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viernes, 29 de mayo de 2026

“LA TARDE DE LA VIDA”

 



(Traducción del Presbítero D. Francisco José Vergara)

Año 1910.

 

El alma del enfermo, y el Sacerdote.

 

   La vida, que en cada uno de nosotros ha tenido su aurora, su desarrollo progresivo y su curso más o menos largo y más o menos mezclado de goces y tristezas, tendrá también su fin. Así como la luz del día, que se extingue entre las sombras de la noche, la vida acabará también, volviendo a la sombra y al silencio.

 

   Esta última faz de una existencia que termina tiene también algo de solemne y conmovedor. Se siente que la vida no concluye aquí sino para volver a  empezar en otra parte, y parece que sus últimos latidos pertenecen ya a ese desconocido y  terrible misterio del más alla, en que, según la fe, continúa la historia de las almas.

 

   La enfermedad, ese mensajero de Dios, cuya misión providencial no siempre se comprende bien. La enfermedad no es solamente el crisol en que se purifica la vida, sino también el molde de donde sale rejuvenecida y perfecta. La sumisión a la voluntad de Dios, que envía la enfermedad, no es incompatible, con el deber de proteger nuestra existencia ante el mal de que se ve atacada, salvo el cuidado excesivo del cuerpo en detrimento del alma. Hemos por lo tanto de procurar la salud, poniendo nuestra confianza en el médico de nuestra elección.

 

   En las líneas que siguen trataremos sobre todo de los intereses de esta alma, que va a comparecer delante de Dios.

 

   A los ojos de la ciencia, y desde un punto de vista meramente humano, el enfermo es ya digno de toda atención. Tiene la grandeza moral de un vencido, al que nadie se atreve ya a herir; y por humillantes que sean los desfallecimientos de ese cuerpo quebrantado o lentamente devorado por la enfermedad, el enfermo no es menos digno de respeto y consideraciones.

 

   Pero es la fe la que principalmente nos revela todo lo que hay en el enfermo de nobleza y dignidad. El Salvador, que rehabilitó la pobreza al tomarla para sí en Belén y Nazaret, quiso también ennoblecer el dolor, y por tanto se condenó a los sufrimientos. Había venido para salvar las almas, y dio como prueba de su misión divina la curación de los enfermos. A los que les interrogaba sobre esa misión, les respondía: “Id a anunciar que son curados los enfermos.”

 

   De todas partes les llevaban los enfermos; y como para enseñarnos lo que nosotros debíamos hacer después; para ellos eran sus palabras más dulces y sus más tiernos cuidados. Ni esperaba a veces que los enfermos llegasen hasta ÉL, sino les curaba desde lejos, como lo hizo con el criado del centurión.

 

   Por la tarde, cuando el día había transcurrido en las faenas de la predicación, parecía hallar reposo en el cuidado de los enfermos; les hablaba dulcemente; extendía sobre ellos sus manos, bendiciéndoles, y los despachaba curados.

 

   “Para colmarlos de honor, dice Monseñor Plantier, hace miembros de su propia Humanidad Santísima a todos los que sufren; considera como hechos a ÉL mismo los cuidados que a aquéllos se prodiguen; reputa ofensa a ÉL mismo el abandono en que se les deje; y aun podría decirse, amplificando la hermosa frase de Salviano, que así como Cristo es el que mendiga en la universalidad de los indigentes, ÉL es también el que sufre en la universalidad de los enfermos.”

 

   Esta majestad de que Dios ha revestido el dolor, asigna a éste, igualmente, un rango magnífico en la Iglesia, y un lugar de preferencia en sus respetos y en su abnegación. Bossuet hablaba elocuentemente de la “eminente dignidad de los pobres en la Iglesia.” Apropiándonos esta palabra, podríamos hablar De la eminente dignidad de los enfermos.

 

   Para honrar en los enfermos la imagen de AQUEL que es el objeto de sus adoraciones, la Iglesia les ha construido casas suntuosas como los palacios, y casi tan veneradas como los templos; y para cuidar de ellos allí mismo, ha suscitado legiones de servidores voluntarios, que se muestran altivos de su misión, y miran como un honor el cumplimiento de faenas de que difícilmente se encarga un mercenario. Esta noble misión se nos confía también a todos, pues a cada uno de nosotros encarga Dios, a lo menos dentro de cierta medida, el cuidado de esa alma que va a dejar la tierra.

