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miércoles, 5 de julio de 2017

ORIGEN Y DIVISIÓN DE LOS JUEGOS, PARA DISCERNIR LOS DAÑOSOS DE LOS QUE NO LO SON. Reflexión II




   El juego nació de la necesidad, se nutrió a los pechos de la religión, se oreó en los brazos de la virtud, creció a la sombra del placer y la ociosidad, y se enfermó por el vicio que le trajo mil achaques. Su cuna fue Lydia, país del Asia, cuyos habitantes combatidos en tiempo de su Príncipe Atys de la carestía y el hambre, para engañarla y entretenerla, inventaron, según Heródoto, (550 años ante de Jesucristo) los juegos.


   Es verdad que Platón atribuye algunos a los egipcios, y Sófocles a Palamedes, introducidos con el mismo fin de divertir el hambre; pero los más, y probablemente los primeros, reconocen por autores a los Lydios, por lo que los latinos los llamaron Lydi cuya palabra deformo en  Ludi.

   En seguida los adoptó la religión de los pueblos, para solemnizar con ellos las festividades de sus dioses. Bajo este aspecto tan sagrado los abrazaron gustosos los hebreos y los egipcios, los griegos y los romanos, y éstos los propagaron a las demás naciones, a proporción que con su imperio extendían su religión y sus costumbres.

   La virtud encontró en ellos un pábulo abundante digno de su atención. El fomento de la sociedad, el ejercicio moderado, tan conveniente para conservar la salud, ejercitar las fuerzas del cuerpo para tenerlas prontas en defensa de la patria, instruirse y perfeccionarse en las artes de la guerra, y demás necesarias a la vida, sobre todo, recrear el espíritu fatigado del trabajo para emprender con nuevo vigor las ocupaciones serias, son las conveniencias que aportaron los juegos, y otras tantas razones que empeñaron a la virtud en fomentarlos y cultivarlos. Pero no fué este el principio a que debieron sus mayores auges: nuestra propia constitución y naturaleza fué su verdadero origen.

   El hombre está casi siempre combatido de una continua lucha entre la ociosidad, que le causa tedio, y el trabajo, que le fatiga. Aquella sucesión interminable de diversos pensamientos e ideas, que no puede faltar cuando está despierto, traen alterados su entendimiento y fantasía, mientras no se fija a un objeto determinado; pero si éste es serio, lo cansa y lo fastidia, porque lo arrastran sus inclinaciones al placer. Sólo en el juego halla combinadas todas las circunstancias, que parecía imposible unirse para calmar la pugna interior que lo agita. En él descubrió una ocupación, que lo libra de la ociosidad, sin precisarlo al trabajo, y que divierte sus pensamientos, sin abstraerlo del regocijo: razón porque nuestro idioma lo llamó Juego, de la voz latina Yocus, que significa alegría, y que también suele aplicarle aquel dialecto. A la sombra de estas utilidades era muy consiguiente adquiriera notables creces.

jueves, 29 de junio de 2017

Necesidad de un escrito sobre los daños del juego, y razón de emprender esta obra – Reflexión.




Una pasión vil por su fin, detestable por su fomento, infame por sus medios y funesta en sus consecuencias, se ha erigido entre nosotros por deidad soberana, a quien sirven de pedestal la naturaleza y la religión, y los demás vicios han cedido sus altares y sus aras, como los dioses a Júpiter sus templos, para que se le edificara el famoso del Capitolio. Tal es el juego, que animado del interés, fomentado por la ociosidad, sirviéndose de los fraudes, y causando los mayores estragos, a manera de un fuerte torbellino o de un huracán impetuoso, ha envuelto y arrastrado tras sí a personas de todas clases.

   En vano clama contra él la religión, y a su vista se horroriza la naturaleza: su dominio es casi universal, y aun las mismas pasiones, o desaparecen en su presencia o le dirigen los cultos que a ellas las tributan sus adoradores.

   El goloso no se acuerda de la comida; el mezquino abre las manos, y el avaro sus talegos; el vano y orgulloso, que se cree superior a todos, se iguala con los ínfimos; el soberbio se humilla al más vil, cuyos auxilios necesita; el delicado tolera en pie o en la postura más incómoda muchas horas; el sexo vergonzoso se descara y pierde su pudor; hasta los enamorados se olvidan de sus citaciones y visitas, y lo que es más, aun estando presentes sus ídolos, no son girasoles de sus hermosuras, ni éstas imán de sus corazones. Todo cede a la violencia de una pasión que, como un torrente de fuego, ha abrasado las ciudades y los pueblos, llevando por todas partes la ruina y la desolación.

