lunes, 1 de octubre de 2018

LA INEDIA (ayuno absoluto) – Por Antonio Royo Marín. (Fenómenos místicos extraordinarios).

Teresa Neumann




El hecho. — En la historia de los santos se han registrado muchas veces fenómenos de inedia o ayuno absoluto durante un tiempo muy superior al que resisten las fuerzas naturales.

   Casos históricos. — He aquí algunos de los más notables: la Bienaventurada Angela de Foligno estuvo doce años sin tomar ningún alimento; Santa Catalina de Sena (1347-80), ocho años aproximadamente; la Bienaventurada Elisabeth de Reute, más de quince años: Santa Ludwina de Schiedman (1380-1433), veintiocho años; el Bienaventurado Nicolás de Flüe (1417-87), veinte años; la Bienaventurada Catalina de Raconixio (1468-1547), diez años. De época más reciente podemos citar a Rosa María Andriani (1786-1845), veintiocho años; Domenica Lazzari (1815- 1848) y Luisa Lateau (1850-1883), catorce años.

   En nuestros días es famoso el caso de Teresa Neumann, rigurosamente comprobado por una observación que la crítica más severa se ha visto obligada a admitir como indiscutible

   Explicación del fenómeno. — La fisiología y patología humanas han demostrado plenamente que el hombre no puede naturalmente sobrevivir a una abstinencia total de alimentos prolongada durante algunas semanas. He aquí algunos datos curiosos sobre este particular:

   a) En 1831, el bandido Granié, condenado a muerte, rehusó todo alimento, salvo un poco de agua; murió al cabo de sesenta y tres días en convulsiones. No pesaba más que 26 kilos.
   b) En 1924, el Dr. P. Noury publicó en el Concours medical la observación de una nonagenaria que, habiéndose fracturado el cuello del húmero, declaró que no quería quedar imposibilitada y prefería morir. Rehusó toda alimentación, salvo un poco de líquido y algunos granos de uvas. Se extinguió en cuarenta y nueve días.

   c) De nuestros días es también el caso del lord alcalde de Cork—Mac Swiney—, que se hizo famoso en todo el mundo al dejarse morir de hambre como protesta por la dominación inglesa sobre Irlanda. Su agonía, en el curso de la cual tomó solamente líquidos, duró aproximadamente dos meses y medio (setenta y tres días).

   De estos y otros datos similares se desprende que la vida humana no puede prolongarse en inedia absoluta más allá de diez o doce semanas, no habiéndose registrado hasta la fecha ningún ayuno natural prolongado por más de tres meses.

   ¿Cómo se explican, pues, aquellos ayunos de los santos prolongados por meses y años enteros, no solamente sin morir, sino incluso sin perder peso y sin que su salud se quebrantara por ello?

   Ante todo parece que es preciso rechazar todo intento de explicación puramente natural. El organismo humano no puede naturalmente mantener su vitalidad sin combustiones internas. Toda combustión acarrea una pérdida considerable de ácido carbónico y de residuos; de ahí el adelgazamiento y la muerte al cabo de cierto tiempo si no hay aporte de material de recambio.

   Notemos, por otra parte, que los santos y personas piadosas que practicaron tales ayunos no solamente no llevaban una vida aletargada y somnolienta, sino, al contrario, llena de vitalidad y dinamismo, con poquísimas horas de descanso o sueño. Sus gastos de energía vital tenían, pues, que llegar al máximum. Esto es cosa del todo clara y evidente.

   ¿Habrá que concluir, sin más, que un ayuno prolongado por tiempo superior al que la simple naturaleza puede ordinariamente soportar es forzosamente sobrenatural? Creemos que no.

   La Iglesia no tiene en cuenta el ayuno prolongado—aunque se haya comprobado plenamente—para decidirse a una beatificación o canonización.

   Es preciso tener en cuenta no sólo la posible intervención diabólica, sino también las posibilidades desconocidas y ocultas de la misma naturaleza.

   ¿Podría el hombre en determinadas condiciones asimilar, como las plantas, el ácido carbónico y el nitrógeno atmosférico? ¿Puede recibir su energía vital de otra fuente distinta de sus combustiones internas? Un autor en 1934, en la revista Hipócrates, proponía para Teresa Neumann la hipótesis de una asimilación de las radiaciones solares. Estamos muy lejos de compartir esta opinión, pero es indudable que se abre con ella, para la ciencia moderna, una perspectiva insospechada.

   Sólo la comparación y contraste con el resto de la vida del paciente podrá darnos la clave para juzgar de la sobrenaturalidad de un ayuno prolongado.

