Hay que confesar —dice san Agustín—que tenemos libre
albedrío para hacer el bien y el mal. Por esto decía Donoso Cortés que Dios
había compartido su imperio con el hombre, puesto que a la par que había
sujetado todas las cosas a leyes indeclinables, había dejado en el hombre la
facultad de merecer, obrando el bien, o de abusar de aquella facultad
incurriendo en el pecado.
La más
soberana manifestación de esa facultad de realizar el bien la hicieron durante
todos los siglos que caen del lado acá de la cruz, todos aquellos que amando a
Dios, más que a sí mismos se despreciaron, dieron origen a la ciudad divina,
así como el amor propio exaltado hasta el desprecio de Dios, ha conducido a los
hombres a la edificación de sus pasiones y a la proclamación de la libertad
para el mal, que es, en suma, el condenado liberalismo.
¿Qué efectos ha producido la libertad para
el mal? En el orden de la actividad práctica monstruos como Carrier, Marat, Ravachol
y todos los criminales; en el orden del pensamiento libre, antes todos los heresiarcas
y recientemente, por ejemplo, el filosofastro Nietzsche, a quien su demencia
atea arrojó sobre el suelo para que sobre él anduviese como los cuadrúpedos, lo
mismo que Nabucodonosor por su soberbia.
En cambio, ¡qué preciosa eflorescencia de
heroicas virtudes es la vida de los que levantan la ciudad del amor de Dios
sobre el desprecio de sí propios! Así fueron, en general, todos los santos. Así
nos toca hoy recordar que fué el hijo insigne de la gloriosa Compañía de Jesús,
el gran SAN PEDRO CLAVER, canonizado el 8 de Enero de 1888, por el Sumo
Pontífice reinante.
Entre los padres jesuítas de Cartagena de
Indias estaba en el año 1610 el P. Sandoval, que habiendo consagrado parte de su
vida a la evangelización de los negros africanos vendidos como esclavos en América,
había bautizado a más de 30.000 de ellos. Y siendo así ¿No se hubiera juzgado
temeridad el predecir que un joven sacerdote, recién llegado de España, que al
pisar tierra americana lá besó, como sitio de sus futuros trabajos apostólicos,
y el cual se agregó al P. Sandoval como discípulo y coadjutor; no hubiera sido
temerario, repetimos, el afirmar que este joven, el P. Pedro Claver, excedería
portentosamente las hazañas evangélicas de su maestro el P. Sandoval?
Y sin embargo, asi fué. Este joven apóstol
que comenzó firmando su fórmula de profesión de este modo: «Pedro, esclavo para
siempre de los negros»; cuando llegó al término de su vida, a los setenta y
tres años de edad, había bautizado, durante cuarenta y cuatro que estuvo en
América, a más de 300 000 negros.
Millares de éstos eran anualmente capturados
por la violencia de infames mercaderes en las costas africanas do Guinea, Angola
o del Congo, y hacinados en las sentinas de los buques, con menos miramiento
que el que hubieran tenido con los brutos, transportábanlos desnudos y
encadenados a los puertos americanos, donde mejor que desembarcarlos, debe
decirse que los arrojaban, en espera de los que habían de comprar a aquellos niños,
ancianos, jóvenes y mujeres, a quienes había convertido en cosas vendibles el
amor propio de los negreros levantado sobre el desprecio de Dios.
Y por eso el amor de Dios, llevado hasta el
desprecio de sí mismo, hizo a San Pedro Claver el esclavo de los negros para aguardarlos
en el muelle donde los recibía como cariñosa madre, los regalaba con licores,
dulces, alimentos y hasta cigarros; bautizaba a los pequeñuelos, consolaba a
los afligidos, asistía a los enfermos, restauraba a los débiles, y de tal
manera comunicaba a todos la llama de su caridad, que daban por bien empleadas
las fatigas de su cautiverio los que desde los infiernos preparados por la
codicia de los negreros habían pasado a la gloria de la paz y del amor que hallaban
en el apóstol, en cuya presencia y con cuyo contacto comenzaron a sentir la
libertad que procede del espíritu de Dios.
TEOBALDO.
Año.
1900
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