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miércoles, 11 de septiembre de 2024

La bandera de Lucifer –POR EL PADRE CARLOS GREGORIO ROSIGNOLI. S.J.


 

Pónganse, pues, delante de los ojos a Lucifer, príncipe de las tinieblas y tirano del mundo, que en medio de Babilonia está sentado sobre un trono lleno de fuego y humo, al rededor un cortejo terrible de demonios, conjurados a hacer daño al género humano, y a destruir el reino de Cristo. Mírese lo horrible de su semblante, la frente altiva y llena de soberbia, los ojos fieros y encendidos, a manera de cometa, la boca sangrienta y arrabiada, que está respirando amenazas y estragos. Pues si bien él por sí mismo, (a ley de espíritu) no tiene forma alguna corporal; no obstante, cuando toma alguna para aparecerse, es espantosa, proporcionada a la monstruosa condición de su espíritu: y si tal vez toma alguna forma juguetona o lisonjera, es para atraernos con engaños. Sus juegos acaban en terrores y espantos, y la vana apariencia en estragos y ruinas. Viene como serpiente de hermoso color y forma halagüeña, que juega y abraza para escupir su veneno.

 

   Así levanta y tremola su bandera, cuya insignia son pintadas en ella figuras feas, placeres abominables, odios, homicidios, tesoros, que se desvanecen y paran en humo. Convida con un tono de voz formidable, y juntamente lisonjera, a los míseros mortales, para que le sigan. Venid conmigo a gozar de los bienes que os ofrezco, daos a los pasatiempos, mientras os lo permite la juventud, coronaos de rosas, antes que se marchiten;  no hay flor, ni deleite que no se tome; alargad las riendas al apetito, ya que sois de naturaleza deleznable.

 

   Buscad la gran estima del  mundo porque los honores y dignidades son los verdaderos bienes del hombre, poned todo vuestro estudio e industria en adquirir y amontonar riquezas, que son el único medio para haceros grandes en la tierra, y para comprar los placeres, que halagan los sentidos, yo (Lucifer) no pongo otras leyes a mis saldados que los dictámenes de su concupiscencia, y vivir a gusto.

 

   Estas y peores máximas propone Lucifer, abiertamente opuestas a los preceptos de Cristo, para arruinar así el mundo. A tanto le estimula el odio implacable contra Dios, cuya justicia vengadora experimenta, y quisiera, a gusto suyo, privarle del servicio y obsequio de sus criaturas. Despues la ambición de su soberbísimo espíritu, a fin que los hombres antes le sirvan a él cruelísimo tirano, que el Criador legítimo Rey. Finalmente, le punza la rabiosa envidia, porque el hombre no llegue a gozar la felicidad del cielo, de que él cayó con eterna ruina.

 

   Pero no se contenta Lucifer con llamar y convidar quien le siga bajo de su bandera; envía por todas partes innumerables legiones de demonios a que atraigan gente a su partido. Id (les dice) fieles ministros míos, a alistar soldados bajo de mis estandartes: no veis, que el crucificado dilata cada día más su reino, y por medio de unos vilísimos pescadores nos roba el dominio, que reinamos sobre la tierra. ¿Hemos de sufrir que se enarbole la cruz, donde se veneraban nuestras insignias y armas? ¿Y qué hombres hechos de barro suban a ocupar en el cielo aquellas sillas, de donde nosotros, espíritus nobilísimos, fuimos arrojados? Id, pues, oponeos a sus designios, apartadlos de las empresas de la virtud: donde no valiere la fuerza, valga el engaño: encended el ansia de las riquezas, que son lazos muy poderosos para atraer a los menos advertidos a nuestro bando: acalorad el ardor del apetito, que es el estímulo más eficaz para los deleites sensuales: ponedles honores, aplausos, dignidades, que son cebos muy agradables para pescar los corazones humanos: en una parte colgad baratijas, y bujerías licenciosas, en otra esparcid odios mortales: pregonad convites regalados a la gula: poned ocasiones de amores torpes: no haya honestidad segura de vuestros asaltos, ni virtud libre de vuestros engaños. En suma, aquel será más valiente soldado mío, que volviere con más copioso botín de almas rendidas.