   Es preciso comprobar la duración del ayuno, la conservación de las fuerzas físicas y morales, la ausencia del hambre en plena salud y la exclusión de toda causa morbosa del ayuno. Y, sobre todo, es necesario estar seguro de la santidad del ayunador, de la heroicidad de sus virtudes, de sus dones sobrenaturales de éxtasis, etc., que suelen casi siempre acompañar a estos fenómenos portentosos cuando son sobrenaturales, como parecen serlo en el caso de Teresa Neumann. Debe examinarse diligentemente si en el ayuno se encierra algún motivo oculto de vanidad o presunción o, si por el contrario, se practica bajo la moción del Espíritu Santo y con plena y rendida sumisión a la obediencia. El ayunador debe, además, no ser sostenido durante su largo ayuno sino por la recepción de la Sagrada Eucaristía y debe cumplir puntualmente todos sus deberes de estado. Únicamente cuando se reúnan todas estas circunstancias podrá juzgarse el fenómeno como verdaderamente sobrenatural y milagroso.

   Supuesta, finalmente, la sobrenaturalidad del fenómeno, habrá que explicarlo, desde el punto de vista teológico, por una especie de incorruptibilidad anticipada de los cuerpos gloriosos, que suspende la ley del incesante desgaste de los órganos y dispensa, por lo mismo, de la ley correlativa de la refección alimenticia.

“TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA”


EJEMPLO DE INEDIA: “SAN NICOLÁS DE FLUE”


 


El Padre Imer de Kerns escribió en 1487: Cuando el Padre Nicolás comenzó su vida de abstinencia total, y hubo alcanzado el decimoprimer día, me mandó llamar y me preguntó privadamente si debería comer o continuar absteniéndose. Él deseaba vivir totalmente sin comida, para separarse más del mundo. Toqué sus extremidades y noté sólo piel y huesos; toda la carne se había secado por completo, las mejillas estaban hundidas y los labios increíblemente delgados. Le dije que perseverara tanto como pudiera sin hacer peligrar su vida. Que si Dios lo había sostenido por once días, podría sostenerlo por once años.

Nicolás siguió mi consejo, y desde ese momento hasta el día de su muerte, por un período de veinte años y medio, no tomó ningún tipo de alimento ni bebió nada. Como era más cercano a mí que a cualquier otra persona, con frecuencia le hablé del tema. Me dijo que recibía el Sacramento una vez al mes, y sentía que el Cuerpo y Sangre de Cristo le comunicaba fuerza vital, que le servía como carne y bebida, y que de otro modo no habría podido sustentar su vida sin nutrición.

Los magistrados, queriendo verificar el hecho, enviaron guardias por todo un mes que rodearon el retiro del santo tanto de noche como de día para ver que nadie le llevase comida. El Príncipe-Obispo de Constancia envió a su sufragáneo, el Obispo de Ascalon, con órdenes estrictas de desenmascarar la impostura, si podía detectar alguna.

El sufragáneo tomó su morada en una capilla junto a la celda de Nicolás, y entrando a la celda le preguntó: “¿Cuál es el primer deber de un cristiano?”. “La obediencia”, dijo Nicolás. “Si la obediencia es el primer deber de un cristiano, yo te ordeno que comas tres piezas de pan, y que bebas este vino”, dijo el Obispo.

Nicolás pidió al Obispo que no insistiera en su orden, pero el Obispo no se dejaría convencer. Nicolás estaba obligado a obedecer; pero en el momento en que tragó un pedazo de pan, su agonía fue tan grande, que el Obispo dejó de presionarlo, y le dijo que sólo deseaba probar si Nicolás estaba poseso por un demonio; pero su obediencia le había mostrado que era un hijo de la gracia.

El Archiduque Segismundo de Austria envió al médico real, Buscard von Hornek, a examinar el caso, y él permaneció en la celda varios días y noches. El Emperador Federico III envió delegados para investigar, pero todos confesaron que era un hecho real, totalmente libre de engaños”.

Hasta aquí el relato del sacerdote contemporáneo del santo. Por su parte, el historiador protestante John de Muller, de la Confederación Suiza, escribió:

“Nicolás de Flue vivió veinte años sin comer otro alimento o bebida que no fuera la Santa Eucaristía que recibía cada mes. Esto se hizo por la gracia de Dios Todopoderoso, que creó de la nada el cielo y la tierra, y los mantiene como le place. Este milagro fue examinado durante su vida, relatado y entregado a la posteridad por sus contemporáneos, y se mantiene incontestable”.

Descargar en PDF. ¡Batalla de frente! (contra la masonería) - Por el Presbítero Félix Sardá y Salvany





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sábado, 22 de septiembre de 2018

TRISTEZA – Por Cornelio A Lápide.





Causa de la tristeza.

