domingo, 3 de mayo de 2026

“OFRENDA DE FLORES” Un bellísimo cuento, en el mes de María.

 



 

   Yo era un libertino, un hombre de mundo, por decir poco…una mañana, no sé por qué, y a pesar de haberme acostado, como siempre, muy tarde, me desperté al ser de día, pero antes de la salida del sol. Sentía el disgusto indeterminado, la amargura, el cansancio y ese confuso discurso que dejan en el alma y en el cuerpo las noches pasadas en frívolas diversiones rayanas al libertinaje.

 

   No sé por qué inconsciente impulso de mi voluntad, me levanté, me lavé, me vestí y me eché a la calle. No sé si la frescura del vientecillo matinal fué lo que avivó la sensibilidad un tanto aletargada de mis sentidos. Recuerdo que aspiré con gozo el aire, que se entonaron mis nervios, que disminuyó el calenturiento calor de mi piel, que con claridad se produjo el pensamiento, y que hasta en el corazón comprendí se había producido una saludable mudanza.

 

   Hubo de parecerme que las gentes que hallaba al paso eran diligentísimas y animosas, que sus caras manifestaban alegría, y que aquel mundo de la mañana hacía más lívido, más violento, más tétrico el recuerdo de los faranduleros, los cortesanos, los amigotes... y aun las fiestas de la noche.

 

   Entréme, seducido por el bullicio, en un mercado, y víme divertido en medio de la revuelta de colores de verduras, frutas, aves, pescados y otras cosas que allí se ofrecían, y aturdido por la algarabía de la gente que por allí pululaba. —Estas gentes—me dije—son felices; por lo menos no son tan desgraciadas como yo... Ríen espontáneamente, hablan con voz recia... y hasta en sus polémicas y riñas se ve algo, diferente... es júbilo.

 

   Lo que sí recuerdo claramente es que en la calle de Toledo hálleme a una señora de cabellos blancos, rostro delgado y pálido, vestida de negro, cubierta con un manto y que llevaba en la mano libritos religiosos y un rosario liando aquéllos; por entre sus dedos salía la crucecilla colgante. —Así iba mi madre a Misa—me dije.

 

   Tal vez por este recuerdo seguí a la señora y entré cuando ella entró en San Isidro, y tras ella en la capilla de una Virgen, que luego me dijeron ser del Buen Consejo.  

 

   Y estos pensamiento acudieron a mi mente: ¿Quién fué el sabio que dijo que el más activo y fuerte trabajo es el trabajo mental, y el más grande trabajo mental es la oración? No lo recuerdo; pero sí recuerdo haberlo leído. Parece que cuantos aquí están piensan en Dios, hablan con Él... ¡Hablar con Dios!

 

   Cuando nos hablamos a nosotros mismos ¿no tenemos siempre conciencia de que hay alguien que oye... mejor dicho, que ve nuestro pensamiento? Sí... al menos el hombre que en esto no se haya fijado... será porque no ha tenido jamás conciencia perfecta de sí mismo.

 

   ¿Cuántas veces mi madre pediría por mí?... ¿Puedo yo reírme de los que rezan? ¡Meditación! ¡Elocuencia silenciosa e íntima... el más noble estado del alma!

 

  —¡Caballero... un ramo de flores! —dijo cerca de mí una vocecita aguda y lamentosa. Aparté de mi lado a la mozuela, que desde el último, escalón de las gradas del templo hasta la calle de los me perseguía con insistencia.

   —Caballero... mire usted qué hermosas.

   —Vaya, déjame, chiquita... ¿Voy a llevar yo ahora rositas y claveles en la mano?

   —Cómpreme usted este ramilletito.

   —Vamos, no molestes...

   —Señor... que tengo a mi padre ya desde hace tres semanas sin trabajo y a mi madre enferma... ¡por la Virgen santísima, cómpreme usted este ramo!

   —¡Cuántos he comprado a las floristas de los teatros sólo por bromear con ellas un instante!...  ¿Qué sentí al ver a aquella chicuela morenucha, pobremente vestida, delgada, de ojos suplicantes y rostro angustiado, y al oír su petición y el nombre de la Virgen? No lo sé... ¿Qué sentí? ¡Un latido fuerte en el pecho, una violenta sacudida del corazón! Saqué algunas monedas y las puse en manos de la niña, pero rechazando al propio tiempo el ramito.

   — Quédate con él—dije.

   —¡Ay, señorito. Dios se lo pague... pero llévese el ramo... llévese más, porque me ha pagado usted casi todos los que me quedaban... ¿Quiere que se los lleve a casa? ¿No? pues mire... se los pondré a Nuestra Señora del Buen Consejo en nombre del señorito.

 

   Me estremecí al oír esto. Sin duda la muchacha, al verme salir de la iglesia, juzgó que sería yo un devoto y atendía a realizar lo que, a juicio suyo, había de ser de mi mayor agrado. Flores a la Virgen... ¿yo? Vaya, aseguro a ustedes que entonces, pero así, de un golpe, vinieron a mi memoria recuerdos de otros días... ya lejanos. ¡Mi madre... mi difunta madre, mi hermana, que había también muerto muy joven... ¡pobre Filomena!... reunidas adornando con flores el altar de la Virgen…

 

   Y apresuradamente respondí, dando dos duros a la chiquita…

   —¡Toma, tráeme un par de ramos grandes... y vamos a llevárselos a la Virgen del Buen Consejo! Poco después los ramos estaban en el altar, y yo, arrodillado por hacerme poco visible y cubriéndome el rostro para ocultar el llanto... quédeme en la capilla.

 

   ¿Por qué sin más discursos, ni polémicas, ni dudas, ni luchas, ni escrúpulos, ni temores... empecé a orar? ¿Viendo la claridad... toda la claridad que revela los horrores de la vida... y la inmensa grandeza de la eternidad?

 

   ¡Oh... porque la conversión es siempre un milagro... siempre... siempre!

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1904.