Ramo
espiritual: «Dios es fiel y no permitirá
que sean tentados más allá de lo que puedan soportar». 1 Corintios 10:13
Es una
verdad de fe que los ángeles, benditos como son, reciben una misión de Dios
para con la humanidad; las palabras de Nuestro Señor, las enseñanzas de los
doctores y santos, y la autoridad de la Iglesia no dejan lugar a dudas. Si los
demonios, en incontables legiones, nos rodean como leones dispuestos a
devorarnos, según las palabras de San Pedro, nos reconforta recordar que Dios
nos ha dado defensores más numerosos y poderosos que los demonios.
En el
mismo instante de nacer, toda persona es confiada al cuidado de un espíritu
celestial; paganos, herejes e incluso pecadores no están privados de este don
divino. Es cierto que diversas personas, en virtud de su posición, como reyes y
pontífices, o debido al favor especial de Dios hacia ellas, como muchos santos,
a veces cuentan con varios ángeles guardianes. Parece innegable que no solo los
individuos, sino también las sociedades e instituciones, están específicamente
confiadas al cuidado de los ángeles; la Iglesia, los reinos, las provincias,
las diócesis, las parroquias, las familias, las órdenes religiosas y las
comunidades tienen sus protectores angélicos.
Los
ángeles nos protegen de multitud de males y peligros; apartan de nuestro camino
las ocasiones de pecado; nos inspiran pensamientos santos y nos guían hacia la
virtud; nos sostienen en las tentaciones, nos fortalecen en nuestras
debilidades, nos animan en nuestros desalientos y nos consuelan en nuestras
aflicciones.
Luchan
con nosotros contra el diablo y nos protegen de sus trampas; si caemos, por
debilidad o malicia, nos levantan mediante el remordimiento, la fe y el temor a
los juicios de Dios, y nos proporcionan diversos medios de conversión. Llevan
nuestras buenas obras y oraciones a Dios, expían nuestros pecados, interceden
por nosotros con la misericordia divina y apartan de nuestra vista la venganza
celestial; finalmente, nos iluminan y nos sostienen en la enfermedad y en la
hora de la muerte, nos asisten en el juicio de Dios y visitan a las almas del
purgatorio.
San
Bernardo resume nuestros deberes en pocas palabras: «¡Cuánto respeto, cuánto
amor, cuánta confianza merecen los ángeles de nuestra parte! Respeto por su
presencia, amor por su benevolencia, confianza en su protección». Añadamos un
cuarto deber: la docilidad a sus buenas inspiraciones.
Abate
L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.