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lunes, 15 de mayo de 2017

La Comunión bien hecha nos preserva de los pecados veniales.




   “Llegamos al final de esta larga y edificante publicación. Si de algo les sirvió por favor eleven una oración por el ya difunto Padre José Luis Chiavarino, quien es el autor de esta obra muy antigua”

Discípulo. —Dígame, Padre: ¿cómo borra los pecados veniales la Santa Comunión?

Maestro. —La Sagrada Comunión es también medicina que sana, y fuego que abrasa y purifica. Pero, antes, dime, ¿qué es pecado venial?

D. —Es una mancha del alma que la afea, la deforma y, a veces, la hace asquerosa.

M. —Muy bien.

La Sagrada Comunión es como el hierro y como el fuego del médico, que quema y hace desaparecer las llagas del alma, quitándole las manchas. Nuestra alma se vuelve cada vez más hermosa y limpia, encontrando Jesús sus delicias en comunicarnos sus gracias especiales.

D ¡Oh Padre, qué grande es el bien que nos reporta la Comunión frecuente! Jamás se debería dejar, aunque sólo fuera por conseguir este solo efecto.

M. –– ¡Así es!...

De la misma manera que todas las mañanas nos lavamos las manos y la cara para quitarnos el polvo y las manchas y estar limpios, así cada mañana debemos lavar nuestra alma en la Sagrada Comunión. Para esto la instituyó Jesucristo, y la Iglesia desea que nos sirvamos de ella como remedio cotidiano para las deficiencias de cada día.

D. —Cosas son éstas, Padre, en las que nunca había pensado seriamente, a pesar de ser tan hermosas. Dígame ahora cómo preserva la Sagrada Comunión de los pecados mortales.

M. —De dos maneras: interna y externamente. Ante todo, nos preserva internamente nutriendo y robusteciendo nuestra alma hasta hacerla casi invulnerable al pecado mortal. La comprenderás mejor con dos ejemplos sacados de la obra Las grandezas de la Comunión.

Cuentan los misioneros venidos de Africa que en aquellas regiones se cría un animal un poco más grande que nuestro gato y que le llaman gato salvaje.

Este animal, casi siempre está en lucha con las serpientes, tan abundantes en aquella tierra: y cuentan que casi siempre vence, porque conoce bien una hierba que tiene la propiedad extraordinaria de preservar de las mordeduras venenosas de las serpientes. Cuando le asaltan, apenas ha sentido el mordisco, se revuelca en aquella hierba y la come; así está siempre dispuesto a luchar.

Herido dos y tres veces, vuelve siempre a la hierba y recupera fuerzas, hasta que logra aplastar la cabeza de su enemiga.

También nosotros estamos constantemente luchando con la serpiente infernal, que de mil formas y maneras acecha a nuestra alma.

¿Queremos salir vencedores? Tomemos el remedio infalible, el contraveneno, que es la Comunión frecuente y bien hecha, y el demonio no podrá con nosotros.

domingo, 7 de mayo de 2017

Comulgad bien, porque la comunión bien hecha conserva la vida del alma




Discípulo.¿Cuáles son, Padre, los principales efectos de la Comunión frecuente?

Maestro. — En el Catecismo donde se pregunta: “¿Qué efectos produce la Sagrada Comunión?”, se responde: “La Santísima Eucaristía: Conserva y aumenta la vida del alma, así como el alimento material conserva y aumenta la vida del cuerpo; Borra los pecados veniales y preserva de los mortales; Nos une a Jesucristo y nos hace semejantes a Él”.
Vayamos por partes; ante todo, para comprender bien cómo la Sagrada Comunión conserva y aumenta la vida del alma, es preciso estar convencidos de que la Comunión no es una devoción cualquiera, sino que es un Sacramento. Muchos se acercan a comulgar únicamente para conseguir una gracia o por hacer un acto ordinario de devoción. La Comunión no está instituida para esto, aunque pueda conseguirlo, pues la práctica más importante de devoción. Su finalidad es más sublime; su fin principal y su efecto es el de conservar en nosotros la gracia, que es la vida del alma.

Si yo te preguntara cuál es la cosa más preciosa del mundo, ¿qué me dirías?

D. — Pues que la vida es el todo, y que todo se sacrifica por conservar la vida.

M.Muy bien; pero más preciosa es la vida del alma. Y si para conservar la vida del cuerpo estamos siempre dispuestos a soportar fatigas y sudores, medicinas amargas y costosas, operaciones difíciles y peligrosas, aún debemos estar mejor dispuestos para asegurar la vida del alma, y como es la Sagrada Comunión la que conserva y sostiene esta vida del alma, debemos procurar con el mayor empeño y diligencia frecuentar la Sagrada Comunión y hacerla bien.