 

   Cuando se hayan agotado en torno del lecho todos los cuidados que dicta el afecto y todos los recursos que dicta la experiencia; cuando la ciencia misma se declare impotente, entonces, no sin perder la última esperanza, debéis pensar en esa alma, que es todo lo que os queda de esos seres queridos.

 

   Hay un hombre (el sacerdote) a quien el mundo escéptico y burlón afecta tratar con desdén, cuando no se le irroga la injuria de clasificarle entre los que desempeñan una función cualquiera, retribuida por el Estado. Su misión es discutida por unos y desconocida por otros; para muchos viene a ser como un personaje extraño, cuya palabra es importuna y cuya presencia fastidia. Si se le hace lugar a veces en las reuniones ordinarias, se le teme en las horas dolorosas de la enfermedad; parece que en los pliegues de su austero traje llevara una especie de sentencia de muerte. El médico puede multiplicar sus visitas, de cuya inutilidad nadie se hace ilusión; los amigos, y el Notario mismo, podrán tratar largamente de las disposiciones testamentarias; sólo al “sacerdote” se le teme como a hombre de mal presagio.

 

   El célebre filósofo Cousin, hallándose un día de paseo con un amigo, alcanzó a ver a un sacerdote que entraba a una pobre vivienda, llevando bajo el brazo una sobrepelliz y una estola. Cousin le siguió con la mirada, y volviéndose le dijo: “¿Véis a ese sacerdote?  Va a hacer una gran cosa: Y va ayudar a un hombre a bien morir. Nosotros, durante, treinta años, hemos tratado de demostrar la existencia del alma sin lograrlo jamás. Mientras tanto, estos sacerdotes que desdeñamos, van a combatir el vicio en las almas de los malos; la tentación, en los que dudan; la desesperación, en los que sufren. A todos, alcanza el socorro de su abnegación, tan heroica como desconocida. Y nosotros querríamos arrojarlos al agua. Más valdría que nos arrojaran a nosotros mismos. ¡Sí! Ellos se sacrifican por esas almas cuya existencia nosotros di cutimos tan inútilmente. ¡Sí! Ellos son necesarios; y nosotros, con toda nuestra ciencia, ¿De qué servimos?

 

   Recordaos: “¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia.” (Santiago. V. 14).

 

 

 

 

lunes, 15 de mayo de 2023

¿Qué es un Cura?


 



   INDIVIDUALMENTE considerado, el cura es un hombre que pudiendo disfrutar de los goces del mundo, renuncia a ellos para consagrarse por completo al servicio de una idea que sabe de antemano ha de convertirle en blanco de contradicción de muchos, en víctima de burlas para no pocos y en objeto de las investigaciones de gran número de gentes que están deseando pescarle en la más leve falta para desacreditarle a los ojos de todo el mundo.

   En menos tiempo que el que tardó para llegar al sacerdocio pudo hacerse abogado y aspirar a ruidosos triunfos en el foro, de esos que además de honra dan positivos provechos. Pudo seguir la carrera de las armas y llegar a figurar en los puestos más preeminentes de la milicia; dedicarse al comercio y realizar una pingüe fortuna, y sobre todo, lanzarse a la política y con una gran dosis de desaprensión y osadía escalar las alturas del poder y ser arbitro de los destinos de todo un pueblo.

   En cambio, como cura no podrá pasar, desde el punto de vista de las comodidades humanas, de una modesta medianía, rayana no pocas veces en la miseria. El traje que ha de vestir es humilde; las diversiones con que se solaza el mundo, aun aquellas que no son pecaminosas para los seglares, le están vedadas, y su alimentación, aunque el carácter de que se halla investido y el ejemplo que debe dar a los demás no se lo impusiera, ha de ser forzosamente frugal en razón a la escasez de sus emolumentos.

   ¿Pero por qué se ha hecho cura? ¿Acaso por egoísmo y para verse libre de los cuidados y sacrificios perennes que exige la familia a cambio de los fugaces goces que proporciona? Nada de eso; el cura tiene por lo general, todas las cargas que la familia impone, sin los goces que proporciona la que el seglar se forma por medio del matrimonio.