   Tristeza tiene su origen en la pereza, en el reposo, el abatimiento de alma y la concupiscencia; procede de los grandes cuidados, de las angustias, que abundan principalmente entre los que están unidos a los bienes de la tierra.

   La tristeza se apodera fácilmente de un corazon débil, blando o pusilánime... Todas las pasiones producen tristeza...

   La tristeza habita en un corazon depravado, dice el Eclesiástico. (XXXVI. 22).

Daño que hace la tristeza.

   Es para el corazon lo que la polilla para el vestido, y el gusano para la madera dicen los Proverbios. (XXV. 20).

   No hemos de llamar feliz al que tiene muchas riquezas, sino al que vence a la tristeza. La tristeza es hermana de la locura. ¿Por qué la tristeza, lejos de  ser un remedio para dulcificar los males, los irrita y los aumenta? Es un veneno, dice Apolodoro. (Ín Paralog.)

   Escuchad a San Gregorio: De la tristeza, dice, nacen la malicia, el desfallecimiento, la desesperación, la torpeza para la observancia de los preceptos  y la divagación del alma en todas las cosas malas. La tristeza es un especie de abismo, en el cual, si llegamos a caer, desaparecemos sin esperanza de salir. (Lili. XXXI. Moral., c. XVII).

   Con razón dice el Eclesiástico que más vale la muerte que una vida triste: (XXX. 11).

   La tristeza, dice San Crisóstomo, es más perniciosa que todas las emboscadas del demonio; porque aquellos a quienes el demonio domina, son dominados por la tristeza. Si vencéis la tristeza, nada puede ya contra vosotros: (Lib. III. de Providentia).

   La oración del hombre triste no tiene la virtud de subir hasta el altar del Señor. Esta es la explicación de las palabras de Aarón: ¿Cómo podré agradar al Señor en las ceremonias, teniendo el alma sumergida en la tristeza?

   La tristeza, dice San Gregorio Nazianzeno, abrevia los días y trae una pronta vejez. (In Distich.)

   En resumen, la tristeza es causa de tres grandes males: 1° Lleva prontamente a la muerte; 2° quita las fuerzas del alma, y por consiguiente las virtudes; 3° no deja hacer más que el mal...

Remedios contra la tristeza.

   1° Hacer lo posible por tener una buena conciencia... El que practica la virtud, dice San Ambrosio, está tranquilo, contento y estable. Dios le  reserva el don precioso de la paz y de la alegría. Los corazones virtuosos no se conmueven por las cosas de la tierra; ni se inquietan por el temor, ni se fatigan por la tristeza, ni son atormentados por el dolor: están como en un puerto seguro; ven las tempestades, los vientos desenfrenados; y su alma está inmóvil y en el regocijo. (Lib. de Offic., c. V).

   2° ¿Si queréis estar jamás triste? dice San Bernardo. Vivid bien; de esta manera estaréis siempre en alegría: (De Inter. Domo, c. XLV).

   3° ¿Por qué, o alma mía, estás triste? ¿Por qué me turbas? dice el Real Profeta. Y al momento dice a su alma que espere, porque este es el remedio de curar su tristeza. (XLI. 6-7).

   4°  El apóstol Santiago nos dice que la oración ahuyenta la tristeza: ¿Está triste alguno de vosotros? dice: Que ore. (v. 13).

   5° La fuerza del corazon, la sumisión y la voluntad de Dios, destruye la tristeza...

   6° El pensamiento del Cielo, dice San Gregorio, hace desaparecer la tristeza. (Lib. V in I. Reg., c. XIV). Entonces el alma dice con el Salmista: Me he alegrado con esta palabra que se me ha dicho: Iremos a la casa del Señor. (CXXI. 1).

   7°  El desprecio de las cosas de la tierra.

   8° La tristeza no alcanza al que piensa muchas veces en la muerte del tiempo en la eternidad. Este pensamiento estimula al hombre para hacer una buena muerte y evitar la condenarán...

   9° Hemos de alegrarnos en el Señor...

   10° Hemos de evitar el pecado...

   11° Hemos de amar el trabajo, ocupándonos siempre principalmente en cosas útiles a la salvación...

   12° Hemos de despreciar la tristeza.


“TESOROS DE CORNELIO A LÁPIDE”

jueves, 6 de septiembre de 2018

SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: EL CONGRESO DE LOS DIABLOS



   Soñé que estaba en una gran sala donde muchos diablos celebraban un congreso para encontrar los medios con los cuales lograr acabar y destruir a la comunidad salesiana (y a cualquiera otra asociación religiosa).