Cuenta la Historia que la impía reina Isabel de Inglaterra, llena de odio contra Dios y contra los católicos, publicó un decreto con el que condenaba a pagar cuatrocientos escudos de oro y la prisión a quien recibiera la Sagrada Comunión. Un caballero inglés, cristiano ferviente, al conocer el decreto, determinó, a pesar de todo, seguir comulgando. Vendió inmediatamente todas sus mejores alhajas, y del dinero mandó hacer costalitos de cuatrocientos escudos. Cada vez que le sorprendían los guardias comulgando, y por ello era condenado a pagar la multa, tomaba en seguida uno de aquellos costalitos y los llevaba al tribunal, se lo entregaba a los jueces y públicamente protestaba y decía que él de muy buena gana gastaba aquel dinero con tal de no dejar la Sagrada Comunión.

El Cardenal Newman fué antes Obispo protestante. Al tratar de hacerse católico le decía un amigo suyo: — ¿Has pensado bien en el paso que vas a dar? Si abjuras y te haces católico, perderás tu rico sueldo; ten en cuenta que son cincuenta mil pesos anuales.

A lo que Newman, levantándose, respondió: — ¿Qué son cincuenta mil pesos comparados con la Comunión?

domingo, 30 de abril de 2017

¿Padre, por qué insiste tanto sobre la Comunión frecuentes?




Discípulo. –– ¿Hacedme el favor de decirme, Padre, porque se insiste tanto sobre la Comunión frecuente?

Maestro. –– Porque la Comunión, como ya hemos dicho, es el deseo más grande del Corazón de Jesucristo y el mejor medio para salvarse. Así como Dios sustenta, con su Providencia, a todas las criaturas, para que no mueran de hambre, de la misma manera Jesucristo quiere alimentar y sustentar a las almas que ha redimido.

La Comunión es alimento; pero este alimento debe ser comido: la cosa es bien clara.

San Buenaventura dice que “el alimento que no sirve para ser comido no tiene razón de ser” o, lo que es lo mismo, es un alimento inútil; por esto decía, con mucha gracia, un Obispo: “La Eucaristía es pan, y el pan es para comerlo, y no para una exposición”.

D. –– Así es, Padre, pues yo he oído, muchas veces, predicar que Jesucristo apenas instituyó la Santísima Eucaristía, inmediatamente la dió a comer en su presencia, diciendo: Tomad y comed.

M. –– Y no solamente esto, sino, además, quiso que, para renovar este cambio del pan en su cuerpo, o sea para renovar la Santísima Eucaristía, fuera necesario comerle. Repetid este prodigio, les dijo Jesucristo, cuantas veces hagáis lo que habéis visto hacer a mí.

El consagró el pan y diólo a comer. Por eso, sapientísimos teólogos deducen de aquí que, si se pretendiese consagrar con el fin de consumir después de otra materia distinta a la establecida por Jesucristo, no habría consagración, porque faltaría la intención que tuvo Jesucristo y que tiene la Iglesia, y así faltaría la esencia de la acción eucarística.

Además, Jesucristo escogió, entre todos los alimentos, el pan, que no sirve sino para que se coma; de la misma manera el alimento eucarístico debe ser comido, de lo contrario no produciría los efectos que el Señor ha asignado a este alimento.

domingo, 23 de abril de 2017

¡Pureza! En el momento de comulgar




Maestro. –– Como acabas de oír, mi estimado discípulo, Jesucristo quiere y ama a las almas generosas; pero ama y quiere todavía más a los corazones limpios y puros. Él es el cordero que se apacienta entre lirios. La impureza es una mancha asquerosa que aparta las miradas de Jesús, sus caricias y sonrisas. Escucha esta hermosísima comparación:

Sucede con harta frecuencia sobre todo en los niños, llenárseles la cara de llagas y postillas, que deforman sus rosadas mejillas y supuran materias y sangre. Sus madres están apesadumbradas por ello, y también toda la familia. Pero a pesar de todo, les quieren lo mismo, aunque por precaución, y hasta repugnancia, no les pueden acariciar ni besar.  Pues lo mismo sucede con Jesús, cada vez que se ve obligado a entrar en el corazón de aquellos que se presentan a comulgar sin pecado mortal, esto es, en gracia, pero manchados con impurezas, como son los pensamientos desordenados, las miradas un poco libres y curiosas, las conversaciones y palabras incorrectas, los deseos poco castos.

Reprimamos las pasiones todas, pero sobre todo la impureza.

Jesús viene al alma pura como la abeja a la flor. Jesús tiene predilección por ella; la colma de caricias, y se comunica con ella de manera más íntima y completa; hace se deleite con sus gracias escogidas y, frecuentemente se manifiesta a ella en forma visible, durante la vida, con más frecuencia en la hora de la muerte, como un anticipo de gloría.

