“Entonces el Rey dirá a los de la derecha: Venid,
benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la
fundación del mundo.” (Mateo, 25, 34).
I. Tres cosas pueden hacernos
felices, tanto al menos cuanto lo podemos ser en este lugar de destierro. La
primera es la buena conciencia: sin ella, ni los placeres, ni los honores, ni
el cumplimiento de todos nuestros deseos podrían contentarnos. Si tienes el
alma pura, todo lo desagradable que pueda sucederte no debe turbarte. ¡Qué
consuelo poder decirse: Hago lo que depende de mí para estar bien con Dios!
¿Puedes, tú, con verdad, decirlo? ¿No te
reprocha nada tu conciencia?
II. La segunda
condición para ser feliz es abandonarse generosamente a la providencia de Dios,
consagrarse a Él sin reserva, no querer sino lo que Él quiere y recibir de su
mano con agradecimiento el bien y el mal, pues lo uno y lo otro son efectos de
su bondad.
Las aflicciones, el ayuno, las enfermedades,
no son penosos para los que los soportan, sino solamente para los que los
reciben a disgusto (Salviano).
III. La tercera
condición es considerar cuál es voluntad de Dios en todo lo que nos acaece.
Dios tiene sus designios y el demonio los suyos. ¿Cuál es designio de Dios en
esta enfermedad que te envía? Que la soportes con resignación, mediante el
pensamiento de la muerte y del paraíso. El demonio, por su lado, quiere
arrojarte en la impaciencia y en la murmuración.
Dios es tan bueno que no permitiría más que
sucediese ningún mal en el mundo, si no fuese lo suficientemente poderoso como
para sacar bien del mal (San Agustín).
Conformidad con la
voluntad de Dios.
Orad por los que os
gobiernan.
ORACIÓN:
Oh Dios, que habéis coronado con la
gloria eterna al bienaventurado rey Eduardo, vuestro confesor, haced, os Lo
suplicamos, que honrándolo en la tierra, podamos reinar un día con él en el
cielo. Por J. C. N. S. Amén.
“SANTORAL DE GROSEZ. S.
J.”

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