El 5
de septiembre de 1793 marca otras efemérides trágicas en la trágica historia de
Francia. La Revolución, que ha segado la cabeza del Rey, pide nuevas víctimas.
Es preciso organizar el terror. Darle forma jurídica, estable, permanente.
Sierck,
uno de los oradores más miserables de aquel régimen satánico, da forma a la
calumnia: los austríacos han sorprendido a una sección de republicanos y les
han «mutilado cruelmente, arrancándoles la lengua, cortándoles las manos y los
pies».
La burda patraña encuentra fácil eco en la
hez corrompida del pueblo desbordado. El propio Robespierre ha dicho: «El
tribunal revolucionario trabaja demasiado lentamente».
Y es
entonces cuando, a propuesta de Merlin de Douai, se modifica la Convención
Nacional. Se divide en dos partes, y cada una de ellas se duplica. En lugar de
dos secciones, tienen ahora cuatro: dos preparan los procesos, y dos juzgan; y
entre ellas se permutan y cambian las causas para ir más de prisa. Ahora son
dieciséis los jueces, sesenta los individuos de los jurados, cinco los
sustitutos y ocho los escribanos. ¡Hay que escribir poco y ejecutar más!
La imaginación barbárica de la Revolución no
tiene límites, lo austríaco tiene un final trágico: recordaron los malvados,
que la reina, que la viuda de Luis Capeta es austríaca...
En efecto, María Antonieta de Austria–Lorena, viuda de Luis XVI, es de origen austríaco. Hija del Emperador de Alemania, Francisco I, y de María Teresa, ha nacido en Viena, el día de la conmemoración de los Fieles Difuntos: el 2 de noviembre de 1755. Los demoledores de la Monarquía le han sacado, a modo de motes, dos nombres: «La austríaca» y «Madame Déficit».
¡La austríaca! Sí, ciertamente. María
Antonieta es austríaca, pero sólo por su cuna. Con noble desinterés, se entrega
en absoluto a su patria adoptiva. Y al darle un palaciego la bienvenida en
alemán, la nueva reina de Francia, entre altiva y digna, le responde:
—Hablad
en francés, señor; a partir de hoy, no existe otra lengua para mí.
Y pone
tal empeño en ello, que llega, se puede decir, a olvidar el alemán.
Menos
justificación tiene aún el otro mote, «Madame Déficit», por el cual se la hace
responsable de la quiebra económica de Francia, a consecuencia del malestar financiero
que sigue a la guerra de la Independencia de los Estados Unidos de
Norteamérica, por un fenómeno de repercusión mundial.
Pero ya los dos motes son populares, y «La
austríaca» y «Madame Déficit», en plena catástrofe económica y después de los
imaginarios crímenes de los austríacos, debe seguir la suerte de su esposo. Y
su bella cabellera dorada, flor y adorno un día de los jardines de Versalles,
debe caer envuelta en hilos de sangre para oprobio y vergüenza y confusión de
aquella revolución diabólica, madre de todas las revoluciones modernas.
Mas el
pomposo Tribunal Popular no encuentra, en verdad, en la egregia detenida, un
crimen capaz de justificar la pena de muerte. Quieren rodear al proceso de
apariencias jurídicas, espectaculares; de razonamientos justificados, de
argumentos irrebatibles. ¡Vano empeño!
Amar, antiguo y hábil abogado del Parlamento
de Grenoble y, más tarde, sanguinario diputado de la Convención por el
departamento de Isére, y uno de los más influyentes en la muerte de Luis XVI,
es el encargado de acusar a María Antonieta, ya que el nefasto Fouquier –
Tinville pide, con urgencia apremiante, piezas de cargo.
Pero el hábil y sanguinario Amar fracasa
ante la estupenda serenidad de la reina. Bella, rígida, con soberbio empaque,
María Antonieta responde, sin vacilar, a las más difíciles e intrincadas preguntas.
Amar
intenta arrancar a la reina una confesión de simpatía por el extranjero.
Y así,
con aviesa intención, inquiere:
— ¿Os alegráis de nuestras victorias?
— Me
alegro de los éxitos de la nación de mi
hijo; cuando una es madre, esto se comprende.
— ¿A qué nación pertenece vuestro hijo?
— ¿Podéis dudarlo?
¡Es francés!
Amar
se desconcierta ante la entereza suprema de la Reina. Pero insiste en una
pregunta que él cree decisiva:
— Como
quiera que ahora vuestro hijo es una simple persona particular, ¿Declaráis con
esto vuestra renuncia a todos los privilegios que, en otro tiempo, concedía el
vano título de rey?
— Para
nosotros nada hay más hermoso que la felicidad de los franceses.
— Así, pues, ¿os alegráis de veras de que no
haya rey ni reina?
— No anhelamos otra cosa sino que Francia
sea grande y feliz...