D. — Por cierto, Padre, que recuerdo haber leído todo esto en la vida de San Juan Bosco, de San José Cafasso, de San José Cottolengo y de muchos otros Santos, que repetidas veces conversaban con Jesús de los asuntos más importantes que tenían, como se suele hacer con los amigos más íntimos.

M. — No solamente los grandes Santos, sino también los pequeños disfrutan muchas veces de estos favores.

En la vida de  San Domingo Savio, se cuenta lo siguiente: Era alumno del Oratorio Salesiano de Don Bosco en Turín, y faltó un día al desayuno, a la clase y a la comida, sin que nadie supiera dónde estaba. Avisaron a Don Bosco. El Santo adivinó en seguida de qué se trataba. Fué a la iglesia y le encontró, en el coro, inmóvil, elevado un palmo del suelo, con un pie apoyado sobre el otro, con una mano puesta en el atril y la otra sobre el pecho, mirando al Sagrario, y con una mirada angelical, imposible de describirse; como si estuviera contemplando una visión suavísima y conversando íntimamente con Jesús en la Eucaristía.

Lleno de admiración, Don Bosco le llama, y no responde. Le toca y entonces el joven, como si despertara de un profundo sueño, exclama: — ¡Oh! ¿Acabó ya la Misa? —Mira —dijo Don Bosco, enseñándole el reloj—, son ya las dos.

Domingo se quedó perplejo y confundido queriendo pedir perdón de la falta que había cometido contra el horario; pero el Santo Fundador del Oratorio le llevó a comer, y, después a la clase, diciéndole:

—Fíjate cuánto te ama Jesús; no te olvides de mí y de las necesidades del Oratorio cuando conversas íntimamente con El.

domingo, 16 de abril de 2017

Comulgad con frecuencia (para que Cristo no os diga: “No te conozco”)



Discípulo. — Padre, ¿será posible la repetición de estos ejemplos de generosidad?

Maestro. — Ya lo creo; se pueden y se de ben repetir donde haya almas generosas, llenas de fe y de amor a Jesucristo.

D. –– Pero no en todas partes se encuentran párrocos tan celosos ni jóvenes de tanta virtud.

M. — Si no hay párrocos ni jóvenes tan entusiastas y cristianos, debería haberlos. La falta de ellos es por sí mismo un verdadero castigo y tal vez llega a ser prueba evidente de que Dios les ha abandonado.

Comunismo, socialismo y masonería, malas costumbres, irreligión, ¿no son pruebas evidentes del abandono de Dios y el camino cierto que a este abandono conduce?

Démonos prisa para reparar los daños; el camino más seguro es la Comunión. Lo aseguró Jesucristo por boca de su Vicario en la tierra, el Papa Pío X, llamado el Papa de la Eucaristía.

Escucha la historia. Este Papa, en pocos años, desde el 1905 al 1910, promulgó hasta ocho decretos para estimular a todos, hasta a los niños y enfermos, a que comulgaren con frecuencia, apartando dificultades y concediendo favores a todos. Pues bien, a los pocos días de lanzar el último decreto, mientras daba gracias después de la Misa, hízose en su aposento un gran resplandor, y en medio de su luz se le apareció Jesucristo, quien, congratulándose con él, le dijo: —Muy bien, mi buen Vicario; estoy contento de tu obra, de la Comunión frecuente de los niños y de los adultos.

Y haciendo hincapié sobre lo que decía, añadió: —Pero todavía no basta, debe continuar aún, porque la salvación del mundo en los tiempos que corren está basada en la Sagrada Comunión.

D. — Admirable, Padre; y ¿es fidedigno este relato?

M. — Sin duda, pues así lo ha hecho público y lo ha asegurado el Cardenal Merry del Val, entonces secretario de Estado, que presenció en parte la aparición.

Calcula, pues si después de tales testimonios nos hemos de formar una gran Cruzada de cristianos que sean generosos con la Comunión frecuente y estén siempre dispuestos a decir: —Si es voluntad de Dios, si lo quiere asi el Vicario de Jesucristo, el Papa, también nosotros lo queremos por encima de los mayores sacrificios.

Por el contrario, siendo negligentes en la Comunión frecuente, corremos el grave riesgo de que más tarde nos dirija Jesucristo en el juicio particular el terrible y bochornoso anatema: — ¡No os conozco!

domingo, 9 de abril de 2017

GENEROSIDAD (Como se manifiesta generoso Jesús, a los que son generosos con El en la comunión)




Maestro.¿Has leído, mi querido discípulo, el hecho del Evangelio en el que representa a Zaqueo bajando de prisa del árbol en que había subido, para honrar a Jesucristo en su casa?

Discípulo. — Creo que sí; pero no lo recuerdo bien. Repítamelo.

