, donde no se oyen sino injurias y execraciones, y los divorcios que asolan las familias, y son causa de gravísimos males.


“LA LUJURIA Y SUS REMEDIO” Por el Padre. Fray Arbiol.

viernes, 20 de enero de 2017

Algunas sentencias de los santos Padres y Doctores, sobre el horroroso vicio capital de la lujuria




   San Jerónimo dice que la criatura lujuriosa, aun en vida, ya está muerta; porque no mandan en ella los apetitos racionales, sino los instintos brutales. El mismo escribe que Salomón, siendo como sol del mundo, con el amor desordenado de las mujeres perdió la luz de su alma, la gloria de su casa, el .esplendor de su persona; y de pregonero de Dios, se hizo esclavo del demonio. Por ningún pecado se dice que le haya pesado a Dios el haber criado al hombre, sino por éste. La gula su pábulo; la soberbia su flama: las palabras torpes sus chispas; su humo es la infamia; su ceniza la inmundicia; y su paradero el infierno. San Agustín hace todas las siguientes reflexiones: la lujuria doma los leones, es decir, a las más grandes y nobles almas; sus combates son los más fuertes entre todos los del cristiano, en los cuales es continua la pelea y rara la victoria. El deshonesto vende al demonio, por un placer momentáneo, su alma que Cristo redimió coa su sangre. Lo que deleita pasa en un instante, y las penas del infierno durarán para siempre. La sensualidad es enemiga de Dios y de la virtud; todo lo pierde por el gusto de un momento; ciega a tal punto, que con una gota de deleite, no deja pensar en la eterna pobreza.

   San Ambrosio asegura que la lujuria es mal inquieto, que no deja dormir ni descansar: de noche se enciende, de día perturba, ciega la razón, rompe los negocios, atropella el consejo, enloquece los afectos, nada tiene, es insaciable y solo tiene término con la muerte. El fuerte Sansón sufrió al león pero no a su mala pasión; rompió las ligaduras, pero no sus inclinaciones; abrasó las mieses ajenas, pero no sus aficiones desordenadas.

   San Gregorio, Papa, escribe que la liviandad confunde y oscurece las buenas obras; ciega la mente y todo lo conculca. De la sugestión pasa a la detención; de ésta a la morosidad; de ésta a la delectación; de ésta al consentimiento; de éste a la operación; de ésta a la mala costumbre; de ésta a la desesperación; de ésta a la defensa del pecado; de ésta a gloriarse de su culpa; y de esto a la condenación eterna.

   El dulcísimo San Bernardo dice: La lujuria con cuatro vicios se fomenta: la gula en los regalados manjares; la vanidad en los preciosos vestidos; el gusto en la torpeza, y el ocio en la vida. Tiene dos inseparables amigos, la prosperidad y la abundancia: dos compañías: la pesadez para lo bueno, y la falsa seguridad en su confianza (Bern. Serm. 21). También observa el mismo santo Doctor, que ese vicio destruye al cuerpo, oscurece la vista, abrevia la vida, mancha la fama, mortifica al alma, turba la razón, ciega la mente, quita el sentido, destruye la hacienda, produce escándalos, destruye las amistades, quita la voz, degrada al cuerpo y al alma, destierra al hombre del paraíso, y lo sujeta a los demonios.

   Según San Lorenzo Justiniano, la impureza ocupa a todos y en todo tiempo: de noche y día trabaja sin cesar; no cede al tiempo ni al más santo lugar; nunca descansa ni deja descansar; jamás dice basta, como la boca del infierno; atropella con la prudencia; se introduce como el cáncer; se entraña como la polilla, y muerde como la culebra. El seráfico doctor san Buenaventura compara a la lujuria con el fuego, porque arde sin lucir; roe el corazon sin cesar, y exhala horrible hedor como azufre infernal. Santo Tomás de Villanueva hace notar que entre los avarientos, soberbios, envidiosos, iracundos y golosos, se hallan muchos piadosos y devotos, aunque pecadores; pero entre los deshonestos y torpes, no se halla vestigio de piedad ni de virtud; porque entran absortos y henchidos de su abominable pasión.

   Hugo Cardenal asegura que la torpeza no solo mancha al alma, sino que destruye al cuerpo, y afemina a los hombres con ignominia suya y los llena de inmundicia, hedor y corrupción. Contando en otra parte los estragos de este vicio, traza este cuadro exacto y vigoroso: “¿Quién podrá contar los males innumerables de la lujuria? Ella es la que destruyó a Pentápolis con la región adyacente; ella la que acabó con Sychem y con el pueblo; ella la que hirió a los hijos de Judá; ella la que atravesó con un puñal al judío y la madianita; ella la que borró la tribu de Benjamín por la mujer del levita; ella la que postró en la guerra a los hijos de Helí; la que dió muerte violenta a Amnon ; la que a muchos lapidó; la que a Urias inmoló, y a Rubén maldijo; a Sansón sedujo, y perdió a Salomón.”


“LA REINA DEL SIGLO ES LA SENSUALIDAD”

(Obra póstuma)


R. P. FRAY ANTONIO ARBIOL