sábado, 12 de septiembre de 2026

María Santísima, en la festividad de su Dulce Nombre. ¡Salve Estella Maris!

 





María Santísima, en la festividad de su Dulce Nombre


   ¡Que hermosa tarde!

 

   El sol radiante y esplendoroso camina majestuosamente hacia su ocaso, envuelto en una atmósfera de fuego, como un monarca en su espléndido manto de púrpura. El cielo es diáfano y azul, y una brisa mansa y juguetona impregnada en el fresco perfume de las algas marinas riza la extensa superficie del océano y empuja blandamente las olas que pasan lamiendo, como dóciles lebreles, el cortante casco de la barca que torna al suspirado puerto después de larga ausencia. Todo es luz, colores y armonía en el cielo y en la tierra, y completa la calma de esta hermosa tarde primaveral.

 

   Más he aquí que de pronto aparece en el confín lejano del horizonte ligera nubecilla de color obscuro y siniestro aspecto, que avanza y va aumentando a medida que se aproxima... El viento se agita bruscamente; el mar, antes plácido y blando, se encrespa y alborota poco a poco; racha violenta aviva el ímpetu naciente del oleaje, la gaviota tiende amedrentada el raudo vuelo hacia el peñón agreste en busca del nido, el cielo se cubre de nubes plomizas y obscuras en cuyo seno hierve el rayo y se agita la tormenta, y la noche cierra por completo, negra y espantosa...

 

   El huracán sacude bruscamente sus ráfagas como un corcel desbocado la crin; las olas acuden bramando de furor al llamamiento del bucarán; el mar, como irritada fiera, enarca el lomo, se agita en sorda y espantosa convulsión, y arroja sobre la barca olas gigantescas que chocan contra el casco y se revuelven rugiendo...

 

   El relámpago rasga las nubes, retumba el trueno con estruendo fragoroso, y la tempestad rueda negra, inmensa, rugiente... Mudo de estupor, el marino se aferra al endeble timón y dirige a duras penas la barca mientras el ágil remo corta las olas abriéndose camino; pero, ¿Hacia dónde? ¡No lo saben! ¡La borrasca, lanzando acá y allá la débil barca durante largo tiempo, les ha hecho perder el rumbo!

 

   ¡Ay, si supieran en qué dirección se halla el puerto; si a lo menos supieran a qué distancia se hallan de la tierra! ¡Qué angustiosa situación! La barca flota, como pluma ligera a merced del viento, sobre aquellas montañas de hirviente espuma que amenazan sepultarla en el abismo a cada instante, y como gladiador vencido en el combate lleva ya cien heridas de muerte en su costado. ¡Van a perecer! El desaliento invade los pechos, y los rostros reflejan el terror inmenso da las grandes catástrofes...El marinero piensa en la esposa amante que le espera ansiosa, en los tiernos pequeñuelos que en aquel supremo instante elevarán al cielo sus manitas puras, y dobla angustiado sobre el pecho la curtida frente. Es inútil ya la resistencia... ¿para qué luchar? Hondo suspiro se escapa de su pecho, eleva su corazón al cielo, y sigue remando falto ya de aliento...

 

   Más he aquí que de pronto se ve centellear con destellos intermitentes, y no lejos de la barca, una luz vivísima que semeja la roja pupila de un Titán que parpadeara entre las sombras...

 

   ¡Es el faro!

 

   A su brillante aspecto los pechos se llenan de alegría. Una inmensa exclamación de gozo que parece levantarse de cien pechos a la vez exhalándose por una sola boca, hiende el espacio. El alma y el pecho recobran el vigor perdido... El remo corta la indócil ola con nuevo brío; la barca, aunque quebrantada y rota, avanza, y avanza obediente a la vigorosa y experta mano que la guía, resistiendo sin desmayar los golpes salvajes de las olas, y un instante después el marino cansado, entumecido y roto, se arroja delirante de alegría en los brazos de su esposa y de sus hijos que ya le lloraban perdido para siempre...

 

   “Pues he aquí, lector de mi alma, una imagen exacta de la vida humana y del auxilio sobrenatural que María presta a los pobres pecadores”.

 

   También la razón del hombre se cubre a veces, como el cielo, de nubes tormentosas... También de ese océano sin fondo ni riberas, que se llama corazón humano, se levantan con frecuencia leves olas que riza y empuja el viento de las pasiones, viento manso y blando primero, fuerte y huracanado después, que azota y golpea con ímpetu salvaje la débil barquilla de nuestra pobre alma, amenazando con sepultarla a cada instante en un abismo mil y mil veces más horrible y espantoso que el océano, y también en esos terribles momentos críticos, cuando el desaliento comienza ya a invadirnos y levantamos nuestros ojos al cielo en demanda de auxilio, vemos lucir sobre nuestras cabezas, en el antes sombrío horizonte, un faro esplendoroso y magnífico, una brillante estrella que centellea con infinitos fulgores , divinos, mostrando a nuestros atónitos y maravillados ojos el puerto seguro de la eterna salvación...

