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viernes, 19 de abril de 2024

Que es necesario ser fiel en las ocasiones grandes y en las pequeñas - Por San Francisco de Sales.

 



 

   Dice el sagrado Esposo en los Cantares que le ha robado el Corazón su Esposa con uno de sus ojos y con uno de sus cabellos. Y si los ojos son la parte más noble de todas las exteriores del cuerpo humano, ya por su estructura, ya por su actividad, ninguna es más vil que los cabellos; pero quiere dar a entender con esto el divino Esposo que no sólo se complace en las grandes obras de las personas devotas, sino también en las más pequeñas y bajas, y que para darle gusto se le ha se servir con igual esmero, así en las ocasiones pequeñas y humildes como en las grandes y elevadas, puesto que tanto con unas como con otras podemos robarles el corazón de enamorado.

 

   Prepárate, pues Filotea, a sufrir por nuestro Señor muchas y grandes aflicciones, y aun también el martirio; resuélvete a sacrificarle lo que más estimas, si quieres recibirlo, sea el padre, la madre, el hermano, el marido, la mujer, los hijos, tus mismos ojos y tu propia vida, porque a todo esto ha de estar preparado tu corazón. Pero en tanto que la divina Providencia no te envía tan sensibles y grandes aflicciones, en tanto que no exige de ti el sacrificio de tus ojos, sacrifícale a lo menos tus cabellos, quiero decir que sufras con paciencia aquellas ligeras injurias, leves incomodidades y pérdidas de poca consideración que ocurren cada día, pues aprovechando con amor y dilección esta ocasioncillas, conquistarás enteramente su corazón y le harás del todo tuyo.

 

   Los cotidianos, aunque ligeros, actos de caridad, el dolor de cabeza o de muelas, la fluxión, las extravagancias del marido o de la mujer, el quebrarse un brazo, aquel desprecio o gesto, el perderse los guantes, la sortija o el pañuelo; aquella incomodidad de recogerse temprano y madrugar para la oración o para ir a comulgar; aquella vergüenza que causa hacer en público ciertos actos de devoción; en suma, todas estas pequeñas molestias, sufridas y abrazadas con amor, son agradabilísimas a la divina Bondad, que por sólo un vaso de agua ha prometido a sus fieles el mar inagotable de una bienaventuranza cumplida. Y como estas ocasiones se encuentran a cada instante, si se aprovechan, son excelente medio de atesorar muchas espirituales riquezas.

 

   Al leer en la vida de santa Catalina de Siena los éxtasis y elevaciones de su espíritu, sus palabras llenas de sabiduría, y aun las exhortaciones que hizo, no puedo dudar de que con aquellos ojos de contemplación habría robado el corazón de su celestial Esposo. Pero no fue menos mi consuelo cuando la vi en la cocina de su padre con grande humildad dar vuelta al asador, atizar el fuego, sazonar la comida, amasar el pan y hacer los más humildes oficios de la casa con un espíritu inflamado en amor y dilección para con su Dios. Y no tengo en menos la meditación sencilla y humilde que tenía entre los ejercicios viles y despreciables, que los éxtasis y elevaciones que la arrobaban con tanta frecuencia, y que, quizá, se le concedieron en premio de aquella humildad y abatimiento.

 

   Tenía, pues, esta meditación, imaginando que cuando guisaba para agasajar a su padre, estaba guisando para nuestro Señor, como otra santa Marta; que su madre ocupaba el lugar de nuestra Señora, y sus hermanos el de los apóstoles, con lo cual se excitaba a servir en espíritu a toda la corte celestial; y se empleaba en aquellos ruines ministerios con gran dulzura de su alma, porque sabía que aquélla era la voluntad de Dios.

 

Te he propuesto, Filotea, este ejemplo, para que aprendas cuánto importa enderezar todas nuestras acciones, por viles que sean, al servicio de la Majestad divina.