M.Se lee, pues, en el Santo Evangelio que Zaqueo, usurero, esto, es avaro y ladrón, al oír que Jesús pasaba junto a su casa, sintió gran deseo de verlo; pero el respeto humano y el miedo le hicieron subirse a un árbol, y desde allí, escondido entre las ramas, esperaba su paso. Pasaba, pues, el Salvador y, conociendo la estratagema de Zaqueo, alzó la vista y, mirándole fijamente, le dijo sin más razones: —Zaqueo, baja en seguida, porque hoy mismo quiero comer en tu casa.

El pobre Zaqueo, lleno le vergüenza y confusión porque le han descubierto, de momento asómbrase a las palabras de Jesús, pero luego se precipita del árbol, corre veloz a su casa; cuenta, con rostro inmutado, a sus familiares el encuentro que ha tenido con el Divino Maestro y la forma como El mismo se ha invitado a venir a su casa, y dice que es necesario preparar inmediatamente, porque vendrá también con El sus apóstoles.

La noticia llena de alegría todos los corazones: todos se preparan, y cuando llega Jesús con los apóstoles, está todo dispuesto.

Siéntanse a la mesa en medio de la mayor intimidad; diríase que forman una familia de amigos que se conocen de mucho tiempo. Zaqueo y los suyos no se cansa de oírle hablar y se sienten entusiasmados de admiración.

En medio de la conversación habla Zaqueo y dice:

—Maestro: yo quiero acabar con esta vida usurera que llevo; daré cuatro veces más de lo que he defraudado.
Todos se maravillaron de tamaña resolución; y Jesús, mirándole y sonriendo visiblemente conmovido, le estrechó fuertemente la mano, como diciéndole:

— Así me gusta, esto esperé de tí; te lo reconozco y te bendigo.
D.¡Hermoso es esto! Zaqueo, usurero, y por tanto, avaro, prepara un banquete a Jesús y a su comitiva... Zaqueo, usurero y ladrón, se arrepiente y propone restituir cuatro veces más de lo que ha robado... ¡Esto es un milagro!

M. — Sí, por cierto, un milagro de la bondad del Corazón de Jesús y de su misericordia para con los pobres pecadores. Jesucristo hizo este milagro, porque vió la generosidad de Zaqueo para con El, y la que estaba dispuesto a manifestar por el prójimo y por los pobres. Jesucristo cambia el corazón del que es generoso para con El, para con la Iglesia y con sus pobres, suscitando en su corazón santos propósitos, infundiéndole valor y ánimo para realizar grandes obras.

Las vidas de San José Cottolengo, de San Juan Bosco y de tantos otros Santos son testimonio patente de cómo Jesucristo bendice a los que son generosos con El, haciendo se multipliquen sus obras de caridad.

Jesús no ama los corazones ruines ni a las almas roñosas, sino a las generosas.

sábado, 1 de abril de 2017

LOS CUATRO GRADOS DEL AMOR (en la comunión)





Discípulo. —Hábleme más, Padre, de este amor que debemos a Jesucristo, y del modo como podemos manifestárselo.

Maestro. —Este amor necesita manifestarse y completarse de cuatro maneras:

Primera: Con la presencia del Amado.

Segunda: Entregándose al Amado.

Tercera: Uniéndose a la persona amada, y

Cuarta: Sacrificándose por la persona añada. Las expresiones: “Quisiera estar siempre en tu compañía”, “ser siempre tuyo”, “hacer siempre lo que tú quieres”, “morir por ti”..., etc., etc., son expresiones corrientes entre dos personas que íntimamente se aman; son las expresiones que usa Jesucristo con nosotros, y no solamente las pronuncia con los labios, sino que las ratifica con las obras en el Santísimo Sacramento.

¿Qué ha hecho y qué hace constantemente Jesucristo en la Eucaristía?

Primero: Está con nosotros, noche y día, en nuestras iglesias.

Segundo: Se entrega por completo a nosotros: su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad; quiere ser todo nuestro y estar constantemente a nuestra disposición.

Tercero: Se une íntimamente a nosotros y se hace una sola cosa con nosotros en la Santa Comunión.
Todos los días se renueva en la Santa Misa el sacrificio que hizo por nosotros en el ara de la Cruz. Así es como El completa y perfecciona su amor para con nosotros.

D. —Entonces, si Jesucristo ha instituido la Santísima Eucaristía para completar y perfeccionar su amor para con nosotros, ¿nosotros debemos hacer lo mismo por El?

M. — Claro que sí; debemos, en primer lugar, desear su compañía, y después acompañarle de veras, quedándonos el mayor tiempo posible en la iglesia, desde donde nos llama y en donde nos espera con verdadera ansiedad: “Venid a Mí todos, porque mis mayores delicias consisten en estar con los hijos de los hombres”.

