La imagen corresponde a la CATACUMBAS DE LOS
CAPUCHINOS. PALERMO
¡Murieron!
He ahí la espantable afirmación en todos los momentos repetida y a cada
instante olvidado. ¡Murieron! Poco importa que para guardar sus restos, se hayan
amontonado pirámides, erigido pilastras o apisonado tierra; únicamente la cruz
será lo que hable con sobrenatural elocuencia sobre los monumentos de la muerte.
Y hacia donde ellos están, caminamos todos
rápidamente. Aquel veneno que, como imaginó un gran orador sagrado de Francia,
parece que bebimos en el mismo seno de nuestras madres, sigue produciendo el
fatal fruto, y en cada instante y sin cesar, morimos.
«La vida humana—dice Bossuet—es semejante a un
camino que para en precipicio horrendo; nos lo avisan desde que damos el primer
paso, pero como la ley está decretada, es preciso avanzar constantemente.
Quisiera volver atrás; sigue, adelante. Un peso y fuerza invencibles nos
arrastran; hay que avanzar sin tregua hacia el precipicio. Mil trabajos y penas
nos acosan en el camino, y si al menos pudiera por ellas evitar el término de
ese horrible precipicio. No, no; hay que seguir, hay que correr; ¡tan rápido es
el curso de los años!»
Y, sin
embargo, hay hombres—como observa Necker—que al atribuir su origen a la
casualidad o al fatalismo, sólo quieren la eternidad para el polvo de que se
juzgan emanados, y la rechazan para el pensamiento y para el alma.
Pero,
aunque el insensato diga en su corazón, no hay Dios, Dios es el que es, y
aunque el hombre quiera rebajarse de su naturaleza poco inferior a la angélica,
el que al morir sabe que muere, como dice un filósofo, pertenece a un orden más
elevado que el ser que existe sin conocer su existencia, aunque aquel fuese un
átomo y éste todo un mundo.
Lo que
el poeta latino pronosticó de su fama con la frase «non omnis moriar; no todos morirán»,
es la afirmación consoladora que el cristiano ha de repetir en medio de los
desastres que en su derredor se suceden, y en presencia de la ruina que amenaza
a su propio cuerpo.
«Porque
si todo muere con el cuerpo, es menester—dice Massillón—que el universo siga
otras leyes y costumbres, usos nuevos y cambie todo sobre la tierra. Si todo
muere con el cuerpo, las máximas de la equidad, de la amistad, del honor, de la
buena fe, de la gratitud, no son sino errores vulgares, puesto que nada debemos
a hombres que nada no son, con quienes ningún vínculo de culto y de esperanza nos
liga, que mañana regresarán a la nada y que ya nada absolutamente son.»
«He
aquí a lo que reduce la sublime filosofía de los impíos; ahí tenéis la fuerza,
razón y sabiduría que eternamente nos ponderan. Asentida sus máximas y todo el
universo caerá en espantoso caos... y el género humano no será sino una
aglomeración de insensatos, de bárbaros, de impúdicos, de furiosos, bribones y
desnaturalizados, sin más ley quería fuerza, ni otro freno que sus pasiones y
el miedo a la autoridad, sin más lazo que la irreligión y el libertinaje, ni
más Dios que ellos mismos. Ese es el mundo de los impíos; ahora bien, si ese
plan horroroso de república os agrada, formad, si podéis, una sociedad con esos
hombres monstruosos, sin que tenga más que deciros sino que habréis merecido
ocupar un puesto en ella.»
¿Pero
qué pueden importar al fiel cristiano en este día las negaciones de los
incrédulos, cuando tiene de su parte las promesas de resurrección y eterna vida
prodigadas por su Redentor Jesucristo en el Evangelio? Todos esos avisos de la
muerte deben siempre servirnos para reconstituir nuestra vida en obras de fe y
caridad, pero hoy especialmente deben impulsarnos a corresponder a la esperanza
de los que, habiéndonos precedido en la señal de la fe, murieron, y hoy desde
el purgatorio nos recuerdan con la Iglesia que, como se lee en las Sagradas
Escrituras, es santo y saludable pensamiento rogar a Dios por los muertos para
que sean libres de sus pecados.
SÉRVULO.
Año 1900

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