martes, 25 de abril de 2017

LOS NOVÍSIMOS: (La muerte)




La palabra “Novísimos” (del latín novíssimus — último, postrero) o Postrimerías, significa las últimas cosas que a todos nos aguardan, y son cuatro: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.

   La meditación seria y frecuente de estas cuatro verdades es el medio mejor para evitar el pecado como dice el Espíritu Santo: En todas tus acciones acuérdate de tus postrimerías, y nunca jamás pecarás (Eccli; VII, 40).

   Así como la amenaza del castigo aparta al niño de sus travesuras; del mismo modo el temor de los castigos de la otra vida aparta a muchos hombres del camino de la perdición.

   Se confirma con el ejemplo de innumerables santos, quienes se convirtieron o se perfeccionaron con el pensamiento de la muerte o de los otros Novísimos.

La muerte. – Su naturaleza.

   La muerte es la separación del alma y del cuerpo.

   La unión del alma con el cuerpo, al cual anima y comunica el movimiento y la acción, constituye la vida; al romperse esta unión, el hombre deja de vivir, ha muerto.

   La muerte es para el cuerpo la desaparición absoluta de la sensibilidad: el cuerpo ya no ve nada, no oye nada, no siente nada. Es el estado más humillante y más próximo a la nada por cuanto el cuerpo se descompone y lentamente se deshace, es devorado por los gusanos y se reduce a polvo, cumpliéndose asi las palabras de Dios a Adán prevaricador: “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Gen; III, 19).

   Por lo que toca al alma, la muerte la desata del cuerpo, de donde sale como de una cárcel y súbitamente se halla en la eternidad.


Causas de la muerte.

   Causas próximas de la muerte son las enfermedades, los accidentes, etc…, cuyo estudio interesa a la medicina. Causa remota de la muerte es el pecado.

   El hombre no había sido formado para morir; Dios, al crearlo, había animado su cuerpo con un soplo de inmortalidad; pero también le dijo al prohibirle comer del árbol de la ciencia del bien y del mal: “Cualquier día que comieres de él, infaliblemente morirás” (Gén; II, 17). Por lo tanto Adán, al comer esa fruta firmó para sí y para todos sus descendientes; la sentencia de muerte.

Lecciones de la muerte.

   Hay cuatro certidumbres o cosas ciertas de la muerte; y tres incertidumbres o cosas inciertas.

Cuatro certidumbres:

   1) La muerte es segura. — Todos hemos de morir. Jamás ha habido hombre cuerdo que haya creído, que no debía morir.

   Todo lo que nos rodea nos habla de muerte: las hojas que caen de los árboles, las flores que se marchitan, el sol que aparece y se oculta luego, el rio que corre a la mar, la leña que es reducida a cenizas, el humo que se disipa.

   Moraleja: Si la muerte es segura y nadie se libra de ella, es lógico que nos consideremos como viajeros en esta tierra, en la que estamos de paso. No imitemos a aquéllos que viven como si nunca debiesen morir, que sólo piensan en acumular riquezas y bienestar para la vida presente sin preocuparse de la futura.

   2) La muerte vendrá pronto. — Dice la Escritura: “Acuérdate que la muerte no tarda en venir” (Eccli; XIV, 12); y en otro pasaje: “Vendrá temprano y no tardará”.

   “Breves son los días (o la vida) del hombre”, dice Job (XIV, 5) y corren más velozmente que una posta (IX, 25).

   Moraleja: Si los días de nuestra vida son cortos, hemos de aprovecharlos todos y bien, desde temprano.

   3) La muerte viene una sola vez. — Dice San Pablo: “Está decretado que el hombre muera una sola vez” (Hebr; IX, 27).

   Moraleja: No es posible remediar las consecuencias de una mala muerte; por consiguiente hay que hacer todo lo posible para morir bien, en gracia de Dios, la única vez que se muere.

   4) La muerte despoja de todo: de amigos, parientes, riquezas, dineros, casas, fábricas… el enfermo al hacer testamento sólo usa la palabra “dejo”: dejo esto a… dejo lo otro a… dejo… dejo.

   Moraleja: Es por lo tanto, una locura, apasionarse desordenadamente por los bienes de la tierra, que algún día habrá de dejar; como asimismo adornar con exceso este cuerpo que pronto será pasto de gusanos.

Tres incertidumbres o cosas inciertas tienen la muerte:

   1) ¿Cuándo vendrá? — Hoy, mañana, de aquí a uno o varios años. La poca edad, la buena salud no son razones suficientes para suponer que la muerta está lejana.

   2) ¿Dónde vendrá? — En la cama, en la clase, en el trabajo, en el teatro, durante un paseo, un viaje… no lo sabemos. La muerte nos sigue de cerca, pero jamás nos dice dónde nos alcanzará.

   3) ¿Cómo vendrá? — Nada más incierto; ¿será repentina? ¿Será de enfermedad, de mi accidente: un choque, uña bomba, un asalto…?

   Moraleja: Dios ha dispuesto estas incertidumbres para obligarnos a estar siempre preparados a la muerte. Dice Jesús: “Tened esto por cierto, que si el padre de familias supiese a qué hora había de venir el ladrón, estaría ciertamente velando para no dejarlo entrar en su casa. Así vosotros estad siempre prevenidos porque a la hora que menos pensáis, vendrá el Hijo del hombre” (S. Lucas, XII, 39-40).

   “Dichosos aquellos siervos a los cuales el amo al venir encuentra velando”; es decir, preparados para darle cuenta de su administración (Luc., id., 37).

   Estar preparados quiere decir vivir habitualmente en gracia de Dios, llevar vida cristiana en conformidad con los divinos preceptos y las obligaciones del  propio estado.

   Andan muy engañados y muy expuestos a condenarse eternamente los que viven mal con la esperanza de arreglarlo todo a la hora de la muerte.


“LA RELIGIÓN EXPLICADA” (Año 1953)

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