   El padre y la madre, ancianos, requieren su protección, y si no los tiene, pocas veces le faltan hermanos a quienes amparar o colaterales en cuyo auxilio ha de acudir.

   Por ambición ya hemos visto que no ha tomado el estado eclesiástico, pues en cualquiera de las carreras o profesiones que hemos citado y en muchas más que hemos omitido, habría tenido más ancho campo para satisfacer sus aspiraciones en este punto.

   ¿Se habrá hecho cura por misantropía o aborrecimiento al resto del linaje humano? Tampoco; porque el cura está en contacto con el mundo, aunque no vive según el mundo. ¿Y con qué mundo vive? No seguramente con los que se divierten y gozan de los placeres de la vida, sino con los que sufren, con los que lloran, con los angustiados por todo género de calamidades.

   Si se dedica al confesonario, ¡qué de miserias y de horrores se ve obligado a escuchar! ¡Cuántas dolencias morales tiene que curar! ¡Qué casos más intrincados de conciencia ha de resolver! ¡Cuánta dosis de paciencia y de misericordia tiene que emplear para escuchar tranquilamente el relato de los más repugnantes pecados sin dejar desbordar los sentimientos de repulsión que el delito produce en todo pecho honrado, a fin de no desesperar con una dureza impremeditada al pecador que a él se confía! ¡Qué tacto ha de desplegar en la reprensión de los vicios! ¡Qué prudencia en dar los consejos que se le piden! ¡Qué tino en sondar las llagas del alma, a fin de no irritarlas en lugar de sanarlas!

   Si se dedica con preferencia a la predicación, no son menores sus afanes ni los temores de incurrir en tremendas responsabilidades por el uso que haga en este punto de los talentos que Dios le ha dado.

   No va como el orador parlamentario o tribuno, a escuchar los aplausos de un público a quien puede entusiasmar con períodos grandilocuentes, aunque se hallen, como por lo general están esa clase de discursos, formados con palabras vanas o vacías de sentido. Va, por el contrario, a predicar una doctrina que pugna con los apetitos de la carne, que se opone a la vanidad humana, que está en guerra abierta con lo que el mundo desea y quiere. Sabe, y esto le alienta, que le está prometida la asistencia del Espíritu Santo, pero no ignora que ha de merecerla por una preparación solícita, por un estudio concienzudo, y sobre todo, por una pureza de intención que excluya todo objeto que no sea el fin elevado que su misión apostólica le impone, y esto le hace experimentar no pocas zozobras y temores.

   Vive, sí, en el mundo el cura, y puede decirse que es esclavo de todo el que padece, porque el enfermo le llama a la cabecera de su cama, y aunque sea a hora avanzada de la noche, ha de levantarse de su lecho, como el médico, para acudir al apremiante llamamiento. Con una diferencia muy notable, a saber: el médico se lucra con esas molestias inherentes a su profesión, mientras el cura no recibe recompensa ninguna material, y sabe, por el contrario, que no pocas veces ha de ser mal recibido por algún pariente anticlerical, que, por espíritu sectario, quiere privar al moribundo de los auxilios espirituales que el cura va caritativamente a prestarle.

   Pero si demostrado queda con esto que el cura no lo es, ni por egoísmo, ni por ambición, ni por misantropía, ¿cuál puede ser la causa de que haya abrazado el estado eclesiástico con preferencia a cualquiera otro?

   La respuesta no puede ser más sencilla. El cura digno de este nombre ha seguido, para serlo, los impulsos de una vocación que implica, el amor más sublime y más puro hacia el género humano.

   Humilde pensamiento de Nicky Pio: Siempre lo dije entre mis conocidos, incluso se lo dije a muchos sacerdotes, cualquier profesión, realiza una labor que tiene como destino lo efímero. Por ejemplo: El médico sana, pero el hombre está destinado a morir indefectiblemente, el ingeniero puede hacer el más resistente edificio pero el tiempo tarde o temprano lo volverá una ruina, etc. “PERO CUANTO HACE UN SACERDOTE, LO HACE PARA LA ETERNIDAD”

 

“Apostolado de la prensa”


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Los curas (parte IV y final)




Los malos curas.

