lunes, 26 de octubre de 2026

¡MURIERON!

 



 

   La imagen corresponde a la CATACUMBAS DE LOS CAPUCHINOS. PALERMO

 

   ¡Murieron! He ahí la espantable afirmación en todos los momentos repetida y a cada instante olvidado. ¡Murieron! Poco importa que para guardar sus restos, se hayan amontonado pirámides, erigido pilastras o apisonado tierra; únicamente la cruz será lo que hable con sobrenatural elocuencia sobre los monumentos de la muerte.

 

   Y hacia donde ellos están, caminamos todos rápidamente. Aquel veneno que, como imaginó un gran orador sagrado de Francia, parece que bebimos en el mismo seno de nuestras madres, sigue produciendo el fatal fruto, y en cada instante y sin cesar, morimos.

 

   «La vida humana—dice Bossuet—es semejante a un camino que para en precipicio horrendo; nos lo avisan desde que damos el primer paso, pero como la ley está decretada, es preciso avanzar constantemente. Quisiera volver atrás; sigue, adelante. Un peso y fuerza invencibles nos arrastran; hay que avanzar sin tregua hacia el precipicio. Mil trabajos y penas nos acosan en el camino, y si al menos pudiera por ellas evitar el término de ese horrible precipicio. No, no; hay que seguir, hay que correr; ¡tan rápido es el curso de los años!»

 

   Y, sin embargo, hay hombres—como observa Necker—que al atribuir su origen a la casualidad o al fatalismo, sólo quieren la eternidad para el polvo de que se juzgan emanados, y la rechazan para el pensamiento y para el alma.

 

   Pero, aunque el insensato diga en su corazón, no hay Dios, Dios es el que es, y aunque el hombre quiera rebajarse de su naturaleza poco inferior a la angélica, el que al morir sabe que muere, como dice un filósofo, pertenece a un orden más elevado que el ser que existe sin conocer su existencia, aunque aquel fuese un átomo y éste todo un mundo.

 

   Lo que el poeta latino pronosticó de su fama con la frase «non omnis moriar; no todos morirán», es la afirmación consoladora que el cristiano ha de repetir en medio de los desastres que en su derredor se suceden, y en presencia de la ruina que amenaza a su propio cuerpo.

 

   «Porque si todo muere con el cuerpo, es menester—dice Massillón—que el universo siga otras leyes y costumbres, usos nuevos y cambie todo sobre la tierra. Si todo muere con el cuerpo, las máximas de la equidad, de la amistad, del honor, de la buena fe, de la gratitud, no son sino errores vulgares, puesto que nada debemos a hombres que nada no son, con quienes ningún vínculo de culto y de esperanza nos liga, que mañana regresarán a la nada y que ya nada absolutamente son.»

 

   «He aquí a lo que reduce la sublime filosofía de los impíos; ahí tenéis la fuerza, razón y sabiduría que eternamente nos ponderan. Asentida sus máximas y todo el universo caerá en espantoso caos... y el género humano no será sino una aglomeración de insensatos, de bárbaros, de impúdicos, de furiosos, bribones y desnaturalizados, sin más ley quería fuerza, ni otro freno que sus pasiones y el miedo a la autoridad, sin más lazo que la irreligión y el libertinaje, ni más Dios que ellos mismos. Ese es el mundo de los impíos; ahora bien, si ese plan horroroso de república os agrada, formad, si podéis, una sociedad con esos hombres monstruosos, sin que tenga más que deciros sino que habréis merecido ocupar un puesto en ella.»

 

   ¿Pero qué pueden importar al fiel cristiano en este día las negaciones de los incrédulos, cuando tiene de su parte las promesas de resurrección y eterna vida prodigadas por su Redentor Jesucristo en el Evangelio? Todos esos avisos de la muerte deben siempre servirnos para reconstituir nuestra vida en obras de fe y caridad, pero hoy especialmente deben impulsarnos a corresponder a la esperanza de los que, habiéndonos precedido en la señal de la fe, murieron, y hoy desde el purgatorio nos recuerdan con la Iglesia que, como se lee en las Sagradas Escrituras, es santo y saludable pensamiento rogar a Dios por los muertos para que sean libres de sus pecados.

 

SÉRVULO. Año 1900

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