martes, 29 de septiembre de 2026

SAN MIGUEL ARCÁNGEL.

 




SAN MIGUEL ARCÁNGEL

 

   Dios es criador del mundo visible y del invisible, y al conjuro de su palabra nacieron todas las criaturas, y entre ellas innumerables espíritus buenos a quien llamamos ángeles.

 

   Los ángeles eran buenos y felices, y estaban dotados de singularísimos dones, y especialmente de la gracia santificante, pero dotados igualmente de libertad como puros espíritus que eran; y no estando aún confirmados en gracia, en su mano estaba el hacer buen uso o mal uso de los dones recibidos.

 

   Y aquí apunta la primera división que registra la historia, pues al paso que muchos perseveraron en el buen camino, otros se rebelaron contra Dios, y a causa de su pecado quedaron infelices.

 

   Y en el mismo momento los ángeles buenos fueron confirmados en gracia y los malos arrojados a los profundos infiernos, donde les envió la justicia perfecta de Dios Nuestro Señor.

 

   Un día, escribe el Águila de Pathmos (San Juan Evangelista), hubo un gran combate en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón y los suyos, y estos últimos fueron vencidos y sus sitios en el cielo quedaron vacíos... Fué derribado aquel gran dragón, aquella antigua serpiente que se llama el diablo o Satanás, y fué arrojado sobre la tierra y sus ángeles con él. Y oí del cielo una gran voz que decía: «Ahora es cuando se ha otorgado al mundo la salvación, cuando la virtud y el reinado de nuestro Dios y el poder de su Cristo quedan establecidos para siempre; porque ha sido derribado ese acusador de nuestros hermanos Cielos, regocijaos; saltad de alegría todos los que habitáis las moradas celestiales; y tú, ¡Oh tierra!, y tú, ¡Oh mar!, llorad vuestra desgracia, porque el diablo viene a vosotros lleno de gran cólera y sabe que tiene poco tiempo para tentaros.»

 

   Estas palabras del Apocalipsis parece que son fundamento de la opinión de muchos Padres de la Iglesia, que relacionan el pecado de los ángeles malos y la caída de Luzbel con el misterio inefable de la Encarnación del Hijo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad. Porque todos los escritores católicos convienen en que el pecado de Lucifer fué de soberbia, la cual es principio de todo pecado; pero no convienen en qué consistiese propiamente esta soberbia.

 

   Y en medio de estas dudas y presunciones es opinión bastante probable «que los ángeles rebeldes, habiendo conocido por revelación la Encarnación futura del Hijo de Dios y el deber que entonces les incumbía de adorar a Dios–Hombre, negaron desde entonces al Altísimo la debida obediencia, por orgullo y por envidia de que para aquella empresa se prefiriese la naturaleza humana (Gran Catecismo Católico del P. José Deharbe, de la Compañia de Jesús).»

 

   De ahí arranca el odio feroz de los demonios contra Jesucristo y contra su Iglesia, particularmente contra la purgante y la triunfante, porque ya nada puede su rabia contra los justos que en el Purgatorio desean ardientemente ser purificados de su culpa para gozar de la visión beatífica, ni contra sus antiguos compañeros los ángeles buenos, y los bienaventurados mortales que por gracia de Dios escalaron con sus méritos las sillas que dejaron abandonadas Luzbel y sus cofrades.

 

   Lo que resulta fuera de toda duda es que el héroe de la jornada fué el Arcángel San Miguel, el cual, representante de la causa del orden, tuvo la fortuna de oponerse a la sedición que arrastró a una tercera parte de los habitantes del cielo, al grito que es desde entonces santo y seña de los hijos de Dios, y lema de todas las empresas grandes: ¿Quis ut Deus? ¿Quién como Dios? Desde aquel momento Dios recompensó la fidelidad de Miguel y los suyos, haciéndoles impecables y permitiéndoles contemplar de entonces para siempre la plenitud de su gloria y la infinita belleza de su Esencia. Así nos lo asegura el mismo Jesucristo por San Mateo, cuando condenando el escándalo conmina especialmente con terribles penas a los que escandalizasen a los pequeños, «porque os hago saber que sus ángeles en los cielos están siempre viendo la cara de mi Padre celestial (San Mateo, cap. XVIII, vers. 10.)».

 

   La devoción a San Miguel es popular en todo el mundo, y por toda la haz de él se encuentran multitud de iglesias dedicadas al caudillo de las milicias angélicas. El célebre intérprete Cornelio A Lápide, exponiendo el Cap. XII del Apocalipsis, dice que «al fin del mundo San Miguel con sus ángeles peleará contra Lucifer y sus huestes infernales, y ayudará con mano fuerte a los cristianos para que se opongan y resistan pública y heroicamente al Anticristo con el cual combatirá Lucifer a los hombres de aquel tiempo».

 

   Si bien no es cuestión vana el pararse a considerar si se acercan los tiempos de esta última batalla, ya que el Señor pidió que contempláramos los signos de los tiempos: basta a nuestro propósito saber que el resistir a las pasiones y a los errores, la confesión íntegra de las doctrinas de Jesucristo, y el ajustar íntegramente la vida a esta preciosa confesión, exige ya entre nosotros actos heroicos de virtud... ¡A tal extremo ha llegado este desquiciamiento universal que parece la pérdida del buen sentido, de la dignidad y de la vergüenza, y tan costoso y difícil es resistir bravamente esta tempestad de humillaciones, malos ejemplos, cobardías, traiciones, debilidades y apostasías disfrazadas con los más halagüeños nombres, que son el pan nuestro cotidiano entre los católicos de nuestros días!

   Por eso cada momento se hace más precisa la protección de San Miguel; y a medida que el peligro del mundo arrecia, parece que se agiganta la figura del vencedor de Luzbel, que da hoy alientos a los escogidos para que perseveren en el camino del deber.

 

   Esta parece también, como aquella de que habló nuestro Señor en su Pasión, la hora de Satanás y el poder de las tinieblas; pero sobre todas las confusiones y males parece flotar el ¿Quis ut Deus? del primer soldado de la gloria del Criador.

 

   Recordémoslo en las tribulaciones, y ya no nos parecerá exiguo el número de los soldados de Cristo, ni buscaremos acomodamientos vergonzosos, ni sentiremos desfallecimientos en la pelea, ni atribuiremos á habilidad nuestra lo que es pura gracia de la Providencia, ni el diablo nos impondrá, ni las concupiscencias de la carne y de los ojos nos llevarán tras sí, ni la soberbia de la vida nos quitará el sueño. ¿Quién como Dios? Ahí está todo.

 

Apostolado de la Prensa.

Año 1896.

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