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domingo, 29 de mayo de 2022

El infierno espera a los que callan pecados mortales en la confesión. “EL JOVEN RELIGIOSO DE SAN ANTONINO” – Por Monseñor de Segur.


 


El sábio arzobispo de Florencia San Antonino refiere en sus escritos un hecho no menos terrible que el anterior (se refiere al terrible caso de Raymond Diocrés, 1084), y que hacia la mitad del siglo XV había asombrado a todo el Norte de Italia.

   Un joven de buena familia, que a los diez y seis o diez y siete años había tenido la desgracia de callar un pecado mortal en la confesión, y de comulgar en este estado, Habia ido dilatando de semana en semana y de mes en mes la penosa manifestación de sus sacrilegios, continuando, sin embargo, sus frecuentes confesiones y comuniones por un miserable respeto humano. Atormentado de remordimientos, pretendía acallarlos imponiéndose tan grandes penitencias, que le hacían pasar por un Santo.

   Pero como no lo consiguiese así tampoco, se resolvió a entrar en un convento. “Allí al menos, se decía, lo declararé todo y expiaré seriamente mis afrentosos pecados.” Más, por su desdicha, fué recibido como un Santo por los superiores, que ya le conocían de oídas, y con esto la vergüenza que sentía de aclarar sus graves pecados se sobrepuso una vez más. Dilató su confesión sincera para más adelante; redobló sus penitencias, y un año, dos años, tres años fué pasando en tan deplorable estado, sin atreverse jamás a revelar el peso horrible y vergonzoso que le abrumaba.

   Al fin una enfermedad grave vino, al parecer, a facilitarle el medio de descargar su conciencia. “Ahora voy, se dijo, a confesarlo todo de una vez; voy a hacer una confesión general antes de morir.” Pero sobreponiéndose aún entonces el amor propio al arrepentimiento, embrollo de tal manera la confesión de sus faltas, que el confesor no pudo entenderle. Quedóle todavía un vago deseo de volver sobre aquel asunto al día siguiente; pero le sobrevino un acceso de delirio, y desgraciadamente murió así.

   Los frailes, que ignoraban la horrorosa realidad, se decían unos á, otros: “Si éste no está en el cielo, ¿quién de nosotros podrá entrar allá?” Y hacían tocar a las manos del cadáver cruces, rosarios y medallas.

   El cuerpo fué llevado con cierta especie de veneración a la iglesia del monasterio, y quedó expuesto en el coro hasta la mañana del día siguiente, en que debían celebrarse sus funerales.

   Algunos momentos antes de la hora señalada para el entierro, uno de los frailes, encargado de tocar la campana, se encontró de repente cerca del altar con el difunto, rodeado de cadenas que parecían enrojecidas por el fuego, y mostrando en toda su persona ciertas señales de incandescencia.

   El pobre fraile, lleno de espanto, cayó de rodillas, fijos los ojos en la aterradora aparición; y entonces el réprobo le dijo: “No reguéis por mí: estoy en el infierno por toda la eternidad.” Y enseguida le contó la triste historia de su malhadada vergüenza y de sus sacrilegios, después de lo cual desapareció, dejando en la iglesia un olor infecto, como para atestiguar la verdad de todo lo que el fraile acababa de ver y de escuchar.

 

   Enterados del caso los superiores, hicieron llevar de allí el cadáver, juzgándole indigno de sepultura eclesiástica.

 

 

“EL INFIERNO”

 

SI LO HAY—QUE COSA SEA—COMO HUIR DE Él.

Por

MONSEÑOR DE SEGUR.


sábado, 8 de octubre de 2016

Gritos de una adultera condenada al infierno (A no perderse este artículo, tanto mujeres como hombres)



   Recomendamos muy encarecidamente la lectura de este material, cuya única finalidad es “SALVAR ALMAS” En estas líneas encontraran, las mujeres casadas sanos consejos y claras advertencias sobre las consecuencias de este grave pecado, asi como podrán aprender a enseñar a sus hijas sobre los peligros del adulterio y como escapar de él. Advertimos también que el hombre no está exento de tan terrible pecado.

   Si no se les hace inteligible alguna parte del artículo por la manera en que se expresa el autor. Nos lo hacen saber y se lo explicaremos con gusto.