Así responde María Antonieta. Así, serena y
magnifica, majestuosa y sublime, desconcierta al acusador, que intenta, con sus
últimas preguntas, envolver a la víctima:
—
¿Consideráis como enemigos vuestros a aquellos que hacen la guerra a Francia?
— ¡Considero como enemigos míos a todos los
que hacen injusticia a mis hijos!
— Así, pues, ¿tenéis también por vuestros
enemigos a los que han quitado a vuestros hijos la dignidad real?
Aquí, María Antonieta se detiene. Medita un
momento.
Amar, el acusador, tiembla de gozo
frenético, creyendo haber desconcertado a la Reina. Esta, al fin, responde,
suave y dulce:
— Si
Francia es feliz con un rey, deseo que lo sea mi hijo; si ha de ser feliz sin
rey, quiero compartir con ella esta felicidad.
Amar ha sido derrotado. Mas la Revolución no
se resigna, La Revolución no descansa. La Revolución, verdaderamente satánica,
sin justificación humana, no vacila.
Y así, en sus tenebrosos antros va fraguando
el crimen. El 3 de octubre de 1793, Billaud–Varennes, otro demagogo, exige:
— Una mujer, oprobio de la Humanidad y de su
sexo, la viuda de Capeta, ha de expiar finalmente sus crímenes en el cadalso...
Exijo que el Tribunal revolucionario resuelva esta misma semana sobre su
suerte.
Todo apremia. Y no se encuentra de qué
acusar a María Antonieta.
Y entonces...Vergüenza da evocarlo. Ira
produce el reconstruirlo. Entonces, la
Revolución Francesa, criminal y sangrienta, encuentra una salida: que el brutal
Simón, antiguo zapatero, deshonra y tristísima excepción entre los de su
oficio; que el infame Simón, encargado de embotar con sus martirios los
sentidos del hijo de Luis XVI y de María Antonieta, ya legítimo Rey de Francia,
logre que ese hijo acuse a su madre de los crímenes más vergonzosos, de los
martirios más cruentos, de las aberraciones más infamantes.
Sólo Satanás podía inspirar calumnia tan
espantosa. y Simón, el brutal Simón, martiriza al tierno niño:
—
Ahora, pequeño Capeta, grita conmigo: «¡Viva la República!»
— ¡Jamás!
— Si no lo haces, te mato.
— Podéis hacer lo que queráis. ¡Jamás
gritaré eso!
Simón
le coge por los cabellos. Le arrastra por el suelo. Le grita:
— Di: «¡Juro defender la Constitución! ¡La
República es eterna! ».
— Nada es eterno...
La ira
del infame Simón explota en mil insultos soeces. Su mujer logra calmarle un
momento. Luis XVII se ha arrojado sobre la cama, llorando. Creyendo que
claudica, Simón le dice, suavemente:
— Tú mismo tienes la culpa de que te trate
así: Lo has merecido...
— Me he equivocado — rectifica el niño —.
¡Dios es eterno! Pero sólo Él es eterno...
Simón
se descompone nuevamente:
— ¡Canta esto!
Aquí una letra infame contra Austria. El
niño replica, enérgico:
— ¡Jamás cantaré eso!
— ¡Te haré pedazos, si no lo cantas!
Y
Simón le arroja unas tenazas. El niño baja la cabeza. De no hacerlo, hubiera
muerto allí mismo.
La entereza del muchacho es admirable. Pero
al fin, claudica. El bárbaro Simón le embriaga todos los días. Le fuerza a
beber. Le rapa el pelo, cortando sus hermosos cabellos. Le pega. Le maltrata.
Así, un día y otro. Las energías del niño se quebrantan. Sus fuerzas físicas se
agotan. Su salud se hunde. Su clara y despierta inteligencia se enturbia y se
embota.
Así se
llega al 14 de octubre de 1793. ¡La vista del proceso de la Reina ante la
Convención Nacional! La multitud se apretuja para verla, para oírla... Avanza
María Antonieta. Todavía es bello su rostro triste, pero ya no tiene los
cabellos dorados ni en su tez de nácar apunta la sonrisa alegre de las fiestas mundanas
de Versalles... Pero, con todo, está más hermosa en su desgracia, porque
resplandece más limpia su conciencia, antes perturbada, si no abiertamente por las
lacras del pecado, sí oscurecida por las manchas de su frivolidad. Ahora, no.
Su pálido semblante aparece enmarcado por sus cabellos sueltos, en bucles
nevados. Ha envejecido en unos meses. Viste con elegancia, dentro de su actual
pobreza. Camina lenta y firme, y no muestra ni una altivez soberbia ni menos
una actitud humilde. No refleja un desdén provocativo ni un terror justificado.
Es la estampa viva de una dignidad verdaderamente regia.
