sábado, 3 de octubre de 2026

SAN FRANCISCO DE ASÍS. (4 de octubre)

 



 

   Después de las grandes figuras evangélicas, la historia universal no ofrece otra de tanta magnitud y perfección, ni tan misteriosa y poética, ni que atraiga los corazones y las voluntades con tanta fuerza como la del Patriarca de Asís del siglo XIII.

 

   Exhala esa figura una fragancia que, a través de las generaciones y de las edades, llega hasta nosotros como si acabaran de ser plantadas las florecillas, y la voz dulcísima del Patriarca vibrase aún en la limpia atmósfera de la Umbría, y asistiésemos aún al sublime espectáculo de las muchedumbres que seguían al hermano Francisco, clamando penitencia, y dejando, como en la feliz edad apostólica, trajes, casas, regalos y comodidades de la vida, para vestir el tosco sayal pardo y ceñirse a la cintura la cuerda llena de nudos.

 

   Así como la Imitación de Cristo es el más hermoso de todos los libros, porque es el que más se parece al Evangelio, la vida de San Francisco es la más hermosa de todas las vidas, porque es la que más se parece a la de Nuestro Señor Jesucristo. No fué el Patriarca de Asís un sabio, ni un literato, ni un legislador; pero así como en Jesucristo lo que más brilló, y más nos conmueve al contemplar su divina figura, es la ternura infinita de su Corazón sacratísimo, en San Francisco también fué y es el corazón lo que principalmente resplandece, y en cuanto un corazón humano puede asemejarse al Corazón divino, asemejóse el corazón de Francisco al Corazón de Cristo.

 

   Fué todo amor: abrasóse en amor por Dios, y en Dios y por Dios amó a todas las criaturas; tal es la síntesis de la vida de San Francisco de Asís.

 

   Por ese amor que le consumía dejó riquezas y comodidades, asombró al mundo con sus penitencias, fundó sus Órdenes religiosas, fué Apóstol y poeta, y ha dejado, finalmente, tan profunda impresión en la memoria de las gentes.

 

   Hasta en las más menudas circunstancias de su vida, parecióse San Francisco a su divino Maestro. Como Jesús, nació en un establo, adonde sorprendieron a su madre los dolores del alumbramiento.

 

   Criado en la opulencia y en el regalo, pues su padre, Bernardón, era de los comerciantes más ricos de Asís; Juan, que este fué su nombre propio, o Francisco (que así le llamaron por lo bien, según dicen, que hablaba el francés) fué uno de aquellos jóvenes brillantes que sobresalía, entre todos los su edad y clase, por la elegancia de sus trajes, por sus modales atentos y finos, por su conversación llena de gracia, por sus piropos a las damas y por su afán de divertirse; jamás, sin embargo, parece que llegó a la disolución, y aun en aquella época mundana de su vida fué el mejor de los hombres: vendía en cierta ocasión unas telas en la tienda de su padre, y llegóse a él un mendigo a pedirle limosna; atareado Francisco, no hizo caso del pobre, y éste se marchó del establecimiento, pero en cuanto le vio partir, siente el joven mercader una pena inmensa, deja a los marchantes, y sale corriendo de la tienda. Alcanza al mendigo, le da cuanto lleva encima, y hace a Dios solemne promesa de no negar jamás la limosna a los pobres.

 

   Perusa y Asís estaban en guerra, cosa tan frecuente entre las repúblicas municipales de Italia en aquel siglo; Francisco sale a combatir con sus conciudadanos, pelea en primera línea, y cae prisionero. Entonces le consumía el generoso aunque vano sueño de la gloria terrena. Seducíanle las hazañas caballerescas y las empresas guerreras. Un año estuvo prisionero en Perusa, y al recobrar la libertad ofreció sus servicios al conde de Brienne; pero misteriosos y sucesivos sueños reveláronle que no le llamaba Dios por el camino de la milicia mundana, que su destino era espiritual, que los enemigos que debía combatir eran el demonio, el mundo y la carne.

 

   Estos primeros años de la vida de San Francisco son más interesantes que el poema más rico en lances y poéticas aventuras. Ha estrenado un magnífico vestido, y entra por las calles de Asís, caballero en brioso corcel, llamando la atención de damas y mancebos con su gentileza y elegancia. En esto, un pobre cubierto de andrajos le pide limosna; el joven se baja del caballo, se quita el traje, lo cambia por los harapos del mendigo, y así vestido continúa su camino en medio de la universal rechifla. Esto lo repitió muchas veces., y en una ocasión con un leproso, al que beso, desapareciendo el enfermo en cuanto Francisco hizo con él aquella tan grande obra de caridad. Sin duda era Jesucristo que, ya en una, ya en otra forma, se le apareció en muchas ocasiones.