  Ya estamos esperando esta objeción a que se agarran como a un clavo ardiendo los enemigos de la Iglesia.

   — ¿Cómo entonces —dicen— y siendo la misión del cura tan augusta y tan necesaria, permite Dios que existan malos curas, y cómo, dado que lo permite, no adolecen de vicio de nulidad todos los actos que como tales curas realizan?

   Respecto al primer punto, diremos que la existencia de los malos curas que no son, ni mucho menos, tantos como la impiedad supone, sino muy pocos en comparación de la totalidad de la clase sacerdotal, diremos que Jesucristo escogió sus Apóstoles entre los hombres, para que su flaqueza de tales les hiciera tener conmiseración de las flaquezas de los demás hombres, y para que éstos tuvieran menos vergüenza al manifestar sus debilidades a seres tan expuestos como ellos a incurrir en el enojo de Dios. Pudo haber escogido ángeles, pero en este caso, ¿qué hombre se hubiera atrevido a poner ante la vista de esos seres celestiales e inmaculados, sus grandes y abyectas miserias?

   Y si aun tratándose de hombres, el criminal experimenta un gran temor a relatar sus delitos a un hombre honrado y sólo tiene confianza en manifestarse tal y como es, a otros criminales como él, ¿qué sucedería si hubiese de declarar sus malos hechos a seres sobrenaturales e impecables?

   La Sagrada Escritura en el libro del Génesis, trae acerca de este punto un ejemplo admirable. Caín, envidioso de las virtudes de su hermano Abel, le mató traidoramente. Y no dice el libro santo que se ocultara de su padre Adán ni de su madre Eva, no obstante el temor que debía tenerles; trató de ocultarse de la vista de Dios, porque  comprendió perfectamente el horror y la indignación que tan abominable crimen habría de causar en el Supremo Hacedor, exento de todo pecado.

   Es, pues, efecto de una gran misericordia de Dios, que su elección para enseñar su doctrina y administrar las medicinas espirituales que los hombres necesitan para curar las dolencias de su alma, recayera en hombres flacos, cuyos pecados parece como que se complace en publicar para dar más confianza a los hombres pecadores.

   Pedro, el príncipe de los Apóstoles y la piedra fundamental de su Iglesia, le negó tres veces; Tomás no creyó en su resurrección hasta que tuvo de ella pruebas tan materiales como las de tocar con sus manos las heridas hechas por los clavos de la crucifixión en las sagradas extremidades del Salvador del mundo y meter sus dedos en la llaga abierta en su divino costado. Todos los Apóstoles cometieron el acto punible de la deserción, huyendo a la desbandada cuando los sicarios de los príncipes de la sinagoga fueron a prender a nuestro Redentor, ¿guiados por quién? por Judas, uno de los doce Apóstoles.

   Más todavía: pudo, ya que su elección recayó en hombres, escoger a gente principal y calificada para la misión de publicar por el mundo la buena nueva, y en vez de esto buscó, no sólo a los más humildes, sino algunos de oficio tan mal reputado, como San Mateo, publicano y alcabalero.

   Existen, sí, por desgracia malos sacerdotes; más para la debida distinción conviene clasificarlos en dos categorías o clases, a saber: una, las de los sacerdotes que obran mal y enseñan el bien, y otra, en los que su mala conducta va aparejada con sus perversas doctrinas. Pero, caso singular: mientras los primeros son objeto de la aversión y de las censuras de los enemigos de la Iglesia y sus flaquezas son exageradas con escándalo farisaico, los segundos son objeto de admiración y de los más entusiastas elogios de parte de esos escrupulosos puritanos.

lunes, 7 de noviembre de 2016

LOS CURAS (Parte III)




Es necesario que haya curas.

   Es de todo punto incontrovertible que una creencia o un hecho casi universalmente admitidos en todos los tiempos y circunstancias, y por todos los pueblos del mundo, constituyen una verdad necesaria o un hecho cuya autenticidad no puede ponerse en duda.

   Podrá la razón humana, según esté iluminada por la luz de la fe o nublada por las tinieblas del error, creer las verdades de la única religión verdadera, o dudar de ellas o negarlas; pero no podrá negar que, sea la que fuere la creencia por que se decida, en ella encontrará siempre, bajo una u otra forma, al intermediario entre Dios y los demás hombres, o sea al cura.

