sábado, 12 de septiembre de 2026

¿PUES QUÉ, TAN DIFÍCIL ES ORAR?

 




¿PUES QUÉ, TAN DIFÍCIL ES ORAR?

 

   ¿Qué si es difícil? Más que difícil, muy difícil. Como que es casi imposible. Digo que es humanamente imposible no distraerse en la oración. Y esto es muy fácil de comprender. Es la oración, según la Doctrina Cristiana, «levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes». Levantar el corazón a Dios, esto es, ponerse en comunicación con Dios, hablar con Dios, unirse con Dios. Pedirle mercedes; esto es, confesar nuestra inferioridad, confiar en su poder, suplicarle que nos conceda, no lo que pedimos, que muchas veces pedimos imprudentemente, sino pedirle lo que nos conviene. Véase por donde no hay cosa más santa, más augusta, más agradable a Dios que la oración; puesto que con ella confesamos nuestra dependencia, nuestra confianza y la Omnipotencia Divina. ¿Y tan difícil es no distraerse en ella? Repito que humanamente imposible.

 

   Como la oración es la unión del alma con Dios por la gracia, es claro que el enemigo de nuestra salvación hará todo lo que pueda, ya para que no apartarnos de la oración, o a  lo menos nos distraigamos, y resulte menos eficaz y fervorosa. Nuestra imaginación es un caballo desbocado, es «la loca de la casa» como llamaba a la distracción en la oración, Santa Teres de Ávila; y a un caballo sin freno y a una loca, ¿quién es capaz de detener? Humanamente hablando, nadie; por eso digo que hay necesidad de la gracia para no distraerse en la oración.

 

   Cuéntase de San Bernardo, que iba una vez de camino montado en una mula y acompañado de un labriego, con quien departía amigablemente. Entre otros conceptos, trató nuestro Santo de lo difícil que es no distraerse en la Oración.

   — Pues yo creo, dijo el buco labriego, que no es tan difícil como el Padre dice; pues en poner atención y no pensar en otra cosa, ya no se distrae uno.

   — ¿Si? dijo el Santo. Pues si rezas un Padre nuestro sin pensar en otra cosa que en lo que estás rezando, te regalo esta mula sobre la que voy montado.

   — ¿Eso es verdad? dijo con alegría el aldeano.

   — Si, replicó el santo monje; tuya será si haces lo que dices.

   — Pues comienzo, dijo el buen hombre: «Padre, nuestro, que estáis en los cielos, santificado sea el tu nombre; vénganos…»

   — Pero Padre, saltó de pronto: ¿Me dará Ud., también el aparejo?

   — ¿Ves? dijo riéndose San Bernardo, cómo te has distraído y has pensado en otra cosa antes de terminar el Padre Nuestro.

   Y el labriego continuó cabizbajo su camino, tras la bestia que ya creía como suya.

 

   Otro ejemplo más serio: San Estanislao de Kostka, como todo el mundo sabe, era un niño príncipe polaco, que contra la voluntad de su familia figuró en la Compañía de Jesús, siendo el primer jesuíta que fué canonizado; pues Estanislao estaba un día haciendo oración a la Virgen, cuando ésta le preguntó qué gracia quería que le concediese. Púsose a pensar nuestro santo joven qué pediría; y claro es que no pensaría pedirle una cosa fácil y hacedera. Después de un rato de meditación, dijo a la Madre de Dios: «Pido, Señora, la gracia de no distraerme en la oración.» Y le fué concedido. ¿Veis por qué he dicho que es cosa humanamente imposible? Bien lo conocía Estanislao, puesto que creyó que era necesaria la gracia y la intervención de la Madre de Dios para conseguir una cosa que parece a primera vista de fácil consecución.

 

   Estos ejemplos prueban que es necesaria la intervención divina para que recojamos nuestra atención, y nos abstraigamos de los objetos exteriores cuando por medio de la oración levantamos nuestra alma hasta el divino Criador.

 

JOAQUÍN MARTÍNEZ LOZANO.

Año 1894.

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