   Un diablo propuso: – Para destruir esta asociación religiosa lo mejor será la GULA. Ella trae desgano para hacer el bien, corrupción de costumbres, malos ejemplos, falta de espíritu de sacrificio, descuido de los deberes del apostolado…

   Pero otro diablo respondió: – Este medio no sirve para la mayoría, porque la comida de los religiosos es bastante sobria y las bebidas alcohólicas son escasas entre ellos. Sus reglamentos mandan que la alimentación sea ordinaria y los superiores vigilan para que no haya exceso en esto. Y el que se excede en el comer y en el beber no sólo produce escándalo entre los demás sino que se atrae el desprecio de los otros. Yo propongo más bien, como medio para acabar con la congregación el inspirarles UN GRAN AMOR POR LAS RIQUEZAS.

   Y añadió: – Es que cuando en una asociación religiosa entra el amor a las riquezas, llega también el amor por las comodidades, y el deseo de tener cada uno su propio dinero para gastarlo en lo que se le antoje, y los religiosos empiezan ya a no pensar con caridad en los demás, sino con egoísmo, cada uno en sí mismo. Y el amor al dinero lleva a los religiosos a dedicarse a los ricos que pueden pagar altas cuotas, y se van olvidando de los pobres.

   Aquel demonio quería continuar hablando pero le interrumpió un tercero que dijo: – ¡Qué gula, ni qué amor a las riquezas! Estos religiosos son bastante pobres y bastante sobrios. Además se dedican a atender gentes tan necesitadas, que cualquier cantidad de dinero que les llegue, apenas sí les alcanzará para ayudar a tantos pobres que vienen a pedir su ayuda. Yo en cambio propongo como medio para acabar con su comunidad el incitarles a una EXAGERADA LIBERTAD. Convencerlos de que no es necesario obedecer a los reglamentos de su Congregación. Que hay que rechazar ciertas preocupaciones poco brillantes que se les encomiendan. Que hay que producir movimientos contra sus superiores. Que se puede ir siempre a hacer visitas sin pedir permiso a nadie. Que pueden aceptar toda clase de invitaciones y aprovechar esas ocasiones para salir de casa… y otras cosas semejantes.

   Entonces se adelantó un cuarto demonio y exclamó: – Esos medios que han propuesto resultan bastante inútiles, porque los superiores pueden despedir a los rebeldes. Es verdad que algunos se dejarán deslumbrar por el deseo de tener una exagerada libertad, pero ya verán que la mayor parte de estos religiosos se mantendrán fieles al cumplimiento de su deber. Yo les propongo un medio cuya peligrosidad estos hombres no serán capaces de descubrir tan fácilmente. Consiste en CONVENCERLOS DE QUE LO MÁS IMPORTANTE ES LLEGAR A SER MUY INSTRUIDOS, que su principal gloria será el lograr ser personas de mucha ciencia. Y para eso hay que convencerlos de que estudien mucho para adquirir fama, y no para lograr hacer gran bien a las almas o para ser más Santos. Que se instruyan para provecho propio y no para provecho del prójimo que necesita de su apostolado. Hay que llevarlos a que desprecien a los que no son muy instruidos y que les interese la ciencia solamente, y no el ejercer el ministerio sacerdotal y el apostolado que tiene que hacer un buen religioso. Que no les guste enseñar catecismo a los niños, ni dar clases a los pobres, ni pasar largas horas en el confesionario. Que se dediquen solamente a predicaciones en las cuales puedan lucir todo su orgullo y conseguir alabanzas de las personas humanas, pero no a las sencillas predicaciones en las cuales ayuden en verdad a la salvación de las almas.

   Esta proposición fue recibida con grandes aplausos por todos los diablos. Y yo me puse a pensar con tristeza que a nuestra Congregación (y a muchas otras) puede llegar al terrible peligro de que algunos crean que lo verdaderamente importante es ser muy instruidos y adquirir fama de brillantes ante los demás, y mientras tanto descuiden sus deberes de sacerdotes y de religiosos, esos deberes sencillos y humildes de enseñar catecismo, de confesar, de predicar de manera fácil al pueblo ignorante y de dedicarse a labores de apostolado que no brillan ante los ojos humanos pero que sí tienen un gran valor ante los ojos de Dios.

   Y yo pensaba: ¡qué peligro tan grande el que nos puede venir: que los nuestros deseen solamente la ciencia que hincha y enorgullece y que proporciona alabanzas de la gente, y que esto los lleve a despreciar los buenos consejos de aquellos a los cuales consideran inferiores a ellos en el saber! De pronto uno de los diablos me vio escondido allá en un rincón escuchándoles y entonces todos ellos se lanzaron contra mí tratando de destrozarme. Yo empecé a gritar: ¡Auxilio! ¡Auxilio! Y… me desperté muy conmocionado y muy cansado.


“LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO”
 Sueño 141



Del modo de gobernar la lengua – Por el V. P. D. Lorenzo Scupoli.



   La lengua del hombre, para ser bien gobernada, necesita de freno que la contenga dentro de las reglas de la sabiduría y discreción cristiana; porque todos somos naturalmente inclinados a dejarla correr y discurrir libremente de las cosas que agradan y deleitan a los sentidos.

   El hablar mucho nace ordinariamente de nuestra soberbia y presunción; porque persuadiéndonos a que somos muy entendidos y sabios, y enamorándonos de nuestros propios conceptos, nos esforzamos con sobradas réplicas a imprimirlos en los ánimos de los demás, pretendiendo dominar en las conversaciones, y que todo el mundo nos escuche como maestros.

   No se pueden explicar con pocas palabras los daños que nacen de este detestable vicio. La locuacidad es madre de la pereza, indicio de ignorancia y de locura, ocasiona la detracción y la mentira, entibia el fervor de la devoción, fortifica las pasiones desordenadas, y acostumbra la lengua a no decir sino palabras vanas, indiscretas y ociosas.

   No te alargues jamás en discursos y razonamientos prolijos con quien no te oye con gusto para no darle enfado, y haz lo mismo con quien te escucha cortesanamente para no exceder los términos de la modestia.

   Huye siempre de hablar con sobrada eficacia y con alta voz, porque ambas cosas son odiosas, y muestran mucha presunción y vanidad.

   No hables jamás de tí mismo, de tus cosas, de tus padres o de tus parientes sino cuando te obligare la necesidad; y entonces lo harás muy brevemente y con toda la moderación y modestia posible, y si te pareciere que alguno habla sobradamente de sí y de sus cosas, no por eso lo menosprecies; pero guárdate de imitarlo, aunque sus palabras no se dirijan sino a la acusación y al menosprecio de sí mismo, y a su propia confusión.

   Del prójimo y de las cosas que le pertenecen no hables jamás sino cuando se ofreciere la ocasión de confesar su mérito y su virtud para no defraudarle de la aprobación o alabanza que se le debe.

   Habla con gusto de Dios, y particularmente de su amor y de su bondad infinita.

   Pero temiendo que puedes errar en esto y no hablar con la dignidad que conviene, gustarás más de escuchar con atención lo que otros dijeren, conservando sus palabras en lo íntimo de tu corazon.

   En cuanto a los discursos y razonamientos profanos, si llegaren a tus oídos, no los permitas que entren en tu corazon; pero si te fuere forzoso escuchar al que te habla para responderle, no dejes de dar con el pensamiento una breve vista al cielo donde reina tu Dios, y desde donde aquella alta soberana Majestad no se desdeña de mirar tu profunda bajeza.

   Examina bien todo lo que quisieres decir antes que del corazón pase a la lengua.

   Procura usar en esto de toda la circunspección posible; porque muchas veces se fían inadvertidamente a la lengua algunas cosas que deberían sepultarse en el silencio, y no pocas palabras que en la conversación parecen buenas y dignas de decirse, sería mejor suprimirlas; lo cual se conoce claramente pasada la ocasión del razonamiento.

   La virtud del silencio, hija mía, es un poderoso escudo en el combate espiritual, y los que le guardan pueden prometerse con seguridad grandes victorias; porque ordinariamente desconfían de sí mismos, confían en Dios, tienen mucho atractivo para la oración , y una grande inclinación y facilidad para todos los ejercicios de la virtud.

   Para aficionarte y acostumbrarte al silencio, considera a menudo los grandes bienes que proceden de esta virtud, y los males infinitos que nacen de la locuacidad y de la destemplanza de la lengua; pero si quieres adquirir en breve tiempo esta virtud, procura callar aun cuando tuvieres ocasión o motivo de hablar; con tal que tu silencio no te cause a ti o al prójimo algún perjuicio. Huye sobre todo de las conversaciones profanas; prefiere la compañía de los Ángeles, de los Santos y del mismo Dios, a la de los hombres. Acuérdate, finalmente, de la difícil y peligrosa guerra que tienes dentro y fuera de ti misma, porque viendo cuánto tienes que hacer para defenderte de tus enemigos, dejarás sin dificultad las conversaciones y discursos inútiles.
         

“COMBATE ESPIRITUAL” Año 1865



miércoles, 29 de agosto de 2018

SATANÁS EN LA POLÍTICA – Por Virgilio Filippo (Cura Párroco de Belgrano) – Año 1949.