   Y te juzgaré como son juzgadas las adulteras, y las que derraman sangre; y te haré víctima de furor y de celos. Ezequiel Cap. 16,  Vers. 38.

   ¡Oh! Mujeres, no necesitáis  más que oír las escrituras, para confundiros, porque en él para aterrar Dios al Pueblo que mató a Cristo, dice, que lo ha de juzgar con el rigor que a las adulteras, ¡O qué asombro! Ved, cual será, o adulteras, el rigor con que se ha de juzgar esta culpa, cuando amenaza Dios con él para espantar a otros, ¿Cuál será, cuando aún en el divino idioma, se alza con la antonomasia de los rigores? ¿Cuál será, cuando guarda este rigor, para encarecer su ira? En fin, es el pendón negro, que enarbola su justicia, quando se desafuera: “judicabo te judidiciis adulterarum”.

   Repara, que no dice a juzgarlos con el castigo de los adúlteros, sino de las adulteras; y es, porque como es más grave esta culpa en la mujer que en el  hombre es también más grave su pena. Es más grave su culpa, ya porque rompe más frenos para caer, pues además de los espirituales quebranta los de su natural modestia; ya porque regularmente da ocasión al pecado, pues no surtiría efecto, si ella no hubiera dado, o permitido la causa. Por esto amenaza Dios con el castigo en las escrituras, no de los adúlteros, sino de las adulteras: Adulterarum.

   Prosigue diciendo, se portará como el marido celoso, que encuentra a su mujer adulterando. Notad, que en este delito, a diferencia de otros, se embravece el marido con una ira, que ni da, ni toma tiempo para la venganza, que ni la compasión lo mitiga, ni ruegos lo templan; antes, echando por tierra a cuantos se interponen, se arroja con una daga desesperado a ella; y después de haberla degollado, reproduce en su pecho tanta herida, que a no quedar sobradamente muerta del acero, muriera anegada de su sangre: Et dabo te in sanguinem. Usa Dios de este símil, porque entre los humanos es el más inexorable, no porque esta ira sea ni aun sombra de la suya. ¿Qué tiene que ver un castigó con otro? Pues allí, la adultera, ya (puede aunque no suceda) entre los agonizantes vuelcos de la muerte salvar con una contrición su alma; pero Dios quita la vida temporal, y el tiempo para la eterna. Esta sí que es venganza digna de temerse (Luc. 12. V. 5.) “Voy a deciros a quién debéis temer: Temed aquel a aquel que, después de haber dado la muerte, tiene poder de arrojar  en la Gehenna. Sí, os lo digo, a Aquel temedle”

   En fin, para que conozcas el exceso, dice en las escrituras, que no solo te ha de castigar cómo poseído de celos, si no de furor: Et dabo te in sanguinem furoris, celi. La ira de los celos compara la escritura al Infierno: Dura sicut infernus emulatio. Luego, si a la ira del Infierno se añade la del furor, ya no hay con quien compararla por no haber extremo que aventaje a la ira del abismo. Considera, pues, a un Dios sumamente Omnipotente sumamente; sobre airado, celoso; sumamente celoso, enfurecido: ¿hasta dónde llegará con su venganza? Por esto le rogaba David no lo castigara tomado del furor: Ne in furore tuo arguas me. ¿Y tú, o delicada, y pobre mujer, no temes lo que hacía temblar a un David, que no temía Osos, ni Leones?

   No temes nublado tan sangriento, porque te lo finges muy distante: ¡pero ha desventurada, cuan presto caerá sobre tí este aguadero de tempestades! ¿Tiénete consolada la seguridad de que no hay riesgo de que tu marido, vea, sepa, ni castigue tu traición, y no te aflige el que la Vé, la sabe, y la ha de castigar todo un Dios, armado de ira, furor, y celos?

