¿PUES
QUÉ, TAN DIFÍCIL ES ORAR?
¿Qué si
es difícil? Más que difícil, muy difícil. Como que es casi imposible. Digo que
es humanamente imposible no distraerse en la oración. Y esto es muy fácil de
comprender. Es la oración, según la Doctrina Cristiana, «levantar el corazón a
Dios y pedirle mercedes». Levantar el corazón a Dios, esto es, ponerse en comunicación
con Dios, hablar con Dios, unirse con Dios. Pedirle mercedes; esto es, confesar
nuestra inferioridad, confiar en su poder, suplicarle que nos conceda, no lo
que pedimos, que muchas veces pedimos imprudentemente, sino pedirle lo que nos
conviene. Véase por donde no hay cosa más santa, más augusta, más agradable a
Dios que la oración; puesto que con ella confesamos nuestra dependencia, nuestra
confianza y la Omnipotencia Divina. ¿Y tan difícil es no distraerse en ella? Repito
que humanamente imposible.
Como
la oración es la unión del alma con Dios por la gracia, es claro que el enemigo
de nuestra salvación hará todo lo que pueda, ya para que no apartarnos de la
oración, o a lo menos nos distraigamos,
y resulte menos eficaz y fervorosa. Nuestra imaginación es un caballo
desbocado, es «la loca de la casa» como llamaba a la distracción en la oración,
Santa Teres de Ávila; y a un caballo sin freno y a una loca, ¿quién es capaz de
detener? Humanamente hablando, nadie; por eso digo que hay necesidad de la
gracia para no distraerse en la oración.
Cuéntase
de San Bernardo, que iba una vez de camino montado en una mula y acompañado de un
labriego, con quien departía amigablemente. Entre otros conceptos, trató nuestro
Santo de lo difícil que es no distraerse en la Oración.
— Pues yo creo, dijo el buco labriego, que
no es tan difícil como el Padre dice; pues en poner atención y no pensar en
otra cosa, ya no se distrae uno.
— ¿Si?
dijo el Santo. Pues si rezas un Padre nuestro sin pensar en otra cosa que en lo
que estás rezando, te regalo esta mula sobre la que voy montado.
— ¿Eso es verdad? dijo con alegría el
aldeano.
— Si,
replicó el santo monje; tuya será si haces lo que dices.
— Pues
comienzo, dijo el buen hombre: «Padre, nuestro, que estáis en los cielos,
santificado sea el tu nombre; vénganos…»
— Pero Padre, saltó de pronto: ¿Me dará Ud.,
también el aparejo?
— ¿Ves? dijo riéndose San Bernardo, cómo te
has distraído y has pensado en otra cosa antes de terminar el Padre Nuestro.
Y el labriego continuó cabizbajo su camino,
tras la bestia que ya creía como suya.
Otro
ejemplo más serio: San Estanislao de Kostka, como todo el mundo sabe, era un
niño príncipe polaco, que contra la voluntad de su familia figuró en la
Compañía de Jesús, siendo el primer jesuíta que fué canonizado; pues Estanislao
estaba un día haciendo oración a la Virgen, cuando ésta le preguntó qué gracia
quería que le concediese. Púsose a pensar nuestro santo joven qué pediría; y
claro es que no pensaría pedirle una cosa fácil y hacedera. Después de un rato
de meditación, dijo a la Madre de Dios: «Pido, Señora, la gracia de no
distraerme en la oración.» Y le fué concedido. ¿Veis por qué he dicho que es
cosa humanamente imposible? Bien lo conocía Estanislao, puesto que creyó que
era necesaria la gracia y la intervención de la Madre de Dios para conseguir
una cosa que parece a primera vista de fácil consecución.
Estos
ejemplos prueban que es necesaria la intervención divina para que recojamos
nuestra atención, y nos abstraigamos de los objetos exteriores cuando por medio
de la oración levantamos nuestra alma hasta el divino Criador.
JOAQUÍN
MARTÍNEZ LOZANO.
Año
1894.
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