   Una verdad hay innegable, y es que el PODER POLÍTICO es de los más formidables medios de dominación en manos de los que usan más la astucia y el egoísmo que el criterio recto y el bien general de una nación. Este poder se concentra bajo las apariencias de la más amplia libertad, de la más sincera fraternidad y la más cordial igualdad. El sufragio universal ha sido en la mayoría de los casos una farsa; y preciso es confesarlo, los argentinos estuvimos largos años sojuzgados por este espejismo. Se votó pero no se eligió, porque los elegidos ya lo estaban de antemano por una comandita que utilizo a un partido como pantalla.

   La POLÍTICA se ha hecho por esto una MALA PALABRA. Satanás se ha servido de los políticos venales para comprar todas las conciencias y vender a sus fieles servidores todas las patrias. Todavía les repite la frase que le dijo a Cristo cuando lo tentó de ambición mostrándole todos los pueblos de la tierra: “Todo esto es mío y te lo daré si arrodillándote  me adoras”. ¡Cuántos políticos no supieron vencer la tentación se arrodillaron, lo adoraron, y gobernaron para ensanchar más aún el reinado de Satanás! La ambición política es la más terrible y la más subyacente de las tentaciones. Es la que más ciega y ata.

   Si Satanás es el padre de la mentira, los Parlamentos han sido con frecuencia los cenáculos de la hipocresía, del artificio, del maquiavelismo, de la farsa más estúpida y más satánica. Son todavía en muchas naciones escuelas de sofistas. Las leyes se votan no con libertad sino con autoridad presionante. Se arma la máquina para representarse la farsa de la deliberación. A veces se defienden personas a costa de los conceptos más puros de la democracia y se pone el interés de un partido, que es el de un cenáculo de privilegiados, por encima del INTERÉS DE UNA NACIÓN.

   ¡Cuántas veces se defiende masónicamente a un adversario y se desprecia a un partidario, porque aquel conoce debilidades inconfesables!

   Hoy hay pueblos que tienen sus Cámaras al servicio de una doctrina “intrínsecamente perversa”. En efecto, los comunistas, en frase del Cardenal Francisco Spellman, defienden un programa de acción que “odia a Cristo, y han hecho un PACTO CON SATANÁS”. (“La Época”, 6 de enero de 1949).

EL REINO DE DIOS Y EL REINO DE SATANÁS – POR PEDRO SCHUMACHER, OBISPO DE PORTOVIEJO. (Parte II de II)



El Reino de Satanás.


II. El Reino de Satanás — la Francmasonería y el Liberalismo.


   “En nuestra época parece que los fautores del mal se han unido en Inmenso esfuerzo, a impulso y con ayuda de una sociedad esparcida en gran número de lugares y vigorosamente organizada, la francmasonería.”
   “Los que tomando nombre de Libertad se llaman a sí mismos Liberales, son imitadores de Lucifer, aquel cuyo nefando grito es: “¡No serviré!” (Palabras de León Xlll.)


   1. ¿Existe en el mundo un reino de Satanás?
   Hay un reino de Satanás en el mundo como lo declara repetidas veces Jesucristo: “Llega el príncipe de este mundo y en mí no tiene parte alguna” (s. Juan 14, 30.) “El príncipe de este mundo ya está juzgado.” (Ibid. 16, 11.)


   2. ¿Quiénes forman el reino de Satanás?
   El reino de Satanás se compone de todos los que hacen la guerra a Dios y a su santa Iglesia, siguiendo el ejemplo de Lucifer, quien se alzó contra el Señor diciendo: “¡No serviré!”


   3. ¿Qué nombre toman los que en el día siguen la bandera del ángel rebelde?
   Los enemigos más declarados del reino de Dios forman en el día de hoy una sociedad oculta o secreta que se llama francmasonería, con la cual está íntimamente unida la secta del liberalismo, porque tiene el mismo fin y los mismos principios.

   4. ¿Cuál es el fin característico de las sectas masónicas y liberales?
   El fin de estas sectas es separar al hombre de Dios y destruir la autoridad de la Iglesia católica.

EL REINO DE DIOS Y EL REINO DE SATANÁS – POR PEDRO SCHUMACHER, OBISPO DE PORTOVIEJO. (Parte I de II)





La Iglesia y la Francmasonería con el Liberalismo.


I. La Iglesia — El Reino de Dios.


   “El linaje humano, después de haberse rebelado contra Dios, se dividió en dos partidos distintos y opuestos. El uno es el Reino de Dios en la tierra; el otro es el Reino de Satanás, en cuyo poder y dominio están los que no quieren obedecer a la ley divina y eterna.” (Palabras de León XIII Enc. Humanum Genus.)


   1. ¿De quién traen su origen las sociedades civiles?
   Las sociedades civiles traen su origen de Dios, quien es Criador y supremo y soberano Ordenador de cuanto existe en el universo.