   Sacerdotes han existido y existen en todos los tiempos y en todas las religiones. El judaísmo, el budismo, el paganismo y el mahometismo, reconocieron y han reconocido siempre una clase sacerdotal más o menos privilegiada, pero siempre rodeada de consideraciones y respetos de parte de los pueblos sujetos a las creencias por aquellos sacerdotes enseñadas. ¿Qué más? Hasta en el mismo protestantismo, que basado en el libre examen sostiene la facultad de que cada cual interprete las Sagradas Escrituras como se lo dicte su espíritu privado, tiene sacerdotes, y con jerarquía eclesiástica, como sucede en la secta anglicana.

   Es, pues, universal la institución del sacerdocio desde que, perdida por el primer hombre la justicia original, quedó privado de la facultad que antes tenía para comunicarse con Dios directamente.

   Y como una cosa no puede existir y haber existido siempre en todos los pueblos del mundo sin ser necesaria, el sacerdote, el cura, lo es indudablemente, aun prescindiendo de la verdad revelada que así lo demuestra. Pero ya oímos decir a algunos:

—Convenimos desde luego en esa necesidad; pero no es contra los curas precisamente contra quienes nos declaramos, sino contra los frailes.

   Sofisma burdo se llama esta figura, porque ¿qué otra cosa que curas son los miembros de las Órdenes religiosas? ¿Acaso unos y otros, no han recibido las mismas órdenes sacerdotales? Las únicas diferencias, y no substanciales, que existen entre unos y otros, es que los sacerdotes seculares viven cada cual en su respectiva casa, y los regulares habitan en común, y en que además de los deberes generales de los primeros, tienen otros especiales nacidos de la regla particular a que se sujetan, y de los votos también especiales que pronuncian.

   Un sacerdote secular puede convertirse, y no son pocos los que se convierten, en sacerdote regular, ingresando en cualquiera de las Órdenes religiosas aprobadas y bendecidas por la Iglesia, como un sacerdote regular puede pasar al clero secular por diferentes causas, entre las que podemos mencionar la de su consagración episcopal, de la que existen bastantes ejemplos.

   No hay, pues, que engañarse ni engañar a nadie acerca de este punto: el que no quiere al sacerdote regular, no quiere tampoco al secular, aunque otra cosa diga, para ver si de este modo consigue suscitar la discordia entre estas dos ramas de la familia eclesiástica. Tan cura es el uno como el otro, repetimos; la misma doctrina enseña; uno y otro predican y confiesan y hasta ejercen iguales funciones parroquiales, como sucede, por ejemplo, en las islas Filipinas, cuando la falta de clero secular u otras circunstancias especiales así lo exigen.

   Hermanos de una misma familia el clero secular y regular, tienden todos como buenos hijos a procurar la prosperidad de la Iglesia su Madre, y de Jesucristo su Padre, como Esposo místico de aquélla, y ni existen antagonismos entre ambos cleros, ni hay razón fundada para que los haya.

   Curas son unos y curas son otros, y cada cual en la órbita que su razón de ser les ha trazado, concurren a la obra común de la santificación del género humano.

   Y hecha esta salvedad, en lo que se refiere a la insidiosa distinción con que los enemigos de la Religión católica tratan de encubrir sus perversos propósitos, sigamos demostrando la necesidad de la existencia de los curas de orden más elevado que los que llevamos expuesto.

   El hombre es un compuesto de alma y de cuerpo, y tiene, por consiguiente, necesidades espirituales y corporales; tiene también dolencias morales y físicas, y así como para estas últimas reclama el auxilio de aquellos de sus semejantes que se han dedicado al estudio de las enfermedades del cuerpo, requiere el auxilio de otros hombres consagrados al estudio de las enfermedades del alma.
   Estos hombres no son otros que los sacerdotes, cuyos auxilios comienzan desde que nace un niño al que sanan de la enfermedad original con las aguas regeneradoras del Bautismo. En caso de urgente necesidad, este Sacramento puede ser administrado por cualquier seglar que tenga uso de razón y la intención de aplicarlo según el espíritu de la Iglesia: pero como esa dolencia original del alma no es la única que el hombre padece, como no lo son tampoco las enfermedades propias de la infancia, hay que recurrir al cura para que haga su oficio de médico espiritual en todas aquellas otras dolencias espirituales que el hombre padece en el transcurso de su vida mortal, por medio de la enseñanza de la doctrina cristiana y la aplicación de los Sacramentos de la Penitencia, de la Eucaristía y de la Extremaunción.

viernes, 4 de noviembre de 2016

LOS CURAS (Parte II)




Qué doctrina enseña el Cura.