   Cuando Tarquino consagró a Júpiter el templo del Capitolio, todos los otros dioses le cedieron, dice Ovidio, a excepción del que los Romanos llamaron Término, quien por lo mismo se colocó a su lado. ¡Ojalá que siquiera a esta ficción de los gentiles, correspondiese la dominación tiránica del juego! Pero a él ha cedido el término mismo, en lo que consiste sea despótico. No tiene término ni en el tiempo, ni en la cantidad, ni en las personas. Quiere se le dediquen todas las horas, haciendo día de la misma noche: devora los caudales, disipando aún los precisos y sagrados, y se maneja con tal rigor con los que le rinden homenaje, que sus plantas no macollan, si no se riegan con sangre, sus edificios no se levantan, sino sobre las ruinas de los que se destruyen, sus banderas no se tremolan, sino sobre montones de cadáveres, y es un ídolo, que no recibe más cultos que los sacrificios, y unos sacrificios en que, equivocándose el holocausto, el sacerdote y el adorador, son víctimas los mismos que las ofrecen.

lunes, 26 de junio de 2017

Del vicio del juego – Prólogo por David Benavente




   NOTA: “Hoy día ya casi NO se predica contra el vicio del juego desde los púlpitos, por lo que decidimos publicar esta obrita para el bien de los que se encuentran afectados por este PECADO. Existen juegos ilegales y juegos legales, pero el vicio se encuentra en ambos, cuya consecuencia es la perdición de muchas almas.”

PRÓLOGO DE LA OBRA.

   Esta obra, aunque escrita por un, sacerdote docto de la Iglesia Católica, el Padre José Miguel Curidi y Alcorcer, es una buena lectura para cualquier hombre católico o no.

   En él, de brillante modo, se juzga el juego como el peor de entre los vicios: es el vicio de los vicios. Se hace su psicología y aparece como una enfermedad repugnante, contagiosa, mortal; pero curable.

   El juego es algo así como una madre fecunda del crimen: el tahúr (que hace trampas en el juego o simplemente el jugador vicioso) es propenso al robo, es muy fácil que cometa un asesinato, tiende a la embriaguez. ¡Y cómo no ha de ser así, si el tahúr pierde la delicadeza, la vergüenza y el honor! Abstraído, sólo despierta de esa especie de fascinación, para buscar de cualquiera manera los medios de satisfacer inmediatamente su deseo.

   En algunos códigos era un delito penal. Y no puede ser de otra manera visto, pues que es el origen de una multitud de otros delitos.

   ¡Existe el caso de un infeliz que una noche salió demente de un garito (casa de juego)  de cierta calle céntrica, por haber perdido cuanto tenía, y se iba encima, puñal en mano, de cuanto transeúnte pasaba a su alcance. Ese pobre  hirió y mató a muchas personas!

   ¡Otro ejemplo horrible los diez suicidios que por causa del juego se sucedieron durante cuatro meses!

   Una de esas víctimas era cobrador, y un sábado, después de haber reunido una fuerte suma, entró en un garito (casa de juego)  y la perdió toda. Al verse sin pan ni para su familia y con la perspectiva de la cárcel, prefirió privarse de la vida.

   Otra de esas víctimas era empleado, tenía vendidos sus sueldos de más de medio año y una tarde se le dió un billete de mucho valor, para hacer una compra. Quiso probar fortuna en las cartas y se quedó sin nada de la cantidad. En su desesperación, no halló otro remedio que encerrarse en su habitación y tomar un veneno, para escapar de las manos de la justicia.

   Otra de las víctimas, de las diez en que nos ocupamos, se robó de la caja, de la casa de comercio donde trabajaba, unos miles de pesos y los perdió en una noche. Entonces tomó la resolución de preferir la muerte a toda una vida de deshonra, y la cumplió, volándose la tapa de los sesos.

   Hay, de este género de vicio, mil historias tristísimas: se han hecho tan comunes, que ya no sorprenden.

   ¡Cuánta relajación!

   El que es tahúr, puede decirse que tiene en sí el germen para cometer toda clase de crímenes.

   Y este germen, que empeora al paciente a medida que trascurre  el tiempo, es dañoso también a la familia a que pertenece: la miseria, la embriaguez, la prostitución y el robo son la perspectiva.

   ¿Qué hacer, pues, para curar de este vicio? ¿Cómo contrarrestar los violentos avances que hace en todas las clases sociales?

   Uno de los medios eficaces que hay es: leer con meditación esta obra (que la publicaremos en parte)  en que se considera al juego desde todos sus aspectos y se miden todas sus consecuencias: su lectura es un remedio eficaz para curarse de tan abominable vicio.