San Juan Bautista Vianney, cura de Ars, contemplaba un día, a un campesino sencillo que, con la mirada clavada en El Sagrario, pasaba largas horas en la iglesia. Lo preguntó qué era lo que hacía tanto tiempo y el campesino le contestó con la mayor sencillez: —Miro yo a Jesús, y El me mira a mí, y los dos quedamos satisfechos—. Dichosos nosotros si llegamos a contentar a Jesucristo, que pide nuestra correspondencia a su amor; darle gusto, estando en su compañía. Mirarle sin más preocupación... Él nos mirará a nosotros, satisfecho del mutuo amor.

D. — Seguramente será éste el mejor modo de prepararse para comulgar y para dar gracias, ¿verdad, Padre?

M. — Ya lo creo, y también el mejor medio de santificarnos.

El Venerable Siervo de Dios Andrés Beltrame, sacerdote salesiano, después de una larga enfermedad que había agotado sus fuerzas, pidió una habitación que tenía una ventana mirando a la capilla, y desde ella pasaba las horas del día y de la noche mirando a Jesús, hablando con El, suspirando, de tal manera que todo el día y gran parte de la noche hacía la guardia a Jesús, quien le daba fuerzas para sufrir y callar, para sufrir y sonreír en el dolor, tener pena y cantar, sintiéndose y siendo en realidad feliz con su suerte, a pesar de su continua inmolación e incesante martirio.

D.¿Y se santificó?

M.Sí, por cierto; y tal vez dentro de poco le veremos elevado al honor de los altares.

En segundo lugar debemos corresponder mutuamente al don preciosísimo de sí mismo que Jesucristo nos ha hecho y continuamente nos hace, ofreciéndole cada vez que vayamos a su encuentro, y, sobre todo, cuando le recibamos en la Sagrada Comunión nuestra mente, nuestro corazón, nuestras alegrías y nuestras penas, nuestras buenas obras y todo lo nuestro, como flores, luces, adornos y encajes para su altar y limosnas para sus pobres. Así hicieron los primeros cristianos y todos los verdaderos amigos de Jesús.

domingo, 26 de marzo de 2017

Comulgar con fe y amor




Discípulo. — Dígame: Padre, ¿cuáles son las disposiciones para comulgar bien y con fruto?

Maestro. –– Primeramente, nunca debemos acercarnos a comulgar como autómatas, con frialdad, apatía o indiferencia, sino con devoción, fervorosos, rebosantes de fe y de grande amor. ¿Acaso este Sacramento no es el Misterium fidei, el misterio de Fe por excelencia? Sí, es misterio de fe porque creemos en él en contra de nuestros sentidos, que no ven en la Hostia blanca y pura más que el pan, en el cáliz otra cosa que vino, sintiendo el sabor, olor y tacto de pan y de vino.

Pero si, efectivamente y con la mayor firmeza, creemos que en la Santísima Eucaristía está presente real y verdaderamente Jesucristo, verdadero Dios, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y creemos que al ir a comulgar recibimos en verdad a este Dios, que entra en nosotros y se hace uno con nosotros, ¿qué sentimientos y afectos deberemos llevar, tener, sentir? ¿Qué alegría no experimentaremos? ¿Qué esperanzas de consuelo y de protección? ¿Cuál no deberá ser la profundidad de nuestra voluntad y devoción al recibirlo? ¿Con qué anhelo no suspiraremos por El, invocándole, suplicándole y dándole gracias?

Léese en la Vida de San Felipe Neri que empleaba el mayor tiempo posible para la celebración de la Santa Misa y para dar gracias, y que frecuentemente despedía al monaguillo después de la Consagración con estas palabras: —Vete, ya volverás dentro de una o dos horas, cuando yo te llame. Y entretanto se comunicaba con Jesús, Hostia viviente en el Altar, por largo tiempo y en íntima conversación, como un amigo con su amigo más entrañable.

D. —Yo también, Padre, he oído hablar y contar lo mismo de algunos santos, que, celebrando la Misa, en el momento de la Consagración y de la Comunión, veían y sentían visiblemente a Jesucristo, como le sucedió muchas veces al Beato Juan de Ribera, al Beato Eymard, a San José Cottolengo, a San Juan Bosco y a muchos otros.

M.— Sin contar los sacerdotes, es muy cierto que muchos otros, como Santa Teresa de Jesús, Santa Teresita del Niño Jesús, San Luis Gonzaga, el Siervo de Dios, Domingo Savio, etc., etc., con frecuencia quedaban arrobados, en éxtasis, después de comulgar, y al volver en sí de este suavísimo sueño, se sentían rebosar de Jesús y de sus divinos consuelos.