   Los mayores incrédulos, los enemigos más encarnizados de los curas, tienen que darse, por vencidos en este punto. Podrá haber, y existen por desgracia, quien no crea que la doctrina que predica el cura es divina; pero nadie se ha atrevido a negar que, aun desde el punto de vista meramente humano y social, es la doctrina más perfecta que se ha conocido.

   Acudid todos los enemigos del llamado clericalismo a la iglesia donde el cura expone esa doctrina; leed, al menos, los libros en que anda impresa; no os fijéis, ya que vuestra ceguera voluntaria se opone a que penetre en vuestros entendimientos la luz esplendorosa de la fe, prescindid, repito, para vuestra desgracia, de todo cuanto en ella se refiere a la revelación, para examinar tan sólo lo que toca a los deberes del hombre con sus semejantes, y decid luego qué hay en esas enseñanzas que no constituya la más ardiente aspiración de todo ser honrado.

   Oíd lo que dice a todas horas el cura: Sed buenos padres; sed buenos hijos; sed buenos amos o patronos; sed buenos criados u obreros; sed buenos esposos; no matéis; no robéis a vuestros prójimos; no les difaméis ni quitéis la honra; no manchéis vuestros labios con la mentira; más aún, ni con el pensamiento siquiera atentéis contra la honra ni contra la propiedad de vuestros semejantes.

   Amad a los que os persiguen; haced bien a los que os aborrecen; no os contentéis con no perjudicar a vuestros hermanos, sino favorecedlos como vosotros mismos quisierais ser favorecidos.

   Sed sobrios, trabajadores, económicos; no expongáis no solamente vuestras almas, sino vuestros cuerpos, a pérdida segura sumiéndoos en el cenagal de los vicios que traen aparejadas las enfermedades y la muerte prematura. Soberanos: acordaos de que Dios os ha colocado a la cabeza de los pueblos para que los rijáis con amor de padre, no para que los oprimáis con entrañas de tiranos. Súbditos: vivid sometidos a vuestros soberanos porque la autoridad que ejercen dimana de Dios, y tenéis obligación estrecha de respetar sus mandatos en lo que no se opongan a las leyes divinas, obligatorias lo mismo para los reyes que para los vasallos.

   Esto es lo que enseña el cura y nadie podrá presentar ningún testimonio en contrario. Pero tal vez digan los enemigos de los curas: —Estamos conformes en que la doctrina es buena; pero basta para que se cumplan sus preceptos con los libros que acerca de ello se han escrito, sin necesidad de tener un número considerable de personas que nos recuerde de palabra lo que podemos leer siempre que queramos en letras de molde.

   El ningún valor de esta objeción puede demostrarse sin recurrir a argumentos más profundos, con sólo recordar el hecho de aquel emperador de la antigüedad, que se hacía seguir por un esclavo que constantemente le gritaba: — ¡Acuérdate de que eres hombre!

   Sin duda alguna el soberano a quien tal frase se dirigía, sabía de sobra que pertenecía a la especie humana; tenía además a su disposición, para recordarlo, los escritos de muchos filósofos que de ello daban testimonio. ¿Para qué entonces el esclavo encargado de advertirle a cada paso lo que tan sabido tenía?

   La respuesta no puede ser más fácil. Aquel príncipe poderosísimo sabía también que su poder era omnímodo; que su voluntad era ley inmediatamente obedecida; que le bastaba una sencilla orden, un gesto nada más, para que rodasen las cabezas de los que incurrieran en su desagrado.

