jueves, 15 de octubre de 2026

VISIÓN DEL INFIERNO DE SANTA TERESA.

 



 

   El lugar que el diablo me tenía preparado: Después de que el Señor me había concedido muchas de las gracias que he mencionado, y otras más, muy grandes, un día mientras estaba en oración, me encontré de repente, sin saber cómo, en el infierno. Entendí que el Señor quería que viera el lugar que los demonios me tenían preparado, y que yo había merecido por mis pecados. Todo ocurrió en un instante, pero aunque viviera muchos años, me parece imposible olvidarlo.

 

   Un lugar angosto y pestilente: La entrada me pareció un callejón muy largo y estrecho, como un horno bajo, oscuro y angosto. El suelo me parecía de un agua lodosa, muy sucia y de olor putrefacto, con muchas alimañas repugnantes. Al final había una cueva en la pared, como un armario empotrado, donde me sentí con gran opresión.

 

   El tormento físico y espiritual: Todo lo que había visto hasta entonces era agradable a la vista en comparación con lo que sentí allí. Y lo que voy a decir ahora, no importa cuánto lo intente, no puedo describirlo con exactitud. Sentí un fuego en el alma cuya naturaleza no puedo explicar. Los dolores corporales eran tan insoportables que, a pesar de haber pasado por otros muy graves en esta vida —los médicos decían que eran los más grandes que se podían soportar, ya que todos mis nervios se encogieron cuando me paralicé, además de muchos otros que he tenido, algunos causados por el demonio—, todo eso no es nada en comparación con lo que sentí allí, y con la idea de que ese dolor sería eterno y jamás cesaría.

 

   Desesperación del alma: Esto no es nada comparado con la agonía del alma: una opresión, un ahogo y una aflicción tan intensos, y con una desdicha tan desesperada y atormentada, que no sé cómo describirlo. Decir que es como si el alma se estuviera arrancando es poco, porque aquí parece que es uno mismo el que se despedaza. Lo cierto es que no sé cómo expresar aquel fuego interior y la desesperación que acompañan a tan graves tormentos y dolores. No veía quién me los daba, pero sentía que me quemaban y me hacían pedazos. Y repito, aquel fuego y desesperación interior es lo peor.

 

   Tinieblas y sufrimiento sin fin: Estando en un lugar tan pestilente, sin poder esperar consuelo, no había posibilidad de sentarse ni de acostarse; no había lugar, aunque me pusieron en ese agujero hecho en la pared. Porque esas paredes, de aspecto espantoso, aprietan por sí mismas y todo ahoga. No hay luz, solo tinieblas muy oscuras. No entiendo cómo es posible que, a pesar de no haber luz, se pueda ver todo lo que causa pena.

 

   El temor a volver: El Señor no quiso que viera más del infierno en ese momento. Después he tenido otra visión de cosas espantosas, de los castigos de algunos vicios. A la vista, me parecieron mucho más aterradores, pero como no sentía el dolor, no me causaron tanto temor. En esta visión, el Señor quiso que yo sintiera de verdad esos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo los estuviera sufriendo. No sé cómo fue, pero entendí que era una gran gracia, y que el Señor quería que viera con mis propios ojos de qué me había librado su misericordia. Porque no es lo mismo oírlo o haber pensado en los diferentes tormentos —aunque yo rara vez lo hacía por el miedo que me daban— que sentirlos. El infierno que he leído en los libros o el que se imagina, no es nada comparado con esta pena. En fin, es como un dibujo comparado con la realidad, y el fuego que sentimos aquí es muy poco comparado con el de allá.

 

   El beneficio de la visión: Quedé tan espantada, y todavía lo estoy al escribir esto —han pasado casi seis años—, que me parece que el calor natural me falta por el miedo que siento. No recuerdo ninguna vez que tenga problemas o dolores que no me parezca que son nada en comparación con lo que se puede sufrir allí. Así, me parece que nos quejamos sin motivo. Por eso, vuelvo a decir que fue una de las mayores gracias que el Señor me ha hecho, porque me ha ayudado mucho a perder el miedo a las tribulaciones de esta vida, a esforzarme a padecerlas y a dar gracias al Señor por haberme librado de males tan perpetuos y terribles.

 

   El deseo de salvar almas: Desde entonces, como digo, todo me parece fácil en comparación con un solo momento de lo que sufrí allí. Me asombra cómo, habiendo leído muchas veces libros donde se habla de las penas del infierno, no las temía ni las tomaba en serio. ¿Dónde estaba mi juicio? ¿Cómo podía algo darme descanso si me llevaba a tan mal lugar? ¡Seáis bendito, Dios mío, por siempre! ¡Cómo se ha evidenciado que me queríais mucho más a mí que yo misma! ¡Cuántas veces, Señor, me librasteis de una cárcel tan tenebrosa, y cómo yo volvía a meterme en ella contra vuestra voluntad!

 

   De aquí también surgió la grandísima pena que me da la gran cantidad de almas que se condenan, en especial la de los protestantes, ya que, por el bautismo, eran miembros de la Iglesia. Siento un gran impulso de ayudar a las almas, y me parece que, por librar a una sola de tan graves tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana. Si aquí vemos a una persona que queremos, en especial con un gran sufrimiento o dolor, la compasión nos mueve, y si es muy grande, nos oprime. Entonces, ¿quién podrá soportar ver a un alma en el tormento más grande, sin fin? No hay corazón que lo aguante sin una gran pena. Si aquí, sabiendo que el dolor terminará, nos mueve a compasión, ¡no sé cómo podemos estar tranquilos viendo tantas almas que el demonio se lleva consigo cada día!

 

   Precaución y ruego final: Esto también me hace desear que, en algo que tanto importa, no nos conformemos con menos de hacer todo lo que podamos de nuestra parte. No dejemos nada. Y ruego a Dios que se digne darnos gracia para ello.

 

   Cuando considero que, aunque era tan mala, me esforzaba por servir a Dios y no hacía algunas cosas que veo que la gente en el mundo hace sin pensar, y que pasaba grandes enfermedades con mucha paciencia, que me la daba el Señor; no era propensa a murmurar ni a hablar mal de nadie, ni me parece que pudiera desearle el mal a nadie. No era codiciosa, ni recuerdo haber sentido envidia al punto de ser una ofensa grave a Dios, y en otras cosas, aunque era tan indigna, siempre sentí un gran temor a Dios. Y, a pesar de todo, veo dónde me tenían ya los demonios acomodada, y es verdad que, según mis culpas, incluso me parece que merecía más castigo. Pero, aun así, digo que era un tormento terrible, y es peligroso que el alma se sienta satisfecha y tranquila cuando cae a cada paso en pecado mortal. Por el amor de Dios, apartémonos de las tentaciones, que el Señor nos ayudará como lo ha hecho conmigo. Ruego a Su Majestad que no me suelte de su mano para que yo no vuelva a caer, pues ya he visto a dónde he de ir a parar. Que el Señor no lo permita, por quien Su Majestad es, amén.

 

“Autobiografía de Santa Teresa de Ávila”

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.