 

A este fin, te aconsejo, con todo el encarecimiento posible, que imites a la mujer fuerte, que tanto celebra Salomón, la cual, como dice este gran sabio, echaba mano a las acciones grandes, generosas, y elevadas, sin dejar por eso de hilar y torcer el huso. “Alargó su mano a las cosas fuertes, y sus dedos tomaron el uso”. Echa tú también la mano a las cosas fuertes, empleándote en tener oración y meditación y recibir los santos sacramentos, en excitar el fuego del amor de Dios en las almas, en sembrar inspiraciones buenas en los corazones, y, finalmente, en hacer obras grandes y de sumo precio, conforme a tu vocación. Empero, no te olvides del huso y de la rueca, quiero decir, de practicar aquellas virtudes pequeñas y humildes que crecen como flores al pie de la cruz, cuales son: servir a los pobres, visitar a los enfermos, cuidar de la familia, con todo lo que a esto se sigue y el importante cuidado de no estar jamás ociosa. Más, entre estas ocupaciones, has de esparcir unas consideraciones semejantes a las que te he referido de santa Catalina.

 

   Raras veces se ofrecen grandes ocasiones de servir a Dios, pero pequeñas, continuamente. Pues ten entendido que el que sea fiel en lo poco será constituido en lo mucho, como dice el Salvador. Por tanto, haz todas las cosas en el nombre de Dios, y todas las harás bien: ora comas, ora bebas, ora duermes, ora te diviertes, ora des vuelta el asador; como sepas aprovechar estas haciendas, adelantarás mucho a los ojos de Dios haciendo todo esto, porque así quiere Dios que lo hagas.

 

“INTRODUCCIÓN A LA VIDA DEVOTA”

lunes, 18 de abril de 2022

De la Maledicencia - San Francisco de Sales.

 



 

Produce el juicio temerario inquietud y menosprecio del prójimo, orgullo y complacencia de sí mismo, con otros muchos y perniciosos efectos, entre los cuales, uno de los más notables es la maledicencia, verdadera peste de las conversaciones. ¡Ojalá tuviera yo en mi mano un carbón encendido del altar santo para tocar los labios de los hombres y purificarlos de su iniquidad y pecado, como lo hizo el serafín con el profeta Isaías, pues quien quitase del mundo la maledicencia quitaría gran parte de los pecados y de la maldad!

El que injustamente roba a su prójimo la fama, además de pecar, queda obligado a la restitución; bien que de diversos modos, según la diversidad de murmuraciones, porque nadie puede entrar en el cielo llevando los bienes del otro, y entre los bienes exteriores, la fama es el más precioso. Es la maledicencia una especie de homicidio. Tenemos tres géneros de vida: espiritual, que consiste en la gracia de Dios; corporal, que proviene del alma, y civil, que se mantiene con la buena fama. La primera se pierde por el pecado; la segunda, por la muerte, y por la maledicencia la tercera. Pero el murmurador hace, de ordinario, tres homicidios con sólo una estocada de su lengua, dando muerte espiritual a su alma y a la de quien le escucha y muerte civil a la persona de quien murmura, pues como dice san Bernardo, el que murmura y el que escucha la murmuración tienen en sí al demonio, uno en la lengua y otro en el oído. “Aguzarán sus lenguas como la de la serpiente”, dice David de los murmuradores; y si la serpiente, como enseña Aristóteles, tiene la lengua dividida y con dos puntas, tal es la del murmurador, que con un golpe solo hiere y envenena el oído de quien le escucha y la reputación de la persona de quien habla.

Sobre manera te encargo, amada Filotea, que jamás hables mal de persona alguna, ni directa ni indirectamente. Guárdate de imputar al prójimo crímenes y pecados falsos, de manifestar los ocultos, de ponderar los públicos, de dar siniestra interpretación a las obras buenas, de negar lo bueno que sabes de alguno, de disimularlo maliciosamente o de disminuirlo con tus palabras, porque todas estas cosas son grande ofensa a Dios, pero mucho mayor acusar a alguno con falsedad o negar la verdad en perjuicio de tercero, en lo cual hay dos pecados: la mentira y el daño del prójimo.

viernes, 29 de enero de 2021

LA INQUIETUD – Por San Francisco de Sales.


 



La inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por la cual vienen muchas tentaciones; diremos, pues, algo acerca de ella. La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación. Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer los medios para echarlo de sí. Hasta este momento tiene razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos que es un mal.