   Un remedio tienes para tu enmienda, que es temer a Dios más que a tu esposo; asi no ofenderás a tu esposo, ni a Dios; porque a diferencia del marido, Dios siempre te verá, y tu esposo por no ser a su vista desleal, (por no verte) siempre le parecerás fiel. Y no harás mucho con esto; pues si temes más a una araña, que te corre por el hombro, que a un  mosquito, porque la araña te puede hacer más daño; más debes temer a Dios, que al marido, pues cuantas muertes podía darte éste, son un mosquito, respecto del mal que puede hacerte Dios; pues todo el mal de aquel no puede pasar del cuerpo: razón por que no merece ser el más temido; pero el de Dios se extiende a la perdición eterna, y temporal de tu alma, y Cuerpo; que como es todo lo que hay que perder, es solamente lo que es digno de todo tu temor: No te digo más, que lo que Cristo por San Mateo 16 Ver. 26: Porque ¿De qué sirve al hombre si gana el mundo entero, más pierde su alma?… Verdad es, que no ha de ser un temor dé Dios, como el asido con alfileres, que en llegado la tentación te lo desprendas, sino un temor clavado en el pecho, como lo pedía David. Y si el motivo era el temor de los juicios, adultera, cual ha de ser el tuyo. No hay otro medio para evadirlo, que desde ahora clavar este temor de Dios en tu corazón, y tu corazón en él, como Susana, que se resolvió a perder la vida, mas no la honra suya, y de los suyos, por no cometer un adulterio, un adulterio que no lo había de saber la tierra entera; y nada temió, según el Crisóstomo, por temer solo a quien nada se le esconde, que es Dios. Y esta honrada y generosa determinación le valió no perder la honra, ni la vida con que le amenazaban, y ganar para con los hombres; honra, mientras el mundo fuere mundo; y para con Dios honra, y alabanza, mientras Dios fuere Dios.

   Ya, pues, o casada, te mostré el agua, y el fuego y extiende a tu elección la mano, hacia el agua de la pureza que te salve, o hacia al fuego de la lascivia,  para que te abrase, y te Condene. Dios, que es verdadero por naturaleza, te desengaña para que no te dejes engañar del hombre, que por su naturaleza es mentiroso. Ese amor que te muestra el hombre, sabe que no es a tí sino a sí mismo: no ama tus méritos, sino a su pasión.

   No caigas en el error que yo, (condenada por adultera)  y no trates de apegarte de esas ficciones. Mira con qué ansia, con qué sed, y a costa de qué inclemencias solícitas sigue un Cazador a la perdiz, o liebre, las cuales, aun sin discurso no estiman, antes huyen de quien las busca, por saber no las siguen, ni desean por afecto a ellas, sino por satisfacer su gusto al Cazador que es el de quitarles la vida.

   Considera, o simple mujer, que por lo mismo, y para lo mismo te obsequia, sigue y busca ese mal hombre, no por admiración a tu persona, sino para satisfacer a su apetito; no para darte obsequio sino, para quitarte la mejor vida.

   ¿Cómo puedes creer que te quiera bien, aunque lo exprese el que te solicita, y desea tanto mal? ¿Pues qué, si supieras lo que en su concepto desciendes, si condesciendes, no es ponderable lo que bajas, aun en su estimación misma, qué será en la de los que, o lo saben, o lo presumen?  Con que para con ninguno ganas, y pierdes para contigo, para con Dios, para con los hombres, y aun para con el mismo cómplice: Y después de perdición tan universal en esa vida, te espera en esta un juicio, y rigor, que no tiene ejemplar, y que sirve de ejemplar para explicar Dios con él sus rigores más graves, y juicios más horrendos.


“GRITOS DESDE EL INFIERNO”


Dr. José Boneta

Gritos de un casado condenado al infierno




   Cristianos, casados como cristianos, pues lo sois. Diferenciase vuestro matrimonio del Gentil en la razón de Sacramento: Luego si no os hacéis cargo de esta razón, casáis como Gentiles, y aún más culpablemente: porque el Gentil que casa en pecado no comete sacrilegio, el cristiano sí. El Gentil invoca Dioses falsos en su boda, y el cristiano invoca a los mismos en la suya, porque en sus músicas no se oye otro Dios que el Dios Cupido; ¿pues qué falta para que se tengan vuestras bodas por bodas de Gentiles, si son unas en el contrato, y en lo que sé habían de distinguir son lo mismo?

