EL MILAGRO DE CALANDA
Es el milagro por antonomasia cuando se habla
de los milagros de la Virgen del Pilar, y es el primero que se presenta en la
memoria.
«Un mozo de mulas llamado Miguel Pellicer,
guiando un chirrión (carro) cargado con cuatro cahíces de trigo (cahíce medida
de capacidad), cayó de la caballería que montaba, pasándole una de las ruedas por
encima de la canilla de la pierna derecha y fracturándosela por completo. Esto
sucedió en Castellón de la Plana el año 1637. Conducido al Hospital de la
ciudad de Valencia, estuvo allí cinco días, y a petición del enfermo lo
remitieron con pasaporte de socorro al de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza,
donde el licenciado Juan de Estanga le cortó la pierna cuatro dedos más abajo
de la rodilla, en uno de los últimos días de Octubre de 1637, La pierna fué
enterrada en el cementerio de dicho Hospital. El cojo Pellicer salió de este
Hospital con una pierna de palo y una muleta, y permaneció en Zaragoza dos años
y medio, viviendo de las limosnas que recogía en el templo de la Virgen del
Pilar, a la que se encomendaba todos los días, untándose el muñón de la pierna
cortada con el aceite de una lámpara que ardía en su santa capilla. Cansado el
pobre mozo de su vida miserable, se trasladó con mil penalidades a la casa de sus
padres en la villa de Calanda, en la cual y lugares convecinos siguió pidiendo
limosna para sustentarse y ayudar en algo a sus padres. El día 29 de Marzo de
1640, entre diez y once de la noche, entraron éstos en el aposento donde dormía
su hijo, y notando una fragancia y olor suave, reconociéronle con la luz de un
candil que llevaban, y vieron que tenía dos piernas, que salían fuera del
camastro por ser éste muy corto. Despertáronle pasmados, y él contó que había
soñado estaba en la santa capilla ungiéndose con el aceite de una lámpara, como
tenía por costumbre, y que se veía con pierna, sin saber cómo ello había sido,
aunque sí tenía por cierto que la Virgen del Pilar se la había traído y puesto,
y que era la misma que le habían cortado en el Hospital, como lo demostraban las
señales de la rotura, la de un mal grano que había tenido y de varios rasguños
que recibió yendo por el monte. En los tres primeros días la pierna restituida ofrecía
color mortecino y algo amoratado, teniendo encorvados los dedos y encogidos los
nervios; pero del tercero en adelante, Miguel Juan Pellicer sintió en la dicha
pierna calor natural, pudiendo menear el pie y los dedos, sentar el talón en el
suelo y andar con libertad como si nunca hubiera tenido en ella daño alguno.»
Tan
extraordinario milagro, con evidencia irrefragable comprobado, sigue en la
tradición y en la historia desafiando la incredulidad, que contra este suceso
no tiene otro argumento que la mala fe del silencio.
“EL APOSTOLADO DE LA
PRENSA”
Año 1907.

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