 

   Imposible referir la tercera parte siquiera de los episodios que constituyen la vida de aquel caballero andante de Jesús, de aquel paladín de Dios, de aquel ardiente imitador de Cristo. Como el Cid Campeador tiene su biografía fragmentaria en los romances castellanos, tiénela Francisco de Asís en las Florecillas y en las tradiciones más poéticas del pueblo italiano.

 

   Haciendo oración en la iglesia de San Damián, en Asís, un crucifijo le habla, y mándale reparar aquel templo. Para cumplir el mandato vende algunas telas de la tienda de su padre; incomódase éste, y Francisco rompe todos los lazos que le unen al mundo para no servir más que a Dios; desde entonces sí que dice con verdad: Padre nuestro que estás en los cielos. Renuncia la herencia paterna y no tiene más traje que el cilicio.

 

   Primero en la ermita de San Damián, y después curando a los leprosos en Gubio, Francisco llegó, no por grados, sino a saltos por decirlo así, a las cumbres de la perfección cristiana. Volvió a Asís cantando por los caminos las alabanzas del Señor, reparó las iglesias de San Damián, San Pedro, y, finalmente, la de Nuestra Señora de los Ángeles o la Porciúncula, a seiscientos pasos de la ciudad. Esta última iglesia fué el lugar donde nació su Orden, y donde se realizaron los sucesos más grandes de su vida.

 

   Aquel texto de San Mateo, «no queráis tener oro, ni plata, ni en vuestros viajes llevéis alforja, ni dos túnicas, ni zapatos, ni báculo», impresionóle profundamente, y resolvió hacerlo base fundamental de su vida. Predicó, y sus oraciones hicieron inmenso efecto. Bernardo de Quintaval, Pedro de Catania y el celebérrimo Fray Gil, se le unieron, y los cuatro formaron el núcleo de la Orden franciscana; llamábanlos los penitentes de Asís, y como los Apóstoles, predicaban en campos y ciudades, exhortando a todos a la penitencia y práctica de las más sublimes virtudes evangélicas.

 

   Sabido es que el Papa Inocencio III opúsose a la aprobación de la regla; pero un sueño le hizo variar de parecer: vio a la Orden franciscana bajo la simbólica figura de una palma  que primero muy pequeña, fué creciendo, creciendo, hasta ser árbol robustísimo, y vio a San Francisco en proporciones gigantescas, sosteniendo sobre sus espaldas a la iglesia de San Juan de Letrán que amenazaba ruina.

 

   En menos de tres años fundó San Francisco más de sesenta monasterios. Recorrió toda Europa. Antiquísima y respetable tradición le supone personal fundador del convento e iglesia que hoy llamamos de San Francisco el Grande.

 

   En 1218 volvió a Asís, y celebró en la Porciúncula el famoso capítulo general de las Esteras, asi llamado porque de esteras se hicieron las barracas o tiendas en que se alojaron los 5.000 frailes que concurrieron. Después fué al Oriente, predicó delante del sultán de Egipto, volvió a Italia, y renunció la dirección de su Orden, retirándose al monte Alvernia, donde se consumó el prodigio de la impresión de las llagas.

 

   En aquella soledad estuvo hasta que Dios le reveló que había llegado el día de su muerte. Entonces se hizo trasladar a la Porciúncula, al convento de Nuestra Señora de los Ángeles, que había sido la cuna de la Orden, y para el que había conseguido el jubileo que celebramos el día 2 de Agosto. Luego que llegó, mandó que le quitasen la túnica, y que desnudo, lo tirasen al suelo, para morir en la misma pobreza que Jesús. El guardián tomó una túnica vieja y una cuerda, y, dándoselas, díjole: «Te doy de limosna ese hábito, como a un pobre, y te mando que, por obediencia, lo aceptes.» Obedeció el penitente, y, después de haber exhortado a sus frailes a la observancia de la regla, y de haber oído la lectura de la Pasión, extendió los brazos en forma de cruz, dijo, entre otras cosas, «todos los justos esperan que me hagas misericordia dándome lugar entre los escogidos», y expiró. Era sábado, 4 de Octubre de 1226; tenía cuarenta y cinco años de edad.

 

   San Francisco de Asís fué un gigante en el orden de la gracia. Amó verdaderamente a Dios sobre todas las cosas, y por Dios amó a la creación entera.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1897

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