La
reina contempla un momento el Tribunal que va a juzgarla. Fouquier–Tinville, el
acusador; Fabricius, el escribano; Herman, Coffinhal, Maire, Donzé–Vertevil y
Deliege, los jueces. Y el jurado. Representación auténtica del pueblo: entre
otros, Renaudin, fabricante de violines; Souberbielle, cirujano; Chrétien,
vendedor de limonadas; Ganney, fabricante de pelucas; Trinchard, ebanista; Nicolás,
impresor; Sambat, pintor; Daron, sombrerero; Devéze, carpintero... Pero estos
hombres habían sido cuidadosamente elegidos. Al ser sus rostros patibularios,
María Antonieta no duda un momento de la suerte que la espera...
Declara su edad, su estado, su profesión. A
todo responde María Antonieta. Y aguanta. Aguanta, firme, la acusación del
primer testigo en contra, Laurent Lecointre, vendedor de paños, que se había
enriquecido en la Corte.
Desfilan
los tres primeros testigos, que nada prueban y a los que desconcierta la
serenidad magnífica de la Reina. El cuarto testigo es más grave. Es Hebert, el
infame Hebert, que asegura haber hallado, en el Temple, una imagen del Sagrado
Corazón de Jesús, que escondía María Antonieta, la madre desnaturalizada — dice
— que inducia a su hijo Luis a la
liviandad, «con el designio de enervarle y dominarle un día, si llegaba al
trono».
— Desde que el niño está alejado de su
madre, gana nuevas fuerzas y crece...
María
Antonieta ha sentido que la ira asomaba a sus maravillosos ojos, empañados de
lágrimas. Sus manos menudas se han crispado nerviosas. Pero aún tiene fuerzas
para replicar a la primera parte de la acusación de Hebert:
— El Corazón de Jesús fué regalado a mi hijo
por su hermano... De las demás cosas, nada sé.
Mas ¿Y la terrible acusación de los malos
tratos a su hijo? Su pobre hijo está allí, embotados: sus sentidos, ebrio,
flaco, roto, acusando a su madre. Allí está...
— ¿Cómo rebatir esto?
María Antonieta recibe la pregunta como la
más tremenda afrenta. Se decide. Y enérgica, con voz fuerte, magnífica, clama:
— Si no he contestado a Hebert, es porque la
Naturaleza rehusa entrar en una inculpación semejante, dirigida contra una
madre. ¡Apelo a todas las madres aquí presentes!
Es
algo tan directo, tan humano y tan digno, que la plebe guarda un impresionante
silencio. Y luego, de pronto, de súbito, sin ponerse nadie de acuerdo, por un espontáneo
y sincero imperativo de justicia, las manos se juntan para aprobar las palabras
de la mujer que, por encima de reina, es, ya solamente, madre.
—
¡Este majadero de Hebert...! — Gruñe
Robespierre, que teme por el fracaso del proceso.
Y en verdad que el proceso fracasa. De nada
puede acusarse a María Antonieta, que merezca la pena de muerte. Y sin embargo,
bajo el signo de la Igualdad, de la Libertad y de la Fraternidad de la
República Francesa, María Antonieta, «la austríaca», «Madame Déficit», cae,
segada su cabeza por la guillotina.
Es el
16 de octubre de 1793. En una carreta, la Reina es conducida al patíbulo.
Camina digna a la Muerte, y sólo sus ojos se fijan con angustia, durante el
trayecto, en los balcones cerrados de las casas. Por fin uno se abre. Un
sacerdote se divisa en él. Y una pálida mano se alza en el signo redentor,
valiente, de la cruz de la absolución.
Se
transfigura el rostro de la Reina. Era aquello lo único que le faltaba. ¡La
absolución! Ahora su fe es viva. Su fe la conforta y la alienta. Es aquél a
modo de Viático espiritual para el largo camino del que no se regresa nunca...
Al
subir al patíbulo, pisa al verdugo.
—Perdonad, señor — le dice con naturalidad
simpática
—Os ofrezco mis excusas... No lo he hecho expresamente...
Reza unos instantes. Luego exclama:
— ¡Adiós, una vez más, hijos míos! ¡Voy a
reunirme con vuestro padre!
Y ya,
dirigiéndose al verdugo, sus últimas palabras:
— ¡Acabad presto!
Y cae
su cabeza. Cae su cabeza, rúbrica exacta de la Revolución completa.
— ¡Viva la República!
No le dan un sepulcro. Le dan tierra en la
del cementerio de Santa Magdalena. Una caja simple para encerrar su cadáver. Se
conserva aún la cuenta: «Siete francos por el féretro de la viuda Capeto».
Así
sella sus crímenes la Revolución nacional de Francia. Revolución que, por su
maldad inconcebible, supera a la maldad nueva, hija de la lucha de clases, de
las miserias del pueblo, de los despotismos de los reyes, del caos mundial.
Aquello es más. Mucho más.
Es un
crimen que no tiene excusa.
Por
Antonio Pérez de Olaguer
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