   A quien llama para esta función deidades falsas, ¿cómo no han de corresponderle calamidades verdaderas? A los Novios de Cana, (Juan.2.) que llamaron a su boda a Cristo, les dio toda consolación, significada en aquel vino que milagrosamente les produjo. Qué si muchos no gozan de estos consuelos pues no lo llaman (a Jesús) en sus bodas. Y qué mucho que después aunque los llamen no los oiga. Y que, como Elias dijo a los otros: (3. Reg. 18.) Acudid a el falso, Dios Baal, a quien implorasteis, que Dios, con la ironía propia, cuando estos lo llamen en su pobreza, e infortunios, les diga : Andad allá al Dios Cupido, e Himeneo, a quienes llamasteis en vuestros tonos, que os socorra, que aunque yo soy infinitamente rico, pero lo soy para los que me invocan a mí.

   Considerad, pues, que os dice el Tema, que no solo es Sacramento sino grande; y si la disposición se ha de proporcionar con la forma, ¿Qué forma tendrá de remedio quien recibe un tan grande Sacramento, sin disposición, ni chica, ni grande, sino con disposición contraria a su pureza? No habría Católico, que para recibir la Extrema-Unción previniera, ni permitiese profanos bailes, y lascivos tonos, y con estos arreos hacéis, y recibís el matrimonio, que es tan Sacramento como la Extrema-Unción, y que la excede, en que a esta solamente la recibes, pero al Sacramento del Matrimonio lo haces, y lo recibes.
   Yo (un condenado), mortales, casé como los demás: porque aunque siempre me crie con que era Sacramento, pero cuando llegó el lance ni memoria tuve de semejante cosa: todas las potencias se me la llevo la preocupación de la boda. Hallábame en pecado; pero el desempeño de la función, y la tarea del galanteo me daban entonces más pena que la culpa; antes, en vez de confesarla las aumenté con otras nuevas, ya adelantando las imaginaciones que no debía, ya tomándome licencias que entonces permiten los padres de la novia, y no las permite Dios. En fin, más comerciaba en estos días con el Sastre, y el Mercader, que con el Confesor. Con esta total inconsideración de espíritu, y con este tropel de culpas recibí el grande, y Sacrosanto Sacramento del Matrimonio.

   De un sacrilegio como este, enramado con tanta ofensa, y olvido de Dios, ¿qué podía nacer sino una selva de espinas, de discordias, de árboles para mis cruces, y troncos para mi incendio?

   Padecí en ese mundo la perpetua inquietud con mi consorte, y el tedio insufrible de su compañía, en pena de no haber recibido por falta de disposición el efecto de la unión, y paz del Sacramento. Y padezco también en este mundo la pena que corresponde a esta culpa en el género, y en la especie, en el género, porque como fue irreverencia a un Sacramento grande, es también grande su castigo; tan grande, que no cabe en tu oído para escucharlo, y cabe en mi corazón para que siempre me lo rompa su atrocidad, y siempre me lo reintegre la venganza justiciera de un Dios: En la especie, porque del Infierno abreviado que padecí con mi consorte, pasé a este Infierno tan estendido como eterno. Aquel no era continuo, pues saliendo de casa salía de él; ni era sin fin, porque con la muerte lo había de tener; pero (ay mil veces de mí) que este infierno a que me trajo aquel, ni se puede interrumpir, ni aliviar, ni fenecer: Allí podía dejar de estar con quien estaba mal, pero aquí estoy mal con la cárcel que me oprime, y ya no puedo mudar de, cárcel: Estoy mal con la compañía de condenados, y demonios, que me asustan, atormentan, y estremecen, y ya no puedo mudar de compañía: Estoy mal con la memoria de la imposibilidad de mi remedio, y no puedo arrancar de mi memoria esta memoria. En fin, estoy mal conmigo mismo, y no puedo de mí mismo deshacerme, destruirme, ni aniquilarme. Bien decían en ese mundo, que la vida de un mal casado es el noviciado del Infierno, porque aquí profesa lo que ahí empezó; pero con la diferencia incomparable, de que aquí no puede mudarse conventualidad, ni se puede anular la profesión, ni pasar a otro estado más rígido , porque ni lo hay, ni lo puede haber.

   ¡O casados, que me seguís en los odios, y discordias con vuestras mujeres, cuán presto me alcanzareis en profesar estas discordias, y odios contra vosotros mismos! Y pues en mí, y en todos son estos estragos castigos de la mala disposición con que se recibió este Sacramento.


“GRITOS DESDE EL INFIERNO PARA DESPERTAR AL MUNDO”


Dr. Don José Boneta