LA
MULTIPLICIDAD DE CULTOS
La
opinión de que se honra a Dios con cualquiera religión de las que hay en la
tierra (ha dicho un escritor eminente), es un tolerantismo que la disolución ha
concebido y la desvergüenza ha publicado, pero que la razón destruye, porque
así como no hay más que un Dios, no hay tampoco sino una religión verdadera, y
esta es sólo la que puedo honrar al Hacedor Supremo.
Siendo
la verdadera religión el verdadero culto del Dios verdadero, no es un sistema
ni una filosofía este culto, en que cada cual puede seguir su capricho o donde
cada uno camina con propio parecer, sino obligación esencial y deber sagrado
que excluye toda avenencia entre el error y la verdad, las tinieblas y la luz,
sin que puedan admitirse tolerancias de religiones falsas, que implican siempre
un conjunto de monstruosidades supersticiosas para los ignorantes, la
destrucción de toda religión para los que discurren y un culto ilusorio y
ofensivo a un ser infinitamente perfecto, que es Dios.
Asi solamente la verdadera religión tiene
derecho a establecerse dondequiera; razón por la que la buena política, o el
sentido político, no deben tolerar otra, procurando siempre que no haya más que
un culto en un Estado, porque de esta uniformidad dependen la paz, la unión y
la concordia de todos sus miembros.
El mismo Platón, discípulo de Sócrates, no
obstante el culto insensato y escandaloso de su tiempo, estableció fundadamente
esta máxima: «No se debe mudar cosa alguna acerca de la religión establecida...
ni permitirse introducciones ni licencias que dividan la opinión... pensar lo
contrario es haber perdido el juicio.»
Y si
el paganismo, por boca de sus hombres eminentes, condena y repele como perniciosa
al Estado toda concesión y franquicia a sectas extranjeras; si dividido un
pueblo en opiniones religiosas viene la desunión, y tras ella alborotos y mudanzas,
claro es que una de las mayores calamidades que pueden sobrevenir al pueblo
cristiano es la admisión de novedades que, perturbando las creencias, arraiguen
el desenfreno y la licencia en los vicios, ocasionando la ruina del orden y el
naufragio de los gobiernos.
La
Religión ha sido siempre lo más preciado y amado del hombre, y siendo el celo
por la fe deber ineludible, hay que defenderla sin frialdad, impugnando con
valor y con ardor lo que no debe permitirse y como lo piden la dignidad e
importancia del asunto.
Es un
hecho innegable, por otra parte, que mientras la Iglesia y la sociedad civil
marcharon de acuerdo, todo prosperó a su sombra; porque, asegurada la paz
interior, pudieron los pueblos realizar empresas grandiosas y trasmitir a la posteridad
un recuerdo glorioso de valor y de virtudes.
Así,
mientras este maravilloso concurso de oración y de acción ha subsistido, y prescindiendo
de intereses y pugnas privadas, adunáronse sus fuerzas contra el peligro común,
haciendo prevalecer en las instituciones la unión y la concordia religiosa, los
pueblos han sido muy felices permaneciendo dentro de la órbita de la justicia,
la moralidad y la honradez, que surgen del temor de Dios, principio del
verdadero bienestar y de toda sabiduría.
Pero tan luego como una falsa política de
tolerantismos, mistificaciones y corruptelas, ha puesto en peligro esa armonía,
arruinando el sentido moral y socavando los cimientos de la sociedad civil, han
surgido las luchas y las rivalidades estériles, las miras estrechas y egoístas,
y la degradación consiguiente a los utilitarismos e individualismos
vergonzosos.
Nunca
por esto, debiera olvidarse aquella sublime máxima tan famosa en el Imperio Romano
del gran español Teodosio: «Que no puede haber prosperidad sin religión, ni se
puede mandar bien a los hombres sin obedecer bien, a Dios»... Y ¿cómo ha de
poder obedecerse bien a Dios, estableciendo cultos contrarios a la religión
verdadera?
En
España, el VI Concilio Toledano, ordenó que a ninguno se le diese posesión de
la Corona, sin que antes jurase no permitir en el reino a quien no fuese
católico; ni vióse tampoco quieta y feliz la península, hasta que deponiendo
los errores de Arrio, abrazaron todos la religión católica. Esta felicidad perdióse
desde el reinado de Witiza, en que negada la obediencia al Papa, cundieron los
vicios con el desenfreno religioso, y prepararon la catástrofe de la invasión
de los árabes.
No
hay, por tanto, que formarse falsas conciencias con engañosas confianzas, no ya
sólo pretendiendo limitar los deberes cristianos a los deberes de la probidad
mundana, ni menos aceptando unos dogmas y rechazando otros, haciéndose una
religión para su servicio, a pesar de los anatemas de la Iglesia; sino, lo que
es aún peor, creyéndose con derecho a relajar y anular el catolicismo,
aceptando la peligrosa y seductiva teoría de que cualquier religión es buena, y
adecuado cualquier culto para servir a Dios... sofisma ideado por corazones viciosos
y corrompidos, para tranquilizar conciencias abrumadas por pasiones vergonzosas,
y sacudir sin remordimientos el yuyo de la virtud.
Desgraciadamente,
a pretexto de una civilización falsa, de una tenebrosa y maquiavélica
ilustración, cunden hoy y pululan por todas partes, gérmenes sectarios, incredulidades
impías que tiranizan al hombre con sus pretendidas tolerancias, sus mentidas
fraternidades y su decantado cosmopolitismo.
Hora
es ya de advertir y señalar el peligro, y proclamar muy alto y lealmente, que
tras esas sensiblerías hipócritas, se oculta el materialismo ateo, que es la
negación de toda verdad, y la desventura y el suicidio de los pueblos...
JOSÉ
DE GUZMÁN EL BUENO Y PADILLA.
(De
la Academia de la Historia)
Año
1899.
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