D. ¡Ah, sí me lo concediera el Señor a mí alguna vez!

M. –– Sí, te lo puede conceder, pues ¿quién es capaz de contar el número de almas a quienes Jesús se ha manifestado de esta manera sensible y real? Habiendo fe y amor, existe también el milagro.

D. — Padre, por lo que toca a la fe, creo tenerla, pues estoy firmemente convencido de estas grandes verdades; pero en cuanto al amor no me basta todavía. Dígame algo sobre él.

M.Santo Tomás de Aquino, serafín de amor, dice que debemos acercarnos a comulgar con el mismo impulso con que se precipita la abeja sobre la flor para libar el polen que después convierte en dulcísima miel; con la misma ansiedad con la que, calenturiento, se lanza uno sobre el agua para calmar su sed; con la impetuosidad con que el niño se pega al pecho de su madre para chupar la leche que ha de convertir en su sustancia. El amor es un fuego que todo lo abraza. Si amáramos de veras a Jesús, desearíamos recibirlo con más ardor, y frecuentaríamos más la Sagrada Comunión. “El amor no es amado”, decía Santa Teresa derretida en lágrimas.

D. –– ¡Oh Padre, qué cosas tan hermosas! Pero prácticamente, ¿qué hay que hacer para sentir ese amor y esa fe?

M. — Es cuestión de acostumbrarse, pues se consigue poniendo sumo empeño y esforzando mucho la buena voluntad. O mejor, es cosa de hacerse siempre niños, considerar la Comunión como la leche que debe darnos la vida, el crecimiento, la robustez, la perfección, la santificación y la divinización. En vez de en el niño, pensemos en el pobre que pide al rico, en el enfermo que pide la salud al médico, en el náufrago que demanda ayuda y salvación.

Hace algunos años asistí a un enfermo muy grave, que no cesaba de pedir viniera el médico. Cuando éste llegó, inmediatamente exclamó: “Doctor, ¡no me deje morir! ¡No me deje morir!” Este grito de angustia expresaba la confianza sin límites que este pobre enfermo había depositado en el médico y el favor que le pedía de curar sus males. Nosotros somos los necesitados de siempre, los enfermos de todas horas; necesitamos constantemente la Eucaristía, que es el tesoro inagotable, la medicina y el bálsamo divino: acerquémonos a la Comunión y repitamos también nosotros la súplica de aquel moribundo: — ¡Jesús, no me dejéis morir! ¡Haced que viva para amaros siempre y más y más!

En todas las peregrinaciones que continuamente se hacen a Lourdes desde hace casi noventa años, por ser la ciudad del milagro, se celebra una función especial, que consiste en bendecir a los enfermos con el Santísimo, llevado por uno de los señores Obispos allí presentes.

Siempre se desarrollan escenas de fe y de amor. Miles y miles de fieles, postrados de rodillas, lloviendo o bajo un sol canicular, no cesan de gritar: ¡Jesucristo, tened piedad de nosotros! ¡Jesús, haced que vea! ¡Haced que oiga! ¡Haced que ande! ¡Haced que sane!

Espectáculo por demás conmovedor, al que nadie puede asistir sin extremos de fe y sin derramar lágrimas. La oración brota espontánea de los labios, nace impetuosa, atronando el espacio, capaz por sí sola de ablandar los corazones más duros, y que cada vez es seguida de los más estruendosos milagros.

Pues bien, cuando asistimos a la Santa Misa y nos acercamos a comulgar, acordémonos de Lourdes, y lancemos con todo el ardor de nuestro espíritu estas mismas invocaciones de fe, de esperanza y de amor.

D. — Entonces podríamos decir en verdad que nuestras Comuniones fructifican y son muy agradables a Jesucristo.

M. –– Serían tal como Jesucristo las quiere y como deben ser siempre: obradoras de milagros.



COMULGAD BIEN


Pbro. Luis José Chiavarino

domingo, 12 de marzo de 2017

Ni excesiva tolerancia ni demasiada exigencia (a la hora de comulgar)




Discípulo. —Muy agradecido, Padre, porque he entendido muy bien cuanto se refiere a las tres condiciones para hacer una buena Comunión; pero aún me queda alguna duda.

Maestro. —Dilas, pues; exponlas.

D. —Al ver, por ejemplo, a algunos que se acercan a comulgar distraídos o de prisa, disipados, con poca modestia, hasta poco decentemente vestidos, y a veces hombres de una conducta que deja algo que desear, digo para mis adentros: ¿No sería mejor que no comulgaran, o al menos no lo hicieran diariamente? ¿Cometo falta pensando de esta manera?

M. —Sí, la mayor parte de las veces haces mal pensando de esta manera, porque todos ellos es muy posible que tengan defectos, pero no cometen faltas graves; y no cometiendo pecados graves, siempre pueden y son dignos de comulgar, no sólo de cuando en cuando, sino con frecuencia, porque el que está preparado para comulgar de tanto en tanto puede comulgar también cada día.

