Se
trabó un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el
drag6n. (Apocalipsis, 12, 7)
I. Lucifer se había rebelado contra Dios:
tal vez se negaba a adorar el misterio de la Encarnación, que Dios había
revelado de antemano a sus ángeles. Imita el celo de este arcángel cuando se
trata de los intereses de Dios: declárate abiertamente en contra de los impíos.
Cuando el mundo con sus placeres o el demonio con su orgullo te ataquen, diles
con San Miguel:
“¿Quién como Dios?” Mundo, placeres,
honores, riquezas: ¿pueden acaso tus recompensas compararse a las que Dios me
reserva? ¿Quién como Dios?
II. La humildad y la sumisión procuraron a
San Miguel una gloria eterna, y el orgullo precipitó a Lucifer en los abismos
infernales. ¡Temblad, soberbios! La vanidad es la que ha perdido a la más
hermosa de todas las creaturas. Humillémonos y temamos comparecer ante Dios que
hasta en los ángeles ha encontrado corrupción.
¡Cayeron los astros del cielo y yo, lombriz,
no tiemblo!
III. Debes honrar a San Miguel, porque es el
príncipe de la Iglesia que debe un día asistir al examen de toda tu vida. ¿Qué
dirás? ¿Qué harás en ese tremendo día? No podrás esperar ayuda alguna ni de tu
riqueza ni de tu ciencia. Sólo tus buenas obras abogarán a tu favor ante el
Juez supremo. ¿Bastarán para asegurarte una gloria eterna?
Llegará ese día en el que un corazón puro
valdrá más que palabras hábiles, una buena conciencia más que una bolsa llena
de oro (San Bernardo).
La
devoción a San Miguel.
Orad
por la Iglesia.
ORACIÓN: Oh Dios, que reguláis con infinita
sabiduría los diversos ministerios de los ángeles y de los hombres, dignaos
concedernos como protectores en la tierra a esos espíritus bienaventurados que
no cesan en el cielo de ofreceros sus servicios y homenajes. Por J. C. N. S.
Amén.
“SANTORAL
DE GROSEZ. S. J.”
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