Dios que nos creó en justicia y nos regeneró
por la gracia del bautismo, llenó la medida de su caridad, prometiéndonos el
perdón de nuestros pecados si nos convertíamos a Él con verdadera penitencia.
Pero es de saber que una de las condiciones esenciales de ésta, es que contenga
la resolución de practicar obras satisfactorias y expiatorias, que sean a la
vez un castigo voluntario por los pecados de que somos reos, y un preservativo
contra las recaídas, que lejos de ser evitadas, serían reproducidas por
satisfacciones demasiado leves y obras con exceso fáciles, dado el abuso a que
lleva una indulgencia desmedida. Los remordimientos que experimenta el que de
veras es penitente, cuando piensa en su ingratitud y perfidia, la vergüenza que
le causa la enormidad de sus crímenes contra Él que es suma bondad y todo amor,
le inspiran tal horror de sus malos hechos, que a sí propio se condena a repararlos
castigándose con santo rigor y constituyéndose en vengador de la causa de Dios,
por la justa severidad con que trata a su carne, que le ayudó en el pecado.
Esta es la penitencia que hacen los santos,
esta es la que siguió el gran doctor de la Iglesia San Jerónimo, castigándose con
asperísima perseverancia por las faltas a que le lanzó en su juventud su
impetuoso corazón solicitado por las bellezas, espectáculos y placeres de la
vida de Roma, en los cuales naufragó su inocencia, pero su fe y piedad insigne
se salvaron por uno de esos milagros de la gracia, que cuando quiere, triunfa de
todos los obstáculos sin que se pierda el mérito de los combates.
En la
misma Roma el sinsabor de la vida ordinaria y la ardorosa inquietud natural en
los espíritus levantados, le dirigieron pronto hacia más graves ideas; ideas
que fulguran luego en todos los escritos del Santo, y que expresa de continuo
en sus apologías de la mortificación, de la virginidad, de la vida solitaria.
«¡Oh desierto embellecido con las flores
de Jesucristo!» — exclama el Santo escribiendo a su discípulo Heliodoro. — «¡Oh
soledad que más familiarmente disfruta de Dios! ¿Qué haces en el mundo, oh
hermano mío, tú que eres más grande que el mundo? ¿Hasta cuándo permanecerás a
la sombra de las casas? ¿Hasta cuándo seguirás encerrado en poblaciones desde
donde se elevan negros humos? Créeme; me hallo aquí como en el seno de un nuevo
día. Libertado del peso opresor de mi cuerpo vuelo con más libertad para
lanzarme a región pura y sin nubes. ¿Qué es lo que temes? ¿La pobreza? Pues Jesucristo
llama bienaventurados a los pobres. ¿El trabajo? El atleta no tiene derecho a
la corona sino cuando con laborioso ejercicio la ha ganado. ¿Tendrían fuerza
para espantarte las necesidades de la existencia? La fe no teme al hambre. ¿Es
que te horroriza acostarte en la desnuda tierra y mortificar a un cuerpo ya
debilitado y seco por una larga abstinencia? El Salvador descansará allí
contigo. ¿Acaso mirarías con terror la anchurosa extensión de estos desiertos? Paséate
entonces con el pensamiento por las rientes llanuras del Paraíso...
Cualesquiera que sean las dificultades que te embaracen, el Apóstol sale al encuentro
de todas con una frase nada más: «Todos los sufrimientos de la presente vida no
guardan proporción con la gloria que un día será en nosotros descubierta.»
Sería demasiada sensualidad querer gozar en la tierra para enseguida reinar en
el cielo.»
Ahora
bien, nuestras penitencias, si son algunas, ¿no se asemejan más a esta sensualidad
que al santo rigor con que debemos castigar en nosotros mismos las ofensas con
que hemos injuriado a la misma Divinidad?
“APOSTOLADO
DE LA PRENSA”
Año
1899.
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