 

   A su dulce y brillante aspecto también renacen en nuestros pechos y en nuestras almas — ¡pobres náufragos de los mares de la vida! — las fuerzas y el vigor perdidos en la lucha, y con los ojos cuajados de dulces lágrimas, y el pecho y el alma henchidos de gozo y esperanza, clamamos con transportes de júbilo infinito: ¡Ave, maris stella! ¡Salve, Estrella de los mares!

 

   Y guiados ya por la luz plácida y suave de esa divina estrella, dirigimos con nuevos bríos la débil barquilla de nuestra alma hacia el suspirado puerto...

 

   ¡Ay de aquel que por dar cabida en su alma al pecado de lugar a que se oculte a sus ojos esa bendita estrella! Ese no arribará nunca, ¡nunca!, al anhelado puerto, porque el alma que no merece que María la ilumine y guie, no merece tampoco entrar en el cielo.

 

   Con razón, pues, “EL DULCE NOMBRE DE MARÍA”; cuya fiesta celebra hoy la Iglesia, y que en «siriaco» se traduce por dama, señora, soberana, significa en «hebreo» estrella del mar. ¡Qué denominación tan dulce, tierna y poética, y al mismo tiempo tan expresiva y exacta aplicada a nuestra buena y amorosa Madre! Porque María es en efecto, la hermosa y clarísima estrella que brilla sobre los vastos y tempestuosos mares de la vida, inundando el alma con su dulce y plácida luz, y mostrándonos el camino que conduce al puerto de eterna ventura.

 

   ¡Qué hondo, poético y puro sentimiento revela aquella estrofa de un poeta escéptico y desdichado que en estos últimos tiempos parece que comienza a abrir sus ojos a la verdadera luz (¡Quiera Dios que los abra por completo!), y que vale ella sola más que todas sus otras composiciones juntas:

 

¡María! que del piélago y del alma

las tempestades calma;

que recoge en sus brazos y consuela

al náufrago del mar y de la vida:

Bálsamo a toda herida,

puerto a toda aflicción ¡Maris Stella!

 

   ¡Bendita seas, estrella dulcísima, que iluminas el rostro angelical de los niños que sonríen extasiados ante tu hermosura, mientras los ángeles aletean alrededor de su cuna contándoles al oído tu divina historia!

 

   ¡Bendita seas, estrella esplendorosa, que iluminas el alma del adolescente haciendo que se enamore de tu pureza inmaculada y que brote en su corazón, a tu dulce y suave calor, la inapreciable y hermosa flor de la castidad!

 

   ¡Bendita seas, estrella radiante que inflamas la mente del verdadero artista, inspirándole esas creaciones maravillosas que los siglos admiran mudos de estupor, porque aparecen como envueltas en la calígine sagrada que rodea el trono de Aquel que es la eterna Belleza y la Hermosura infinita!

 

   ¡Bendita seas, estrella suavísima, que derramas tu plácida luz sobre la frente venerable del virtuoso anciano, iluminándola dulcemente por adelantado con los eternos fulgores de una inmortalidad dichosa!

 

   ¡Bendita seas, estrella consoladora, que alumbras la obscura noche del triste, que en silencio, humilde y resignado, va trepando por entre peñascales y abrojos, por la áspera pendiente de la vida, cargado con la cruz de sus dolores!

 

   ¡Bendita seas una y mil veces, estrella de los mares de la vida! ¡Quiera Dios que al cerrarse nuestros ojos a la luz material en la hora tremenda de la muerte, divisen nuestras almas tu luz divina en toda su hermosura incomparable, porque esa será señal segura y prenda cierta de que arribaremos al puerto eterno de eterna ventura, no cansados, entumecidos y rotos como el marino de los puertos de la tierra, sino en la plenitud de las fuerzas y la vida, caldeadas nuestras almas por el fuego del amor divino y espléndidamente vestidos de imperecederas virtudes!

 

   ¡Oh! ¡Entonces sí que podremos exclamar con transportes de júbilo inefable al verte tan hermosa y contemplarnos ya libres y seguros en las playas eternas, recordando los innumerables peligros de que nos habrás librado al cruzar los mares borrascosos de esta vida:

 

   ¡Salve, puerto seguro a todos los dolores y aflicciones! ¡Salve, refugio y consuelo santo y bendito de las almas que en ti esperan y confían en la tierra! ¡Salve, estrella de los mares, eternamente salve!

 

TEÓFILO NITRAM.

 

Apostolado de la Prensa — Año 1896

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.