 

   Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad, y esperará su liberación más de la bondad y providencia de Dios que de su industria y diligencia; si busca su liberación por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ella que de Dios. No digo que así lo piense, sino que se afanará como si así lo pensase.

 

   Si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente, lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le parecerá que su mal no tiene ya remedio. He aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.

 

   La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado; porque, así como las sediciones y revueltas intestinas de una nación la arruinan enteramente, e impiden que pueda resistir al extranjero, de la misma manera nuestro corazón, cuando está interiormente perturbado e inquieto, pierde la fuerza para conservar las virtudes que había adquirido, y también la manera de resistir las tentaciones del enemigo, el cual hace entonces toda clase de esfuerzos para pescar a río revuelto, como suele decirse.

jueves, 12 de julio de 2018

La verdadera humildad – Por San Francisco de Sales.





   Decimos frecuentemente que no somos nada, que somos la miseria y  la basura del mundo; pero acaso nos sentiríamos contrariados si alguien nos tomase la palabra y nos considerara públicamente  como decimos que somos. Por el contrario, hacemos ademán de retirarnos y de ocultarnos, mas es para que se vaya detrás de nosotros y se nos busque; aparentamos desear ser los últimos y sentarnos en el lugar postrero de la mesa, más para que se nos honre haciéndonos ocupar el primero. La verdadera humildad no adopta aire de tal, ni dice palabras humildes, porque no sólo desea ocultar las demás virtudes, sino también, y principalmente, busca el ocultarse a sí misma.

“Introducción a la vida devota”

miércoles, 20 de junio de 2018

SOBRE LA BURLA – Por San Francisco de Sales.




Una de las peores condiciones que puede tener un espíritu es el ser burlón; Dios aborrece este vicio y frecuentemente aplica saludables castigos. Nada hay más contrario a la caridad, y mucho más a la devoción, que el desprecio y mofa del prójimo. Ahora bien, la burla y la chanza siempre van acompañadas del desprecio; por eso se consideran pecado grave, de forma que los doctores están de acuerdo al asegurar que la burla es la más grave de las ofensas que se puede hacer al prójimo mediante palabras, porque las otras ofensas no excluyen algún género de estima; en cambio, ésta se hace con menosprecio y desdén.

   Cuanto a los juegos de palabras que se entrecruzan unas y otras con cierta modesta jocosidad y agrado, pertenecen a la virtud llamada entre los griegos eutrapelia, que nosotros podemos llamar gracejo; por medio de ella se disfruta de honesta y amable recreación, tomando como pretexto las ocasiones que las imperfecciones humanas ofrecen. Con todo, hay que guardarse de pasar del honesto esparcimiento a la mofa. La mofa provoca risa por el desprecio del prójimo en que se funda, y la jocosidad hace reír por cierta sencilla libertad y confianza familiar que se tiene con una persona, unido ello a cierto sentido ambiguo de la palabra empleada.


Introducción a la vida devota, III, 27.

miércoles, 11 de abril de 2018

Las estaciones del alma – Por San Francisco de Sales.






   Me doy cuenta de que en vuestra alma se dan cita todas las estaciones del año; que tan pronto advertís el invierno con tantas arideces, distracciones, dispersiones, sufrimientos e inquietudes, como las rosas del mes de mayo, con el perfume de las santas florecillas, como tan pronto os llegan los ardientes deseos de complacer a nuestro buen Dios. No queda más que el otoño, durante el cual —como vos decís— no veis muchos frutos. Pues bien, a menudo sucede que, trillando el grano y prensando la uva, se acabe por encontrar más de lo que prometieran la siega y la vendimia. Vos querríais que siempre fuera primavera y verano; pero no, querida Hija mía, es preciso que haya también una rotación tanto en lo interior como en lo exterior. En el Cielo sí que será toda primavera en cuanto a la belleza, siempre otoño en cuanto al disfrute y la alegría, siempre verano en cuanto al amor. No habrá invierno alguno; pero aquí el invierno es necesario para la práctica de la abnegación y de las mil pequeñas y hermosas virtudes que se ejercitan en tiempos de sequía. Avancemos siempre paso a paso; contando con que nuestro propósito sea bueno y firme, no podemos más que caminar bien.

Carta a Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal (11 de febrero de 1607)