EL
SANTO ROSARIO
Somos
tan frívolos y ligeros, estamos tan habituados a pasar perezosa y distraídamente
nuestra mirada por la superficie de las cosas sin parar la atención en ellas,
que no es extraño que a veces practiquemos durante años y años, y quizá toda
nuestra vida, acciones importantísimas y trascendentales, sin comprender ni sospechar,
acaso, su valor; sin pensar que estamos derrochando lastimosamente riquezas inapreciables...
Tal
sucede con la devoción tan popular y genuinamente católica del Santo Rosario.
Es imposible concebir otra tan rica, tan abundante, tan llena de tesoros y gracias
celestiales, y que tan maravillosamente se adapte, al mismo tiempo, a nuestra pequeñez,
a nuestra flaqueza, a nuestra limitación, y que tan admirablemente satisfaga a todas
nuestras necesidades. Y sin embargo, cuántos y cuántos cristianos rezarán, y
tal vez diariamente, el Santo Rosario, de una manera maquinal y distraída, sólo
con los labios, sin meditar ni comprender el profundo sentido de las palabras,
sin afectos del alma, sin que el corazón sienta lo que los labios dicen,
derrochando, en fin, como hemos dicho, riquezas inapreciables, tesoros de dones
y gracias divinas con los que en la hora de la muerte podríamos comprar nuestra
entrada para el ciclo y asegurar nuestra eterna dicha.
Porque
es indudable que el fin de la oración es la unión del alma con Dios, unión que
nos proporciona la mayor ventura a que podemos aspirar tanto en esta como en la
otra vida; y es indudable también que ningún medio más a propósito para
conseguir esta bendita unión, en la que estriba nuestra dicha, que la
meditación constante y amorosa sobré los principales misterios de Nuestro
adorable Salvador y su Madre Santísima; y es también indudable que ninguna otra
devoción nos puede proporcionar tan fácil y sencillamente la meditación de esos
misterios, como la devoción popular, amorosa y tierna del Santo Rosario.
Pero
para conseguir este resultado es preciso rezarlo diariamente con atención,
modestia, recogimiento y reverencia, procurando con sencillez y buena voluntad
que sienta nuestro corazón lo que pronuncian nuestros labios; hay que rezarlo
bien, es decir, «sabiendo lo que se reza, creyendo lo que se sabe y sintiendo
lo que se cree».
En el
Santo Rosario se unen por un modo admirable las dos clases de oración: la
mental y la vocal. Nada tan excelente, nada tan a propósito para la primera
como la repetida y afectuosa meditación de los misterios que se consideran en
el Rosario. Ningunas otras oraciones, entre las vocales, tan excelentes como
las de origen enteramente divino de que está compuesto el Santo Rosario...
Recémoslo,
pues, diariamente desde hoy. Ofrezcamos a nuestra Madre tan tierna, tan
amorosa, tan agradecida, esa guirnalda de rosas de fragancia divina, para
tejerla una corona digna de Ella, que en la terrible hora de la muerte nos
pagará con creces este corto obsequio, abogando con empeño por nosotros ante el
tremendo tribunal de la Justicia Divina. Procuremos honrarla aún más especialmente
con esa devoción durante el mes de Octubre (mes del Santo Rosario), asistiendo a
los actos públicos en donde se rece el Santo Rosario, y procuremos, además,
propagar esta práctica piadosa entre nuestros conocidos y amigos, dando asi
muestras de nuestro amor a la Virgen Santísima.
Y no olvidemos aquel glorioso combate naval de
Lepanto (domingo, 7 de Octubre de 1571), en el que los cofrades del Santo
Rosario hundieron bajo las aguas del golfo el poder musulmán, por la
intercesión y protección manifiesta de María Inmaculada. Propongámonos
firmemente desde hoy, que también practicar y propagar tan hermosa devoción, que
la Virgen Inmaculada salvará a la cristiandad como la salvó en Lepanto, de los
rudos ataques de la impiedad que a cada instante amenazan sepultarla.
—LA
LECTURA DOMINICAL—
Año
1894
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