   2. ¿Por qué se debe reconocer a Dios por Autor y soberano Señor de la sociedad civil?
   Dios es el Autor y Señor de la sociedad civil primero, porque El crió al hombre en tales condiciones que debe buscar la sociedad de sus semejantes; segundo porque el mismo Dios comunicó al hombre la razón y la facultad de hablar que son los medios principales para organizar una sociedad y vivir en ella.
   “La naturaleza, o mejor dicho Dios, Autor de la naturaleza, quiere que los hombres vivan en sociedad: lo demuestran claramente ya la facultad del lenguaje, la más poderosa mediadora de la sociedad, ya el número de las necesidades innatas en el alma, y muchas de las cosas necesarias e importantísimas que los hombres, si viviesen solitarios, no podrían procurarse y que se procuran unidos y asociados entre sí.” (Palabras de León XIII. Enc. De Soc. Civ.)


   3. ¿Cuál es el fin que Dios ha señalado a la sociedad civil?
   El fin para el cual los hombres, movidos por la naturaleza, se reúnen en sociedad civil es que cada uno alcance los medios para llegar al fin que Dios le ha señalado, y es verdadero bienestar temporal en esta vida y felicidad eterna en la vida futura.
   El Papa León XIII precisa de la manera siguiente el fin y objeto de la sociedad civil en su Encíclica sobre los deberes de los católicos: “El fin de toda asociación humana es ayudar a cada uno para alcanzar el fin que Dios le ha puesto. Una sociedad civil, pues, que se propusiera buscar el bienestar temporal y lo que puede hermosear y hacer agradable la vida, pero en la administración y en todos los negocios públicos no tomara en cuenta a Dios y descuidara la ley moral dada por Dios, no cumpliría con su obligación, y sólo en apariencia, pero no en realidad y verdad, sería una sociedad humana fundada en derecho.” (Enc. Sap.)


   4. ¿De qué nos sirve la razón que Dios nos ha dado para organizar la sociedad civil?
   La razón nos da a conocer la ley natural de Dios que es el fundamento firme e indispensable para el orden público, y esta misma razón, iluminada por la fe, nos habilita para conocer la revelación sobrenatural, con la cual el Hijo de Dios ha completado y perfeccionado la ley natural, y le ha añadido los conocimientos y los medios sobrenaturales necesarios para alcanzar la vida eterna.


   5. ¿Cómo llamaremos a la sociedad humana cuando es ordenada según la ley de Dios?
   La sociedad civil organizada y ordenada según la ley divina es el reino de Dios en la tierra, porque semejante sociedad reconoce a Dios por Legislador y soberano suyo; le adora y le sirve. Esto es precisamente lo que el Liberalismo llama teocracia, afectando desprecio para una teoría que tanto ennoblece a la sociedad humana, pues ¿qué cosa puede ser más gloriosa para el hombre que reconocer a Dios por Señor, según está escrito? “Le adorarán todos los reyes de la tierra: todos los pueblos le servirán.” (Salmo. 71, 11.)

jueves, 23 de agosto de 2018

MÁXIMAS ETERNAS – MEDITACIÓN VI – Por San Alfonso María de Ligorio – SOBRE EL INFIERNO.



PRIMERO.

   Considera, que el infierno es una prisión horrible, llena de fuego, en el que son sumergidos los condenado teniendo sobre si un abismo: un abismo por debajo, un abismo por todas parles; fuego en los ojos, fuego en la boca, fuego en todo. Además cada uno de los sentidos tiene un suplicio particular; los ojos son cegados por el humo y las tinieblas, y espantados por la vista horrible de otros condenados y de los demonios: los oídos oirán sin cesar alaridos, quejas, maldiciones y blasfemias; el olfato sufrirá el mal olor de estos innumerables cuerpos en putrefacción; el gusto será atormentado por una sed ardiente y un hambre devoradora, sin que pueda jamás alcanzar una gota de agua ni una migaja de pan. Estos desgraciados prisioneros abrasados de sed, devorados por las llamas y presa de todos los tormentos, gimen, braman y se desesperan; pero ya no hay ni habrá jamás para ellos alivio ni consuelo. ¿Oh infierno, infierno? ¿Cómo se hallan hombres, que no quieren pensar en tí, ni creer en tu existencia, si no cuando son precipitados en tus abismos?

   Y tú, mi querido lector, ¿qué dices a esto? Si murieses al presente ¿Adónde irías? Tú que no puedes soportar una chispa que te cae sobre la mano, ¿sufrirás quedar sumergido en un mar de fuego y de tan crueles tormentos, sin socorro ni consuelo, por toda la eternidad?

SEGUNDO.

