LA
AMBICIÓN.
La
imagen: Diógenes en su tonel.
Alejandro,
rey y héroe famoso de Macedonia, al separarse del filósofo Diógenes, dijo:
—Si yo no fuera Alejandro quisiera ser
Diógenes.
Parmenión, su capitán, que junto al filósofo
se hallaba, exclamó:
—¡Qué palabras tan extrañas en labios de tan
grande héroe y de tan poderoso monarca!
—No tanto—contestó Diógenes,—pues ellas
significan una profunda verdad; es como si Alejandro dijera: ¡Cuán grande es el
hombre que huye de los honores, aun cuando mi ambición me impida imitarle!
—¿Es decir—repuso el capitán—que niegas al
rey el dictado de Grande?
—No; pero también es grande el monte Etna,
en Sicilia.
—¿Cómo es eso? — Replicó Parmenión.—¿Osas
comparar al hombre más grande del universo con un volcán devastador?
—Si es ambicioso, sí—respondió Diógenes;—y
mil volcanes son como nada en comparación del fuego interior que consume al que
suspira por honores.
—De modo—añadió Parmenión—que tú ¿No cambiarías
tu vieja capa por el manto real del gran Alejandro?
—En manera alguna. ¿Valdría por ventura la
pena de que yo hiciera rodar mi tonel hasta lo alto del Etna, para habitar en
el borde del cráter?
Así
habló el sabio, y entonces el capitán se alejó pensativo, diciendo en su
interior: «No hay en el mundo hombre más feliz que el que nada desea; y por el
contrario, no hay ser más desdichado que el ambicioso, aunque éste sea un César
o un Alejandro.»
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