   Y como tal suma de poder era ocasionada a que se juzgara un ser sobrenatural, exento de las flaquezas de los demás hombres, y esto podía dar lugar a enormes injusticias, quería tener quien constantemente le recordase su verdadera y natural condición, para que no se desvaneciera y deslumbrara con el brillo de su terrenal omnipotencia.

   A todos los hombres puede aplicarse este caso, porque todos tenemos pasiones que muy a menudo nos impulsan a proceder de una manera diametralmente opuesta a lo que exigen la justicia y la caridad que debemos a nuestros prójimos, sin contar con los deberes que tenemos respecto a Dios y de los que ahora no hablamos, para pulverizar los argumentos de los enemigos de los curas, desde un punto de vista meramente humano, ya que en los tiempos desgraciados que alcanzamos, se, hace tanto hincapié en lo que redunda en beneficio de los intereses terrenales, prescindiendo de los eternos.

   Pues bien: el hombre, tan expuesto a dejarse llevar por el impulso de sus pasiones, necesita tener constantemente una voz que le recuerde sus deberes y le mantenga en los límites de lo honesto y de lo justo, y esa voz es la voz del cura, que no dice ciertamente más que lo que enseñan los Mandamientos de la Ley de Dios, impresos en muchos libros, pero que es necesario que lo diga y lo repita, pues de otro modo esa Ley se daría pronto al olvido, porque con no leer los libros en que consta escrita, se vería el hombre libre de un recuerdo que no puede ser más importuno para los que quieran vivir sin más pragmáticas que las de su voluntad y sus caprichos.

   Para evitar ese mal, tan dañoso a la salud de las almas y al bienestar puramente humano de los individuos y de los pueblos está el cura, cuya misión doctrinal, distinta de la sacramental, de la que ahora no hablamos por no ser de necesidad para nuestro razonamiento, consiste en enseñar a las gentes, según el mandato dado por Jesucristo a los Apóstoles.

   Y que es buena la doctrina que enseña, ya queda plenamente demostrado.


“Apostolado de la prensa”

viernes, 21 de octubre de 2016

LOS CURAS (Parte I)




¿Qué es un cura?

   INDIVIDUALMENTE considerado, el cura es un hombre que pudiendo disfrutar de los goces del mundo, renuncia a ellos para consagrarse por completo al servicio de una idea que sabe de antemano ha de convertirle en blanco de contradicción de muchos, en víctima de burlas para no pocos y en objeto de las investigaciones de gran número de gentes que están deseando pescarle en la más leve falta para desacreditarle a los ojos de todo el mundo.

   En menos tiempo que el que tardó para llegar al sacerdocio pudo hacerse abogado y aspirar a ruidosos triunfos en el foro, de esos que además de honra dan positivos provechos. Pudo seguir la carrera de las armas y llegar a figurar en los puestos más preeminentes de la milicia; dedicarse al comercio y realizar una pingüe fortuna, y sobre todo, lanzarse a la política y con una gran dosis de desaprensión y osadía escalar las alturas del poder y ser arbitro de los destinos de todo un pueblo.

   En cambio, como cura no podrá pasar, desde el punto de vista de las comodidades humanas, de una modesta medianía, rayana no pocas veces en la miseria. El traje que ha de vestir es humilde; las diversiones con que se solaza el mundo, aun aquellas que no son pecaminosas para los seglares, le están vedadas, y su alimentación, aunque el carácter de que se halla investido y el ejemplo que debe dar a los demás no se lo impusiera, ha de ser forzosamente frugal en razón a la escasez de sus emolumentos.

   ¿Pero por qué se ha hecho cura? ¿Acaso por egoísmo y para verse libre de los cuidados y sacrificios perennes que exige la familia a cambio de los fugaces goces que proporciona? Nada de eso; el cura tiene por lo general, todas las cargas que la familia impone, sin los goces que proporciona la que el seglar se forma por medio del matrimonio.

   El padre y la madre, ancianos, requieren su protección, y si no los tiene, pocas veces le faltan hermanos a quienes amparar o colaterales en cuyo auxilio ha de acudir.

   Por ambición ya hemos visto que no ha tomado el estado eclesiástico, pues en cualquiera de las carreras o profesiones que hemos citado y en muchas más que hemos omitido, habría tenido más ancho campo para satisfacer sus aspiraciones en este punto.