   Considera todavía más ¡ho hombre! las penas que afligirán las potencias del alma. La memoria será continuamente atormentada con los remordimientos de la conciencia, por ese gusano eterno, que roerá sin cesar al condenado, echándole en cara el haberse perdido voluntariamente por unos placeres, emponzoñados. ¡Ay! ¿Qué serán entonces para él esas satisfacciones de un momento comparadas no digo con cien años, sino con millones do años, de infierno? Ese gusano desapiadado le recordará el tiempo que Dios le concedió para repagar sus faltas, la facilidad y las ocasiones que le habrán presentado para salvarse, los buenos ejemplos de sus semejantes, con resoluciones conocidas pero no ejecutadas, y verá que ya no hay remedio para su desgracia ¡Oh!; ¡que doble infierno aquel! La voluntad  será siempre contrariada, nunca tendrá lo que le agrade sino lo que le disguste, es decir, todos los tormentos imaginables. El entendimiento conocerá la grandeza del bien perdido es decir, ¡Dios y el paraíso! ¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡Perdonadme, por el amor de Jesucristo!

   ¡Oh pecador! tu que ahora haces poco caso de perder el paraíso y a Dios, entonces reconocerás tu ceguedad cuando ya no tengas remedio, cuando veas a los escogidos elevarse triunfantes y alegres al reino de los cielos; mientras que tu serás arrojado como un animal inmundo lejos de esta patria bienaventurada, lejos de la hermosa cara de Dios, lejos de la compañía de María Santísima, de los ángeles y de los Santos. Entonces exclamarás con desesperación: ¡Oh paraíso! ¡Oh felicidad! ¡Oh Dios! ¡Oh Bien infinito! ¡tú no eres, ni serás nunca para mí!

   — ¡Animo, hermano mío haz penitencia, muda de vida y no esperes  que el tiempo haya pasado también para tí. Entrégate a Dios y comienza a amarle verdaderamente. RUEGA A JESÚS Y A MARÍA que tengan piedad de tí.


“Pequeños tesoros escogidos de San Alfonso María de Ligorio”






lunes, 13 de agosto de 2018

PRIMEROS COMBATES CON LOS DEMONIOS (San Antonio Abad)




   El demonio que odia y envidia lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela, el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida. Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.

   El enemigo vio, sin embargo, que era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre, derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces toda su confianza en las armas que están “en los músculos de su vientre” (Job 40,16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos sucios, pero él los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos (Jos 16,21; Sir 7,19; Is 66,24; Mc 9,48). Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado.

Toda esa experiencia hizo avergonzarse al enemigo. En verdad, él, que había pensado ser como Dios, hizo el loco ante la resistencia de un hombre. El, que en su engreimiento desdeñaba carne y sangre, fue ahora derrotado por un hombre de carne en su carne.

Verdaderamente el Señor trabajaba con este hombre, El que por nosotros tomó carne y dio a su cuerpo la victoria sobre el demonio. Así, todos los que combaten seriamente pueden decir: No yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Co 15,10).

   Finalmente, cuando el dragón no pudo conquistar a Antonio tampoco por estos últimos medios sino que se vio arrojado de su corazón, rechinando sus dientes, como dice la Escritura (Mc 9,17), cambio su persona, por decirlo así. Tal como es en su corazón, así se le aprareció: como un muchacho negro; y como inclinándose ante él, ya no lo acosó más con pensamientos –pues el impostor había sido echado fuera–, sino que usando voz humana dijo: “A muchos he engañado y a muchos he vencido; pero ahora que te he atacado a ti y a tus esfuerzos como lo hice con tantos otros, me he demostrado demasiado débil”.

   ¿Quién eres tú que me hablas así?, preguntó Antonio.

   El otro se apresuró a replicar con voz gimiente: Soy el amante de la fornicación. Mi misión es acechar a la juventud y seducirla; me llaman el espíritu de la fornicación. ¡A cuantos no he engañado, que estaban decididos a cuidar de sus sentidos! ¡A cuántas personas castas no he seducido con mis lisonjas! Yo soy aquel por cuya causa el profeta reprocha a los caídos: Ustedes fueron engañados por el espíritu de la fornicación (Os 4,12). Sí, yo fui quien los hice caer. Yo soy el que tanto te molesté y que tan a menudo fui vencido por la humildad”. Antonio dio gracias al Señor y armándose de valor contra él, dijo: Entonces eres enteramente despreciable; eres negro en tu alma y tan débil como un niño. En adelante ya no me causas ninguna preocupación, porque el señor está conmigo y me auxilia, ver la derrota de mis adversarios (Sal 117,7).

   Oyendo esto, el negro desapareció inmediatamente, inclinándose a tales palabras y temiendo acercarse al hombre.


“VIDA DE SAN ANTONIO ABAD” – Por San Atanasio de Alejandría