Desempeñaba
este Santo en Galilea el odioso oficio de alcabalero o recaudador de los
tributos impuestos por los romanos a las naciones sujetas a su dominio, y hallábase
sentado en su tienda, a la puerta de Cafarnaúm, cobrando la alcabala, cuando al
pasar por allí Jesús, le miró con ojos compasivos y le dijo que le siguiera. Obedeció
Mateo, y, dejando su oficio, se unió a Él inseparablemente.
Mateo queriendo manifestar al Salvador el
aprecio que de su sagrada persona hacía, le convidó un día a comer en su casa,
no sin que al banquete concurrieran muchos publícanos, que los fariseos tenían
por hombres de mala conciencia y pecadores públicos.
Dijéronles
entonces a los otros discípulos:
— ¿Por qué se junta vuestro Maestro a comer
con los publícanos y pecadores? Y entendiéndolo Jesús, les contestó:
— Bien sabéis que el médico es necesario
para el enfermo; el que está sano no le necesita.
— Aprended qué significa aquello de
misericordia quiero y no sacrificio; sabed que no he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores.
Este
discurso acabó de cautivar el corazón de Mateo, de suerte que desde entonces fué
su compañero inseparable, testigo de sus prodigios y constante discípulo de su
doctrina.
Escribió
su Evangelio según lo que había visto y oído al Divino Maestro; predicó en la
Judea y en Etiopía. Por su influjo, Ingenia, hija del Rey de esta comarca,
consagró a Dios, con otras muchas doncellas, su virginidad, y muerto el padre
de la joven, Hirtaco, su tío, se apoderó del trono y quiso, para reinar más seguro,
casarse con ella, que no consintió; pero como Hirtaco estaba persuadido de que
el Apóstol era el que sostenía la resolución de Ifigenia, mandó que le mataran,
como lo hicieron estando el Santo celebrando Misa el 21 de Septiembre del año
90.
APOSTOLADO
DE LA PRENSA
Año
1906
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