D.¿Luego no hay que ser demasiado exigentes?

M. —No, por cierto; ni más exigentes que la Iglesia ni más papistas que el Papa, según canta el refrán. La excesiva exigencia llega a alejar a muchas almas, y este alejamiento hace que la gracia de Dios disminuya, y de aquí se facilite la caída en el pecado mortal. Dijo Jesucristo: “No necesitan los sanos de médico, sino los enfermos”, y por lo tanto, éstos que tú dices son enfermos con derecho a recibir la Sagrada Comunión, o sea, a acercarse a Jesucristo, que vino para ellos, para curarlos y sanarlos.

D.¿Y si no sanan nunca?

M. — Paciencia, si no llegan a sanar. Serán siempre los enfermos predilectos de Jesús, de sus bondadosos cuidados y de su compasión, de la que ninguno debe alejarlos.

D. —Son enfermos crónicos, ¿verdad, Padre?

M. —Es verdad; pero ¿acaso los médicos desahucian a los enfermos crónicos? ¿Acaso pueden deshacerse de ellos y dejarlos sin curar?

D. —No, Padre; antes al contrario, esta clase de enfermos requieren más cuidados y más miramientos.

M. —Así se contesta; por lo tanto, no hay que ser demasiado exigentes.

D. —A veces, sin embargo hay quienes abusan y se acercan al comulgatorio con modales tan estudiados y con formas tan extrañas, con vestidos tan raros...

M. —En casos semejantes será bueno y hasta obligatorio —pasando disimuladamente de largo y con cierta prudencia y desenvoltura, de manera que será fácil que nadie se dé cuenta— no darles la Comunión...

D. ¿Qué dice, Padre? ¿Y no se quejarán?

viernes, 24 de febrero de 2017

HAY QUE ESTAR EN AYUNAS PARA COMULGAR




ACLARACIÓN: Esta parte del libro se rige por el CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO DE 1917.


Discípulo. —Padre: Dígame aún algo sobre el ayuno prescrito antes de recibir la Sagrada Comunión.

Maestro. —El que se acerca a recibir la Sagrada Comunión sabiendo que no está en ayunas, comete siempre sacrilegio, si no hay razones especiales de enfermedad o la debida dispensa.

D.¿Y cuáles serían estos motivos especiales de enfermedad?

M. —Escucha con atención, y procura entenderlo bien. La Iglesia permite comulgar sin estar en ayunas a los moribundos y a los enfermos graves, a los cuales se les administra la Comunión como Viático. Permite comulgar por devoción dos veces a la semana a los que, sin estar graves, llevan más de un mes enfermos sin esperanza de un pronto restablecimiento. Estos, si les es difícil estar en ayunas, pueden, antes de comulgar, tomar algún líquido, como café, leche, medicinas liquidas, huevos batidos, caldo, etc.

D. —Padre, ¿no habrá abusos en esto?

M.¡Ya lo creo! ¡Hecha la ley, dice el proverbio, hecha la trampa! El engaño en esto lo sufren los mismos enfermos, los parientes y, con frecuencia, los sacerdotes y los confesores. Pero la trampa es siempre trampa, y por tanto una mala acción. La piedad falsa, que conduce a la desobediencia de la Iglesia, no agrada nunca a Dios.

D.¿Y de los que tienen dispensa?

M. —Estos, que son reducidos, muy pocos, pues la Iglesia en esto es rigurosa y procede con pies de plomo al conceder estas dispensas, deben atenerse estrictamente al tenor de la suya, ni extenderla ni interrumpirla según su capricho, sino entenderse con el confesor, quien se supone sabrá interpretar las normas de la Iglesia antes que condescender a los caprichos de los individuos.

D. —Y si alguno se encuentra en las mismas circunstancias y condiciones de otros que han obtenido la dispensa y con los mismos motivos señalados en ella, ¿podría, según su criterio, creerse dispensado del ayuno e ir a comulgar en este estado?

M. —Por buen criterio que tenga, debe sujetarse a lo que la Iglesia dispone, sin servirse por sí mismo de permisos no pedidos o todavía no concedidos. El que así obrara cometería sacrilegio cada vez que comulgara.

D.¿No podría el confesor autorizarle en determinados casos?

lunes, 13 de febrero de 2017

DE DIOS NADIE SE BURLA (en la Eucaristía)




Cuenta la Historia Sagrada, en el capítulo I del Libro de los Reyes, que, al devolver los filísteos, castigados por Dios, el Arca Santa tomada a los israelitas, se detuvo ésta en el campamento de los betsamitas, que celebraron gran fiesta al tenerla entre ellos; pero algunos, por exceso de curiosidad, se acercaron y la abrieron para ver lo que contenía. Esta falta de respeto, que a nosotros parece ligera y sin importancia costó la vida a más de cincuenta mil de ellos, que cayeron muertos en tierra, mientras el pueblo gritaba:  
    
–– ¡Cuan terrible es la presencia de un Dios tan santo y poderoso!

D. –– Por lo visto, Padre, de Dios nadie se burla.

M. –– Así es. Por esto, si nosotros fuéramos hombres de fe, deberíamos prorrumpir en las mismas palabras y temblar de espanto al acercarnos a Jesús, que vive en la Santísima Eucaristía; más, por el contrario, cuántos imitadores tienen los betsamitas. Son cristianos, van alegres y deseosos a ver y recibir a Jesús, pero no hacen lo que deben para honrarle como merece. No son capaces de ver las llagas de su alma: están pegados a la tierra, a sus sentidos, a su egoísmo.

No advierten que, cometiendo siempre las mismas faltas y teniendo los mismos defectos, sin enmendarse de ellos, se acercan con excesiva temeridad a aquel tremendo Misterio del que el arca no era más que una simple imagen; convierten el remedio en veneno, hallando la muerte en las fuentes mismas de la vida. En el Libro segundo de los Reyes se encuentra este otro episodio:

El rey David hizo trasladar el Arca a la ciudad de su residencia, en medio del júbilo y transporte del pueblo. Puesta sobre una carroza nueva, los bueyes se negaron a seguir y coceando la hicieron ladear. Entonces Oza, un levita, levantó el brazo para sostenerla, cuando al instante la ira de Dios cayó sobre él, y rodó muerto junto al Arca a causa de este atrevimiento.

D. ¡Pobrecillo! ¿Y qué contenía el Arca?

M.El Arca Santa, además de las Tablas de la Ley y la Vara de Aarón, contenía el Maná, figura de la Eucaristía. Con esto debemos darnos cuenta de que este Pan celestial no se debe dar a las almas indignas, ya sea porque están en pecado o porque no tienen fe.

Esta semejanza del Arca Santa con la Santísima Eucaristía la recuerda San Pablo cuando dice que en los primeros tiempos de la Iglesia eran castigados muchos cristianos con enfermedades y hasta con la muerte, como Oza, por haberse atrevido a comulgar en forma indigna de la santidad de tan gran Sacramento.

D.¿Hay también en nuestros días hechos semejantes que nos recuerdan aquellos castigos?

M. —Tenemos muchos como el que sigue: Una muchacha de dieciséis años había pasado toda la noche bailando y a la mañana siguiente se acercó, atrevida, a comulgar para disimular su falta ante el párroco y las demás compañeras. Pero, ¡pobrecilla!, apenas hubo comulgado, se apoderó de ella un escalofrío, se le descompuso el interior, y en breves momentos, seguidos de un vómito tremendo, echó fuera, juntamente con la Sagrada Forma, toda la comida y después las entrañas a trozos.

D. —Cierto que de Dios nadie se burla. Por esto yo comulgaré siempre dignamente, con el más profundo respeto y reverencia hacia tan sublime misterio.

M. — ¡Muy bien! Todos deberían proponerse lo mismo, y comulgar cada vez con la mejor disposición, con los mejores sentimientos de piedad y devoción de que uno es capaz.

D. — ¿Y qué han de hacer los que, aun queriendo, no sienten esta piedad y devoción?

M. —A muchos les basta la fe interna y los esfuerzos que hacen para conservarse en gracia de Dios; otros lo suplen con la sencillez de corazón libre de culpas voluntarias. Los que Jesús detesta son los desgraciados maliciosos, los indiferentes, los tibios, y más aún, los que pretenden servir a dos señores, ser cristianos y paganos, creyentes y liberales, buenos y malos, castos y deshonestos.

D. —Aquellos, en fin, que cantan para espantar sus males, ¿no es cierto, Padre?

M. —Esos, esos; no me atrevía a decirlo. Pero llegará el día en que, desprendidas las vendas de sus ojos, cuando acaben los misterios, aparecerán claros y diáfanos los sacrilegios cometidos por haber comulgado mal, y se llenarán de general vergüenza los que profanaron a Jesucristo, al Salvador bondadoso. Ahora Jesús se oculta y calla, pero entonces aparecerá con todo el esplendor de su majestad y como Juez riguroso.

D. — ¡Ya basta, Padre, que tiemblo!

M. —Ojalá temblaran todos los presumidos, todos los indignos, los traidores, los miserables sacrílegos... Jesús, que es tan bondadoso, les conceda conocimiento, temor y conversión.


Pbro. Luis José Chiavarino

"COMULGAD BIEN"